Zeldangelink: Pringaos o pringados es una persona que tiene mala suerte o es ingenuo (en este caso mala suerte), pero suele tener connotaciones negativas, más bien como una burla. Si ves (tanto tú como cualquier otro) una expresión que no conozcáis, decídmelo y la explicaré. Supongo que este problema será más visible en las conversaciones de Link, Shad, Ashei, etc porque uso un lenguaje "vulgar", pero claro, es castellano así que supongo que cosas que a mí me resultan normales los americanos ni siquiera las conozcáis. Gracias por comentarlo ^^

Hikari: Qué vaga eres jajaja, nah, mientras siga sabiendo que son tuyos está bien. Y a la próxima dime tus teorías, para ver si aciertas o te equivocas.


El contraataque

El coche corría a gran velocidad por la carretera. Era ancho, lo propio de una limusina, aunque no tan largo como éstas solían serlo. Pero debía agradecer que así era más fácil conducirla, más manejable y, en el hipotético caso de que se hubiera quedado dormido y llegara tarde, podría esquivar a los coches con más facilidad. Por desgracia, en este caso no era una hipótesis sino una realidad, llegaba tarde. Dio un brusco volantazo y adelantó a dos pequeños utilitarios que eran conducidos por trabajadores normales que empezaban su jornada como cada día. Tuvo que girar a la derecha sin poner el intermitente para poder llegar a la calle en la que vivía su jefa y por ello se ganó un par de pitidos y de insultos de parte de los conductores que había cruzado.

Link se mordió el labio y levantó la mano por la ventanilla a modo de disculpa. Tenía suerte de que el coche se adaptara tan bien a cualquier movimiento brusco o ya se habría empotrado con alguna farola. Pisó con fuerza el acelerador cuando llegó a la parte recta y a lo lejos divisó a una chica que parecía leer algo. Se hizo una idea de quién podía ser y cuando se acercó un poco vio que era tal como pensaba. Zelda le esperaba inmersa en la lectura de unas carpetas. Levantó la vista cuando escuchó el tenue sonido que hacía la limusina al acercarse. Link se quedó mirándola un segundo, el que necesitó ella para darse cuenta que Link no era el típico chófer que te abría la puerta.

Entró en la espaciosa parte trasera. El modelo de limusina era algo singular. Podría parecer un coche de alta gama o una limusina muy corta. El caso es que frente a ella tenía una mesita reclinable, un minibar y un par de televisiones apoyadas en el separador que dividía la cabina delantera de la parte trasera. El separador recordaba al que tenía un taxi, ya que había una cristalera entre ambas partes, aunque ésta estaba totalmente replegada. Pese a ello, tenía la ligera diferencia de que estaba todo recubierto de cuero blanco.

Zelda no le prestó ninguna atención a todos esos accesorios y se limitó a acercar la mesita para apoyar los papeles. Recorrió una hoja con la mirada y después se volvió a la parte de delante, mirando a través del espejo retrovisor. Link la miraba con cierta curiosidad. –¿Qué?

Ella probablemente no habría reparado en que su pulcro estilo estaba algo trastocado. Algunos pelos sobresalían de las coletas laterales que le caían por los lados. Su pelo, pese a ser liso, parecía algo encrespado, y por si eso no fuera poco, unas grandes ojeras adornaban su rostro como si fueran lagunas negras. Le daban un aspecto descuidado y algo enfermizo. Lo extraño es que aún con todo eso, seguía conservando esa extraña belleza de la que era dueña. –¿Te has mirado al espejo?

Zelda ladeó la cabeza. –¿Eh?

–Estás horrible –resumió Link en pocas palabras. Poco después se dio cuenta de que quizá había sido demasiado directo. –Esto... ¿has dormido poco, verdad?

Ese triste intento de arreglar las cosas no sirvió para mucho. Zelda le miraba con suspicacia. –No he dormido demasiado... –Link suspiró. Por un momento creyó que la había ofendido y que le devolvería su atrevimiento con un comentario hiriente. Quizá era su día de suerte. –Y te recuerdo que eres un chófer –añadió gesticulando la palabra "chófer"–, así que limítate a conducir. Cosa que –levantó la vista, viendo a través de la luna del coche–... no estás haciendo. –Link sonrió mientras el coche comenzaba a moverse. Ahí estaba el comentario hiriente.

Por suerte para ellos, al ir un poco más tarde de lo normal, el tráfico parecía ligeramente más descongestionado de lo que solía estar, así que Link se permitió apretar un poco más el acelerador. La carretera por la que conducían estaba casi vacía. Sólo un par de coches más y un camión que ocupaba el carril derecho circulaban en ese momento. Llevó su vista por un momento al espejo retrovisor para ver qué hacía su "paquete". Al igual que había hecho nada más entrar en la limusina, estaba con la cabeza ligeramente agachada sobre unos documentos que alternaban textos a máquina con anotaciones a bolígrafo. Debido a la posición en la que se encontraba, no pudo leer nada de lo que ponía en ello, además tenía que estar atento a la carretera. Le dio una mirada rápida a la carretera, y tras ver que seguía tan desangelada como antes, volvió la vista a la parte trasera de la limusina.

Volvió a observar a Zelda. Le veía completamente el rostro gracias a las horquillas que le sujetaban el flequillo y se lo hacían caer hacia atrás. Era gracioso ver cómo las dos coletas sujetas a los lados de su cabeza con unas cintas blancas dejaban escapar algunos cabellos rebeldes y no conseguían cubrir sus orejas, ligeramente puntiagudas. Su rostro parecía el de una persona más adulta por varios motivos. Al leer con tanta intensidad como hacía, se le formaban unas tenues arrugas en la frente. Las ojeras también conseguían darle un aspecto más maduro, una falsa ilusión debido a la confusión de madurez con cansancio. Pero lo que más llamaba la atención era el brillo de su mirada. Era una mirada desafiante, capaz de romper la moral de cualquier ignorante que osase oponerse a ella. Por primera vez en lo que llevaba trabajando, vio la mirada de una digna heredera al imperio Hyrule. –Deberías mirar a la carretera de vez en cuando, para evitar tener un accidente o algo por el estilo –comentó ella dándole poca importancia, pero sin levantar la vista de sus documentos.

Link se dio por aludido y volvió a concentrarse en lo que tenía delante. –Te veo muy concentrada.

–Es el momento.

–¿Momento?

–Del contraataque –explicó ella levantando la vista. Por un momento, Link sintió un cosquilleo en la nuca, tuvo que contener la respiración. Vio una mirada retadora. Si bien ya había atisbado algo parecido cuando la vio leyendo esos papeles, la sensación cuando esa mirada se fijaba en sus ojos, parecía poder escudriñar cada rincón de su alma, taladrar su espíritu y moral. Era una mirada intensa y resolutiva, llena de fuerza y decisión.

Cuando al fin pudo recuperarse de la impresión, Link esbozó un gesto juguetón en su rostro. –Entonces no puedes llegar tarde a tu cita, princesa. –Volvió a acelerar un poco más, poniendo la máquina al límite de velocidad permitida, retando a los radares a hacer una foto de su matrícula.

Zelda bajó la vista de nuevo a sus papeles a la vez que notaba la vibración del motor sacudiendo la carrocería. Sus labios formaron una media sonrisa. –Te he dicho que no me llames princesa, idiota.


La sala de juntas era una gran habitación sobre la que se extendía una gran y larga mesa de caoba pulida y barnizada con un color oscuro. Las vetas de la madera trazaban singulares dibujos a los que nadie prestaba atención. Alrededor de ella había colocadas varias sillas de acero recubiertas con cuero negro. A la derecha de la habitación, paralela con el largo de la mesa, se prolongaba un amplio ventanal cubierto con persianas de oficina, ligeramente torcidas para dejar pasar lo justo de luz. El techo estaba poblado por un entramado de fluorescentes, alarmas de incendio y rejillas para el aire acondicionado o calefacción, según la necesidad. Las esquinas eran custodiadas por grandes macetones de ficus o palmeras de interior, dándole a la sala un toque natural que contrarrestase la sordidez propia de una oficina de aspecto moderno y funcional. Custodiando la pared principal, bajo la puerta de entrada, había un gran reloj blanco. La manecilla de los segundos avanzaba impasible acompañada de un leve tic tac. Bajo el mismo, presidiendo la mesa, había una gran silla con respaldo reclinable. Era algo más grande que el resto y estaba reservada al presidente de la empresa.

Para bien o para mal, ese constante ruidito no se escuchaba ya que era opacado por un murmullo de desconcierto. Sentados en cada una de las sillas alrededor de la mesa, un grupo de hombres y mujeres, unos 8 o 9, conversaban a media voz. La mesa estaba cubierta de papeles con tablas y textos escritos a ordenador. También había una botella de agua medio llena y un vaso de cristal al lado, con el líquido transparente cerca del límite, para cada integrante de la mesa. Todos ellos tenían de edad media entre 40 y 60 años. Vestían caros trajes de marca o costosos vestidos que poca gente podría permitirse. Cada uno de ellos irradiaba un aire de superioridad que haría bajar la cabeza a quienes estuvieran cerca. Hasta entre ellos se podía palpar cómo se sentían superiores a la persona que tenían al lado. La altanería que mostraban sólo podía ser combatida con más altanería. Las barbillas puntiagudas orientadas a la cara de con quién hablaban daban más motivos aún para ver que su ego no tenía límites. –Uf... no sé qué va a ser ahora de la empresa –comentaba una señora de avanzada edad. Era regordeta y bajita. Su cuello casi inexistente se veía forzado a aparecer cuando hablaba, ya que erguía la cabeza de forma casi cómica.

–Sí, sí... ahora que no está el presidente la empresa se irá a pique –corroboró un hombre de unos 55 años. Pelo cano, huesudo y con una nariz incipiente que recordaba a un águila. Su voz era monótona y aguda.

–Supongo que ahora el poder de la empresa recaerá en esa niña, Hilda o Zelda... –añadió un tercero. Tenía una larga barba marrón y rizada perfectamente recortada y el pelo recogido hacia atrás con una coleta. A primera vista podría parecer un vagabundo, pero de cerca se veía que el hombre se cuidaba con esmero. No superaría los 35 años, pero esa barba le daba mayor madurez y presencia, y si a eso le sumabas que tenía una voz profunda y áspera, conseguía hacer callar a muchos–. No recuerdo cómo se llamaba.

–Zelda –Una mujer larguirucha se llevó la mano al puente de la nariz, recolocándose las gafas. Estaba sentada en su silla de forma tan recta y antinatural que su espalda ni siquiera rozaba el respaldo. –Pero es una niña, no creo que su padre le deje las cosas tal y como están.

–No, yo creo que con la caída del señor Hyrule la empresa se irá a pique –razonó el hombre de la gran nariz ganchuda–. Es una lástima que las cosas acaben así.

Hubo un pequeño silencio que fue interrumpido por la señora delgada. –Pues yo creo que hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano. No se puede luchar contra los elementos –dijo rememorando la frase de Felipe II.

–Es cierto –intervino una quinta persona. Era calvo y bajito. Llevaba un gran reloj de oro en su peluda muñeca y tenía los dientes decolorados por el tabaco. Su voz era tosca y tenía cara de pocos amigos–. Es imposible ganar una partida de cartas si tienes una mano mala.

La señora gordita de cuello casi inexistente alzó la voz casi de forma proporcional a su barbilla. –Pues entonces nos habrán llamado para poder ver las pensiones, ¿no?

–No creo, dijeron que el presidente en funciones diría el tema del que hablaríamos, supongo que una salida de acreedores –razonó el hombre aguileño.

–¿Entonces ya se sabe quién es?

–A mí no me mires, me mandaron la misma citación que a ti. No lo sé.

–Yo creo que sería mejor que nos fueran colocando en las filiales, por si acaso las pensiones no salen bien.

–Pues por eso mismo quizá lo mejor sea la salida de acreedores, así las pérdidas serán mínimas –retomó el hilo de la conversación la señora regordeta–. Y las pensiones serían más altas.

–Yo... tengo otra idea –habló por segunda vez en toda la conversación el hombre de la barba. Algunos de los integrantes de la reunión se giraron a verle. Otros sin embargo, seguían inmersos en conversaciones personales entre los que se sentaban al lado–. Quizá la salida sea más obvia. Lo mejor que podemos hacer es...

Todas las conversaciones se vieron interrumpidas de golpe cuando la puerta se abrió. Tras ella, una joven de no más de 25 años, con el rostro bien alto y una elegancia y porte dignos de una princesa, dio unos cortos pasos hasta colocarse al lado de la butaca de su padre. Zelda se quedó de pie un momento observando a los integrantes que llenaban la sala. Unos susurros apagados se oían por la sala. «Entonces es ella...», pensaban algunos. Otros le sostenían la mirada. El hombre calvo se repantingó en su asiento mirándola con desdén. La mujer delgada no cambió su posición. Seguía erguida como si la hubieran empalado. –Buenos días a todos. –La voz de Zelda sonó fuerte en la sala. Recibió algún que otro quejido como respuesta, pero por el tono quedaba claro que no eran necesarias respuestas fáticas. Ella sabía que la habían oído.

Dio otra rápida mirada alrededor de la mesa y se sentó en la butaca de su padre. La gente la miraba expectante, como cuando el cantante sube al escenario y sólo queda un foco iluminándole. Zelda por su parte hizo caso omiso. Abrió su carpeta y sacó varios papeles que ella misma había estado hojeando de madrugada. –Em... –carraspeó. Por un momento, la gente a su alrededor creyó ver un pequeño atisbo de timidez, indecisión tal vez. La extraña entrada en la sala de juntas, con ese aura de superioridad y resolución les había helado la sangre, pero parecía que las cosas serían mucho más fáciles. Era una niña tonta y mimada al fin de cuentas–. Perdonen... sé que no me han visto mucho por aquí, y aunque he leído cada uno de sus perfiles, no conseguí aprenderme sus nombres. –Les dirigió una mirada de disculpa al mismo tiempo que ellos se la devolvían con condescendencia y superioridad.

–No te preocupes, pequeña... aquí todos somos de la familia –dijo la mujer ancha, tratando de cambiar su tono de voz a uno más maternal al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa falsa y grotesca, enseñando todos sus dientes.

Zelda la miró con desagrado, pero no sólo asintió, sino que además le devolvió otra sonrisa falsa, sólo que la suya era bonita y podía hacerse pasar por una sonrisa sincera si no le dabas demasiada importancia. –Muchas gracias. –Terminó de extender los papeles que buscaba sobre la mesa, y tras volver a juntarlos en un taco, se los entregó al hombre que tenía más cerca, el de la nariz aguileña. –Por favor, tenga y vaya pasándolo. Que cada uno coja uno y pase el resto.

Hubo varias miradas de desconcierto entre los integrantes de la sala. Fueron pasándose los papeles de forma ordenada, cogiendo el que le correspondía. Eran pequeños tacos de papeles grapados de forma idéntica. –Estos son... –comenzó la señora estirada, bajando levemente la mirada al folio sin mover el cuello.

–Sí, son gráficos de nuestra evolución financiera en los últimos años –completó Zelda con una sonrisa apaciblemente colocada en su rostro. Se había recostado un poco en la butaca de su padre e iba observando uno a uno los rostros de cada empresario. Escrutaba cada gesto, clasificando las expresiones que ponían al hojear el taco. Ninguno de ellos pasó de la segunda página. Todos ponían la misma cara de falsa aflicción, como si trataran de competir por mostrar cuál de ellos estaba más impresionado o a quién le dolía más la situación. Parecía una obra de teatro. A Zelda le tembló el labio un segundo al ver tanta mentira en tan poco espacio, pero consiguió disimular el gesto apoyando los labios sobre sus manos, ya que a su vez, había apoyado los codos sobre la mesa, reclinándose sobre ella. –¿Qué nos muestran?

–Que las cosas no van muy bien, je je... –respondió el tipo calvo con una sonrisa amarilla. Estaba apoyado en el respaldo de su silla y miraba sus hojas como si fueran un catálogo de muebles.

–¿Y eso te parece gracioso? –preguntó Zelda, envenenando cada una de las palabras. Mantenía el rostro relajado con una coqueta sonrisa, pero ese tono podría asustar a un elefante. El hombre se irguió sobre la mesa, tenso. Volvió la vista al resto de los presentes. –¿Una segunda opinión? –El hombre de la barba marrón la miró como tratando de introducirse en la conversación. –Adelante.

–Veo un desplome en el valor de nuestras acciones debido a la entrada en bolsa de los Twili. Nuestros ingresos son negativos desde hace varios meses así que nos hemos quedado sin opción de réplica antes de siquiera verlo venir, razón por la que aun habiendo previsto esa entrada en bolsa no podríamos haber hecho nada –explicó categóricamente–. Lo malo es que entramos en una espiral. A medida que perdemos dinero, vamos perdiendo filiales, y de ese modo perdemos los ingresos que producen y nos quedamos sin capital.

Zelda asintió. –Exacto. Perfectamente explicado, muchas gracias –el hombre asintió con respeto y el gesto serio–. ¿Alguien desea añadir algo más? –Todos negaron, algunos más bruscamente que otros, como el tipo calvo silenciado anteriormente. –Estupendo... –dijo para sí en voz baja–. Bien, quería usar esto a modo de introducción. Deberíais saber que esta situación es insostenible. Es cuestión de tiempo que los Twili nos arrebaten la última Trifuerza y se hagan con el control de todo. Pero bueno, algo como eso, gente de sus conocimientos, ya lo habréis adivinado. A lo que he venido es a hablar es de cómo hemos llegado a esta situación. –Rebuscó entre el resto de papeles que había traído y sacó uno con un listado de números, la mayoría de ellos escrito en rojo–. A ver, últimos movimientos. Se redujo la plantilla del Valor en un 5%, deduzco que para ahorrarnos pagar esos sueldos, ¿no? ¿Quién es el encargado del Valor? –preguntó levantando la mirada.

–Soy yo, señorita –respondió la mujer espigada.

–Señora –le corrigió Zelda inmediatamente.

–Señora, disculpe.

–Despidió a esos empleados por esa razón, ¿me equivoco? –La señalada asintió incómoda. –Pero... ¿adónde ha ido el dinero? Porque no veo un balance positivo en esa operación.

–Fue a parar a la sección de compra-venta de acciones, para el consejo de tributos.

–Usted es el presidente de ese consejo, ¿me equivoco? –preguntó dirigiéndose al hombre de la barba. Éste asintió–. Y por lo que pone en su ficha, también es el presidente de la Fuerza, del comité extraordinario de importaciones... disculpe, copresidente junto con usted –se corrigió mirando al hombre con gafas. –Es decir... tres sueldos... bien... A cambio de eso, se disminuyeron las prestaciones del Valor, haciendo que bajara su poder adquisitivo y del mismo modo las acciones.

Reinaba un silencio sepulcral en la sala. Todos miraban expectantes a Zelda. Ninguno movía un músculo, un párpado. Nada. Estaban extrañados. En su vida habrían pensado que Zelda tendría tales conocimientos acerca de los entresijos de la empresa. Estaba claro que tenía acceso a todos los datos y cuentas de la misma, pero había que saber leerlas. Y, ¿quién pensaría que la niña de papá, criada entre algodones, sabría hacerlo?

Ella volvió a mirar sus papeles con seriedad, pero al notar el silencio, levantó la vista y sonrió a modo de disculpa. –Perdonen... no quería incomodarles. Esta reunión no era para comprobar los múltiples sueldos, o el recorte de personal, o las más de 7,5 millones rupias que han desaparecido del tesoro –añadió con mordacidad, taladrando con la mirada al hombre calvo, que palideció más aún–. He venido aquí porque quiero de su consejo y sabiduría. ¿Qué proponen que hagamos ahora?

La mujer regordeta se aclaró la voz, ganándose la atención de Zelda. Se la veía tensa. Su pelo corto y engominado se movía con un ligero retardo a como lo hacían los bruscos movimientos de la cabeza sobre la que estaban. Por su parte, el cabello de Zelda le caía por los hombros de forma algo desordenada, como una cascada de chocolate que se perdía en su traje negro y en las perlas del collar que colgaba sobre su cuello. –Verá... yo creo que en esta situación, lo mejor sería invertir lo que nos queda en las filiales. Quizá hayamos perdido la fuerza principal, pero las pequeñas empresas podrían continuar.

–Propone desviar los fondos restantes a las empresas menores... –repitió Zelda– . ¿Y los trabajadores?

La mujer carraspeó un poco. –Bueno, supongo que no se podrían mantener todos las plazas, pero sí llevarnos a algunos con nosotros.

–¿Con nosotros?

–Sí, me refiero a dividir este consejo en las distintas filiales, así podría haber una mayor flexibilidad a la hora de contratar y de escoger los salarios y futuras pensiones.

«De subirte más el sueldo, ¿verdad, zorra?», adivinó Zelda con una máscara de indiferencia. –Veo su punto de vista, pero ¿sabe a qué me recuerda? –La mujer negó–. A las ratas que abandonan el barco cuando éste se hunde.

El silencio volvió a hacerse con la sala. La mujer bajó la cabeza por primera vez en toda la reunión. Su expresión mostraban una homogénea combinación de ira y vergüenza. «¿Quién diablos se cree que es esa niñata para hablarme así? Yo ya estaba en el mundo de las finanzas antes de que ella naciera», maldijo mentalmente. Aun con todo eso, no respondió. Si la gente de su calaña conseguía mantenerse en ese sitio era a base de callarse cuando debían y agachar la cabeza, aunque eso fuera contra sus principios.

El hombre que se sentaba al lado de la mujer sonrió. Su rasgo más característico era un oscuro y bien poblado mostacho que se curvaba hacia arriba en los laterales. Gracias a ello, no se le veían completamente los labios, así que sus expresiones quedaban mimetizadas tras él. En realidad era una sonrisa tensa, que trataba de romper con la atmósfera que se había creado. La joven heredera había conseguido recrear la presencia de una pantera, que a la mínima que se diera un paso en falso, se lanzaría sobre cualquiera de ellos para desgarrarles con sus afiladas palabras.

–Sin duda esa sería una decisión poco acertada –comentó el hombre de la barba. Había sido el que más había intervenido en la conversación. Su aspecto era casi un misterio ya que no podía verse ningún atisbo de alegría, enfado o molestia tras su poblada barba–. Es lo que trataba de decir antes de que usted viniera aquí.

–¿Antes de que viniera?

–Por supuesto. Parece que usted ha venido aquí con una idea equivocada.

Zelda parpadeó mostrando sorpresa. No esperaba que se pusieran tan gallitos... todavía. Sin duda la superioridad que ella mostraba estaba empezando a hacerles sentir acorralados. Ahora comenzarían a defenderse como gato panza arriba. –¿Y qué idea es esa?

–Creo que usted piensa que nosotros somos unos ineptos que no sabemos nada, pero se equivoca. Conocemos perfectamente los entresijos del mundo de las finanzas. Del mismo modo, entre todos reunimos una gran cantidad de contactos que benefician a la empresa. Así que por favor –pidió pacientemente–, no nos tome como si fuéramos patanes.

–Bonitas palabras –contestó Zelda con voz risueña–. ¿Qué ideas ofrece entonces?

–Al principio pensé al igual que Madame –dijo refiriéndose a la señora gordita–. Pero creo que por nuestro propio honor no deberíamos dejar que esto se hundiera, ante todo tenemos que mantenernos unidos –Zelda juntó ambas manos y lo miró con interés. El hombre, al ver que parecía haber captado su atención, continuó envalentonado. –Pero pienso que también debemos ser realistas. No podemos actuar con cabezonería y tratar de negar lo innegable. Los Twili son ampliamente superiores a nosotros ahora mismo.

–Tiene razón –afirmó la heredera–. ¿Entonces...?

–Entonces –continuó–, creo que deberíamos dejar de luchar contra ellos. Los enfrentamientos nunca llevan a ningún sitio. Deberíamos tratar de negociar con ellos una tregua.

–Eso es... –apoyó la mujer anterior, levantando la cabeza como si fuera un resorte y apoyándolo del mismo modo que había hecho él antes.

Zelda sonrió de medio lado. Entre ellos arrimaban el hombro, se cubrían las espaldas. Cerdos. –Eso es muy bonito, de nuevo. –Su voz se oía alta y clara. Es más, cada vez que hablaba, la sala se estremecía. Parecía haberse ganado a todo su público a base de miedo, pese a que el hombre de la barba intentase mostrar una indiferente dignidad. –Pero creo que ambos sabemos cuáles serían las condiciones, ¿no?

El hombre carraspeó. –Sí... supongo que pedirían la anexión a su imperio... pero eso no debe por qué ser negativo, encontrando los tratos adecuados, podríamos mantener la independencia.

Zelda asintió por última vez. Se levantó y se quedó en pie. –Veo que estas son las ideas que proponéis. –Comenzó a pasearse por la estancia de un lado a otro, siempre alrededor de la butaca principal. –Lo cierto es que me interesaba vuestra opinión, para ver qué podíamos hacer, pero veo que las opciones son o abandonar la empresa o cederle el poder a los Twili...

–En realidad... –interrumpió el hombre de la barba, pero fue acallado por una mirada de Zelda.

–Eso es todo lo que les he pedido. Sus ideas son tristes. –Miró con desprecio a su alrededor y después le dirigió una mirada de condescendencia al hombre. –No me malinterprete, no creo que sean unos patanes, ni unos inútiles. Al contrario, creo que son increíblemente astutos, pero por desgracia, focalizan toda esa inteligencia a sus propios intereses... –Algunos se tensaron, otros simplemente se encogieron en su silla, tratando de hacer parecer que no estaban ahí–. Por ello, he decidido contratar a un grupo de analistas y economistas expertos en el campo, igual que ustedes, para que nos ayuden a salir de esta situación.

–Perfecto, me parece una decisión muy acertada, si señor... –dijo apresuradamente la señora delgada y estirada. Su piel estaba tan tersa que parecía que podría romperse.

–Pero... ¿de dónde sacará el dinero para pagarles? –preguntó el hombre del mostacho.

En esa ocasión, todos pudieron ver la primera sonrisa sincera de Zelda. Sus labios se curvaban tensamente hacia arriba, con un gesto lobuno y salvaje. Era la pregunta que había estado esperando. –Pues verá –comenzó con inocencia–. Me temo que tendré que prescindir de sus servicios. –Su mirada se oscureció y añadió más secamente. –Del de todos ustedes.

El silencio de esta ocasión fue mucho más profundo que todos los anteriores. El tic tac del reloj rompía el ambiente como un rayo rompe el cielo en una tormenta. Al fin, consiguió distinguir una emoción en el rostro del hombre de la barba. Miedo. El rostro del resto de gente palideció. Menos el hombre calvo. La sangre le bombeaba con fuerza a la cabeza, tiñéndola de rojo, como si hubiera estado colgado por los pies. Una vena corroboraba su tensión. –¡Esto es un ultraje! ¡¿Quién te crees que eres, niña?!

–Soy Zelda Hyrule, y su ex-jefa.

–Eres una niñata engreída que no sabe dar dos pasos sola –le atacó con acidez–. En cuanto vuelva el presidente todo lo que hayas hecho no seguirá adelante, esto es una pérdida de tiempo. –Se volvió hacia el resto de empresarios, que seguían en shock. –En mi opinión deberíamos hablarlo con el presidente, esta don nadie no tiene poder para echarnos.

Zelda se dio la vuelta y comenzó a andar hacia la puerta. –Hagan lo que les parezca –les retó sin ni siquiera mirarles–. Por cierto, sus cartas de despido están en la última hoja de los papeles que les he pasado antes, pero ya veo que ninguno llegó tan lejos.

Cerró la puerta con fuerza haciendo ruido mientras al otro lado se seguían oyendo las maldiciones e improperios que soltaba el calvo, y al que parecía habérsele unido un grupito de cotorras. Zelda sonrió y fue caminando hasta recepción. Miró al hombre y se acercó a él. –Lo tengo todo, señorita. ¿Debo hacer oficial la noticia? –preguntó sabiendo a qué había venido.

–Por supuesto. Ah, y llame a mi chófer.

–En seguida. –El hombre se volvió al ordenador y cerró la pestaña de la cámara que había colocada en la sala de juntas. En su lugar, puso un correo ya escrito por Zelda, y lo reenvió a todas las direcciones de los principales medios de comunicación. Después cogió el teléfono móvil de la empresa y mandó un mensaje.

Zelda no se detuvo a mirar cómo lo hacía. Se abrochó de nuevo los botones de su traje. Ese día había ido bastante formal. Llevaba un traje completo negro con algunas líneas de gris mate que sólo eran visibles si lo mirabas de cerca. También se había puesto una bonita blusa azul de algodón y su collar de perlas. Le daba un aspecto bastante más maduro y serio de lo que normalmente aparentaba. Era una buena forma de vestir para hacer negocios, pero debía de admitir que también le añadía uno años más. Eso ya no estaba tan bien.

Fue caminando al baño de mujeres y se miró al espejo por primera vez. Link había tenido razón cuando la había visto. El espejo reflejaba una mirada cansada y con ojeras. El pelo ligeramente alborotado y sujeto con las horquillas y las coletas de forma bastante pobre. Se refrescó un poco la cara con habilidad, evitando así que se le corriera el maquillaje. No era demasiado, pero si el rímel se mezclaba con el agua, sus ojeras parecerían las de un vampiro de una película de terror barata.

Después se soltó el pelo y, con un cepillo que sacó del interior de su bolso, comenzó a cepillarlo un poco. Cuando consiguió ordenarlo, volvió a colocarse las horquillas y cintas, quedando mucho más satisfecha con el resultado. Antes de salir, se maquilló un poco más, no demasiado, pero lo justo para borrar esas feas ojeras. Cuando hubo terminado sonrió con satisfacción. Nunca se había considerado alguien demasiado guapa, pero debía admitir que le gustaba lo que veía.

Salió del baño pensando en lo que había hecho. Ya había dado el primer paso. Consiguió echar a esos chupasangre que no hacían más que aprovecharse de la empresa. Al sacarlos de la ecuación, había conseguido aumentar la productividad, y a eso debía añadirle que el sueldo de los nuevos empleados era más bajo. No era un sueldo mediocre, pero las desorbitadas cifras que manejaba el consejo eran insultantes, así que un término medio no estaba mal. Pero ahora vendría la segunda parte, y quizá esa podía ser más arriesgada.

Bajó las escaleras con rapidez. Seguramente Link ya la estaría esperando fuera. Tenía curiosidad por saber cómo reaccionaría al contarle lo que acababa de hacer. Salió a la calle y una fuerte corriente de aire la hizo estremecerse. Buscó la limusina con la mirada y cuando vio a lo lejos a un chico apoyado en el capó del coche, corrió hacia él.

Link estaba tal y como lo dejó. Llevaba su uniforme de chófer incluyendo los guantes. La gorra estaba apoyada sobre el techo del coche, como si se la hubiera colocado al bólido. Hablaba despreocupadamente por el teléfono a la vez que el viento le desordenaba el cabello rubio, mostrándole unas bonitas orejas puntiagudas, como las de ella, aunque no reparó en ese detalle. Cuando el chico reparó en su presencia y sus ojos brillaron con orgullo y alegría. –Está aquí, ya te contaré. –Y colgó.

–¿Quién era? –preguntó Zelda con curiosidad.

–Shad –contestó él con rapidez–. Me estaba explicando lo que acabas de hacer.

Zelda ahogó una exclamación de sorpresa y después fingió una mueca de enfado, juntando los labios y frunciendo el ceño de manera juguetona. Link al verla pensó que era terriblemente adorable. El pobre ignorante no la había visto minutos antes tratando con los miembros del ex-consejo. –Jo... quería habértelo dicho yo –refunfuñó.

–Hahaha, es lo de menos. –Zelda lo miró ladeando la cabeza. –En todas las ediciones de prensa en la web hablan de ti. A este paso hasta serás trending topic en Twitter.

–Oh, las noticias vuelan.

–Ya te digo... –comentó él–. Ha sido... impresionante, Zelda.

–¿A qué te refieres?

–Lo que has hecho... –consiguió decir–. Creí en ti desde el primer momento, sabía que te levantarías, pero... no con esa rapidez. Me has impresionado.

Zelda asintió ligeramente conmovida por el arrebato de sinceridad del chico. –Gracias... en realidad...

Iba a decir algo más pero Link la interrumpió. –Bueno, entra ya, que hace un frío que pela...

Ella rió ante la expresión que usó, así como del cómico gesto que hizo al frotarse las manos por el frío. Link le abrió la puerta y ella entró. –Oh, ¿ahora me abres la puerta?

–Es para que entres de una vez –respondió Link punzantemente. Zelda le sacó la lengua y se metió en el coche con lentitud, tomándose todo el tiempo del mundo. Él bufó exasperado y, después de recoger su gorra, fue al sitio del conductor.

Cuando ambos estuvieron dentro, Link accionó la calefacción y, casi de forma instantánea, la temperatura subió varios grados, para regocijo del rubio y, en secreto, de Zelda también. –Bueno, pues ahora tenemos que ir a la sede de los...

–¿Agitha? –adivinó Link.

Zelda le miró, ahora seriamente confusa. –¿Cómo lo has sabido?

–Me lo ha dicho Shad antes.

–¿Shad? ¿Qué te ha dicho?

–Pues que irías a ver al presidente de Agitha para hacer un trato de anexión o algo así...

«¿Cómo diablos puede alguien saber eso?», se preguntó incrédula. El segundo paso del plan maestro que había trazado en una noche era justamente eso, absorber a los Agitha para poder contrarrestar el avance Twili. Pero había sido un plan que había pensado ella sola, sin contárselo a nadie, ni siquiera a Link o su padre. –¿Cómo sabe que iba a hacer eso? –reformuló de nuevo, sólo que esta vez lo hizo en voz alta.

Link se encogió de hombros y la miró por el retrovisor. –Es Shad –contestó escuetamente.

Pese a no quedar del todo conforme con la respuesta, Zelda caviló los motivos por los que Shad había leído su estrategia. Si alguien como él, un simple parado, había conseguido prever sus movimientos, quizá un ojeador de una empresa altamente cualificado podría volver a hacerlo. Tras ver que no encontraba fisuras en su acción, lo dejó estar. Ya tendría tiempo más adelante de preocuparse por eso. –Bueno, pues vamos a la sede.

Link arrancó el motor y apretó levemente el acelerador, haciendo que el cambio de movimiento fuera casi inexistente. Maniobró un poco y fue en dirección a la carretera. –Shad me ha dicho que no hagas lo que sea que estás pensando.

–¿Qué?

–Eso de la anexión, que no lo hagas.

¿Cómo que no lo hiciera? ¿No había adivinado sus intenciones? Entonces debía saber que era la única manera. –¿Pero por qué? No entiendo nada, Link. Cuéntame las cosas enteras de una vez –dijo ligeramente exasperada.

–A ver, no me enteré del todo –comenzó mientras iba adelantando coches por la calle con habilidad–, pero creo que tiene que ver con que si haces las cosas demasiado rápido puede que no siga adelante por no sé qué de los presupuestos. –Era una explicación cogida con alfileres. Estaba claro que Link no tenía ni idea de economía, así que no sabía explicarse bien. –Y también que te aproveches de la situación. ¿Entiendes? –dijo volviéndose un instante para mirarla.

–No te des la vuelta mientras conduzcas –le reprochó ella algo nerviosa. Link se volvió rápidamente–. Y, ¿cómo que me aproveche?

–Joder Zelda, eso lo entendí hasta yo. –Dio un volantazo y pitó a un conductor que se había metido delante de él sin usar el intermitente. –Aún no eres consciente de la repercusión mediática de tus acciones, princesa. La has liado bien parda echando a toda esa gentuza. Si lo dejas estar un tiempo seguro que aumentan las acciones, y quién sabe, quizá algún trato.

Zelda pudo notar un leve regocijo en las palabras del chico, así como vio que las comisuras de sus labios se curvaban hacia arriba con orgullo. A ella también se le contagió. –Bueno... ¿entonces qué dice que hagamos? ¿Cuál es el siguiente paso?

El semáforo se puso en rojo, así que Link detuvo el coche. Se giró sobre sí mismo y apoyó el codo en el respaldo del asiento. Su sonrisa se ensanchó, mostrando unos bonitos dientes blancos que, pese a no estar todos rectos, le daban un extraño atractivo. –El siguiente paso es llevarte a desayunar.


NA: Este capítulo es el primero de los nuevos, ya tenía ganas de enseñaros algo nuevo. La verdad es que me sentí liberado al escribirlo porque mi intención no era mostrar a una Zelda que fuera una princesita, sino una luchadora, pero claro, tenía que llegar el momento propicio para ello.

En cuanto a esa discusión, tuve que usar términos raros algo raros de economía para meternos más en situación. Cualquier cosa que no os haya quedado clara, no dudeis en preguntar.

Un saludo y gracias por leer y comentar, nos vemos la semana que viene.

PD: "Liarla parda" o "liarla bien parda" puede ser meterse en un lío o simplemente crearlo, en este caso es lo segundo.