¿Cómo diablos iba a saber si estaba enamorada de Santana si nunca había estado enamorada de nadie más? Por supuesto, tenía una vaga idea de lo que era el "amor". Había crecido escuchando historias de princesas, leyendo libros de romances despampanantes y mirando telenovelas con la criada (que, por supuesto, pasaba más tiempo con ella que sus propios padres). Había tenido millones de conversaciones en los entrenamientos, en el vestuario, inclusive mediante notitas en medio de una clase sobre cómo XY había invitado a XX a salir y todo había sido maravilloso.

Incluso había experimentado ella misma varias de esas citas –sobre todo con Finn – donde un muchacho te recoge por tu casa en un coche rentado y te lleva al cine, sus manos se encuentran en el frasco de pochoclos como una feliz coincidencia, se despereza y su brazo acaba abrazándote, te toma de la mano de camino al restaurante, donde obviamente invita la cena e intenta parecer más de lo que es, y una vez afuera te ofrece su campera aunque no haga frío. No la aceptará de vuelta, ni siquiera cuando te escolte hasta la puerta de tu casa totalmente calefaccionada. Primero, porque le parece una gran excusa para besarte y segundo, porque quiere que se la des en el instituto, enfrente de todo el mundo, para que no queden dudas de que están saliendo. Si puedes usarla hasta el momento de dársela, aunque te quede ridículamente grande, todavía mejor.

Su primer beso estuvo muy lejos de ser satisfactorio. Había algo en el proceso de separar los labios y dejar que alguien te meta la lengua hasta la garganta y la mueva en círculos que no terminaba de convencerla. Se sintió bastante incómodo, como cuando el dentista pretende conversar aunque tengas un tubo debajo de la lengua. Con el tiempo la historia fue mejorando hasta convertirse en algo tolerable, pero jamás entendió por qué sus compañeras hacían tanto espamento. Nunca le había contado esto a nadie, pero sabía que otras personas que se lamentaban por lo mismo, aunque no se lo atribuían al besuqueo en sí sino a que no era con "el indicado". En su caso, esto no tenía sentido: Finn había llegado a ser el capitán del equipo de futbol jugando en una de las posiciones que más posibilidades tenían de garantizarle una beca universitaria, su padre era un veterano de guerra y su madre era una mujer muy respetada en el vecindario. Se suponía que con eso debía bastar, al menos hasta irrumpir en el mundo de Yale.

Con Puck fue distinto. No hubo coche, ni velada romántica, ni "permiso" ni "por favor". No le ofreció su abrigo (aunque esa noche sí hacía frío) y en ningún momento pareció interesado en sacar conversación o en mostrarse como algo que no era. Probablemente ni siquiera se haya molestado en escoger adecuadamente su vestuario, pero la forma en la que la tomó por la cintura y se acercó a su boca le recordó a esas novelas que miraba de niña con la Señora Rosa en el living de su casa y pensó que, al menos de lejos, debía parecerse bastante más al amor verdadero que lo tenía con Finn. Por supuesto, también había una cuestión de ego de por medio – después de todo, Puck era el único muchacho de la escuela que no se rasgaba las vestiduras por su atención – y quizás un poco de rebeldía adolescente. Era la presidenta del Club de Celibato, integraba las filas del Partido Republicano con la esperanza de que eso le valiera algunos créditos para la Universidad, realizaba trabajo de caridad y hasta tomaba clases de bordado para complacer a su madre. Había cierto atractivo en aparecerse, de la noche a la mañana, con un chico como Puck. Un tipo talentoso para los deportes, probablemente mucho más que Finn, pero que prefería pasar el día fumando antes que entrenando. Inteligente, quizás tanto como ella, pero que terminaba aprobando el año con lo justo por no querer perderse ni un fin de semana de juerga. Apuesto, pero no por sus facciones ni por su físico (aunque no había podido resistir la tentación de pasar la yema de sus dedos por la perfecta marca de su six-pack) sino por su actitud de rebelde sin causa.

Pero nunca había sentido por nadie lo que le sentía en ese momento por Santana.

Al principio trató de convencerse de que era el comienzo de una intensa amistad, de esas que aparecen y ponen tu mundo patas arriba. Y nadie podía negar que, en cierto punto, lo era. Sus pomposas salidas con sus amigas de antaño -aquellas con las que compartía sus actividades extracurriculares - le parecían como chupar un clavo al lado de simplemente pasar el rato con Santana. Quinn no era consciente, hasta ese momento, de que el silencio entre dos personas no tenía por qué ser incómodo y de lo maravilloso que podía ser compartir el sillón del living de los López, con la TV o algún CD sonando de fondo y leer un libro sólo por placer mientras Santana lucha contra un crucigrama.

El problema es que no era solamente eso. Hizo todo por ignorarlo, pero en cierto punto es imposible ignorar a tu corazón. Y no en sentido metafórico. Literalmente, su corazón daba un vuelco cada vez que la veía salir de la ducha envuelta en una diminuta toalla, cuando sus dedos se rozaban mientras cocinaban o cuando la descubría mirándola en la noche, mientras fingía estar dormida.

No hablemos de su risa, o de cuando ensayan juntas para el Glee Club. Sobre todo, no hablemos de cuando baila. En una fiesta, con un vestido rojo pegado al cuerpo, o sobre la cama, con una sudadera cuatro talles más grande y en minishort. Es hermosa. Cada segundo del día, desde que se levanta despeinada y con la cara babeada hasta que se va a dormir mirándola. Y es más hermosa aún – si es que eso es posible – cada vez que la cuida. Cuando la saca prácticamente de la oreja de una fiesta en la que estaba haciendo algo poco prudente o cuando le cede su piloto en una tarde de lluvia "para que no se resfríe por dos", y ella se niega, y terminan peleando bajo la lluvia pero no es una pelea. Casi que siente el impulso de hacer algo estúpido sólo para verla con esa expresión en el rostro.

Y los rumores… por supuesto, ella misma había tenido la ¿suerte? de escuchar en vivo la performance que hacía con Brittany en la ducha. Pero desde que comenzó a sentirse así no paró de escuchar comentarios en los vestuarios, en los partidos, en los pasillos y hasta en la fila del supermercado sobre las cosas que hacía Santana López. "Te digo… hay cosas que hace esa chica no deberían ser legales". Y de escucharlo a imaginarlo hubo solamente un paso. Comprobó, con cierto entusiasmo, que no era frígida. Simplemente no había encontrado hasta el momento a alguien que la calentara de verdad. "El indicado" resultó ser una mexicana mal hablada con más curvas que la interestatal.

El único inconveniente es que, para Santana, ella no era más que su ex archi-enemiga devenida en su mejor amiga embarazada. Ni siquiera sus mejores maniobras de seducción -hacer volteretas con el cabello, morderse ligeramente el labio inferior o dejar entrever el bretel de su corpiño de encaje- surtían el más mínimo efecto. Santana sólo tenía ojos para Brittany. Si Brittany le había dedicado una sonrisa, por más furtiva que sea, a la entrada del Glee Club, ese día valía. Si había visto a algún chico esperándola en su casillero o llevando sus cosas, probablemente termine golpeando a Puck en el estómago.

Sabe que hizo lo correcto al perseguir a la holandesa y explicarle lo que estaba pasando. Si bien al principio lo tomó con cierta reticencia, una vez que Santana tuvo la oportunidad de explicarle con lujo de detalles la situación, todo fue cobrando sentido: el intercambio de favores, la historia de las duchas, la agresión a Puck… pudo ver todo con otro matiz. La perdonó – cuando pone esa carita no entiende cómo alguien podría enojarse en primer lugar – y desde ese día las tres se volvieron inseparables. Brittany no quería separarse de Santana, y Santana no quería separarse de Brittany, pero al mismo tiempo vivía con ella y se sentía responsable por su bienestar y el de su bebé.

Quinn no podía evitar pensar una y otra vez en Songbird "and i wish you all the love for the world… but most of all I wish it from myself". Estaba feliz por Santana, de verdad. La quería lo suficiente como para poder disfrutar de lo que estaba viviendo. Pero no podía evitar sentir un pinchazo cada vez que Brittany la besaba, o cuando las escuchaba cuchichear y hacer chistes internos; ni hablar de cuando Santana le ponía su cara de perrito mojado para irse a lo de Brittany y ella tenía que inventarle todo tipo de excusas a Maribel.

Si Santana fuera un muchacho, las cosas serían diferentes. No solo porque ella sabe a la perfección cómo manejar a los muchachos – tiene un movimiento estudiado con el cabello y todo – sino porque no está segura de querer ganar esa batalla. Le gusta. Quiere tenerla. Pero su embarazo está bastante avanzado, lo suficiente como para que sus hormonas estén completamente alborotada y su vientre tan hinchados como sus pies. ¿Y después qué? ¿No le basta con ser el ejemplo de embarazo adolescente, también va a ser la lesbiana promiscua? Es demasiado complicado. Y doloroso. Necesita tenerla más cerca, o muchísimo más lejos.

-¿Señorita Fabray?- la voz de la doctora la saca de sus pensamientos. Es agradable, para variar un poco. Con un movimiento de mano le indica que se acerque hasta su consultorio. Le cuesta un poco levantarse de la silla. Su panza ya impide que vea sus zapatos – Acompáñeme…

Es una de sus últimas ecografías. Es, por lejos, el estudio más incomodo que le ha tocado realizarse. Su vejiga definitivamente no está para soportar tanta agua, y ese gel frío le pone los pelos de punta. Pensó que sería difícil ver imágenes de su bebé… pero lo cierto es que no distingue absolutamente nada. Le ha mandado las imágenes de la ecografía 3D a Shelby, que por su trabajo en muchas oportunidades no llega asistir. Es la primera vez que Santana no la acompaña. No pareció recordarlo (está demasiado ocupada organizándole a Brittany una fiesta de cumpleaños sorpresa) y no tenía ganas de insistirle. Le restará importancia, si es que alguna vez se lo pregunta. Sabe que la latina se enojará, pero no le importa. Es más, la idea le agrada.

-Mmm… aguarda unos instantes – la doctora parece preocupada. Se queda mirando la pantalla unos segundos y finalmente abandona la sala llamando a otro doctor. Ella sigue viendo manchas, quizás pueda pasar como arte abstracto, pero definitivamente no un bebé. No entiende qué es lo que puede ir mal. Comienza a ponerse nerviosa.

El doctor repite el procedimiento, con visible consternación en su rostro. Intercambia miradas con la doctora. Quinn piensa que está sopesando qué palabras utilizar.

-Señorita Fabray… ha habido una complicación. No se preocupe, es algo dentro de todo común. Sucede que su bebé se ha enredado en su cordón umbilical. Verá, esto puede complicar no sólo lo que queda de embarazo sino también el parto. Con lo cual sugiero que le hagamos una muestra de líquido amniótico para determinar el grado de desarrollo de su bebé y que programemos una internación y una cesárea…

La doctora agregó algunas palabras más amigables a la explicación precedente, pero Quinn ya no estaba prestando atención. Le resultaba imposible concentrarse. Sintió lo mismo que cuando fue a la clínica a realizarse el aborto y no pudo hacerlo.

-¿Quinn? ¿Hay alguien a quien quieras llamar? Cuando termines empezaremos con la punción de líquido amniótico…

Toma su celular. Le envía una alerta a Shelby. Después de todo, es su bebé. En algunas horas, si el obstetra lo decide, podría ser madre. Se pregunta si la beba tendrá que permanecer mucho tiempo en neonatología.

El teléfono de Santana está en marcación rápida. Duda unos instantes. Está asustada. Nunca se ha sometido a una intervención quirúrgica. Muchísimo menos a una en la que podría perder la vida. Sabe que es una posibilidad de una en un millón (o quiere creerlo) pero aún así. Una vez que dé a luz, se terminará todo. Algo le dice que ya no puede seguir viviendo en lo de los López. Que Santana tiene mejores cosas que hacer, y otras personas de las que ocuparse.

-¿Segura que no vas a llamar a nadie? Es normal que estés asustada, pero no te preocupes, por suerte lo hemos detectado a tiempo. Eres muy fuerte, pero no tienes por qué hacer esto sola…

Vuelve a mirar el ícono de Santana en la marcación rápida. Se decide en unos segundos y marca.

-Hola, ¿mamá? Necesito tu ayuda…