Capitulo X Candy Blanca a secas
Al día siguiente, Candy se despertó un poco más tarde que de costumbre pero de buen humor. Se bañó y se apresuró a vestirse, luego bajó a la cocina donde comenzó a preparar todo tipo de postres y galletitas y a hornear un pastel. Gladys, la cocinera, se sorprendió por la habilidad de la joven pero no le cayó en gracia que la chica utilizara su cocina ¡sin previo aviso! Sin embargo, la pecosa con su buen humor se ganó la confianza de la cocinera y como agradecimiento horneó un segundo pastel para la servidumbre. Dorothy observaba a su amiga desde lejos y sonreía en complicidad porque entendía perfectamente el motivo de su alegría.
Antes del almuerzo, Dorothy acompañó a Candy a su habitación y le ayudó a arreglarse un poco. Escogieron un lindo vestido color dorado con delicado escote redondo y una cinta satinada en la cintura que entallaba bien su esbelto cuerpo, se recogió el cabello con algunos rizos rebeldes cayendo libremente por el cuello y la espalda, se puso una suave fragancia, una mezcla de acentos de rosas, polvo, iris y ámbar que la hacían sentirse femenina y elegante. Complementó el atuendo con un par de delicados aretes y unas lindas zapatillas de tacón del mismo color del vestido.
Dorothy dio su aprobación final cuando vio lo atractiva y fina que Candy lucia. Luego ésta bajó al comedor a esperar a la familia.
La rubia fue la primera en llegar, el último fue Albert. Cuando vio a su príncipe entrar al comedor y sus miradas se unieron, hubo un contacto electrizante entre ellos. El corazón de la rubia brincó de alegría pero bajó la mirada tímidamente ante los penetrantes ojos celestes.
La presencia de Candy le traía a Albert solo sensaciones maravillosas,
- ¡Que bella se ve, parece un ángel! Ese color realza la belleza de su tersa y delicada piel… – pensaba sintiendo todavía la sensación en sus labios besando el fino cuello, por lo que sonrió levemente.
El pobre estómago de la chica era un torbellino de emociones, se sentía tensa, ansiosa, nerviosa, ¿Se dará cuenta que cociné solo para él? ¿Le gustará lo que preparé? - A la vez se sentía alegre y cautivada por la imponente presencia del hombre - Dios, que apuesto está hoy, ¡me besó, ayer en el parque, me besó! Candy, contrólate, disimula, no debes ponerte en evidencia – se reprimía tratando de recuperar su usual alegría.
Albert lucia radiante en un traje negro y camisa celeste de seda.
El rubio ayudó a la tía a sentarse a su derecha y cuando sacó la silla para que Candy se sentara a su izquierda, olió el delicioso aroma a rosas y aspiró silenciosamente para llenarse de ella. Mientras su ángel tomaba asiento y el seguía de pié detrás de ella, sus ojos disimuladamente se concentraron en el blanco cuello y los suaves rizos cayendo sobre la delicada espalda, es tan sensual… pensaba; luego con media sonrisa en los labios, tomó su asiento en la cabecera. Candy olió el provocante aroma a maderas y lavanda y cuando ya estaban sentados se vieron a los ojos y se sonrieron coquetamente.
Durante la velada Albert y Candy permanecieron silenciosos la mayor parte del tiempo. La tía abuela, Archie y George conversaban sobre la guerra y como ésta afectaba los negocios. A Albert parecía que el tema no le importaba y prefería voltear el rostro al lado izquierdo para contemplar la bella mujer a su lado. Ambos intercambiaban miradas y se regalaban suaves sonrisas que solo ellos podían notar.
A la hora de servir el postre, la tía observó que no era lo que había ordenado. Candy se disculpó y dijo que ese día se había levantado con deseos de cocinar postres. La abuela no se opuso y pidió que le sirvieran un pequeño trozo del pastel de chocolate. El rubio notó que todo lo que Candy había preparado eran sus favoritos y con una tierna mirada y sonrisa le agradeció, ella entendió muy bien el mensaje y con una dulce sonrisa le contestó.
El almuerzo terminó y los caballeros regresaron al estudio. La tía regresó a su habitación y Candy la acompañó. La anciana pidió cancelar solo por ese día el paseo en el jardín pero le pidió que leyera un poco de poesía, a lo cual Candy accedió cordialmente.
En el despacho, Albert parecía distraído y ausente porque Archie y George le repetían las cosas varias veces y apenas avanzaron en el trabajo. Archie se quejó y el rubio reaccionó prontamente. Vio el reloj y entendió que sino se apresuraba no terminaría a tiempo su trabajo para ver a Candy a la hora del té. De repente tomó la delantera en todo y uno por uno estudió, aprobó, y firmó, todos los documentos con asombrosa rapidez.
- ¿Tienes prisa Albert? - preguntó Archie asombrado del repentino cambio.
- No, solo que estábamos retrazados por mi culpa – exclamó el magnate sin dejar de leer los documentos.
- ¡Has visto el reloj miles de veces!, ¿te pasa algo? –insistió Archie.
Albert guardó silencio, mientras que en el rostro de George se dibujaba una leve sonrisa.
- No, ¿Qué me puede pasar?, te quejaste que no avanzábamos en el trabajo, solo me apuro para terminar –dijo el rubio concentrándose en más documentos.
Los ojos de Albert parecían absorber todos los documentos tan rápidamente como sus dedos pasaban página por página, hasta que todo el trabajo quedó completo unos minutos antes de la hora del té.
- ¡Listo! –exclamó triunfante el empresario.
Dejó caer sobre la mesa el último documento al mismo tiempo que se ponía de pie y caminaba hacia la puerta. - ¡Buenas tardes caballeros! – exclamó sonriente saludando con la mano, saliendo rápidamente del cuarto.
Archie se quedó con un rostro de interrogativa y sorpresa mientras que George continuaba con una sonrisa cínica dibujada en los labios.
Albert caminaba hacia la sala del té pero a lo lejos a través del ventanal vio a Candy sentada en la banca del jardín y salió a acompañarla. Después de unos minutos, se escuchaban las risas de los jóvenes llenando el jardín. Una doncella le llevó a Candy una carta de Michael, lo cual apagó instantáneamente la sonrisa del rubio pero las miradas amorosas, la sonrisa y la presencia de su ángel lo reconfortaban. Por la ventana la tía abuela vió la pareja y mandó a un sirviente a avisarles que la hora del té estaba pasando.
Entraron tomados del brazo, ambos se disculparon por haberse distraído, se sentaron juntos en un sofá y la tía abuela dijo seria:
- ¿Por qué no nos cuentan de qué se reían tanto en el jardín?
Los rubios se vieron uno al otro y sonrieron.
- Bueno si insistes tía, -respondió el con amplia sonrisa - Veras, durante el tiempo que perdí la memoria y vivíamos juntos en el apartamento -la tía hizo un rostro de disgusto- Archie, Stear y Candy se enteraron que una persona que entrara en shock podría recuperar la memoria –pausó recapitulando tiempos atrás- Una tarde que yo regresaba del trabajo, Candy puso una cesta llena de nueces arriba de la puerta para que al tiempo que yo entrara, la cesta dejara caer las nueces ¡en mi cabeza! Como vio que no dio resultado, preparó una sartén caliente con copos de maíz, cuando yo destapé la sartén, el maíz comenzó a saltar por todas partes ¡causando un gran alboroto en la cocina! – dijo alegremente causando las risas de todos.
- Luego cuando iba a sentarme, Candy haló la silla y ¡caí sentado en el piso! ¡Todo para que yo entrara en shock, tía!
El grupo carcajeaba ante el divertido relato.
- ¡Creo que mi trasero todavía recuerda ese día!- Agregó el joven divertido tocándose esa parte.
El público gozaba sonriente de su relato. Después de un rato de sonrisas, Albert continuó en un tono mas serio:
- Pero no todo salió bien porque ese mismo día, Archie y Stear recrearon el día de mi accidente simulando el ruido de un tren, un incendio, alarmas y llenaron los pasillos con humo. Ya te imaginas la cara del dueño del edificio, casi nos cuesta el apartamento. Todos querían ayudarme, son momentos que nunca olvidaremos - concluyó viendo a Candy sonriente.
- Y que me dices del día en el parque de Chicago - habló Archie desde su asiento poniendo la tasa de té en la mesa de centro para decir su relato- ¡Tía, tienes de oír esto! –pausó entusiasmado- Estábamos en un picnic comiendo, Stear caminó por detrás de Albert, sacó un martillo y lo ¡golpeó en la cabeza!! – dijo recreando el movimiento del martillazo- Albert cayó sentado en el piso pero consiente. Stear nos explicó que el martillo era de goma para que no doliera y el golpe causaba ruido para que la persona entrara en shock. – pausó levemente dibujándose una sonrisa en sus labios- ¿sabes como se llamaba el invento de Stear tía? Se llamaba "el recuperador de memorias." –concluyó Archie en carcajadas mientras se escuchaban las risas de los demás.
Después de un largo rato de conversación sobre Stear y sus inventos, la hora del té llegó a su fin. Todos se pusieron de pie y eventualmente salieron del cuarto, excepto por Albert y Candy. La rubia se acercó a él seductora y delicadamente puso una mano en el firme pecho:
- ¿Por qué no les contaste la vez que me salvaste de Tongo, el león? –dijo con voz cálida e invitante.
El rubio tomó la delicada mano en su pecho y besó el dorso:
- Es nuestro secreto pequeña –hizo una pausa mientras se dibujaba una señal de disgusto en su rostro- Sabes, esta tarde no podremos tener nuestro paseo. Tengo que acompañar a George y Archie a la ciudad.
Los ojos esmeralda se pusieron tristes e hizo un mohín gracioso, el se acercó despacio y le dio un beso en la mejilla, ella respondió abrazándolo por la cintura, luego el la envolvió en sus brazos.
- Está bien –respondió ella con voz tenue- nos veremos más tarde entonces.
Muy a su pesar se separaron, el se retiró a buscar a George y ella se retiró a su cuarto porque se sentía agotada por toda la actividad de ese día en la cocina. Comenzaba a dormirse cuando escuchó un toque en la puerta:
- ¿Quien es? –preguntó soñolienta desde su cama.
- Dorothy.
- Entra por favor.
- El señor William te manda una nota - dijo la doncella con una sonrisa de complicidad.
- ¿Ah si? Dámela - dijo Candy entusiasma sentándose rápido en la cama y perdiendo el sueño de inmediato.
Dorothy permaneció de pié enfrente de su amiga esperando que ésta compartiera con ella el contenido de la nota.
Pequeña,
Gracias, se que cocinaste para mi, todo estuvo exquisito. Eres una mujer maravillosa y te necesito siempre cerca. Quédate conmigo, no te bayas nunca.
Tuyo,
Albert
P.D. Hoy te veías particularmente hermosa
Dorothy vio como el rostro de su amiga resplandecía de alegría después de leer la nota por lo que no pudo contenerse:
- ¿Y? ¿que dice la nota? - preguntó ansiosa la doncella.
- ¡Dorothy no seas curiosa! – respondió Candy sonriente preparándose para leer la nota de nuevo esta vez en voz alta.
- ¡Que romántico! – exclamó Dorothy entusiasmada después de oír el contenido juntando las manos por la emoción, luego se dibujó en su rostro una señal de duda - ¿Por qué en la nota pide que te quedes?
- Pensaba regresar a Chicago después de la boda de Annie y Archie.
- Pero no te entiendo, ¿y el señor William? -dijo y mientras se sentaba en la silla adjunto a la cama.
- Cuando deje el apellido tendré que irme de la casa- pausó pensativa- también hay otras cosas que me hacen dudar –luego en su rostro se dibujó una sonrisa - pero lo amo y no podría separarme de él. Tienes razón, ¡no quiero irme ahora!- añadió sonriendo.
- No te bayas Candy, el también te necesita – pidió su amiga haciendo una pausa y cambiando el tema - Dime, ¿ya has pensado en el vestido que vas a usar la noche de boda de la señorita Annie?
- ¡No! Y solo faltan unas semanas –respondió preocupada- ¿Me acompañas a las tiendas a buscar un lindo vestido? Tú tienes buen gusto y confío en ti.
Las amigas hicieron planes para ir de tiendas y buscar su vestuario para la gran noche de la boda.
En su afán por terminar los últimos preparativos, Annie, Patty y Candy pasaron las dos semanas antes de la boda en tiendas, corriendo de un lado a otro mientras los caballeros trabajaron desde la oficina del banco en la ciudad.
Los paseos entre Albert y Candy disminuyeron pero el tiempo que podían verse era bien aprovechado. Entre miradas, suspiros, flores, notas, y sonrisas se hicieron indispensables el uno para el otro. Candy correspondía a cada sonrisa, mirada y detalle y poco a poco se formó un vínculo aun más fuerte entre ellos.
Eran las cinco de la tarde, hora del té. Ese día en particular, el grupo constituido por la tía Elroy, Candy, Archie, George y Albert vieron que éste último estaba particularmente silencioso.
- ¿Te preocupa algo William? - preguntó preocupada la tía.
- Hay algo que me gustaría discutir con usted después del té, si no les importa - dijo dirigiéndose al resto del grupo- Después me gustaría hablar contigo Candy –añadió clavando los tristes ojos celestes en ella.
- Si.
La hora del té pasó, la tía Elroy y Albert permanecieron en el salón mientras que el resto del grupo desapareció en la inmensidad de la casa.
- Tía, hace algunas semanas, en realidad hace ya varios meses, que Candy me ha pedido renunciar al apellido Ardley y yo se lo he concedido – dijo en tono solemne mientras caminaba hacia un gabinete, sacó unos documentos y se los mostró - Estos son los documentos constando que Candy deja de ser parte de nuestra familia.
La tía abuela se quedó en total silencio.
- ¿Y no has hecho nada para impedirlo? –respondió la anciana impactada.
- Había notado su cambio hacia ella, pero no sabia hasta que punto – dijo el magnate asombrado.
- En otros tiempos confieso que la noticia me hubiera alegrado, pero las cosas han cambio William – pausó y recapituló las veces que Candy la cuidó cuando estuvo enferma - Candy es una chica excepcional. Ninguna de las enfermeras me cuidó con tanta dedicación, yo diría que lo hizo con amor – hizo una pausa y lo vio fijamente - si tú hubieras visto ¡como me cuidaba! –bajó la vista apenada - yo que la humillé tanto, un día le pedí que se marchara de la casa cuando todavía se reponía de una fiebre, no tengo perdón –dijo entre lágrimas - Supongo que cuando uno está al borde de la muerte, recapacita y reconoce sus errores y se da cuenta quienes son sus verdaderos amigos y familia. – suspiró profundo- Me dejé llevar por la tradición y el linaje, la verdad es que nunca conocí a alguien más buena y bondadosa que ella, es digna de llevar el apellido Ardley, yo estaba equivocada, y te agradezco que la hayas traído a cuidarme –concluyó la anciana enternecida.
Albert todavía no se acostumbraba a la nueva actitud de la tía hacia su pequeña. La anciana continuó:
- Hablaré personalmente con ella para persuadirla que vuelva a llevar el apellido – dijo mientras se ponía de pie apoyándose en su bastón- Creo que su decisión fue por culpa mía –añadió apenada- Dile que mañana después del té, quiero hablar con ella.
- Tía en mi opinión es mejor dejar las cosas así –respondió el joven poniéndose de pie - Candy está decidida y creo que es lo mejor.
- Esta bien William, como tu digas.
Acompañó a la tía a su habitación donde esperaba una de las enfermeras. Después fue a buscar a Candy y la encontró en el jardín donde ella lo esperaba ansiosamente.
- ¿Caminamos? – sugirió el rubio atento y pensativo caminando lentamente por el jardín de rosas.
- ¿Qué es lo que tienes que decirme? ¿Por qué ese rostro tan serio? –preguntó la rubia buscando su mirada.
- En realidad, es algo que te hará feliz – añadió deteniendo el paso a la vez que de la bolsa de la chaqueta sacaba documentos que le entregó - señorita Candice White, aquí están los documentos devolviéndote tu nombre –agregó el joven con voz solemne y mirada triste.
Candy tomó los documentos en sus manos y sintió una serie de emociones distintas. Alegría porque recuperaba su identidad y podía amar a su príncipe libremente, y tristeza porque tendría que irse de la casa y dejarlo. Ella alzó el rostro para ver al joven, quien la recibió con una mirada triste y una leve sonrisa.
- ¿No dices nada pequeña? Pensé que te alegraría –dijo mientras le tomaba una mano y la miraba fijamente.
- Si me alegra, en efecto es lo que quería y creo que es lo mejor –respondió con leve sonrisa bajando el rostro- por otra parte no me alegra tanto como pensé…-Se que tengo que irme de tu lado, pensó.
Como adivinando su pensamiento Albert se acercó más a ella y la tomó por la barbilla mientras levantaba suavemente el rostro:
- Quédate más tiempo como nuestra invitada, ¡no te bayas! Dijo casi rogando con voz dulce y mirada amorosa.
Ella sonrió tiernamente al sentir la emoción transmitida en la petición.
- Me quedaré más tiempo contigo – dijo en voz tenue viéndolo a los ojos- no podría dejarte, pensó.
- Gracias, no te dejaré ir. Te lo diré en cualquier momento mi amor, creo que tú también me amas, pensó.
Continuaron caminando hacia el bosque tomados del brazo, estaban muy contentos porque permanecerían juntos.
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Continuara, gracias Calemoon por tu gran ayuda.
