Hola hola ke tal stan jejeje buueno pues les tengo un REGALO jeje una marathon de 4 CAPITULOS jeje pero espero ke me dejen muuchoss reviewws jejejeje se lo merecen x ser buuenas lectoras jejeje

Recuerden de que nada me pertenece. La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 10

Era un tipo frío, pensó Rosalie mientras conducía. Un tipo atractivo, con éxito, contenido y soltero, dato éste último que le había sonsacado al desprevenido detective Carter.

Un desafío.

Y, decidió mientras atravesaba el apacible y hermoso barrio, camino de su casa, un desafío era exactamente lo que necesitaba para superar aquel cataclismo emocional.

Unas horas después tendría que enfrentarse a su tía y al resto de sus parientes. Habría preguntas, exigencias, y, estaba segura, también reproches. De todo lo cual ella sería la destinataria. Así era cómo funcionaba su familia, y eso era lo que había llegado a esperar de sus integrantes. Pregúntale a Rosalie, pídele cuentas a Rosalie, señala con el dedo a Rosalie. Se preguntaba hasta qué punto se merecía todo aquello y hasta qué punto era sencillamente algo que había heredado junto con el dinero que le habían dejado sus padres.

Poco importaba ya, se dijo, puesto que ambas cosas le pertenecían, tanto si le gustaba como si no.

Entró en la rampa de su casa alzando la mirada. La casa había sido un capricho. Su diseño inteligente y original de madera y cristal, las tejas, las cornisas, las terrazas de madera y los rústicos jardines. Quería disponer de espacio, de la elegancia de la vida social y de las comodidades de la gran ciudad. Y de la proximidad a Bella y Alice.

La casita de las montañas, sin embargo, había sido una necesidad. Y era suya y sólo suya. Sus parientes no sabían que existía. Nadie podía encontrarla allí, a menos que ella quisiera.

Pero aquí, pensó pisando el freno, estaba la elegante y lujosa casa de Rosalie Hale. Rica heredera, niña bien aficionada a las fiestas. La del póster central, la licenciada en Radcliffe, la anfitriona de Washington. ¿Podía seguir viviendo allí, se preguntaba, con la muerte alojada en sus habitaciones? El tiempo lo diría.

De momento, se concentraría en resolver el rompecabezas de Emmett McCarthy y en encontrar un modo de penetrar bajo su aparentemente impenetrable armadura.

Sólo por divertirse.

Lo oyó detenerse y, en un movimiento deliberadamente provocador, se dio la vuelta, se bajó las gafas de sol y lo observó por encima de ellas. Oh, sí, pensó. Era muy, muy atractivo. El modo en que controlaba su cuerpo recio y fibroso. Muy económico. No desperdiciaba movimientos. Tampoco los desperdiciaría en la cama. Y Rosalie, se preguntaba cuánto tiempo tardaría en llevarlo hasta allí. Tenía el presentimiento, y rara vez dudaba de sus presentimientos en lo que a los hombres concernía, de que había un volcán bullendo baja aquella apariencia serena y en cierto modo austera. Iba a pasárselo en grande pinchándolo hasta que entrara en erupción.

Le tendió las llaves cuando se acercó a ella.

—Ah, pero ya tendrás un juego, ¿no? —Volvió a colocarse las gafas en su lugar—. Pero usa las mías... esta vez.

—¿Quién más tiene copia?

Ella se pasó la punta de la lengua por el labio superior, sintiéndose oscuramente complacida al ver que él bajaba la mirada. Sólo mi instante, pero era un progreso.

—Bella y Alice no les dan mis llaves a ningún hombre. Prefiero abrirles yo misma la puerta. O cerrársela.

—Bien —Emmett volvió a ponerle las llaves en la mano y pareció divertido cuando ella frunció las cejas—. Abra la puerta.

Un paso adelante, dos pasos atrás, pensó ella, y subió hasta el pórtico de baldosas y abrió la puerta. Había intentado prepararse para aquel momento, pero aun así le resultó difícil. El vestíbulo estaba casi intacto. Pero la barandilla reventada atrajo irremediablemente su atención.

—Es una caída desde muy alto —murmuró—. Me pregunto si dará tiempo a pensar, a comprender, mientras se cae.

—Ella no lo tuvo.

—No —y, en cierto modo, era mejor así—, supongo que no —entró en el cuarto de estar y se obligó a mirar la silueta de tiza—. Bueno, ¿por dónde empiezo?

—El asesino encontró su caja fuerte y la vació. Supongo que querrá hacer una lista de lo que haya desaparecido.

—La caja fuerte de la biblioteca —cruzó bajo el arco y entró en una espaciosa habitación llena de luz y libros. Muchos de aquellos libros cubrían el suelo, y una lámpara art déco que semejaba el cuerpo estilizado de una mujer estaba partida en dos—. No fue muy sutil, ¿no?

—Supongo que tenía prisa. Y estaba cabreado.

—Podía haberse ahorrado las molestias —se acercó a la caja fuerte, cuya puerta estaba abierta, y vio que estaba vacía—. Tenía algunas joyas... bastantes, en realidad. Y un par de miles de dólares en efectivo.

—¿Bonos o acciones?

—No, esas están en mi caja de depósito de seguridad del banco. No veo la necesidad de guardar las acciones en la caja fuerte y sacarlas de vez en cuando para ver cómo brillan. El mes pasado me compré unos pendientes de diamantes preciosos —suspiró y se encogió de hombros—. En fin, ya no están. Tengo una lista completa de mis joyas, y fotografías de cada pieza, junto con los papeles del seguro, en mi caja de seguridad. Remplazarlas es sólo cuestión de... —Se interrumpió, dejó escapar un leve sonido de angustia y salió apresuradamente de la habitación.

Aquella mujer se movía a su antojo, pensó Emmett mientras subía las escaleras tras ella. Y la velocidad no le hacía perder aquella gracia felina. Entró en su dormitorio y a continuación en el vestidor, detrás de ella.

—No puede haberlas encontrado. Es imposible —ella repetía aquellas palabras como una plegarla mientras giraba un pomo del armario empotrado. Éste se abrió, dejando al descubierto una caja empotrada en la pared. Ella marcó rápidamente la combinación y abrió la puerta de un tirón. Dejó escapar el aliento en un soplido mientras, arrodillándose, sacaba algunas bolsas y cajas forradas de terciopelo.

Más joyas, pensó él sacudiendo la cabeza. ¿Cuántos pendientes podía ponerse una mujer? Pero ella iba abriendo cada caja cuidadosamente, examinando su contenido.

—Éstas eran de mi madre —murmuró con un tinte de emoción en la voz—. Éstas sí que me importan. El alfiler de zafiros que mi padre le regaló por su quinto aniversario, el collar que le regaló cuando yo nací, las perlas... Las llevaba el día que se casaron —se pasó la blanca y cremosa hilera de perlas por la mejilla como si fuera una mano amorosa—. Hice construir esta caja fuerte expresamente para ellas. No las guardaba con las otras. Por si acaso —se apoyó en los talones, con el regazo lleno de joyas que valían mucho más que el oro y las piedras preciosas—. Bueno —logró decir con la garganta cerrada—, aquí están. Siguen aquí.

—Señorita Hale...

—Oh, llámame Rosalie —replicó ella—. Eres más tieso que mi tío Niles —luego se llevó una mano a la frente, intentando disipar el principio de un dolor de cabeza—. Supongo que no sabrás hacer café.

—Sí, sé hacer café.

—Entonces, ¿por qué no bajas y lo vas haciendo mientras yo acabo aquí?

Él la sorprendió a ella, y también a sí mismo, agachándose a su lado y apoyando una mano sobre sus hombros.

—Podías haber perdido las perlas, todas esas joyas. Pero no habrías perdido tus recuerdos,

Inquieto por haberse sentido impelido a decir aquello, Emmett se incorporó y la dejó sola. Fue directamente a la cocina y apartó las cosas revueltas para llenar la cafetera. La puso a calentar y encendió la maquina. Se metió las manos en los bolsillos y volvió a sacarlas.

¿Qué demonios le estaba pasando?, se preguntaba. Debía concentrarse en el caso, y sólo en el caso. Pero, en lugar de hacerlo, se sentía atraído, arrastrado hacia la mujer del piso de arriba. Por los diversos rostros de aquella mujer. Audaz, frágil, provocativa, sensible... ¿Cuál de todas aquéllas era ella? ¿Y por qué se había pasado él casi toda la noche con aquel rostro alojado en sus sueños?

Ni siquiera debería estar allí, se dijo. No tenía ninguna razón oficial para pasar su tiempo con ella. Era cierto que tenía la impresión de que aquel caso merecía sus desvelos. Era bastante serio. Pero ella era sólo una pequeña parte del todo. Y él se mentiría a sí mismo si dijera que siempre se tomaba tan a pecho una investigación.

Encontró dos tazas intactas. Había varias rotas tiradas alrededor. Porcelana de Meissen auténtica, advirtió Emmett. Su madre tenía un juego que guardaba como oro en paño.

Emmett estaba sirviendo el café cuando noto la presencia de Rosalie a su espalda.

—¿Solo?

—Sí, gracias —Rosalie entró e hizo una mueca al observar la cocina—. No dejó nada intacto, ¿eh? Supongo que creyó que podía haber guardado un diamante azul en el bote del café o en la caja de las galletas.

—La gente guarda sus posesiones valiosas en los sitios más extraños. Una vez, trabajé en un caso de robo en el que la afectada salvó el dinero que tenía en casa porque la había guardado en una bolsa de plástico sellada en el fondo del contenedor de los pañales. ¿Qué ladrón que aprecie la higiene se pone a rebuscar entre pañales?

Ella se echó a reír y bebió un sorbo de café. Aunque él no lo pretendiera, su historia la había hecho sentirse mejor.

—Visto así, guardar las cosas en una caja fuerte parece bastante estúpido. El que hizo esto no se llevó la plata, ni los aparatos electrónicos. Supongo, como tú dices, que tenía mucha prisa y se llevó sólo lo que le cupo en los bolsillos —se acercó a la ventana y miró fuera—. La ropa de Irina está arriba. No he visto su bolso. Puede que también se lo llevara el asesino, o puede que esté enterrado bajo todo este desorden.

—Lo habríamos encontrado, si estuviera aquí.

Ella asintió con la cabeza.

—Lo había olvidado. Ya han registrado mis cosas —se dio la vuelta y, apoyándose en la encimera, miró a Emmett por encima del borde de la taza—. ¿Las has revisado tú personalmente, teniente?

Él pensó en el camisón de seda roja.

—Algunas sí. Tienes tus propios grandes almacenes aquí.

—Siento debilidad por las cosas. Por toda clase de cosas. Haces un café excelente, teniente. ¿No hay nadie que te lo haga por las mañanas?

—No. No en este momento —dejó el café a un lado—. Eso no ha sido muy sutil.

—No pretendía serlo. No es que me importe tener competencia. Pero me gusta saber si la tengo. Sigo pensando que no me gustas, pero eso podría cambiar —alzó una mano para acariciarse la punta de la trenza—. ¿Por qué no estar preparada?

—A mí me interesa cerrar este caso, no jugar contigo... Rosalie.

Sus palabras sonaron tan frías, tan absolutamente desapasionadas, que aguijonearon el ego de Rosalie.

—Supongo que no te gustan las mujeres agresivas.

—No especialmente.

—Bueno, entonces —sonrió mientras se acercaba a él—, esto te va a parecer espantoso.

Con un movimiento ágil y sutil, Rosalie deslizó una mano por su pelo y se apoderó de su boca.


Hola hola jejee atrevida nuestra Rose cierto? como reaccionara Emmett? jeje

aki sta el 1er capi jeje nos faltan 3 jeje

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byee