Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo X

Lovino estaba demasiado impaciente y el doctor se hacía esperar. Al contrario de aquellos que estaban allí sentados, éste parecía por demás relajado. Es más, tenía una enorme sonrisa de punta a punta.

—No hay de que preocuparse —comentó y le dio una palmada al nervioso italiano —. Mis habilidades son las mejores y además, no era la gran cosa. Aunque por otro lado, hubiera sido mejor si hubiera ingresado al hospital antes y no esperar a este estado —explicó.

—¡¿En dónde rayos está?! —indagó Lovino. Honestamente, no le importaba en lo más mínimo las explicaciones del profesional. Con tal de saber que el español estaba bien, ya nada más le interesaba. Por supuesto, su ansiedad estaba alcanzando tal magnitud que estaba a punto de pasar por encima del cubano para ir a ver a Antonio.

—Podrán verlo en media hora. Aún se está recuperando —afirmó éste.

Esos treinta minutos fueron una completa tortura para Lovino. Quería asegurarse, ver con sus propios ojos que Antonio se encontraba como el doctor lo había dicho. La impaciencia lo estaba carcomiendo y de paso, arruinando sus uñas.

—¡Basta, hermano! ¿No ha dicho que está bien? ¡Ve! —Feliciano estaba haciendo lo que podía, pero sabía demasiado bien que era imposible calmar a aquel cuando estaba con los nervios de punta.

—¡Déjame en paz! —Le golpeó en la mano para que el pelirrojo se alejara de él. Miró una y otra vez la puerta por donde había aparecido aquel extravagante doctor —¡¿Por qué no nos deja ir a verle ya?!

—Niñato —comentó por lo bajo el francés, quien estaba hartándose de la conducta de aquel muchacho.

En ese mismo instante, una enfermera entró y les hizo pasar a la habitación donde estaba el español. Claro, Lovino empujó a todos, incluyendo a la pobre mujer y corrió junto al recién operado. El italiano no tenía la menor idea de cuál era la condición en la cual su querido Antonio se hallaba, sólo estaba contento de poder volver a verle.

Al ingresar a la habitación, vio al hispano tendido sobre la cama. Lo primero que hizo fue abrazarle con toda su fuerza, lo cual fue bastante contraproducente pues lo hizo justo donde estaban las suturas.

—¡Ay! —se quejó éste antes de darse cuenta de que se trataba de Lovino. Abrió sus ojos y se encontró frente a frente a su rulo, para luego sentir algunas lágrimas caer por su pecho —. Ah, pero si eres tú, Lovino.

—¡Tonto, idiota, imbécil! ¡Me hiciste preocupar! —exclamó en tanto se recostaba por el pecho descubierto del español. Honestamente, estaba demasiado feliz de verle bien —. ¡No pienso despegarme nunca más! ¡Nunca más! —repitió varias veces lo mismo mientras que agarraba su mano con firmeza.

Después de varios intentos y con varios hombres utilizando su fuerza, consiguieron separar a Lovino de la cama. A pesar de ser un muchacho bastante delgado, parecía como si repentinamente hubiera adquirido una tonelada de peso. Así era la fuerza que el italiano empleó para no tener que desprenderse de Antonio.

—No deberías hacer eso. Podrías volver a abrir las heridas y tendríamos que empezar de nuevo —le regañó la enfermera.

—¡Como sea! —exclamó como si no le importara. De todas maneras, se mantuvo al lado del español todo el tiempo en el que el doctor estuvo dando sus indicaciones.

El español estaba bastante sorprendido con la actitud que había tomado el chico. Es decir, normalmente se aburriría de esas tediosas explicaciones, pero estaba escuchando atentamente. En ningún momento dejaba de tomar su mano, mientras asentía.

—En fin… No debes hacer ningún esfuerzo por un tiempo —le explicó el cubano a su paciente —. Tendrás que buscar a alguien que te ayude en tus quehaceres cotidianos hasta que podamos retirar esos puntos —comentó.

Antes de que el italiano pudiera decir algo, Francis se levantó.

—Bueno, eso es obvio. ¿Por qué no te quedas en mi casa hasta que te sientas mejor, Antonio? ¡Mis buenos cuidados te sanarán antes de tiempo! —indicó con una enorme sonrisa y con el pulgar levantado.

Sin embargo, cuando Antonio estuvo a punto de aceptar, Lovino se interpuso. ¿Cómo iba a soportar eso? ¡No!

—Antonio no te necesita, imbécil. ¡Porque me tiene a mí! —exclamó orgullosamente.

Un aire de preocupación invadió a toda la habitación. Incluso Feliciano, que normalmente apoyaba a las decisiones de su hermano, estaba un poco… Consternado por tal afirmación. El silencio reinó por un instante, hasta que finalmente Antonio intervino.

—Bueno, ¿por qué no? Hasta podría ser divertido —En realidad, estaba procurando ser optimista. No tenía la menor idea de cómo Lovino iba a encargarse de él, pero quería darle un voto de fe. Totalmente distinto a lo que Francis opinaba.

—Si quisiera que Antonio terminara muerto, estaría de acuerdo —replicó de inmediato —. Tú no puedes cuidarte ni a ti mismo, ¿cómo esperas hacerlo con Antonio? Esto no es una tontería —contestó, sacando de su pecho parte de lo que opinaba del muchacho.

Fuera en lo que fuera que estuviera pensando Francis, esto no iba a terminar bien. No le hicieron mucha gracia esas palabras a Lovino, quien se levantó bruscamente.

—¿Qué crees qué pienso que esto es una tontería? ¡Yo soy capaz de cuidar a Antonio cuando se me antoje, imbécil! —respondió enojado. Estaba a punto de ir a plantársele al francés, pero Feliciano intentó tranquilizarlo.

—Claro, porque pienso arriesgar la salud de mi amigo. ¿Qué me asegura que esta vez no huirás? Ya lo has hecho dos veces —Le sacó en cara el francés. Estaba bastante molesto con el italiano y no tenía ningún problema en decirle lo que pensaba, inclusive si tuviera que hacerlo frente a Antonio.

Se podía ver la tensión entre esos dos. Francis parecía desprender rayos de sus ojos hacia Lovino y éste parecía arder en furia.

—¡Basta los dos! —exclamó finalmente el hispano y después tosió un poco —. No es necesario que se peleen, en verdad. Creo… —Meditó por un buen rato acerca de la decisión que había tomado y luego miró a los dos —. Creo que me arriesgaré. ¿Qué es lo peor qué podría ocurrir?

Francis quiso protestar, pero era evidente que Antonio había tomado su decisión. Quiso culpar a la anestesia y otros medicamentos por su falta de juicio, mas le era claro al notar cómo miraba a Lovino. Por supuesto, eso no significaba que éste último le cayera mejor. Seguía muy molesto con él y dudaba de sus intenciones.

—Bueno… —dijo el francés finalmente después de un largo rato en completo silencio —. Ya sabrás lo que haces, Antonio. Si te vuelve a fallar, ya sabes dónde encontrarme —. Luego de explicar esto, les dio un último vistazo y se retiró.

Antonio no comprendió muy bien cuál era el problema que tenía Francis. Es decir, normalmente se lo tomaba todo con bastante ligereza y no se ponía nervioso por nada, por más importante que fuera. Sin embargo, ahora le dio la impresión de que había perdido la paciencia con Lovino y rematado por él.

—¿Cuál es su maldito problema? —Lovino se le adelantó. Éste ahora desconfiaba aún más del francés y estaba más determinado a no dejar al español con aquel —. ¡De todas maneras, nadie te necesita! —exclamó como si el rubio pudiera escucharlo, aunque ya hacía un buen rato desde que se había ido.

—No te preocupes. Ya se le pasará —le respondió el muchacho tendido sobre la cama, a pesar de que a él también le hubiera gustado saber lo mismo.

Un par de días más tarde, Antonio finalmente salió de alta. Lovino empujaba la silla de ruedas hasta que llegaron a la recepción. Allí, alguien le pasó la cuenta por los cuidados médicos, lo que casi provocó que el español se volviera a internar, por culpa de la impresión que le había causado.

—¿Cómo voy a pagar todo esto? —se preguntó. Era demasiado caro y no pensaba que las ganancias que obtenía de la cafetería fueran suficientes. De hecho, ya andaba con bastantes problemas económicos, como para que tener una nueva deuda —. Creo que tendré que hipotecar… —Pero antes de terminar aquella frase, Lovino le arrebató el papel con la cuenta.

—¡Dame eso, maldito imbécil! —El italiano estuvo observando los números por un buen rato y después se lo metió en el bolsillo. Siguió andando con el hispano como si aquello no tuviera la menor importancia.

—¿Qué estás haciendo, Lovino? Necesito eso para…

—¡Yo me encargaré de eso, idiota! No te preocupes por el maldito dinero —le replicó de inmediato.

Lovino no estaba muy seguro de que pudiera conseguir tal suma, pero iba a intentarlo. Ya estaba harto de causarle problemas y más problemas a Antonio. Por una vez, iba a ayudarle con esa situación. Además, era lo mínimo que podía hacer si se mudaba con el español.

Claro que le apenaba abandonar una vez más al español. Sin embargo, no lo hacía por razones egoístas como antes. Se iba a asegurar de que aquel a quien había hecho sufrir tanto, no tuviera motivos para preocuparse. Sí, aunque eso significara tener que tragarse su orgullo.

Después de que Ludwig metió a Antonio dentro de su vehículo, Lovino decidió quedarse allí por un momento. Agarró a Feliciano por el brazo y comenzaron a hablar de algo. El hispano intentaba escuchar sobre que estaban conversando, pero le era imposible. Por primera vez, su chico estaba siendo discreto.

—¡Hermano! ¿Estás seguro de eso? Ve… —Lo que aquel le había dicho, le impresionó. Se rascó la cabeza, anonadado.

—¡Claro que sí, imbécil! —Enseguida se percató de que había alzado la voz y volvió a bajar el tono —. No le digas esto a Antonio, hasta que esté seguro… —le dijo y tras eso se dio media vuelta. Le dio un último vistazo al hispano y comenzó a caminar.

Feliciano se subió al vehículo y le dio una palmada al alemán, indicándole que ya podían marcharse. Sin embargo, Antonio continuaba mirando hacia afuera.

—¿Lovino no vendrá con nosotros?

—¿Eh? No, es que… —Feliciano comenzó a sudar, no sabía mentir y mucho menos, disimular —. Es que…

—Tiene que ir al baño urgente. La comida del hospital le hizo mal y eso —explicó con rapidez Ludwig. Fue lo único que se le ocurrió en el momento, pero al menos iba a cubrir a su pareja.

—Entonces, creo que podemos esperarle —comentó el español.

—Eh, no. Porque… Porque tengo cosas que hacer y no puedo perder más tiempo —Ludwig pisó el acelerador antes de que Antonio pudiera hacer otra pregunta. Él tampoco sabía qué estaba sucediendo, pero juzgando por el nerviosismo de su esposo, era algo importante que debía mantenerse en secreto.

El resto del día Feliciano estuvo ocupándose del español, tal y como Lovino se lo había pedido. Podía ver la preocupación en la cara de éste, inclusive de vez en cuando dejaba escapar un suspiro. La verdad es que con tantas huidas por parte del muchacho, se preguntaba si lo había vuelto a hacer.

Estaba realmente preocupado. Apenas comía o respondía a las palabras del pelirrojo. Éste intentaba animarle, pero nada servía. Antonio estaba completamente sumido en sus pensamientos. Feliciano estaba desesperado, ¿qué iba a hacer? Hasta le rompía el corazón verle en ese estado.

—¿Acaso se volvió a ir…? —Se preguntaba mientras miraba por el balcón. Quería creer que así no fue. Pero por cada minuto que pasaba, cada vez más perdía la esperanza. Normalmente sería lo más optimista posible, mas la conducta de Lovino le había hecho desconfiar —. Por favor…

—No deberías ponerte así. Sé que volverá pronto, ve —le comentó Feliciano, mientras que apoyaba su mano encima del hombro del español.

En realidad, también estaba preocupado. No le había mandado un mensaje siquiera. ¿Por qué no se lo comunicaba de una buena vez? ¿O se había metido en algún lío del que no podía escapar? En fin, decidió esperar un poco más antes de confesarle al español lo que pasaba por la cabeza de Lovino.

Al día siguiente, Francis fue a visitar a Antonio. Tenía una leve sensación de que simplemente debía hacerlo. Entró sin ningún problema y subió hasta donde se suponía qué debía estar su mejor amigo. Le parecía un poco extraño que hubiera tanto silencio, ya que Lovino tendría que estar allí.

—¡Oye, Antonio! ¡Vine para curarte! —exclamó pensando que iba a obtener alguna reacción por parte del hermano mayor de Feliciano.

Sin embargo, sólo encontró a éste durmiendo un rato sobre el sofá mientras que el español estaba con la mirada perdida. Se acercó lentamente y le puso una mano encima del hombro.

—¡¿Lovino?! —preguntó ilusionado al darse media vuelta, pero solamente era el francés. Su sonrisa pronto se convirtió en decepción.

—¿Se ha ido otra vez, no es así? —preguntó el recién llegado.

El español aún no quería aceptarlo. Le había prometido que estaría a su lado, que no volvería a irse. ¿Cómo era posible…?

—No te preocupes, mi querido amigo. Yo estoy a tu lado —comentó con una amplia sonrisa. Sí, esta era su oportunidad.

Al cabo de un par de días, Lovino regresó. Esperaba que Antonio no estuviera enfadado con él. La honesta verdad era que hubiera preferido no hacerlo, pero no había estado muy seguro de conseguir el dinero y no quería entusiasmar al español. Sin embargo, lo había hecho y ahora tenía un enorme cheque en su bolsillo.

Corrió hasta el encuentro del hispano. Abrió la puerta de la habitación y se apresuró a abrazarle al dueño de casa. Sin embargo, cuando fue al dormitorio de éste, halló al francés acostado a su lado.

—¿Pero qué carajo…?


¿Alguien quiere adivinar qué fue lo que hizo Lovino? O podrían esperar hasta el próximo capítulo :3

Me gustaría pedirles un favor. Ya que este es el fic donde tengo más lectores, ¿podrían darle una oportunidad a "En busca de la verdad"? Es mi primer fic de fantasía y me encantaría tener más opiniones. Se los agradecería de todo corazón.

¡Gracias por leer~!