Capítulo diez
En cuanto llegó al departamento, lo primero que hizo fue avisarles a sus padres para que no se preocuparan. Luego, abrió las ventanas y ventiló un poco el lugar del encierro al que se había sometido los últimos días.
Ordenó su equipaje y descansó un poco del viaje antes de motivarse para ir a comprar unas cuantas cosas para el desayuno y comida de mañana. En general hacían una compra mensual con Gerald, pero prefería esperarlo para que le ayudara a cargar con todo. Así que hasta entonces compraría sólo lo necesario.
Cuando tuvo todo acomodado en su respectivo lugar, se sentó en el sofá y sacó de su bolsillo el anillo plateado que le había entregado su madre. Lo giró entre sus dedos, repasando cada detalle, y preguntándose cuándo sería el momento prudente para hacerle entrega a la joven de ojos azulados.
Debido a que habían formalizado muy cerca de las fiestas de fin de año, no habían tenido mucho tiempo para compartir juntos. Sí se habían mantenido en contacto; y a pesar de que Helga insistía en que todo estaba bien por allá, él tenía un mal presentimiento. No le insistió a la rubia porque sabía que se verían en unos días y podría asegurarse si efectivamente todo estaba bien; ella podía esconder muy bien sus emociones por teléfono, pero al verla, sabría perfectamente si le mentía o no.
Soltó un suspiro, observando el paisaje por la ventana donde se podía apreciar ya el anochecer. Se levantó del sofá y fue hasta su habitación a guardar el anillo. Cuando estaba volviendo a la sala, el sonido del timbre llamó su atención.
Extrañado, se acercó hasta la puerta, y al abrirla sólo una palabra brotó de sus labios.
—¿Helga?
De pie frente a él se encontraba la joven. Con su abrigo cubriendo su vestimenta y la bufanda ocultando su rostro a excepción de sus ojos.
—Hola —saludó, bajando con su mano la prenda de lana para permitirse hablar. Alzó una ceja al comprobar que su novio se hallaba paralizado en su lugar—. ¿Me vas a dejar aquí parada?
Reaccionó de inmediato y se hizo a un lado para dejarla pasar. Repasó en su cabeza las conversaciones que habían tenido y corroboró que efectivamente ella debía llegar en una semana. ¿Acaso había ocurrido algo?
—Hel-
—Sólo vine por la copia de llave que tienen de mi departamento.
Boqueó al verse interrumpido y la observó desplazarse por la sala hasta dar con el mueble donde guardaban las llaves. Su rostro impasible y la ausencia de su usual sarcasmo indicaban que algo estaba mal. Sin mencionar que estaba claramente evitándolo; y por experiencia Arnold sabía bien que ella hacía eso cuando algo la perturbaba y no quería hablar de ello.
Entendió que si le preguntaba directamente, ella probablemente se marcharía sin responderle. Así que en cuanto la vio voltear para despedirse, avanzó un par de pasos hasta estar a centímetros de la rubia y la atrajo hacia él para envolverla en un abrazo. La sintió tensa, pero no supo si era por su repentina acción o porque su cuerpo ya se encontraba así cuando llegó.
Sin embargo, ella no se alejó. Y luego de unos segundos, se aferró a su novio y comenzó a relajarse. Él le acarició la espalda y sonrió cuando la sintió inhalar profundamente. Cuando se separaron levemente, reconoció el brillo intenso en la mirada azulada y no dudó en inclinarse hasta cerrar la distancia entre sus labios.
Fue un iluso al pensar que sería un leve roce. Pues al besarla, le recordó lo mucho que la había extrañado los últimos días y las veces que había anhelado tenerla entre sus brazos. Así que cuando ella se afianzó a su cuello y profundizó el beso, él la siguió sin réplica alguna. Sus manos se movieron lentamente hasta dar con los botones de su abrigo y comenzó a desabrocharlo hasta dejar que la prenda se deslizara por sus curvas hasta caer al suelo; Helga no se iría hasta decirle qué ocurría con ella, por lo que el abrigo era completamente innecesario en ese momento.
No supieron en qué momento comenzaron a desplazarse hasta que las piernas de Arnold chocaron contra el costado del sofá y ambos cayeron sobre el mueble, deteniendo el contacto debido a la repentina caída. El rubio se quejó levemente debido a que la mujer no tuvo reparo en dejar caer todo su peso sobre él.
Ella lo observó unos segundos antes de soltar una risa burlona.
—Eres un debilucho.
Sonrió al escucharla, viendo la expresión en su rostro y corroborando que su usual sarcasmo estaba de vuelta.
—Te extrañé —confesó él, sin borrar la sonrisa de su cara.
Un leve sonrojo cubrió las mejillas de Helga.
—También yo —susurró, sintiendo que la mano de su novio comenzaba a delinear sus facciones.
Comenzaron a acercarse nuevamente para que sus labios volvieran a encontrarse, pero un ruido los interrumpió. Arnold la observó con confusión y ella frunció el ceño al darse cuenta que había sido su estómago el que se estaba quejando.
—Tengo hambre —masculló, desviando la mirada—. Fueron ocho horas de viaje.
Él rio con diversión antes de que la mujer le diera un codazo.
Luego de que su hermana se fuera, Olga se mantuvo encerrada en su habitación; tendida boca abajo en su cama con expresión melancólica. El contorno de sus ojos estaba ensombrecido producto del maquillaje que se le había corrido de tanto llorar y no tenía energía para levantarse. Esperó que Helga fuera a verla, pero eso no ocurrió durante el resto del día. Y la culpa comenzó a invadirla al pensar que su evasiva se debía a las hirientes palabras que le había dedicado su prometido momentos antes de que ella se marchara.
No supo si sus padres habían regresado. Pero asumió que Adam los atendería y les serviría la cena; hace unos minutos había venido a dejarle su parte que se encontraba reposando en el velador junto a su cama.
Posó su mano en su vientre y cerró los ojos. Ahora debería velar por la seguridad de otro ser; un pequeño o pequeña que dependería totalmente de ella.
Se mordió el labio inferior, angustiada.
¿Cómo cuidaría de un bebé si no era capaz de cuidar de sí misma?
En cuanto algo no salía como esperaba, se deprimía y no hacía esfuerzo para solucionarlo. Durante años aparentó ser perfecta, por lo que su tolerancia al fracaso era prácticamente nula. Creyó haberlo superado luego de su divorcio, pero al parecer aún tenía que trabajar en ello.
Observó la bandeja con comida, pensando que su futuro bebé no tenía culpa de nada de lo que había ocurrido. Así que se incorporó y comenzó a vaciar los platos, repitiéndose que debía ser fuerte porque sus emociones ya no la afectaban sólo a ella.
Estaba terminando de comer cuando Adam entró en la habitación. El hombre le sonrió en cuanto vio la bandeja, dispuesto a recogerla para devolverla a la cocina.
—Tus padres ya cenaron y se fueron a su habitación —le comunicó para su tranquilidad.
Ella asintió, pensativa. Antes de que su prometido se marchara, se atrevió a preguntar.
—¿Helga ha vuelto?
Se detuvo a medio camino, antes de abrir la puerta; sin voltear cuando se dignó a responder.
—No.
Tardó en reaccionar. Miró de soslayo el reloj que tenía en el velador.
Las nueve quince.
Sintió la angustia apoderarse de su cuerpo y sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras la imagen de su hermanita se clavaba en su mente.
—¿No ha… vuelto? —titubeó, viendo el cielo nocturno por su ventana.
Él volvió a negar.
—Tenemos que ir a buscarla —musitó—. Algo pudo haberle pasado. Ya es tarde y…
—Estoy seguro que está bien —cortó él con tono sereno—. Si no vuelve, lo más probable sea que decidió regresar.
—¿Si no vuelve…? —repitió, incrédula de la tranquilidad con que se tomaba el tema.
Era de noche y su hermanita estaba sola en una ciudad que no conocía. No tenía ningún amigo cerca con quien pudo haberse refugiado. El clima invernal seguía igual de devastador. Aún si la menor había decidido tomar un autobús y volver a su departamento, el camino era largo y con nieve era peligroso.
Los ojos de Olga comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Es tu culpa.
Adam la miró confundido, y a la vez preocupado al ver el estado en que se hallaba su prometida. Dejó la bandeja en un mueble cercano a la puerta y se acercó hasta sentarse en la cama junto a la alterada mujer.
—Cariño, ¿estás bien? —Con cautela, estiró su mano para alcanzar las de ella.
—¡Suéltame!
Quitó sus manos para evitar el contacto. Apretó sus labios y cerró sus ojos, inhalando profundamente en un intento por calmarse. Recordó a Helga; su porte firme y la ferocidad con que la había defendido al mediodía, cuando ocurrió la discusión con sus padres. En cuanto volvió a abrir los ojos, su mirada fue determinante.
—Mi hermana no es una cualquiera.
El hombre se sorprendió ante la declaración, entendiendo qué había ocurrido.
—Nos escuchaste.
La expresión seria en Olga, no cambió. Empuñó sus manos, dándose valor. No sabía bien si era producto de las hormonas, pero sintió que su pena se convirtió en rabia.
—No importa lo que pase —declaró con voz firme—. Ella no dejará de ser mi hermana. Y no tienes derecho a insultarla —agregó, frunciendo el ceño—. Mi familia podrá tener muchos defectos, pero sólo velan por mi bienestar. Y si quieres formar parte de ella, tendrás que aprender a aceptarla. De lo contrario… —Hizo una pausa. Su voz quebrándose ante lo que iba a decir—. De lo contrario, no podré casarme contigo.
Su prometido boqueó. En todos sus años juntos, jamás la había visto tan decidida. Cuando la vio levantarse de la cama y dirigirse a la puerta, reaccionó.
—¿Olga?
—Dormiré en el estudio —anunció, sin darle tiempo a replicar.
—¡Espera!
Quedó con la palabra en la boca mientras veía la puerta cerrarse de un portazo.
Negó con la cabeza, comprobando que la terquedad era de familia. Y soltó un suspiro ante la frustrante situación. Porque en el fondo sabía que era en parte su culpa la desaparición de la joven rubia.
Mientras, la anfitriona ya había llegado a la puerta del estudio, agradecida de que sus padres no hubieran interrumpido su discusión con Adam. En cuanto entró, comprobó que su hermana no estaba; pero su bolso seguía ahí.
Sintió la angustia apoderarse de ella nuevamente. Pero sacudió su cabeza, alejando los pensamientos pesimistas y se repitió que Helga era una mujer inteligente. Ella no estaría vagando tan tarde en una ciudad desconocida. Lo más probable, como había señalado su prometido, es que hubiera decidido alejarse de tantas discusiones y tomar el autobús con horario de salida más próximo.
Aún si fuera cierto, necesitaba comprobar que era verdad. Por fortuna, había llevado su celular consigo al salir de la habitación.
Si Helga no contestaba sus llamadas y mensajes, iría en persona a asegurarse que estaba bien.
Arnold ya estaba terminando de lavar los platos. En el mesón, una distraída rubia jugaba con lo que quedaba de su helado que tenía en un recipiente. De vez en cuando, se llevaba una cucharada a la boca y la lamía para limpiar los restos que allí quedaban.
—Tu helado se derretirá —comentó en tono distraído, mirando con detención la otra porción que le correspondía a su novio.
Él sonrió, secándose las manos y sentándose en el asiento disponible del mesón de la cocina.
—Sólo buscas una excusa para comerte mi parte.
Helga se encogió de hombros, sin negar los cargos. Observó que el joven cogía la cuchara para probar el improvisado postre, maravillándose de inmediato por su sabor. Ella, lo fulminó con la mirada; lamentando que ya se había acabado su porción y no quedaba más helado en la nevera.
El rubio la vio con diversión. Cargó otra cucharada de su postre y se lo ofreció a la mujer, quien no dudó en aceptarla antes de que se arrepintiera.
—Acabas de cometer el peor error de tu vida —sentenció ella, tomando su utensilio nuevamente y atacando la porción de su novio.
Ante su actitud, sonrió de medio lado. Le alegraba verla más animada; cuando llegó al departamento casi podía visualizar una nube negra de desdicha sobre la menor de los Pataki. Pero conforme avanzaba la cena, al parecer fue olvidándose de sus preocupaciones y Arnold finalmente logró convencerla de que pasara la noche en el departamento y que mañana fuera al suyo; ella se mostró insegura en un inicio, pero la mirada que le dirigió él derritió todas sus defensas.
No podía evitar pensar que su apresurado regreso se debía a que algo había ocurrido con su familia. Y al considerarlo, más se frustraba por no haber pasado las fiestas juntos.
—Preguntaron por ti, ¿sabes? —Sonrió al darse cuenta de la mirada interrogante de la rubia—. Mis padres y mis abuelos.
Ella sonrió de medio lado.
—Creo que si algo extrañé, fueron mis charlas con Gertie —confesó la rubia—. Le pedí que me prestara unos libros que tenía en su biblioteca, pero creo que tendré que ir por ellos en mayo.
Su novio negó con la cabeza.
—Me ofrecí a traerlos, los tengo en mi habitación.
Helga se sorprendió por el detalle, pero le agradeció brevemente.
—Les dije que somos novios —agregó, a la espera de su reacción. Ella se sonrojó sutilmente, desviando la mirada al pensar en la escena—. ¿Puedes creer que mis abuelos y mi padre apostaron sobre cuándo formalizaríamos?
Una carcajada brotó de la mujer, imaginando la cara de su novio en el momento. Arnold no le recriminó que se riera a su costa; le encantaba verla relajada con sus preocupaciones fuera de su mente.
Continuaron hablando de las fiestas en Sunset Arms, con el joven Shortman relatándole cada anécdota y recordando festejos anteriores donde ella había participado; maravillada por la calidez del hogar y sus habitantes, Helga había pasado gran parte de su adolescencia en aquella residencia. Intercambiaba ideas con Miles sobre su novela, donde el hombre feliz le compartía sus conocimientos de otras civilizaciones; con Stella mantenía conversaciones más privadas, historias sobre Arnold que ayudaban a la mujer a no sentirse tan lejana en la infancia de su hijo; con Phil era una real cómplice en todas sus bromas, sobre todo si involucraban a su nieto; y con Gertrude tenía su relación más estrecha ya que la mayor la escuchaba atentamente y la viva imaginación de la rubia le permitía seguirla en todas sus locuras.
—Me alegra que tengas a tu familia reunida —musitó ella.
El joven se abstuvo de comentar al respecto al reparar en su rostro melancólico. Sin embargo, al repasar sus últimos días, llegó a una conclusión.
—No toda —manifestó, ganándose su atención—. Faltabas tú.
Un escalofrío recorrió la espalda de la mujer al encontrarse con la intensa mirada verdosa. Apoyó sus manos sobre el mesón y las estrujó, recordando que sus días anteriores no habían sido tan maravillosos como los de su novio, pero coincidía en que definitivamente había sentido su ausencia.
—En casa de Olga, sólo eran discusiones. —Soltó un suspiro—. Bob no está de acuerdo con mi relación contigo porque prefiere la fortuna de Alan. Miriam prefiere mantenerse al margen para evitar cualquier recaída en el alcohol. Adam piensa que soy una cualquiera. —Cerró los ojos un momento y se llevó una mano hasta su sien—. Olga está embarazada y mis padres vueltos locos porque tendrá a su bebé antes que su boda. Y el genio de su prometido está considerando que somos mala influencia y quiere que mi sobrino o sobrina se críe solo con sus padres.
Arnold abrió la boca y la volvió a cerrar; entendiendo la repentina llegada de Helga. Seguramente la situación fue mucho para ella y prefirió regresar a su zona de confort.
No la culpaba.
Con lentitud, se levantó de su asiento y rodeó el mesón hasta dar con su novia. En cuanto la tuvo a centímetros de distancia, envolvió sus brazos alrededor de ella; su cuerpo cubrió el femenino y apoyó su cabeza sobre la coronilla de la mujer.
Helga sintió el contacto como si una manta cayera sobre su espalda con el único fin de cobijarla. Sin mutar su expresión desdichada, posó sus manos sobre las de su novio que rodeaban su cuello imitando una bufanda. Recargó su peso hacia atrás y se permitió ser consolada por la calidez de su rayo de sol personal.
—Estoy seguro que llegarán a entenderse —musitó él muy cerca de su oído, causándole un estremecimiento—. Sólo necesitan algo de tiempo para reflexionar sus palabras y darse cuenta de qué es más importante.
Ella asintió, inhalando profundamente al sentir los labios del joven Shortman vagar por su oreja; no sabía si lo hizo a propósito o fue totalmente accidental al susurrarle tan cerca.
—Siempre ves el lado positivo, ¿no? —comentó con tono burlón, volteándose y percatándose que tenía el rostro del rubio a centímetros del suyo.
Sus ojos se encontraron y ella no se movió cuando Arnold se inclinó para capturar sus labios en un beso pausado que le hizo perder la noción del tiempo y el espacio. La posición le era bastante incómoda y ella no quería perderse nada del contacto, así que se giró entre sus brazos aún sentada en el banco, y correspondió con el mismo ritmo tortuoso.
Mentiría si dijera que no había estado soñando con sentirlo nuevamente; sus manos recorriendo su cintura o su cuerpo aprisionándola. Su toque era un verdadero bálsamo para los días de enteras discusiones que pasó en casa de su hermana. Y sus labios… aquellos belfos despiadados que nublaban su mente y se llevaban parte de su lucidez con cada caricia.
La diferencia de estaturas comenzó a molestarla y él extrañó tenerla entre sus brazos. Así que en cuanto Helga se levantó, se aferró a su novio; quien la recibió encantado en un estrecho abrazo.
El lento beso fue tornándose cada vez más apasionado, dejando en claro la falta que se habían hecho. Las manos comenzaron a recorrer el cuerpo de su acompañante; las femeninas en un agonizante descenso y las masculinas subiendo con parsimonia intentando memorizar cada detalle.
La rubia decidió que la camisa le estorbaba y retrocedió su avance para dirigirse al inicio de la prenda y comenzar a desabrochar los botones.
—¿Helga? —suspiró el joven, conteniendo el aliento cuando la mujer comenzó a dejar un camino de besos húmedos por su cuello.
—No sé tú —soltó ella contra su piel—, pero yo he tenido mucho tiempo para fantasear variados encuentros.
Él gruñó en cuanto sus dientes comenzaron a mordisquear su piel y las manos inquietas llegaron hasta el borde de su pantalón. Su respiración entrecortada delataba su anticipación, y decidió que ella no era la única abrumada por el deseo, así que sin preámbulo coló sus manos bajo la camiseta de la rubia; arrancándole un jadeo debido a la sorpresa de su acción.
Nunca se había atrevido a aventurarse más allá del borde del sujetador. Sus movimientos fueron tímidos en un inicio pero en cuanto se percató que los susurros de la mujer se hacían más audibles ante cada caricia, sus manos comenzaron a recorrer todo su torso hasta rozar sus senos. Podía palpar encaje en la prenda y se mordió el labio ante la premura de visualizar lo que sus manos descubrían.
No sabía bien si se debía a los días que se mantuvieron separados; posiblemente la distancia sólo había aumentado sus deseos reprimidos. Y ahora que la tenía entre sus brazos, sólo deseaba llenarla de besos y no dejar ningún lugar de su cuerpo sin explorar. Ella, al parecer tenía intenciones parecidas, pues su insistencia en el borde de su pantalón fue tal que comenzó a desabotonarlo y Arnold sintió que el bulto en su bóxer aumentaba de tamaño.
—H-Helga… —articuló con voz temblorosa en cuanto sintió la mano femenina rozar con su erección.
—¿Mmm?
Ella no mintió cuando dijo que había imaginado diversos escenarios que protagonizaban sus encuentros con el rubio. Creyó que aquellas fantasías habían terminado en su adolescencia, cuando se resignó a que jamás sería considerada por él como algo más que una amiga. Sin embargo, comprobó que se había equivocado cuando se vio soñando frecuentemente con íntimas situaciones que la llevaron a pensar en la idea de escribir una novela erótica.
La respiración entrecortada de su novio la regocijaba, sabiéndose la única causante de su comportamiento. Disfrutaba de los jadeos que propinaba cada vez que su mano se deslizaba sobre la prenda, perfilando con dedicación el bulto cada vez más prominente.
Estuvo tentada a introducir su mano bajo el bóxer, pero cada vez que se decidía, él la distraía con sus caricias sobre sus senos. El joven se había aventurado sobre la tela del sujetador, palpando el contorno y apretando de vez en cuando mientras posaba sutiles besos sobre su clavícula. Cuando la ropa no le permitió seguir recorriendo su piel, escondió su cara en el escote y posó sus labios donde estaba su pezón escondido bajo la tela; provocando un estremecimiento en la rubia.
Tragó saliva en cuanto sintió que las manos masculinas se deslizaban a su espalda, buscando el broche del sujetador. Ella, acarició su abdomen y sus dedos juguetearon con el borde del bóxer.
Cuando la prenda se desabrochó, ambos se separaron levemente y sus ojos se encontraron. La intensidad de sus miradas era tal que ambos entendieron que si continuaban, nada podría detenerlos. Estaban solos y el calor en sus cuerpos les pedía no detenerse hasta fundirse en el otro.
Ella sonrió dulcemente, aquellas expresiones que le dedicaba exclusivamente a él; porque al saberse correspondida, no le importaba mostrarse irremediablemente enamorada.
Arnold imitó el gesto, sonriendo plenamente. Se inclinó levemente hasta su oreja y la acarició con su nariz y boca antes de susurrarle.
—Ven conmigo.
Donde tú quieras, pensó la mujer. Pero sólo optó por seguirlo al verse llevada de la mano hasta la habitación de su novio.
Como siempre, estaba todo pulcramente ordenado. No había rastro de algún bolso así que probablemente él había acomodado todo en cuanto llegó de su viaje. El cuarto se hallaba en la penumbra, las cortinas cerradas pero no eran lo suficientemente gruesas para impedir que la claridad del cielo nocturno se filtrara; podía ver perfectamente la intensidad de la mirada esmeralda.
Sus cuerpos pronto reclamaron cercanía. Ella se acercó, sin soltar su mano, y apreció la camisa desabrochada que le permitía ver su piel ligeramente bronceada; sus pantalones en similar estado exponían el notorio bulto en sus pantalones. Él, alzó una mano para acariciar la mejilla de la joven, teñida de un sutil rubor debido a su anterior encuentro; la larga cabellera rubia caía desordenada y acariciaba su hombro derecho, intentando ocultar la ausencia del tirante de su sujetador que se había deslizado.
Pronto sus labios se unieron en un profundo beso, transportándolos de nuevo a su mundo donde únicamente existían ellos dos y el placer del contacto que se otorgaban. Las manos traviesas volvieron a recorrer el cuerpo del otro, acariciando la piel expuesta y deteniéndose donde la ropa estorbaba.
Arnold se separó levemente para mirarla a los ojos cuando sus manos tomaron el borde de su camiseta, con obvias intenciones de deshacerse de la prenda.
En respuesta, Helga alzó los brazos para facilitarle la tarea.
Cuando la tela cayó, ella mantuvo sus manos rodeando el cuello de su pareja. Él comenzó un recorrido ascendente desde su cadera, deslizando sus dedos con lentitud y trazando círculos mientras caminaba un par de pasos hasta que las piernas de la rubia chocaron con la cama.
Se inclinó, y ella tuvo que tenderse para no caer bruscamente sobre el colchón; el joven Shortman se tumbó de inmediato encima para no darle opción a incorporarse.
A horcajadas sobre ella, la contempló. Su melena esparcida sobre la cama la hacía verse iluminada, como si su belleza fuera irreal y en cualquier momento se esfumaría; dejándolo con la sensación agónica de una fantasía. El sujetador con el que tanto se entretuvo minutos antes, estaba descolocado y apenas cubría lo absolutamente necesario; bastaría sólo deslizarlo un poco para acariciar la cremosa piel de sus senos y memorizar cada curva con sus labios.
La rubia frunció ligeramente el ceño y alzó sus brazos, impaciente por tener nuevamente sus cuerpos en contacto.
—Hace frío —soltó como excusa.
Él sonrió de medio lado, inclinándose para ir a su encuentro y atacar su cuello con vehemencia. Sus manos se deslizaron por sus costados y se deslizaron bajo la única prenda que cubría su torso.
Ella curvó su espalda al sentir los dedos aprisionar su pezón. La otra mano acariciaba su espalda mientras los labios de su novio se deslizaban sobre su seno izquierdo. Besó, lamió y mordió; cobrándose la cordura de la rubia que se retorcía bajo sus caricias con ligeros gemidos.
Cuando decidió quitar el sujetador, Helga decidió hacer lo mismo con su camisa para darse la facilidad de recorrer la piel masculina y aferrarse a su ancha espalda.
El contacto directo entre sus cuerpos les produjo un estremecimiento que les hizo sonreír. Se miraron a los ojos, tomando un respiro de las intensas sensaciones a las cuales estaban siendo sometidos. Arnold acarició su rostro con devoción, liberándolo de algunos mechones de cabello que comenzaban a pegarse en sus mejillas. Ella, se estiró un poco para besar su nariz, arrancándole una ligera risa.
En cuanto la mujer alcanzó sus labios, la sincronía de sus movimientos volvió. El hombre volvió a descender por su cuello hasta llegar a su pecho, donde se entretuvo antes de seguir su camino depositando ligeros besos en su abdomen; sus manos acompañando el recorrido hasta detenerse en los pantalones.
De inmediato subió su rostro para fundirse en otro beso mientras sus manos se quedaban jugando con el botón de la prenda hasta desabrocharlo con éxito y comenzar a bajar el cierre.
Helga respiraba agitadamente, aferrada en un inicio a los rubios cabellos de su amado; pero al percatarse de sus intenciones, comenzó a acariciar su espalda hasta posar sus manos a la altura de sus glúteos. Impulsó sus caderas contra las del joven, arrancándole un gruñido al hacer contacto sus intimidades y facilitándole la tarea de despojarla de sus pantalones.
La cabeza del joven Shortman daba vueltas. Quería acariciar todo el cuerpo de su amada y besar aquellos puntos en los que se estremecía con su solo toque. Mientras más la observaba, se convencía que nunca tendría suficiente de ella; se convertiría en un esclavo de su cuerpo, devoto a su sonrisa y la luz en sus ojos cuando intentaba entregarle su alma. Escuchar sus gemidos atentaba contra su cordura, y aumentaba dolorosamente la erección en su bóxer; no creía poder resistir mucho si se hundía en su interior.
Las traviesas manos de su novia lo despertaron de entre sus pensamientos. Pataki había decidido que no sería la única en ropa interior, así que estuvo luchando torpemente con los pantalones de su novio antes de rendirse. Chistó frustrada, y en su lugar los bajó lo necesario para poder colar una de sus manos en el interior de la única prenda que ocultaba el miembro masculino.
El gemido que soltó se oyó más como un lamento al sentir que la mujer aprisionaba su virilidad y recorría lentamente toda su longitud, apretando ligeramente de vez en cuando.
Arnold propinó intensos suspiros antes de detenerla con una mano. Ella lo observó con curiosidad, preguntándose si había llevado su osadía demasiado lejos y había llegado a incomodarlo o lastimarlo.
—Si sigues… —musitó él al percatarse de su confusión. Su voz salió más ronca de lo que esperaba—. Si sigues, no podré contenerme.
Le sonrió con burla al comprender la situación en la que se encontraba su novio. Como nunca, tuvo piedad de él y retiró su mano; afianzándose a su cuello para distraerlo con un tortuoso beso.
Él aprovechó la tregua para desprenderse de sus propios pantalones y acariciar las piernas descubiertas de su amante. Comenzó su recorrido en sus tobillos, deslizándose por todo su largo y gimiendo cuando ella las enrolló en sus caderas para facilitarle el acceso. En cuanto se encontró con la única prenda que la cubría de su desnudez, palpó la zona; descubriendo la tela húmeda.
Helga interrumpió el beso y jadeó al sentir la presión en su centro, bajo el atento escrutinio de los ojos esmeralda. Cuando coló un par de dedos, se maravilló por la agitación que mostró la rubia.
Sonriendo ladino, descendió la prenda sin previo aviso y la arrojó al piso, causándole un sobresalto a la mujer; cuya mirada zafiro le reclamó con absoluta indignación. Pero tiempo para replicar no le dejó, puesto que volvió a atender la zona con su mano; ella cerró fuertemente los ojos y soltó una maldición al sentir que el pulgar del joven rozaba un punto extremadamente sensible.
Sin clemencia, introdujo un dedo en su interior sólo para comprobar la facilidad con la que se deslizaba. Continuó estimulándola, extasiado de que ella se aferrara a las sábanas y no tuviera reparo en gemir audiblemente. La sintió acercar sus caderas a su mano, en un intento de profundizar la penetración y él jadeó al imaginarse aquel calor rodeando su miembro en vez de su dedo.
—A-Arnold…
Respiró agitadamente al verla con la vista abstraída, la espalda arqueada y sus caderas moviéndose en su búsqueda. Dejó la zona y se inclinó para besarla; estirando su mano para alcanzar el cajón de su velador, sacando un pequeño paquete cuadrangular. Ella se aferró a su espalda y profundizó el contacto, mordisqueando suavemente su labio inferior. Él la abrazó y rodó con ella hasta situarla encima de su cuerpo.
Prefería sinceramente que ella se encargara de la penetración porque en su estado, no sabía cuánto podría soportar antes de que su mente se nublara y lo único que delataran sus acciones fuera el poderoso deseo que sentía de hundirse en ella, lastimándola en el proceso.
La mujer lo observó interrogante, pero al percatarse de que Arnold evadía su mirada y su rostro se mostraba avergonzado, supo el difícil momento por el que estaba pasando su novio. Sonrió traviesa, pensando que durante años él había estado bajo su control; expuesto a sus burlas y jugarretas. Y ahora, en aquel íntimo momento, ella le demostraría nuevamente su poder sobre él.
Se inclinó para besarlo en la comisura de sus labios, atrayendo su atención. Tomó las manos masculinas y las llevó hasta el borde de la única prenda que separaba sus cuerpos de un contacto directo.
Los ojos esmeraldas se encontraron con los zafiros, comprobando que tenía autorización. Ella asintió, y la tela desapareció; provocando que la rubia soltara un jadeo al advertir la longitud de su amante.
No tenía experiencia, así que de verdad se cuestionó si su cuerpo sería capaz de abarcarlo a plenitud.
Gimió al notar que las manos del joven no se mantuvieron quietas y comenzaron a explorar sus pliegues. Ella se inclinó y ambos jadearon cuando sus intimidades hicieron contacto directo.
Con absoluta curiosidad, Helga observó a su novio abrir el preservativo. Él alzó una ceja al verla tan concentrada cuando se disponía a ponérselo.
—¿Quieres hacerlo tú?
La rubia lo observó a los ojos y sonrió.
—Te cedo el honor —comentó, guiñando un ojo—. Yo lo hago en la siguiente.
El joven Shortman tragó saliva al imaginarlo y se dijo que mejor se concentrara en lo que hacía. En cuanto su miembro fue cubierto por el preservativo, le lanzó una mirada a su novia; que según él, tenía la expresión más sensual que había visto en su vida.
Con determinación, la mujer se posicionó sobre la erección y comenzó a descender con lentitud. Sus cabellos cubrían su cuerpo, deslizándose adelante sobre sus senos que subían y bajaban producto de su agitada respiración.
Soltó un jadeo cuando ambos sexos se rozaron. Y él gruñó profundamente al sentirse rodeado por su humedad y calor. Apretó los dientes, conteniéndose de alzar sus caderas y aumentar la penetración.
Cuando la vio fruncir el ceño, se maldijo por ser el único que estuviera disfrutando la nueva experiencia. Alzó su mano y la llevó donde sus cuerpos se unían, estimulándola para hacerle olvidar el dolor que estaba sintiendo.
Ella sonrió dulcemente y continuó avanzando, pero tensó su mandíbula al sentir que la punzada era más intensa. Observó con envidia el rostro de goce en su novio y chistó.
Arnold se percató de sus intenciones cuando la vio inhalar profundamente.
—Helga, espe-
Un gutural gemido vino de su garganta cuando la rubia se dejó caer y terminó de envolverlo; ella reprimió las lágrimas con sus ojos fuertemente cerrados y gimoteó mientras su cuerpo se acostumbraba a la nueva intromisión.
Definitivamente, la paciencia nunca sería una de las virtudes de la mujer.
Sus manos se alzaron para recorrer el cuerpo femenino y hacerle olvidar el dolor. Recriminándole que la idea de ella ir arriba era ahorrarle el daño, no al contrario. Ella rodó los ojos mientras se apoyaba sobre el abdomen del hombre y comenzaba a moverse lentamente soltando leves suspiros.
Caricias y besos comenzaron a participar en el encuentro. Gemidos de notorio placer provenían por parte de ambos y sus cuerpos se movían sincronizadamente en busca de un contacto más profundo.
Las sábanas bajo ellos se hallaban arrugadas y las ropas olvidadas en el piso mientras se entregaban a la pasión y se encerraban en un mundo donde existían sólo ellos y el amor que se profesaban.
En cuanto Helga dejó el dolor en el pasado, siendo arrastrada por el placer puro, Arnold rodó para cambiar las posiciones y poder embestirla; hasta que sus gritos combinados con la estrechez de la cavidad que rodeaba su miembro, provocaron que alcanzara el clímax.
Ella respiraba agitadamente y él se derrumbó sobre su cuerpo en un intento de recobrar el aliento. Los brazos femeninos lo rodearon y una sonrisa surcó su rostro al dimensionar que se había entregado al amor de su vida. Acarició sus rubios rizos, enfocada en el placer de tenerlo a su lado.
Cuando el joven logró recuperar el habla, se incorporó brevemente para mirarla a los ojos.
—¿Estás bien? —cuestionó con preocupación.
Ella le sonrió.
—Maravillosamente.
Él le devolvió el gesto y se inclinó para besarla castamente en los labios mientras salía con cuidado de su cuerpo para retirarse el preservativo. Lo anudó y se levantó un momento al baño para tirarlo a la basura.
Helga recorrió el cuerpo de su novio en breve lapso de tiempo que le tomó ir y volver. Su sonrisa ladina debió delatarla, puesto que él le lanzó una mirada confusa.
—¿Pasa algo?
La mujer fingió mirar por la ventana.
—Sólo admiraba el paisaje.
—¿El paisaje? —repitió él.
Inmediatamente se sonrojó en cuanto se percató de las verdaderas intenciones de su novia.
Sacudió su cabeza, pensando que él también se había dedicado a admirarla en gran parte de su íntimo encuentro. Y de hecho, verla ahí, recostada sobre su cama con nada más que el velo nocturno cubriendo su cuerpo, le hizo tragar saliva.
—Es realmente hermoso, ¿cierto? —inquirió sonriente, avanzando hasta acercarse a la cama y tumbarse sobre la rubia para besarla lentamente sin darle lugar a réplicas.
Sus manos no duraron mucho tiempo quietas y comenzaron a vagar en el cuerpo del otro, cerciorándose que no hubieran dejado piel sin recorrer; memorizando aquellos tramos donde habían descubierto que su pareja era más sensible y podían arrancarle suspiros fácilmente.
Los impetuosos besos y las indecorosas caricias que ya no temían palpar los lugares más recónditos, volvieron a provocarles gemidos y tarde descubrieron que no podían alejarse de su amante; perdiéndose en un mar de suspiros donde lo único que podía calmarlos era la cercanía del otro.
La urgencia hizo aparición más rápido. Y cuando Arnold sacó el segundo preservativo, Helga cumplió su parte y reclamó su turno de ponerlo.
Hola!
Creo que... el lemon quedó eterno. Espero que no haya sido muy abrupto respecto al avance de la historia. Me siento libre de cumplir mi parte con Elita jajajaj
Espero tener el capítulo listo para el próximo jueves. Tendremos un poco de interacción entre la familia Pataki.
Muchas gracias a todos quienes siguen la historia! Sus comentarios me animan a querer actualizarla lo más pronto posible. ¿Y ya vieron los trailers de la película? AAAAAAAAH! Yo grité mucho.
SIGO GRITANDO! QUÉ HICISTE, ARNOOOOOOOOOOOLD!
Saludines! Los quiero montones :)
