HOooooooooola a mis queridos lectores, aquí Hayashibara Noriko reportándose con la actualización de "Yo Pecador", aunque usted no lo crea!!!!

Bueno, ya poniéndonos serios, decidí aprovechar el tiempo libre en hacer algo más productivo que dibujos inconclusos y jugar cartas (nótese por favor la falta de concentración), así que pasé solicitud de ingreso a la U y me senté juiciosa en el computador a adelantar mis historias (Aunque dudo que realmente a alguien aparte de mí le interese todo eso ^^U)

Espero ansiosa sus reviews.

Yo Pecador

Capítulo 10º

-Gaara – Llamó Sasuke nuevamente, pero el pelirrojo seguía dando vueltas por la habitación. Era algo así como la cuarta vez que lo chistaba y comenzaba desesperarse con ese andar repetitivo de león enjaulado – Gaara – Dijo nuevamente, pero nada. – Gaara, metete a la cama de una buena vez – Ordenó, usando el tono de voz que tanto caracterizaba al Uchiha cuando perdía la paciencia.

-No me hables como si fuera a obedecerte – Respondió el sacerdote que se paseaba de un lado al otro del cuarto con una expresión de ira incontenible.

-Dar vueltas hasta hacer un agujero en el suelo no resolverá nada – Apuntó el azabache, tratando de no perder la paciencia. El de ojos claros no había dormido en dos noches, y la medicina había hecho que Sasuke se interesara al menos un poco en ello, hasta sentía algo de culpa.

-¡Tengo una solución, pero no me dejas salir de ésta habitación! – Masculló Gaara con fastidio mientras se detenía. Sasuke frunció el seño, conocía la "solución" del pelirrojo y no le parecía nada prudente.

-Matar a alguien no va a revertir lo que le pasó a Matsuri, así que déjate de tonterías – Ambos guardaron silencio nuevamente. Sí, era verdad que acabar con la vida de aquella persona no iba a solucionar lo ocurrido, pero la venganza era una tentación tan poderosa que una simple probada, el simple efluvio de su simpleza y cercanía, embrujaba como danza de cascabel.

Naruto entró en la habitación donde ambos hombres permanecían, se le notaba agotado y por la mirada que su acompañante le dedicaba, era verdad. Hinata lucía más pálida que de costumbre y tenía miedo de hablar, pero sabía que ambos sacerdotes necesitaban saber qué había pasado. Cerró los ojos y rogó por no tener que ser ella quien diera las noticias. Cerraron la puerta tras suyo y llegaron hasta Sasuke y Gaara, quienes con una mirada penetrante exigían saber qué tenían para decir.

-Nada – Anunció el rubio sin mucho ánimo, cosa poco común en él, aunque la situación lo ameritaba –, aún se niega a hablar

-No es necesario, sabemos quién fue – Contestó Gaara tratando de sonar frío, pero evidentemente estaba iracundo.

Aquel hombre tenía todo el derecho de sentir ira, sed de sangre, calor en las venas y demás síntomas de rabia contenida. Fue él quien la encontró postrada en el lecho maloliente de un apartamento abandonado y habitado al mismo tiempo, él el que vio por primera vez esos ojos negros cubiertos de lágrimas, él la había llevado hasta el hospital, la había tenido en sus brazos, temblando con temor, y era él quién más deseaba una compensación. Las palabras de aquella doctora, Shizune, le golpeaban la frente repetitivamente.

-Una cosa más – Dijo la doctora, no sin cierto recelo. Todos la miraron con intriga y preocupación.

-Shizune, dilo – Animó Kakashi, quien al parecer ya conocía a la doctora.

-Entre los exámenes tanto físicos como psicológicos que le hicimos encontramos algo… que posiblemente no les agradará saber…

-¡¿De qué se trata?! Lo último que hubiera necesitado Gaara en ese momento era que se empezaran con rodeos, apenas y se contenía ése día.

-Matsuri... tiene destrozado el clítoris – La maldita noticia se escuchaba igual de vivida en su mente como cuando la dijo aquella mujer –, en realidad, toda su área genital está destrozada, también encontramos cortes en sus manos, heridas de autodefensa…

Sacudió su cabeza, prefería no pensar en aquella escena, en la mirada asombrada de todos, la expresión de la doctora, el sudor que le corría por la frente, empapando el tatuaje con la palabra "Amor"… Dios, no, tenía que ser mentira.

Y ahora, aparecía Naruto diciéndole que ella seguía sin hablar. Matsuri no hablaba con nadie sobre lo ocurrido, apenas repetía esa frasecita "Calladita, calladita, nadie tiene que saberlo". Estaba seguro de quién había dicho esas palabras, pero las tres personas que le acompañaban le impedían ir por él. Sasuke Uchiha, cuando todos le pensaban el diablo, resultó no ser más que un lacayo. Naruto Uzumaki, supuestamente un descerebrado, pero el primero en notar las intenciones de Gaara. Hinata, la chica aparentemente débil que fue la primera en advertirle que no saliera de la habitación. A todos les odiaba, a todos les apreciaba.

Mientras, en una recamara de hospital que estaba plagada por el aroma artificial del aparato que expulsaba aire sumamente frío, Matsuri trataba de pensar para no dormir, y de no razonar para no enloquecer. Aún sentía miedo, aunque en el fondo se sabía segura en aquella área restringida del mundo normal, custodiada por guardianes vestidos de azul transparente y blanco monótono.

La chica se tocó el pecho, comprobando si realmente había ocurrido, si de verdad Gaara había entrado para rescatarla del fétido pozo que era su apartamento, si en realidad la había llevado en el auto de Naruto hasta aquel hospital, si era cierto que Hinata le había leído aquel bellísimo poemario de Neruda y que Sasuke le había dejado los girasoles que reposaban en la mesita a u lado de la alcoba. Sí, era verdad, todo era real y la hacía sentir en paz, tranquila… pero por pocos instantes, ya que si eso era verdad, lo otro también lo era. Alguien había entrado en su casa, alguien la había atacado salvamente por saber más de la cuenta… todo era real, hasta en su cabeza.

Sonaba el timbre, era entrada la noche y el amable vecino de al lado recién se había marchado a la casa de su amigo de la universidad para hacer un trabajo. La jovencita de cabello corto aún no se alistaba para dormir, pero estaba próxima, por lo cual agradeció que al sonar la campanilla ella sólo se hubiera quitado a medias la blusa. Se acomodó la ropa y llegó a la puerta mientras decía "Ya voy" con monotonía. Pensó en que seguro su vecino se habría olvidado de pedirle algo, o tal vez necesitaba que le prestara dinero como la última vez. Abrió la puerta, preparando su mejor sonrisa y entonces ocurrió.

No era su vecino quien estaba ahí, era alguien más, alguien de un cabello tan oscuro como su alma y unos ojos amarillos, diabólicos como los de sus pesadillas más terribles, más no por ser horrendos, sino por no expresar nada. Nulidad, ni bien ni mal, ni planes ni improvisaciones, sin culpas ni temores. Trató de gritar, pero recordaba la mano helada cubriéndole la boca y empujándola dentro del apartamento. Los moretones del forcejeo aún le dolían, el hematoma del brazo cuando tropezó con la repisa, el del trasero cuando se fue de espaldas al suelo, el de la pelvis de cuando aquel hombre le había puesto la rodilla encima para inmovilizarla. Aquella fue la primera vez que, totalmente consiente de lo que hacía, agarraba un cuchillo (el de abrir las cartas) y trataba de herir a alguien… si tan solo no le hubieran fallado las fuerzas, si el extraño aroma del trapo en su cara no la hubiera adormecido y aquel tipo no le hubiera quitado el cuchillo para hacerle ése corte en la clavícula. La cortada en su mano no era más que la consecuencia por usar sus últimas fuerzas para defenderse.

Las lágrimas se le escaparon del rostro como en aquella ocasión, casi sentía que su cuerpo perdía voluntad y la risa de las enfermeras que cotilleaban en el pasillo se transfiguró en la carcajada baja que le habían soltado en la cara cuando ella sintió espanto absoluto. Recordaba con claridad atormentadora la manera en que le había rasgado las delicadas bragas rosadas que llevaba puestas, el momento exacto en que le abría las piernas y pasaba su frío dedo por aquella zona que ella reservaba para cierto pelirrojo y para nadie más. Cerró las piernas como acto reflejo cuando se le vino a la cabeza el momento en que aquel dedo la había invadido, para luego dejarla y dejar aquel momento silencioso y clamado en el que nada, ni el polvo, se movían.

"Calladita, calladita, nadie tiene que saberlo"

Aquella asquerosa voz le quemaba los oídos aun en la tranquilidad de la clínica. El metal del pedestal donde colgaban el suero le recordaba el brillo del cuchillo que se bamboleaba frente a su rostro mientras escuchaba esas palabras. El acero de aquel artefacto estaba frío, lo sabía porque le lo había puesto en la cara y luego…

Luego un grito aterrador alarmó a las enfermeras que entraron de golpe en la habitación. Le pedían que se calmara, ¿pero cómo? ¿Cómo si la había atravesado con eso? ¿Cómo si la habían mutilado en aquella sensible y sagrada zona? La vagina le dolía con sólo pensar en el primer corte, luego el segundo, luego la punta del cuchillo penetrándola y rasgando lo que encontrara a su paso. Las enfermeras la sujetaron y enderezaron cuando se quedó sin aire, sentía la tela en la boca, la que había usado para que no gritara y se ahogara en su propia saliva. Lloró igual que aquella larga noche, la vista no se le nublaba, era exacto.

"Calladita, calladita, nadie tiene que saberlo"

Sabía que si acaso decía algo las cosas empeorarían, para ella y para quienes quería.

"Menos Gaara, tampoco Sasuke… y dudo que Hinata o Sakura lo quieran saber"

¡Dios, no! ¡Que aleje ese filo! ¡Por favor!... el dolor era demasiado, la nariz le ardía por el llanto y la droga.

"y tu seguro no quieres más recuerdos"

Negó varias veces, frenéticamente. Ahí estaba ella, inclinada, con la mano de ése maniaco agarrándole el cabello hasta arrancarle algunos y forzándola a ver todo, la sangre que manaba de su entrepierna, el cuchillo rojo como toda su zona íntima y la manera en que sin ningún miramiento le mutilaba. Hasta la forzó a ver las "curaciones" que le hizo para detener la hemorragia y evitar la infección, la quería viva y ella deseaba morir. Se preguntaba si alguna vez podría sentirse nuevamente como antes.

Eran las tres de la mañana, El Uchiha iba camino al baño del hotel donde estaban, un edificio viejo e insalubre, lo único que podían pagar por el momento puesto que ninguno quería ir ni a su casa ni de regreso a la casa de los curas. Se lavó la cara y tocó el lugar donde antes usaba el collarín. Lo había tirado en la calle, por la ventanilla del auto cuando salieron del hospital y no tenía intenciones de usarlo hasta que se hubieran arreglado las cosas. Empapó su cara nuevamente, el calor de esa noche era insoportable y el ventilador destartalado del cuarto que compartía con Gaara y Naruto había soltado unos extraños sonidos antes de desmantelarse frente a ellos.

-Sasuke – Cerró los ojos y sumergió la cara en el agua nuevamente, no se permitiría nada así nuevamente – Sasuke – Insistieron a sus espaldas, pero no iba a escuchar, no quería hacerlo – Sasuke, saca la cabeza del lavamanos o te ahogaras – le advirtieron, justo cuando el aire le faltaba.

-Itachi – pronunció el nombre de su hermano con temor y emoción, sabía que sólo él podía consolarlo.

-Si no hubiéramos gastado mi última paga en el televisor pantalla plana, seguro dormiríamos en un sitio con aire acondicionado – Afirmó el mayor en tono afable mientras se levantaba la coleta y humedecía su nuca.

-Tú insististe en hacerlo – Aclaró el menor, en tanto ayudaba a su hermano a sostenerse el cabello. Si tan sólo hubiera podido ver que, desde fuera, apenas se veía a un chico agarrando el aire en el vacio.

-Estás angustiado, ¿Verdad?

-No

-No finjas fortaleza conmigo, sé que estás muy preocupado. El ventilador es el menor de tus problemas – Itachi sonrió y le dio un golpecito en la frente a su hermanito, quien retrocedió al sentir la presión en la frente.

-¿Y qué me sugieres que haga?

-Deja que se haga justicia…

¿Bajo qué criterio se imparte la justicia?, ¿quiénes somos para decidir lo razonable y lo ilícito?... Según el diccionario, la justicia es una de las cuatro virtudes cardinales, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece, es el derecho, la razón, la equidad. Según la biblia, Dios es justo, y separa a pecadores de bondadosos, quienes también son justos en su criterio. Dice la ley que permitir un crimen te hace responsable de él, aunque no lo comentas directamente. ¿Y qué hay de aquellas ocasiones en que un yerro es cometido por justa causa? ¿Igualmente es pecado matar a quien va a matarte?

En ése instante, mientras ambos hermanos se miraban fijamente a los ojos, el uno con expresión firme, el otro de terror, todas las preguntas llegaron a sus mentes y con cierta duda, llegaron al punto de dolor espiritual y dilema moral.

¿Eran acaso ellos, simples hombres mortales, merecedores de decidir si una persona merecía el castigo? Y de hacerlo ¿Sería venganza o penalización?

¿No merece ser juzgada la justicia por ciega y arbitraria?