Potter's London Flat
Nunca nadie le había preguntado como se sentía. Nadie había preguntado nunca si se encontraba bien o necesitaba ayuda. Nadie se había preocupado en sacarle una sonrisa. Pero no una sonrisa como una cualquiera, como la que compartes con un desconocido en un acto de pura simpatía. Albus pedía una sonrisa verdadera, única y exclusiva para él. Cuando lo pensaba con con ahínco, se entristecía y ponía en duda todo lo que le rodeaba.
Había varias cosas seguras en la vida de Albus, todas referentes a su familia claro. En primer lugar estaba ese apellido que le perseguía a allá a donde iba, esa etiqueta de hijo de Harry Potter que nunca podría quitarse. La segunda tenía que ver con ese maldito complejo que siente por no poder alcanzar las expectativas que su hermano había impuesto antes que él. James era el gran ejemplo a seguir al que Albus jamás llegaría ni siquiera a acercarse. Y la tercera —equivalente a las otras dos— es su discrepancia, aislamiento, desacuerdo y oposición a todo lo que tenía que ver con parecerse a su familia. Era diferente a todos, distante por millas y millas de distancia. A veces se odiaba a si mismo por ser diferente. Otras veces los odiaba a ellos por ser todos iguales. Pero dado que los demás comparten similitudes irrefutables y quien marca la discordancia es él, Albus sentía el único culpable.
Puede que su propio egoísmo fuera lo que hizo que el Sombrero Seleccionador le mandará a Slytherin. Puede que tuviera ciertos puntos de maldad de los que no era conocedor o que no se habían manifestado todavía. Pero Albus sabía que había algo en él que no estaba bien.
—¡Albus, baja! Nos vamos ya… —gritaba su madre desde el primer piso.
Albus suspiró y se puso de pie, dejando su mullida cama algo deshecha después de haber estado tirado en ella la mayor parte del día. Antes de bajar miró las guirnaldas colgadas en la pared de enfrente. Verde y plata. Slytherin.
—¡Albus! —volvió a insistir su madre.
—¡Ya voy! —replicó.
Bajó las escaleras lo más rápido posible. James y Lily jugaban con un chisme explosivo que el tío Ron les había traído el día anterior. Caminó hasta la chimenea y pronto se unieron los demás a su alrededor.
—¿Listos?
—¡Cuando quieras, papá! —gritó James con una felicidad desbordante.
—¿Estás bien, Al? —dijo Harry con una sonrisa, acercándose a su hijo y rodeándole por los hombros mientras James y Lily se adentraban en la oscuridad de la chimenea.
Albus asintió distante.
—Bien… ¿Estás listo?
Viajaron vía Polvos Flu hasta la Madriguera.
La Navidad era una fiesta adorada por todos. No solo su abuela Molly preparaba la mejor cena del año, sino que se reunían primos, hermanos, nietos, tíos, sobrinos, ahijados, cuñados, nueras y cualquier tipo de relación familiar que los Weasleys —tan extensos en cuanto a descendencia— pudieran tener.
—Como siempre digo yo, lo mejor se hace esperar —dijo el abuelo Arthur cuando Lily preguntó por el pastel de chocolate hecho especialmente para ella—. Primero hemos de cenar y luego nos comeremos el postre —Arthur alzó a su nieta en el aire mientras la niña estallaba a carcajadas.
Albus ya había saludado a todos los presentes. James ya había comentado tres veces a cuatro personas diferentes sus victorias del año en quidditch. Rose hablaba con su padre en la cocina. Lily jugaba con el abuelo y el tío George. Hugo discutía con el primo Fred sobre sus regalos de Navidad.
La nieve caía fuera, la felicidad inundaba sus corazones y la vida les sonreía.
—A mi tampoco me gustaban las cenas familiares… En un principio, claro —Teddy se sentó junto a Albus en el alfeizar acolchado de la ventana —. Siendo más joven me escapé de la casa de tus padres unas navidades para irme de fiesta con Victorie.
—¿Enserio?
—Sí… Tu tío la pillo cuando nos estábamos despidiendo en su portal —explicó Teddy con una sonrisa—. Pasamos la noche bailando en un local muggle. Luego la acompañé a casa y Bill se asomó al balcón y nos vio besándonos.
—No había oído esa historia —dijo Albus con una sonrisa.
—A partir de entonces las reuniones familiares se volvieron más incómodas con Bill, pero eso hizo que fueran más entretenidas —Ted alargó el brazo y cogió unos pastelillos de calabaza que habían sobre la mesa. Los masticó con calma y le dedicó una sonrisa a Albus—Y, cuéntame qué tal te van las clases… ¿Todo bien en Hogwarts?
Albus ironizó una sonrisa.
—Nunca se me dio demasiado bien eso de la magia… Y tampoco lo de hacer amigos.
—¿Y eso?
—No importa, solo son tonterías.
—Puedes contarme lo que necesites, Al… —dijo Teddy—. A veces creemos que estamos solos y nos aislamos nosotros mismos sin darnos cuenta. Tienes más gente a tu lado de la que crees, tal vez no te has dado cuenta todavía.
—Sí, pero parece ser que a quien quiero a mi lado ahora mismo no lo está.
—¿De qué hablas?
—Empecé a llevarme bien con Scorpius Malfoy este curso, pero al parecer nadie lo ve bien a parte de mi —dijo Albus bajando la vista al suelo—. James ha hecho que Scorpius se enfade conmigo y deje de hablarme…
—¿Cómo? —quiso saber Teddy.
—Hizo que Scorpius escuchará algo que yo no debí haber dicho.
Se hizo el silencio, luego Teddy sonrió y miró a Albus.
—Scorpius es un buen tío —Albus le miró con curiosidad—. Lo conocí cuando vinieron a casa de mi abuela hace unos años. Mi abuela y su hermana estuvieron discutiendo la mayor parte del tiempo, así que Scorpius y yo nos fuimos fuera a jugar…
—Claro… Su padre es tu primo.
Teddy asintió.
—En realidad era el primo de mi madre.
—¿Y cómo es?
—¿Draco? —Teddy miró hacía la ventana—. No he hablado demasiado con él… Tu padre me contó sus redecillas en la escuela con él, pero nunca supe demasiado.
—Mi padre nunca me ha hablado de él.
En menos de cinco minutos, Molly obligó a todos los presentes a sentarse a la mesa. Las Navidades en casa de los Weasley siempre habían sido exageradamente numerosas, pero ahora la cifra había adquirido unas dimensiones imposibles de creer. Todos se reunían en el comedor y Arthur tenía que ampliarlo cada año con un hechizo de extensión. Albus su sentó en medio de Rose y Fred. Desde allí podía ver a su padre, al lado de su madre y James. A Harry le brillaban los ojos, tenía las mejillas rojas y un aire de felicidad que contagiaba a cualquiera que estuviera cerca. Albus sabía que su padre disfrutaba especialmente en aquellas cenas. Reía con algo que estaban diciendo el tío Ron y George, y cogía la mano de Ginny con más fuerza que nunca. Estaba tan feliz que Albus no pudo evitar sonreír como un efecto reflejo. Quiso levantarse e ir hasta allí, sentarse en medio de sus padres y reírse de lo que ellos se estuvieran riendo. Quiso que le resultara tan natural como lo era para James.
—¡Brindemos, familia! —exclamó Arthur poniéndose en pie, Molly se puso a su lado con las copas en alto.
Se hablaron de muchos temas en la mesa. Eran más de 25 personas alrededor de la mesa, las conversaciones se daban por grupos d personas. A veces algún comentario se proclamaba en voz alta y se compartía con todos los presentes, todos reían y se abordaba otra conversación. Albus se paso la mayor parte de la cena comentando con Fred y Rose las películas muggles que habían visto ese año, luego hablaron sobre las clases y cuando ya hubieron acabado de cenar, James, Louis y Lucy se unieron para hablar de Quidditch. Todos estaban todavía en Hogwarts —a excepción de Teddy y Victorie— y hablar de Quidditch era la solución El Quidditch siempre el tema recurrente en cualquier cena o reunión familiar. Los "Hey, James… ¿Cómo ves la posibilidad de ganar la Copa este año?" "¿Está el equipo en forma, Rose?" eran los más frecuentes. A Albus no le molestaba que hablaran de Quiddtich, le molestaba que atacaran a Slytherin… "Les vamos hacer morder el polvo" —decía James—. "Tranquilo, papá… si a Albus no le importa, a él no le gusta el Quidditch.
—¿A Albus no le importa nada, no James? —pensaba Albus—. Bien tenías que saber que me importaba Scorpius y aun así me lo jodiste todo. Gracias, hermano… De corazón.
Otra navidad había pasado.
Ya habían dado los regalos, habían reído y Ron había abierto la botella de Whisky de Fuego. Los más pequeños se habían quedado sobre el sofá, apoyando las cabecitas sobre el hombro del de al lado. Albus estaba en la cocina, ayudando a Molly cuando James llegó exigiendo hablar con él en privado.
—He hablado con Rose y hemos pensando en salir esta noche…
—¿Estás loco?
—¿Por qué no, Al? Rose, tu y yo… Suena bien —dijo James—. En cuanto papá y mamá se hayan dormidos saldremos e iremos a buscar a Rose. Teddy me ha hablado de un local en Londres. ¡Vamos, Al! —le alentó—. Es Navidad, tenemos que divertirnos.
St Mungo's Hospital
Hubo un año en el que su madre decoró toda la casa. Hubo un año en el que todos los rincones oscuros de la gran mansión se llenaron de colores cálidos y Scorpius respiró un aroma diferente en aquel corto tiempo. Nunca habían celebrado Navidad con grandes festejos. Una cena con sus abuelos y sus padres, un par de regalos para él —que era lo menos importante para Scorpius— y eso habían sido todas las Navidades en casa de los Malfoy. El año en el que su madre decoró la mansión con guirnaldas y hechizo el ambiente con su cálida magia, fue el único recuerdo que Scorpius tuvo de una Navidad feliz. A partir de los dos años siguientes todo cambio. Scorpius entendía que la depresión de su madre por su larga enfermedad le impidiera estar feliz y celebrar la Navidad como las demás familias.
Estaba claro que una sala de espera de San Mungo no era el mejor lugar para pasar las Navidades. Pero no quería pensar que él era el único que sufría, eso le haría sentirse especial y en aquel momento esa idea se le antojaba egoísta. Su padre había entrado a la habitación a ver a su madre después del último ataque de dolor. Una horrible maldición había caído sobre ella debido a un castigo ancestral de los Greengrass. Para Scorpius era más que un cruel castigo, era un maldición que había caído sobre sus vidas —las de sus padres y él— de la manera más injusta. ¿No les había deparado suficiente sufrimiento el destino ya, qué ahora venía a cobrarse la vida de su madre? ¿Es este el castigo por los pecados de una vida pasada? ¿Unos pecados de los cuales él no era culpable?
Sus abuelos llegaron dos horas después del ingreso. Scorpius sabía que la relación entre su madre y sus abuelos paternos siempre había sido tensa. Pero Narcissa y Lucius no venían por ella, venían por su hijo y su nieto. Narcissa abrazó a Scorpius en cuanto lo vio sentado en la sala de espera y le preguntó por su padre.
—Acaba de entrar…
—¿Sabes algo ya?
Scorpius ladeo la cabeza.
La última vez que su madre sufrió uno de los ataques de dolor fue hace unos meses. Los medimagos pudieron diagnosticarle cual era el problema de los ataques y de los débil que se sentía últimamente. Descubrieron que todo aquello era debido a una maldición que había recaído en ella saltándose algunas generaciones. Pudieron controlar los primeros síntomas, pero ya sabían que una segunda o tercera recaída podría matarla. Efectivamente.
—Se va a morir, abuela.
Jamás había sentido un dolor tan asfixiante como aquel. Una oscuridad le atrapaba las piernas y tiraba hacía abajo, con la ciega intención de hundirlo. Scorpius tuvo que sentarse, porqué las piernas dejaron de responderle.
—Mi madre se muere.
Ella era buena. La persona más buena y gentil que nunca podría haber conocido. Ni en un millón de años se hubiera podido imaginar que algo así tuviera que sucederle a él, a su padre, a su familia. ¿Quién iba a besarle antes de irse a dormir? ¿Quién le gritaría para que recogiera su habitación? ¿Quién iba a hablar con él de todo eso que solo hablas con una madre? ¿Quién decoraría la casa por Navidad y lo inundaría todo de su cálido aroma? ¿Quién sería la primera en felicitarle por su cumpleaños? ¿A quién acudiría cuando nadie más estuviera cerca? ¿A quién? ¿Podría alguien sustituir ese gran vacío negro en su alma? JAMÁS. JAMÁS. JAMÁS. Su madre se moría. Su abuela le abrazaba y no había consuelo posible, no había calor que llenase ese vacío ni esperanza que apaciguara su incertidumbre. Su madre se moría, su gran pilar se derrumbaba y una parte del alma de Scorpius se marchaba con ella.
—Scorpius… —su padre atravesó la puerta de la sala de espera.
Narcissa y Lucius le miraban sin poder articular palabra.
—Cielo…. —exhaló Narcissa—. ¿Cómo está?
Draco ladeo la cabeza, controlando el llanto.
—Ven hijo, acércate —dijo.
Scorpius caminó hasta su padre, dejando la sala de espera atrás. El largo pasillo se extendía ante ellos. Un pasillo blanco de puertas adosadas a ambos lados.
—Puede que no esté bien decirte que debes ser fuerte, porqué ni yo sé como serlo en este momento —Draco había clavado sus ojos en los de su hijo y le hablaba con el corazón en un puño—. Pero nunca olvides que nos tenemos el uno al otro y siempre podemos ser fuertes juntos. Ahora entra a ver a tu madre, te está esperando.
Scorpius no pudo articular palabra y entró sin pensárselo dos veces.
Su madre descansaba sobre una camilla de sabanas blancas. Su piel mortecina se asimilaba al blanco de las sabanas y por un segundo parecía que la fueran a engullir. Casi no había fuerza en sus ojos, su voz era apenas audible y su mano estaba fría como el hielo. Aun así, Scorpius la cogió con fuerza.
—Mamá…
—Hola, hijo —la mujer miró a su hijo con los ojos entreabiertos—. Siento haber estropeado la Navidad.
—No digas eso.
—No llores, mi príncipe.
Scorpius tenía 17 años la última vez que su madre le llamo mi príncipe. La mayoría de los niños hubieran exigido a su madre que dejaran de llamarles mi príncipe mucho antes, pero Scorpius ya no sabía a que dios rezar para que siguiera haciéndolo por muchos años más.
—Túmbate a mi lado.
Scorpius se alzó en la camilla y se tumbó al lado izquierdo de su madre. Ambos se acurrucaron y entrelazaron sus manos.
—¿Recuerdas los adornos de hace dos años? —dijo Astoria en un hilo de voz—. Están todos en una caja en el desván… Quiero que los cojas y los cuelgues por todo el salón.
—Mamá…
—Quiero que prepares galletas de chocolate y una cena especial para toda la familia —insistía con una sonrisa apagada—. ¿Lo harás, Scorpius?
El chico lloraba hundiendo el rostro en el huesudo hombro de su madre. Apenas podía levantar la cabeza para mirarla. Verla de esa forma le destrozaba.
—Enfadate, Scorpius. Enfadate mucho porqué esto no es justo. Nos han arrebatado el tiempo juntos y eso no es justo. Nosotros merecíamos mucho más—dijo—. Cuida de tu padre, recuerda siempre que los dos sois lo más importante —Astoria acarició sin fuerza la mejilla de su hijo— Mi príncipe.
Murió con una sonrisa esbozada en los labios, tan sutil que pasó desapercibida. Murió en los brazos de su hijo y Scorpius supo que aquel castigo había sido el más cruel que cualquier maldición había podido reservar para él. Y que a partir de ahora, cualquier otro dolor sería un mero estigma superficial.
No hay mucho que decir.
Sequen sus lágrimas y no me odien demasiado.
Hasta la próxima.
Besos, Lúthien.
