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Predominancia: Romance y reflexión; Cena con los Granger, un poco del mundo muggle, entre otras cosas.
—10—
Crepúsculo
Del Diccionario de La Real Academia Española (RAE)
Crepúsculo: 3.m/ Fase declinante que precede al final de algo.
(…)
Una fuerte nevazón recibió a los estudiantes que arribaron a la estación de trenes King's Cross aquel jueves, ya muy entrada la tarde. Hacía mucho frío y las calles parecían sepultadas bajo una fina capa blanca, que no hacía más que dificultar el silencioso avance de los vehículos.
El bullicio de la ciudad había sido remplazado por el festivo aire navideño. A lo lejos se escuchaban villancicos, las fachadas de las casas estaban adornadas por luces de colores y en la mayoría de las puertas colgaba un muérdago. Y la vivienda donde residía la familia Granger no era la excepción.
Hermione sonrió cuando distinguió la modesta estructura entre la neblina que comenzaba a dificultar la vista. Emocionada, se bajó del automóvil rápidamente y la fría brisa que corría la entumió de pies a cabeza.
—Hermione, hija ¡Cúbrete el cuello por Dios!— exclamó su madre tendiéndole una gruesa bufanda mientras cruzaban el vestíbulo.
La tranquilidad del lugar contrastaba en creces con el exterior.
Sonrió de nuevo cuando vio como un gran árbol de navidad decorado modestamente se levantaba en la sala contigua.
—¿Qué te parece?— le preguntó su madre percatándose de lo que miraba.
—Muy bonito— respondió, de pronto muy emocionada.
Estaba inmensamente feliz por estar ahí, por haber podido regresar a la comodidad de su hogar y estar entre esas reconfortantes paredes color mármol, esas que durante los años anteriores poco había podido apreciar, esas que casi pudo haber olvidado.
Suspiró. No pudo evitar acordarse de que ya hace un año durante esa misma fecha, Harry y ella habían estado deambulando sin rumbo fijo buscando alguna pista que los guiara a una de las misiones más suicidas que han existido. Había estado lejos de su familia y ellos bien pudieron haberse quedado en el anonimato sin saber ni siquiera de su existencia. Había estado lejos de todo, y aunque ella hacía todo lo posible para que aquellos recuerdos no se colaran en su memoria, simplemente a veces no podía evitarlo, sobre todo en momentos tan simbólicos como este.
Su madre la miró con ternura, leyéndole los pensamientos como solo las madres saben hacerlo y la abrazó.
—Sabes que ya todo está bien, Hermione— le susurró con cariño mientras le acariciaba el pelo. Se le hizo un nudo en la garganta. Aguantó las lágrimas que se acumularon en sus ojos.
—Lo sé.
—Bien— sonrió la mujer mirándola detenidamente. —Ahora date una ducha y después ayúdame con la cena, mientras me cuentas como ha ido todo en la escuela— y la miró sugerentemente, provocando un leve sonrojo en sus mejillas. Sospechó que sería sometida a un interrogatorio en donde el tema principal no serían sus calificaciones.
La mañana del veinticinco de diciembre amaneció particularmente silenciosa. Los pocos rayos de sol que se atrevían a colarse por el espeso manto de nubes no hacían más que engañar a los entusiastas que se atrevieron a asomar sus cabezas fuera de sus casas; se habían desatado improvisadas guerras de nieve y muchos niños, acompañados de sus padres, lucían sus extravagantes juguetes recién salidos sus envoltorios.
Se lo estaban pasando en grande, así que nadie tuvo el tiempo de percatarse del pequeño bulto marrón que sobrevoló los tejados, al menos dos veces durante esa mañana y otras dos durante la tarde.
Hermione cerró la ventana y se quedó mirando como Pig desaparecía en el horizonte.
Una sonrisa involuntaria curvó sus labios, pero se obligó a borrarla recordándose que estaba indignada porque Ronald no le diera un descanso a la pobre lechuza; se habían estado mandando mensajes sin ningún sentido desde el día anterior y estaba segura de que el ave apenas había tenido tiempo de respirar. —Y es culpa de él— pensaba, aunque sabía exactamente que era estúpido, porque ella no hacía nada para evitar responderle.
Se acurrucó en su chaleco y se acomodó en su butaca a leer Hogwarts: una historia y rápidamente Crookhanks se echó y enrolló sobre su regazo. Sonrió de nuevo; también había extrañado a su gato.
Ron por otro lado, no podía decir exactamente lo mismo si de haber extrañado ciertas cosas se trataba, pues solo bastaba con mencionar que esa era la primera navidad que Fred estaría ausente y eso lamentablemente, era demasiado terrible de pensar. Fijó su vista en el agrietado techo de su cuarto y pensó en Hermione.
Suspiró. Ella era en la única que lo podía distraer de todas esas cosas que lo atormentaban a diario. Era lo único en lo que valía la pena pensar, no como los partidos de quidditch o su repentina fama. No. Hermione era todo lo que él necesitaba. Cerró sus ojos e invocó su imagen.
El ambiente en La madriguera había estado muy silencioso, pero a ratos se podía sentir la actividad de los miembros de la familia pisos más abajo; Molly ya se encontraba preparando la cena mientras que su esposo se encargaba de preparar un cuarto para hospedar a la señora Andrómeda y a Teddy Lupin, quienes pasarían el resto de las festividades en el lugar.
Ron se movió incómodo sobre su cama y ahora miró a Harry, que estaba en la otra leyendo un ejemplar de El profeta muy detenidamente. Fruncía el entrecejo, y a Ron ya le comenzaba a parecer normal que su amigo leyera el diario con tanta ansiedad, sobre todo en Hogwarts.
—¿Qué hay de nuevo?— le preguntó más por decir algo que por interés. Harry alzó la vista y lo miró con curiosidad.
—Ahora que Hermione no está presente puedo preguntarte.
El chico se rió con ganas. —No me digas que de verdad no ha leído el periódico desde que hicieron esa apuesta.
Ron se encogió de hombros e hizo una mueca de resignación —No sé si fue una apuesta exactamente.
Harry se rió de nuevo, pero de repente cambió su expresión. Lo miró muy seriamente, con aire misterioso.
—¿Qué pasa?— inquirió conociendo de sobra esa expresión. Su amigo giró a ver si la puerta estaba abierta como si temiera a que alguien escuchara lo que diría a continuación. Se acomodó los lentes y se inclinó en su dirección.
—Ya han atrapado a uno de los últimos grupos de mortífagos que quedaban— susurró mientras le tendía el periódico. Ron lo cogió dubitativo y leyó rápidamente el encabezado.
—Supongo que eso te deja más tranquilo— comentó mirándolo con suspicacia. —¿Verdad?
Harry no le respondió, pero Ron distinguió como el ansia y la negativa a la respuesta se apoderaba de su amigo. Después de un par de minutos de silencio, éste volvió a tomar la palabra.
—Ron— lo llamó como si estuviera tanteando el terreno. —¿Qué fue exactamente lo que ocurrió aquel día en el que tú y Hermione encontraron a esos chicos en…?— comenzó, pero no pudo terminar de formular la pregunta porque algo chocó en seco contra la diminuta ventana de la habitación. Harry se puso de pie de un salto y apuntó con su varita. Ron lo imitó un segundo después.
Soltaron todo el aire que habían contenido cuando distinguieron a la pequeña lechuza marrón esperando impaciente a que le dejaran pasar.
—¿Algo nuevo por parte de Hermione?— inquirió Harry observándolo resignado, pues no pudo terminar de preguntarle eso que había estado dando vueltas en su cabeza hace un par de semanas.
Ron, ajeno a todo eso, sonreía como estúpido mientras releía el adorable mensaje que acababa de recibir:
"Ronald, si vuelves a enviar al pobre de Pigwidgeon, honestamente… nada, ¡Sólo déjalo descansar! Nos vemos.
Post data: yo también te quiero… "
—¿Ron?
—Ah, no, nada. Nada nuevo.
Harry rodó los ojos y se dispuso a salir de la habitación.
—¿A dónde vas?
—A ningún sitio en particular, pero supongo que necesitan privacidad; tú y los mensajitos de Hermione— se burló y ante la expresión de Ron se echó a reír, si que tuvo que salir arrancando del cuarto cuando el pelirrojo le lanzó una almohada con todas sus fuerzas, la que salió disparada hacia el pasillo.
—¡Oye regresa!— gruñó Ron con las orejas coloradas.
—¡Ronald Bilius Weasley!— exclamó la aterradora voz de su madre apareciendo por el marco de la puerta y sujetando el almohadón que acababa de arrojar. Dio un respingo.
—¡Cómo es que todavía no aprendes a comportarte, por Merlín!— lo reprendió severamente.
—No pasa nada, mamá.
—¡Yo no te eduqué para que anduvieras esparciendo almohadas por toda la casa, jovencito!— prosiguió Molly poniendo los brazos en jarra. —¿Acaso vas a hacer lo mismo mañana cuando visites a Hermione?
Ron palideció, pero luego su cara se puso tan roja como su pelo. Estuvo seguro de haber escuchado como Harry se comenzaba a reír de nuevo. Su madre ahora lo miró tiernamente.
—Ron, cielo, no te preocupes— Se le acercó y le estampó un sonoro beso en la mejilla. —Estoy segura de que los padres de Hermione te van a adorar. Ahora bajemos que la cena ya va a estar.
Ron se sentó en la mesa a regañadientes, preparándose para los posibles comentarios que lanzarían sus hermanos al respecto, pues Ginny se había encargado apenas bajaron del tren de informarles a todos acerca de la invitación que le habían hecho los padres de su novia.
¡Merlín! Sonaba tan… extraño.
¿Qué iba a que decir? ¿Cómo iba a actuar? ¿Cómo lo iría a mirar el señor Granger? ¿Le haría preguntas difíciles para comprobar si es digno de estar con su inteligentísima hija?
Se pasó toda la cena especulando toda clase de respuestas para esas y otras preguntas.
Decenas de kilómetros al norte, la familia Granger también terminaba de cenar.
—Mañana por la mañana tengo que salir a hacer un trámite al banco— comentó el señor Granger dirigiéndose a su esposa y bebió un sorbo de su copa de vino. —No sé si alcance a terminar con la lista de pacientes de la semana que viene.
—¿Quieres que la revise o prefieres que te acompañe?
Hermione se llevó su última cucharada de sopa a la boca mientras escuchaba atentamente, esperando el momento preciso para interrumpir.
—Preferiría que las revisaras.
—Estaré en la consulta por si acaso.
Se aclaró la garganta para llamar la atención de sus padres. Ellos fijaron su vista en ella inmediatamente.
—Mañana… viene Ronald— dijo con voz decidida tratando de parecer lo más casual posible, si que la actuación nunca había sido su fuerte. Inmediatamente sintió que sus mejillas se ruborizaban. Sin pensarlo agarró un pedazo de pan solo para mantener ocupadas sus manos; típico gesto suyo para cuando estaba nerviosa, pero ¡No estaba nerviosa! Claro que no.
Su padre tosió sospechosamente e inconscientemente partió el pan.
Bueno sí, estaba un poco nerviosa, ¡Pero solo un poco!
—No te preocupes, no lo hemos olvidado— le respondió su madre mirándola con una sonrisa. Su padre no dijo nada, pero parecía como si estuviera tratando de leerle la mente y ella agradeció que no fuera un mago, pues estaba segura de que si fuera así, sería un experto Legeremántico.
—Así que el pelirrojo va a venir— dijo al final el hombre volviendo a beber de su copa.
—Se llama Ronald, papá— aclaró ella rápidamente. Lamentó el tono mandón que le salió, pero es que no le gustaba que su padre lo llamara por ese apodo, por muy acertado que fuera.
—Ah sí, sí, claro. Ronald… Weasley ¿verdad?
—Sí, así es como se apellida— aclaró su mujer. Hermione rodó los ojos.
—Así que siguen saliendo.
Hermione masticó el trozo de pan mecánicamente. No entendía porqué tanta perspicacia ¡Si lo conocía de hace años! Bueno, lo habían visto desde hace años. No era lo mismo, claro.
—Sí— afirmó y se percató de que su voz ya no poseía la misma firmeza que al principio ¿Por qué era tan difícil hablar de… su novio? Bueno, era la primera vez que lo hacía, ya que no contaba la fugaz visita de Ron a mediados de Agosto. Ahora las cosas eran muy diferentes.
—¿Y cuánto tiempo llevan saliendo?
—Siete meses, desde Junio— dijo sacando cálculos rápidamente. Se sorprendió de la cifra. Realmente no lo había pensado así ¿Siete meses ya? Era algo… extraño ¡Y genial!, pero ¡Merlín!, no sabía porqué sus mejillas se empeñaban en arder. Se aclaró la garganta y prosiguió.
—Va a venir después de la hora de almuerzo.
—¿Y qué van a hacer en todo ese tiempo hasta la cena?— preguntó de nuevo su padre, escéptico. Hermione puso los ojos en blanco ¿Estaba hablando en serio? Hizo una mueca "Padres".
—Por Dios ¿Qué piensas que van a hacer?— habló su madre, muy oportuna como siempre. —¿Qué no te acuerdas cuando nosotros éramos novios y salíamos a pasear y…?— comenzó con añoranza, si que el resto del discurso era otra historia.
Hermione puso los ojos en blanco otra vez. "Madres".
Con los buenos modales que la caracterizaban, se puso de pie y les deseó las buenas noches, ansiosa por conciliar el sueño y que ya fuera mañana, para tener a Ron a su completa disposición; quería mostrarle y enseñarle tantas cosas, tantas que no estaba segura de si iba a alcanzar en tan pocas horas.
Se durmió con una espléndida sonrisa en su rostro.
El día amaneció igual de nublado que los anteriores, si que a excepción de éstos, ni un solo rayo de sol se atrevió a colarse entre la espesa nubosidad, ni siquiera para cuando el astro rey se encontraba en el cénit, ni menos cuando una hora más tarde, Ronald Weasley hacía su aparición en un silencioso y vacío callejón a las afueras del vecindario de Westminster.
Se subió el cierre de su abrigo hasta el cuello y rodeó el lugar con la mirada. Parecía un verdadero detective encubierto reconociendo el territorio de búsqueda. Metió ambas manos a los bolsillos y comenzó a caminar tranquilamente, o al menos eso parecía, porque cada paso que daba lo ponía más nervioso. Prefirió no imaginar como estaría cuando cayera la noche.
Esta vez no tuvo ningún problema en reconocer la casa de Hermione; era la que tenía un pequeño árbol plantado en el antejardín y las rejas eran un poco más bajas que las de las viviendas contiguas. Fácil. Muy fácil. Si que no pudo decir lo mismo cuando se vio parado frente aquella fachada, teniendo que enfrentar algo que Hermione le había dicho que se llamaba tumbre. Observó el extraño aparato y apartó su vista hacia una de las ventanas. Estuvo segurísimo de haber visto la enmarañada cabellera de su novia asomarse entre las cortinas, así que esperó confiado a que saliera a recibirlo.
Y en efecto, Hermione no se hizo esperar e hizo su aparición. Estaba espléndida a sus ojos, a pesar de que apenas se veía su cara de tan abrigada que estaba.
—Hola— la saludó sonriendo. —No me perdí esta vez— agregó con suficiencia mientras ella abría la reja y lo invitaba a pasar.
—Ya veo— susurró Hermione con una sonrisa y le dio un corto beso en los labios, aguantándose las ganas de lanzarse a sus brazos, pues estaba segura de que su madre los espiaba.
—Buenos tardes señora Granger— saludó Ron a la mujer, de igual manera que la primera vez que había estado en el lugar.
—Buenas tardes, Ronald— sonrió la madre de Hermione. —Es bueno verte por aquí otra vez.
—Muchas gracias— dijo él con tono confiado, pero el leve rubor en sus orejas lo delataba. Miró a su alrededor. Era raro estar ahí de nuevo, como también era raro estar en esa situación que se supone que era de lo más normal del mundo.
—Ven— Hermione lo tomó por el brazo y lo arrastró hacia la escalera. —Antes de salir quiero… mostrarte algo— dijo y observó como su madre alzaba las cejas. —Solo será por un momento— añadió rápidamente tras recibir la silenciosa advertencia que le llegaba: "Nada de encerrarse en una habitación a solas, Hermione"
Se mordió el labio culpable; su mamá no podía imaginarse en todas las circunstancias en las que se había visto involucrada con Ron; solos en el cuarto de él, solos encerrados en un baño, solos deambulando por pasillos apartados y oscuros del castillo, entre muchas otras. Intento no reírse.
Ron la siguió observando todo con mucha curiosidad. Era un lugar bastante acogedor y bonito. Si que todo era demasiado… muggle.
Entraron a un cuarto ubicado al final del pasillo; las paredes eran de color marfil y de ellas colgaban repisas repletas de libros. Había un pequeño escritorio con una butaca, una estantería con más libros, pergaminos y plumas. La cama estaba a un costado, frente a la enorme ventana y al otro lado una pequeña mesita de noche.
Ron sonrió y volvió a repasar el lugar en silencio mientras Hermione lo miraba expectante.
—Era de esperar… que hubieran tantos libros— concluyó seriamente.
Ella se rió y observó como él comenzó a estudiar los volúmenes de la estantería. Ninguno se le hacía siquiera familiar y parece que la mayoría eran de autores muggles. Continuó con su escrutinio; libros y más libros ¿Cómo podía leer tanto?
Había un único espacio en el mueble libre de textos y distinguió en éste algunos objetos de los que desconocía su uso y unas cuantas fotografías enmarcadas; en todas se encontraba ella, pero en diferentes lugares, con diferentes personas y en diferentes etapas de su vida, incluso algunas en las que estuvo seguro que todavía ni siquiera se conocían. Eso ya hace mucho tiempo, pero aún así darse cuenta de esas cosas que a la vista parecían tan triviales despertaba muchas preguntas.
¿Y…quién era Hermione?
Esa era una pregunta demasiado grande, incluso se atrevía a decir que era algo infinito, porque pensó que simplemente no se podía limitar a una persona a simples descripciones, cualidades, defectos o la historia de su pasado. Todo era un verdadero misterio.
Se preguntó cuantas cosas todavía desconocía de Hermione. Cosas acerca de su vida antes de Hogwarts y del mundo mágico en general, de su familia ¡Tantas cosas! Y ahora él estaba ahí en ese lugar que posiblemente encerraba muchas respuestas, como también muchos secretos.
Invadido por una extraña sensación de emoción se le acercó y la abrazó fuertemente y ella, un poco sorprendida le correspondió inmediatamente.
—Gracias— le susurró sin proponérselo del todo.
—De nada— respondió Hermione un poco extrañada. Y Ron supo entonces, o al menos tuvo la vaga idea, de que para conocer a una persona; conocerla, se necesitaría como mínimo una vida y mucho más.
—Pero, ¿por qué?— preguntó ella.
Él se encogió de hombros. —Eh, por… compartir esto conmigo.
Sí, eso era lo importante para él. Estar ahí en ese momento, porque sabía que no podía vislumbrar el futuro ni mucho menos, pero comenzaba a entender las cosas, o algo así. Al final, por mientras, lo único que sabía era que ella le había otorgado un espacio importante en su vida… ¡A él!
¡Habían compartido tantas cosas!
Hermione se separó del abrazo con sutileza para mirarlo. Se sentía muy emocionada, pues tenía la loca idea —según ella— de que ese era un paso importante.
—Quería que… conocieras, ya sabes, creo que has visto muy poco comparado con lo que yo he visto— explicó un poco nerviosa. —Me refiero a tu mundo, a lo mágico y a lo muggle— aclaró.
—No lo digas así— rebatió Ron. —O sea, lo que quiero decir es que… no es mi mundo, es… nuestro mundo— y se le pusieron las orejas coloradas por la ¿cursilería? que había dicho.
Hermione se vio tentada a besarlo como si no hubiera un mañana, pero recordó donde estaban, o mejor dicho recordó que su madre tenía su séptimo sentido puesto en la habitación. Se mordió el labio e instó a que abandonaron el lugar.
—¿A dónde vamos?— preguntó Ron cuando ya llevaban caminando varios minutos por las veredas cubiertas de nieve.
—Buena pregunta— reflexionó Hermione en voz alta y se sintió tonta; se supone que planificaba cada cosa que hacía.
—Bien, me gusta improvisar— comentó él con tono divertido, sabiendo que a ella no-le-gusta-improvisar. —Si que sabes que yo no sé muchas cosas sobre el mundo muggle…
—Pues deberías de haber tomado Estudios muggles— recalcó ella rápidamente.
—Eso jamás— se apuró en decir. —Además para eso estás a mi lado— y se le volvieron a colorar las orejas.
Pensó que tal vez era el día el que lo había puesto un poco más sensible. Ella soltó una risita.
—Bien, vamos por el tren subterráneo.
—¿No nos vamos a aparecer?— preguntó un poco nervioso.
—No. Hoy es el día de… actuar como muggles— y se sintió tonta de nuevo por haber dicho eso. —Además tenemos todo el tiempo del mundo— agregó pensando en que era el día probablemente la que la ponía así.
Ron observaba curioso; a pesar de que ya había viajado un par de veces por ese medio, no había tenido la oportunidad de apreciarlo en su totalidad ya que dichas veces se había movilizado bajo extrema seguridad y con muchísimas personas a su alrededor, pero ahora en cambio estaba casi vacío.
Hermione escogió estratégicamente el último vagón del tren para abordar, pues era el que menos tráfico de personas tenía y menos a esas horas del día, así que lo tenían literalmente a su completa disposición.
Ron, a pesar de no entender cómo es que perderían tantos minutos trasladándose de un lugar a otro, se mostró más que encantado cuando ella se mostró muy dispuesta a besarlo prolongadamente entre parada y parada. Lisonjeaba sus labios con extrema lentitud mientras revolvía su pelo y le acariciaba las mejillas.
—En esta estación me bajaba cuando asistía a mi otra escuela— dijo Hermione cortando uno de sus tantos besos y zafándose de su posesivo agarre, pues una pareja de ancianos abordó el compartimiento y no le hacía mucha gracia brindarles un espectáculo romántico en primera fila.
—¿Sí?— preguntó Ron un poco molesto por la interrupción.
—Sí, si que tenía que caminar un par de cuadras.
—¿Has deseado alguna vez volver a ese lugar?
Ella se mordió el labio. —Sí— y desvió la mirada por un segundo.
A Ron saber eso lo entristeció un poco.
—¿Y por qué?
—Porque…— dudó. —Porque…
¿De verdad le iba a responder?
—Uuhmmm…
—¿Porque qué?— insistió Ron.
—Porque… digamos que… no me gustaba… vertebesuqueándoteconLavender— confesó rápidamente.
Ron alzó las cejas. —¿Por eso?— dijo impresionado y complacido a la vez.
—Eso— repitió ella un poco avergonzada y se dedicó a inspeccionar el mapa de las estaciones que tenía a un costado.
—Yo pensé que tendría algo que ver con todo el lío de Voldemort o algo así— dijo Ron dejando escapar una enorme sonrisa.
—Ya ves que no— le respondió rápidamente, pensando que todo eso había sido accesible con él a su lado. No así cuando él se peleó con Harry y se marchó; esos fueron los días más lúgubres y nefastos de su vida. Y no exageraba.
No podía imaginarse cómo sería volver a pasar algo similar, pero ¡No tenía por qué pasar algo similar!
Uh, cuidado con eso Hermione…
Ron no supo que decir, pero a cambio le robó un beso con la intención de que entendiera de que eso no fue más que un suceso de su pa-sa-do-os-cu-ro. Ella lo aceptó gustosa, pero lo cortó enseguida un poco nerviosa; quizás era solo paranoia, pero se sentía observada por los ancianos. Se preguntó si se veían muy acaramelados.
Se bajaron dos estaciones más allá y se adentraron en el corazón de Londres muggle. No habían muchos transeúntes, pero poco a poco iba aumentando la actividad en las calles, sobre todo en la avenida principal, que era por donde iban caminando, muy tranquilamente.
—Estamos cerca del Ministerio— observó Ron mientras se detenían en un semáforo.
—Sí, pero vamos en la dirección contraria.
—Mejor— comentó con tono despectivo.
No les sería muy apetecible encontrarse con algún grupo de magos y que les reconocieran como los famosos amigos de Harry Potter, porque a pesar de que preferían no atender a todos esos llamados, eso era algo que seguía latente en sus vidas —y quizás por mucho tiempo más— sobre todo cuando arribaron hace un par de días a King's Cross y se encontraron con varios reporteros rezagados, sedientos por arrebatarles un par de palabras y fotografías. Hermione se había mostrado particularmente molesta cuando él sonrió tímidamente ante el flash de una cámara, ¡Es qué no pudo evitarlo! Pero bueno, eso ahora no tenía porqué ser una preocupación, pues estaban ahí, rodeados de muggles que no tenían idea de nada y tampoco nunca la tendrían.
Ron apretó su mano a la suya y ella le devolvió el gesto.
—No es que yo conozca demasiado la ciudad— hablaba ella, mientras él la escuchaba con sumo interés. —Pero nunca me gustó salir mucho.
—¿Y cuando lo hacías a qué lugares ibas, por ejemplo?
—Frecuentaba el centro comercial.
—¿El centro comercial?— repitió impresionado. Ella se rió.
—Sí, ahí hay una gran biblioteca— y se rió de nuevo ante la mueca de entendimiento del pelirrojo. —O al menos la había la última vez que fui.
—¿Y hace cuanto que fue eso?
—Desde las vacaciones de cuarto— le respondió tras hacer memoria unos segundos.
—Vamos— propuso. Hermione entornó los ojos.
—¿Bromeas?
—¿No tenemos todo el tiempo del mundo acaso?— se defendió, pero era solo que no entendía el deseo de saber muchas más cosas sobre ella, y eso incluía a los lugares que la vieron ir y venir.
Hermione, un poco contrariada, sonrió y sin objetar más lo condujo hacia el lugar. No estaba tan lejos de donde se encontraban, y tras lidiar con puertas giratorias y escaleras mecánicas que no le provocaron ni la menor gracia —pero sí a Hermione— ahí estaba de nuevo Ron, y tenía que admitir que el lugar no era de lo más genial, de hecho era bastante… aburrido. Si había algo que no variaba entre los magos y muggles probablemente eran las bibliotecas. ¡Si eran bibliotecas al fin y al cabo!
—¿Buscas algún título en particular?— le preguntó una joven acercándosele amablemente. Ron dio un respingo.
—No… gracias.
—Bueno, cualquier cosa me encuentras en el mesón— la chica le sonrió y se alejó de la misma manera.
Rodeó el lugar con la mirada —¿Dónde diablos estaba Hermione?— Se preguntaba mientras se paseaba entre los pasillos repletos de libros. Ya consideraba que esa no había sido una buena idea.
De pronto, una sección llamó su atención; las portadas de los libros eran demasiado llamativas, todo era demasiado rojo para su gusto. Se detuvo curioso y cogió un volumen al azar.
—El arte de besar, de un tal William Cane— Chasqueó la lengua ¿Cómo alguien podría leer semejante barbaridad? Aún así lo abrió —¡Por pura curiosidad!— y leyó el índice de los capítulos. —¿Qué es un beso?, La importancia del beso, Tipos de besos, ¿Sabes besar?, El rol de la lengua en el beso, Aprende a besar y la lista seguía.
Cerró el libro indignado ¿Es que cómo alguien leería eso? ¡Si besar era… besar! Nadie necesitaba leerse un manual de instrucciones para aprender, pero un momento ¿Qué tal si él daba besos malos? ¿Hermione se lo haría saber? Merlín, de que cosas se preocupaba. Dejó el libro en el mismo lugar y mecánicamente agarró otro.
—La biblia del beso— Bah, más de lo mismo. Cogió otro.
—El sexo en la pareja ¿Une o desune?— Entornó los ojos y releyó el título. Sintió que la temperatura en su rostro aumentó levemente. Quiso dejar el libro donde mismo, pero para que iba a andar con cosas, el tema era… interesante, ¡Si era un chico por todos los magos! Lo giró en sus manos y analizó la situación. ¿Qué tenía de malo? ¡Nada! Pues era bueno estar informado sobre esos… temas ¿no? Retuvo el ejemplar y siguió leyendo los títulos.
—Del sexo a la súper-consciencia, La importancia del sexo en la pareja, El placer del sexo, La biblia del sexo: posiciones, La biblia del orgasmo…
¡Merlín, suficiente! Y él que pensaba que sólo existía una sola biblia —esa que parece que los muggles santificaban tanto—, pero vamos ¿Cómo escribían sobre esas cosas? Se sintió totalmente acalorado y lo peor era que ¡Quería leer esos condenados libros!
—¿Ron?
Se sobresaltó notoriamente y se percató de que Hermione estaba a su lado y miraba todo con una expresión que prefirió no interpretar. Dejó rápidamente el ejemplar que había estado sosteniendo y se giró para mirarla, pero ahora ella miraba entornando los ojos al libro que acababa de abandonar en el estante. Quiso lanzarle un hechizo o algo para saber qué estaba pensando.
¡Hermione!
¿Qué rayos estaba pensando? ¡No! ¡Mejor no saberlo!
Sus orejas no podían estar más rojas. —Estúpidos libros llamativos— pensó y se revolvió el pelo nervioso. Estúpido era él, que cayó en la trampa de esos malditos bibliotecarios. Sí, era culpa de ellos.
—¿Ya nos vamos?— preguntó sin aguantar el silencio que se formó por unos segundos. Hermione pareció salir de un trance y lo miró.
—Eh, sí, vamos.
Salieron del lugar silenciosamente y se alejaron de igual manera del centro comercial. Se adentraron sin darse cuenta en una pequeña plaza, en donde muchos niños se paseaban felices con sus padres y mascotas. Era una escena muy bonita y enternecedora.
Ron fijó su vista en los pinos que se alzaban a los costados del camino de tierra. Parecían más blancos que verdes de toda la nieve que los cubría. Después miró a un vendedor de globos que caminaba al otro extremo de la acera, evitando mirarla a ella. Es que se sentía muy avergonzado. Y obviamente que ella lo había notado, pero no sabía que decir. Se sentía igual. Un leve rubor cubría sus mejillas.
Muchas cosas habían pasado por su cabeza durante el trayecto; pensamientos ridículos, preocupados, inapropiados y curiosos. Sí, bastante curiosos, algo así como que ¿Ron ya estaba pensando en esas cosas…? Se mordió el labio. No, no era eso, aunque bueno, para qué iba a hacerse la loca, a ella también se le había pasado por la cabeza el tema un par de veces, sobre todo cuando se habían encontrado… O sea ¡No! Sintió como la temperatura de su rostro aumentaba a pesar del frío.
Mejor lo veía por otro lado; que Ron se interesara en libros era de verdad muy bueno, pero ¿Esos libros? O sea, no es que tuviera algo de malo ¡Claro qué no! De hecho ella una vez también se acercó a esa clase de secciones en otras bibliotecas ¡Por curiosidad! ¡Sólo por curiosidad! Además que únicamente de los libros se podía obtener información verídica y objetiva, como también en los mismos se explicaba que era absolutamente normal tener curiosidad respecto al tema y además ¡Ella era una chica!... ¡Y él un chico!
Merlín, ¿Cómo llegaba a una conclusión tan estúpida y obvia? ¡Claro que eran un chico y una chica! Se sintió acalorada. No pudo evitar reírse de sí misma.
—¿De qué te ríes?— preguntó Ron notablemente nervioso.
—¡De nada!
—¡Hermione!— protestó enfurruñado.
—De… cosas.
Ron se desesperó un poco ¡De cosas! ¡Excelente! y para colmo se comenzó a reír más fuerte. La miró azorado. Se sentía totalmente ridículo, pero al final terminó cediendo ante esa misma sensación y terminó también riéndose como un idiota.
Cuando ya no tuvieron más aire en los pulmones de tanto reírse, no se les ocurrió nada mejor que comenzar a besarse, o al menos eso intentaron, porque se les escapaban risitas entre beso y beso, entre suspiro y suspiro.
Asunto arreglado parece.
—¿Y de qué cosas te reías?— preguntó Ron ya un poco más confiado. Pasó su brazo por sus hombros en un impulso por abrigarla, ya que comenzaba a hacer mucho frío. Una clara evidencia era que cuando hablaban sus alientos dejaban una notoria huella blanca en el aire. Hermione se rió por lo bajo y se acurrucó complacida en su abrazo. Reanudaron la marcha.
—¿No te lo imaginas?— le respondió.
—Bueno, tengo mis teorías.
—¿Y cómo cuales, por ejemplo?
—Pues eso es algo que tendrás que averiguar tú misma.
Se rieron de nuevo. Les gustaba hablar así; era su propio juego, con sus propias e inexplicables reglas, de las que ambos tenían pleno conocimiento y respeto, porque aunque fuera algo de lo que no se daban ni cuenta, las reglas eran algo clave en todo eso. Regían un sinfín de códigos sensoriales, para-verbales o como queráis llamarlos. Códigos que se habían ido construyendo año tras año y que ahora estaban más que listos para la acción. ¿Qué mejor? ¡No podía ser mejor!
Era entretenido, era único. Era demasiadas cosas juntas que era mejor no perder el tiempo enumerándolas, porque si no, nos perderíamos de aquel momento tan desigual a los anteriores, pero que encerraba la misma llama que los caracterizaba, que los hacía cada día más parte del otro, adentrándose poco a poco en las profundidades de sí mismos.
Es que definitivamente no podía ser mejor. ¡Era inmejorable! ¿Qué cosa podía salir mal? ¡Pues nada!
Ron tragó saliva.
Quizás todavía había algo que sí podía salir mal. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, el que se expandió rápidamente por todo su cuerpo, sus manos un poco sudorosas y su corazón se aceleró. Los nervios lo atacaron sin piedad; porque la noche ya había caído y su estómago inevitablemente gruñó, pues no había comido nada desde el mediodía, pero no tenía porqué preocuparse, ya que ya era la hora de… cenar.
Y ahí estaba el desgraciado —según él— de Ron.
Se acomodó en la silla lo más silenciosamente que pudo y evitó mirar por un momento al señor Granger, que se encontraba al otro lado de la mesa, justo frente a él.
Se acababan de sentar a la mesa, tras una no muy breve conversación antecedida por un suave apretón de manos —que por su nerviosismo estuvo seguro de que el hombre puso más presión de lo que ameritaba, pero desde ya aclaramos que no fue así— y cordiales palabras de bienvenida en las que Ron recordó darle saludos de parte de su madre y de su familia en general, y otras cosas de las que en verdad ya no se acordaba, pero tampoco quería hacerlo, pues tenía que tener su mente puesta en ese momento, ya que al parecer había sobrevivido a la primera fase y ahora tenía que hacerlo en la segunda, la más difícil de todas sin dudas.
Finalmente se atrevió a mirarlo, pues sabía que si no lo hacía, definitivamente le restaría puntos —sabios consejos de Ginny—, pero al hacerlo se puso mucho más nervioso, porque en ese segundo en el que se atrevió a fijar su vista en el hombre, se encontró con esos ojos almendrados y castaños —idénticos a los de Hermione— fijos sobre él.
Merlín, nunca lo habían observado con tanta perspicacia en su vida, o al menos no que él se hubiera dado cuenta, casi sentía la fuerza de su mirada traspasándole el cerebro e intentando de leer sus pensamientos. ¿Qué estaría pensando? ¿Lo estaría analizando silenciosamente?
Notó como los escrutadores ojos ahora se trasladaban al sitio en donde se encontraba Hermione —a su lado, cosa que no lo ponía más tranquilo— y pensó que probablemente ahora evaluaba que tan bien se veían juntos, algo así como una visión general de la situación.
—¿Bebes?— el señor Granger lo sacó de sus especulaciones. Sostenía una larga botella que contenía una sustancia rojo oscuro y lo miraba expectante, esperando su respuesta. Ron no tenía ni la menor idea de lo que es lo que le estaba ofreciendo, pero se acordó de las solemnes palabras de Percy.
"No debes rechazar lo que te ofrezcan, Ronald, sino quedarás como un mal agradecido. Se caballero y afírmate de los pocos modales que nuestra madre logró inmiscuirte "
—Sí, por favor— y se sintió aliviado por la mueca de satisfacción que se asomó tras el bigote del hombre.
—Este vino es importado desde Chile— comentó mientras terminaba de servirle en su copa. —Para mí son los chilenos los que exportan uno de los mejores vinos.
Ron no supo qué responder. ¿Tenía que decirle algo respecto al tema?, pero ¿cómo iba a hacer eso? Si recién se enteraba de que eso se llamaba vino. Entonces se acordó de los sabios consejos de George.
"Pues si no sabes que decir o responder, invéntate algo, que de seguro que caerán, o en el peor de los casos considerarán que tienes un buen sentido del humor"
Descartó esa idea inmediatamente.
Se hizo un breve silencio —en el que se vio desesperado por no haber sido capaz de seguirle el tema— que fue interrumpido por la llegada de la madre de Hermione desde la cocina. Traía una humeante bandeja con algo que informó que se llamaba pollo al romero.
—¿Te gusta el pollo, Ronald?— le preguntó la señora Granger mientras comenzaba a repartir las presas.
—Sí, mucho— respondió un poco aliviado por la pregunta, pero se percató de que estaba entregando respuestas muy cortas. Eso era malo, pensó, acordándose de nuevo de su hermanita.
—De hecho, en mi casa tenemos un corral. Como vivimos en una zona rural, mi madre se ha preocupado de…— dudó. Esa era sin dudas una frase demasiado larga. —Criar animales— terminó angustiado.
—¡Oh, qué bonito!— exclamó la mujer. —A mí siempre me han gustado los animales ¿qué otros más aparte de gallinas crían?
Ron se quedó pensativo. Eran solo gallinas, pero él lo había dicho en plural ¡Merlín! Eso podía costarle caro, muy caro y con la posible agudeza mental que seguramente tenían los padres de Hermione se darían cuenta inmediatamente de su error, porque a alguien debió de haber salido tan inteligente.
—Conejos, y una vez tuvimos una vaca…— respondió haciendo alusión a unos recuerdos de su temprana infancia.
Miró su plato de comida y casi se lanza a zampárselo todo, pero no lo hizo tras recordar las palabras que Charlie le había escrito desde Rumania.
"No es por nada, Ron, pero yo creo que es mejor que esperes a que el dueño de casa empiece a engullir, después tú"
Y eso hizo, mientras esperaba que una nueva ola de preguntas cayeran sobre él.
Hermione escuchaba muy atenta la conversación, y casi se le sale una risita cuando Ron habló de las ranas del estanque y del ghoul del ático por la cara de espanto que puso su madre, tras explicarle en qué consistía esa criatura.
—¿Y qué hicieron durante el día?— inquirió el señor Granger tras un minuto de silencio en el que devoraron parte de la cena.
—Fuimos al centro comercial— respondió rápidamente Hermione.
—¿Ah sí? ¿Y qué te pareció, Ronald? ¿Habías ido a alguno alguna vez?
Ron casi se atraganta por haber tragado demasiado rápido un pedazo de pollo, urgido por no hacerle esperar por la respuesta.
—No. Nunca había ido a uno— respondió apenas. —Si que el callejón Diagon creo que podría considerarse como eso— reflexionó.
—De seguro que viste la biblioteca— comentó la señora Granger con entusiasmo y Ron pensó que Hermione había heredado de ella su instinto traga-libros.
—Sí, la vi— le respondió un poco nervioso. Miró fugazmente al padre de Hermione y se percató de que él ya tenía la copa de vino vacía y que él no había bebido ni una sola gota. Sin pensarlo la tomó y le dio un sorbo.
No sabía si definir el sabor como muy asqueroso, o solo asqueroso. A su pesar continuó bebiendo, mientras que su paladar se acostumbraba al sabor. Ya no era tan malo.
—¿Y te gusta leer?
Ron se sintió incómodo con la pregunta. —No leo mucho— respondió, y estuvo seguro de que Hermione deseó abrir la boca y objetar de que sinceramente, él no leía nada más que lo necesario para hacer sus deberes. Sonrió para sus adentros.
—¿Y cómo que cosas lees cuando lo haces?
No supo que decir. Ni siquiera se sabía el nombre de un libro —que no sea de la escuela, claro— y casi se atraganta de nuevo cuando se acordó de los títulos de esos libros que tanto lo habían incomodado ese mismo día ¡cómo no olvidarlos! Estuvo seguro de que sus orejas se ruborizaron a más no poder porque ambos adultos lo miraron con mucha curiosidad y Hermione negó con la cabeza por lo bajo, mordiéndose el labio para no reír. Seguramente se había acordado de lo mismo. Nuevamente lo atacó esa maldita vergüenza.
¿Qué pensaría de él el señor Granger si se enteraba? ¡Merlín! Como mínimo que era un perturbado mental, un pervertido que lo único que quería era propasarse con su hija. ¡Por todos los magos! Ron nunca habían pensado todo ese tipo de cosas respecto a él… El nerviosismo que había ido desapareciendo con el transcurso de la hora lo atacó de lleno nuevamente.
Entonces su madre llegó al rescate.
"Ronald, de lo único de lo que te tienes que preocupar es de ser tú mismo y no fingir algo que no eres. Los padres de Hermione se darán cuenta tarde o temprano, tal como hicimos tu padre y yo, de que eres el chico para ella…"
Así que Ron decidió sincerarse al respecto y contarles de que realmente a él no le venían mucho esas cosas y para su gran sorpresa, el padre de Hermione reaccionó muy gratamente, comentando de que era muy bueno que su hija tuviera a alguien que la desconectara de su afán por sus estudios, porque hasta él mismo reconocía de que Hermione había estado realmente obsesionada durante un periodo de tiempo con lo referente a la escuela.
Así que no fue tan terrible después de todo. No le habían hecho preguntas difíciles ni ninguna de las cosas que su insegura y retorcida mente se había imaginado. Y eso era bueno ¡muy bueno! Entonces ¿podía decir que había pasado la prueba? ¿O a lo mejor los padres de Hermione ahora estaban comentando acerca del horrible fracaso que él podía llegar a ser? ¿del mal partido que era para su hija? ¡Merlín! ¿Y si era eso?
No, no podía ser eso, y menos cuando recibió —la noche antes de año nuevo— una de las tantas cartas de Hermione contándole acerca de que había escuchado clandestinamente una conversación de sus padres, en donde las frases como "un buen chico" o "me agrada" se habían hecho presentes.
Esa tarde, cada uno por su lado y sin ponerse de acuerdo en lo más mínimo, ambos hicieron una pausa en su ajetreada vida familiar y se fijaron en el curioso paisaje que se les regalaba; el espeso manto de nubes que los había acompañado durante toda la semana se había disuelto en el cielo de manera muy particular, dejando entre ver los últimos rayos del sol del año que desde mañana, quedaría en el olvido.
Esos serían los últimos vestigios de luz del año más oscuro que había enfrentado la comunidad mágica; un año que había visto estallar la guerra, llevándose consigo almas inocentes a cambio de tristeza y desesperanza, pero eso paulatinamente quedaría atrás, sí, y Hermione estaba segura de ello, ¿cómo no estarlo mientras contemplaba como el sol se ocultaba y revelaba el oscuro firmamento?
Era un espectáculo digno de contemplar y analizar, pero ella estaba demasiado feliz por todo como para relacionarlo íntimamente con su propia vida —como solía hacer con esta clase de cosas— y entender que después del día viene la noche, y de la noche viene día. Que tras el crepúsculo se encierra una de las mejores y peores lecciones de la vida. Que ese paisaje posiblemente algo le gritaba.
Suspiró.
Ron se dispuso a atender el llamado de su madre para poner la mesa y alistarse a celebrar el nuevo año, pero no se movió sin antes de echar una última ojeada por la ventana.
Sonrió aliviado. El sol ya se escondía y ya todo estaba bien. Sí, estaba bien. Tenía que admitir que se había estado preocupando demasiado por posibles obstáculos que podrían aparecer e impedir que sus anhelos tomen fuerza en su vida, o impedir que su familia, sus amigos y su relación con Hermione —esta última con una especial importancia— despegaran, pero en ese momento comprendió al menos, que esos obstáculos no podían ser más importantes que todas las cosas que ya habían superado.
Ni si quiera pensó en que el mayor riesgo al que de verdad debía temerle seguía latente muy cerca de él, al asecho, exactamente en su interior.
¡GRACIAS!
