ALIVIO

Por Catumy

Capítulo 10.

Inuyasha clavaba su afilada mirada sobre la nuca de Kagome mientras ella preparaba su mochila amarilla para viajar de regreso al Sengoku. De hecho, el hanyou llevaba todo el día mirándola fijamente, atento a cualquiera de sus movimientos. Casi podría asegurar que llevaba sin parpadear un par de horas. De vez en cuando, ella le preguntaba si se encontraba bien, a lo que él respondía con un gruñido. Kagome volvió a suspirar por enésima vez en lo que llevaba de día y él supo que se mordía la lengua por no mandarle al suelo.

La vio revisar una vez más el contenido de su mochila y añadir su bolsa de aseo y varios libros de texto. Cuando hubo terminado se giró hacia el hanyou con una sonrisa forzada en la cara.

- ¡Listo! Ya podemos irnos. – anunció.

Una venita le palpitaba en la sien, harta de ese tenso silencio por parte de Inuyasha. Afortunadamente, en cuestión de minutos viajarían al pasado donde el hanyou podría mantenerse lo suficientemente ocupado como para perderlo de vista por un rato.

Inuyasha se levantó del suelo a recoger la mochila amarilla para después cargársela a la espalda. No podía permitir que Kagome volviera a lastimarse la espalda. Luego continuó mirándola fijamente, hasta que ella no pudo soportarlo más y estalló.

- ¡Deja de mirarme! – lo acusó, enfrentándose a él de frente.

- ¡No estoy mirando! – se defendió él, apartando la mirada y maldiciendo mentalmente por la perspicacia de ella.

- ¡Claro que sí! – Contraatacó la joven sacerdotisa – ¡Llevas haciéndolo desde esta mañana! ¿Qué te pasa?

Inuyasha se cruzó de brazos, fastidiado. De acuerdo, puede que no hubiera sido lo suficiente disimulado mirando a Kagome y buscando en su cuerpo alguna señal, lo que fuera, que le indicara que había tenido algún tipo de contacto con hombres y erecciones matutinas. Pero nada. Ella parecía tan normal como siempre.

Sin embargo, no lograba sacarse de la cabeza la conversación de esa mañana, cuando ella le había hablado de "muchos chicos".

- Inuyasha – lo llamó ella al ver que no le respondía.

- ¡Déjame!

Hizo el gesto para darle la espalda pero Kagome se lo impidió, sosteniéndolo por el hombro y obligándole a que la mirara. La mochila cayó al suelo pesadamente pero ninguno se movió. La mano femenina seguía prendida de las ropas de Inuyasha, a la altura de su hombro. Su mirada oscura se mantenía firme sobre los ojos dorados de su compañero.

- ¿Qué es lo que ocurre, Inuyasha?

El sonido de su nombre, pronunciado suavemente, fue casi como una caricia para él. Fue a respirar hondo para darse ánimos y sus pulmones se llenaron del aroma fresco de Kagome, una mezcla de frutas y flores combinadas con la esencia única de su piel. También pudo notar ciertos trazos de su propio olor, sin duda posado sobre ella tras haber pasado la noche en la misma cama. Ni rastro del olor de otro macho. Solo el aroma de ellos dos. Cerró los ojos, aliviado. Reprimió una sonrisa de satisfacción.

- No ocurre nada Kagome – habló flojito, manteniendo los ojos cerrados como si estuviera muy relajado de pronto – Todo está bien.

- No es cierto – lo contradijo ella, moviendo sus manos hasta posarlas sobre los brazos cruzados de Inuyasha – Hay algo que no está bien… pero no quieres decírmelo.

Él abrió los ojos de golpe, preocupado por el tono triste de la voz de la muchacha. Se encontró con un velo de preocupación en la mirada de Kagome que no esperaba. ¿Qué demonios le pasaba a esa mujer? ¿No iría a ponerse a llorar? Tragó cuando los dedos de ella se aferraron a la tosca tela de su haori.

- Creí que querías que te tuviera más confianza – agachó la cabeza de modo que su flequillo le ocultó casi media cara, haciendo imposible que el hanyou viera su expresión. – Pero tú no confías en mí.

Kagome aflojó su agarre sobre el haori de rata de fuego. Con un suspiro trató de alejarse, pero él no se lo permitió. Sus garras se movieron a la velocidad de la luz, aferrándose a las mangas del uniforme de Kagome, obligándola a permanecer a su lado.

- ¡No es eso! – Kagome se revolvió en su agarre, tratando de separarse, pero él se lo impidió atrayéndola casi con rudeza sobre su pecho – Kagome, no es eso.

Ella se quedó en silencio, la nariz enterrada en los pliegues de las ropas de Inuyasha. Él la sostuvo junto a su cuerpo, también sin decir nada. Solo se escuchaba el tic-tac del reloj de la mesilla de noche.

Kagome bajó los hombros, agotada por la tensión que había entre ellos desde hacía varias semanas. Sin pensarlo demasiado, dejó que sus manos se apoyaran suavemente en el tórax masculino y se concentró en el latido que sentía bajo su palma. Los dedos de Inuyasha acariciaron con suavidad sus cabellos y ella se relajó aún más, colocando su mejilla en el centro del pecho del hanyou, sobre su esternón. Le pareció que el latido de su compañero se aceleraba ligeramente y sus pensamientos se perdieron en ese hecho.

Él, por su parte, hundió su nariz entre los cabellos de la joven, incapaz de separarse de ella. Una de sus manos seguía enredada entre los ligeros rizos de Kagome, mientras que la otra rodeaba su espalda. La sentía pequeña y frágil entre sus brazos, como una ramita que pudiera romper con facilidad. Kagome se movió ligeramente, ajustando la forma en la que se acurrucaba entre sus brazos, y él se estremeció involuntariamente. Rezó porque ella no lo hubiera notado.

- ¿Inuyasha? – Lo llamó ella - ¿Qué te preocupa?

Pensó en qué decirle. No había forma de que "Kagome, cuéntame qué sabes sobre erecciones" sonara bien. Probablemente ella lo machacara contra el suelo si se le ocurriera soltarle algo como eso. Tampoco podía exigirle que le diera una lista con todos los machos que se habían acercado a ella con intenciones de tipo sexual para rastrearlos y despellejarlos. No mientras tuviera algo de aprecio a su propia vida. Después de todo, conocía de primera mano lo peligrosa que podía llegar a ser la sacerdotisa del futuro.

Pero ella esperaba una respuesta.

Tomó aire para armarse de valor. Apretó ligeramente el agarre que mantenía sobre la joven y cuando iba a empezar a hablar, el ruido de alguien abriendo la puerta le obligó a soltar a Kagome como si le quemara. Ella dio un traspiés, sobresaltada por el brusco gesto del hanyou. Luego se dio cuenta de que no estaban solos en la habitación y toda la sangre le subió a las mejillas.

- ¡Hermanita! – Chilló Souta con su voz infantil – Tienes una llamada, es Shinnosuke.

Un aura asesina cubrió a Inuyasha en cuanto escuchó el nombre del bastardo al que debería haber arrancado la cabeza. Apretó los dientes e incluso sintió que las garras le crecían unos milímetros. Levantó la mochila del suelo y apretó el asa con fuerza cuando Kagome salió corriendo escaleras abajo, impaciente por salir de allí. Estaba a punto de invocar a todos los demonios del infierno cuando se percató de que Souta seguía a su lado, mirándolo con estrellas en los ojos.

- ¿Vais a volver pronto? – Preguntó el niño, ilusionado – Mamá va a comprarme un nuevo videojuego y quiero jugar contigo.

- No lo sé – gruñó Inuyasha, mientras su atención se desviaba a intentar captar la conversación de Kagome por ese extraño aparato que llamaban 'teléfono'.

- Le diré a Shinnosuke que cite a Kagome cuanto antes, para que podáis regresar pronto ¿no sería genial?

De inmediato, Inuyasha volvió toda su atención al mocoso que tenía delante.

- ¿Le conoces? – preguntó, mientras un tic se apoderaba de su ceja derecha.

- ¿A Shinnosuke? Es amigo de la familia.

A Inuyasha se le revolvieron las tripas al volver a escuchar el nombre del humano. Maldijo para sus adentros, debería haberlo matado cuando tuvo la oportunidad.

- ¿Cómo lo conoció Kagome? – su mandíbula estaba tensa y los nudillos casi blancos de tanto que apretaba los puños, pero Souta no se dio cuenta del detalle.

- Mamá la llevó cuando Kagome entró en el equipo de…

- ¡¿Tu madre?! – cualquier explicación que Souta quisiera darle quedó interrumpida por el grito de sorpresa de Inuyasha ¿La señora Higurashi también?

- Desde que papá murió, mamá ha estado trabajando muy duro para cuidarnos. Y de vez en cuando lo visita para relajarse – explicó el niño con total naturalidad.

Inuyasha no daba crédito a lo que acababa de escuchar. De acuerdo, podía entender que una mujer viuda y joven tuviera ciertas… necesidades. Pero ¿llevar a su hija adolescente a conocer a un hombre? ¿A ese tipo de hombre? ¿Tan enferma estaba la sociedad donde vivía Kagome?

Esta vez el esfuerzo que tuvo que hacer para no ponerse a gritar fue titánico. Se quedó quieto unos segundos, tratando de asimilar el exceso de información recibida. De pronto, sus ojos se llenaron de determinación. Iba a acabar con ese estúpido humano así fuera lo último que hiciera en la vida.

-.-.-.-.-

El viaje hasta el Sengoku fue tenso. Inuyasha trataba de contener la necesidad de pedirle explicaciones a su compañera mientras que ella se preguntaba acerca del extraño comportamiento del hanyou. Saltaron al interior del Pozo sin apenas rozarse, cuando habitualmente aprovechaban ese lapso de tiempo para tomarse de las manos, o bien él pasaba un brazo por encima del hombro de la joven, o bien ella se acurrucaba contra el pecho masculino, temiendo quizás ser separados por una fuerza desconocida.

Nada de eso ocurrió en el viaje.

En lo que dura un parpadeo se encontraron 500 años atrás en el tiempo, con un cielo azul brillante sobre sus cabezas. El aire era tan fresco que incluso Kagome era capaz de notar, desde el fondo del Pozo, la diferencia con el aire viciado de la ciudad. Iba a inspirar con fuerza para llenar sus pulmones del aroma a naturaleza del Sengoku cuando, de pronto, se encontró olfateando el hueco del cuello de Inuyasha cuando éste se acercó para rodearla por la cintura antes de saltar hacia el exterior. El olor del hanyou, profundamente masculino, la transportó involuntariamente a esa misma mañana, al momento exacto en que él había apretado su cuerpo dormido contra su espalda.

Inuyasha notó el suave roce de la nariz de la joven sacerdotisa contra su cuello, casi como el aleteo de una mariposa, y sintió que una corriente eléctrica recorría su columna vertebral. ¿Kagome lo estaba oliendo? ¿A él? Se apartó un paso instintivamente después de aterrizar en la superficie y descubrió que las mejillas femeninas estaban sonrojadas. Pero no de forma sutil o delicada, no. La cara de Kagome parecía un tomate maduro.

- ¿Estás bien? – no pudo resistirse a preguntar, preocupado. ¿Y si volvía a tener fiebre? Quizás la había presionado demasiado con la idea de volver al Sengoku.

Ella desvió la mirada y asintió vigorosamente con la cabeza, al tiempo que trataba de disimular mirando a su alrededor como si hiciera años que no visitaba el pasado, en lugar de unas pocas semanas. Tenía ganas de golpearse la cabeza contra el tronco del Goshimboku. ¡Inuyasha acababa de atraparla teniendo pensamientos picantes! ¡Pensamientos picantes sobre él!

- ¡Kagome! ¡Inuyasha! – una voz aguda, de niño, los sacó a ambos de sus pensamientos - ¡Habéis regresado!

Pronto, Kagome se encontró con un pequeño zorro demonio que se abrazaba a su cuello. Le correspondió el abrazo, sinceramente agradecida por la interrupción. Avergonzada, dedicó toda su atención a Shippo, preguntándole como había estado todo el tiempo que ella había permanecido en su propio tiempo. Sin embargo, apenas escuchó la respuesta del pequeño, ya que no pudo evitar que su mirada se dirigiera a la espalda del hanyou mientras éste se alejaba de ellos, en dirección a la aldea.

CONTINUARÁ