#Ayuda#

Asmita no se sentía bien.

Había empezado a encontrarse débil y con dolor de cabeza al mediodía, pero su tozudez no había permitido que lo compartiera con ninguna de las personas que siempre le rodeaban en el centro en el que acudía cada día. Se lo había guardado para él, como si el estúpido hecho de no expresarlo fuera suficiente para hacer desaparecer su malestar. Asmita sabía que la enfermedad que se cebaba con él desde hacía muchos años, aunque no fuera detectada desde hacía relativamente poco tiempo, podía dar muestras de su existencia en cualquier momento, y éso era algo que ridículamente se negaba a aceptar. No deseaba que la diabetes dominara su insípida vida, pero la sombra de una crisis había empezado a planar sobre él, haciendo que su temor a sufrirla de nuevo desechara esa opción drásticamente. Hacía meses que no padecía una, y no podía ocurrir precisamente ahora, cuando al fin disfrutaba de una merecida libertad hospitalaria encerrado entre las cuatro paredes que se habían convertido en su casa.

Seguramente su malestar sería consecuencia de haber comido algún tipo de alimento que no le había sentado bien. O éso se había propuesto creer.

Pero una crisis de hipoglucemia, no. Simplemente no podía tener lugar.

La absurda negación a aceptar su realidad le había conducido a no controlarse el nivel de glucosa una vez hubo llegado a su piso y Defteros se hubo marchado. No siguiendo las estrictas normas de alimentación que requería su peculiar situación, no se alimentó adecuadamente, menos aún valoró la opción de ingerir azúcar frente a las evidentes muestras que el cuerpo le mandaba sin cesar de su desajuste, y decidió irse a dormir confiando en pasar el mal rato con una buena dosis de descanso y sueño.

Mintiéndose a sí mismo. Sucumbiendo a su temor e intentando ahogarlo con frágiles mentiras que no engañaban a nadie más que a él.

Pero por mucho control mental que presumiera tener, la indisposición se había vuelto más aguda. Más espesa. Una capa de sudor frío hacía rato que se había otorgado el derecho de cubrir su piel, y el largo cabello rubio había empezado a humedecerse rápidamente, pegándose en su rostro y en su cuello. La respiración ya se apreciaba agitada, y un irreflexivo impulso le alzó de la cama, no sin cierta dificultad, y le dirigió hacia la cocina en busca de algo que le aliviara la quemazón que recorría su cuerpo.

Algo insulso. Insuficiente. Carente de lo que realmente necesitaba y que absurdamente se negaba a afrontar.

Con pasos torpes alcanzó el armario dónde guardaba la poca vajilla que tenía, pero un intenso e inesperado mareo empezó a apoderarse de él, justo cuando la temblorosa mano luchaba en su propio mundo de sombras para hacerse con uno de los vasos que dormían en el escurridor de encima el fregadero. La sensación de mareo se intensificó de repente, instalándole un ensordecedor zumbido en los oídos y una flojera de piernas que les robó la fuerza de un plumazo, provocando que inconscientemente se asiera al escurridor, arrancándolo de la castigada pared y recibiendo sobre él una cascada de vasos y platos que se precipitaron al suelo en medio de un enorme estruendo. Estallando en mil pedazos. El escurridor le golpeó la frente y sus piernas se rindieron, haciendo que sus rodillas fueran a dar de lleno en el mar de hambrientos cristales que se atrevieron a probar su piel.

La cabeza le daba terribles vueltas, y la fuerza de sus extremidades había desaparecido por completo. El frío sudor ya se había encargado de empapar las livianas ropas que cubrían su cuerpo y ya no podía obviar la necesidad de administrarse urgentemente la medicación que le salvaría de ese estado. El sembrado de cristales le había dejado cercado en el suelo de la cocina, con la impotencia recorriendo sus venas y el terror rapeando por su mente. Una sensación de caliente viscosidad acariciaba su rostro, y las piernas y las manos latían con la sensación de saberse impregnadas de algo con olor a hierro.

Luchando para despejar una mente que cada vez estaba más apagada se incorporó con esfuerzo, agarrándose al borde de la encimera. Debía llegar al salón dónde estaba el maldito estuche con la odiada aguja que le proporcionaría la salvación, pero llegar hacia allí era simplemente una quimera. El mar de cristales se presentaba amenazante a su alrededor, y la incapacidad de sus ojos para ver más allá de su propia oscuridad le mantenían prisionero en el limbo de su propia estupidez. Con un inútil intento de su pie intentó apartar los cristales que se esparcían frente a él, arrastrándolo por el suelo para despejar un camino que no tenía fuerzas de cruzar.

La medicación empezaba a ser demasiado vital, y la imposibilidad de llegar a ella demasiado perturbadora. El sudor que recorría su rostro se mezclaba con la sangre que emanaba de la brecha en su cabeza, y las salinas gotas teñidas de rojo iban cayendo sobre las mojadas telas que cubrían su agitado torso. Todo el cuerpo le temblaba, y las rodillas estaban perdiendo la fuerza de nuevo.

Sólo le quedaba una opción.

Una opción que no había querido valorar, pero que en ese momento era la única que se presentaba en su mente.

Defteros.

Antes que las rodillas abandonaran su lucha definitivamente, la mano acarició la superficie de la encimera en busca del teléfono que siempre descansaba allí. Con temblores en los dedos lo agarró, y usó las últimas ráfagas de lucidez para marcar un número que había memorizado días atrás, y que nunca se había propuesto usar.

##

En el local de ensayo el ambiente se respiraba denso y viciado. El relajante natural que Manigoldo había traído para todos hacía rato que había robado la clarividencia a los presentes, y la presencia de la cerveza colaboraba a intensificar más sus efectos. Radamanthys y Pandora se habían hecho un lugar en el sillón que raramente cumplía su función. Defteros y Manigoldo estaban sentados en el suelo, con la espalda contra la pared y dando cuenta de la enésima cerveza de la noche. Kagaho era el único que parecía un poco lúcido, y no porqué en realidad lo estuviera, sino simplemente porqué lo disimulaba mejor que los demás. Con parsimonia había empezado a desmontar la batería, abstrayéndose del resto del grupo, como solía hacer a menudo. Radamanthys le echó una mirada de reojo, y reparando en sus acciones, se dirigió a los demás.

- Chicos...mañana deberíamos encontrarnos a primera hora de la tarde para llevar todos los aparatos e instrumentos al Revel's...- Dijo, arrastrando las sílabas y sin poder abrir mucho su peculiar amarillenta mirada, ahora más rojiza que otra cosa.

- Dirás hoy...¿no?- Replicó Pandora, que lucía un estado similar al de Radamanthys...- Ya estamos a mañana...

- Oye...- Dijo Manigoldo, haciendo que su hombro chocara contra el de Defteros para así llamarle la atención.- ¿Por qué no le pides el coche a tu hermano para poder llevar los trastos?

- Nah...éso ni lo sueñes...- Replicó Defteros, sin mirar a Manigoldo...ni a nadie.- No me lo dejaría...

- ¡Joder! ¡Pues ya se podría enrollar un poco de vez en cuando!- Exclamó Manigoldo.

- ¿Y qué esperas? No le caéis bien... Además...no pretendas que me deje el coche para hacer algo que él considera una mierda...- Defteros había vuelto el rostro para observar a Manigoldo.- ¿Por qué no le pides tú la furgo al viejo Sage?

- Ya le pedí que nos hiciera un hueco en su pub mañana...¡No puedo andar pidiéndole de todo!

- ¡Pero si es tu vecino!- Replicó Radamanthys.- Un favor más ya no se va a notar...

- Bueno...está bien...le pediré la furgo...Pero cuando mañana el pub no lo tenga lleno por nuestra culpa se cobrará sus servicios de alguna manera. No le conocéis como yo...es un viejo tocapelotas... ¡Avisados quedáis!

- Nos va a salir de puta madre...ya lo veréis...- Dijo Defteros, levantándose del suelo con pesadez para ir en busca de su tabaco de liar.

Radamanthys, Pandora y Manigoldo se habían sumido en una conversación sin sentido mientras Defteros se acercaba a Kagaho para rebuscar el tabaco en los bolsillos de su chaqueta, que durante toda la velada había estado olvidada detrás de la batería. Con aire distraído sacó el móvil de uno de los bolsillos, e instintivamente lo desbloqueó para saber qué hora transcurría. Rápidamente su expresión se transformó, arrugando su ceño y achicando los ojos para enfocar mejor el nombre aparecido en la pantalla que delataba una llamada perdida realizada ya pasada la media noche.

- ¿Qué ocurre?.- Preguntó Kagaho, que no había perdido detalle de los cambios que en un instante había sufrido su semblante.

- Tengo una llamada de Asmita...

Kagaho tuvo que hacer memoria durante unos segundos para descifrar dónde había escuchado ese extraño nombre y por qué.

- Ah...es el chico del que me hablaste antes...¿no?- Dijo, después de haber hecho una búsqueda rápida de la información que guardaba su mente.

- Sí...pero no entiendo por qué me ha llamado...a no ser que...- Defteros estaba haciendo grandes esfuerzos para clarificar una mente que se había embriagado con demasiadas sustancias inhibidoras del dolor.- A no ser que...

- ¿Qué?- Insistió Kagaho, contagiándose del misterio que rodeaba a Defteros y su falta de palabras claras.

- Esta tarde hacía mala cara, aunque se negaba a decirme qué le pasaba...

- Puede que haya tenido algún problema, entonces...- Kagaho había recuperado la sobriedad en su inmortal seriedad, y miró atentamente a Defteros, que le devolvió la mirada, interrogándole en silencio. Esperando que le diera alguna sensata señal de lo que sería mejor hacer.- Deberías ir...

- Pero si son las dos de la madrugada...¿Cómo me presento a casa de alguien a éstas horas?

- A ver...¿sabes si este muchacho tiene alguien más a quién recurrir en caso que se encuentre en problemas?

Defteros reflexionó durante unos segundos, que aprovechó para frotarse los ojos con los dedos pulgar e índice de su mano con un pequeño intento de esclarecer su visión. Seguidamente buscó enfocar a Kagaho, que seguía desmontando los platillos con controlada destreza mientras le miraba esperando una repuesta a su pregunta.

- No...por lo poco que se ha dejado conocer...creo que no se relaciona con nadie.

- Entonces ve.- Concluyó. Defteros asintió en silencio, olvidándose del cigarrillo que había previsto liarse y enfundándose la chaqueta.- Además...conociéndote, seguro que no te quedas tranquilo si no sabes por qué te ha llamado.

- Tienes razón...- Su rostro parecía haber recuperado parte de la compostura perdida a lo largo de la noche, y una extraña preocupación había empezado a recorrerle los sentidos, liberándolos del suave abrazo del olvido y devolviéndolos a la gris realidad.- Nos vemos mañaña.- Dijo, chocando su mano con la de Kagaho, que le brindó una leve sonrisa en respuesta.

Abrochándose la cremallera hasta el cuello, Defteros se despidió de los demás después de haber acordado la hora de encontrarse para llevar a cabo el traslado de todo lo necesario para su gran noche. Armándose de fuerzas, alzó la persiana que celosamente guardaba su mundo de sueños, y se adentró en la solitaria negrura de la noche.

##

Las ráfagas de aire que peinaban la madrugada ayudaron celestialmente a limpiar del todo los sentidos de Defteros, que andaba por las desiertas calles con pasos decididos, haciéndose mil y una cábalas del por qué esa llamada de Asmita, cuando él siempre se había mostrado terco, distante y cerrado a cal y canto.

No demoró más de veinte minutos en llegar al domicilio de Asmita, y su primer impulso fue accionar el interfono, pero la idea fue rechazada rápidamente, y con un incomprensible nerviosismo dominando su mano, rebuscó las llaves que le abrirían ese misterio.

Una vez cruzado el vestíbulo del edificio y plantado frente a la puerta sí que tocó el timbre un par de veces, esperando escuchar la voz de Asmita al otro lado, pero nada surgía de detrás de esos muros tan fríos y solitarios como lo era el aura de quién cobijaban. Y éso no le gustó. Para nada. Hubiera preferido recibir los ataques de la voz de Asmita maldiciéndole por su nocturna visita en vez de escuchar únicamente un ensordecedor silencio.

Definitivamente, algo no iba bien.

Sin demorarse más introdujo la llave y abrió, adentrándose con decisión y prendiendo la luz que por fortuna había decidido hacer llegar a esa casa.

- ¿Asmita?...¿Estás aquí?

Sus ojos recorrían el salón, hallándolo igual de solitario como lo había dejado esa misma mañana, buscando alguna señal que le indicara si Asmita se encontraba ahí o no.

- ¿Asmita? Soy yo...Defteros...

Un leve ruido de cristales de repente acudió a sus oídos, y rápidamente volvió su rostro hacia la cocina, apresurándose hacia allí. Sin dudar también prendió la luz, y la visión que absorbieron sus ojos le dejaron helado por un instante.

Asmita se encontraba sentado en el suelo, rodeado de cristales, bañado en sudor y sangre y en un estado semi inconsciente que le despertó todas las alarmas.

- ¡Asmita! ¡¿Qué te ocurre?!

Sus pasos no dudaron en acercarse hacia él, sin importar si pisaba los cristales que se extendían por doquier, agachándose frente a Asmita, que abrió los ojos levemente, como si intentara ver quién se movía a su alrededor.

- Asmita ¡Dime algo!- Exclamó Defteros, propinándole suaves golpes en su mejilla para intentar sacarlo de ese limbo del ser y del no estar.- ¿Qué te pasa?...¡Joder, dime algo!- Su mano viajó hasta la frente de Asmita, y apartó unos mechones de cabello ensangrentado para ver de dónde carajo fluía la sangre que le manchaba el rostro y las ropas que le cubrían.

La voz de Defteros había conseguido llegar a los oídos de Asmita, que al saberse acompañado recuperó unas mínimas fuerzas que le permitieron alzar una mano y posarla sobre el brazo de Defteros, el cuál deslizó sus manos hacia los hombros de Asmita, zarandeándolo levemente mientras repetía sin cesar su nombre y demandaba con urgencia qué narices debía hacer.

- El...el...

- ¡¿El qué?! Dime...¡¿el qué?!- Exclamó Defteros, completamente prisionero de unos nervios que alimentaban sin cesar su sensación de impotencia.

- El...estuche...- Atinó a susurrar Asmita, luchando para señalar una dirección a las espaldas de Defteros.

Defteros dedujo al instante a qué se refería, y sin vacilar se alzó y fue hacia el salón, dónde ubicó dicho estuche sobre la mesa. De una arrebolada se quitó la chaqueta y la lanzó al aire, sin importarle en absoluto dónde había caído, y abrió el estuche que esa misma mañana se había atrevido a curiosear. Allí había varias ampollas con líquidos, y un par de agujas con forma de bolígrafo que servían para inyectar la medicación.

Con el objeto en sus manos volvió sobre sus pasos, y se agachó de nuevo frente a Asmita, que seguía con los ojos entrecerrados y la respiración pesada.

- Ya lo tengo. ¿Qué debo hacer?- Preguntó con impaciencia.

- Inyectar...la...

Las palabras agonizaban en los labios de Asmita, y Defteros se estaba desesperando por momentos.

- ¿Inyectar qué? Hay distintas ampollas, Asmita...¡Dime cuál!

Asmita volvió a alzar la mano, tanteando el aire en busca de encontrar las de Defteros, que instintivamente las acercó, con el estuche en ellas, hasta hacer contacto. Una vez Asmita reconoció lo que Defteros tenía entre manos, palpó las ampollas con dificultad debido a los temblores, examinando con su tacto el tapón de cada una de ellas, el cuál tenía distinta forma según la medicación que contenían, hasta que dio con la imprescindible en ese momento, tratando de arrancarla de su sujeción. Defteros se fijó en ese detalle, y rápidamente se encargó él mismo de sacarla de allí y leer el nombre del contenido.

- ¿Glucagon? ¿Es ésto lo que necesitas? ¿Glucagon?- Preguntó con ansiedad, cerciorándose de no equivocarse con la medicación.

- Sí...déjame...hacerlo a mí...

- ¡Y una mierda! ¡Lo haré yo!- Sentenció Defteros, agarrando la aguja y acoplando la ampolla en ella con una destreza que Asmita no vio. El ceño de Asmita se frunció, y Defteros leyó en esa línea de expresión su temor a que no supiera cómo hacerlo.- Tranquilo...sé cómo se hace...

Defteros montó la dosis en un santiamén, y comprobó a la luz de la estancia que la pequeña aguja no estaba obstruida, dejando escapar un par de gotas. Sin darle tiempo a Asmita a que emitiera algún sonido más cómo réplica, le alzó las ropas que cubrían su cuerpo, descubriendo su sudado vientre.

- ¿En la barriga va bien?.- Asmita se limitó asentir, cerrando sus ojos deseando que la necesitada química emperzara a reajustar un cuerpo que había castigado estúpidamente.- Vale...pues respira hondo.

Un profundo suspiro llenó los pulmones de Asmita al tiempo que Defteros clavaba la aguja en su barriga y accionaba el administrador con el dedo pulgar.

- Ya está...- Dijo Defteros, retirando la aguja.

Asmita volvió a suspirar, y cerrando los ojos ladeó su rostro, alarmando a Defteros.

- Eh, eh...no te duermas, chaval. Voy a llamar a un médico ¿de acuerdo? Necesitas que alguien te vea.

Las palabras "llamar" y "médico" hicieron que Asmita abriera los ojos de golpe y que inútilmente intentara ver al hombre que tenía aún agachado frente a sí. Un inmenso terror le embargó por completo, y sus manos buscaron por tercera vez hacer contacto con Defteros, hasta que consiguieron hallar su brazos, cerrándose con las pocas fuerzas que tenían alrededor de sus muñecas.

- No...

- ¡Pero alguien debe verte! Acabas de sufrir un ataque de no sé qué, y tienes cortes en la cabeza y otras partes...

- No...por favor...

Defteros buscó la apagada mirada de Asmita, que extrañamente parecía haberse fijado en la suya propia, transmitiéndole una profunda y silenciosa demanda.

- ¡Yo no entiendo de ésto, Asmita!

- Un médico no...Defteros...por favor...

La débil voz de Asmita transmitió un ruego que Defteros no fue capaz de eludir.

Y su nombre pronunciado como una súplica fue la rendición a la temeraria petición.

#Continuará#


¡Gracias a todos!

Tincho, a veces me haces subir los colores :). Te agradezco tu fidelidad.

¡Saludos, y os espero en el próximo!