Hola queridos lectores!

Love is in the air, yo solo lo digo. Como algunos habéis ido diciendo en vuestras geniales, estupendas y maravillosas reviews aumenta la interacción SwanQueen adulta (que no necesariamente para adultos, por favor, que hay niños presentes xD).

Os tengo que avisar de una cosa. Se acercan los exámenes y ya estoy en ese momento en el que tendría que ponerme a estudiar sin pensar en más historias, pero como he comentado alguna vez, mis musas odian estudiar o algo, porque en exámenes es cuando más ideas se me ocurren, sobre todo, las ideas más locas. (Podéis seguir el nivel de estrés midiéndolo por mi nivel de locura). Ese es el origen del one-shot que colgué el otro día "La Decisión de la Reina" que está hecho para reírse, pero ahora estoy trabajando en algo mejor, no hago spoilers, ya os diré, estoy muy emocionada con mis musas (no tanto con mis exámenes)

Y como siempre, muchas gracias por las reviews y comentarios. Espero que os guste :)

CAPÍTULO 10

Mirándolo con perspectiva, fue un error dejar que la pequeña Emma viera tantas películas Disney. Pero, por aquel entonces, no lo sabía y las películas representaban una buena distracción cuando tenía que terminar algunos documentos del trabajo o Emma estaba demasiado excitada por algo nuevo.

Siempre vendría a mi despacho corriendo, mostrándome un nuevo dibujo y hablándome sobre el nuevo juego que Henry había inventado para que jugaran los dos solos. Cuanto más tiempo pasaba sin que la pequeña Emma desapareciese y sin que nadie encontrara la manera de enviarla a su momento en el tiempo, más fácil era hacerse la ilusión de que era una niña normal, una hermana para Henry y una hija para mí.

Incluso, me había acostumbrado a pasar mis veladas en compañía de la señorita Swan. Se había establecido cierta rutina, en la que la que ella nos traía la comida a la niña y a mí en la oficina. Luego yo llegaría a casa primero, porque ser la alcaldesa tiene ciertas ventajas, y prepararía la cena para los cuatro. Hablaríamos de todo y de nada, de lo que habíamos hecho aquel día. La pequeña Emma les contaría emocionada las nuevas leyes que había promulgado como ayudante de alcaldesa (título que le había otorgado tras varios días ayudándome). Normalmente serían cosas como decretar helado gratis para toda la ciudad o hacer obligatorios los cuentos de caballeros y reinas antes de irse a dormir.

Después, la Sheriff insistiría en lavar los platos, yo le diría que no era necesario, pero le dejaría hacerlo porque, sinceramente, fui una reina, no me encanta lavar platos. Y acabaríamos los cuatro en el salón peleando por la película que veríamos.

Aquella noche tan solo hubo un pequeño detalle distinto. Normalmente, la pequeña Emma se sentaría conmigo para abrazarme como el pequeño koala que debió ser en otra vida, y Henry ocuparía el sofá adyacente con su otra madre.

Aquella noche, sin embargo, los niños se fueron corriendo al salón antes de que termináramos de recoger la cocina.

- ¿Tú sabes lo que están tramando esos dos?- Me dijo la Sheriff.

- Ni idea. Pero creo que podemos y debemos asustarnos.

- Tienes razón. – Me fijé en la manera en que Emma secaba el mismo plato tan fuertemente que estaba a punto de hacerlo brillar.

- ¿Te ocurre algo?

- No… nada… es que. Tengo una cosa para ti.

Emma se acercó a su chaqueta y vino con un paquete rectangular envuelto.

- ¿Y esto…? – Comencé a deshacer el embalaje. Mis palabras se detuvieron en cuanto lo vi.

Era el dibujo de la pequeña Emma que la Sheriff se había llevado, solo que me lo había devuelto colocado en un precioso marco verde con mariposas.

- Es… vaya – traté de hablar sin éxito. – pensaba que te lo ibas a quedar.

- No. La renacuaja lo hizo para ti. Solo quería que quedase bonito. Al fin y al cabo, es el primer dibujo de nuestra familia al completo.

Miré a Emma sorprendida, pero ella se sonrojó y salió disparada al salón. En cuanto desapareció de la cocina volví a mirar el dibujo. El primer dibujo de nuestra familia. Sonreí mientras repasaba con los dedos los cuatro rostros sonrientes. Mi familia.

Me dirigí al salón, dejando el marco en la mesa de la entrada y, entonces, vi algo extraño. Henry y la pequeña Emma estaban sentados juntos en mi sofá y con un DVD en la mano. La Emma mayor estaba parada de pie, tan confundida como yo.

- Venga, vega, sentaros – Apremió la niña– Henry me ha traído una película nueva.

- ¿No os habéis confundido?- Repliqué ante la perspectiva de sentarme con la Emma adulta.

- Es que hoy quiero sentarme con Henry. No te enfadas, ¿verdad, Regina?- Hubiera preferido sentarme con cualquiera de aquellos dos mequetrefes o sola, cualquier cosa era mejor que sentarme con la Sheriff. Y no sé por qué, porque nuestra relación había mejorado, pero había algo en su cercanía, en el tacto de su piel, en su mera presencia, que todavía me mantenía intranquila. Pero la pequeña Emma estaba tan triste ante la sola idea de que me enfadara.

- No, claro, cielo. No nos importa, ¿verdad?

- Para nada.

La tristeza de la niña desapareció tan rápido como había aparecido, sustituida por una gran sonrisa. No sabía qué tramaban aquellos dos diablillos, pero no me gustó nada las miradas y las sonrisas que compartían mientras la señorita Swan y yo nos sentábamos lo más alejadas posibles en el pequeño sofá.

Por más que, inconscientemente claro, nos hubiéramos colocado cada una en una punta del mueble, lo cierto era que su reducido tamaño hacía que nuestros muslos se rozaran y nuestras manos, si sentíamos la tentación de colocarla en el lado, se tocasen.

Los niños no dijeron nada más y colocaron el "Rey León". El amanecer africano sobre la sabana distrajo mi atención de la cercanía de la otra Emma, la que tenía unas piernas infinitas, unos brazos fortalecidos, unos abdominales definidos… Regina, que hay niños presentes, me reprendí.

Siempre me había gustado la parte en la que elevaban al pequeño leoncito regordete como futuro rey. De alguna forma, era lo que yo hubiera hecho con Henry. Aunque aquello también traía malos recuerdos, pues es lo que hubieran hecho con Emma de no ser por mí y era lo que hizo mi madre conmigo, aunque yo no hubiera estado destinada a ser reina.

Un escalofrío sacudió mi cuerpo al pensar en mi madre y sus empeños por convertirme en reina, debió ser más fuerte de lo que creía pues, en apenas unos minutos, Emma Swan cogió una manta y nos arropó a ambas.

La película continuó como si nada hubiera pasado, como si el mundo pudiera seguir con normalidad aún cuando mi corazón latía desenfrenado porque no podía dejar de pensar en darle la mano a Emma por debajo de aquella manta que nos tapaba.

Pero, deseché esas precarias ideas y seguí viendo la película. Me parecía terriblemente discriminatorio que, en casi todas las películas, tuvieran que poner al malvado moreno y los buenos fueran siempre rubios. Tonterías. Como si los rubios y las rubias no pudieran manejar y enloquecer a las pobres almas morenas.

Aunque he de confesar que, siendo sinceros, la canción de Scar antes de su gran golpe me recuerda un poco a mi yo pasada.

Y, entonces, llegó la peor parte de aquella película. Unos leves movimientos en el suelo que anuncian la llegada de la gran estampida, el pequeño Simba pidiendo ayuda, Mufasa corriendo para salvarlo aunque ello le cueste su vida. Mis manos se movieron solas para aferrarse al sofá en un intento por aliviar la tensión y el miedo, pues no importaba cuántas veces hubiera visto aquella película, siempre la vivía con los nervios y la ilusión de quien espera un milagro. Y, así, como salida de la nada, fue la mano de Emma lo que encontré, en lugar del áspero sofá, apretándome con fuerza, como si quisiera aliviarme de todos los males de la vida o, al menos, de los que puede ocasionar una película Disney.

La escena terminó, Simba se escapó y conoció a los dos grotescos animales esos que comen insectos. Aprovecho el momento para agradecer que esos seres no vivieran en mi mundo. Pero la mano de Emma siguió aferrada a la mía y ninguna hizo nada para remediarlo.

"¿No te has dado cuenta? ¿Eh? Me huelo lo peor…¿Cómo? Porque ese par se va a enamorar. Volvemos a ser dos"… Aquella fue la canción exacta, el momento exacto en el que mi cabeza se giró de manera completamente involuntaria para encontrarme con los ojos de Emma Swan, mirándome de manera tan intensa que hubiera jurado que podía ver a través de mí y leer mis más profundos secretos. En algún lugar, como un fondo lejano, creí escuchar risas tímidas mientras alguien cantaba "es la noche del amor"…

La noche siguiente, el proceso volvió a repetirse como cada noche. Los niños se marcharon al salón y, para cuando Emma y yo llegamos, nos habían vuelto a reservar el sofá pequeño para nosotras dos.

Resignadas a nuestra suerte y a la imposibilidad de ir contra aquellos dos genios del mal, nos sentamos en el sofá. Lo distinto fue que, en aquella ocasión, Emma Swan nos tapó desde el primer momento con la manta, se sentó a mi lado y, tras cinco minutos de película, entrelazó nuestras manos.

Mientras "La Dama y el Vagabundo" iba apareciendo en pantalla, yo comencé a preguntarme por qué no teníamos un perro. Por supuesto, Henry había querido un cachorrito desde que era pequeño, pero cuidar al mismo tiempo de un animal y de un niño hubiera sido demasiado trabajo para mí sola. Pero a la pequeña Emma le gustaría y ahora que no estaba sola…

¡Ah! Pero lo estaba. No entendía qué le estaba pasando a mi propia mente, qué era aquella tortura autoimpuesta. Yo seguía estando sola. Aquello no era más que un sueño, una quimera, una ilusión. Algo temporal. Tan pronto como la pequeña Emma volviera a su tiempo, la Emma grande volvería a su vida y se llevaría a Henry. Estar allí, los cuatro sentados; estar así, con la mano de Emma en la mí y su pulgar masajeando mi piel, no era real. No podía permitirme que mi corazón cayese en aquella trampa, pues cuando el sueño se desvaneciera, la caída sería demasiado dolorosa.

Para cuando la pareja canina estaba compartiendo espaguetis al ritmo de una sonata italiana, yo ya me había descolgado completamente de la película. Así que me fijé en la pequeña Emma, cuya mirada iba y venía de la pantalla a mí o, mejor dicho, a mi sofá. Seguí su línea de visión y me encontré a la otra Emma apoyada en mi hombro, los ojos cerrados y un pequeño hilillo de baba, abandonando su boca.

Una sonrisa se escapó, dibujándose en mis labios mientras la miraba. Estaba igual que su versión infantil.

Cuando se terminó la película, me deslicé con cuidado lejos de la Emma durmiente, apoyando su cabeza en el sofá.

- Venga niños, a la cama.

Henry se fue solo. Pero la pequeña Emma, se aferró a mi mano par que subiéramos juntas las escaleras. Como todas las noches, le cepillé el cabello, la ayudé con su pijama, esperé a que ella y RJ estuvieran en la cama y me preparé para contarle un cuento.

- Regina – me dijo mientras rebuscaba entre los libros de Henry alguno que no hubiera leído.

- Dime, cielo.

- ¿Qué es el amor? – Oh, vaya. La mejor pregunta posible para una Reina antes conocida como "malvada".

- ¿Por qué quieres saber eso ahora, Emma? Es tarde. Deberías dormirte ya. – Intenté librarme.

- Por favor, Regina. Quiero saber lo que es el amor, para saber si alguna vez lo he tenido. O para reconocerlo si me lo encuentro. – Así, como si el amor fuera una posesión que pudiera encontrarse caminando por la calle, pensé. No podía librarme.

- El amor… el amor es…- Cómo iba a explicarle a una niña algo que yo tampoco había tenido libremente en mucho tiempo. – El amor es el mejor sentimiento del mundo – Debe serlo si hay tanta gente que mataría y moriría por él, al menos, eso pienso. – Es una sensación de calidez que vive en tu pecho y te hace sentir protegido, completo, especial.

- ¿Cómo cuando estaba perdida y tú me bañaste, me peinaste y me hiciste chocolate caliente? Eso me hizo sentir calentita y protegida.

- Sí, cielo, eso exactamente es el amor.- Era inevitable sonreír ante la inocencia e ingenuidad de aquellas palabras que, al mismo tiempo, eran las más ciertas que había escuchado. Le retiré un mechón del pelo y besé su frente.

En aquel momento, deseé decirle que yo la quería. Que aquello que había entre nosotras, cada vez que besaba su frente, cada vez que la arropaba, cada vez que la cuidaba, aquello era amor. Pero tenía miedo, esa es la verdad. Había perdido cuanto había amado. Hasta que decir aquellas palabras, aquellas dos palabras prohibidas que escondían el secreto mejor guardado de mi corazón, parecían más una condena que una confesión. No me atrevía a decirle que la quería porque temía que aquella fuera la señal que estaba esperando el Destino para quitármela.

- Yo también te haría chocolate calentito, Regina… si supiera.

Pero era tan inteligente, tan especial que de alguna manera supe que, sin habérselo dicho, esa niña que abrazaba con fuerza entre mis brazos ya sabía que la quería.

- Regina, ¿y el amor entre papás, es igual?

- Ese es un poco distinto. – Cuándo creía que la cosa no podía ser más incómoda.

- ¿Por qué?

- Porque…– Aquella era una charla que correspondía a Blancanieves. Aunque, bien mirado, seguro que ella le iba con el cuento de las abejas y las flores y traumatizaba a la pobre niña.

- ¿No le harías chocolate calentito a alguien que quisieras, como Nala quiere a Simba? – Nunca pensé que mi vida romántica sería comparada con la de dos leones de dibujos.

- Sí, claro…

- Entonces, es igual. –Dijo completamente convencida.

- Sí, supongo que sí. – Al fin y al cabo, decían que el chocolate era afrodisíaco así que también podía aplicarse al amor romántico, ¿no?

Tras acostar a una Emma y conseguir que cesara en su interrogatorio, volví al salón para acostar a la otra Emma. Empezaba a ver un patrón en mi vida.

La Sheriff seguía como la había dejado, tumbada en el sofá, aferrada a su manta, con el reguero de baba aterrizando en mi sofá. Cosa que, extrañamente, apenas me importó. Despertarla sería inútil si la conocía bien y yo no podría cargarla escaleras arriba, así que me permití un pequeño truco y nos transporté en una nube de humo morada a su habitación.

Como no podía ser de otra manera, estaba hecha un desastre. Me apunté mentalmente dar a Emma Swan unas clases sobre el doblado de la ropa.

Emma ya estaba en su cama, pero quedaba un pequeño detalle. Me parecía terrible dejar que durmiera con aquellos apretados vaqueros y las botas. Podría desnudarla, me dije, sería solo por su comodidad. Al fin y al cabo, comenzábamos a llevarnos mejor.

Mis manos temblaron imperceptiblemente cuando, tras quitarle las botas, mis dedos se enfrentaron a los botones de su pantalón. Podía sentir el calor que desprendía adentrándose a través de mi piel y recorriendo mi cuerpo entero. El vello de su cuerpo se erigía por donde la rozaba, como si pudieran presentir mi presencia. Traté de concentrarme en la tarea de bajarle los pantalones sin pensar en lo ridículamente pequeña que era la tela negra que conformaba su ropa interior, ni en lo tonificadas que estaban sus piernas o en lo suave que era su piel.

Obviamente, mis pensamientos me ganaron la partida. Y pensé en ello. Pensé en todas las cosas que podría hacer con esas dos piernas rodeando mi cintura, con mis manos adentrándose en aquellas braguitas para rasgarlas por completo. Pensaba en mis uñas dibujando sus marcas en la nívea superficie de aquellas piernas.

Para cuando me esforzaba en colocarla con cuidado sobre la almohada, ella pareció despertar. Porque, claro, si debía despertarse, tenía que ser justo cuando acababa de dejarla en ropa interior y, prácticamente, le había hecho de todo en mi mente.

Apenas abrió los ojos, lo justo para mirarme, sonreír y, como si todavía siguiera en su sueño, musitar.

- Regina Mills eres la mujer más hermosa que he conocido. – Y volvió a caer en un profundo sopor.

Ponerle un pijama o quitarle la camisa serían demasiada tarea en mi estado. La dejé tal y como estaba, tapándola con las mantas y fui a mi cuarto para buscar consuelo en una ducha fría.

No entendía qué me estaba pasando. Era cierto que Emma Swan era muy atractiva y que yo llevaba mucho tiempo sin compañía, pero aquellos pensamientos impuros terminarían por enloquecerme si no hacía algo. No me suponía un problema que fuera mujer, hice un poco de todo en mi época de Reina Malvada. Pero era la Salvadora, la madre de Henry, era… era imposible. Y cuanto antes lo asumiera, mejor.

A la mañana siguiente, en el desayuno, Henry y la pequeña Emma ya estaban comiendo sus tortitas cuando la Sheriff se unió al mundo de los vivos.

- Buenos días. – Le dije. Ella se sonrojó momentáneamente y me pregunté si recordaría algo de la noche anterior.

- Hola.

- ¿Has dormido bien?

- Como un tronco. – Sin pensarlo demasiado, terminé su chocolate y se lo puse delante.

- Me alegro. – Contesté.

Mi mirada se desvió hacia la pequeña Emma y vi cómo sonreía maliciosamente mirando el chocolate, a su homónima mayor y a mí. Estupendo, había hecho que una niña tomara el intercambio de chocolate caliente con amor. A partir de aquel momento tendría que empezar a tener más cuidado con cuándo y de quién aceptaba un chocolate o acabaría creyendo que tenía una tórrida aventura con la Abuelita.

Aunque la verdadera sorpresa me la llevé aquella noche. Llegué a casa con la pequeña Emma, como siempre, pero en vez de hacer la cena, ella me arrastró a mi habitación y se empeñó en que me pusiera un traje bonito.

- Por favor, Regina, ponte ese rojo. Es muy bonito y nunca te lo he visto puesto. Por fi.

Sinceramente, no tenía fuerzas para discutir con ella y sus ojos suplicantes. Así que me puse el vestido y los zapatos juego, eso ya por puro amor propio porque no iba a ir por la vida (ni por mi casa) con un atuendo inconexo.

Acto seguido, Emma me dio la manita y me arrastró hasta la puerta trasera que daba al jardín. La noche había caído sobre Storybrooke, las estrellas cubrían el cielo, unas cuantas luces iluminaban mi jardín y, en el centro, había una mesa con flores, dos velas y Emma Swan sentada.

La pequeña Emma me llevó hasta la otra silla, junto a la Sheriff y me obligó a sentarme.

- ¿Tú sabes de qué va esto?- Susurró a mi lado la señorita Swan.

- Ni idea.

En unos minutos aparecieron los dos diablillos sonrientes y con un plato en las manos.

- Henry y yo os hemos preparado la cena hoy para daros las gracias por cuidarnos tan bien. – Dijo la niña.

- Relajaos y disfrutad. – Fue todo lo que dijo Henry. – Lo tenemos todo pensado.

Y por qué sería que la sonrisa con la que lo dijo no me relajó en absoluto.

Pues eso era lo que tramaron los dos bichos: una cena romántica, ¿cómo terminará?

Gracias por leer :)