Disclaimer: La historia y los personajes no me pertenecen, por más que deseara que así fuera :)
La carta obra sobre mí como el chasquido de un hipnotizador: pestañeo, miro aturdida a mi alrededor, como saliendo de un trance. Miro a Rach; miro su mano, la marca de mi boca en ella. Miro las almohadas de mi cama, con la huella de nuestras cabezas. Miro las flores en el jarrón sobre el tablero de la mesa, miro el fuego de la chimenea. Hace demasiado calor en el cuarto. Hace mucho calor pero yo sigo temblando, como si tuviera frío. Ella lo ve. Capta mi mirada y hace un gesto hacia el papel en mi mano.
«¿Buenas noticias, señorita?», pregunta, y es como si la carta también hubiera obrado un hechizo en ella: porque su voz me parece suave -espantosamente suave-, pero su cara parece afilada.
Se quita el dedal, pero observa, me observa. No me atrevo a mirarla.
Finn vuelve. ¿Ella siente lo mismo que yo? No da indicio alguno. Camina, se sienta, con igual desparpajo que antes. Almuerza. Saca la baraja de mi madre, empieza el paciente reparto de los solitarios. Parada ante el espejo, veo el reflejo de Rach, que extiende una mano para coger una carta y la coloca, le da la vuelta, pone otra encima, levanta los reyes, separa los ases... Miro mi cara y pienso en sus rasgos distintivos: una determinada curva de la mejilla, el labio demasiado lleno, demasiado grueso, demasiado rosa.
Por fin junta la baraja y me dice que si yo la barajo y la sostengo y quiero, ella estudiará las cartas que salen y me dirá el futuro. Lo dice sin la menor traza de ironía; y a mi pesar me veo arrastrada a su lado, me siento y mezclo torpemente las cartas, y ella las coge y se las coloca delante.
-Estas son su pasado -dice-, y éstas su presente.
Agranda los ojos. Súbitamente me parece joven: por un momento inclinamos la cabeza y cuchicheamos como me figuro que hacen otros chicas corrientes en salones o escuelas o antecocinas normales: Mira, aquí hay un hombre joven a caballo.
Esto es un viaje. Aquí está la reina de diamantes, que significa riqueza...
Tengo un broche engastado de brillantes. Me acuerdo ahora. Pienso -como hacía antes, aunque no desde hace muchos días- en Rach soplando posesivamente sobre las piedras, evaluando su precio...
Al fin y al cabo no somos chicas corrientes en una sala normal; y a ella le interesa mi fortuna sólo en la medida en que la supone suya. Entrecierra los ojos otra vez. Su voz se eleva más alto que el susurro y se torna insolente. Me aparto de ella mientras recoge la baraja, voltea las cartas en sus manos y frunce el ceño. Se le ha caído una pero no la ve: el dos de corazones. Coloco mi talón encima, imaginando que uno de los corazones pintados de rojo es el mío; la aplasto contra la alfombra.
Ella ve la carta cuando levanto el pie, y trata de alisar la hendidura que hay en ella; después juega un solitario, tan tercamente como antes.
Le miro otra vez las manos. Las tiene más blancas, y cicatrizadas en torno a las uñas. Son manos pequeñas, y con guantes parecerán aún más pequeñas y se asemejarán más a las mías.
Es preciso hacerlo. Debería haberse hecho ya. Viene Finn, y me asalta una sensación de tarea incumplida: una sensación aterradora de que las horas, los días -oscuro, sinuoso pez del tiempo- han pasado de largo, sin ser capturados. Paso una noche inquieta. Cuando nos levantamos y ella viene a
vestirme, aferró el volante que hay en la manga de su vestido. Le digo:
-¿No tienes otro vestido que esta cosa fea y marrón que siempre llevas?
Dice que no tiene otro. Cojo de mi ropero un vestido de terciopelo y hago que se lo pruebe. Desnuda los brazos a regañadientes, se quita la falda y se da media vuelta, con una especie de recato, para que no la vea. El vestido le está estrecho. Tiro de los cierres. Arreglo los pliegues de tela sobre sus caderas y voy a mi joyero en busca de un broche de brillantes, y se lo prendo con todo cuidado encima del corazón y le pongo un gorro que impide que se vea su pelo.
Luego la coloco delante del espejo.
Llega Margaret y confunde a Rachel conmigo, que esta de espaldas a ella.
Me he acostumbrado a ella, a su vida, su calor, sus peculiaridades; ella se ha convertido, no en la chica crédula de una trama malvada -no en Suky Tawdry-, sino en una chica con una historia, con afectos y odios. De repente ahora veo lo mucho que su personalidad y su figura van a parecerse a las mías, y por primera vez entiendo lo que Finn y yo nos proponemos.
Apoyo la cara en el poste de mi cama y observo cómo ella se contempla con una satisfacción creciente, se gira un poco a la izquierda, otro poco a la derecha, alisa las arrugas de la falda, acomoda sus miembros en las costuras del vestido.
-¡Si me viera mi tía! -dice, sonrosándose, y yo pienso entonces si será su tía, su madre o su abuela quien la estará aguardando en aquella oscura cueva de ladrones londinense.
Pienso en lo inquieta que tiene que estar, cuando cuenta el número cada vez mayor de días que retiene a su pequeña ratera lejos de casa, embarcada en una empresa peligrosa. La imagino sacando, mientras espera, alguna chuchería de Rach -una cinta, un collar, una pulsera de dijes chabacanos- y dándole vueltas y más vueltas en sus manos...
Este manoseo no acabará nunca, aunque ella todavía no lo sabe. Tampoco Rach sabe que la última vez que besó la dufa mejilla de su tía fue la última que lo hacía en su vida.
Pienso en esto y me invade algo que tomo por compasión.
Es duro, doloroso, sorprendente: lo siento y tengo miedo. Miedo de lo que pueda costarme mi futuro. Miedo del propio futuro, y de las emociones desconocidas e incontrolables que puede depararme.
Ella no lo sabe. El tampoco debe saberlo. Llega esa tarde; llega como llegaba en los tiempos de Emma: me coge la mano, me sostiene la mirada, se inclina para besarme los nudillos.
«Señorita Fabray», dice con tono acariciante.
Viste un traje oscuro y pulcro, pero su osadía y su confianza son chillonas y próximas, como remolinos de color o de perfume. Siento el calor de su boca, incluso a través de mis guantes. El se vuelve hacia Rach y ella hace una reverencia. Pero el vestido de corpiño rígido no permite reverencias, y la que ella hace es incompleta, los flecos de la falda se derrumban y parecen temblar. Se sonroja. El lo advierte y le sonríe. Pero veo también que él se fija en el vestido y quizás asimismo en los más blancos dedos de Rachel.
-La habría tomado por una dama, desde luego -me dice.
Se acerca a su lado. Junto a ella parece más alto que nunca, como un oso; y ella parece menuda. Le coge de la mano, los dedos de Finn se mueven entre los de ella: también parecen más grandes; el pulgar le llega casi hasta el hueso de la muñeca de Rach. Dice:
-Espero que estés demostrando a tu ama que eres una buena chica, Rach.
Ella mira al suelo.
-Yo también lo espero, señor.
Avanzo un paso.
-Es muy buena chica —digo—. Muy buena, de verdad.
Pero son palabras apresuradas, imperfectas. Él capta mi mirada y retira el pulgar.
-Por supuesto -dice, suavemente-. Claro que no puede ser de otra manera... Ninguna chica puede evitar ser buena, señorita Fabray, teniendo a usted como ejemplo.
—Es demasiado amable -digo.
-Creo que ningún caballero podría ser sino amable con usted.
Mantiene su mirada en la mía. Me ha reconocido, ha descubierto afinidades en mí, tiene intención de arrancarme ilesa del corazón de Briar; y yo no sería yo misma, la sobrina de mi tío, si pudiese topar con la mirada que él me dirige ahora sin experimentar el revoloteo de una emoción oscura y atroz en mi pecho. Pero la siento tan intensamente que casi me marea.
Sonrío, pero mi sonrisa es tirante.
Rach ladea la cabeza. ¿Cree que le sonrío a mi propio amor? La idea me atiranta aún más la sonrisa, empiezo a sentir como un dolor en la garganta. Evito la mirada de Rach y la de Finn. El se va, pero le dice a ella que se acerque, y permanecen un momento murmurando en la puerta. El le da una moneda -veo su brillo amarillo-, se la pone en la mano y se la cierra con sus propios dedos. La uña marrón de Finn contrasta con el rosa tierno de la palma de Rach. Ella ensaya otra torpe reverencia.
Ahora mi sonrisa es fija, como el rictus en la cara de un cadáver. No miro a Rach cuando vuelve. Voy a mi vestidor y cierro la puerta, me tumbo de bruces en la cama y me estremece un ataque de risa -una risa horrible me recorre en silencio, como agua sucia-; no paro de temblar hasta que, por fin, me aquieto.
-¿Qué le parece su nueva doncella, señorita Fabray? -me pregunta en la cena, con los ojos en el plato.
Meticulosamente, separa la carne de la espina de un pescado, tan pálida y tan fina que casi es translúcida; la carne está rebozada en una espesa capa de mantequilla y salsa. La comida llega fría a la mesa en invierno. En verano llega demasiado caliente. Digo:
-Muy... dócil, señor Hudson.
-¿Cree que servirá?
-Creo que sí.
-¿Mi recomendación no le ha dado motivos de queja?
-No.
-Bueno, me tranquiliza saberlo.
Siempre dice algo de más, por divertirse. Mi tío está mirando.
-¿De qué habláis? -dice ahora.
Me enjugo la boca.
-De mi nueva doncella, tío -respondo-. La señorita Smith, que sustituye a la señorita Pillsbury. La has visto muchas veces.
-La he oído, más bien, pateando con sus botas contra la puerta de la biblioteca. ¿Qué pasa con ella?
-Ha venido recomendada por el señor Hudson. La encontró en Londres, y ella buscaba un empleo, y ha sido tan amable de acordarse de mí.
Mi tío mueve la lengua.
-¿Ah, sí? -dice lentamente. Me mira a mí, luego a Finn, después a éste y de nuevo a mí, con la barbilla un poco levantada, como presintiendo oscuras corrientes-. ¿La señorita Smith, dices?
-La señorita Smith -repito con voz firme-, que sustituye a la señorita Pillsbury. -Limpio mi tenedor y cuchillo-. Pillsbury, la papista.
-¡La papista! Ja! -Reanuda la cena, animado-. Oiga, Hudson -dice, mientras come.
-¿Señor?
-Le desafío, le desafío en serio, señor, a que me nombre una institución que haya cultivado tanto los atroces actos de lujuria como la Iglesia Católica de Roma...
No vuelve a mirarme hasta el final de la cena. A continuación me hace leer durante una hora de un texto antiguo, Las quejas de las monjas contra los frailes.
Finn me escucha, completamente inmóvil en su asiento.
Pero cuando termino y me levanto para retirarme, él también se levanta:
«Permítame», dice.
Caminamos juntos el pequeño trecho que hay hasta la puerta. Mi tío no alza la cabeza, sino que mantiene la mirada en sus manos manchadas. Tiene una navaja con cachas de nácar y una hoja antigua, afilada hasta formar casi una media luna, y pela con ella una manzana, una de esas manzanas pequeñas, secas y ácidas que crecen en el huerto de Briar.
Después de asegurarse de que mi tío no mira, Finn me aborda con franqueza. Pero su tono es educado.
-Tengo que preguntarle -dice- si desea continuar las clases de dibujo, ahora que he vuelto. Espero que sí. -Aguarda. No contesto-. ¿Paso a verla mañana, como de costumbre? -Aguarda otra vez. Tiene la mano sobre la puerta y la ha empujado hacia fuera, no tanto, sin embargo, como para dejarme paso; tampoco la empuja un poco más cuando ve que quiero salir. Pone una expresión de desconcierto-. No tiene que ser modesta -dice. Pero quiere decir: No tienes que ser débil—. No lo es, ¿verdad?
Muevo la cabeza.
-Bien, entonces iré a la hora de siempre. Tiene que enseñarme el trabajo que ha hecho durante mi ausencia. Yo diría que unas pocas clases más y..., bueno, ¿quién sabe? Quizás estemos preparados para asombrar a su tío con los frutos de su instrucción. ¿Qué le parece? ¿Le doy otras dos semanas? o, a lo sumo, tres?
De nuevo siento su audacia y su sangre fría, y mi propia sangre responde a la llamada. Pero, por debajo, aflora una especie -un impulso vago innominado- de pánico paralizante.
Aguarda mi respuesta, y el pánico aumenta. Lo hemos planeado minuciosamente. Ya hemos cometido una acción horrible, y hemos puesto en marcha otra. Sé todo lo que queda por hacer ahora. Sé que debo dar la impresión de que le amo, que debe parecer que me seduce y que después tengo que confesar mi seducción a Rach. ¡Tendría que ser tan fácil! ¡Cuánto lo deseo!
¡Con qué ansia he mirado las tapias de la finca de mi tío, deseando que se partiesen en dos y me dejasen huir! Pero titubeo, ahora que se acerca el día de nuestra fuga; y temo decir por qué. Vuelvo a mirar las manos de mi tío, el nácar, la manzana que entrega su peladura al cuchillo.
-Pongamos tres semanas..., quizás un poco más -digo por fin-. Quizás algo más, si pienso que lo necesito.
Una expresión irritada o furiosa altera la superficie Nde su cara, pero cuando habla lo hace con voz suave.
-Sí que es modesta. Su talento es mayor de lo que cree. Tres semanas bastarán, se lo aseguro.
Al fin empuja la puerta y me cede el paso, inclinando la cabeza. Y aunque no me vuelvo, sé que se queda a mirar cómo subo la escalera..., tan pendiente de mi seguridad como cualquiera de los amigos de mi tío.
No tardará en volverse más solícito, pero de momento los días recobran una especie de pauta conocida. Trabaja por la mañana en los grabados y luego viene a mis aposentos a enseñarme a dibujar, o sea, a estar a mi lado, a mirar y murmurar mientras yo pintarrajeo sobre una cartulina, a galantear de un modo grave y ostentoso.
Los días recuperan su pauta, salvo en que antes teníamos a Emma y ahora su lugar lo ocupa Rach.
Y Rach no es como Emma. Sabe más cosas. Conoce su propia valía y sus propósitos. Sabe que debe escuchar y observar para que el señor Hudson no se acerque demasiado a su ama o no hable de una forma muy confidencial con ella; pero también sabe que cuando él se me acerca ella tiene que apartar la vista y volverse sorda a los susurros de Finn. Veo que ella vuelve la cabeza, pero también la veo lanzarnos de reojo miradas furtivas, escrutar nuestro reflejo en las ventanas y en el espejo de la chimenea..., ¡vigilar a auténticas sombras! La habitación, en que he pasado tantas horas cautiva que la conozco como un preso conoce su celda, ahora me parece cambiada. Parece llena de superficies relucientes: cada uno de los ojos de Rach.
Cuando se cruzan con los míos, los suyos tienen un velo irreprochable. Pero cuando coinciden con los de Finn, veo el destello de complicidad o entendimiento entre ellos, y entonces evito mirarla.
Por supuesto, aunque ella sepa muchas cosas, las que conoce están falsificadas y no valen nada; y me horroriza su satisfacción en guardar, en esconder lo que ella cree que es un secreto. No sabe que ella es el gozne de toda nuestra intriga, el punto sobre el que gira nuestro plan; ella cree que lo soy yo. No sospecha que cuando Finn parece que se burla de mí, se burla de ella: que después de dirigirse a ella en privado, quizás después de una sonrisa y una mueca, él se vuelve hacia mí y su sonrisa y su mueca van en serio.
Y si antes el hecho de que él torturase a Emma me incitaba a cometer yo también pequeñas crueldades con ella, ahora sólo me incomoda. Mi consciencia de Rach despierta una plena consciencia de mí misma; me empuja a ser ora imprudente, como Finn lo es a veces, en la burda interpretación de nuestra pasión, ora reservada y vigilante, dubitativa. Soy audaz durante una hora -o mansa, o tímida- y tiemblo en el último minuto de la visita de Finn. Me delatan el movimiento de mis miembros, mi respiración, mi sangre. Supongo que ella lo toma por amor.
Finn, por lo menos, sabe que es flaqueza. Los días van pasando: transcurre la primera semana, empieza la segunda. Intuyo su desconcierto, noto el peso de su expectativa: la noto crecer, desviarse, agriarse. Observa mis dibujos y empieza a mover la cabeza.
-Me temo, señorita Fabray -dice, más de una vez-, que todavía le falta disciplina. Pensé que su tacto era más firme. Estoy seguro de que lo era hace un mes. No me diga que ha olvidado mis lecciones durante mi breve ausencia. ¡Después de tanto trabajo! Hay una sola cosa que un artista siempre tiene que evitar en la ejecución de su obra, y es la vacilación. Pues la duda conduce a la debilidad, y por culpa de ella han fracasado esbozos mejores que éste. ¿Comprende? ¿Me comprende?
No le contesto. Se marcha y yo me quedo en mi sitio. Rach viene a mi lado.
-No importa, señorita -dice con dulzura-, que el señor Hudson diga esas cosas sobre su pintura. Vaya, esas peras son calcadas de la realidad.
—¿Tú crees, Rach?
Ella asiente. Le miro a la cara; a los ojos, con su mota de un castaño más oscuro. Luego miro las pinceladas de color informes que he dado en la cartulina.
-Es una pintura pésima, Rach -digo.
Ella posa su mano encima de la mía.
-Bueno -dice-, ¿pero no está aprendiendo?
Aprendo, pero no lo suficientemente rápido. Él me propone, andando el tiempo, que vayamos a pasear al parque.
—Ahora tenemos que pintar del natural -dice.
-Preferiría no hacerlo -le digo. Hay senderos que me gusta recorrer con Rach. Creo que pasear con él por ellos los echaría a perder-. Preferiría no hacerlo.
Él frunce el ceño y después sonríe.
-Como profesor suyo, debo insistir -dice.
Confío en que llueva. Pero aunque el cielo sobre Briar ha estado gris durante todo el invierno -¡ha estado gris, a mi juicio, durante siete años!-, ahora se ilumina para Finn. Tan sólo sopla un viento raudo y suave cuyas ráfagas me arremolinan la falda en los tobillos cuando Way nos abre la puerta.
«Gracias, señor Way», dice Finn, doblando el brazo para que yo lo coja.
Lleva un sombrero negro de ala baja, una chaqueta de lana oscura y guantes de color espliego. Way observa los guantes y luego me mira a mí con una especie de satisfacción, de desprecio.
Te crees una dama, ¿eh?, me dijo el día en que me llevó pataleando al almacén de hielo. Bien, ahora veremos.
Hoy no voy a ir al almacén con Finn, sino que elijo otro camino, más largo y más transitable, que circunvala la finca de mi tío, se eleva y domina la fachada trasera de la casa, los establos, los bosques y la capilla. Conozco el panorama demasiado bien para tener ganas de contemplarlo, y camino mirando al suelo. Él me lleva del brazo y Rach nos sigue, primero de cerca, luego rezagándose cuando Finn aligera el paso. No hablamos, pero mientras andamos él, poco a poco, me acerca a su lado. La falda se me levanta, torpemente.
Pero cuando intento distanciarme no me lo permite. Digo por fin:
-No hace falta que me acerques tanto.
Él sonríe.
-Tenemos que ser convincentes.
-No hace falta que me agarres así. ¿Quieres cuchichearme algo que no sepa ya?
Lanza una ojeada rápida por encima del hombro.
—A ella le parecería raro que yo no aprovechase estas ocasiones para acercarme a ti -dice-. A cualquiera le parecería raro.
-Ella sabe que no me quieres. No necesitas cortejarme.
-¿No lo haría un caballero en primavera, cuando tiene la ocasión? -Echa hacia atrás la cabeza-. Mira este cielo, Quinn. Mira el repugnante azul que tiene. Tan azul -ha levantado la mano- que desentona con mis guantes. Esto es para ti la naturaleza. Ni el menor sentido del estilo. Los cielos de Londres, por lo menos, son más amanerados: son como sastrerías, de una eterna grisura. -Sonríe otra vez y me acerca un poco más-. Claro que pronto los conocerás.
Trato de imaginarme en una sastrería. Rememoro escenas de Los sombrereros flagelantes. Me vuelvo y, como Finn, lanzo una mirada rápida a Rach. Está observando, con un ceño que tomo por satisfacción, mi falda que se extiende en torno a la pierna de Finn. De nuevo intento separarme de él, pero me sujeta. Digo:
-¿Quieres soltarme? -Y, como no hace nada, añado-: Debo suponer, entonces, puesto que sabes que no me gusta que me ahoguen, que te deleitas atormentándome.
Me mira.
-Soy como cualquier hombre preocupado por lo que todavía no ha conseguido -dice-. Adelanta el día de nuestro enlace. Creo que después advertirás que mi atención se enfría rápidamente.
No respondo nada. Seguimos caminando y un rato después me suelta, para ahuecar las manos alrededor de un cigarro y encenderlo. Miro otra vez a Rach. El suelo se ha elevado, la brisa es más fuerte y dos o tres mechones de pelo castaño oscuro que asoman por debajo de su gorro le azotan la cara.
Ella acarrea nuestras bolsas y cestas, y no tiene una mano libre para apartárselos. Detrás de ella, su capa se infla como una vela.
-¿Está bien Rach? -pregunta Finn, dando una calada.
Me giro y miro hacia delante.
-Perfectamente.
-Es más robusta que Emma, de todos modos. ¡Pobre Emma! Me gustaría saber cómo le va, ¿eh? -Me coge del brazo y se ríe. Yo no respondo, y su risa se apaga-. Vamos, Quinn -dice con un tono más frío-, no seas tan melindrosa. ¿Qué mosca te ha picado?
-No me ha picado ninguna mosca.
Él examina mi perfil.
-Entonces, ¿por qué nos haces esperar? Todo está listo. He alquilado una casa en Londres. Las casas en Londres no son nada baratas, Quinn...
Sigo andando en silencio, consciente de su mirada. Me aprieta otra vez. Dice:
-¿No habrás cambiado de idea, supongo?
-No.
-¿Seguro?
-Totalmente.
—Y, sin embargo, todavía lo aplazas. ¿Por qué? —No contesto—. Quinn, te lo pregunto otra vez. Algo ha ocurrido desde que nos vimos. ¿Qué es?
—No ha ocurrido nada -digo.
-¿Nada?
-Nada más que lo planeado.
-¿Y sabes lo que hay que hacer ahora?
-Por supuesto.
—Pues hazlo, ¿de acuerdo? Compórtate como una enamorada. Sonríe, ponte colorada, haz tonterías.
-¿No lo estoy haciendo?
—Sí... y luego lo estropeas con una mueca o un gesto. Mírate. Recuéstate en mi brazo, maldita sea. ¿Te vas a morir si pongo mi mano encima de la tuya? Perdona. -Al oír sus palabras me he puesto tiesa-. Perdona, Quinn.
—Suéltame el brazo -digo.
Seguimos andando en silencio, el uno al lado del otro. Rach se arrastra detrás; oigo su respiración, como suspiros. Finn tira la colilla del cigarro, arranca una vara de hierba y empieza a fustigarse las botas.
-¡Qué asquerosamente roja es esta tierra! -dice-. Pero qué regalo para el bueno de Kurt... -Sonríe para sí. Su pie tropieza con una piedra y está a punto de caerse. Maldice. Se endereza y me inspecciona-. Veo que tú eres más ágil caminando. Te gusta esto, ¿eh? En Londres se puede pasear así, ¿sabes? Por los parques y montes. ¿Lo sabías? O, si prefieres, puedes no volver a pasear nunca... Puedes alquilar coches, hombres que te llevan y te traen...
-Sé lo que se puede hacer.
-¿Sí? ¿De verdad? -Se lleva a la boca el tallo de hierba y adquiere un aire pensativo-. No sé. Tienes miedo, creo. ¿De qué? ¿De estar sola? ¿Es eso? No tienes que temer la soledad, Quinn, si eres rica.
-¿Crees que temo la soledad? -digo. Estamos cerca de la tapia del parque de mi tío. Es alta, gris, seca como polvo-. ¿Crees que la temo? No temo a nada de nada.
Arroja la hierba y me coge del brazo. Dice:
-¿Entonces por qué nos tienes aquí en este horrible suspense?
No respondo. Hemos reducido el paso. Oímos a Rach, que nos sigue jadeando, y caminamos más rápido. Cuando él vuelve a hablar, su tono ha cambiado.
-Hace un momento has hablado de tormento. Lo cierto es que yo creo que te gusta atormentarte prolongando este tiempo.
Me encojo de hombros, como indiferente, aunque no lo estoy.
-Mi tío me dijo una vez algo parecido —digo-. Fue antes de volverme como él. Ahora, esperar no es para mí un tormento. Estoy acostumbrada.
-Pero yo no -contesta-. Tampoco quiero aprender ese arte, ni de ti ni de nadie. En otra época perdí mucho esperando. Ahora soy más hábil manipulando sucesos para que se plieguen a mis necesidades. Es lo que he aprendido mientras tú aprendías a tener paciencia. ¿Me entiendes, Quinn?
Vuelvo la cabeza, entorno los ojos.
-No quiero entenderte -digo, cansinamente-. Ojalá no hablaras más.-Hablaré hasta que me oigas.
-¿Oír qué?
-Esto. -Me aproxima la boca a la cara. Su barba, sus labios, su aliento están teñidos de tabaco, como los de un diablo. Dice-: Recuerda nuestro pacto. Recuerda cómo lo hicimos. Recuerda que la primera vez que vine, no lo hice del todo como un caballero, y tenía poco que perder..., a diferencia de ti, señorita Fabray, que me recibiste a solas, a medianoche, en tu propio cuarto... -Retrocede-. Me figuro que tu reputación, incluso aquí, debe de valer algo; me temo que siempre es así para las damas. Tú lo sabías, naturalmente, cuando me recibiste.
Su tono tiene un acento nuevo, un timbre que no he oído nunca. Pero hemos cambiado el sentido de la marcha: cuando le miro a la cara tiene la luz detrás de él, y es difícil leer su expresión. Digo, con tiento:
-Dices que soy una dama, pero apenas lo soy.
-Sin embargo, tu tío debe de considerar que lo eres. ¿Le gustaría saber que eres corrupta?
-¡Me ha corrompido él!
-¿Le gustará, entonces, pensar que otro hombre le ha usurpado su obra? Hablo sólo, por supuesto, de lo que él creerá que ha ocurrido.
Me aparto un poco.
-Estás totalmente equivocado con él. Me considera una especie de máquina para la lectura y el copiado de textos.
-Tanto peor. No le gustará que la máquina se subleve. ¿Y si la elimina y se consigue otra?
Ahora siento en la frente el latido de la sangre. Me cubro los ojos con los dedos.
—No seas pesado, Finn. ¿Eliminarla cómo?
-Pues mandándola a casa...
El latido parece decrecer y luego se acelera. Retiro los dedos, pero él tiene la luz detrás y no distingo bien su cara. Digo, en voz muy baja:
-En un manicomio no te serviré de nada.
-¡Ahora, mientras lo postergas todo, tampoco me sirves de nada! Ten cuidado de que no me canse de este plan. No seré amable contigo si eso pasa.
-¿Y esto es ser amable? -digo.
Por fin hemos entrado en una zona de sombra y veo su expresión: es sincera, divertida, asombrada. Dice:
-Esto es pura infamia, Quinn. ¿Cuándo he dicho que sea otra cosa?
Nos detenemos, tan cerca uno de otro como unos tortolitos. Su tono ha recuperado ligereza, pero su mirada es dura, muy dura. Por primera vez presiento cómo sería temerle.
El se vuelve y llama a Rach.
-¡Ya falta poco, Suky! Casi hemos llegado, creo. -A mí me murmura—: Necesitaré unos minutos a solas con ella.
-Para asegurarla -digo-. Como has hecho conmigo.
-Eso ya está hecho —dice con suficiencia-, y ella, por lo menos, es más fiel que tú... ¿Qué? -Me he estremecido, o mi expresión ha cambiado-. ¿No pensarás que tiene escrúpulos? ¿Quinn? ¿No creerás que ha flaqueado, o que nos la está jugando? ¿Por eso vacilas? -Muevo la cabeza-. Bueno - continúa-, mayor motivo para hablar con ella y averiguar cómo cree que van las cosas. Mándamela hoy o mañana. Busca algún modo, ¿de acuerdo? Sé astuta.
Se lleva a la boca el dedo manchado de tabaco. Rach llega enseguida y se sienta a mi lado. Está colorada por el peso de las bolsas. Su capa sigue inflada, el pelo le sigue azotando la cara, y lo que más me apetece es atraerla hacia mí, tocarla y adecentarla. Creo que empiezo a hacerlo, creo que extiendo a medias la mano, pero soy consciente de la presencia de Finn y de su mirada perspicaz y cavilosa. Me cruzo de brazos y miro a otra parte.
A la mañana siguiente mando a Rach que le lleve un carbón del fuego para que encienda su cigarrillo, y observo sus susurros, con la frente pegada al cristal del vestidor. A ella no le veo la cara, pero cuando se va él alza la vista y sostiene mi mirada, como hizo aquel otro día, en la oscuridad. Recuerda nuestro pacto, parece repetir. Luego tira el cigarro y lo pisa con fuerza, y se sacude de los zapatos la tierra roja que se les ha adherido.
A partir de entonces, noto la presión creciente de nuestro plan, del mismo modo que, supongo, los hombres notan la tensión de una maquinaria frenada, de animales atados, de tormentas tropicales que se gestan. Todos los días despierto y pienso: ¡Hoy lo haré! ¡Hoy soltaré el cerrojo para que el motor
arranque, desataré al animal, perforaré la capa de nubes! ¡Hoy, permitiré que él me reclame...!
Pero no lo hago. Miro a Rach y aparece siempre esa sombra, esa oscuridad, supongo que es pánico, un simple miedo, un temblor, un abatimiento, una caída en la boca amarga de la demencia...
¡Quizás la locura, la dolencia de mi madre, empieza a apoderarse de mí! La idea me aterra aún más. Durante un par de días, aumento la dosis de gotas: me calman, pero me alteran. Mi tío lo nota.
-Te estás volviendo torpe —dice una mañana. He maltratado un libro-. ¿Crees que te traigo todos los días a la biblioteca para que me la estropees?
-No, tío.
-¿Qué? ¿Farfullas algo?
-No, señor.
Se humedece y frunce la boca, y me examina con mayor atención. Cuando vuelve a hablar, su tono me resulta extraño.
-¿Qué edad tienes? -dice. La pregunta me sorprende, y vacilo. El lo ve-. ¡No me vengas con timideces, señorita! ¿Qué edad tienes? ¿Dieciséis? ¿Diecisiete? Te asombras. Me crees insensible al paso de los años porque soy un estudioso, ¿eh?
-Tengo diecisiete, tío.
-Diecisiete. Una edad difícil, si creemos lo que dicen nuestros libros.
-Sí, señor.
-Sí, Quinn. Recuerda sólo que nuestra actividad no se ocupa de creencias, sino del estudio. Y recuerda también esto: no eres una chica tan mayor, ni yo soy un sabio tan viejo, como para que no pueda llamar a la señora Suzy y mandarle que te sujete mientras te propino una azotaina. ¿Eh? ¿Recordarás estas cosas? ¿Sí?
-Sí, señor -digo.
Sin embargo, ahora me parece que tengo que recordar demasiadas cosas. La cara y las articulaciones me duelen por el esfuerzo de adoptar expresiones y poses. Ya no puedo decir con certeza qué acciones -y hasta qué sentimientos- son auténticas y cuáles son impostadas. Finn sigue sin quitarme los ojos de encima. Yo evito su mirada. Es temerario, socarrón, amenazador: opto por no entenderle. Quizás soy débil, después de todo. Quizás, como creen él y mi tío, extraigo un placer del tormento. Lo es sin duda para mí, ahora, sentarme a recibir las lecciones, sentarme con Finn a la mesa de la cena, leerle por la noche de los libros de mi tío. También empieza a ser una tortura el tiempo que paso con Rach. Nuestra rutina se ha venido abajo. Sé demasiado bien que ella aguarda, igual que Finn: la siento vigilando, evaluando, incitándome. Peor aún, empieza a hablar en nombre de Finn: a decirme, sin rodeos, lo inteligente que es, lo amable, lo interesante.
-¿Tú crees, Rach? -le pregunto, mirándola a la cara; y ella aparta la vista, incómoda, pero siempre responde:
-Sí, señorita. Oh, sí, señorita. Todo el mundo lo piensa, ¿no cree?
Luego me adecenta -siempre me pone guapa y arreglada-, me suelta el pelo y lo peina, endereza costuras, arranca la pelusa de la tela de mis vestidos. Creo que lo hace tanto para calmarse ella como para calmarme a mí.
-Ya está -dice cuando ha terminado-. Así está mejor. —Ella está mejor, quiere decir-. Ahora tiene la frente lisa. ¡Qué arrugada estaba! No debe estarlo...
No debe estarlo a causa de Finn: oigo las palabras tácitas, la sangre se me revuelve; la cojo del brazo y se lo pellizco. -¡Oh! No sé quién grita, si ella o yo: me contengo, nerviosa. Pero en el segundo en que tengo su piel entre mis dedos, siento en la mía una especie de alivio. Me estremezco horriblemente durante casi una hora.
-¡Oh, Dios! -digo, tapándome la cara-. ¡Tengo miedo de mi propia mente! ¿Crees que estoy loca? ¿Crees que soy mala, Rach?
-¿Mala? -responde ella, retorciéndose las manos.
Y la veo pensando: ¿Una chica tan simple como tú?
Me acuesta y se tiende con su brazo contra el mío, pero enseguida se queda dormida y se separa. Pienso en la casa en la que estoy acostada. Pienso en el cuarto más allá de la cama: sus rincones, sus superficies. Creo que no podré dormir si no los toco. Me levanto, hace frío, pero voy en silencio de una cosa a la otra: la repisa de la chimenea, el tocador, la alfombra, el ropero. Vuelvo donde Rach. Me gustaría tocarla para cerciorarme de su presencia. No me atrevo. Pero no puedo dejarla. Levanto las manos, las muevo y las mantengo un palmo, sólo un palmo, por encima de ella: de sus caderas, su pecho, su mano curvada, su pelo en la almohada, su cara, mientras duerme.
Hago eso, quizás, tres noches seguidas. Luego sucede lo siguiente.
Finn empieza a llevarnos hasta el río. Hace que Rach se siente lejos de mí, contra la batea volcada, y él, como siempre, se coloca a mi lado, fingiendo que me observa pintar. Pinto en el mismo espacio tantas veces que la cartulina comienza a levantarse y a desmigarse debajo de mi pincel, pero sigo pintando con tensón, y él se me acerca para susurrar, despreocupada pero ferozmente:
-Dios te maldiga, Quinn, ¿cómo puedes estar tan tranquila y serena? ¿Oyes esa campanada? -El reloj de Briar suena con claridad allí, junto al agua-. Ha pasado otra hora que debería haber pasado en libertad. Pero tú nos retienes aquí...
-¿Puedes apartarte? -digo-. Me estás quitando la luz.
-Tú me quitas la mía, Quinn. ¿Ves lo fácil que es eliminar esa sombra? Basta con dar un pasito. ¿Lo ves? ¿Quieres mirar? No quiere. Prefiere pintar. Esa... ¡Oh! ¡La voy a quemar con una cerilla!
Miro a Rach.
-Cállate, Finn.
Pero los días se tornan más calurosos, y al final llega uno tan bochornoso y sin aire que el calor la sofoca. Extiende la chaqueta en el suelo, se tumba encima, y ladea el sombrero para cubrirse los ojos. Por una vez, la tarde es silenciosa y casi agradable: sólo se oye a las ranas croando en los juncos, el golpeteo del agua, los trinos de pájaros, el paso de alguna que otra embarcación. Esparzo la pintura sobre la cartulina con pinceladas cada vez más finas, cada vez más lentas, y casi me adormilo.
Finn se ríe, entonces, y mi mano da un brinco. Me vuelvo a mirarle. Se pone un dedo en los labios.
-Mira eso -dice en voz baja, y señala a Rach.
Sigue sentada delante de la barca volcada, pero tiene la cabeza caída contra la madera podrida, y las extremidades extendidas e inertes. De la comisura de la boca le asoma una brizna de hierba, oscura en la punta que ha estado mordiendo.
Con los ojos cerrados, respira rítmicamente. Duerme como un leño. El sol le sesga la cara e ilumina la punta de su barbilla, sus pestañas, sus pecas ensombrecidas. Entre el borde de los guantes y los puños de su chaqueta hay dos franjas estrechas de piel rosada.
Miro de nuevo a Finn -veo su mirada- y continúo pintando. Digo en voz baja:
-Se le va a quemar las mejillas. ¿Por qué no la despiertas?
-¿Quieres que la despierte? -Resopla-. Donde vive no están muy acostumbrados a la luz del sol. -Habla casi con afectó, pero se ríe mientras lo dice; luego añade, en un murmullo-: Tampoco en el sitio adonde va, creo. Pobre perra; que duerma. Ha estado dormida desde que la vi y la traje aquí, y no lo sabe.
No lo dice con fruición, sino como si la idea le pareciese interesante. Despuésse estira, bosteza, se pone en pie y estornuda. El buen tiempo le trastorna. Se aprieta los nudillos contra la nariz y se suena, estrepitosamente.
-Perdona -dice, sacando un pañuelo.
Rach no se despierta, sino que frunce el entrecejo y gira la cabeza. Le cuelga un poco el labio inferior. La brizna de hierba se le despega de la mejilla, pero conserva su curva y su punta. He levantado el pincel y dado una pincelada a la pintura que se desmenuza: ahora lo sostengo a unos centímetros de la cartulina y observo a Rach mientras duerme. Nada más que eso. Finn se suena otra vez, maldice por lo bajo el calor, la estación.
Luego, como antes, supongo que se queda quieto. Supongo que me estudia. Supongo que del pincel gotea pintura, pues más tarde descubro manchas negras en mi vestido azul. Pero no me doy cuenta de que gotea: y quizás lo que me delata es esta inadvertencia. Ella o mi expresión. Rach frunce otra vez el ceño.
La observo, un rato más largo. Al volverme me topo con la mirada de Finn.
-Oh, Quinn -dice.
Es todo lo que dice. Pero en su cara veo, por fin, lo mucho que deseo a Rach.
Por un momento no hacemos nada. Luego él avanza y me coge la muñeca. El pincel cae de mi mano.
-Vámonos, rápido -dice-. Vámonos, antes de que despierte.
Me lleva, a trompicones, a lo largo de la hilera de juncos.
Caminamos en la dirección en que fluye el agua, rodeando el meandro del río y la tapia. Cuando nos detenemos, me pone las manos en los hombros y me sujeta fuerte.
-Oh, Quinn -repite-. Y yo que me figuraba que te remordía la conciencia, o alguna otra flaqueza parecida. ¡Pero esto...!
He apartado la cara de la suya, pero le oigo reírse.
—No sonrías -digo, temblorosa-. No te rías.
-¿Reír? Deberías alegrarte de que no haga algo peor. Ya lo verás... ¡Lo sabrás, tú más que nadie..., los apetitos que esta clase de cuestiones se dice que despierta en los hombres! Gracias al cielo soy más un granuja que un caballero: nos regimos por códigos distintos. Por mí, puedes enamorarte y que te aspen... ¡No forcejees, Quinn! -Yo he tratado de zafarme de sus manos. Me sujeta más fuerte y luego me deja distanciarme un poco, pero no me suelta la muñeca-. Ama y que te aspen - repite-. Pero no vas a privarme del dinero, dándonos largas como haces, retrasando el plan, nuestras esperanzas, tu brillante futuro. No, no ahora que sé la nimiedad por la que nos retienes. Ahora, que despierte... ¡Te prometo que es tan molesto para mí como para ti que te retuerzas así! Que despierte y nos busque. Que nos encuentre así. ¿No quieres venir a mí? Muy bien. Te tendré aquí para que ella crea que por fin somos amantes, y asunto concluido. No te muevas, ahora.
Se separa de mí y lanza un grito mudo. El sonido choca contra el aire espeso y lo infla, antes de apagarse.
—Ahora vendrá -dice.
Muevo los brazos.
-Me estás haciendo daño.
-Pórtate como una amante y seré de lo más suave. -Vuelve a sonreír-. Imagina que soy ella. ¡Ah! -Ahora he intentado pegarle-. ¿Quieres que te zurre?
Me aprieta con más fuerza, sin soltarme las manos pero bajándome el brazo con la presión del suyo. Es alto y fuerte. Junta los dedos en torno a mi cintura, como creo que hacen los dedos de los jóvenes en la cintura de sus enamoradas. Me debato contra la presión durante un rato: estamos enzarzados y sudando como dos luchadores en un ring. Aunque supongo que, desde cierta distancia, podría parecer que nos cimbrean movimientos de amor.
Pero me resulta aburrido, y no tardo en sentir que empiezo a cansarme. El sol, arriba, sigue siendo ardiente. Las ranas siguen croando, el agua sigue lamiendo los juncos. Sin embargo, algo ha desinflado o desgarrado el día: noto que empieza a caer y asentarse cerca, a mi alrededor, en pliegues asfixiantes.
-Lo siento -digo, débilmente.
-No tienes por qué, ahora.
-Es sólo que...
-Tienes que ser fuerte. Te he visto serlo otras veces.
-Es sólo...
Pero es sólo ¿qué? ¿Cómo podría expresarlo? Sólo que ella estrechó mi cabeza contra mi pecho cuando yo desperté despavorida. Que un día me calentó los pies con su aliento. Que me limó un diente puntiagudo con un dedal de plata. Que me trajo sopa -sopa clara- en lugar de un huevo, y sonrió al ver cómo la bebía. Que tiene en un ojo una mota castaña más oscura. Que cree que soy buena...
Finn observa mi cara.
-Escúchame, Quinn -dice. Me sujeta firmemente. Yo me agito en sus brazos-. ¡Escucha! Si fuera cualquier otra chica. ¡Si fuera Emma! ¿Eh? Pero ella es la chica a la que hay que engañar y privar de libertad. Es la chica que se llevarán los médicos, mientras nosotros miramos sin chistar. ¿Recuerdas nuestro plan?
Asiento.
—Pero...
—¿Qué?
-Empiezo a temer que, después de todo, no tengo corazón para esto...
-¿Y lo tienes, en cambio, para una ladronzuela? Oh, Quinn. -Ahora en su voz bulle el desprecio—. ¿Has olvidado para qué ha venido aquí? ¿Crees que ella lo ha olvidado? ¿Crees que para ella eres algo más que eso? Has pasado demasiado tiempo entre los libros de tu tío. Las chicas se enamoran fácilmente en ellos. Por eso existen. Si se enamorasen así en la vida, no se habrían escrito esos libros.
Me mira fijamente.
-Se reiría en tu cara si lo supiese. -Pone una expresión taimada-. Se me reiría a la cara si se lo dijese...
-¡No se lo dirás! -digo, alzando la cabeza y atiesando el cuerpo. La idea me aterra-. Díselo y me quedo en Briar para siempre. Mi tío se enterará de cómo me has utilizado... Me da igual cómo me trate al saberlo.
-No se lo diré -responde lentamente- si haces lo que debes, sin más dilación. No se lo diré si la haces creer que me amas y que has accedido a casarte conmigo, y si así nuestra fuga se consuma, como prometiste.
Aparto la cara. Hay un nuevo silencio. Después, murmuro..., ¿qué otra cosa puedo murmurar?:
«Sí.»
El asiente y suspira. Sigue aprétandome, y al cabo de un momento pega su boca a mi oído.
-Ahí viene -susurra-. Está rodeando la tapia. Quiere fisgar sin molestarnos. Hazle creer que eres mía...
Me besa la cabeza. El calor, la corpulencia, la presión de Finn, el aire pesado y sofocante del día, mi propia confusión me impelen a consentirlo, laxamente. Retira una mano de mi cintura y me levanta el brazo. Besa la tela de mi manga. Cuando siento su boca en mi muñeca, me asusto.
-Vamos, vamos -dice-. Pórtate bien un momento. Disculpa mis patillas. Imagina que mi boca es la suya.
Las palabras tocan húmedas mi piel. Me remanga un poco un guante, separa sus labios, me toca la palma con la punta de la lengua, y yo me estremezco de debilidad, de miedo, de asco..., de consternación, al saber que Rach nos observa, complacida, creyéndome de Finn.
Él me ha mostrado quién soy. Me lleva a donde está Rach, regresamos a casa, ella coge mi capa, mis zapatos; tiene las mejillas rosas, al fin y al cabo: se planta enfurruñada ante el espejo, se pasa una mano, ligeramente, por la cara... No hace nada más, pero yo lo veo y el corazón me da un vuelco...
Supongo que este abatimiento, o esta caída que encierra tanto pánico, tanta oscuridad, es miedo o locura. La veo darse media vuelta y estirarse, deambular sin rumbo por la habitación, hacer todos esos gestos despreocupados y espontáneos que tanto he codiciado, y durante tanto tiempo. ¿Es esto deseo? ¡Qué curioso que yo, precisamente, no lo sepa! Pero creí que el deseo era más pequeño, más nítido; supuse que estaba vinculado con sus propios órganos al igual que el gusto está asociado con la boca y la vista con el ojo. Este sentimiento me persigue y me habita, como una enfermedad. Me envuelve, como la piel.
Creo que ella debe de verlo. Ahora que Finn lo ha nombrado, creo que tiene que ser algo distintivo; tiene que prestarme un color carmesí, así como la pintura marca los puntos al rojo vivo, los labios y los tajos y los miembros desnudos flagelados de los cuadros de mi tío. Esta noche temo desvestirme ante ella. Temo tenderme a su lado. Temo dormir, temo soñar con ella, temo girarme, en sueños, y tocarla...
Pero, en definitiva, si intuye el cambio operado en mí, cree que he cambiado por causa de Finn. Si me siente temblar, si nota que el corazón me late rápido, piensa que tiemblo por él.
Ella espera, sigue esperando. Al día siguiente la llevo paseando hasta la tumba de mi madre. Me siento a contemplar la lápida que debo mantener limpia y sin mácula. Me gustaría romperla con un martillo. Ojalá, como he deseado muchas veces, ojalá mi madre estuviese viva para poder matarla. Digo a Rach:
-¿Sabes cómo murió? ¡Murió al darme a luz!
Y me cuesta esfuerzo reprimir en mi voz un acento de triunfo.
Triunfo. Ella no lo capta. Me mira y me echo a llorar, y en vez de decir algo para consolarme, cualquier cosa, lo único que dice es:
«El señor Hudson.»
La miro con desprecio. Ella viene y me conduce a la puerta de la capilla; quizás, para que yo piense en el matrimonio. No se puede entrar porque la puerta está cerrada con llave. Ella aguarda a que yo hable. Por fin le digo lo que debo decirle:
-El señor Hudson me ha pedido que me case con él, Rach.
Ella dice que se alegra. Y cuando vuelvo a llorar -esta vez lágrimas falsas, que enjugan las auténticas-, cuando me sofoco y retuerzo las manos y exclamo:
«¡Oh! ¿Qué voy a hacer?», ella me toca, sostiene mi mirada y dice:
«El la quiere.»
-¿Tú crees?
Dice que lo sabe. No se arredra. Dice:
-Tiene que guiarse por su corazón.
-No estoy segura -digo-. ¡Si por lo menos estuviera segura!
-¡Pero amarle y después perderle! -dice ella.
Noto hasta tal punto la atención con que me mira que desvío la vista. Sue me habla de sangre que palpita, de voces que emocionan, de sueños. Siento el beso de Finn en mi palma como una quemadura, y ella ve al instante, no que no le amo, sino cuánto he llegado a temerle y a odiarle.
Se pone pálida.
-¿Qué piensa hacer? -dice en un susurro.
-¿Qué puedo hacer? -digo-. ¿Qué alternativa tengo?
Ella no responde. Se aparta de mí para mirar un momento a la puerta de la capilla, cerrada con barrotes. Yo miro la palidez de su mejilla, su mandíbula, la marca de la aguja en el lóbulo de su oreja. Cuando se vuelve, su expresión ha cambiado.
-Cásese con él -me dice-. El la quiere. Cásese con él y haga todo lo que le diga.
Ha venido a Briar a causar mi perdición, a engañarme, a hacerme daño. Mírala, me digo. ¡Mira qué delgada es, qué castaña e insignificante! ¡Una ladrona, una pequeña ratera...! Creo que me tragaré el deseo, como me he tragado la congoja y la cólera. ¿Voy a verme frustrada, frenada, reducida a mi pasado, privada de mi futuro... por ella? No, pienso, nada de eso. El día de nuestra fuga se aproxima. No. El mes se torna más caluroso, las noches más cortas. No, no...
-Eres cruel —dice Finn—. Creo que no me quieres como debieras. Creo -dice, y mira de soslayo, arteramente, a Rach-, creo que quieres a alguna otra persona...
A veces le veo mirar a Rach y creo que se lo ha dicho. A veces ella me mira de una forma tan extraña -o bien sus manos, al tocarme, parecen tan rígidas, tan nerviosas e inexpertas- que pienso que lo sabe. De vez en cuando no tengo más remedio que dejarles a solas, en mi habitación; él podría decírselo entonces.
¿Qué me dices de esto, Suky?¡Ella te quiere!
¿Quererme? ¿Como un ama quiere a su doncella?
Como algunas amas quieren a sus doncellas, quizás. ¿No ha buscado triquiñuelas para tenerte a su lado? ¿He hecho yo tal cosa? ¿No ha fingido sueños agitados? ¿Es lo que he hecho? ¿No te ha obligado a besarla? Cuidado, Suky; si intenta besarte otra vez...
¿Se reiría ella, como él dijo que haría? ¿Se estremecería?
Me parece que ahora se tiende en mi cama con mayor cautela, con las piernas y brazos recogidos. Me parece que a menudo es precavida y vigilante. Pero cuanto más lo pienso más la deseo, más crece y se agranda mi codicia. He despertado a una vida terrible; o acaso han cobrado vida las cosas que me rodean, sus colores son demasiado vivos, las superficies demasiado ásperas. Me asustan las sombras. Tengo la impresión de ver figuras que surgen de los dibujos desvaídos de las alfombras y colgaduras polvorientas, o que reptan por los techos y paredes, junto con las manchas lechosas de humedad.
Hasta los libros de mi tío me parecen cambiados; y eso es aún peor, es lo peor de todo. Los consideraba muertos. Ahora las palabras -como las figuras en las paredes- se alzan, llenas de sentido. Me aturullo, tartamudeo. No sé por dónde iba. Mi tío chilla, coge de su escritorio un pisapapeles de latón y me lo tira.
Esto me sosiega un rato. Pero una vez me hace leer de cierta obra... Finn me observa, con la mano encima de la boca y una expresión divertida en la cara. Pues el libro trata de todos los medios de que dispone una mujer para dar deleite a otra a falta de un hombre.
Y apretó los labios contra él, y hasta dentro...
-¿Le gusta esto, Hudson? -pregunta mi tío.
-Confieso que sí, señor.
—Bueno, y a muchos hombres, aunque me temo que no encaja mucho con mis gustos. Pero me alegra advertir su interés. Abordo este tema extensamente, por supuesto, en mi índice. Sigue leyendo, Quinn. Sigue.
Sigo leyendo. Y a mi pesar -y a pesar de la mirada oscura y torturadora de Finn- siento que las rancias palabras me excitan. Me sonrojo y me avergüenzo. Me avergüenza pensar que lo que he creído que era el libro secreto de mi corazón esté impreso, después de todo, con tan mísera sustancia como ésta..., que ocupe su lugar en la colección de mi tío. Salgo del salón todas las noches y subo despacio la escalera, golpeando contra cada peldaño los dedos de mis pies calzados. Si los golpeo todos por igual, estaré a salvo. Después permanezco a oscuras. Cuando Rach viene a desvestirme, me propongo sufrir su contacto fríamente, como pienso que un maniquí de cera sufriría el contacto rápido e indiferente de un sastre.
Sin embargo, hasta los miembros de cera ceden por fin al calor de las manos que los levantan y los colocan. Llega una noche en que, finalmente, me entrego a las de ella.
He empezado a tener sueños indescriptibles, y a despertar, cada vez, en una confusión de ansia y miedo. A veces ella se mueve. Otras veces no.
«Vuelva a dormir», me dice cuando se desvela.
Algunas veces lo hago; otras veces no. A veces me levanto y deambulo por el cuarto; en ocasiones tomo gotas. Esta noche las tomo; después vuelvo a su lado, pero me sumo, no en una letargia, sino en más confusión. Pienso en los libros que he leído últimamente, para Finn y mi tío: rememoro ahora frases y fragmentos: apretó sus labios y su lengua... me coge la mano... cadera, labio y lengua... lo forzaron con un poco de esfuerzo... me cogieron los pechos... abrieron de par en par los labios de mi pequeño... los labios de su coñito..
No logro silenciarlos. Casi los veo alzarse oscuramente de sus páginas blancas, juntarse, agolparse, combinarse. Me tapo la cara con la mano. No sé cuánto tiempo permanezco tumbada.
Pero debo de hacer algún ruido o movimiento, pues cuando retiro la mano ella está despierta y me está mirando. Sé que me mira, aunque la cama está muy oscura.
-Duérmase -dice.
Su voz es pastosa.
Noto mis piernas, muy desnudas dentro de mi cajmisón.
Noto el vértice en que se juntan. Noto las palabras que todavía se agolpan. El calor de los miembros de Rach me llega como un picor a través de las fibras de la cama. Digo:
—Tengo miedo...
Entonces su respiración cambia. Su voz se vuelve más clara y bondadosa. Bosteza.
-¿Qué pasa? -dice.
Se frota los ojos. Se aparta el pelo de la frente. ¡Si ella fuera cualquier otra! ¡Si fuera Emma! Si fuera
una chica de un libro...
Las chicas se enamoran fácilmente en ellos. Por eso existen.
Cadera, labio y lengua...
-¿Crees que soy buena? -digo.
-¿Buena, señorita?
Lo cree. Antes me infundía seguridad creyera.
Ahora parece una trampa. Digo:
-Me gustaría..., me gustaría que me dijeras...
—¿Que le dijera qué, señorita?
Dímela. Dime una forma de salvarte. De salvarme a mí misma. La negrura en la habitación es absoluta. Cadera, labio... Las chicas se enamoran fácilmente en los libros.
-Me gustaría -digo-, me gustaría que me dijeras qué tiene qué hacer una esposa la noche de bodas...
Y al principio es fácil. Después de todo, así es como se hace en los libros del tío; dos chicas, una que sabe y la otra que ignora...
-Querrá besarla -dice ella-. Querrá abrazarla.
Es fácil. Recito mi parte y ella -tras incitarla un poco- dice la suya. Las palabras vuelven a hundirse en las páginas. Es fácil, es fácil...
Entonces ella se levanta sobre mí y junta su boca con la mía.
He sentido antes la presión de los labios secos e inmóviles de uncaballero contra mi mano enguantada, mi mejilla. He padecido los besos húmedos e insinuantes de Finn en mi palma. Los labios de Rach son fríos, blandos, húmedos: no se acoplan perfectamente con los míos, pero enseguida cobran más calor, más humedad. Su pelo cae sobre mi cara. No la veo, sólo la siento, a ella y su sabor. Sabe a sueño, ligeramente agrio. Demasiado agrio. Separo los labios, para respirar o para tragar o para zafarme, pero al respirar o tragar o liberarme lo único que hago es atraerla hacia dentro de mi boca. Ella también despega los labios. La lengua surge entre ellos y toca la mía.
Y en ese momento me estremezco o tiemblo. Pues es como si descubriera algo crudo, la irritación de una herida o un nervio. Ella percibe mi sobresalto y se separa, pero despacio, tan despacio y con tanta desgana que nuestras bocas parecen adherirse y, al separarse, parece que se rasgan. Rach se cierne sobre mí. Noto el latido veloz de un corazón y supongo que es el mío. Pero es el suyo. Respira deprisa. Ha empezado a temblar, muy levemente.
Capto entonces la excitación, el asombro que ella me produce.
-¿Lo siente? -dice. Su voz suena extraña en las tinieblas-. ¿Lo siente?
Lo siento. Es como una caída, un descenso, un goteo, como arena que cae de una bombilla de cristal. Me muevo, y no estoy seca como arena. Estoy mojada. Fluyo como agua, como tinta.
Empiezo a temblar, como ella.
-No se asuste -dice con una voz entrecortada. Vuelvo a moverme, pero ella también lo hace, se me acerca y mi piel da un brinco hacia ella. Está más temblorosa que antes. ¡Mi proximidad la hace temblar! Dice-: Piense más en el señor Hudson. -Pienso en Finn, mirando. Ella repite-: No se asuste.
Pero es ella la que parece asustada. Sigue teniendo la voz entrecortada. Me besa otra vez. Levanta la mano y noto las yemas de sus dedos aleteando sobre mi cara.
-¿Ve? -dice-. Es fácil, es fácil. Piense más en él. El querrá..., querrá tocarla.
-¿Tocarme?
-Sólo tocarla -dice. La mano que revolotea desciende un poco-. Sólo tocarla. Así. Así.
Cuando me levanta el camisón e introduce la mano entre mis piernas, las dos nos quedamos quietas. Cuando su mano vuelve a moverse, sus dedos ya no aletean: están húmedos y se deslizan y, al deslizarse, como sus labios cuando los frota contra los míos, se aceleran y me dibujan, me extraen de la oscuridad, de mis formas naturales. Antes creía que la deseaba. Ahora empiezo a sentir un deseo tan grande, tan intenso, que temo que no se saciará nunca. Creo que irá creciendo y que va a enloquecerme o a matarme. Pero su mano se mueve lentamente.
Susurra:
«¡Qué suave es! ¡Qué cálida! Quiero...»
La mano se mueve aún más despacio. Empieza a apretar. Contengo la respiración. Ella entonces vacila, y luego aprieta más. Por fin presiona tanto que noto que mi carne cede y la siento dentro.
Creo que grito. Ahora no titubea, sin embargo, sino que se acerca y pone sus caderas alrededor de mi muslo; vuelve a apretar. ¡Es tan ligera!... Pero su cadera es afilada, su mano es roma, Rach se inclina, empuja, mueve las caderas y la mano como siguiendo un compás, un ritmo, una pulsación que se acelera.
Ella llega. Llega tan lejos que alcanza mi vida, mi corazón estremecido: pronto me parece que no estoy en ningún sitio más que en los puntos en que su piel toca la mía. Y entonces,
«¡Oh, ahí!», dice.
«Justo ahí! ¡Oh, ahí!», me estoy rompiendo, me estoy haciendo pedazos, explotando en su mano.
Ella se echa a llorar. Sus lágrimas caen en mi cara. Pasa la boca por ellas. Mi perla, dice, entretanto. Se le quiebra la voz. Mi perla. No sé cuánto tiempo pasamos tumbadas. Está hundida a mi lado, su cara contra mi pelo. Retira lentamente sus dedos.
Tengo el muslo mojado donde ella se ha inclinado y movido sobre mí. Las plumas del colchón han cedido debajo de nuestro peso, y la cama es alta y caliente. Ella retira la manta. Todavía es noche cerrada, la alcoba está oscura. Todavía respiramos rápido, el corazón nos late con fuerza, más rápido y más fuerte, me parece, en el silencio que se espesa; y la cama, la habitación -¡la casa!- parece llena del eco de nuestras voces, nuestros susurros y gritos.
No veo a Rach. Pero al cabo de un momento ella encuentra mi mano y me la aprieta fuerte; después se la lleva a la boca, me besa los dedos, pone mi palma debajo de su mejilla. Noto el peso y la forma de sus huesos faciales. La siento parpadear. No habla. Cierra los ojos. Su cara me pesa. Se estremece, una vez.
Su cuerpo desprende calor como un aroma. Extiendo la mano, subo la manta y envuelvo a Rach, con suavidad, en ella.
Todo ha cambiado, me digo. Creo que antes de esto estaba muerta. Ahora ella me ha despertado a la vida que me bulle dentro; ha separado mis pliegues y me ha abierto. Todo ha cambiado. Todavía la siento dentro de mí. Aún la siento moviéndose encima de mi muslo. La imagino despertando y encontrando mi mirada. Pienso:
«Se lo diré. Le diré: "Pensaba engañarte. Ahora ya no puedo. Era el plan de Finn. Podemos apropiárnoslo".» Podemos hacerlo, pienso; o si no, abandonarlo por completo. Sólo necesito huir de Briar: ella puede ayudarme, es una ladrona y es inteligente. Podemos huir en secreto a Londres y agenciarnos dinero por nuestra propia cuenta...
Así calculo y planeo mientras ella duerme con la cara encima de mi mano. El corazón vuelve a latirme fuerte. Me inunda, como si fueran colores o luz, una visión de la vida que llevaremos juntas. Luego me quedo dormida. Y supongo que durmiendo he debido de separarme de Rach -o ella de mí-, y que ella se despierta y se levanta, pues cuando abro los ojos se ha ido y la cama está fría. La oigo en su cuarto, salpicando agua.
Me incorporo de la almohada y tengo el camisón escotado hasta el pecho: ella ha desatado las cintas en la oscuridad. Muevo las piernas. Aún estoy mojada, mojada por el deslizamiento y la presión de su mano.
Mi perla, ha dicho.
Rach viene y me mira. El corazón me da un brinco.
Ella mira a otro lado.
Al principio pienso que sólo está violenta. Que se siente tímida y cohibida. Se mueve sigilosamente por el cuarto,'' saca mis enaguas y mi vestido. Me levanto para que ella me lave y me vista. Ahora dirá algo, pienso. Pero no lo hace. Y me parece que le da un escalofrío cuando ve el cerco rosa en mi pecho, la marca que ha dejado su boca, y la humedad en mi entrepierna.
Sólo entonces empiezo a tener miedo. Me lleva ante el espejo.
Le miro la cara. Su reflejo tiene un aire raro, torcido, alterado.
Me prende alfileres en el pelo, pero mantiene los ojos todo el tiempo fijos en sus manos inseguras. Está avergonzada.
Así que hablo yo.
-He dormido muy profundamente, ¿verdad? -digo en voz muy baja.
Ella parpadea.
-Sí -responde-. Sin sueños.
-Sólo he soñado una cosa -digo-. Pero era... un sueño dulce. Creo..., creo que aparecías tú, Rach...
Ella se sonroja, veo su rubor creciente y siento de nuevo la presión de su boca contra la mía, la atracción de nuestros besos ardientes e imperfectos, el empuje de su mano. Pensaba engañarla. Ahora ya no puedo. «No soy como piensas», le diré.
«Crees que soy buena. No lo soy. Pero contigo podría intentar serlo. El plan era de él. Podemos apropiárnoslo...»
-¿En su sueño? -dice por fin, separándose un poco-. No creo, señorita. Yo no. Sería el señor Hudson. ¡Mire! Ahí está. Ya casi ha terminado el cigarrillo. Se marchará... -Titubea un segundo, pero después prosigue-: Se marchará, si tarda.
Estoy un momento aturdida, como si su mano me hubiera golpeado; luego me levanto de la silla, voy a la ventana, exánime, y veo a Finn andar, fumar un cigarro, apartarse de la frente el mechón caído. Pero me quedo plantada ante el espejo, hasta mucho después de que él haya abandonado el césped para ir a ver a mi tío. Me vería la cara si el día fuese lo bastante oscuro; la veo, de todos modos: mis mejillas hundidas y mis labios excesivamente gruesos y rosados, más que nunca, ahora, debido a la presión de la boca de Rach. Me acuerdo de mi tío
—«Te he untado de veneno el labio, Quinn»— y de Barbara, que se sobresalta. Me acuerdo de la señora Suzy, restregándome la lengua con un jabón de espliego y luego limpiándose las manos a conciencia en el delantal.
Todo ha cambiado. Nada ha cambiado en absoluto. Rach ha abierto mi carne, pero volverá a cerrarse y quedará sellada, cicatrizada, endurecida. La oigo entrar en la sala; la veo sentarse, taparse la cara. Espero, pero no me mira; creo que nunca volverá a mirarme con franqueza. Yo quería salvarla.
Ahora veo claramente lo que ocurrirá si lo hago, si me desentiendo del plan de Finn. Se irá de Briar con ella. ¿Para qué iba a quedarse? Ella se irá y yo me quedaré con mi tío, con los libros, con la señora Suzy y con alguna chica nueva y dócil a quien magullar... Pienso en mi vida: en los minutos, las horas, los días que la han compuesto; en los minutos, las horas y los días que se extienden por delante, todavía por vivir. Pienso en cómo serán, sin Finn, sin dinero, sin Londres, sin libertad. Sin Rach. Y, como ven, es el amor -no el desprecio ni la maldad, sólo el amor- el que, después de todo, me induce a hacerle daño.
