Rick Hunter había vuelto a nacer. En cuanto llegó al hospital fue sometido a una delicada intervención quirúrgica. Roy no quiso separarse de él. Le preocupaba que su hermano pudiera perder completamente la vista.
Tras despertar de la cirugía, Rick vio todo oscuro y con una sensación desagradable en la cara. Palpó su rostro y una angustiante desesperación se apoderó de él. Justo en ese momento, Roy venía entrando con el médico.
—¡No! ¡Mis ojos! ¡Estoy ciego!
—¡Rick, cálmate! —Roy tuvo que hacer un gran esfuerzo para sujetarlo, ya que la fuerza de Rick, presa de la adrenalina, era descomunal—. ¡Doctor, por favor!
El médico llamó a las enfermeras y una de ellas le administró un sedante. Afortunadamente, Rick no se quitó las vendas.
—Los siguientes seis días son decisivos, mayor Focker —dijo el médico especialista al enterarse del episodio de pánico de Rick—. Las visitas están restringidas, solamente gente muy próxima.
Claudia llegó al hospital a las 2100, vio a Roy golpeando una pared del pasillo cercana al cuarto de Rick. El hombre sentía una gran frustración e impotencia.
—Cariño, ¿cómo está?
—Hace unas horas lo sedaron. Intentó quitarse los vendajes. El médico dijo que los próximos seis días son decisivos. Esto es muy duro, mi amor —Roy abrazó a Claudia como un niño.
—Todo estará bien —lo abrazó con ternura. Las chicas quieren venir a visitarlo.
—Por ahora, las visitas están restringidas. Únicamente la gente más próxima, o sea tú y yo. ¿Dios, cómo pudo pasar? —se separó de Claudia para mecerse el cabello, ella lo abrazó por detrás y se quedó con él hasta que estuviera más tranquilo.
Debido al estado de shock, el teniente Hopkins le pidió a la teniente Andrade que se quedara con él esa noche, pero ella se rehusó, agradeciéndole. Esa noche, Nicté revivió en sueños el accidente que casi le cuesta la vida a ella y sus compañeros del Océlotl, y por otra parte, guiar a Rick Hunter que llegó sano y salvo a la pista de Macross.
Despertó bañada en sudor frío en medio de la noche, tomó el dije de su cuello y pidió con todas sus fuerzas que él estuviera bien. Al día siguiente de la prueba, alistándose para su jornada diaria, recibió una notificación telefónica de licencia por tres días. Con la pena, Almirante. Si voy a volverme loca que sea haciendo algo de provecho.
Al estar ante el SDF-2, lo vio tan inmenso que dudó entre ingresar o no. Se sobrepuso a su disyuntiva. Llegó al puente saludando como de costumbre y se sentó ante la tacnet. Mientras se acomodaba la diadema comunicadora, escuchó un aplauso, se dio vuelta. Era Sammy de pie, luego le siguió Kim, Vanessa, Jackson, Salvatti, hasta que todo el personal hizo sonar sus palmas. Lo único que la teniente Andrade hizo fue sonreír tímidamente.
Durante el descanso, fueron a estirar las piernas. Necesitaban saber muchas cosas.
—¡Tú eras el "misterioso piloto fantasma"? —la confrontó Vanessa
—Ahora me explico eso de "es un proyecto para Gloval" —Kim se sentía ofendida.
—¡Nos mentiste! —clamó Sammy.
—Momento, yo no les mentí. Fue cierto, yo hice un proyecto para Gloval.
—¿Ah, sí? ¡Explícate! —las Conejitas se iban enojando cada vez más, se sentían traicionadas en su confianza.
—Expuse la posibilidad de montar una cámara fotográfica en un varitech para recabar información más precisa de los patrullajes y de las batallas. Nada más que jamás me imaginé en un principio que yo terminara siendo el piloto de prueba y mucho menos que tendría que pelear con Focker Sterling, Parina y Hunter.
—¡Cómo sea! ¡Eres increíble! —Sammy, más calmada con la explicación, le brillaron los ojos.
—Primero esas fotos. ¡Vaya talento! —señaló Vanessa.
—La paliza que les diste a los pilotos y cuando pelearon los cinco contra los zentraedis —Kim les guiñó el ojo a las otras dos.
—¿Y cómo se enteraron que hice eso último? —Nicté se mostró confundida.
—Gloval envió un dron a filmar la prueba de batalla —reveló Vanessa.
Las tres se quedaron calladas un instante viéndola fijamente para luego ponérseles los ojos vidriosos y estallar en llanto.
—¡Salvaste al capitán Hunter! —Nicté las miró con ternura.
—Tenía que hacerlo. Es un compañero y uno de los pilotos más valiosos de la base. También habrían hecho lo mismo.
—¿Cuándo habría hecho lo que hiciste? ¡Nunca! —Sammy reconoció la valía de su amiga.
—¿Han sabido algo del capitán Hunter? —la voz de Nicté expresó honda preocupación.
—Nada —dijo Vanessa—. Es la segunda vez que derriban al capitán Hunter.
—¿Cómo que la segunda?
—Fue por fuego amigo.
—¿Fuego amigo, Sammy? Explícate, por favor —según su experiencia, el fuego amigo es considerado un error.
—Habíamos vuelto a la Tierra después de una larga travesía desde Plutón y hubo un ataque. De pronto, un crucero de lanzó contra nosotros. Se preparó la estrategia Daedalus en su contra, pero por alguna razón la capitana Hayes no dio la orden inmediatamente, sino varios segundos después. El entonces teniente Hunter se vio atrapado por el fuego de nuestros misiles, se eyectó y cayó al mar, el Bermellón 1 quedó en malas condiciones y nuestros ingenieros lo reconstruyeron.
—Fue una suerte que no muriera mientras descendió en paracaídas. ¿Por qué no lo hizo esta vez? —Vanessa se mostró contrariada.
Nicté, cerrando los ojos, se quedó pensando con la mano en la sien, enroscó sus dedos en un mechón de su cabello y sacó apenas la puntita de la lengua.
—Estaba ciego. Cada batalla es distinta, chicas. A veces se sale ileso, otras, herido y muchos más, muerto. Entonces el capitán Hunter lleva un derribo por fuego amigo y otro, zentraedi.
—Lo que todavía no entiendo es cómo pudiste volar de esa manera y entiendes las reacciones de un piloto —Kim lanzó la pregunta decisiva.
Nicté tomó aire.
—Tarde que temprano se van a enterar. Yo fui piloto de combate en Nueva Ciudad de México.
—¿Tú? —las tres se vieron entre sí y luego a ella queriendo entender lo que decía.
—Sí, yo. Verán, vuelo formalmente desde que tenía 10 años, mis abuelos y mi padrino, pilotos de la entonces FAM me enseñaron todo lo que sabían. El ejército de México se diferenciaba del de otras naciones por ser un ejército de defensa en caso de invasión y de ayuda a la población civil. Las únicas guerras que se tuvieron fueron civiles.
Luego de la Lluvia de la muerte, se necesitaban manos para formar parte de la RDF y empezar de cero. Al poco tiempo, se abrió el programa para civiles con experiencia para formar pilotos de combate en ocho semanas, creado por el difunto almirante Hayes. Al mismo tiempo, entré a la academia en control de vuelo. Al terminar, me seleccionaron para el escuadrón Océlotl, quiere decir jaguar en lengua náhuatl, y me otorgaron el grado de subteniente. Fue poco tiempo el que estuvimos por el mismo curso.
Los pocos zentraedis que hay en México están de paso; se mueven hacia Sudamérica desde el norte, suponemos que desde aquí. Desde que estábamos en la academia, al alto mando de la región Latinoamérica se le ocurrió implementar juegos de guerra para prepararnos para saber como pelear contra ellos, a pesar de contar con pocos recursos y experiencia casi nula en combate real. En mi escuadrón les llamamos las guerras floridas, porque obteníamos un beneficio.
Entre las ruinas de Buenos Aires, se encontraron películas de combate aéreo de la Segunda Guerra Mundial y de otros conflictos posteriores, se copiaron de alguna manera. Se distribuyeron y comenzamos a estudiarlas. Aprendimos sus mismas estrategias y así peleábamos entre escuadrones de nuestros países, tanto interna como externamente. Buscábamos ganar, aunque no siempre se podía. Eran batallas con pintura. Debieron ver los cazas como quedaban después de nuestros encuentros. El castigo por perder era lavarlos y dejarlos limpios. También hubo ocasiones donde llegamos a usar municiones usadas, las nuevas eran exclusivamente para patrullaje.
Un día, nos llegaron películas de los escuadrones del SDF-1 y de los zentraedis. Adoptamos a cuatro ídolos, los llamamos Los Cuatro Fantásticos: el mayor Focker, el capitán Hunter, el teniente Sterling y la teniente Parina, así conocimos sus estilos, fallas y aciertos. En un inicio los imitábamos en todo, pero gracias a uno de los instructores y nuestro "entrenador", el coronel Suárez, encontramos nuestros propios estilos.
—¿Por qué dejaste del escuadrón?
Es algo bastante vergonzoso, Vanessa. Un día, nuestro líder del Océlotl, el comandante Salgado, nos ordenó viajar en varitech desde la base de Nueva Ciudad de México a Cozumel en una sola jornada sin descansar y sin recargar combustible.
—Pero eso es imposible para un avión caza —Sammy no podía creerlo.
—Lo mismo dijimos mis compañeros, el teniente segundo Aldo El Negro Gutiérrez y el teniente primero Félix Gato Taboada, y yo. El comandante insistió. A la altura del Paso de Cortés, la torre de control nos avisó de un cambio en el clima. Siguió sin hacer caso. Vimos que nos quedaba poco combustible, tal vez lo suficiente o para regresar a Puebla o seguir hasta el Puerto de Veracruz.
Nos preocupamos porque los vientos de esa parte de la sierra son terribles y pueden derribar un caza como si fuera de papel. Fue cuando nos llamó cobardes, mariquitas y nenas por temerle a una brisa. Y lo llamé idiota —las Conejitas se quedaron con la boca abierta—. Sé que no debí hacerlo, pero nuestra vida corría un verdadero peligro por su necedad.
Taboada tomó el mando y decidimos volver, pero el mal tiempo cayó antes de lo previsto. Intentamos llegar a Puebla, pero nos fue imposible. Nos estrellamos en alguna parte cerca del Pico de Orizaba. Taboada se fracturó las piernas; Gutiérrez, tres costillas; yo terminé con golpes en todo el cuerpo y la cabeza, esguinces en una pierna y el brazo. Pedimos ayuda por la radio. Quién sabe cuanto estuvimos así. Nos encontraron helados, doloridos y con hambre.
Mientras estuvimos en el hospital, se nos hizo una corte marcial por los cargos de amotinamiento. En mi caso, también se incluyó desacato a un superior. Estábamos convalecientes en el hospital cuando llegaron el coronel Saldaña, jefe de la base y el comandante Salgado. Salgado —Nicté apretó los puños— rompió nuestras insignias aladas delante de nuestras caras y nos las echó sobre la cama como si fueran basura. Así nos dijeron que dejábamos de ser pilotos, se borraron de nuestros expedientes cualquier mención de misiones, patrullas, batallas, estudios y las guerras floridas, solamente se quedó en manejo de vehículos. Conservamos nuestros rangos haciendo las tareas que allá se consideran las más bajas para un piloto, ser mecánico en el caso de ellos y yo, en control de vuelo.
Debido a la irritabilidad que yo sufrí entonces, me pusieron el maldito sobrenombre de Perra Rabiosa.
Si se preguntan que hizo Salgado en lo que regresábamos, el muy hijo de puta bajó en Córdoba, mejor dicho, lo bajaron los vientos. Nunca admitió su error.
—¿Y cómo fue que llegaste a Macross? —Sammy preguntó esta vez.
—Lo del motín fue lo que derramó el vaso. Decidí ver a una psicoterapeuta porque sabía que no estaba bien, cualquier cosa me hacía estallar. De alguna manera el almirante Gloval se enteró de lo que pasó. Habló con el coronel Saldaña porque necesitaban personal y así llegué aquí.
—Pero eso no explica que ayer estuvieras en la prueba de vuelo.
—Gloval me dio la oportunidad de reivindicarme. En un inicio estuve de acuerdo porque era fotografía aérea de reconocimiento y después se incluyó la de batalla. Les confieso que me dio mucho miedo; temí regresar a esa etapa oscura, ser presa del miedo, la ira y el perfeccionismo, llegué inclusive a lastimar seriamente a mis contrincantes y compañeros durante las guerras floridas.
Y pude con el paquete, mi "problema", los Cuatro Fantásticos, una batalla contra zentraedis rebeldes y como extra, traer de regreso al capitán Hunter.
—Cuando el VT/f despegó escuché Ray of light de Madonna. Eso es extraño, Nicté.
—Verás Sammy, La música me calma. En algún momento de la fase de batalla, ya no la escuchaba, solamente mi corazón que latía rápidamente.
Nicté se quedó callada; habían llegado al hangar del Bermellón que estaba completamente desierto. Ahí estaba la nave de Rick Hunter con el vidrio de la capota roto. Se acercó al varitech y lo acarició en la nariz. Un gesto que las Conejitas no pasaron desapercibido.
—Ahí vienen la capitana Hayes y la comandante Grant —señaló Kim.
Lisa Hayes y Claudia Grant, con expresión seria, venían saliendo de la oficina del Bermellón y se dirigieron donde estaban sus compañeras.
—¿Alguna novedad, capitana Hayes, comandante Grant? —inquirió Vanessa.
—Según el especialista, los próximos seis días son críticos —se atrevió a decir Lisa con dolor.
—Roy me contó que anoche intentó quitarse los vendajes y tuvieron que sedarlo —la tristeza también se podía ver en los ojos de Claudia.
—¿Podemos ir a visitarlo, comandante Grant? —dijo Sammy.
Claudia movió negativamente la cabeza.
—Únicamente los más próximos a Rick, como lo somos Roy y yo. Se lo acabamos de comunicar a Max y Miriya.
—No entiendo cómo pudo pasar. Rick es de los más experimentados de la flota —Lisa se sentía terriblemente mal. Tenía ganas de llorar, pero se contuvo.
Las seis mujeres vieron al piso apesadumbradas y regresaron al SDF-2. Pero una sombra las había estado escuchando.
Los pilotos saben que cualquier cosa puede suceder cuando se está bailando con la muerte allá arriba. Una tormenta, una avería o un ataque inesperado. El doctor ya hizo su trabajo. Ahora el capitán Hunter debe permitir que Dios haga el suyo. Hasta entonces nos queda esperar. Nicté volvió la vista al Bermellón 1, herido, sin su jinete, esperando igual que toda la base.
Cuando Lisa se encerró en su oficina con Claudia, estalló en llanto.
—¡Se va a quedar ciego! ¡Dejará de volar! ¡Se morirá en vida!
—Todavía no lo sabemos, Lisa —Claudia intentó contenerla.
—¡Dios, por favor! ¡Rick, Rick!
Una vez que pasó el efecto del sedante, Rick Hunter le pidió a Roy estar solo. No quería que le tuvieran lástima. Roy Focker sabía que Rick podía ser capaz de una locura después del episodio de horas antes. Fue hacia la puerta la abrió y la cerró, volviendo su presencia completamente silenciosa.
Al saberse solo, Rick Hunter, el piloto rebelde y osado, lloraba en silencio.
—No me pueden quitar la vista. Yo necesito regresar al cielo —se hizo un ovillo en la cama y se sintió pequeñito, completamente indefenso. Así se quedó dormido tras unas horas. En sueños revivió cada etapa de la pelea contra el "misterioso piloto fantasma" y la batalla contra los zentraedis rebeldes. La oscuridad lo envolvió, se vio caer completamente ciego al vacío. Escuchó una voz que le decía que confiara en ella. Fue cuando vio a un ángel con alas blancas con el uniforme de piloto de la RDF. Era Nicté dándole la mano para guiarlo. "No te dejaré solo, Rick".
El capitán Hunter despertó sobresaltado. Ella me guió a la base y me hizo aterrizar. Necesito verla. Roy Focker pasó la noche en una silla de la habitación. Tenía cara de no haber dormido bien.
—¿Eh, qué? ¡Ah, Rick! —se talló los ojos con una mano y dio un bostezo—. ¿Cómo te sientes, cachorrito?
—Roy,¡llévame con ella, por favor! —Rick se levantó de la cama buscando a tientas el camino.
—¿De qué estás hablando?
—El ángel, el que me guio.
—¡Cálmate, cachorro! —lo regresó a la cama—. El doctor dijo que evitaras agitarte en cuanto despertaras. ¿Tienes hambre? —destapó la charola con el desayuno.
—Lo que quiero es quitarme esto —Rick volvió a llevarse las manos a su rostro.
—En seis días te lo quitarán. Viéndote bien, pareces una momia. Sí, una momia con el pelo alborotado.
—Roy —Rick cambió su tono de voz a uno más bajo y lastimero.
—Sí, dime.
—¿Voy a quedarme ciego?
—Quisiera poder responderte, Rick, pero no lo sé. Te trajimos en cuanto aterrizaste.
Rick comenzó a temblar y a cerrar los puños.
—¿Te das cuentas que dejaré de volar si pierdo la vista? —dijo levantando la voz.
—¡Basta, Richard! Escúchame bien, deja de hacerte ideas —Roy abrazó a su hermano y Rick estalló en llanto—. Lo siento, cachorro—. Así los dos hermanos permanecieron unidos un largo rato.
Pese a saber de las visitas restringidas a personas próximas al paciente, Nicté Andrade fue durante esos días al hospital. Claudia la llegó a ver de lejos en la estación de enfermeras solicitando informes sobre la salud del capitán Hunter. Debido a las actividades de Roy Focker, se dispuso que una enfermera auxiliara y vigilara a Rick los siguientes días. Claudia pasaba a verlo en las tardes y Roy se quedaba con él en las noches.
Para el personal de la base Macross, el estado de salud del capitán Hunter se convirtió en prioridad. Esos seis días se convirtieron en un verdadero suplicio.
Seis días después
A las 1300, el médico mayor Kipling, especialista en oftalmología, entró al cuarto de Rick Hunter seguido por una enfermera. Roy y Claudia querían estar presentes acompañando a Rick, a quien los nervios lo estaban matando.
—Capitán Hunter. Hoy le retiraré los vendajes. Cerraré un poco la cortina de la ventana para que la luz no lo lastime. Quiero que sepa que hicimos un excelente trabajo, ahora todo depende de su organismo. Existe la posibilidad de que haya perdido la vista y otra de que no. ¿Está listo?
—Adelante, doctor. ¡Dios mío, déjame volver a volar, por favor!
El doctor Kipling le pidió a la enfermera que se acercara con la charola del instrumental. Tomó unas tijeras y cortó la cinta adhesiva. Roy y Claudia observaron todo el procedimiento tomados de las manos. ¡Dios, por favor, ayúdalo!
El médico desenvolvió lentamente las vendas de la cabeza de Rick que la sintió más ligera después que se las retiraran. Sus ojos estaban parchados con gasas. Kipling tomó una gasa estéril y la humedeció en solución salina para reblandecer el microporo y así desprenderlo con facilidad de su piel. Por fin, Rick ya no tenía ningún vendaje.
—Capitán Hunter, abra lentamente los ojos, por favor —Rick siguió las indicaciones. Apenas abrió un poco, distinguió algo claro sin formas. Al tener los ojos completamente abiertos, las lágrimas corrieron por su joven rostro.
—¡Veo, doctor! —señaló con el dedo hacia el frente—. Ahí, está la ventana —luego a su derecha estaba el doctor y la enfermera. A su izquierda, su hermano mayor y Claudia también llorando de felicidad—. ¡Hermano!
—¡Rick, hermanito! —y se abrazaron.
—¡Gracias, Dios mío! —Claudia levantó el rostro con los ojos cerrados profundamente agradecida.
—Afortunadamente, las astillas del vidrio de la capota se clavaron superficialmente en la córnea de ambos ojos y le cortaron el interior del párpado, por eso la sangre. Le pusimos sutura absorbible. Unos minutos más tarde y pudo haber un daño mayor.
—¿Ya puedo regresar a casa, doctor? —Rick se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
—Sí, capitán Hunter. Por el momento, evite salir a la luz del día y si debe hacerlo, use lentes oscuros. Es por unos días. Tampoco se desvele ni force la vista para leer o ver la televisión. Ya puede recibir visitas, eso sí no muy largas.
—¿En cuánto tiempo me puedo reincorporar al servicio?
—Tómese esta semana de licencia. Le avisaré a la capitana Hayes. No sé que habrá hecho de bueno, capitán, pero agradézcale a Dios que le envió un ángel. Con permiso, tengo otros pacientes. Mayor, comandante, capitán —se inclinó en una leve reverencia.
—Dejaré a Claudia en la base y de paso, iré por algo de ropa a tu barraca. No te vayas a ir, cachorrito —Roy lo despeinó.
—¡Qué alegría, Rick! Nos diste un gran susto. Éstas son muy buenas noticias.
A los pocos minutos, llegaron a la base Macross. Fueron directamente a la cafetería y encontraron a Lisa, las Conejitas y Nicté a la hora de la comida.
—¡Vean! —señaló Kim hacia la entrada—. Son el mayor Focker y la comandante Grant. Espero que nos traigan buenas noticias.
—¿Qué pasó? —Lisa les preguntó con ansiedad. Esos días ya no comía ni dormía por estar presa de la preocupación.
—¿Perdió la vista, mayor Focker? —Sammy lanzó la pregunta clave.
Roy caminó directo hacia Nicté que ya se había levantado para preguntar, pero el espontáneo abrazo de Focker la tomó por sorpresa.
—Ahora sé que los ángeles sí existen. De no ser por ti, mi hermano… —un susurro lo interrumpió.
—¡Ma-yor Fo-c-ker! ¡Me es-tá ap-a-chur-ra-ndo! —se estaba poniendo ligeramente morada por al abrazo de oso de Focker.
Roy se apartó y le sonrió tomándola de las dos manos.
—Gracias. Creía haberlo visto todo como piloto, pero me equivoqué.
—Usted habría hecho lo mismo por sus hombres. El líder siempre cuida a su escuadrón. Excepto el idiota de Salgado.
—Pero pedirnos que confiáramos en ti para guiar a un piloto ciego y hacerlo descender sano y salvo en la base es difícil de creer. Y soy testigo de que lo viví. Ve mañana a primera hora a la oficina del Skull, hay muchas cosas que necesitas explicarnos.
El doctor ya dio de alta a Rick. Pueden ir a verlo este sábado —y dirigiéndose a Nicté—. Especialmente quiere verte, Ángel.
Nicté se sonrojó al escuchar esas palabras. Lisa sintió un vuelco en el estómago.
—¿No podríamos ir hoy? —Sammy puso ojitos de gatito encantador.
—Me temo que no, Sammy. Rick necesita descansar, lo que vivió no fue un paseo en el parque. Le ordenaron llevar lentes oscuros para salir durante el día. El cachorro se va a sentir artista de cine.
—¿Cuándo volverá al servicio? —fue lo único que atinó a preguntar Lisa observando de reojo a Nicté quien también notó esa "miradita" de la Reina de Corazones cuando ordenaba una ejecución.
—El doctor Kipling dijo que hablaría contigo, Hayes. Bueno nenas, tengo que irme. También necesito descansar.
—Te veo más tarde, amor —Claudia le dio un beso en los labios.
—¿Y me preparas mi ensalada de piña?
—Sí, mi piloto.
Cuando las seis se dirigían al puente, Lisa llamó aparte a Nicté.
—Teniente Andrade, necesito para este sábado su reporte de toda la prueba de vuelo. Incluya también la batalla contra los zentraedis y la operación de rescate —dijo secamente.
—Muy bien, mi capitana.
—No entiendo cómo lo hizo. Quiero estar presente cuando hable con el mayor Focker. ¡Es imposible! No venía ningún registro en su expediente. Le solicitaré al almirante Gloval que convoque a una reunión. Siga con sus actividades.
—Entendido, mi capitana.
Lisa cumplió. Le solicitó a almirante Gloval una audiencia donde estuvieran presentes el mayor Focker, el teniente Sterling y la teniente Parina, Claudia y ella. No era posible que una controladora de vuelo fuera capaz de semejante hazaña sin ningún papel en su expediente que lo demostrara.
Al día siguiente, Nicté se presentó en el puente como todos los días. Lisa la llamó para hablar en privado. Ella arguyó su reunión con Focker. Lisa le comentó que él también estaría presente. El sitio elegido fue el despacho del almirante Gloval. Se sorprendió al verlos reunidos.
—Muy bien, teniente Andrade. Nos quiere explicar detenidamente cómo es que pudo volar un VT, enfrentarse a los pilotos más experimentados, pelear en contra de zentraedis y traer de regreso al capitán Hunter. ¿Por qué no están sus constancias en su expediente? —Lisa necesitaba respuestas y las quería ya.
—Está bien, mi capitana —Gloval le dijo con la mirada que siguiera, ya había enfrentado lo peor—. Hasta hace un año me desempeñé como piloto de combate en el escuadrón Océlotl de la Región Autónoma de Latinoamérica, área centro norte, base Nueva Ciudad de México, bajo el mando del comandante Héctor Salgado. Si no aparecen mis constancias de horas de vuelo en simulador, estadísticas de desempeño, misiones y demás es porque dejaron de existir. Ni mi nombre ni el de mis compañeros de escuadrón están en ningún archivo de la RDF. Se nos castigó por amotinamiento y, en mi caso, también por desacato —Nicté les narró paso a paso como ocurrieron los hechos. Habérselos contado a las Conejitas le hizo más fácil enfrentar a tan especial "comité de la verdad".
Los cinco se quedaron boquiabiertos cuando mencionó la palabra idiota.
¿Piloto de combate?
¿Amotinamiento?
—Si estás bajo castigo, ¿cómo es qué fuiste el piloto de prueba del VT/f? —señaló Max.
—Yo hice el proyecto VT/f y necesitaba estar presente. La prueba tenía dos objetivos, probar la cámara en patrullaje y en batalla. El segundo era ganar un puesto como piloto en algún escuadrón si es que pasaba la prueba. El día que recibí mi ascenso supe que también se incluiría la fase de batalla en la prueba de vuelo.
A la pregunta de cómo pude enfrentarlos, a ustedes los mejores pilotos de la base Macross, pelear contra los zentraedis y traer de regreso al capitán Hunter es simple: vuelo formalmente desde los 10 años. Mis abuelos y mi padrino, pilotos militares, me enseñaron. Todos los fines de semana, íbamos al club aéreo para el personal y sus familias de la FAM. Desde los 12 años, participé en combate aéreo con pintura: no eran cazas, sino otro tipo de naves. A los 15, aprendí a guiar a un piloto ciego.
Les contó todo lo de su preparación como piloto de combate, su estancia en la academia y los juegos de guerra. Lisa se sorprendió. Siempre supe de ese programa, pero sería aplicado únicamente para los pilotos de Norteamérica y Europa. Cuando escucharon como los llamaban en la región de Latinoamérica, Max se sintió algo cohibido—. Realmente fue una casualidad que nos encontráramos allá arriba.
—Muy bien, pero eso no explica cómo nos venciste.
—Mi mayor Focker, si nos ponemos analizar la situación, nadie ganó; los zentraedis nos interrumpieron —así fue, Roy no había notado ese detalle—. Solamente me enfrenté con ustedes en buena lid.
Ustedes debían darme pelea, eran sus órdenes. Por lo que vi, fueron demasiado rudos. Fue una gran impresión verlos delante de mí.
Pero sí es como dice que los vencí, yo tenía una motivación mayor y pagaría el precio: volver a volar para ganarme un sitio en un escuadrón.
—Tampoco entiendo qué fueron esos movimientos de lucha con los que me detuviste.
—Eso, teniente Parina, no fue lucha, sino pasos de salsa, un baile caribeño. Como les decía, teníamos que aprender todo tipo de estrategias de burla, finta, combate directo cuerpo a cuerpo o cualquier cosa que supiéramos para incluirla en las guerras floridas o en peleas. Debíamos compensar nuestra poca experiencia con mañas e instinto. Lo que apliqué fue algo que llamamos espejos: usé sus mismos estilos para combatirlos, primero los saqué de balance y luego ataqué.
Debo decir, teniente Sterling, que usted fue el contrincante más difícil. Usted se adapta a la situación, siempre con los nervios templados.
—Así que nos enfrentamos a nosotros mismos. Debo decir que es astuto. Lo que me impresionó fue tu valor, el compañerismo para con Rick y la honorabilidad que presentaste en combate. Me encantaría que estuvieras con nosotros en el Skull.
—O en el Bermellón —afirmó Sterling.
—Eso ya no depende de mí, caballeros —Nicté vio fijamente al almirante Gloval.
—Aun así, no puede estar en un escuadrón sin papeles. Eso nunca. Rick y la… teniente Andrade juntos. Primero me parte un rayo.
—Capitana Hayes —Gloval puso sobre su escritorio un grueso expediente con carpeta morada con el emblema de la UN Spacy—. ¿Esto será suficiente? —era el "desaparecido" registro de la teniente Andrade. Gloval se lo pidió a Saldaña, lo conocía perfectamente de sobra; sabía que podría usar esos papeles para su beneficio personal. Se levantó y caminó hacia su privado—. En cuanto terminen, necesito hablar contigo, teniente Andrade.
—¿Cómo? —Claudia lo revisó. Estaba el certificado del curso del almirante Hayes, las contiendas donde participó el escuadrón Océlotl en las guerras floridas contra los escuadrones Cóndor de Argentina, Inca del Perú, Quiché de Guatemala, y Coyote, Venado y Teporingo de México entre otros; misiones de reconocimiento, escolta, patrullas y el reporte por amotinamiento y desacato, más aparte las estadísticas de combate y horas de simulador en Macross y la evaluación psicológica de la coronel Da Silva. Esto último llamó poderosamente la atención de Claudia. Lisa revisaba el resto del expediente y se centró en el reporte del motín—. ¿Evaluación psicológica? No entiendo.
La teniente Andrade les contó cómo el motín del Océlotl la llevó a buscar ayuda psicológica.
—¿Es grave lo que tienes? —preguntó Roy.
—Estoy en fase de recuperación por trastorno de estrés postraumático (TEPT) lo sufro desde los siete años. Algo común en veteranos de guerra, secuestrados, gente sometida a esclavitud sexual, pérdidas de seres queridos en circunstancias trágicas como un accidentes o durante la guerra o agonías largas. Mi caso no corresponde a ninguna de esas causas, es otra. Disculpen si todavía no se las puedo confiar —Lisa se vio reflejada por lo de su padre, su madre y su prometido Karl Riber.
El TEPT es un trastorno por ansiedad. Cuando yo experimentaba determinadas circunstancias, estallaba en episodios de ira y miedo. Para evitarlo buscaba insistentemente la aprobación de los superiores, adultos que podrían ser mis familiares, mis maestros. Necesitaba ser la mejor en todo, lo cual fue muy difícil porque no siempre lo conseguía; ganar sin importar si lastimaba a la gente. Lo hice para protegerme debido a la carencia de confianza que debió ser construida por mis padres. Gracias a mis abuelos y mi padrino conseguí una parte que actualmente se va fortaleciendo. Con la coronel Da Silva encontré la palabra para definir esa carencia: huérfana de amor. Mis padres estaban físicamente y al mismo tiempo no. Sufrí críticas y alabanzas por parte de ellos; órdenes de hacer y no, ser y no. Total, quién no se termina volviendo loco con una paradoja.
Después de una pérdida muy dolorosa, el trastorno se hizo cada vez menos manejable. Estallaba a la menor provocación, casi siempre cuando algún superior, maestro de la universidad, algún familiar más viejo o jefe del trabajo me criticaba. Cuando lo hacía ni me daba cuenta en ese momento, sino cuando pasaban algunos minutos con lo cual me invadía una culpa terrible.
Confiar en mis instintos, conocerme, escucharme, manejar mis emociones es algo que no sabía hacer. Poco a poco lo he estado consiguiendo y sé que así será. Busco una oportunidad como piloto de combate y ser una persona sana otra vez. Sé que puedo aportar mucho y también aprender de ustedes —esas últimas palabras las dijo con tal convicción que los cinco se quedaron sin palabras.
Roy Focker, con los brazos cruzados se acercó a ella viéndola directo a los ojos.
—Solamente una cosa, Ángel. La próxima vez que quieras ganar, nada de aventarte en picada con los motores apagados. Es un orden, ¿comprendido —Roy le sonrió.
—Comprendido, mi mayor —Nicté se sintió aliviada luego de pasar por ese terrible interrogatorio que sabía, tarde que temprano, haría aparición.
—Yo digo que es todo. ¿Alguien quiere agregar algo?
—Yo sí, mayor Focker —Max se encaminó hacia Nicté y la vio con seriedad—. ¿Nos podrías explicar eso de Cuatro Fantásticos? No sé si sepas, pero los cómics y los videojuegos me encantan.
—Está bien, teniente Sterling, digo Max. Miriya sería la Chica Invisible porque nadie la ve cuando ataca, Roy, La Antorcha Humana por explosivo y audaz en su vuelo y ataque; tú, el Señor Fantástico por su mente fría y calculadora. Y… —ahí se detuvo como decidiendo si decía el resto.
—Y Rick ha de ser la Mole por ser un cabeza dura —el comentario de Roy le arrancó las risas a todos.
—Más bien porque embiste. Parece un ariete cuando se abre paso entre los enemigos.
Lisa, aunque le hizo gracia el chiste de Roy, no estaba muy convencida de que Nicté pudiera estar en un escuadrón, pero la prueba de vuelo demostró que tenía todo para pertenecer a la flota Macross: servicio, valor, determinación, osadía, compañerismo y algo que casi no veía entre las filas, solidaridad.
Los cinco se despidieron. Nicté fue a ver al almirante Gloval a su privado.
—¿Para qué quería verme, señor?
—Si mal no recuerdo, teniente Andrade, te di tres días de licencia. ¿A qué se debió tu negativa? —Gloval fumaba su pipa viendo hacia el exterior.
—Debía cumplir con mis obligaciones.
—Comprendo tu dedicación, pero cuando te la otorgué fue para que te repusieras de la descarga emocional que tuviste. En cuanto el teniente Sterling te abrazó tras bajar del VT/f, caíste de rodillas hecha un mar de lágrimas —ella lo acompañó viendo un hermoso atardecer.
—Ya no recordaba los imprevistos en batalla. Usted sabe, "El hombre propone, Dios dispone, llega el diablo y lo descompone".
—Te vi tan enfocada —encendió de nuevo su pipa—. Te acoplaste a los otros pilotos como si fueran viejos conocidos. Pero lo otro me dejó sin habla. Todavía pienso que lo vi en una película, aunque las Águilas de Acero me habían hablado de eso alguna vez
—Fue real, almirante. Todavía no me explico del todo cómo el capitán Hunter confió en mí, sabiendo que es muy necio.
—Tuviste la determinación de sacarlo adelante. En cuanto llegaron a la base, el mayor Focker y los tenientes Sterling y Parina tampoco podían creerlo. Focker quería regresar, pero Sterling insistió en que confiara en ti.
—Entonces, ¿pasé la prueba?
—Todo a su debido tiempo, jovencita. Te ordeno que vayas a descansar después de tu turno. Prepara un reporte de tu participación en la prueba de vuelo.
—La capitana Hayes ya también me lo pidió, almirante. Es el sábado, casi lo termino.
—Con una copia del mismo bastará. Faltarían las versiones de los otros cuatro pilotos.
—Cambiando de tema, ¿ya se enteró de la buena noticia sobre el capitán Hunter?
—Me alegra que todo saliera bien después de todo. El capitán Hunter es muy afortunado porque un ángel de alas doradas que toma fotografías estuvo con él.
—Almirante, ¡qué cosas dice! —Nicté cubrió el rubor de sus mejillas con las manos y vio hacia abajo.
—Tus abuelos así comenzaron su amistad.
—Pero ellos se peleaban a cada rato, incluso a golpes. Yo me llevo bien con el capitán Hunter.
—Igual se vuelven más cercanos—Gloval le guiñó el ojo—. Date algo de crédito, eres hermosa —durante mucho tiempo, Nicté se consideró una persona poco agraciada luego de su incidente en la niñez. Era común que su madre la llamara muñeca y después de unos segundos, fea, creyéndoselo a pie juntillas durante años. Gracias a la psicoterapia, ese complejo y otros más se estaban diluyendo— ¿Sabes cómo te llaman ahora en la base? —la chica negó con la cabeza—. El Ángel Rabioso.
Nicté sintió que las Conejitas la habían traicionado, Gloval intervino.
—Sé lo que piensas y no fueron las niñas. Esto vino de otro lado.
—Si a esas vamos, de una vez Ángel Caído —sintió enojo, pero sin estallar como volcán.
—Escuché uno mejor, diría más que adecuado. Digamos, Ángel de Acero —Gloval la vio directamente a los ojos con paternal mirada—. En unas horas las Conejitas lo habrán divulgado. ¿Qué te parece?
—Almirante, ¿está seguro que no deberían estar en Inteligencia? Gracias, chicas —el enojo se desvaneció de su rostro y apareció una cálida sonrisa.
—Mejor regresa a tus obligaciones. Y tómate ese descanso, por favor.
Nicté se despidió saludando al almirante y regresó al puente. Hizo sus actividades y al llegar a casa durmió tranquilamente, sintiéndose aliviada de la tensión acumulada de esos días, tanto por lo de Rick Hunter como lo de hablar de su transición hacia la salud emocional con sus compañeros.
En otra parte del distrito militar, Rick Hunter, ya en su barraca veía hacia el techo con las manos detrás de la nuca preguntándose cuando volvería a ver a Nicté Andrade, su ángel de alas blancas.
