Lo prometido es deuda aqui el noveno.

Capítulo 9

Edward se despidió de Rene satisfecho de haber convencido a la mujer de que sus intenciones con Bella eran honorables. No había sido fácil, después de cómo él había tratado a su hija durante el año anterior.

Rene le había reprochado su comportamiento de los últimos meses, como la había descuidado por estar demasiado seguro de que ella siempre estaría allí. Pero lo peor era que no se había preocupado de cómo se sentiría una chica como Bella al ver que él no demostraba ninguna intención de formalizar la relación.

Edward trató de defenderse argumentando que Bella tampoco quería casarse ni tener hijos.

-eso es una tontería –le había dicho Rene-. Bella necesita la seguridad y el compromiso más que la mayoría de las chicas. Bella sufrió mucho cuando murió su padre, aunque sólo tenía tres años. Se iba llorando a la cama durante meses después del funeral. Cuando te conoció, te convertiste en algo más que un amante. Para ella eres también una figura paterna.

A Edward esa teoría no le gustaba demasiado. Le hacía sentirse mayor. Además, no estaba de acuerdo. Rene no conocía a su hija tan bien como ella creía. Bella era una mujer adulta, muy independiente. Claro que era sensible, pero nunca dependiente. Era cierto que Bella necesitaba seguridad en aquellos momentos, pero no podía creer que él fuera para ella una figura paterna. ¡Pero si él ni siquiera se imaginaba a sí mismo como una figura paterna del bebé que esperaba!

-Por amor de Dios… ¿Dónde te has metido, Bella? –murmuró entre dientes.

-¿Decia algo? –preguntó el taxista.

-No, sólo me quejaba de una cosa.

-No hay nada de qué quejarse, amigo. Hace sol, ganamos al cricket. La vida es bella.

Edward deseó poder adoptar aquella simple filosofía, pero no podía sin saber dónde estaba Bella.

Tanto él como su madre creían que no había ido muy lejos. Probablemente estaría en casa de alguna amiga. Aunque Bella había perdido contacto con todas sus amigas desde que se había convertido en su acompañante.

Esa es la palabra que Rene había usado, aunque a Edward le dio la impresión de que estaba deseando utilizar algún término despectivo. La madre de Bella no había perdido ocasión de lanzarle todo tipo de pullas. Y había conseguido hacerle sentir culpable además de preocupado.

Si Bella creía que iba a poder castigarlo de aquella manera indefinidamente, estaba equivocada. Él tenía todos los medios a su disposición para encontrar una novia perdida, especialmente una tan llamativa y hermosa como bella. Tenía dos opciones: podía contratar a un detective privado o podía gastarse una pequeña fortuna de otra manera y confiar en una solución más rápida.

Optó por esto último.

Le dio al taxista una dirección que no era la del Regency y se recostó en el asiento del coche pensando en lo que le diría a bella cuando la tuviera frente a frente.

Dos horas más tarde, Edward estaba de vuelta en su ático del hotel. Eligió ropa informal y se dirigió a la ducha. Una vez arreglado y vestido con ropa limpia, salió de nuevo. Había comido algo en casa de Rene, así que no necesitó pedir nada del servicio de habitaciones. Pensó en parar a tomar un café, pero decidió que no podía esperar más. Una vez que tenía un plan de acción, Edward no vacilaba. Esa era una de sus mayores virtudes, su capacidad de decisión.

Pidió su propio coche y condujo él mismo hacia el este de la ciudad. Gracias a Dios, no había mucho tráfico. Eran las once y media, el sol estaba ya muy alto, Edward hubiera preferido ir a cualquier otro sitio.

Se le hizo un nudo en el estómago al acercarse a la casa de sus padres. No los veía desde Navidad, una fecha en la que se había sentido obligado a hacerles una visita. Desde la muerte de Alex, iba a verlos lo menos posible. Era siempre una situación muy tensa, especialmente desde que su padre sufriera la embolia. Las palabras acusadoras y llenas de reproches que solían cruzarse entre padre e hijo habían desaparecido, pero estaban latentes. Tampoco podía soportar la manera en que su madre lo cuidaba, con tanta paciencia sin quejarse nunca.

Quizás Bella tuviera razón y lo quisiera de verdad. La verdad era que le había perdonado muchas cosas.

Edward se preguntó si sería capaz alguna vez de perdonar a su padre. Lo dudaba. Pero si quería convencer a Bella de que podía ser un buen padre, tendría que fingirlo.

Edward aparco el coche junto a la mansión de sus padres en Point Piper y se quedó unos minutos sentado mirando la casa. Era muy diferente del lugar donde vivía Bella. Además de la imponente fachada de tres plantas, había un jardín exquisitamente cuidado delante de la casa, una enorme piscina en la parte trasera y fantásticas vistas del puerto de Sídney desde casi todas las habitaciones.

Era una casa digna d un rey. O de un príncipe.

Él había crecido allí, sin darle importancia. En la casa perfecta. Yendo a colegios privados. Siendo un miembro del club náutico.

Y rodeado de mujeres. Las mujeres lo habían perseguido desde que fue lo suficiente mayor como para mantener relaciones sexuales. Y habían hecho todo lo posible para conseguir que él se enamorara de ellas.

Sin embargo, él nunca había amado a ninguna. La única mujer de la que se había enamorado era Bella.

Y corría peligro de perderla si no tenia cuidado.

Con el nudo aún en el estómago, Edward se dirigió a la puerta de la casa. Conservaba sus llaves. Había vivido con sus padres hasta que ocurrió lo de Alex.

Su madre estaba sentada en la terraza del piso superior, leyéndole el periódico a su padre, que estaba sentado junto a ella en su silla de ruedas. Estaba perfectamente arreglada, como siempre. Llevaba un pantalón azul claro y una bonita blusa de flores. Tenía un corte de pelo muy moderno. Llevaba maquillaje y pendientes de perlas.

Dese que Edward alcanzaba a recordar, su madre siempre aparentaba menos edad de la que tenía. Pero aquella mañana, a la luz del sol implacable, aparentaba exactamente los cincuenta y nueve años que tenía. Quizás más.

La apariencia de su padre le llamó más la atención que la de su madre. Antes de la embolia, era un hombre atractivo, de complexión fuerte, cabellos cobrizos y lleno de vida. Ahora sus cabellos se habían vuelto canos, sus músculos se habían debilitado y su rostro se había arrugado. Aparentaba ochenta años y sólo tenía sesenta y dos.

Por primera vez, Edward sintió compasión por él. Y una cierta sensación de culpa. ¿Cómo no se había dado cuenta del grado de deterioro de su padre en Navidad? Sólo habían pasado un par de meses.

Quizás no lo había notado porque no había querido. Era más fácil aferrarse a sus rencores, que ver a su padre en un declive imparable, o comprender que su madre necesitaba ayuda con él. Odiar no era mucho más fácil que amar.

En ese momento, Edward se dio cuenta de qué en realidad no odiaba a sus padres. Nunca los había odiado. Simplemente, no los entendía. Bella tenía razón. Nunca se puede saber lo que ocurre dentro de un matrimonio.

Lo que Edward sí supo, sin embargo, al ver a su madre agarrar con ternura el brazo de su padre, era que aquella mujer amaba a aquel hombre. Y a juzgar por cómo la miraba él, era un amor correspondido.

A Edward le dio un brinco el corazón. Deseó que Bella lo mirara a él siempre de esa forma.

Ninguno de los dos lo había visto todavía. Edward estaba detrás de las puertas d cristal corredizas que separaban la terraza del interior. De repente, su madre levantó la vista y sus ojos azules se iluminaron por la alegría y la sorpresa.

-¡Edward! ¡Carlisle, es Edward!

-Edward…

Su padre buscó torpemente las ruedas de su silla para darse la vuelta. Sus ojos eran cansados y mortecinos.

Parecía que aquel cuerpo había perdido toda su vitalidad.

-Edward –repitió el viejo como si no pudiera creerse que su hijo lo visitara.

-Hola, mamá. Papá.

Se acercó a besar a su madre en la mejilla.

-Tenéis los dos muy buen aspecto –dijo sentándose en una silla.

Su padre dejo escapar una carcajada.

-Tengo un aspecto horrible, y lo sé.

-Papá, cuando era pequeño, tú siempre me decías que Dios ayuda a los que se ayudan solos. Es evidente que siempre has seguido esa máxima toda tu vida. Después de todo, empezaste siendo un aparcacoches y terminaste siendo uno de los magnates hoteleros más importantes de Australia.

Edward no quiso recordar que su padre se había casado con la hija de un importante empresario hotelero, lo que había supuesto un importantísimo impulso para su carrera. El suegro murió al poco tiempo, y Carlisle Cullen vendió todos los hoteles que no respondían a sus ideales y comenzó a crear la cadena Royale, que nunca había parado de crecer hasta tres años atrás, cuando la embolia le había obligado a retirarse prematuramente.

-La verdad es que estoy un poco decepcionado de que hayas tirado la toalla de esta manera. Francamente esperaba más de ti.

Los ojos de su padre centellearon, que era exactamente lo que Edward quería.

-¿Qué sabrás tú, muchacho? Todo mi lado derecho está prácticamente paralizado.

-Eso podría mejorarse con terapia. Deberías dar gracias de que el habla no se viera afectada. Hay gente que ni siquiera puede hablar después de sufrir una embolia.

-Mis ojos están fatal, tu madre tiene que leerme.

-Pero no estás ciego. Mira, ¿Por qué no busco un buen fisioterapeuta para que venga todos los días a trabajar contigo? Seguro que conseguiría que dejaras la silla de ruedas en muy poco tiempo.

-Eso sería estupendo, Edward –dijo su madre-. ¿No crees Carlisle?

-Es demasiado tarde –murmuró su padre =-. Estoy acabado.

-Tonterías –replicó Edward-. Nunca es demasiado tarde. Esa solía ser otra de tus máximas, ¿recuerdas? Además, necesito que estés bien para mi boda.

-¡Tu boda! –exclamaron los dos sorprendidos.

-Sí. Me caso.

Edward tuvo entonces que contestar a montones de preguntas. Mintió muy bien, pues les contó todo sobre Bella y el bebé sin mencionar que ella había desaparecido. Les contó como si fuera algo seguro que bella y él se iban a casar en un futuro muy cercano. También les prometió que la llevaría a casa para que la conocieran el siguiente fin de semana. Puso como excusa para no presentársela antes que ella se había ido unos días a visitar unas amigas.

¡Qué optimista!

Durante el almuerzo, también le contó a su padre su intención de pasar más tiempo en Australia y delegar parte de su trabajo en el extranjero en su ayudante.

-Buena idea –dijo su padre asintiendo con la cabeza-. Cuando un hombre tiene una familia, no debería estar demasiado tiempo lejos de casa. Yo pasaba demasiado tiempo lejos de casa. Demasiado.

Los ojos del padre se llenaron de lágrimas y la madre intervino rápidamente.

-Es la hora de la siesta, cariño. Se cansa mucho últimamente –añadió dirigiéndose a Edward mientras se llevaba a su marido en la silla de ruedas-. No tardo. Tómate otro café.

Edward se sirvió otra taza y se quedó pensativo. Cuando su madre regresó, lo miró de una forma extraña.

-Me alegro de que te hayas quedado. Normalmente, te largas en cuanto puedes de aquí. Parece que el estar a punto de convertirte en padre te ha cambiado, Edward. Hoy estas diferente. Quizás haya llegado el momento de decirte la verdad sobre Alex.

Edward se puso tenso.

-¿Qué… que quieres decir con… la verdad?

Su madre dejó escapar un suspiro sin mirarlo a los ojos.

-Alex no era hijo de tu padre.

Edward se quedó boquiabierto.

-Pensé que a lo mejor sospechabas algo. Al fin y al cabo, Alex era muy diferente a ti. Y de tu padre.

Y tenía los ojos castaños. Es raro que un padre de ojos verdes y una madre de ojos azules tengan un hijo de ojos castaños.

-No lo sabía. ¿Lo sabia Alex?

-Afortunadamente, no. O al menos él nunca dijo nada…

-Por eso papá no lo quería.

-Te equivocas, Edward tú padre quería a Alex. Lo malo es que cada vez que lo miraba le recordaba que yo me había acostado con otro hombre.

-¡Y yo que pensaba que papá era el infiel en esta relación!

-¿Por qué dices eso?

-Hace años, te oí diciéndole a una amiga que sabias que papá tenia otras mujeres, pero que tú preferías hacerte la tonta.

Su madre adopto una expresión muy triste.

-Siento mucho que oyeras eso. Debiste pensar que era muy débil. O muy retorcida.

- No supe que pensar. Nunca he sabido que pensar de vosotros dos. Al menos ahora puedo entender por qué papá trataba a Alex de forma diferente a mí.

-Lo intentaba, Edward. Pero era muy difícil para él. Nunca sabia de que hablar con Alex. Contigo era más fácil porque erais como dos gotas de agua. Pero eso no quiere decir que no sintiera cariño por Alex. Cuando le diagnosticaron el cáncer, tu padre lo pasó muy mal. Su forma de superar el dolor fue trabajar más. No podía soportar verlo sufrir. Él sabe que debería haber pasado más tiempo con Alex. Ahora entiende cómo se siente uno cuando la gente a la que quieres no está junto a ti cuando la necesitas.

No lo miraba a la cara. Su tono no era acusador. Pero Edward se sintió culpable. Llegando el momento, él no se había comportado mejor que su padre. Había decepcionado a sus padres con su falta de apoyo.

-Tu padre cree que la embolia ha sido un castigo por cómo trató a Alex –dijo su madre con voz entrecortada.

A Edward se le había ocurrido eso mismo en alguna ocasión en los últimos tres años. De repente, se sintió mezquino e inmaduro por haber pensado algo así. No supo que decir y se quedó sentado en silencio.

-¿Quieres saber quién era el verdadero padre de Alex o no?

-Sí. Sí quiero saberlo.

-Tengo que hablarte de los inicios de mi relación con tu padre para que puedas entenderlo.

-Muy bien.

Ella sonrió sin alegría.

-Espero que no te escandalices de mí.

-Yo tampoco soy un santo, mamá.

Había conocido a su padre cuando él aparcaba coches en uno de los hoteles del padre de ella. Se enamoró de él nada más verlo y lo persiguió descaradamente como sólo una bonita niña rica y mimada podía hacerlo. Confesó haberlo seducido por el sexo y, aprovechándose de la naturaleza ambiciosa de él, lo había embaucado hablándole de su dinero y sus contactos. Al fin y al cabo, era la hija única de un hombre muy rico.

El problema fue que ella nunca creyó que él la amara de verdad cuando se casaron. Vivía angustiada por las dudas. Cuando nació su primogénito, Edward, se calmó durante un tiempo. Su marido estaba totalmente conquistado, si no por ella, al menos por el bebé. Poco a poco, se fue sintiendo más segura en su matrimonio. Pero, a la muerte de su padre, su marido empezó a viajar constantemente al extranjero, con lo que sus dudas sobre él volvieron a crecer. Entonces apareció una fotografía de él con una belleza de la elite social londinense. Cuando su marido volvió a casa, sufrió un ataque de celos salvaje y lo acusó de infidelidad. Él le aseguró que no había pasado nada, pero ella no le creyó.

El matrimonio entro en una grave crisis, Carlisle cada vez pasaba más tiempo lejos de casa, y ella comenzó a salir sin él. Conoció al padre de Alex en una exposición de arte. Él era artista de aquel evento. Ella había tenido una agria discusión con su marido porque él había vuelto a retrasar la fecha de su regreso a casa, y estaba muy alterada. Bebió demasiado y, como suele decirse, el resto es historia.

Irónicamente, Carlisle regresó al día siguiente. Un mes más tarde, cuando ella se dio cuenta de que estaba embarazada, no sabía de quien era el bebé que esperaba. El bebé nació con los ojos azules, así que respiró aliviada. Pero, a los seis meses, los ojos del bebé se oscurecieron.

Cuando Carlisle le expuso sus dudas, le confesó lo ocurrido. Su marido estuvo a punto de enloquecer. Aquello le demostró que él realmente la amaba, pero causo daño irreparable en el matrimonio. Después de aquello, ella siempre sospecho que su marido ya no le era fiel cuando viajaba. En más de una ocasión, encontró rastro de otras mujeres en su ropa. Carmín o perfume. Ella fingía no darse cuenta de nada por miedo a que él se divorciara de ella. Trató de llenar si vida trabajando en instituciones benéficas y celebrando galas sociales, pero ya nunca fue feliz. Insistió en lo mucho que Carlisle había sufrido cuando a Alex le diagnosticaron el cáncer. Desgraciadamente, su única forma de hacer frente a las emociones, era huir de ellas. Por eso se puso a trabajar más que nunca.

-Lo que acabo realmente con Alex fue que su novia lo dejara. Eso lo deprimió más que la ausencia de su padre. Créeme. Alex y yo estábamos muy unidos y me contaba todo lo qué sentía.

-Puedo imaginarlo. Nunca he conocido a un hombre como Alex. Él sí sabía expresar sus sentimientos. Me gustaría poder ser más como él.

-Su padre biológico era así. Un hombre muy sensible y extrovertido. Era dulce y amable. Era inevitable sentir simpatía por él. Aquella noche me hizo sentir muy especial. Él no sabía que yo estaba casada, claro. Cuando se lo dije, no quiso volver a verme más. Era un hombre bueno.

-Entiendo. Así que él nunca supo lo de Alex.

-No, que va. No. Nunca más volví a verlo. Desgraciadamente, murió pocos años después. De cáncer.

Las lágrimas inundaron sus ojos.

-Tú padre terminó perdonándome. ¿Podrás perdonarme tú?

A Edward no se le ocurría que decir, así que se puso de pie y se acerco a su madre para darle un beso en la mejilla.

Ella tomó las manos de él entre las suyas y les dio unas palmaditas.

-Gracias –dijo mirándolo a los ojos-. Eres un buen chico, Edward. Pero mientes muy mal. Ahora dime, ¿Por qué no te sientas y me cuentas toda la verdad sobre esa novia tuya? Para empezar, me gustaría saber cómo alguien tan listo como tú puede cometer el error de dejar a una chica embarazada. ¿O es que fue idea de ella? Después de todo, Edward, eres un hombre muy rico.

Edward se volvió a sentar antes de contestar.

Tengo que confesarte que esa idea se me pasó por la cabeza. Pero sólo por un instante. Cuando conozcas a Bella, te darás cuenta de que no es en absoluto de naturaleza ambiciosa ni manipuladora.

-Bella. ¡Qué nombre tan adorable!

-Es una chica adorable.

-¿Fue idea de ella que vinieras aquí hoy?

-No directamente. Pero a ella le habría gustado. La verdad, mamá, es que no sé donde esta Bella. Ha huido.

-¡Huido! ¿Edward, que has hecho?

-El problema es lo que no he hecho. Cuando me dijo que estaba embarazada, no le dije que la amaba, ni le pedí que se casara conmigo.

-¡Oh, Edward! no me extraña que huyera. Tiene que estar hundida.

-No digas eso, mamá –dijo él sintiendo un terrible peso en el pecho-. No quiero oírlo. Estoy soportándolo como puedo, esperando a que llegue mañana.

-¿Qué es lo que va a ocurrir mañana?

Él se lo dijo.

¿Qué le habra dicho Edward a su madre?

¿Qué ocurrira mañana?

Bueno pues nos quedaremos con la duda.

Y alguien me dijo que la duda engorda.

jejeje.

Chicas les digo que no le queda mucho a la historia.

Las adaptaciones que hago son cortitas.

Saludos, cuidense y ya saben a opinar.