Gracias a Lore por el beteo y gracias a ustedes por la espera. Como ven, esto no es lo último. Un poco más está por venir para poder finalizar. :)
Capítulo 10
Harry no necesitó de ninguna indicación para aparecerse en aquel sendero rural que conducía a la Mansión Malfoy; sitio perdido en medio de Wiltshire y al que los muggles, aparentemente, tenían poco o ningún acceso. El auror, despachado por Robards hacía apenas unos minutos, todavía estaba tratando de olvidar la cara de malicia y sorpresa que había puesto su jefe cuando le había explicado que él recordaba perfectamente cómo llegar al hogar de los Malfoy.
Por supuesto que no se molestó en brindarle explicaciones. Que el vejete morboso pensara lo que quisiera.
Sintiéndose muy tenso por un montón de razones diferentes, Harry se materializó en el justo y preciso lugar en el que los Carroñeros lo habían hecho varios años atrás, cuando los atraparon a él y a sus amigos y los condujeron a los cuarteles de Voldemort. A pesar del calor que proporcionaba el sol estival que, a esa hora de la mañana, ya estaba alto en el cielo, Harry se estremeció al recordar aquella ocasión.
Jamás había pensado que volvería a ese lugar. La idea no se le había cruzado por la cabeza ni un solo instante durante los muchos meses en los que estuvo observando a Malfoy (y enamorándose de él, le recordó una cruel voz interior). Simplemente había sucedido que, como no había albergado ninguna esperanza de sostener una verdadera relación con el rubio, tampoco había pensado que tendría, algún día, la oportunidad de regresar a esa casa en otra condición que no fuera la de prisionero.
Pasó saliva pesadamente. La ansiedad que sentía era casi insoportable. Durante un momento, caviló la posibilidad de fumarse un cigarrillo antes de proseguir, pero desistió. Temía que Malfoy estuviese molesto por el retraso y se largara sin esperarlo. No sería extraño porque, después de todo, ¿cómo era posible que lo quisiera a él como guardaespaldas si lo detestaba con ganas? Harry, quien todavía dudaba que en verdad Malfoy lo hubiese solicitado como su guardia, había estado tratando de convencerse de que eso era un error o una treta retorcida de Robards. Porque, sencillamente, no podía ser.
Pero, ¿y si en verdad era? ¿Significaba que Malfoy lo quería cerca para torturarlo con su simple presencia? Harry no tenía idea.
Suspiró resignado y comenzó a caminar hacia la casa. Mientras lo hacía, observó atentamente los alrededores en busca de cualquier indicio de peligro. Todo parecía normal y Harry supuso que el loco que andaba tras Malfoy no estaría rondando las afueras de una propiedad tan protegida como lo era aquella mansión. Si era listo, seguramente atacaría en una de las tantas salidas oficiales que Malfoy hacía al menos un par de veces a la semana.
Harry torció hacia la derecha y tomó un camino más ancho que lo llevó directo a la enorme y alta verja de hierro forjado que limitaba el paso a los terrenos de la familia. Se detuvo ante ella y aguardó a que le hablara.
—¡Manifiesta tus intenciones! —exclamó la verja.
Harry ya había estado esperando la petición, pero de todas maneras se sobresaltó. Era una mejora que al menos el enrejado ya no se convirtiera en aquella cara horrorosa y terrible que él recordaba.
—Soy el auror Harry Potter —dijo con voz clara—. Vengo a recoger a…
Se interrumpió porque la verja se había abierto ante la sola mención de su nombre. Frunciendo el ceño, Harry atravesó la entrada y caminó a paso resuelto por el camino de grava bordeado por setos. No tenía pensado entrar a la casa. Esperaría ante la puerta a que Malfoy decidiera salir y, entonces, Harry evitaría a toda costa mirarlo a la cara porque…
Alguien abrió la enorme y pesada puerta principal y Harry se detuvo en seco. A pesar de su promesa de no mirar a Malfoy, no pudo evitar levantar los ojos. Pero no era Draco quien lo esperaba en el umbral. Era Narcisa Malfoy, tan guapa y elegante como la recordaba.
—Harry Potter —saludó ella en un tono que indicaba más sorpresa que desagrado. Parecía que su presencia no le molestaba, si Harry podía deducir algo de la sonrisa que la mujer tenía en la cara—. ¿A qué debemos el honor de su visita?
Harry notó que la pregunta no delataba sarcasmo sino más bien cierta diversión. Frunció un poco el ceño mientras se preguntaba por qué a Narcisa le causaría gracia aquella situación. Supuso que estaría al tanto de que Malfoy planeaba regodearse de su sufrimiento, así que suspiró resignado y dio un par de pasos más hasta quedar a una distancia educada que permitiera la charla.
—Soy el guardia de su hijo —respondió en el tono más amable que le permitió su nerviosismo—. Soy quien va a escoltarlo al Ministerio.
Narcisa arqueó las cejas en un gesto que a Harry le recordó mucho a uno que hacía Malfoy cuando algo escapaba a su comprensión. Sintió un doloroso tirón en el estómago porque, justamente durante la última vez que había hablado con Malfoy, éste había puesto esa expresión más de un par de veces.
—Y eso… ¿se debe a alguna situación en particular? —continuó interrogándolo Narcisa, aunque su tono ya revelaba una inquietud que no había manifestado antes.
Fue entonces, y muy a tiempo, que Harry lo comprendió: Narcisa no sabía qué era lo que estaba ocurriendo ahí. Seguramente Malfoy había tenido el muy acertado tino de no preocupar a su madre con aquellas noticias tan alarmantes.
¿Y ahora? Harry abrió la boca pero no emitió sonido alguno. ¿Qué demonios iba a decirle para explicar su presencia en su casa? Malfoy tendría que haber sido quien…
Como si Harry lo hubiese convocado con el pensamiento, justo en ese instante Draco Malfoy salió de su casa y se paró junto a su madre. Harry respiró con alivio: apenas unos momentos antes no se habría imaginado que se alegraría de ver salir al cretino. Cretino que por cierto estaba mirándolo directamente a la cara, buscando sus ojos. Harry, quien había estado seguro de que Malfoy lo ignoraría de peor manera que durante la ocasión en la que lo había acompañado a Colchester, se asombró tanto que no pudo reprimir corresponderle la mirada con los ojos como platos.
Entonces Malfoy sonrió y el mundo alrededor de Harry desapareció, Narcisa incluida. Porque esa sonrisa que Malfoy le dedicaba no era una mueca de desdén o burla, oh no. Malfoy le estaba sonriendo de un modo parecido a cómo lo había hecho la noche que se encontraba drogado por el antídoto anti-doxy: cálida, suave y seductoramente.
Narcisa miró a su hijo con asombro y luego miró a Harry. Éste, quien todavía no podía cerrar la boca del desconcierto, la abrió todavía más cuando Malfoy comenzó a hablarle con voz amable.
—Buen día, Harry —lo saludó e inclinó levemente la cabeza—. Llegaste tarde. No sé ustedes los aurores, pero yo cumplo religiosamente con un horario establecido. Confío en que esto no se vuelva una costumbre, necesito estar en mi oficina antes de las diez. ¿Estamos de acuerdo?
Harry seguía boquiabierto. Malfoy no solamente acababa de llamarlo por su primer nombre, sino que también había usado un tono de voz que no tenía nada que ver con el Malfoy "Soy director de un departamento y te jodes" arrogante y autoritario que Harry creía conocer. A pesar de las palabras usadas, eso no había sido un regaño: para los oídos ansiosos de Harry y conociendo a Malfoy, aquello bien podía haber pasado por una declaración de amor.
Harry finalmente cerró la boca. Asintió nervioso, tragó saliva e intentó grabar aquel instante a fuego en su memoria. Estaba seguro de que, terminada la jornada, podría irse a casa a masturbarse sólo pensando en la manera cadenciosa con la que Malfoy acababa de hablarle.
Narcisa se giró hacia su hijo y éste hacia ella. Ambos Malfoy se miraron a los ojos durante largos segundos sin decir palabra e ignorando totalmente al auror. Parecían estar entablando una conversación muda e íntima, una a la que, por supuesto, Harry no tenía acceso. Pero no fue por la exclusión por lo que Harry se sintió dolido: fue porque ser testigo de ese momento compartido entre madre e hijo lo hizo experimentar una mezcla de añoranza y envidia que, por lo regular, sólo llegaba a él cuando presenciaba la interacción de otras familias. Se preguntó distraídamente si él habría tenido semejante conexión emocional con su madre si ella no…
—Draco —dijo Narcisa de pronto—, el señor Potter dice que es tu guardia. Y que va a escoltarte al Ministerio —finalizó con tono inquisitivo.
Malfoy miró a Harry de reojo antes de responderle a Narcisa:
—Oh, ¿eso te ha dicho? Perdónalo, madre, lo que sucede es que yo no había tenido todavía la oportunidad de decirle a Harry que entre tú y yo no hay secretos y que lo nuestro no es de tu desagrado.
"¿Lo nuestro?", pensó Harry frunciendo el ceño. Vaya manera curiosa de llamar a una relación de guardaespaldas y protegido. Entonces, ¿Narcisa sabía todo? Harry frunció el ceño todavía más: le parecía que si Narcisa estaba enterada de que su hijo corría peligro, debía mostrarse más ansiosa por su seguridad. No obstante, la reacción de Narcisa a lo dicho por Malfoy descolocó todavía más a Harry: la aristocrática mujer pareció comprender algo porque de pronto jadeó y sonrió. Incluso parecía deseosa de abrazar a Draco por alguna razón, pero se contuvo y sólo lo tomó del brazo. Miró a Harry con ojos todavía más cálidos y amables que unos minutos antes.
—¡No puedo creerlo! ¡Finalmente! —susurró ella muy contenta. Miró por encima de su hombro hacia el interior de la Mansión—. Será mejor que prepare a Lucius para darle la noticia. Señor Potter, lo espero esta noche a cenar. No falte por favor: le prometo que mi esposo no tratará de matarlo. Le hablaré sin cesar de los beneficios que nos traerá su unión.
—¿QUÉ? —graznó Harry de manera muy poco digna—. ¿Por qué Lucius trataría de…? Espere, ¡¿de cuál unión me está hablando?!
Malfoy bajó las escalinatas de la entrada y lo tomó del brazo. Harry estaba tan desconcertado que no atinó a reaccionar; sólo miró a Malfoy a los ojos exigiéndole una explicación.
—Pues de nuestra unión, Harry, cuál otra va a ser —le dijo Malfoy, todavía con voz cordial, dándole la espalda a Narcisa y mirándolo con intensidad. Harry se dio cuenta de pronto de que aquello era un montaje: seguramente un plan de Malfoy para no decirle la verdad a su madre y no alarmarla.
Intuyó que debía seguirle el juego a Malfoy, aunque no entendía qué era exactamente lo que debía fingir. A menos que…
La comprensión lo invadió cuando Malfoy se colgó de su brazo y comenzó a arrastrarlo por el mismo camino de grava por el que había llegado, caminando bien pegado a su costado. Harry sintió el calor del cuerpo de Malfoy y percibió el aroma de su perfume. Fue un golpe de puro placer a sus sentidos y se estremeció antes de poder evitarlo. Miró por encima de su hombro y vio a Narcisa con los ojos húmedos diciéndoles adiós con la mano.
—Que pases buen día, madre. Suerte con Lucius —se despidió Malfoy a toda prisa—. Camina, Potter —le dijo a él al oído, ya un poco menos simpático que antes—, mi madre cree que tú y yo estamos en una relación romántica. Tuve que mentirle para…
Harry no lo dejó terminar. Justo en ese momento acababan de atravesar la verja y ya habían desaparecido del campo visual de Narcisa, así que no vio caso continuar con aquel show. Se sacudió del agarre de Malfoy de bastante mala manera.
—No te gastes, Malfoy —le dijo con voz dura sin mirarlo a la cara—. Contrariamente a lo que tú crees, no soy estúpido. Sé que es lo que acaba de pasar y tengo que decirte que comprendo tus motivos. Pero si piensas que voy a asistir a una cena en tu casa y montar un teatro para tus padres, estás muy…
Harry se calló porque Malfoy se le había parado enfrente, haciéndolo detenerse. Entonces, Malfoy lo tomó del cuello de la túnica y le plantó un beso húmedo y brusco en la boca. Harry, pillado totalmente desprevenido, no pudo hacer nada para evitarlo.
El beso duró unos pocos e insuficientes segundos. Harry apenas comenzaba a disfrutar la sensación de aquellos labios suaves y demandantes sobre los suyos cuando Malfoy se separó de su rostro. Harry abrió los ojos (los había cerrado, qué vergüenza) y lo miró. Ambos estaban jadeando quedamente.
—Mi madre —dijo Malfoy en voz baja. Tenía los ojos entrecerrados y la cara un poco sonrojada—. Nos está viendo desde una ventana.
Harry miró hacia la Mansión y en efecto, ahí estaba la bruja en uno de los pisos superiores. Los estaba observando con una gran sonrisa en la cara; una mano sobre el pecho y otra sosteniéndose de una cortina, como si necesitara de un punto de apoyo para no caer. Harry le sonrió torpemente y ahora fue él quien tomó a Malfoy del brazo para obligarlo a reanudar la marcha.
Durante el rato que duró su breve caminata y la desaparición conjunta hacia el Ministerio, ninguno de los dos dijo palabra. Harry, con la varita en ristre por si surgía cualquier eventualidad, usó la conveniente excusa de tener que vigilar los alrededores para evitar mirar a Malfoy a la cara.
No quería delatar el pánico que sentía por aquel giro en los eventos. Si ya de por sí había creído que cuidar a Malfoy sería difícil, ahora no sabía cómo saldría vivo de una puesta en escena donde él tenía que "sufrir" abrazos, besos, acercamientos con Malfoy y, peor, una cena con sus supuestos suegros.
Iba a morir.
Al llegar al Ministerio y mientras se dirigían a la oficina de Malfoy, su manera de comportarse continuó de manera similar: caminando lado a lado sin mirarse y sin hablar. Harry, sin embargo, no pudo evitar echar de vez en cuando una mirada de soslayo hacia Malfoy; ardía en curiosidad. Quería saber por qué lo había solicitado a él como su guardia personal; necesitaba interrogarlo acerca de las misivas con las amenazas de muerte; y, sobre todo, se moría por averiguar por qué Malfoy no lo había insultado ni una sola vez durante todo ese rato.
La situación era tan bizarra que Harry podría ponerse a gritar.
Estaba reuniendo valor para comenzar una conversación con él, cuando llegaron ante la secretaria de Malfoy. Al verlos, la chica se quedó petrificada de la sorpresa y Harry se preguntó de nuevo si acaso ella estaba más enterada de las cosas de lo que debería.
—Ethel —la saludó Malfoy—. Buenos días. Conoces al auror Potter, ¿cierto? Bueno, desde hoy lo verás más constantemente por la oficina. Él y yo —miró a Harry y éste lo escuchó suspirar pesadamente, como armándose de valor—… Acabamos de comenzar una relación. Relación amorosa. Finalmente. ¿Puedes creerlo? —finalizó con una mueca extraña que tal vez intentaba ser una sonrisa.
Ethel jadeó algo ininteligible.
—Sí, exacto —dijo Malfoy quien al parecer sí había comprendido lo dicho por la mujer—. Estaré en mi oficina con él. Por favor, que nadie nos moleste hasta la hora del almuerzo.
Aquello ya era el colmo. Harry se giró para encarar a Malfoy. Sabía que llevaba una cara de ogro que no concordaba con el supuesto recién estrenado novio que debía ser, pero no le importó. Porque una cosa era la madre de Malfoy y otra muy diferente los empleados del Ministerio. ¿Acaso Malfoy planeaba jugar ese juego ante todo dios?
Malfoy, ignorante de las miradas enojosas de Harry, se acercó a él con una gran sonrisa, le pasó un brazo por detrás de la espalda y le dio una palmada en la nalga. Harry se sonrojó de inmediato, al igual que la secretaria.
—Pasa a mi privado, amorcito —le dijo Malfoy en voz suficientemente alta como para que escuchara cualquier persona que pasara a un kilómetro de ahí—. Me muero por mostrarte los avances del proyecto de Colchester y… algo más.
Le cerró un ojo, lo soltó y, con esa sonrisa de suficiencia que Harry había aprendido a odiar con todas sus ganas desde su estancia en Hogwarts, se metió a su oficina. Harry respiró profundo tres veces para tranquilizarse, le dirigió una mirada de disculpa a Ethel y siguió a Malfoy.
Cerró la puerta detrás de él y, como hacía unas semanas, de nuevo la selló.
Malfoy, ya parapetado detrás de su escritorio, lo miraba divertido y eso sólo ocasionó que Harry se enfureciera más.
—Malfoy, te estás pasando —masculló Harry mientras se quedaba parado lo más lejos posible del cretino. Sabía que si se acercaba a él, no podría contenerse de darle un par de guantadas… O de comérselo a besos, porque aquel pequeño roce de labios que habían compartido afuera de la Mansión lo había dejado temblando y con ganas de mucho más. Si no hubiese sido por la presencia de Narcisa en la ventana, seguramente Harry se habría aprovechado del avance de Malfoy para… Dios, no sabía para qué. Estaba tan desquiciado por el rubio que tal vez incluso le habría hecho el amor ahí mismo en la entrada de su Mansión.
—Ethel, mi secretaria —comenzó Malfoy con voz calma e interrumpiendo la peligrosa línea de pensamiento de Harry—, es muy amiga de mi madre. Me avergüenza confesártelo, pero tengo sospechas de que incluso ésta le pasa un sueldo fijo por mantenerla informada de mis actividades. Así que, como comprenderás, porque me has explicado bastante amablemente que no eres tan tonto como yo creía, tenemos que actuar ante ella como los novios que supuestamente somos para continuar con la farsa.
Harry apretó los labios, entendiendo. Después de todo y ahora que lo pensaba, la situación de peligro en la que se encontraba Malfoy no era del dominio público. Era cierto que la noticia de las misivas recibidas había salido en una pequeña nota en El Profeta, pero después de eso la oficina de Seguridad Mágica se había encargado de mantener la restante investigación en secreto con el objeto de no alertar al que había proferido la amenaza de muerte.
Tal vez la idea de Malfoy, por mucho que le pesara, no era tan mala después de todo. Que todo el mundo creyera que ellos sólo eran… novios, y no guardaespaldas y protegido, podría alentar a ese bribón a intentar atacar a Malfoy y así, Harry tendría oportunidad de echarle el guante encima. Sí, tal vez no estaba tan mal.
—De acuerdo —fue todo lo que dijo antes de desplomarse en un silloncito de un rincón. Se sentó todo tieso y clavó los ojos en el suelo. Estaba determinado a mirar a Malfoy lo menos posible para no sufrir tanto. Verlo tan guapo e inasequible era una verdadera tortura.
Malfoy parecía atónito ante su reacción: tal vez esperaba más pelea. De reojo, Harry pudo percatarse de que Malfoy lo observaba fijamente. Estuvo así durante unos segundos y al ver que Harry no estaba dispuesto a decir más, desvió la vista y finalmente se sentó ante su escritorio a trabajar.
Harry liberó un suspiro casi imperceptible.
Aguantaron así treinta minutos aproximadamente.
Harry, haciendo gala de una fuerza de voluntad absolutamente sorprendente, había conseguido hasta ese momento no levantar la vista. Malfoy, por su parte, parecía bastante ocupado leyendo, hojeando y moviendo de un lado a otro la cantidad ingente de pergaminos que tenía sobre su escritorio; estampando su firma de vez en cuando por ahí y por allá y frunciendo el ceño continuamente. Harry podía decirlo porque, a pesar de lo que la gente creía de él, no estaba tan ciego y tenía una muy buena vista periférica.
Aburrido hasta la muerte, Harry cambió de postura por enésima vez durante ese rato y se apoyó contra el respaldo del silloncito, cruzando las piernas. Comenzó a golpetear la varita contra su palma izquierda.
—Potter —le habló Malfoy un par de minutos después.
—¿Mm?
—¿Podrías dejar de hacer eso? Tu patética imitación del segundo oficio de Gandalf me está distrayendo. Sin contar con que podrías incendiar mi oficina.
—¿Imitación de…? —comenzó a preguntar Harry, pero entonces levantó la mirada y se dio cuenta de que su varita arrojaba chispas de diferentes colores cada vez que la azotaba contra su mano—. Ups. Perdón —dijo, y se quedó quieto durante cinco minutos más.
Al cabo de ese tiempo, Malfoy suspiró sonoramente y preguntó:
—¿No traes contigo algún libro o algo con qué entretenerte? Me es difícil concentrarme en mi trabajo contigo así.
—¿Así, cómo? —rebatió Harry comenzando a indignarse.
Malfoy levantó los ojos de sus papeles y miró a Harry largamente, como si no pudiera creer lo que acababa de preguntar.
—No dejas de moverte ni de murmurar para ti mismo. Además, percibo toda tu jodida magia contenida a punto de explotar. No es nada reconfortante, ¿sabes?
Harry no aguantó más. Se puso de pie de un salto.
—Es que necesito fumar —dijo y se pasó una mano por la cara. Era parte de la verdad, después de todo.
Pensó que Malfoy se burlaría de él o lo criticaría, pero lo que éste hizo fue mirarlo con un gesto comprensivo que lo descolocó aún más.
—De acuerdo —dijo Malfoy después de unos momentos. Cerró un expediente que había estado leyendo y también se puso de pie—. Te propongo algo: sé que todavía no es mediodía, pero vayamos de una vez a la cafetería. Te invito tu almuerzo y después de comer, podrás fumar toda la porquería que quieras. ¿Te parece bien?
Harry, asombrado ante el inusual despliegue de amabilidad, asintió sin decir palabra. Malfoy le obsequió una media sonrisita, tomó un ejemplar de El Profeta que estaba sobre su escritorio y caminó hacia la puerta.
Todo el mundo los observó con la boca abierta. Era la primera vez que andaban uno junto al otro a través de los corredores del Ministerio y, todavía peor, la primera vez que llegaban de esa manera a la cafetería. Malfoy lo dirigió a la mesa donde él solía sentarse siempre y Harry hizo una mueca porque eso quería decir que los atendería ni más ni menos que "el camarero de Malfoy".
Tal como Harry lo imaginó, aquel chico llegó enseguida a su lado. Parecía feliz de ver a Malfoy, pero entonces reparó en Harry y su sonrisa se congeló. Lo miró desagradablemente durante unos segundos y luego enfocó toda su atención en el rubio.
—¿Lo mismo de siempre, señor? —preguntó con una voz tan zalamera que a Harry le provocó ganas de remedarlo.
Malfoy, fiel a su hábito, extendió el periódico frente a él y, sin girarse a ver al camarero baboso, respondió:
—Lo de siempre. Y el almuerzo del día para el auror Potter, por favor.
El camarero volvió a mirar a Harry como si lo odiara profundamente y se retiró. Regresó unos minutos después con un humeante plato de comida y un vaso con jugo de calabaza para Harry, aparte del café para Malfoy. Harry miró preocupado al emparedado de salchichas y cebolla. Se veía apetitoso, así como las papas fritas que lo acompañaban, pero su instinto le advirtió que comerse aquello era bastante arriesgado. Cualquier alimento lo sería cuando era evidente que el camarero que lo llevaba a la mesa guardaba algún resentimiento contra el cliente a quien servía.
Pensó en la cantidad de cosas que aquel emparedado podía contener aparte de salchichas y cebolla, y el hambre se le fue de inmediato.
Empujó el plato, sacó un cigarrillo y usó su varita para encenderlo. Malfoy, escondido tras su periódico, preguntó:
—¿No vas a comer primero?
Harry no entendía cómo Malfoy podía ver lo que estaba haciendo si tenía la enorme edición de El Profeta cubriéndole la cara. Puso los ojos en blanco y no le respondió. Le dio la primera calada a su cigarro y fue un alivio instantáneo: todos los nervios y músculos de su cuerpo se relajaron; su piel dejó de hormiguearle y su cabeza cesó de doler.
Joder, sí que había estado tenso.
Malfoy bajó lentamente el periódico hasta que éste cayó encima del plato del almuerzo rechazado, cubriéndolo todo. Entonces, procedió a observar a Harry como si fuera el espectáculo más interesante del universo. Harry levantó las cejas al notarlo. Malfoy dibujó una muy leve sonrisita en el rostro; parecía estar feliz por alguna razón. Harry, también mirándolo sin pestañear, se sacó el cigarro de la boca y arrojó el humo hacia un lado, pausadamente. Malfoy arqueó una ceja y sonrió más.
Pero, ¿a qué mierda estaba jugando aquel cretino?
—¿Qué demonios te pasa, Malfoy? —preguntó Harry, quien no era precisamente famoso por poseer la discreción y la paciencia como principales virtudes.
Malfoy soltó una risita. Por el rabillo del ojo, Harry vio que el camarero, de pie junto a la barra, se retorcía de la rabia.
—Me gusta verte fumar —soltó Malfoy de repente—. ¿No te lo había dicho antes?
Harry pasó saliva y se quedó con el cigarro en la mano, dudando si debía seguir fumando o no. Pero, con una mierda, ¡claro que iba a hacerlo! Necesitaba fumar para calmar sus nervios. No comprendía qué era lo que Malfoy pensaba obtener al provocarlo de aquella manera, pero no iba a ser él quien se rindiera sin presentar pelea.
Regresó el cigarro a su boca y se dejó llevar. Se obligó a relajarse y a fumar libre y sin complejos: sabía que de ese modo su manera de fumar era completamente sugerente y audaz.
—Lo que yo recuerdo que dijiste —corrigió Harry con el cigarro colgando entre la comisura de sus labios—, fue que verme fumar hacía que se te pusiera dura. Es bastante diferente. ¿No crees, Malfoy?
Si pensó que Malfoy iba a mostrarse avergonzado o arrepentido, se había equivocado. El rubio insufrible sonrió descarado.
—Cierto, eso dije. Tengo que confesar que encuentro encantador que recuerdes las palabras exactas, Potter. La pura y precisa realidad —finalizó con voz ronca mirando a Harry con intensidad.
Harry volvió a pasar saliva. Si Malfoy estaba insinuado lo que él creía que estaba insinuando, entonces eso quería decir que en ese justo momento, sentado ahí en medio de la cafetería, con Harry como acompañante y con el mesero que lo adoraba mirándolo desde lejos con ansias… Malfoy la tenía dura. Por él. Por Harry.
Harry casi muerde el cigarro de la impresión que le causó pensar eso. Imaginárselo. Su pulso, el cual se le había ralentizado con la dosis de nicotina, volvió a acelerarse hasta sentir que el corazón iba a salírsele del pecho. Lo peor fue que descubrió que también a él estaba comenzando a ponérsele muy dura cierta parte sur de su anatomía. Apretó las piernas "disimuladamente"… lo cual quizá no fue tanto porque Malfoy miró y sonrió más, el muy desgraciado.
Joder, no había modo de ganarle a ese engreído.
—¿A dónde pretendes llegar con esto, Malfoy? —preguntó Harry con voz temblorosa, volviendo a perder la calma.
Malfoy continuaba sonriendo al contestar:
—Oh, Harry, pensé que nunca lo preguntarías. No estoy seguro de que ahora nos sea suficiente con una visita a los baños. En realidad quisiera llegar a algo más personal y cómodo. ¿Una cama, quizá?
Harry no pudo soportarlo más. Se levantó tan bruscamente que la silla se arrastró hacia atrás con violencia, haciendo mucho ruido. El cigarro le temblaba en la boca. Demonios, todo el jodido cuerpo le estaba temblando de rabia, de deseo, de frustración. Era cierto que las palabras de Malfoy no habían sonado precisamente como una burla sino como una clara invitación, pero de todas maneras… Cualquier incentivo venido de Malfoy no podía augurar nada bueno porque Harry quería mucho más y no iba a conformarse jamás con sólo un revolcón.
Mirando a Malfoy con enojo, se sacó el cigarro de la boca y lo aplastó contra el plato de su almuerzo olvidado, apagándolo.
Malfoy pareció decepcionado al ver que no iba a continuar fumando y eso sólo enfureció más a Harry. Era un caradura, aprovechado, sinvergüenza. ¿Cómo podía continuar insinuándose así a Harry si lo detestaba tanto? ¿Cómo podía estar pensando en tener sexo con él después de todo lo que había pasado entre ellos? ¿Cuando lo había acusado de ser la puta del Ministerio? Y peor, ¿cómo podía pensar en eso cuando se suponía que su vida estaba en peligro y el trabajo de Harry ahí era cuidarlo y no llevárselo a follar?
Bueno… podrías hacer ambas cosas y hacerlas bien, lo traicionó su subconsciente y Harry se estremeció. Por Merlín bendito, ¿cuándo iba a terminar aquella tortura?
—Se supone que soy tu guardaespaldas, Malfoy —masculló Harry con la voz trémula por culpa de todos los sentimientos encontrados que lo embargaban—. A pesar de tu firme convicción de lo contrario, no soy una puta ni un juguete sexual —completó. Malfoy, por primera vez en todo ese día, pareció preocuparse de verdad ante lo dicho por Harry. Abrió la boca para responder, pero Harry no lo dejó hablar—. Con tu permiso, voy a esperarte allá en la puerta. Desde ahí puedo cuidarte todavía mejor que aquí frente a ti.
Diciendo eso, Harry caminó con paso resuelto hasta la entrada principal de la cafetería, donde se apostó firme y tenso, viendo hacia la mesa donde había dejado a Malfoy. Éste lo miraba con gesto incrédulo. Parecía un niñito consentido que no podía dar crédito a que su treta para conseguir algo había fracasado. Harry lo miró lo más indiferente que pudo, luchando por tranquilizar su alma desbocada con el puro poder de su voluntad. Tenía que aprender a relajarse sin depender del tabaco. Eso era una desventaja y apenas en ese momento se percató de ello.
El camarero lo miró con sorna y se acercó muy contento hasta Malfoy. Harry, furioso, fue testigo de cómo el camarero se ponía a charlar con el rubio mientras se hacía el tonto levantando los platos con extrema lentitud. Malfoy, todavía medio desconcertado por el exabrupto de Harry, pareció recuperarse de inmediato. Comenzó a responder las atenciones del camarero con una enorme sonrisa que Harry pocas veces había visto dirigida hacia él.
La amargura y los celos lo azotaron como una patada de hipogrifo en pleno estómago.
Pero Malfoy no se rebajaría a involucrarse con un simple camarero que probablemente había pertenecido a la casa Hufflepuff, ¿verdad que no? Aunque tal vez, si lo único que andaba buscando era sexo y viendo que Harry lo había rechazado, quizá sí lo haría. Harry imaginó una espantosa escena donde Malfoy se largaba a follar con el camarero (o con cualquier otra persona) y él, en calidad de guardaespaldas, se daba cuenta de todo lo que sucedía mientras esperaba al otro lado de una puerta. El pensamiento lo hizo morderse los labios tan duro que casi se los hace sangrar.
Pues si eso era lo que Malfoy buscaba, que así fuera y Harry tendría que joderse. Porque, ¿cómo iba a aceptar los acercamientos de Malfoy así nada más? ¿Después de todo lo que había pasado?
¿Después de todo lo que él sentía?
Era evidente que Malfoy tenía un encaprichamiento mayúsculo por Harry y que quería meterse en sus pantalones a costa de lo que fuera. Por eso le había solicitado a Robards que fuera Harry quien lo cuidara, ahora se daba cuenta. Pero para Harry las cosas ya no eran así. Él quería a Malfoy a la buena y si no podía tenerlo de igual manera, prefería no tenerlo de ningún modo, sufriera lo que sufriera. Si el destino le estaba cobrando con Malfoy todo el daño que Harry le había causado a sus muchos amantes ocasionales, no podía haber escogido un recaudador mejor.
Continuó observando a Malfoy hasta que éste dejó una propina sustancial en la propia mano del camarero, quien de paso aprovechó para acariciarle los dedos con descaro. Finalmente, Malfoy se levantó de la mesa y pasó al lado de Harry sin decir palabra. Harry comenzó a seguirlo también en silencio. A cada paso que daba sentía que iba dejando su corazón hecho pedazos en el camino, cual devastado Hansel con las migajas de pan. De pronto, Malfoy se detuvo en seco y Harry casi choca con él. Entonces, el rubio se giró hacia Harry, lo tomó de la mano y le sonrió con calidez.
Una felicidad estúpida que Harry todavía no aprendía a controlar, inundó todo su ser. Era consciente de que Malfoy sólo estaba actuando, pero aun así no podía dejar de sentirse ilusionado. Era patético, lo sabía.
Enseguida descubrió el porqué del comportamiento súbitamente amoroso de Malfoy: era el escuadrón de aurores que todos los días bajaba a la cafetería a almorzar, Dennis incluido. Malfoy se pegó más al costado de Harry cuando pasaron junto al nutrido grupo de aurores, quienes se habían quedado repentinamente quietos, mudos y boquiabiertos. Harry les sonrió torpemente. Dennis parecía a punto de un desmayo, así de pálido e impactado se veía. Harry, incapacitado para otorgar una explicación apropiada, aceleró el paso arrastrando a Malfoy junto con él.
Ninguno de los dos soltó al otro en el trayecto que les quedaba hasta los ascensores. Harry suspiró discreto y decidió aprovecharse del momento, obteniendo lo más que pudiera de aquella situación. El calor que irradiaba el cuerpo de Malfoy era la cosa más maravillosa que había sentido en muchísimo tiempo.
Un escalofrío de placer recorrió su piel y Harry sonrió tristemente, girando la cabeza hacia otro lado para que Malfoy no lo descubriera haciéndolo.
Harry intentaba dejar de pensar que lo sucedido en la cafetería podía resumirse en unas pocas palabras, las cuales eran: "dejaste pasar una oportunidad única de acostarte con Malfoy, grandísimo estúpido". A ratos quería darse de cabezazos por haber desaprovechado la que seguramente sería su única posibilidad de tener por fin al rubio sólo para él (aunque fuera sólo por un par de horas) pero de inmediato se consolaba convenciéndose de que había sido lo mejor.
Si de por sí, así ya era duro olvidarse de Malfoy con lo que habían vivido, no quería ni imaginar cómo sería desprenderse de aquel cariño si…
Meneó la cabeza para sacudirse los pensamientos.
—¿Te gustaría mirar los avances en el proyecto de Colchester? —preguntó Malfoy de pronto.
Harry negó con la cabeza sin levantar la vista del suelo.
Tenían un rato de haber regresado a la oficina de Malfoy, y ninguno de los dos había roto el silencio en el que estoicamente habían permanecido hasta ese momento. Harry, además de callado, había estado todo el tiempo sentado en el silloncito del rincón con los ojos en cualquier parte menos en Malfoy. Malfoy, sin embargo, no cesaba de buscarle la mirada.
Y ahora, parecía determinado a sacarle charla.
—¿Has visto lo bien que funciona la fórmula de Lovegood? —preguntó con voz un tanto incierta.
Harry volvió a negar con la cabeza, aunque estaba mintiendo. Por supuesto que sabía lo bien que funcionaba la poción sanadora de Luna. La casa de Grimmauld Place casi había quedado libre de toda plaga gracias a ella.
—Tengo fotografías del castillo —continuó insistiendo Malfoy—, ¿estás seguro de que no quieres verlas?
—No, Malfoy —respondió finalmente Harry, comenzando a perder la paciencia. Sin embargo, una idea se le vino a la mente y eso lo hizo levantar los ojos y encarar a Malfoy —. Pero hay algo que sí me gustaría ver —le dijo. Se le había ocurrido de repente que la mejor solución para finiquitar con ese asunto era desentrañar el misterio del autor de las amenazas contra Malfoy. Así, él podría dejar de ser su guardaespaldas y proseguir con su vida en paz—. Quisiera leer las misivas anónimas que te fueron enviadas, por favor.
Malfoy abrió mucho los ojos y negó con la cabeza.
—Imposible, Potter. Me las requisaron para la investigación.
Harry entrecerró los ojos con desconfianza. No obstante, Malfoy podía estar diciendo la verdad. Era un procedimiento estándar, después de todo.
—Mmm. Entonces háblame de ellas.
Malfoy pestañeó un par de veces.
—¿Qué quieres que te diga? Sólo eran unos papeles con letra de imprenta que arribaron a mi casa por medio del correo muggle. Debiste ver la cara del cartero cuando las dejó. Estaba atónito; juraba que nuestra casa no existía hasta ese día, que nunca la había visto, lo cual es natural porque hasta ese momento jamás había tenido que llevarnos correo y las protecciones antimuggles funcionaban bien. Tuvimos que obliviatarlo en cuanto…
—Ajá, okay. Pero, ¿qué decían las cartas?
Malfoy se puso a revisar unos pergaminos que tenía sobre su escritorio y Harry tuvo la corazonada de que lo hacía para no mirarlo a la cara.
—Mm, pues ya sabes, las amenazas típicas. "Tus días están contados", "Se te acaba el tiempo", y por el estilo. Mira, Potter, realmente no veo qué caso tiene enterarte de esto. Tú no estás aquí para…
—¡Ya lo sé! —Harry se puso de pie y comenzó a caminar en círculos. —Ya sé para qué y para qué no estoy aquí —completó con amargura. Sentía que la oficina de Malfoy se le caía encima y lo ahogaba. No comprendía cómo iba a aguantar estar todo el día ahí sentado sin hacer nada más que contemplar con la boca abierta al hombre que adoraba y que nunca jamás iba a ser suyo.
Además, lo de él era la acción. Sabía que debía quedarse a cuidar a Malfoy, pero también ardía en deseos de salir a buscar al caradura que se había atrevido a amenazar al director de Finanzas quién sabe por qué razón.
—Tenemos que salir de aquí —le dijo a Malfoy de repente—. No puedo quedarme encerrado sabiendo que ese loco está allá afuera. ¿Qué tal si, al ver que tú estás inaccesible, se decide a atacar a tu familia? Debemos salir y dejarnos ver para…
—¿Para funcionar como carnada? —completó Malfoy con diversión. Harry había creído que se negaría o tendría miedo, pero no era así—. Me parece perfecto. Vayamos al gimnasio. Tengo meses sin ir y mi membresía se está desperdiciando.
—¿Gimnasio? —repitió Harry. Imaginar a Malfoy, sangrepura de alcurnia, en medio de un sitio lleno de muggles sudorosos y apestosos, estaba más allá de su comprensión.
—Por supuesto —Malfoy lo miró y le sonrió ampliamente.
Harry tragó. Nunca en toda su vida Malfoy le había sonreído tanto en un solo día y era espantoso porque Harry creía que sólo con eso Malfoy tenía el poder de borrar de un zarpazo todo el daño que le había ocasionado.
Malfoy se apuntó con su varita y transformó su túnica en ropa muggle. Apuntó a Harry con la aparente intención de hacer lo mismo, pero Harry lo detuvo con un movimiento de mano. Él traía su propia ropa muggle, muchas gracias. Se quitó la túnica de auror y la dejó sobre el silloncito.
Malfoy lo estaba mirando apreciativamente: una ceja arqueada y esa media sonrisita que a Harry le crispaba los nervios. A esas alturas del partido, Harry ya había descubierto que a Malfoy le gustaba verlo en jeans y camiseta; no estaba tan ciego como para no notarlo. Trató de no sentirse afectado por eso y fingió que no se daba cuenta.
—¿Vamos, pues? —le dijo a Malfoy.
Malfoy asintió, sonriendo más.
—Te encantará, ya lo verás.
Por supuesto que no le encantó a Harry. No le encantó dejar atrás la seguridad del Ministerio para salir a las calles del Londres muggle a exponer el pellejo de Malfoy, pero no tenía una mejor idea para agilizar esa situación. Malfoy, por su parte, sí parecía encantado, si es que Harry podía deducir algo de la sonrisa enorme que llevó en la cara durante toda su caminata por la avenida Whitehall rumbo a Charing Cross. Yendo un paso más adelante que Harry, Malfoy iba indicándole el camino sin parecer mínimamente estresado o preocupado por las amenazas a su bienestar. Harry, por su parte, aprovechó el trayecto para fumarse por fin un cigarro como Dios mandaba. Malfoy lo miraba por encima del hombro de vez en cuando y sonreía burlonamente. Harry trató de ignorarlo.
Ya en la avenida Charing Cross, Malfoy se detuvo ante un puesto de Fish and Chips y pidió dos platos grandes. Harry lo miró inquisitivo mientras Malfoy sacaba dinero muggle de un bolsillo de su ropa falsa y pagaba la cuenta. Con los platos desechables repletos de pescado rebozado y papas fritas, se acercó a Harry, quien lo esperaba a un par de metros. El aroma de aquella grasienta pero deliciosa comida provocó que el estómago de Harry rugiera con anticipación.
Pasó saliva.
—Ten —le dijo Malfoy y le ofreció uno de los platos. Harry no tuvo el valor para negarse a aceptarlo. La verdad era que moría de hambre—. No pude dejar de notar que no comiste nada en la cafetería y, si vamos a hacer ejercicio, necesitamos un poco de combustible —agregó Malfoy como para justificarse.
Harry lo miró asombrado. ¿Aquella amabilidad era auténtica?
—Gracias, Malfoy —dijo en voz baja.
Malfoy sólo se encogió de hombros y reanudó la marcha mientras hundía una de sus papas fritas en la salsa tártara.
En esa ocasión, Harry caminó a su lado en vez de quedarse rezagado. Ambos devoraron sus platos de comida sin decir palabra y, al terminar, Harry compró dos botellas de agua. Le ofreció una a Malfoy y éste aceptó con una amplia y misteriosa sonrisa.
Después de haber fumado, comido y bebido, Harry se sentía mucho mejor. Así que cuando Malfoy volvió a detenerse, esa vez, delante del Caldero Chorreante, ni siquiera se desconcertó.
—¿Entonces no es gimnasio muggle? —preguntó en voz baja mientras entraban al pub e intentaban cruzarlo sin ser reconocidos por nadie. Malfoy lo miró condescendiente y Harry meneó la cabeza. Por supuesto que no era muggle. Tendría que haberlo sabido si creía conocer a Malfoy un poco.
Salieron del pub hacia el callejón Diagon y lo primero que Malfoy hizo fue finalizar el encantamiento sobre su ropa para recuperar su túnica de mago. Harry habría puesto los ojos en blanco, pero estaba muy ocupado mirando alrededor. Repentinamente había vuelto a sentirse intranquilo. Presentía que el acosador de Malfoy se vería más tentado a atacar ahí que en un lugar con muggles. Los dedos de la mano derecha le cosquillearon en su desesperación por tomar la varita y ponerse en guardia, pero hacer tal cosa podría espantar al agresor. En vez de eso, caminó más pegado a Malfoy y le tocó levemente el brazo. Malfoy tomó nota de la acción y respondió sonriendo y atrapando la mano de Harry, obligándolo a enroscar su brazo alrededor del de él.
Harry se sonrojó al tiempo que la gente a su alrededor los señalaba y comenzaba a cuchichear. Malfoy, por alguna razón, parecía resplandecer de orgullo.
—Novios. ¿Recuerdas, Potter?
Harry no respondió. Estaba absorto, dividido entre vigilar los alrededores y admirar el sector por donde Malfoy lo estaba encaminando. Era una callejuela atiborrada de tiendas de lujo que exhibían objetos a precios exorbitantes; unas a las que el salario de Harry no le permitía ni acercarse a curiosear. Además nunca había tenido mucho tiempo libre como para perderlo en compras: era poco el que le quedaba disponible cuando lo invertía casi todo en salir a bares a ligar.
Como hubiese sido, el punto era que jamás se había percatado de la existencia de un gimnasio para magos y brujas. El concepto en sí era tan muggle que ni siquiera se lo había imaginado y menos cuando tenía la no tan ligera ni tan poco justificada percepción de que a los miembros de la comunidad mágica no les agradaba mucho el trabajo físico y lo evitaban en la medida de lo posible, prefiriendo solucionar sus problemas (los de salud, incluso) por otros medios más cómodos como los encantamientos y las pociones.
Finalmente, Malfoy se detuvo ante un edificio. A las puertas del pequeño pero bonito establecimiento, cuyo letrero anunciaba el nombre Fit Wizard, Malfoy liberó el brazo de Harry y, sin decir nada, entró. Harry lo siguió, olvidándose momentáneamente de que su misión ahí era cuidar al otro. Después de todo, estaba asombrado. Había esperado encontrarse con las típicas máquinas de ejercicio cardiovascular y para levantar pesas, pero no había nada de eso. El gimnasio, por dentro, contaba sólo con un mostrador atendido por un solitario empleado y, al fondo, una pared con varias puertas numeradas. Malfoy caminó hacia el joven que leía el último ejemplar de El semanario del Buscador.
—Frederick, cuarto para dos.
El empleado, un chico fornido y guapo (al menos eso sí concordaba con la imagen que Harry tenía de los gimnasios) levantó la vista, miró a Malfoy y luego, a Harry. Sonrió ampliamente y dejó su revista a un lado.
—¿Juego de buscadores, señor Malfoy?
Malfoy le correspondió la sonrisa y se giró hacia Harry.
—Creo que tu fama nos precede, Potter.
Harry, quien ya ni recordaba que había un asesino tras los huesos de Malfoy, no salía de su asombro.
—¿Quidditch? —preguntó, sintiéndose reconfortado. Había sido demasiada extraña la imagen mental de magos vestidos con largas túnicas corriendo sudorosos sobre una caminadora; en cambio, saber que ahí sólo se iba a practicar quidditch, tenía muchísimo más sentido. No pudo evitar, a pesar de la aversión que le causaba la situación de ser el guardaespaldas de Malfoy, sentirse estúpidamente ilusionado. Tenía años sin montarse en una escoba por diversión. ¿Cómo era posible que hubiese dejado pasar tanto tiempo sin ni siquiera haber buscado la oportunidad de hacerlo?
Con una sonrisa altanera pero que no era totalmente burlesca, Malfoy dirigió a Harry hacia la puerta que el empleado les había señalado. La abrieron y se encontraron con un pequeño vestidor que parecía ser la antesala al campo de juego, al juzgar por otra puerta que había en su interior. Dos uniformes de buena calidad permanecían colgados en sendas perchas, listos para que pudieran usarlos. Del mismo modo, dos escobas último modelo aguardaban colocadas en un anaquel, así como una caja que Harry supuso contendría todas las pelotas necesarias para jugar.
Harry, invadido por un curioso y revitalizante entusiasmo que no había experimentado desde que era un adolescente, intentó cavilar si aquello era una buena idea o no.
—Malfoy —dijo—, no estoy seguro de esto. Se supone que yo sólo soy…
Malfoy puso los ojos en blanco mientras comenzaba a quitarse su elegante túnica. Harry se interrumpió y lo observó atónito. Debajo de ella, Malfoy sólo llevaba su ropa interior: unos ajustados y deliciosos calzoncillos que dejaban poco a la imaginación. Durante unos pocos e insuficientes segundos, Harry se bebió con la mirada el espectáculo de aquel Malfoy casi desnudo. Nunca lo había visto así. Era increíble que a pesar de haber tenido sexo con ese hombre, nunca, hasta ese momento, había visto tanto de su piel.
Malfoy, tal como Harry lo había imaginado a pesar de verlo siempre con tanta ropa, estaba buenísimo. Tenía sentido si continuaba practicando quidditch, concluyó Harry con un poco de amargura. Él, en cambio, había intentado mantenerse en forma al estilo muggle: salía a correr cuando alcanzaba a levantarse temprano y también hacía un poco de ejercicio en casa antes de dormir.
Dándole la espalda a Harry, Malfoy se tomó su tiempo para colocarse la túnica de quidditch. Sabía que Harry lo estaba admirando sin reparos y parecía no molestarle. Harry pasó saliva. No pudo evitar un quejidito de pesar cuando finalmente Malfoy terminó de vestirse. Se giró hacia Harry y arqueó las cejas en una muda pregunta: ¿vas a jugar conmigo o no?
Harry creyó que no tenía caso negarse a acompañarlo. Después de todo, era poco probable que alguien atacara a Malfoy dentro de aquel recinto. Rápidamente, se sacó la camiseta y los jeans para ponerse la túnica (la cual se ajustó mágicamente a su talla), y no pudo evitar sonreír y sentirse orgulloso cuando miró que Malfoy lo admiraba con los ojos brillantes de avidez.
—Oh, Merlín —dijo Malfoy y luego soltó un largo suspiro—. En fin. Mira, Potter, para hacer el juego más interesante, te propongo una apuesta.
Harry se sentía exaltado. Las ganas de volar hacían que la piel le picara y el corazón le latiera apresurado. Era una sensación similar a cuando su cuerpo le pedía una dosis de nicotina. Ansiedad pura y voraz.
La idea de una apuesta no se oía mal. Además, estaba tan entusiasta que no habría podido decir que no.
—De acuerdo —asintió sonriendo. Su actitud dispuesta parecía agradarle a Malfoy, si es que podía deducirlo de la enorme sonrisa satisfecha que éste tenía en la cara—. ¿Qué sugieres?
—¿Aceptas apostar? —preguntó Malfoy un tanto incrédulo. Harry asintió de nuevo. Entonces, Malfoy tomó una snitch de la caja y sacó su varita. Tocó con ella la pelotita dorada y un hilo también de color dorado se desprendió de ella, rodeando a Malfoy y a Harry antes de desvanecerse.
Harry se dio cuenta de qué era lo que acababa de pasar y sintió un poco de pánico.
—¡Oye, espera! —exclamó mientras Malfoy tomaba una escoba y le pasaba la otra a Harry—. ¿Por qué me incluiste en la promesa mágica sin preguntarme? ¡No acordamos el monto de la apuesta!
—No te preocupes, Potter. No perderás ni un knut. Nos hemos comprometido a un juego de niños totalmente inocente. No necesitaremos dinero —le respondió Malfoy quien, con la snitch en una mano y la escoba en la otra, abría la puerta interior.
Se introdujo por ella y a Harry no le quedó más remedio que seguirlo. Salieron a lo que parecía ser el exterior. Harry tuvo que entrecerrar los ojos para ajustarlos a la luz. Vio que el muy tramposo de Malfoy ya estaba volando a través de lo que parecía ser un campo auténtico al aire libre. Harry admiró boquiabierto a su alrededor.
Era una gran extensión de césped rodeada de un bosque oloroso cuya envergadura abarcaba más allá del horizonte: simplemente no se le veía fin. Arriba de sus cabezas, el cielo estaba despejado y azul brillante, no grisáceo como el cielo real de Londres en ese preciso momento. Tendría que ser un descomunal y muy complicado hechizo para hacer que la pequeña habitación de un edificio luciera como el campo de quidditch en el que cualquier mago o bruja desearía practicar. Era ideal.
—Y es por esto que la membresía de este gimnasio me cuesta un ojo de la cara —dijo Malfoy desde su escoba, como si adivinara lo que Harry estaba pensando—. ¿Vas a quedarte ahí como tonto o vendrás a tratar de ganarme la snitch?
Harry sonrió en respuesta y la adrenalina rugió por sus venas. Se montó en la escoba y, dando un golpe con su pie sobre el césped falso, salió volando a toda velocidad hacia donde estaba Malfoy; el aire azotaba su cara y lo despeinaba, el fragante aroma a pino inundaba sus pulmones. Falso o no, aquello se sentía real y era fenomenal. Harry soltó una carcajada de pura alegría. Dios, volar era grandioso.
Malfoy también se veía muy contento. Aguardó hasta que Harry estuvo a la misma altura que él y le preguntó:
—¿Listo?
Harry asintió y Malfoy soltó la snitch.
Para buena suerte de Harry, ésta salió disparada hacia un lado que a él le quedaba más cerca que a Malfoy. Riéndose con ganas, Harry torció su escoba y voló a toda velocidad hacia el resplandor dorado de la pequeña pelota, con Malfoy siguiéndolo bastante cerca. Pronto, Malfoy se emparejó y Harry pudo ver, por el rabillo del ojo, que también el rubio se estaba riendo. Bruscamente, la snitch giró hacia abajo y Harry, sin dudarlo, la siguió. No demoró ni un segundo en atraparla entre sus dedos.
Se detuvo apenas a un par de metros de chocar contra el suelo y se giró sobre la escoba buscando a Malfoy. Éste lo miraba con una sonrisa resplandeciente y respirando agitadamente.
—Vaya, Potter —jadeó—. Bien hecho. Has ganado el derecho a realizar la primera pregunta.
Harry, también respirando con dificultad, lo miró con el ceño fruncido.
—¿Pregunta? ¿Cuál pregunta? ¿De qué estás hablando?
—De la apuesta que hicimos —respondió Malfoy bajando la voz pues estaba acercándose hacia donde Harry se mantenía flotando—. Una apuesta de sinceridad. Cada vez que alguien gane la snitch, el otro se verá obligado a responder una pregunta. Como estamos atados mágicamente a la apuesta, no podemos mentir. Será como haber bebido veritaserum.
Se sonrojó un poco al terminar y tuvo la decencia de lucir un tanto culpable.
—Malfoy —comenzó a decir Harry—, eso es estúpido e infantil. ¿Cómo diablos se te ocurrió semejante cosa? Yo no… ¡Yo no quiero preguntarte nada!
Malfoy, decididamente, se sonrojó todavía más.
—Tienes que hacerlo —masculló.
Harry negó con la cabeza.
—No. No quiero y no lo voy a hacer.
Malfoy apretó los labios y frunció el ceño. Parecía herido en sus sentimientos y, demonios, incluso provocó que Harry se sintiera mal. Entonces dijo:
—Muy bien. Si no quieres preguntar nada, entonces yo te confesaré algo de mi elección. —Se quedó en silencio durante un momento, y Harry sintió un retorcijón en el estómago. Si era cierto lo del vínculo mágico, entonces lo que Malfoy estaba a punto de decirle iba a ser totalmente sincero. Malfoy desvió la mirada hacia un lado mientras comenzaba a hablar en voz baja—: Yo… yo te he dicho que me pone verte fumar, lo cual es cierto. No obstante, me preocupa que lo hagas porque sé lo dañino que es para la salud. Si tuviera la oportunidad de estar a tu lado, te ayudaría a superarlo. De hecho, tengo una muy buena táctica en mente que podría dar resultado. Sólo… sólo necesitaría estar… ya sabes, junto a ti.
Harry lo miró con la boca abierta. Estaba impactado. Malfoy había dicho todo eso sin mirarlo a los ojos y sonrojándose cada vez más. ¿De verdad se preocupaba por su salud? ¿De verdad quería estar junto a él?
Harry boqueó, jadeó y gimió. No sabía qué decir. No sabía qué hacer con semejante revelación.
De pronto, como si supiera que la apuesta ya había sido pagada, la snitch agitó salvajemente sus alas y resbaló de la mano de Harry, escapando a la libertad. Malfoy la vio irse y reaccionó primero que Harry: salió volando a toda velocidad tras ella. Harry, todavía impresionado por lo que acababa de escuchar, reparó que si Malfoy atrapaba la snitch, sería él quien tendría que responder a alguna pregunta y oh no, joder, no, no iba a permitirle a Malfoy tener esa oportunidad.
Los persiguió lo más aprisa que pudo, pero Malfoy, quien llevaba una ventaja enorme, ya estaba acorralando la snitch contra el borde del bosque y atrapándola enseguida.
Se giró hacia Harry con gesto triunfal.
—Bueno, bueno —exclamó Malfoy entre risas—. ¿Qué te parece? ¡Es la primera vez en toda nuestra historia que te gano la snitch!
Harry tendría que haberse enojado por ello o porque ahora sería víctima de una pregunta indiscreta de parte de Malfoy, pero no podía hacerlo. No podía enojarse porque era un deleite mirar a Malfoy así de feliz y extrovertido. Se detuvo en el aire a un par de metros de Malfoy y él, resoplando para recuperar el aire, lo miró dubitativo.
—Dispara de una vez, Malfoy —gruñó Harry, fingiendo un mal humor que en verdad no sentía.
—¿Por qué salvaste Colchester? —susurró Malfoy, tan bajo que Harry apenas alcanzó a registrar la pregunta.
La verdad acudió a sus labios de inmediato y él, harto de los malos entendidos con Malfoy, no movió ni un gramo de su propia magia para refrenarla.
—Porque me conmovió tu entrega hacia ese castillo, especialmente por su pasado oscuro y la manera en que deseabas darle una segunda oportunidad. Al preguntarle a Sir Cadogan me cercioré de que sí era Camelot como tú lo sospechabas, pero mi intención de salvarlo fue por una razón más allá de eso. Quise hacerlo por ti. Porque sabía que te haría feliz.
Harry, a diferencia de Malfoy, había revelado todo eso sin dejar de verlo a los ojos y, de ese modo, pudo apreciar cómo el semblante del otro se iba suavizando conforme él hablaba. Al final, Malfoy lo observaba intensamente con los labios apretados.
—Muy bien —fue todo lo que dijo.
Antes de que soltara la snitch, Harry tuvo unos segundos para agradecer que la pregunta de Malfoy en realidad no hubiera sido tan indiscreta. Caviló que tal vez para él el asunto de Colchester no era tan importante como para Malfoy, y en el fondo sintió alivio al imaginar que ese problema entre los dos ya no era tal y estaba zanjado.
La snitch salió impulsada hacia arriba y tanto Harry como Malfoy salieron en pos de ella. Se rieron a carcajadas cuando sus escobas se pegaron tanto una contra la otra que sus piernas casi se engancharon entre ellas. Se separaron unos metros más arriba cuando la snitch hizo un giro brusco hacia un lado y ambos torcieron sus escobas para continuar con la persecución.
Increíblemente, Malfoy la ganó de nuevo. Con la pelotita dorada en la mano y el brazo extendido hacia arriba en un signo de victoria, se rió largo y tendido de Harry.
—¡Oh, Merlín, Potter, vaya que estás oxidado! ¿Hace cuántos siglos que no volabas?
Harry frunció el ceño en fingida molestia. Jadeó y resopló, demasiado emocionado como para enojarse por pequeñeces como esa.
—Cállate y pregunta —bufó.
Malfoy sonrió malignamente durante unos segundos, pero pronto su semblante se puso serio. Miró a Harry fijamente a los ojos, como si no se atreviese a formular su cuestionamiento.
—Malfoy —gruñó Harry, todavía luchando por recuperar el aliento—. Si no vas a preguntar nada, suelta la maldita snitch de una…
—Yo… ¿soy especial para ti, Potter? ¿Mucho más que nadie más?
Harry pasó saliva, sintiéndose muy desdichado. Pero no podía ni quería mentir. Si era su destino que Malfoy supiera la verdad de una vez por todas, que así fuera.
—Sí —susurró y vio a Malfoy abrir los ojos como platos—. Eres el único por quien me he sentido así. Te deseo desde hace meses. Y no sólo eso, Malfoy. No es sólo deseo. Creo que… Creo que estoy enamorado de ti.
Algo brilló en los ojos plata de Malfoy, y no era sorpresa ante la revelación. Fue más bien como una alegría salvaje por recibir una confirmación de algo que ya sabía de antemano, y Harry se preguntó cómo diantres podría Malfoy haber sabido algo como aquello.
Sin embargo, no pudo pensar mucho en el asunto. Malfoy acababa de soltar de nuevo la snitch y, por todos los jodidos demonios, Harry no iba a permitir que se la ganara otra vez.
Harry la atrapó.
Jadeando, ambos se detuvieron sobre la copa de los árboles y se miraron con intensidad. Aquella caza había durado más tiempo que todas las anteriores, dejándolos agotados y adoloridos. Malfoy estaba en silencio, esperando. Todo su cuerpo se movía al ritmo de su agitada respiración y Harry suprimió un escalofrío al imaginar cuan tembloroso y sofocado quedaría Malfoy después de hacer el amor.
Meneó la cabeza para deshacerse de ese pensamiento y acarició la snitch entre sus dedos. Bajó los ojos hacia ella y la observó mientras pensaba. Ardía en deseos de preguntarle miles de cosas a aquel rubio pedante e insufrible. Miles.
¿Por qué le pediste a Robards que fuera yo tu guardaespaldas en esta misión? ¿Por qué lo chantajeaste para que me devolviera mi trabajo? ¿Por qué te preocupa mi salud? ¿Por qué te importa tanto con quién y con cuántos me acuesto? ¿Sigues pensando que soy una puta al servicio del ministerio? ¿Por qué insistes en tener sexo conmigo si me tienes en tan mal concepto? ¿Qué piensas ahora que sabes que estoy loco por ti?
Pero todas esas preguntas eran una pérdida de tiempo y esfuerzo. Lo eran porque básicamente todas se podían resumir en una sola… Una sola pregunta que torturaba a Harry y cuyas palabras para formularla ya estaban brotando del fondo de su garganta.
—¿Qué es realmente lo que sientes por mí? —murmuró, levantando la cara y mirando fijamente hacia Malfoy—. ¿Solamente estás encaprichado o… es algo más?
Malfoy pestañeó y pasó saliva.
—Esas son dos preguntas, Potter —dijo en voz baja.
Harry no tenía ánimos ni tiempo para tonterías. Demonios, estaba muriéndose por dentro en espera de la respuesta.
—Malfoy… —advirtió en tono tajante.
Frente a él, a un par de metros, Malfoy asintió y abrió la boca para contestar.
—No es encaprichamiento. No es sólo que quiera llevarte a mi cama, amarrarte ahí y no dejar que nunca nadie más te toque. Quiero estar contigo a la buena, compartir momentos, llevarte con mi familia, ayudarte a cuidar tu salud y tu integridad. Quiero que seas sólo para mí. Yo… ¿Quieres saber lo que realmente siento? Bien, aquí está, Harry Potter. La verdad es que estoy enamorado de ti.
En esa ocasión, Malfoy había dicho todo mirándolo a los ojos. Firme y convencido. Y fue cuando Harry lo entendió. Malfoy había tejido todo ese enmarañado plan para terminar de ese modo: confesándole todo lo que, de otra manera, jamás habría podido ni siquiera insinuar. Harry sintió un golpe de calor al darse cuenta de que Malfoy se había jugado el todo por el todo sólo por hacerle entender a él aquella verdad.
Malfoy estaba enamorado de él.
Una verdad que demoró segundos enteros en aterrizar en su cerebro. Y cuando finalmente sucedió, Harry soltó la snitch y aferró el mango de su escoba tan fuerte que creyó haber escuchado el palo crujir. Dirigió su trayecto hacia Malfoy y voló a toda velocidad hasta él. Malfoy lo miró venir con ojos esperanzados, enormes, aterrorizados. Y en cuanto Harry lo tuvo a su alcance, soltó la escoba y sujetó las mejillas del rubio con sus manos.
Lo besó como nunca antes y Draco, tomándolo de su túnica de quidditch, emitió un quejido ahogado antes de corresponder con el alma completa, con todas las ganas acumuladas, con toda la energía que le restaba.
Harry percibió que las escobas comenzaban a bajar lentamente hasta el suelo y lo único que podía pensar mientras besaba a Draco como si no hubiese un mañana era "Joder, perfecto, entre más firme la tierra, mejor".
Necesitaba espacio seguro y mucho tiempo. No iba a largarse de ahí sin darle a ese rubio mañoso lo que se había ganado con creces: la snitch que ambos habían estado cazando durante meses.
