CAPÍTULO 10

—A Mycroft no le va a gustar.

— ¿Me vas a ayudar o no?

—Jamás he dicho que no lo haría. Lo que sea con tal de contrariar a mi hermano—hacía mucho tiempo que Greg no veía esa ilusión en los ojos de Sherlock. Realmente se llevaban mal esos dos.

Había pasado una semana y media desde que habló con la secretaria de Mycroft, y seguía sin tener noticias de él. Un día le envió un mensaje, pero volvió a contestarle la dichosa mujer. Era desesperante. Y desde luego no iba a llamarle para volver a oír la voz de esa dichosa mujer, que por cierto pareció divertirse con su intento de contactar con Mycroft. Y estaba harto de toda esa situación, sobre todo del caos que había en su cabeza, así que decidió que aprovecharía la ausencia de Mycroft para investigar por su cuenta el caso Schmidt. Había muchas cosas que no le cuadraban, y si investigando fastidiaba a Mycroft mejor que mejor. Además, tenía la ventaja de tener tiempo libre porque el doble asesinato no se consiguió cerrar, muy a pesar de Bickerton. Y no tenía más casos abiertos.

Sherlock, John y él subieron a un taxi, aunque Greg no sabía muy bien por qué. Pero el menor de los Holmes se lo explicó durante el trayecto.

—Hace unas horas John y yo descubrimos una de las muchas identidades no oficiales que tenía Russ mientras Schmidt aún seguía en Ucrania con su doctorado.

— ¿Cuántas tenía?

—Muchas, pero la pregunta es cuántas identidades tenía a la vez. Incluso para un agente del MI-6 es demasiado tener más de una a la vez.

—Entonces, ¿dónde vamos?

—Pare aquí—le dijo Sherlock al taxista, que paró de inmediato.

Sherlock se bajó al instante, al igual que John, así que le tocó a Greg pagar la cuenta. Cuando salió del taxi vio que John y Sherlock entraban en unos túneles, famosos por albergar decenas de mendigos y vagabundos. Por fin iba a conocer la famosa red de vagabundos de Sherlock, que tanto le había quebrado la cabeza desde hacía años. Llegó a la altura de los otros dos, que no se habían dado cuenta que se había quedado detrás.

—Déjanos la conversación con Solomon a John y a mí. No le gusta que haya extraños.

— ¿Quién es Solomon?

—Ahora lo verás—le dijo John.

Recorrieron varios túneles y pasaron junto a varias hogueras con mendigos alrededor, intentando calentarse, mirándoles como si quisieran quitarles las cajas de cartón, hasta que llegaron a un túnel sin salida en cuyo final había un triste fuego con sólo una persona de espaldas.

El sonido de sus pasos alertó al hombre, que se giró para ver quiénes iban a hacerle compañía. Cuando Greg se acercó pudo verle con más claridad: era un hombre mayor, con muchas arrugas en la cara y mucha barba, vestido con una raída gabardina marrón que no parecía abrigar mucho y un gorro de lana típico de los que regalaban en navidad. Les miraba con cautela mientras se acercaban, y fue Sherlock quien empezó la conversación.

—Buenos días—el hombre posó sus ojos sobre él, tremendamente suspicaz—. He traído a Solomon un bocadillo de atún, de los que le gustan.

Sherlock sacó del interior de su abrigo un bocadillo envuelto en papel de plata y se lo extendió al vagabundo, quien Greg supuso que era Solomon. De repente el vagabundo tenía una actitud totalmente distinta.

— ¡Atún, atún! Qué pez, qué maravilla. Sentaos, sentaos. No hay mucho fuego, pero mantiene alejado a las alimañas del fondo—dijo Solomon con todo el desprecio posible. Greg dedujo que se refería al resto de mendigos de los túneles.

Se sentaron los tres alrededor del fuego, sobre pequeños troncos de madera, mientras Solomon masticaba con furia el bocadillo de atún

— ¿Cómo está el amigo de Solomon?

—Solomon no tiene amigos en este túnel. Las alimañas son muchas.

—Si Solomon hace memoria seguro que recuerda a su amigo David—dijo Sherlock, echándose hacia delante.

El mendigo paró de masticar y se quedó mirando el fuego muy concentrado, como si el sólo hecho de pensar en algo que no fuera el bocadillo le costara muchísimo. Y seguramente era así. No había que ser muy listo para ver que Solomon tenía muchísimos problemas, entre ellos mentales.

— ¡David, el amigo David! Hace mucho que Solomon no le ve. ¿Le habéis visto vosotros?

—Le estamos buscando, por eso preguntamos a Solomon. Sé que ellos son muy buenos amigos.

Parecía mentira, pero Sherlock se desenvolvía muy bien en la conversación. Sabía cómo sacarle la información a ese mendigo, que volvió a masticar con fuerza. Y contestó mientras lo hacía, enseñándoles la comida triturada.

—Sí, sí. David no es una alimaña como los otros, por eso Solomon es su amigo. Pero no le ha visto desde hace mucho. Le dijo: "cuida de mis cosas hasta que vuelva", y como aún no ha vuelto Solomon ha guardado sus cosas—al hombre le faltaban muchos dientes, y se veía que le costaba masticar. Pero ponía mucho empeño en hacerlo.

— ¿Solomon nos deja ver las cosas de David?

—No, no, Solomon no lo puede permitir. David le dijo: "sólo dámelo a mí", y Solomon cumple lo que le dicen.

—David me ha dicho que Solomon tiene que dejarme ver sus cosas.

El mendigo miró a Sherlock con la mirada vacía, como si no comprendiera la conversación. Ese hombre necesitaba medicación urgentemente, pero Greg sabía por experiencia que no se podía hacer nada en esos casos.

—Si David ha dicho eso, Solomon deja. Solomon es un buen amigo.

El mendigo se levantó pesadamente y fue hacia su montón de basura. De allí sacó una mochila raída y se la dio a Sherlock, para después sentarse y terminar su bocadillo de atún en silencio.

En seguida Sherlock sacó todo lo que había en esa mochila, pero apenas había nada. Un par de camisetas sucias, una lata de conservas (que nada más ver se la guardó Solomon bajo su gabardina marrón), y una navaja multiusos. No había nada de provecho, nada que les indicara algo sobre Russ.

— ¿David le dijo algo más a Solomon antes de irse? —preguntó John para sorpresa del mendigo, que pareció darse cuenta por primera vez que estaba allí.

—David le dijo que guardara sus cosas hasta que volviera. Pero no ha vuelto. ¿Le has visto?

— ¿Solomon notó a David raro antes de irse? ¿Dijo David algo raro que llamara la atención de Solomon? —preguntó Sherlock, y el mendigo volvió a concentrarse profundamente para hacer memoria.

—Vinieron unos hombres para hablar con David, hace mucho tiempo. A Solomon no le gustaban, se lo dijo a David, y le dijo a Solomon que él se ocupaba. Pero Solomon escucha, Solomon entiende. Y a Solomon no le gustó lo que escuchó.

— ¿Y qué escuchó Solomon? —preguntó Sherlock en un susurro que Greg dudaba que el mendigo escuchara, pero el mendigo contestó.

—Solomon escuchó sobre diamantes. Diamantes robados, diamantes grandes y pesados, pequeños y ligeros. Solomon no sabía en qué estaba metido David, estaba preocupado por él.

Así que mientras Russ se hacía pasar por mendigo, fueron unos hombres a esos túneles para hablar de diamantes. No era mucho, pero más que algo.

— ¿Qué más escuchó Solomon?

—Nada más. Solomon estaba preocupado por su amigo David, no sabía en qué estaba metido—el mendigo repetía lo mismo una y otra vez. Le empezaba a dar pena a Greg, pero no le iba a dar tiempo a que le diera pena del todo porque Sherlock se levantó.

—Dale mis gracias a Solomon, ha sido de mucha ayuda.

—Trae más bocadillos de atún a Solomon, es su favorito.

Los tres se fueron por el pasillo y escucharon el eco del mendigo: "¡atún, atún! Qué maravilla de pez, atún".

Greg esperó hasta que estuvieron a una buena distancia de los túneles para hablar.

— ¿Habéis sacado algo en claro de ese tal Solomon? Porque yo sólo sé que le gusta el atún.

—He acudido a él muchas veces, y nunca me ha defraudado—dijo Sherlock mientras se levantaba el cuello del abrigo para protegerse del frío—. Me habló de su amigo David hace un tiempo, pero no le hice caso. Menos mal que pude relacionar a ese David con la identidad de Russ. Las camisetas que dejó Russ tenían los restos del logo de una constructora, y los que vinieron a verle con toda probabilidad eran empleados de la misma compañía. Russ se hizo pasar por mendigo para trabajar allí sin contrato y no dejar rastro, y por lo que ha dicho Solomon seguramente fueron a verle a los túneles para acusarle por unos diamantes desaparecidos.

— ¿Dices que Russ robó los diamantes? Pero si los que usan en materiales de construcción son sintéticos—repuso Greg—, no tendría ningún sentido...

— ¿Y si eran diamantes de verdad? —preguntó John, y Sherlock sonrió.

—Ahí está, John. No es muy frecuente que haya diamantes auténticos en los materiales de una constructora, pero son muchísimo más eficientes que los sintéticos y por lo tanto puede subir sus precios.

—Lo que no se explica es que fueran a ver a David, digo a Russ—se corrigió John—. Los diamantes siempre están asegurados, no les merecería la pena enviar a unos matones a amenazar a un mendigo.

—A no ser que no estuvieran asegurados—replicó Sherlock—. Y si no están asegurados significa que o bien no tienen dinero suficiente para hacerlo, algo impensable en una constructora, o bien porque...

—Porque son robados—concluyó Greg.

Llegaron a orillas del Támesis, en una zona de costa sin nada ni nadie alrededor. Greg encendió un cigarrillo, asimilando la información.

— ¿Estás insinuando que Russ investigaba el robo de unos diamantes?—era lo único que podía pensar Greg.

—Algo más grande, algo que también involucre a una diplomática internacional y a varios países sin aparentemente nada en común.

—Tráfico ilegal de diamantes—dijo John en un susurro.

Así que ese era el gran misterio que rodeaba a Russ y a Schmidt, y que Mycroft no había querido desvelarle: tráfico de diamantes a escala internacional.

—Recuérdame que todos los fines de semana le traiga un bocadillo de atún a Solomon—dijo Greg a John, y acto seguido dio una larga calada a su cigarrillo.

—Aún hay muchos cabos sueltos, Lestrade—le reprochó Sherlock—. Necesitamos seguir buscando más pruebas, y lo primero es empezar por la constructora.

— ¿Cuál es?

—Abe's Factory.

El cigarrillo se le cayó de la boca a Greg, porque la abrió de par en par. Sherlock y John se quedaron perplejos al ver su reacción.

— ¿Qué pasa, Greg? —preguntó John.

—El doble asesinato—murmuró Greg para sus adentros, y aunque John no lo comprendió, Sherlock sí.

— ¿El de la calle Bentinck?

—El mismo. El almacén era de esa empresa.

La frase favorita de Greg le asaltó: el universo no deja nada al azar. Y si el caso Schmidt y el que había dejado inconcluso coincidían en un punto tan importante, es que estaban relacionados de algún modo. ¿Cómo de grande podía llegar a ser el caso Schmidt?

Sin apenas despedirse de Sherlock ni de John fue corriendo hacia la calle más cercana y paró al primer taxi que vio. Le llevó a New Scotland Yard, donde agarró todos los informes y todas las fotografías relacionadas con el doble asesinato y se las llevó a su casa. En la única pared libre que tenía en su pequeña casa, en su dormitorio, empezó a colgar fotos y noticias para después unirlos con hilos rojos. Necesitaba hacerse un esquema, porque todo aquello era más serio de lo que le había parecido al principio.

Si su teoría era correcta, Russ se había topado en algún momento de su vida con ese tráfico de diamantes y se propuso desmantelarlo, pero sus obligaciones para con el SIS no le permitían avanzar. Sin embargo, cuando empezó su misión en Viena y conoció a Schmidt, que como futura diplomática también quería desmantelar ese contrabando de diamantes, Russ encontró los ánimos para seguir su propósito de desmantelarlo. Por eso volvió sin previo aviso a Londres.

Con los datos nuevos que le habría proporcionado Schmidt, Russ se infiltró como vagabundo en una de las empresas que habían comprado diamantes de contrabando, así no tendría contrato y pasaría desapercibido. Pero los diamantes desaparecieron, los robara él o no, y la empresa sospechó de él inmediatamente. A partir de ahí estaba completamente perdido, pero veía que el caso iba cogiendo forma.

Además tenía la corazonada de que el doble asesinato era un mensaje para el dueño de la constructora, el que compró los diamantes de ese tráfico ilegal, y tenía que averiguar de quién procedía ese mensaje.

Se sentó en su cama y miró el precario esquema de su pared hasta altas horas de la madrugada, hasta que sus ojos se le cerraban solos del sueño que tenía. Bostezó ruidosamente y deshizo su cama para meterse, no le importaba estar vestido de calle. Apagó la lámpara y cerró los ojos, pero al instante notó la vibración de su móvil en la mesilla. Iba a colgar si veía que no era de Bickerton o de Donovan, tenía demasiado sueño, pero se levantó de un golpe al ver que le estaba llamando Mycroft. ¿O sería otra vez la dichosa secretaria, para reírse un poco más de él?

— ¿Sí? —contestó un poco indeciso.

Buenas noches, Gregory. ¿Te he despertado?

Así que era Mycroft. Greg soltó un pequeño suspiro de alivio imperceptible. No habría soportado hablar otra vez con esa mujer.

—No, estaba a punto de acostarme. ¿Qué tal te va por Kiev? —sabía que el tono era más desagradable de lo que pretendía, pero aunque estuviera aliviado y alegre de hablar con Mycroft tras casi dos semanas, seguía enfadado con él.

Me contó Anthea que me llamaste—Greg supuso que se refería a la secretaria, y no le pasó por alto que ignoró totalmente su pulla—. ¿Qué es lo que necesitas?

—Fue hace una semana y media, Mycroft—no pudo reprimir su enfadado tono de voz—. ¿Ni siquiera me pudiste enviar un mensaje diciendo que te marchabas?

Oyó un suspiro al otro lado de la línea.

No puedo hablar del tema, Gregory. Lo siento, pero aunque quise avisarte no pude hacerlo. Ya sabes cómo es mi trabajo, no te tiene que pillar desprevenido a estas alturas.

—Pues sí, porque nunca había pasado esto. Y me he asustado porque... —iba a soltarle todas las dudas que había tenido, pero se contuvo a tiempo. Ni él mismo había sido capaz de poner su cabeza en orden, no esperaba que lo hiciera Mycroft. O que le ayudara a hacerlo. Y muchísimo menos iba a contarle que estaba celoso porque no le había prestado atención esta semana y media. Pero como amigo.

¿Estabas preocupado por algo? —notaba algo en la voz de Mycroft, pero no sabía decir qué era.

—Desapareciste sin decir nada. Por supuesto que me he preocupado.

Un silencio momentáneo al otro lado del teléfono le indicaba que Mycroft estaba pensando qué decir.

¿Estabas preocupado por mí?

— ¿Por qué insistes tanto? Por supuesto que sí estaba preocupado por ti—"y por nuestra amistad" habría querido decir, pero le sonaba tan a frase adolescente que sentía vergüenza de sí mismo sólo con pensarla—. Me preocupo por mis amigos—porque sólo eran eso, se tuvo que recordar Greg. Dios, ¿qué le estaba pasando? "Concéntrate, Greg, por el amor de Dios", pensó mientras se daba un golpe en la cabeza.

Mycroft carraspeó y tapó un momento el auricular, así que Greg no oyó lo que decía. Pero sí le escuchó decir algo a alguien.

No me mientas, Gregory, sé que hay algo más. Para esta tarde estaré de vuelta en Londres, si quieres hablamos tranquilamente entonces. ¿Te apetece ir a cenar?

—Está bien—el tono de voz de Greg decía "sigo enfadado, pero accedo". Mycroft lo notó y se rió.

¿Qué tal está tu pierna?

—Mejor, no me ha vuelto a dar problemas. Lo comenté en la sesión de rehabilitación y me dijeron que era totalmente normal.

Espero que sea cierto.

—Por supuesto que sí. ¿Por quién me tomas?

Por un adicto al trabajo que haría cualquier cosa por seguir en su oficina.

—Mira quién fue a hablar.

Mycroft se volvió a reír, y eso calmó un poco todo el caos de Greg. Parecía que todo estaba igual que siempre, todo debían ser imaginaciones suyas.

Ya lo veré. Me tengo que ir. ¿Te recojo a las nueve en Scotland Yard?

—De acuerdo.

Hasta luego, Gregory. Duerme bien.

—Hasta luego.

Mycroft colgó, y Greg se quedó aún un rato más con el teléfono en la oreja oyendo los pitidos de la línea hasta que desaparecieron. Dejó caer la mano de su móvil hasta sus piernas, y se quedó mirando el registro de la llamada, reavivando el móvil cuando saltaba el salvapantallas. Faltaban dos horas para que se marchara a trabajar, pero había desaparecido todo su sueño. Aun así se tumbó y soltó todo el aire que había estado reteniendo.

¿Por qué le estaba afectando tanto? No tenía ningún sentido que su corazón estuviera tan intranquilo. A lo mejor tendría que hablarlo con Mycroft, pero su orgullo se negaba. ¿Qué iba a contarle, que quería que le prestara atención siempre que quisiera? ¿Que cada vez que le llamara dejara todo para ir a verle? Era estúpido. Mycroft era un adulto con un trabajo muy complicado. Y Greg no tenía derecho a exigirle nada con lo bueno que había sido siempre con él. Hasta le pidió perdón cuando ingresó en el hospital. ¡Un Holmes pidiendo perdón! Eso era inimaginable.

Cayó en una duermevela intranquila, y se alegró cuando sonó el despertador. Ese día, durante el trabajo, tenía que olvidarse de Mycroft hasta la noche. Le iba a costar, pero tenía que estar absolutamente concentrado en averiguar todo lo posible sobre la empresa constructora, Abe's Factory.

Se duchó, se puso ropa limpia, tomó un café con una tostada medio quemada y salió de su casa dispuesto a sobrevivir ese día. Y sin pensar en Mycroft. Bueno, la intención era lo que contaba.


¡Y hasta aquí el capítulo de hoy! No sé si os habrá gustado, mucho Mystrade no es que haya tenido. Y Greg parece que no ha avanzado mucho, sigue confundido... ¡Pero el caso avanza! ¿Qué os parece Solomon? A mi me cae bien, aunque a la vez me da pena, como a Greg xD

Por cierto, no sé qué os parece el "caso Schmidt". A lo mejor es un poco lioso, o no lo explico bien... Me gustaría que me dijeseis qué os parece, y sobre todo si lo entendéis. Es una parte muy importante de la historia, y no quiero que os lo perdáis D:

El próximo capítulo, como siempre, lo subiré el viernes. Será un especial "fin de semana", es decir, un poco más largo de lo habitual porque este finde tampoco podré actualizar.

También, como siempre, agradeceros por leer, seguir, favoritear y comentar :D. Diez capítulos ya, y los que quedan... ¡Y aún leéis la historia! Os debe gustar para haber continuado hasta aquí :P Muchísimas gracias, de verdad, sin vosotros no tendría sentido que siguiera escribiendo. Y venga, como recompensa os haré un regalito en el próximo capítulo que os explicaré en la anotación final (ya entenderéis por qué) :D

¡Un beso y hasta el siguiente capi!