CAPÍTULO 10
La princesa llegó al palacio acalorada y con el pelo revuelto, aunque con una gran sonrisa en su rostro. Lo que más le gustaba de aquel príncipe que le rondaba era que a él, igual que a ella, le encantaba salir a cabalgar. Además, su conversación era siempre entretenida. Emma no recordaba una sola ocasión en la que ella se hubiera negado a salir a montar a caballo; desde que era muy pequeña y tenía uso de razón se recordaba a sí misma encima de un corcel. Había aprendido tan rápido a manejar bien su montura que ya con seis años no necesitaba ayuda de nadie en esa tarea. Por tanto, aunque el príncipe no le gustaba, le agradaban esas tardes en las que ponían sus caballos a galopar, ya que, aunque a Killian no le desagradaban los caballos y había salido a cabalgar más de una vez con él, era visible que prefería el mar.
Después de llevar su caballo alazán a las caballerizas y encargarse de su cuidado, cepillándole la crin para eliminar el sudor y la suciedad de la galopada y dándole un par de zanahorias, se internó en el castillo. Aunque tenían mozos que se encargaban de los caballos, su padre le había enseñado que cada jinete debe hacerse cargo de su propio caballo, para así establecer un lazo entre animal y jinete, por eso era ella la que siempre se encargaba de su higiene y siempre que podía limpiaba su cuadra, a pesar de las muchas protestas del jefe de caballerizas, que se escandalizaba porque ella hiciera ese trabajo, poco digno para una dama y menos aún, para la princesa.
Con una sonrisa cansada, aunque con el espíritu tranquilo por el paseo, subió a sus aposentos, donde se deshizo de su traje de montar y de su capa, dejándolas en el suelo tiradas, listas para ser lavadas y se metió en el baño, donde sus doncellas, nada más saber de la noticia de su vuelta, le habían preparado la bañera para que pudiera tomarse un baño tranquilamente. Se sumergió y su cuerpo quedó oculto por la tibia agua, apoyó la cabeza sobre el borde de mármol de la bañera y cerró los ojos, en un intento de dejar en blanco su mente y así poder relajarse del todo. Sentía su pecho que aún ascendía y descendía violentamente, aun intentando recobrar del todo el aliento, y sus músculos cansados por estar en tensión, pero esa sensación le agradaba. Sin embargo, no pudo apartar todos los pensamientos de su mente, uno en concreto no se alejaba. Dos días atrás, el príncipe Neal la había invitado a almorzar con él en la residencia donde se alojaba, una bonita casa de campo en las montañas. Después, habían dado un paseo por los jardines y ahí fue cuando intentó besarla. Ya llevaban un tiempo conociéndose, y hasta ese momento él había sido respetuoso con ella. No había intentado sobrepasarse y la había tratado adecuadamente, pero movido por su afecto hacia ella, afecto no correspondido, esa tarde había pretendido besarla y dar un paso más en su relación, seguro de obtener una respuesta positiva por su parte. No se había esperado que ella le fuera a rechazar con sutileza, igual que ella no se esperaba que el príncipe se enfadara con ella y se marchara airado, dejándola sola. Esa misma tarde, Neal se había presentado en el palacio disculpándose por el modo en el que se había comportado, y le había rogado que le acompañara a cabalgar. A pesar de todo, a Emma no le disgustaba el príncipe y aunque su escena del día anterior le había desagradado, todo el mundo merece segundas oportunidades. Aun así, Emma no podía evitar compararle con Killian. Él había intentado besarla poco después de conocerla y aunque ella se había apartado, más por miedo que por no querer corresponderle o por falta de deseo, él no se había enfadado con ella y la había respetado. Eso solo había servido para que la espera mereciera la pena para cuando por fin se besaron por primera vez. Una vez más, volvió a pensar en los pocos besos robados, algunos más largos, pasionales y llenos de deseo que otros, más castos y dulces. Pero todos ellos cumplían las expectativas que ella había esperado que cumplieran los besos con el hombre al que quería. Porque sí, le quería. Todos ellos le habían hecho sentir que estaba volando y que un centenar de mariposas revoloteaban dentro de ella. Por días, eso era lo único que había invadido sus pensamientos.
Se tomó su tiempo en el baño, dejando que el agua se llevase la suciedad de esa tarde y solo cuando el agua empezó a enfriarse salió suspirando, envolviéndose el cuerpo en una suave toalla con sus iniciales en una esquina, y salió del baño a su habitación, donde ya estaban sus doncellas preparadas para ayudarla a vestirse, y peinarse, y prepararla para la cena. Deslizaron la camisa de lino por su cabeza y luego comenzaron a ponerle el corsé. Emma aguantó la respiración para que pudieran atárselo a la espalda sin ahogarla, preguntándose por millonésima vez quién había inventado esas prendas tan incómodas para las mujeres, y deseando poder vestir siempre con los pantalones de montar, dejando los vestidos ajustados para ocasiones que requirieran vestir de etiqueta. Pero claro, ella era princesa, de modo que siempre debía vestir así. No es que no le gustaran los vestidos, de hecho, le encantaba comprar nuevos, o incluso diseñarlos ella misma, lo que odiaba era esa única prenda cuyo único objetivo era realzar sus formas de mujer dejándola sin respiración.
Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando sus ojos se posaron en el pequeño escritorio que tenía en su alcoba. En el medio había un solitario sobre con su nombre escrito en una perfecta caligrafía. Se acercó extrañada, no recordaba haberlo visto antes de su salida, y no reconocía la letra. Lo cogió y lo alzó para que sus doncellas lo vieran.
- ¿Qué es esto? - preguntó.
Una de ellas se adelantó nerviosa –Perdonadme, Alteza, se me olvidó avisaros, pero el Capitán Jones vino esta tarde a veros, y como no estabais os dejó esa carta.
Emma asintió pensativa, extrañada por el motivo por el que él le había dejado una carta en vez de esperar al día siguiente para verla.
- ¿Le atendiste tú? - volvió a preguntar empezando a rasgar el sobre.
-Oh no, Alteza, a mí solo me dieron el sobre para que os lo diera a vuestro regreso.
Emma se compadeció del nerviosismo de la pobre chica. Era muy joven y estaba asustada por su posible reacción al haberse olvidado de notificarle sobre ese mensaje nada más llegar. Emma siempre era amable con sus doncellas, pero también tenía mucho carácter, cosa que había heredado de su madre, y cuando se enfadaba podía perder los papeles.
-Está bien, no pasa nada- dijo cariñosamente -salid mientras lo leo. Podéis venir dentro de un rato -las despidió. Estaba intrigada por el contenido de esa carta así que mientras las doncellas aún estaban saliendo la abrió con una pequeña sonrisa al saber de Killian aun cuando no lo esperaba. Pero su sonrisa pronto desapareció al leer el contenido de esa carta.
Mi Señora:
No sé muy bien por dónde empezar, aunque supongo que debería hacerlo despidiéndome de vos.
Estos últimos días juntos han sido impresionantes y los recordaré durante toda mi vida con cariño, pero entiendo que esto debe acabar. Me dijisteis que no estabais comprometida, ni que teníais pareja, pero esta tarde al ir a despedirme de vos hasta mi vuelta de la misión me han dicho que estabais con el príncipe y que os ibais a casar. Supongo que en su día no me lo dijisteis porque no era de mi incumbencia, al fin y al cabo, ¿por qué un simple súbdito de La Corona debía estar al tanto de los planes de la Familia Real? No os voy a negar que me duele esta situación, y tampoco quiero pensar mal de vos, pensando que habéis estado jugando conmigo. Sé que tenéis vuestras responsabilidades y yo no quiero inmiscuirme, pues debéis hacer vuestro cometido. Como os dije, seréis una gran reina, y un compromiso con un príncipe es algo importante y un gran paso para ello.
Como os comenté, dentro de dos días me marcho, pero no tenéis que preocuparos, a mi vuelta os prometo que no volveré a cruzarme por vuestro camino, seré otro más entre la multitud, otro que luchará a vuestro servicio y al de vuestro futuro marido.
Siento si os he hecho perder el tiempo, os he incomodado y me he sobrepasado de alguna manera, siento los besos robados y las caricias y os prometo que vuestros secretos, al igual que estos momentos, estarán por siempre a salvo conmigo y que nunca lo revelaré a nadie, como supongo que ese será vuestro deseo. También siento haberme enamorado de vos. A pesar de ello y si me lo permitís, no me arrepiento de nada.
Su Alteza, os guardaré siempre en mi corazón y espero que os vaya bien en un futuro. Por lo menos me sentiré feliz de haber compartido estos días con vos, esas palabras y esos bailes, aunque no sintáis lo mismo. Seréis una gran reina, confiad en mí, y confiad en vuestras habilidades. Habéis demostrado que seréis más que capaz.
Siempre vuestro y a vuestras órdenes,
Killian Jones, Capitán de la Marina de Su Majestad
Perdón por el retraso, la verdad es que cuando llego a casa por las tardes, se me olvida que toca subir capítulo. Estoy pensando que cambiar los días que actualizo a los fines de semana, que por líneas generales tengo más tiempo.
