Holaaaa! He tenido algunos problemas personales pero todo está en orden y bien ya :D No me apetecía escribir sobre bebés, pero ahora vuelvo a la carga xdd Lo siento por haber tardado tanto, pero traigo buenas noticias: para empezar, este capítulo xdd luego, que el siguiente está casi terminado, y por último, que esta historia está creciendo mucho y tiene ya bastante gente que la sigue! Muchas muchas gracias por formar parte de ella!

10. Dora

-Narcisa. Narcisa, ¿me estás escuchando?

-¿Eh?¿Qué? Perdona Lucius.

-Digo que el ministro nos ha invitado a cenar a el próximo viernes. Ya que ayer habías quedado con tu hermana en su casa, le dije que si podía posponer la velada para que fuésemos cuatro. Es un hombre muy ocupado, creo que estaría bien que le enviásemos una nota, o algo. ¿Te ocupas tú?

-Claro. Luego le escribiré a su esposa- contestó la mujer distraídamente.

Lucius dejó el libro que leía a un lado y fijó la vista en su esposa.

-¿Se puede saber qué te pasa?- le dijo, levemente irritado.

Ella alzó la vista de su propio libro y le sonrió.

-Nada- mintió cálidamente.

Lucius contuvo un gruñido de frustración.

-Es uno de los primeros sábados que tengo libre en semanas, y me prestas tanta atención como a Dobby- dijo egoístamente-. ¿Me quieres decir lo que ocurre para que pueda intentar solucionarlo?

-Ya te he dicho que no es nada. Estoy... cansada- respondió la mujer.

Lucius la miró unos momentos, intentando descifrar un significado inexistente en sus palabras.

-¿Cansada?- repitió. Sus ojos se desviaron inconscientemente hacia el vientre de su mujer-. ¿Qué quieres decir exactamente con...?

-Quiero decir cansada. Simplemente cansada- lo atajó ella sin rodeos. Lo que faltaba: más alusiones a bebés.

Lucius asintió y se obligó a sonreír, haciendo un último intento por aproximarse a su mujer.

-Aún faltan un par de horas para que oscurezca. ¿Te apetece ir a dar una vuelta por el callejón Diagon? Con suerte, quizá nos encontremos a la esposa del Ministro- le acarició la mejilla, pero ella apartó el contacto y se levantó de la butaca en la que estaba sentada, cruzando la estancia hacia la puerta.

-Creo que será mejor que vaya sola, Lucius, si no te importa. Necesito estar un rato con mis pensamientos. No tardaré mucho. Podemos cenar juntos y...

-¿Un rato con tus pensamientos?- dijo él fríamente-. Siempre estás con tus pensamientos. Siempre estás ausente- comentó con sencillez. El hombre estaba tranquilamente sentado en su sillón orejero, con las piernas cruzadas y un libro en el regazo. No parecía que estuviese nada enfadado. Narcisa podía intuir que estaba triste.

-Lucius- empezó la mujer apaciguadoramente- simplemente quiero relajarme y...

Él la miró a los ojos.

-¿Porqué te casaste conmigo?

Ella, desde la puerta, frunció el ceño.

-¿Qué?- dijo, totalmente sorprendida por la repentina pregunta-. No digas tonterías, Lucius. Ya sabes porqué nos casamos. ¿No crees que esa pregunta tan rara deberías habérmela formulado antes de la boda, y no cuando llevamos cinco meses de matrimonio?

-Pues ahora me han entrado ganas de saberlo. Porque antes pensaba que conocía la respuesta, pero ahora ya no estoy seguro de nada. ¿Porqué te casaste conmigo?- repitió el hombre, con franca curiosidad.

Narcisa se encogió de hombros, como si la respuesta fuese evidente.

-¿Me lo pediste, no? Nadie más me lo había pedido. Merlín, Lucius, ¿con quien iba a casarme, si no, con Snape? ¿Con mi primo Regulus? ¿Con Sirius?

Lucius seguía mirándola, imperturbable.

-Si no puedes decirme una sola razón que te impulsase a aceptar mi propuesta, el problema que tenemos es más grande de lo que imaginaba.

Tenía el descaro de sonar afligido. Como si él fuese un marido perfecto y Narcisa una cruel esposa que no mereciese sus atenciones.

-¿Qué se supone que tengo que decirte, Lucius?- dijo, exasperada-. Lo estoy haciendo lo mejor que puedo. Intento que esto funcione, de verdad que lo intento. Hago todo lo que se espera de mí. Llevamos sólo cinco meses casados, no tengo la culpa de no estar embarazada aún.

Lucius bajó la vista.

-Empiezo a pensar que no quieres tener un hijo mío- murmuró. Empleó un tono de voz que Narcisa no le había oído nunca, pero le irritó que su marido mostrase debilidad, que intentase parecer el bueno de la historia.

-Así que ahora resulta que te preguntas cómo me siento y te planteas qué opino sobre una cuestión importante, ¡menuda sorpresa!- le espetó desagradablemente. Narcisa hubiera querido que él se enfadase, que saltase de la butaca y gritase; pero Lucius seguía sentado, en calma. Sus ojos fríos la traspasaban.

-Siempre estabas sonriente y dispuesta- se defendió él-. Luego empecé a notar que no eras feliz, pero cuando te preguntaba me decías que todo iba bien. ¿Qué se supone que tengo que hacer, Narcisa? ¿Leer los posos de tu té? ¿Te crees que soy adivino? Si no me cuentas nada, no voy a poder hacerte feliz- le dijo simplemente-. Yo también quiero que esto funcione.

-¿Sabes? Resulta irónico que precisamente tú me exijas confianza, cuando la única vez que me atreví a preguntarte qué diablos hacías con la camisa manchada de sangre me cruzases la cara de una bofetada- escupió la mujer.

-¡No me eches eso en cara!- exclamó Lucius-. ¡Lo hice por ti! ¡Absolutamente todo lo que hago, lo hago por ti!

-Lo haces por mí, pero no me lo cuentas. ¿Qué sentido tiene entonces? Seguiremos siendo dos extraños si esto no cambia.

-¿Y qué me dices de ti? ¿Para qué te fuiste a casa de Bellatrix anoche? Y no te atrevas a decirme que para recrear vuestra niñez perdida, porque sería un insulto a mi inteligencia.

-Tú también tienes secretos- se defendió ella-. Mi opinión no cuenta para nada en esta casa. Sólo me quieres para ser la madre de tus hijos.

-¡Eso no es cierto! ¿Cómo pudiste casarte conmigo si piensas eso de mí? ¡No tienes ni idea de lo que siento por ti, no podrías estar más equivocada!

-Me casé contigo porque quería estar a tu lado, quería estar al lado de un hombre valiente y decente que compartiese mis ideales. Yo quería apoyarte, comprenderte. Ser la persona en quien depositases tus miedos. Ser la persona a quien recurrieses en busca de consejo- dijo Narcisa. Notaba las mejillas encendidas por ese arranque de sinceridad, y sentía las lágrimas de rabia que pugnaban por salir-. Pero también me casé contigo porque mis padres y Bellatrix insistieron. Porque fuiste el único que me lo pidió. Porque temía que después de lo que pasó con Meda y Sirius, me quedase sola para siempre- abrió la puerta de la biblioteca con fuerza, y Lucius se levantó en el acto para detenerla.

-Narcisa, espera- atravesó la estancia y la agarró por el brazo-. A estas alturas, ya no me importa porqué te casaste conmigo- dijo, con un deje de súplica en sus ojos-. Sólo quiero saber si sigues queriendo estar a mi lado.

Ella bajó la vista y se zafó de su mano. Miró aquél rostro que le había ocultado tantas cosas, que le había decepcionado, que no sabía comprenderla.

-No lo sé- dijo Narcisa.

Lucius se apartó de ella, mirándola en silencio. Asintió con la cabeza repetidas veces, como asimilándolo. Suspiró.

-Vete.

-¿Qué?

-Que te vayas.

-¿Me estás echando?

Lucius se exasperó.

-¡No! ¿Qué concepto tan horrible tienes de mí? Eres mi esposa, y esta es tu casa- dijo el hombre quedamente-. Pero creo que ambos necesitamos reflexionar un rato.

Narcisa abrió la boca para decir algo, pero Lucius cerró la puerta suavemente, dejándola sola en el pasillo.

...

A pesar del frío invernal y la gruesa nevada que caía, a finales de febrero el callejón Diagon era un hervidero de actividad y gente. A últimas horas de la tarde, las familias daban su último paseo por la popular avenida antes de volver a casa para cenar. Los grupos de amigos se reunían e iban a un pub a por una cerveza de mantequilla y una conversación; las parejas aprovechaban los rayos de luz que quedaban para caminar de la mano horas y horas, mirando tiendas.

Parecía que la única persona sin compañía fuese Narcisa. Abrigada con su cara capa de viaje, andaba sin rumbo por la concurrida calle. Pensando; o como había dicho Lucius, reflexionando.

Sin duda aquella había sido la pelea más horrible que había vivido Narcisa. La imagen de Lucius tan exasperantemente calmado había sido como una daga en el corazón, y le había dolido mucho más de lo que ella había supuesto en un principio. Hasta ese momento, había pensado que era Lucius quien hacía difícil la convivencia entre ambos; pero las palabras de su marido le habían abierto los ojos. Ella no era mejor que Lucius, porque también tenía secretos que no pensaba contarle, y no se molestaba en entenderle.

El sentimiento de culpa que llevaba en el corazón se hacía más doloroso, se retorcía en su pecho y la atormentaba. Lucius tenía razón: ella no quería un hijo suyo. El matrimonio de Narcisa estaba apocado al fracaso. A lo mejor Lucius la abandonaba y se casaba con una mujer que le mereciese. Y lo peor de todo es que habría sido culpa de Narcisa.

Una nueva tienda se inauguraba en el callejón Diagon. La joven Malfoy se aproximó al escaparate, vagamente curiosa, y descubrió que era un comercio de ropa y accesorios infantiles. Patucos, capas en miniatura, prendas de abrigo para niños menores de diez años.

Narcisa sonrió levemente. Los Black estaban muy lejos de entrar alguna vez en aquella tienda. Bellatrix, desde luego, nunca lo haría. Regulus, al paso que iba, menos. Y ella, por lo visto, tampoco quería ser madre. Se preguntó si estaba ya embarazada, y qué haría si la respuesta era afirmativa. No quería ser madre. No quería parecerse a Druella, más preocupada por la posición social de su familia que por el bienestar de sus propias hijas. Druella había hecho que Andrómeda se fuese de casa, que Bellatrix se uniese al señor Tenebroso y que ella se casase con Lucius. Narcisa no quería tener una hija que la odiase como en aquellos momentos ella misma odiaba a su madre. Quería estar enamorada de su marido, quería decidir cuándo iban a tener un hijo y quería que ese niño naciese por el amor que se profesasen sus padres, y no por la presión social de un colectivo que necesitaba herederos para no extinguirse.

Narcisa miró el escaparate y, a través de éste, el interior de la tienda. Los precios del comercio eran asequibles, y había muchas madres con sus hijos charlando y echando una ojeada a los estantes.

De repente, Narcisa reconoció a una de las mujeres de la tienda. Una figura grácil, alta, esbelta, de manos harmoniosas y pelo ondulado.

Sin pensar siquiera en lo que hacía, abrió la puerta de la tienda. La dependienta pareció reconocerla porque se dirigió a ella como señora Malfoy, y al oír ese nombre, la mujer por quien Narcisa había entrado en el establecimiento se giró bruscamente.

-¿Cissy?- dijo, perpleja.

Narcisa sonrió sin quererlo. Pensó que no le saldría la voz, y tardó tanto en responder que las demás clientas se volvieron para mirarla.

-¿Meda?- dijo Narcisa con un hilo de voz-. ¿Eres tú de verdad?

Andrómeda dejó la ropa que estaba mirando y se apartó el cabello castaño de la cara, nerviosa. Carraspeó y desvió la mirada.

Narcisa no entendía nada. ¿Porqué no sonreía? ¿Porqué no la abrazaba? La mayor de las hermanas parecía extremadamente incómoda, incluso asustada. Miró a Narcisa, insegura, y luego se dirigió a la dependienta.

-Creo que será mejor que vuelva en otro momento- balbució-. ¿Podría guardarme...? No, es igual. Déjelo- evitando mirar a su hermana en todo momento, abrió las cortinas de un probador y entró. Por un segundo, Narcisa tuvo la absurda idea de que Andrómeda iba a desaparecerse en el probador, que ella abriría las cortinas y Meda se abría esfumado de su vida una vez más; pero al cabo de unos momentos, la mujer de pelo castaño salió dándole la mano a una niña.

-¿Porqué nos vamos?- decía la niña, perpleja. Llevaba unos zapatitos rojos y el pelo de un color rosa chillón. Andrómeda dejó las prendas que la niña se estaba probando en brazos de la dependienta.

Hacía rato que todas las mujeres de la tienda habían cesado de hablar y miraban a las dos hermanas. La mayoría sabían quién era Narcisa, y algunas dedujeron quién era Andrómeda. Cissy se sentía observada, y siguió a su hermana al exterior de la tienda cuando ella abrió la puerta.

Salieron fuera. Meda cogió a la niña en brazos y se la acomodó en la cadera, abrochándole la pequeña capa y resguardándola de la nevada que caía. Miró a Narcisa, nerviosa.

-¿Has venido con tu marido?- preguntó, oteando alrededor, buscando a Malfoy entre la gente.

-¿Qué?- dijo Narcisa, aturdida. Tenía tantos deseos de abrazar a su hermana que le dolía en algún punto inconcreto del pecho.

-¿Mamá? ¿Bellatrix? Merlín, Narcisa, necesito que me digas si estás sola- suplicó Andrómeda.

-Sí- respondió Narcisa al fin. Miró a la niña-. ¿Quién es?

La niña sonrió.

-Soy Dora.

Andrómeda entornó los ojos, recelosa, y sacó la varita del bolsillo. Narcisa retrocedió unos pasos.

-¿Qué haces, Meda?

-Tengo que saber que eres tú de verdad. ¿Qué hicimos cuando a papá le regalaron una escoba?

-Nos montamos las tres en ella y volamos por los jardines hasta que me caí. Mamá os castigó a ti y a Bella sin cena durante semanas- respondió automáticamente Narcisa. Andrómeda bajó la varita lentamente y respiró hondo.

La niña tiró de su pelo y le susurró:

-¿Es amiga tuya?

-Esta mujer es hermana de mamá, cielo. Es tu tía Narcisa. ¿Te acuerdas que hemos hablado de ella alguna vez? ¿Que te dije que no podíamos verla? Pues nos la hemos encontrado- le dijo pausadamente.

Narcisa las miró a ambas.

-¿Es tu hija?

Andrómeda abrazó fuerte a la niña.

-Sí, claro- dijo, como si fuese lo más evidente. Frunció el ceño-. ¿No has recibido ninguna de mis cartas?

-¿Cartas? ¿Qué cartas? ¿De qué me estás hablando?

-¡Te he estado escribiendo desde el día que me marché! En Navidad, por tu cumpleaños... Merlín. Seguro que mamá interceptaba las cartas. ¿No te lo dijo ella? Bellatrix también lo sabe. Por Dios, Narcisa, todo el mundo lo sabe. ¿De veras no te lo han dicho?

Narcisa negó con la cabeza, atónita.

-¿Cuántos años tiene?- tartamudeó.

-Tres recién cumplidos.

-Así que estabas embarazada cuando te marchaste.

-Por eso lo hice. Pero... pero... aún no puedo creer que todo este tiempo no hayas sabido que tienes una sobrina. Dios mío. Cómo pueden ser así. A veces me pregunto si son humanos del todo- dijo Andrómeda mirando a su hermana con pena, como si la compadeciese por formar parte de aquella familia.

-¿Cómo estás? ¿Necesitas dinero?

-No. Estoy bien, Cissy. Estoy muy bien- dijo Meda, sonriente. Se acercó a su hermana y le acarició la mejilla-. Sé que te has casado con Malfoy. ¿Estás embarazada?

-No. Bueno, no lo sé. No importa. Pero tú puedes volver- suplicó Narcisa repentinamente-. Puedes dejar a la niña con... con su padre.

-Ted es más que el padre de mi hija. Es mi marido, y le quiero- corrigió Andrómeda con aspereza-. ¿Y de veras crees que quiero volver con la gente que me ha impedido comunicarme contigo?¿De veras crees que me aceptarían?

-¡Pues claro! ¡Eres mi hermana!

-Pero ellos no son como tú, cielo. No son buenas personas. No sabes las cosas horribles que me han estado escribiendo mamá y Bellatrix. Creo que me matarían si me encontrasen, Cissy. Y supongo que tampoco sabes las cosas que hace tu marido.

-Pues claro que sé lo que hace Lucius- dijo ella-. Soy consciente de los riesgos que corre por mí.

-¿Pero qué dices? Lucius es uno de los encapuchados que prende fuego a las casas de los sangre-sucia, que los cuelga por los aires cuando duermen y lleva esa horrible marca en el brazo. Estuvo a punto de matar a Sirius la semana pasada. ¿Te parece algo de lo que sentirse orgullosa? ¿Qué te ha pasado, Cissy? Siempre pensé que tú eras diferente. ¿Desde cuando eres como ellos?

-¿"Como ellos"? ¡Somos tu familia!

-Ya no- respondió Meda con sencillez-. Mi familia es mi marido y mi hija. Sirius y tío Alphard, los que abrieron los ojos.

-¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo? ¡No tienes ni idea de lo que he vivido durante estos años sin ti!- gritó Narcisa, ajena a las personas que las miraban-. Te he echado de menos. No pensaste en mí ni un segundo cuando te marchaste.

-¡Por supuesto que no pensé en ti! ¡Estaba embarazada! Tú eres una de las mujeres más ricas de Inglaterra. Tienes todo lo que quieres y más. Vives segura en tu casa. Yo tengo miedo de que mi propia hermana mate a la familia que me queda. Me acuesto temiendo por Sirius, por mi marido y por mi niña. No quiero perderles. Si pierdo a Ted, o a Dora, o a Sirius, no sé qué será de mí, Cissy.

-¡Vuelve!

-No puedo estar cerca de ti si piensas igual que Lucius Malfoy. No permitiré que mi hija tenga contacto con alguien así.

-¿Qué? ¡No! ¡No te vayas! ¡No te vayas otra vez! ¡Todo puede ser como antes!

-Todo es diferente, Cissy. Te has casado con Malfoy. Está muriendo gente. Ahora tengo una vida a mi cargo. Hay muchas cosas entre nosotras. Me temo que demasiadas- dijo Andrómeda tristemente.

-No- dijo Narcisa-. Meda, por favor- suplicó-. Te necesito. Estoy sola en esa enorme casa. Tengo miedo por Regulus, y por no poder quedarme embarazada, y por ti, y por...- la chica ese esforzó por no echarse a llorar. No podía ser que ella, la señora Malfoy, una de las esposas con más influencia social de la época, estuviese suplicándole a una mujer que no era nadie, a una mujer pobre, repudiada que se había apartado de su verdadera familia.

-¿Qué le pasa a Reg?- dijo Meda, preocupada de repente-. Madre mía... dime que no ha... que no está con ellos.

-¡Por supuesto que sí!

Andrómeda la miró con los ojos como platos.

-¡No!¡No puedo creerlo!

-¡Pues claro que es uno de ellos, Meda! ¡Él y yo no somos como tú y Sirius, no huimos de nuestras responsabilidades!- le gritó Narcisa, cada vez más enfadada.

-Cissy, baja la voz, por favor- le suplicó Andrómeda, nerviosa.

-¡No!- contestó la rubia, fuera de sí-. ¡Cómo tienes siquiera la cara de mirarme!¡Con lo que nos habéis hecho pasar a mí y a Regulus! ¡No tenéis niidea de lo que hemos llorado por vosotros!

-Por favor, Narcisa- dijo Andrómeda, abrazando a su hija con fuerza y miró a ambos lados de la calle, nerviosa. Evidentemente, esperaba que de un momento a otro apareciesen mortífagos por la calle. Parecía vivir en un estado de permanente alerta, pero Narcisa no se daba cuenta de que la estaba asustando y con sus gritos sólo provocaría que su hermana mayor se fuese.

-¡Mamá se pasó horas llorando! ¡Salí a la calle a buscarte! ¡Te grité que volvieras!

-Ya lo sé, Cissy, pero por lo que más quieras, no alces tanto la voz. Estás asustando a Dora.

La niña empezó a llorar quedamente, escondiendo su carita entre los mechones castaños de su madre; pero Narcisa quería decírselo todo a Meda, todo lo que no había podido contarle durante años.

-¿Sabes porqué me casé con Lucius? ¡Porque no me dejaste otra opción! ¡No pensaste que después de que Sirius se largase, si tú también decidías marcharte nadie querría casarse conmigo!

Andrómeda la miró con lástima.

-Tienes razón- musitó-. No pensé en eso. Pero tienes que comprender que...

-¡Tú tienes que comprenderme a mí! ¡Eres mi hermana mayor! ¡Sólo tengo diecinueve años! ¡Se suponía que debías cuidarme!

Andrómeda no lloraba nunca. Era la más calmada de las tres hermanas, la más serena e inteligente; pero en aquellos momentos, ni siquiera se esforzaba en ocultar las lágrimas que le caían por el rostro.

Con una última mirada triste, apretó más a su hija contra su cuerpo y, sin más, se desapareció.

...

-¿Pero se puede saber dónde diablos has estado? ¡Son más de las once de la noche! ¡Y con la nevada que está cayendo! ¡He ido a casa de tu madre, a casa de tu hermana...! ¡Ya no sabía qué hacer!- le gritó Lucius, bajando las escaleras de dos en dos en cuanto oyó que la puerta principal se abría. Avanzó hasta ella y la abrazó bruscamente, blanco como la cera-. ¿Simplemente saliste así, sin más? ¿Con estos zapatos tan endebles? ¡Debes de tener los pies helados! Dime que no has estado todo este tiempo en la calle, por favor...- el silencio de la mujer le arrancó un grito de frustración. Lucius había pasado lo indecible al ver que Narcisa no regresaba a la hora de la cena. Se le ocurrieron mil cosas que podrían haberle sucedido a su esposa, a cual más funesta; pero al ver la expresión de Narcisa, se esforzó por controlar su voz y trató de suavizar el tono, relajando el abrazo férreo que aún mantenía-. Vamos a la cama- le dijo-. Te quitaré esta ropa empapada y mandaré que te suban algo caliente para comer. Ya verás como pronto entras en calor- le tocó las mejillas y comprobó que estaban heladas. El cuerpo de la joven temblaba sin control, y cuando Lucius la miró a los ojos, vio que había estado llorando. No había dicho una palabra desde que había entrado por la puerta-. Narcisa, cariño- dijo Lucius, preocupado-. ¿Te encuentras bien?

La mujer negó con la cabeza lentamente. Sus labios estaban morados, y la piel tan pálida como la de un cadáver. Lucius volvió a abrazarla con fuerza, zarandeándola ligeramente para hacerla reaccionar.

-¿Qué te duele? Narcisa. Narcisa. Cissy, cariño, respóndeme-. La mujer trastabilló y se desplomó en brazos de su marido, quien la agarró y la depositó en el suelo-. Tranquila, cariño, es sólo una bajada de tensión- le aseguró-. Pronto se te pasará.

Narcisa gimió y se dobló sobre sí misma, encogida en el suelo.

-Llama a un sanador- suplicó lastimosamente, cerrando los ojos con fuerza.

Lucius notó una angustia creciente en el pecho, a medida que miraba a su mujer.

-¡Dime qué te duele!

Ella volvió a gemir ante una nueva oleada de dolor.

-El vientre- susurró con lágrimas en los ojos. Se llevó ambas manos al abdomen-. Me duele mucho- susurró.

-De acuerdo. Un... un médico. Tranquila- farfulló el hombre, intentando dominar el pánico-. ¡Dobby! Cógeme de la mano, cariño. ¡Dobby! Tranquila, Narcisa. Todo va a salir bien.