VIII

Con la pureza de una flor de cristal
(Parte 1)

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Méril vagaba por las calles del mercado de Asgard, después de haberse of7recido como uno de los voluntarios que viajarían en una peligrosa misión a las tierras exteriores la dama Freya les otorgó a ellos la gracia de poder estar libres por todo ese día, la noche y los días siguientes hasta que dijera lo contrario, pues era ella la que se encontraba moviendo los finos hilos de los contactos que tenía en la ciudad para poder preparar tan delicada operación. Todos los "afortunados" soldados habían decidido hacer cada quién lo que quisiera, inclusive Rashell dijo tener algunos planes y para su gran sorpresa se había encerrado en su habitación con algunos viejos libros que la dama le permitió sacar de la biblioteca del estudio.

—Tenemos tiempo y Rashell se encierra con una pila de libros en su cuarto y yo aquí caminado sin querer hacer nada útil, ¡dioses, no puedo creerlo! —Méril dio un largo suspiro antes de sonreír.

La vida de los seres del Valhalla era similar a la de cualquier ciudad cosmopolita de la tierra, habitada en su mayoría por seres que no pertenecían originalmente a ella en torno al servicio de los dioses. Cada distrito del aro exterior de la ciudad pertenecía a un dios determinado, siendo los lugares con más hermosas y altas edificaciones y habitantes más importantes de la fauna urbana de Asgard. Esta preferencia por la cercanía a los muros se explicaba por la idiosincrasia guerrera de los Aesir, pues los mejores palacios poseían mayores terrenos e instalaciones para administrar a sus propios ejércitos. Cada sección del muro del Valhalla era parte de la fortaleza de uno de los dioses, mientras mayor era la importancia de éste mayor la extensión que cubrían sus dominios en el aro exterior. Odín, el padre de todo y dueño de la ciudad, poseía un palacio cuyas instalaciones surcaban un tercio completo del aro externo de la ciudad, con una formación de torres tipo aguja que se elevaban formando un segundo eje que se oponía visualmente al tronco de Yggdrasil.

Por el contrario era en dirección del centro de la ciudad donde habitaban los estratos más bajos. A medida que se acercaban al tronco de Yggdrasil las edificaciones bajaban en altura, se veían más antiguas incluso con diseños arcaicos que hubiesen despertado mayor interés si los Aesirs tuvieran algún tipo de respeto por su propia historia. El aro central de la ciudad era el lugar de la vida cotidiana, habitada por mercaderes, cuarteles de einjergars mercenarios o de tipo especialistas que no formaban parte activa de los ejércitos de Asgard sino que eran considerados como posesión exclusiva de algún dios, como si de una guardia personal se tratase; tal era el caso de los Dragones Rojos, propiedad del dios Yngvi Freyr.

El centro de la ciudad lo ocupaba un extenso lago de aguas cristalinas que rodeaba al fresno sagrado Yggdrasil. Las edificaciones se encontraban en un estado deplorable, los suelos de piedra levantados por infinitas raíces y muros derruidos bajo el peso de las ramas, donde la ciudad se mezclaba con los brotes del árbol sagrado que producía un verdadero bosque. Las raíces más gruesas de Yggdrasil cruzaban el lago, se hundían en las aguas y ascendían de nuevo formando enredaderas. Tan gruesas eran que sobre las raíces se había instalado una nueva vida; avenidas que se enredaban por los aires, escaleras y puentes colgantes, casas incrustadas en las gruesas raíces como si fueran cavernas, todo ello pertenecía al barrio más pobre, de bandidos y refugiados que buscaban morada segura dentro de la ciudad de Valhala, hoy en día mucho más copada que antes producto de la crudeza que estaba tomando la guerra. Junto con la escoria no era difícil encontrar familias de nobles elfos en desgracia o hadas libres, que no servían a ningún dios, que preferían morar cerca de Yggdrasil sintiendo su mágica influencia.

El mercado de Asgard se instalaba en la avenida principal que cruzaba recta todos los distintos estratos de la ciudad, desde las amplias puertas del Valhala hasta el templo de las nornas del destino en la ribera del lago de Yggdrasil, el mercado mismo era un ejemplo de cómo cambiaba el mundo en los distintos lugares de la ciudad, pero era el mejor sitio para que se mezclaran todos sus habitantes y se realizaran negocios entre seres de Asgard, einjergars y no en menos oportunidades dioses.

— ¿Qué es eso? —Méril se preguntó cuando su curiosidad fue captada por un extraño objeto que vio de pasada.

Se apresuró por llegar al puesto que rápidamente se fue llenando, tuvo que hacerse espacio a base de empujones entre la gente que no notó su uniforme, pero que al hacerlo dejaban de forcejear y le abrían rápidamente la pasada. El puesto lo atendía un enano, famosos por el arte de la orfebrería y la herrería como ninguna otra raza en Asgard pero también uno de los seres más misteriosos y difíciles de ver a la luz del sol inclusive en la ciudad, donde era más sencillo negociar con ellos en tabernas o cerradas bases mercantiles durante la noche. Ellos eran bastante bajos de estatura, a Méril le llegaba un poco más arriba de la cintura, pero fornidos y resistentes capaces de mantener una lucha como el mejor de los guerreros, su fama los precedía. También tenían reputación de ser grandes mineros y artesanos del metal. Ellos en sus ciudades subterráneas donde moraban, una de las razones por las que se les veía tan poco y odiaban el cielo abierto, se encargaban de extraer los preciosos minerales y mantener así las armas de los ejércitos de los dioses.

— ¡Increíble! Es perfecta —exclamó el joven inclinándose.

Este enano en particular tenía una larga barba que casi rozaba las rodillas y pelo igual de largo y crespo de color negro, las ropas algo holgadas no podía ocultar del todo la pronunciada barriga. Pero lo que tenía a todos admirados no era su esbelta figura, sino la belleza de sus trabajos; hermosas esculturas de cristal con formas de animales, flores y edificios. El cristal extraído de las mismas minas en que se sacaba el prodigioso metal de Asgard tenía propiedades mágicas que retenía la luz cuando la descomponía como un prisma, creando un extraño pero fantástica ilusión óptica en que los colores del espectro parecían dibujar formas en el aire alrededor de las figuras de cristal, efecto que el artesano aprovechaba con maestría para crear esculturas compuestas en parte por una base de cristal y en otra por la luz que tomaba formas que la completaban. Los ojos de Méril se prendaron de una en especial, una flor cuyo tallo era de cristal pero que los pétalos se formaban por destellos de luz que cambiaban de color dependiendo del ángulo desde el cual se la observase. Los pétales a pesar de estar compuestos por un efecto de reflejos y luces, eran tan detallados que juraría poder tocarlos, pero al momento en que extendió los dedos y rozó uno, este se comenzó a deshacer en frágiles destellos de luz, al retroceder la mano el pétalo volvió a recomponerse pero ahora con otra tonalidad. No dudó un segundo más decidido a que esa pieza tenía que pertenecerle.

— ¿Cuánto quiere por esa flor? —la palabras de Méril coincidieron con las de otra dulce voz a su lado.

Sorprendido giró la cabeza y se encontró con un hada que había dicho exactamente sus mismas palabras. Al igual que él ella había girado encontrándose sus miradas en ese momento. Un rayo de sol reflejó sobre la flor y envolvió, o quizás sólo lo imaginó, la silueta de la niña que se encontraba de cuclillas recostando los brazos sobre las piernas juntas; el cabello negro ondulado ligeramente en la puntas colgaba por delante del cuerpo de contextura pequeña y proporciones tímidas, pero endulzadas por el carmín de inocencia que teñía las mejillas y la sorpresa que hacía brillar aquellos ojos grandes de mirada soñadora. Las piernas largas y delgadas descubiertas casi por completo por el vestido corto y la forzada postura en la que se encontraba, cubriéndolas recatadamente con los brazos descansando sobre ellas.

Si Méril estaba impresionado, más lo estaba la niña al reconocerlo emblanqueciendo su rostro y con los labios entreabiertos temblándole el mentón ligeramente, aquel gesto involuntario de timidez la envolvió inconscientemente en un halo de virginal seducción.

— ¿Señorita Prisma?

A Méril llegó el aroma dulce del bosque, aderezado con flores silvestres y la frescura de una vertiente pequeña de aguas cristalinas chocando contra las piedras. Como una piedra era él en ese momento en que no podía moverse ni menos decir algo inteligente y se recriminó por ello; aunque mientras más eran las palabras que le se agolpaban en la cabeza más era la repentina rigidez que enmudecía su boca.

— ¿Señor Méril?

Ella enrojeció, tampoco pudo decir nada en ese momento creando una extraña sensación de ansiedad como si cada uno luchara por poder decir algo coherente, cuando el mercader enano los interrumpió con esa sonrisa socarrona que posee todo buen vendedor ante un prometedor negocio.

—Mi señor, señorita, ¿les gusta esta pieza?

— ¿Ah? —exclamaron los dos a coro recordando recién que existía todo un mundo fuera de ellos mirando al enano como si hubieran sido arrancados bruscamente de un sueño profundo.

—Que si ésta es la pieza que les interesa.

—Sí —volvieron a repetir al unísono—, ¡no! —dudaron mirando al otro—, ¿también te gusta? —se preguntaron entre sí. Los presentes rieron y ellos inclinaron las cabezas con los rostros furiosamente sonrojados.

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Caminaban lentamente uno al lado del otro, envueltos en un incómodo silencio. A Méril comenzaba a molestarle el uniforme más de la cuenta, aunque acostumbraba a vestirlo en todo momento siempre imaginaba que no le quedaba bien por su baja estatura, cosa que exageraba un poco pues no era especialmente bajo sino que perdía en la comparación de contextura con los demás miembros del escuadrón siendo todos de aparente edad mucho mayores que él; Pero lo que no sabía es que se veía realmente bien a pesar de todo. Miraba de reojo a Prisma y cómo ella parecía distraída en la arquitectura de los edificios, sin entenderse a sí mismo comenzó a sentirse molesto de que no lo mirara, pero cuando ella lo hacía rápidamente miraba como distraído en otra dirección. ¿Qué le estaba pasando?, él mismo no podía comprenderse pero aquella fuerza era superior a su cordura.

El vestido corto de Prisma era un atuendo común en las hadas, una señal de juventud más que de estética. Cuando se cumplía la mayoría de edad entre las hijas de Gimle podían variar sus atuendos, pero las chicas como Prisma estaba obligada a utilizar un vestido que en su propia cultura era considerado infantil. Ella no se sentía una niña, pronto alcanzaría la mayoría de edad, o quizás no tan pronto, pero unos cuántos años en Asgard eran menos que un suspiro. A ella jamás le había molestado demostrar su juventud hasta ahora, cuando se sentía disminuida por tener que vestir de esa manera delante de Méril. ¿Qué era ese sentimiento tan incómodo? Llevaba el cabello suelto sin adornos, no podía utilizar joyería como la de sus hermanas, ni siquiera aretes, apenas utilizaba un par de brazaletes muy delgados y sin adorno alguno, otra señal que ante las demás hadas demostraba su edad y jerarquía. Ella miraba en dirección contraria agradeciendo al destino, pero también rabeando en su interior por no poder en ese momento utilizar aquellos glamorosos vestidos como los de Ámbar, o exóticos atuendos y vistosas joyas como las de Zafiro.

No pudo evitar sentirse ridícula y por eso se avergonzaba de mirarlo, cuando osaba hacerlo para no parecer maleducada él retiraba la mirada, ¿sería acaso que un gran einjergar como Méril Llewelyn se avergonzaría de estar escoltando a "una niña"? Volvía el rostro y trataba de disimular que miraba el paisaje, ¿qué era ese aplastante sentimiento de inferioridad que por primera vez lastimaba su corazón? ¡Mírame!, parecía querer decirle con todo su cuerpo, pero luego se acurrucaba como si gritara todo lo contrario, ¡no me mires!, al recordar que sus atuendos eran los de cualquier niña hada sin experiencia, sin categoría, sin edad suficiente para… ¿para qué? El corazón de Prisma dio un vuelco y sintió que las piernas le temblaron cuando aquella prohibida fantasía se cruzó por su cabeza, ¿ella emparejada con un gran héroe como él? Se sintió desfallecer por la osadía de su propia mente más rápida que su prudencia.

Las hadas no se relacionaban como lo hacían los seres humanos, es por ello que para Prisma la sola idea era mucho más fuerte de lo que significaría para cualquier chica de Midgard. Ellas nacían bajo secretos procesos del bosque de Gimle, lo poco que se sabía de ellas es que se reproducían a través de especies de flores únicas en el corazón de Gimle. Según la especie y tipo de flor es el parentesco al que ellas pertenecerían para toda su inmortalidad. Aunque semejantes física y biológicamente a los humanos sería más exacto afirmar que las hadas eran un tipo de flor viviente que se alimentaba directamente de Yggdrasil. Como espíritus del bosque se les inculcaba a no relacionarse con los demás seres de Asgard, aunque en la práctica sí pudieran hacerlo. Se contaba en las crónicas de Asgard que los elfos de la luz eran descendientes de las primeras hijas de Gimle con los Aesirs, mientras que los elfos de la oscuridad descienden de los príncipes que las hadas les engendraron a los reyes enanos de la primera creación.

Todo esto es lo que existía dentro de la cabeza de Prisma, ella respetaba a Méril como el más grande de los héroes, de hecho ella fue testigo de su valor y conocedora directa de que fue uno de los einjergars que destruyeron al señor de los gigantes Eggther en Midgard. Lo respetaba y también confiaba en que él no era como esos mortales de los que tanto le contaban sus hermanas para hacerla temer y nunca tratar de hablar con un einjergar, pero a pesar de ello no podía dejar de pensar que existía un universo de diferencias entre ellos. Cuando llegó a la conclusión de que jamás podría existir nada más que en sus secretas fantasías inclinó el rostro sintiendo una punzada en el corazón, un dolor que nunca antes había conocido y que tampoco le interesaba descifrar. Cuando lo volvió a mirar lo notó distraído, inquieto, pensó entonces que llevaban demasiado tiempo sin hablar y debería sentirse incómodo también. Creyó entonces que no sería amable de su parte mantener ese silencio.

— ¡Disculpe!

Volvieron a hablar a la vez, pareciera que el joven había pensado en lo mismo y armándose de valor había girado la cabeza rápidamente para tratar de hablarle, cuando otra vez sus alientos se mezclaron quedándose sus miradas enredadas la una con la otra.

Prisma se sonrojó furiosamente, se sentía expuesta hasta su propio corazón, desnuda delante de aquellos ojos de mirada amable que la perturbaban y se sintió a punto de desfallecer, de no ser porque él la salvó en ese momento. Méril rió, no una risa burlesca ni mucho menos provocativa, sino una risa gentil y ligera como la brisa del bosque de Gimle, ¿qué tenía ese muchacho que le recordaba tanto al bosque, incluso más que otra hada? Prisma no pudo evitar sentirse contagiada de esa espontánea alegría, de pronto todos los temores quedaron atrás como resabios de una confusión pueril que ahora la avergonzaba haber padecido, porque con él todo era tan sencillo como esa efervescente risa.

—Yo... —Prisma trató de hablar entonces con un poco más de seguridad—, lo siento, creo que no estoy siendo una buena compañía para usted en este momento, señor Méril.

—"Méril" —la corrigió rápidamente pero con un tono de voz que infundía calma—, recuerdo haberle dicho que me llamara solamente Méril, señorita Prisma.

Ella se sonrojó aun más ante la confianza con que la estaba honrando. Para Prisma la figura de Méril se había ensalzado hasta donde únicamente una muchacha podría hacerlo con algún famoso ídolo; en su cabeza las historias de las aventuras de Ranma, Rashell y Méril eran en realidad las historias de "Méril y compañía", desde el día en que se habían separado tras su fugaz encuentro no había dejado de pensar en él, con porfía trataba de imaginar que detrás de cada hazaña que llegaba a sus oídos de las muchas sucedidas durante una prolongada guerra como ésa Méril se encontraba detrás de cada una de ellas. Por eso se sentía extraña, dichosa y a la vez asustada de poder estar teniendo esa conversación con él, hasta que todos sus temores quedaron reducidos a cenizas por la actitud del muchacho que despertaba un nuevo y feliz ambiente familiar entre ambos. La suave risa de Prisma fue como un torrente cristalino ante el comentario del joven, ella no tuvo temores entonces para responderle con la misma paz que él inspiraba en su corazón.

—Pues me sentiría honrada si usted también me llamara únicamente por mi nombre.

Méril se adelantó con dos largos pasos y se cruzó delante de la chica sorprendiéndola, entonces se irguió para luego ejecutar una lenta y exagerada reverencia, parodiando las costumbres dentro de la corte de Asgard, realizando a la par pomposos aspavientos con la mano.

—El honor será todo mío, Prisma.

La chica estalló en risas como si todos los nervios que antes tenía saltaran por los aires, el rubor que tiñó sus mejillas acusó la fuerte emoción que golpeaba como rápidos latidos dentro de su pecho. "Prisma", sólo "Prisma" la había llamado y en ese instante no había otra cosa más feliz en todo el universo para ella.

El momento era igual de feliz para Méril, también dejó escapar toda la tensión que antes sentía a través de la risa, hasta que en un instante en que descansó los brazos dejando que estos colgaran sintió como la mano topó con algo cruelmente frío. Dejó de reír cuando miró la empuñadura de la cuchilla dentro de la funda que colgaba del cinturón y como un balde de agua fría que apagó la llama de su espíritu recordó de sopetón su rol en el universo y la tarea que muy pronto tendría que realizar; viajar a las tierras exteriores. Méril no temía ya a la muerte, no por él mismo, pensando siempre en los demás porque en realidad nunca tuvo algo propio que perder o dejar atrás, hasta ese momento en que se quedó mirando silenciosamente a Prisma, como si quisiera grabar en su mente la chispeante risa de la niña y tratar de decidir si aquel sentimiento tan nuevo y misterioso dentro de su pecho sería una razón de dolor o de inspiración para la pronta y tan temprana separación que tendrían. Pensó otra vez en la muerte pero con un nuevo punto de vista: si él no regresaba no la volvería a ver jamás.

Ambos caminaron hasta una vieja plaza en una de las zonas urbanas al borde del lago de Yggdrasil, muy poca gente los rodeaba, más eran los viejos edificios y las raíces con ramas verdes y nuevas que los hacían semejantes a ruinas dentro de una antigua selva, pero el lejano ruido de la gente les recordaba que se encontraban en parte de la ciudad. En el centro había una hermosa recostada contra una pared del edificio más alto, donde se esculpían figuras que recordaban a viejas leyendas de los bosques, las figuras poseían cántaros cuyas bocas eran en realidad agujeros en la pared desde donde brotaba el agua que caía como una pequeña cascada bañando la pared y sus relieves hasta caer golpeando la superficie de agua de la fuente liberando una dulce fragancia. Ellos se sentaron en silencio en el borde más alejado de la fuente en silencio. Ella sabía que estaban cerca de casa pero no quería terminar allí aquel fugaz encuentro, mientras que él no parecía decir nada. Prisma llevó una mano hacia atrás y jugó dibujando formas en el agua con la punta del dedo, daba pequeños toques sobre la fría superficie y al momento de formarse las ondas éstas brillaban con una tenue luz mágica deformándolas, asemejando siluetas diversas que duraban una pequeña fracción de segundo antes de desvanecerse con el resto de las ondas. Ella sonreía, pero luego se sintió algo decepcionada al notar que Méril no había reparado en su improvisado juego creativo y lo dejó.

— ¿Sucede algo, Méril?

Él reaccionó ocultando su mirada en el horizonte, de donde no la pudo retirar por un buen tiempo en una mezcla de angustia y vergüenza.

—No, no sucede nada malo —respondió un poco ausente, para luego agregar con un leve susurro que ella no pudo escuchar—, aun...

La sonrisa de Prisma se borró lentamente observando al pensativo joven. Pronto un aire de tristeza opacó los delicados ojos y torció los sonrosados y pequeños labios.

—Lo estoy incomodando, ¿verdad?

Méril reaccionó mirándola de manera afectada, como ella estrechaba con ternura la delicada pieza de cristal como si se sintiera realmente culpable por incordiarlo de alguna manera.

"¿Por qué no puedo dejar de sentirme así con el señor Méril?, ¿por qué me es tan difícil hablar con él?", pensó la niña llenándose de angustia, "¿acaso este sentimiento que me hace sentir bien y mal a la vez es…? ¡Pero no puede ser!, él es un gran einjergar y yo apenas una niña, no hago otra cosa que incomodarlo."

—No me estás incomodando, Prisma —dijo Méril sonriente.

Prisma se asustó, palideció creyendo por un segundo que Méril podría haber escuchado lo que pensaba. Pero después se dio cuenta que sólo se refería a su pregunta anterior.

—Siento haberme malinterpretado —agregó rápidamente el joven—, la verdad es que… no sé muy bien cómo decirlo, es todo lo contrario, a ver, cómo podría explicarlo, no... ¡Ah!, no, así no, no —se interrumpió rápidamente como si quisiera detener una repentina idea que tenía en su propia cabeza—, cómo podría, cómo…

Méril se pasó la mano por la cabeza en un gesto de nerviosismo, despeinándose aun más su ya desordenada cabellera. Eso hizo que Prisma se riera espontáneamente.

— ¿Qué, qué sucede?

Ella, sin responder, dejó la figura de cristal a un costado en el borde de la fuente y acercándose tímidamente al joven con sus suaves manos se preocupó de ordenarle el cabello, lentamente, concentrada en lo que hacía como si hubiera olvidado lo cerca que ambos se encontraban. Méril tragó con dificultad cuando vio el rostro de Prisma tan cerca que podía sentir el calor de su respiración. En el momento en que él se obsesionó con los pequeños y sonrosados labios, que a centímetros de los propios susurraban inconscientemente repitiendo lo que ella pensaba mientras combatía con dedicación por sofocar la rebeldía del cabello castaño. En un momento de inconsciente locura se entregó a esa desconocida fiebre que cegó su entendimiento e hizo un ligero intento por acortar aquellos eternos centímetros que separaban sus labios, cuando ella se movió despertándolo de aquel extraño sopor y asustándose porque ella hubiese descubierto lo que ni él mismo comprendía que deseaba hacer.

Pero para su fortuna Prisma no parecía haberse dado cuenta de sus intenciones. Dejó la cabeza de Méril, asomó un pequeño gesto de frustración cuando al querer ordenar unos cuántos mechones se había enredado en una dura batalla con el terrible cabello del chico. Sin siquiera decir nada dejó su lugar en la fuente, dobló una pierna para apoyar la rodilla sobre el borde de la fuente justo al lado de Méril para equilibrarse al quedar parada con un único pie con su pequeño cuerpo casi recostado en el hombro del chico y con la cabeza de Méril ahora a su entera disposición levantó las manos y retomó con mayor comodidad su improvisada labor.

Méril quedó sin habla, no podía creer su suerte o fatalidad ante la extraña situación en la que se encontraba. Estaba sentado con la espalda bien erguida y las manos sobre las rodillas en una posición bastante cómica, como si apenas pudiera respirar para no moverse mientras sentía como ella a su lado prácticamente se pegaba a él jugando con su cabello. Sentía el calor del cuerpo de Prisma, como ella frotaba inconscientemente sus cuerpos, los delicados dedos masajeándole la cabeza causándole un exquisito sopor. Todo era perfecto en ese instante olvidándose incluso de los nervios que hace unos segundos lo atormentaban al tener a esa chica tan cerca de él.

En un momento de concentración Prisma rabeó con un mechón que cada vez que lo ordenaba regresaba a un lugar distinto, cuando cayó entre los ojos del joven este se quedó mirándolo con cara de culpabilidad escuchando como a ella se le escapaba un pequeño quejido, pero Prisma sin decir nada lo volvió a retomar suavemente. Méril se atrevió a levantar los ojos y mover un poco la cabeza como si quisiera que ella no lo notara, pero fue ella misma la que lo tomó por los bordes de la cabeza y lo obligó a terminar el movimiento obligándolo a mirarla. De esa forma ella tenía un mejor ángulo para seguir peinándolo. El cerebro de Méril se fundió, en esa posición quedó con el rostro de frente al cuerpo de la hada a una comprometedora altura y a veces ella se estiraba ligeramente para ver mejor sin percatarse de cómo acercaba su escote al rostro del chico, éste reaccionó sonrojándose y poniendo una cara como si quisiera retroceder la cabeza pero no podía hacerlo al sentir las delicadas manos de Prisma sobre él. Entonces trató de conformarse dejándose llevar por el hipnótico perfume de flores silvestres cerrando los ojos para no profanar la pureza de la niña. Respiró profundamente tratando de calmar sus nervios.

Al volver a abrirlos notó con espanto que el borde del escote de la chica se arrugaba ligeramente separándose de la suave piel formando una peligrosa curva justo delante de sus ojos cada vez que ella movía los brazos insinuando más de lo que el inocente muchacho se atrevería a fantasear, miró hacia arriba pero vio el rostro concentrado de la chica y sintió que esa imagen le aceleraba todavía más el corazón, tanto que podría escucharse a diez millas. Optó por bajar los ojos demasiado inquieto como para poder relajarse y ¡horror!, era tal la dedicación de Prisma que había olvidado por completo su posición que reclinó todavía su cuerpo sobre Méril.

Con heroica caballerosidad a toda prueba quiso seguir bajando los ojos antes de quedar atrapados por un tipo de tentación que por primera vez lo sorprendía en su vida y en su interior rogó clemencia, porque cuando se creía a salvo de salvajes sentimientos ahora descubría que la falda de una hada joven era realmente cortísima, más todavía cuando ella no dejaba de moverse causando que el vestido se arrugara contra su cuerpo recogiéndose y revelándole más de lo que la frágil cordura de un adolescente podía resistir en la forma de un par de endemoniadamente delgadas, blancas, tersas, suaves, hermosas, delicadas y atractivas piernas. ¿Qué más deseaba el destino que se ensañaba así con él? ¡Trataba de no aprovecharse de la situación, juraba intentarlo, pero esto era demasiado!

— ¡Ahora sí! Mucho mejor —exclamó con dulzura levantando las manos cuando terminó de ordenar el cabello del joven. Pero cuando inclinó su rostro para buscarlo se encontró con la cara de Méril furiosamente enrojecida a la altura de su escote en un muy mal y comprometedor momento.

— ¿Qué? —Prisma tardó unos cuantos segundos en comprender la situación y cuando lo hizo reaccionó sonrojándose furiosamente, tartamudeó entre labios sin poder comprenderse sus palabras.

—Lo… lo siento —trató de decir Méril, casi sin voz—, yo no… no vi nada…

— ¿No vio… nada?—repitió ella mecánicamente casi paralizada con las manos todavía en alto.

—No… bueno… quizás… sí… un poquito —respondió con honestidad suicida.

Los ojos de Prisma se rodearon de lágrimas de indignación y miedo.

— ¡Pero juro que fue un accidente —agregó al instante—, yo no quería!

Prisma no lo siguió escuchando y reaccionó gritando entre lágrimas cubriéndose el cuerpo con los brazos.

—Prisma, lo siento, yo no…

— ¡Aléjese!

Respondió indignada, cuando levantó la mano como si quisiera abofetearlo, el joven cerró los ojos, podría haber retrocedido pero su conciencia se lo impidió, pero sucedió algo imprevisto. Prisma al querer golpearlo perdió el equilibrio, su pie se separó del suelo y se inclinó rápidamente sobre la fuente dando un pequeño alarido de terror. Méril abrió los ojos, la vio caer, no lo pensó dos veces y estiró los brazos para sostenerla por la cintura pero la posición también le jugó en contra perdiendo el equilibrio y antes de que ambos cayeran sobre la fría superficie del agua la empujó en la dirección opuesta.

Prisma cayó sentada ante la fuente dándose un brusco golpe, pero más fue el susto que se llevó cuando una pequeña cantidad de agua la roció, agua que Méril levantó cuando su cuerpo se zambulló por completo en la pileta.

— ¿Señor Méril? —preguntó casi en un susurro—. ¡Méril! —gritó al reaccionar, se levantó de un salto y se acercó al borde de la fuente asustada.

Se quedó muda al observarlo, Méril estaba bien en lo posible con el agua hasta el pecho sentado en el fondo de la pileta y las gotas rodando por el rostro y el cabello empapado.

—Prisma, créeme —balbuceó escupiendo un poco de agua—, te prometo que no vi casi nada, fue un accidente. No quise interrumpirte porque no sabía cómo advertirte, pero sé que debí hacerlo, fue mi culpa, lo siento.

Prisma no pudo responder en el momento llevándose una mano a la boca para no reír. Apenas conteniéndose consiguió responder y lo hizo con un ligero sentimiento de culpa.

—Lo sé, fue mi error en primer lugar.

—No es así, Prisma, yo no debí aprovecharme de esa manera. ¡Soy un… un…!

— ¡Claro que no!, no diga eso. Si yo no hubiese actuado de forma tan descuidada, usted no habría tenido que… —la pena la enmudeció sonrojándose otra vez.

—No es verdad, ha sido mi culpa, podría haber cerrado los ojos.

— ¿Y por qué no lo hizo? —Prisma apoyó las manos en el borde de la fuente inclinándose hacia adelante, acercando su rostro al joven para fulminarlo con ojos inquisidores.

Méril se quedó sin argumentos. Lentamente comenzó a agacharse sumergiendo el rostro hasta los ojos. En ese momento Prisma no aguantó más las ganas de reír, la forma en que actuaba Méril tan fuera de sí y como se veía en ese momento era la cosa más divertida que había visto en su vida.

— ¿Eso significa que me perdona? —se enderezó volviendo a sacar la cabeza del agua.

—Quizás —respondió ella entre risas.

El chico se acomodó dentro de la pileta pero no hizo ningún esfuerzo por levantarse, suspiró pesadamente y se interrumpió cuando dio un pequeño brinco porque algo lo había asustado. Metió la mano dentro de la camisa y la sacó al coger a un pequeño pez dorado que devolvió al agua. Esto causó más risa en la niña. Méril la miró reír y recuperando la confianza se sintió tremendamente feliz en ese instante, a pesar de lo fría que estaba el agua que lo calaba hasta los huesos.

— ¿Cómo es que lo hacía Rashell? Ah, sí, ya creo cómo —murmuró pensativo. Se levantó dejando que la ropa chorreara agua, entonces ignorando lo patético que se veía puso una mano sobre su pecho y realizó una ligera pero muy seria reverencia que sorprendió a la chica.

—Señorita Prisma.

—Le pedí que no me llamara así —lo interrumpió pero con un tono ausente y a la vez amable, respondiendo sin pensar porque en realidad se había quedado quieta mirándolo con tal atención y los labios entreabiertos como si de pronto aquel muchacho se hubiera rodeado de un aire de grandeza.

Méril dudó un momento, pero al recordar la larga historia de Ranma llena de problemas y enredos lo hizo comprender que las oportunidades estaban para hacerse de ellas antes que vivir arrepintiéndose por lo que no sucedería jamás.

—Prisma —repitió suavemente pero con una determinación que inquietó a la niña—, tú… yo… mañana… —apretó los dientes sin levantar la cabeza—, ¿querrías salir conmigo?

Ella lo observó detenidamente durante largos segundos, tantos que él contuvo la respiración por la ansiedad. El frío viento del oeste remeció las ramas de Yggdrasil con tal fuerza que llamó la atención de los habitantes del Valhalla, la gente levantó las cabezas buscando en el fresno sagrado alguna señal como si se anunciara la proximidad de una tormenta. Aunque ningún ruido fue para Méril tan gravitante como aquella simple, delicada y temblorosa respuesta de Prisma.

—Sí.

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Continuará...