Capitulo 10. El Reencuentro.
Kagome corría a más no poder, muerta de miedo. Hacia ya muchos años había vivido una situación parecida, pero aquella vez Sesshômaru la había salvado.
Ahora él no estaba y no tenía a nadie que pudiese ayudarla. Bueno, a nadie no, puesto que alguien había apartado a Naraku de ella. Dios, ¿y si había sido su padre? Tal vez debía casarse. Ya iba siendo hora de establecerse y dejar de vivir de estúpidos sueños.
Llego a su carruaje, con las ropas medio caídas, solo sostenidas por sus manos y entro en el de golpe.
Estaba temblando, como hacía tiempo que no le pasaba. Maldito Robespierre...Se lo tenía que contar a su padre, incluso puede que él ya lo supiera, pero...
Toc Toc Toc
Alguien estaba golpeando la puerta del carruaje.
Instintivamente iba a abrir, cuando recordó que podía ser Naraku y se quedo congelada.
Hundió su cara entre sus manos y espero a ver si el intruso se iba. Pero los golpes continuaban. Estaba encerrada, no podía dar al cochero la orden de ponerse en marcha sin salir del vehículo y si salía, Naraku la podría atrapar allí mismo.
-¡Kagome!
Aquella voz le sonaba mucho, pero en el estado en el que se encontraba, no era capaz de reconocerla. De pronto, se oyó un chasquido y la cerradura de la puerta del carruaje se retiro: alguien la había roto desde fuera.
La puerta se abrió y ella se acurruco a un lado del carruaje, se sentía una cobarde, con 21 años debería ser capaz de encarar a Naraku, pero tanto tiempo en soledad, tantas lagrimas...Habían cambiado bastante su carácter.
Miro el umbral de la carroza y se encontró con una figura alta, a contraluz, que paso inmediatamente al vehículo y cerro la puerta tras él.
Se acerco a ella y la tomo del brazo, para después atraparla entre los suyos y abrazarla fuertemente. Kagome se quedo perpleja.
-Kagome...Soy yo.
Alzo la cabeza, incapaz de creer que aquella voz era de quien ella creía.
-¿Sessh...Sesshômaru?
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Si Saitô Boticelli estaba perplejo, el resto de senescales estaban muy indignados. Bonaparte se había ido sin despedirse, ni permitirles presentarlo al resto de la alta nobleza allí reunida.
Y los invitados allí reunidos no hacían más que hablar de la "escapada" del general. Algunos lo habían visto dirigirse a la salida y poco después uno de los cocheros les informo que lo había visto subir a uno de los coches y dar orden de partir a su casa.
Por otro lado, poco después de la desaparición del general, llego Robespierre con un labio partido y un ojo morado, argumentando que un desaprensivo le había atacado al salir a tomar aire fresco a los jardines, para escándalo de las damas allí reunidas, que insistieron en llamar a varios soldados para que las acompañaran una vez abandonaran la sala.
Y en un rincón, Sonomi, Sango, Rin y su prometido, Kohaku, se preguntaban dónde diantre se había metido Kagome, mientras Kikyô y "las tigresas" no dejaban de intentar ridiculizarlas, surgiendo el efecto contrario y dejándose mal a si mismas.
En resumen, el "evento social del año" se había descontrolado completamente y, dos de los asistentes a esa fiesta, opinaban que tal vez ese gobierno no era el más adecuado.
Desde el lado contrario de la sala, Miroku e Inuyasha no perdían detalle de lo que ocurría. Se habían apartado de la muchedumbre, pues ayer estuvieron hasta muy tarde de "fiesta" y ambos tenían una buena resaca.
Inuyasha no quitaba ojo de Kikyô, mientras pensaba que su hermano había sido un bobo al rechazar su compañía y un idota por largarse sin dar una mala excusa. ¿Que demonios hacía? No era propio de él hacer algo que iba en contra de sus propios intereses y aún menos delante de los miembros del Directorio (N.Autora: Pobre Inu, este no sabe que su hermano nunca hace algo que le beneficie cuando Kagome esta cerca).
Miroku, en cambio, no podía apartar los ojos de una morena de largo cabello que le llegaba hasta la cintura, ojos profundos y oscuros como una noche sin estrellas y un vestido negro, largo, pero ajustado que marcaba muy bien los contornos de su cuerpo.
Según la habían dicho, se llamaba Sango, nombre que le era familiar, aunque no recordaba de que. También le hablaron de que llevaba el impresionante record de 386 rechazos y que estaba prometida, aunque no amaba a su prometido y ni siquiera se conocían.
Sango se aburría muchísimo, había rechazado los primeros cinco que se atrevieron a pedirle bailar con ella y los demás pronto perdieron las esperanzas. Estaba muy preocupada por Kagome y el resto la traía sin cuidado, cuando un hombre se acerco a ella.
Se disponía a echarle una de sus hermosas miradas de desprecio cuando sin querer le miró a los ojos. Unos ojos azules y oscuros como el mar, llevaba el pelo recogido en una pequeña coletilla y vestía el uniforme de sub-general.
Miroku se acerco a ella lentamente. Y cuando considero que la distancia entre ellos ya era suficiente, se dispuso a sacar a la dama a bailar.
-Señorita, ¿me concederíais este baile?
Ella le miro especulativamente y susurro un corto "No".
-¿Por que no?
-¿Por que si?
-Por que os lo pido amablemente.
-Pues yo os "pido" amablemente que no insistáis.
-De acuerdo, no insistiré.
Y sin mediar palabra, la tomo del brazo y la situó e la pista, para pasarle una mano por la cintura y comenzar a girar al compás del vals. Ella se dejo llevar sin oponer ningún tipo de resistencia, se había quedado asombrada por el descaro de aquel hombre.
Pero todo sonido que nace, acaba muriendo y el vals pronto término, más Miroku no pensaba apartarse de la chica y la guío hacia donde estaban las bebidas.
-No os rendís, ¿eh?
-No si la señorita es tan hermosa como usted.
-Tales halagos no lograran nada.
-Bien, tal vez debería volver a bailar conmigo, mientras tanto, charlaremos.
Ella no replico, lo cual asusto al joven, que por momentos había olvidado que ella no era ninguna simple muchacha, si no una hija de la alta nobleza y tal sangre corría por sus venas, no como él.
Sin embargo, algo en Sango le decía que podía conquistarla y ardía en deseos de ello.
Ella miro de nuevo a aquel joven alocado de mirada profunda y divertida, que había echo que su corazón latiera alocadamente al compás de un simple vals.
-De acuerdo.
-¿Co...Como?
-Bailaré contigo.
Miroku sonrió, ella le respondió de la misma manera, aquello iba por buen camino.
El resto de presentes en aquella sala, al ver salir a Sango voluntariamente a bailar con el sub-general y su sonrisa para él, comenzó a preguntarse si era posible que la "belleza luchadora" se hubiese rendido ante aquella batalla.
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El carruaje avanzaba rápidamente por las calles de Paris.
En su interior, dos extraños, pero a la vez conocidos callaban, observando detenidamente a su compañero. La dama llevaba un largo vestido azulado y el hombre un uniforme militar con el grado de general. Ambos habían cambiado, pero no tanto como parecía.
Kagome se había vuelto mucho más hermosa con los años, su larga melena azabache le llegaba poco más abajo de las caderas y sus hermosos ojos chocolate brillaban de felicidad. Su cuerpo, se había vuelto más voluptuoso, sus pechos habían crecido y las curvas de sus caderas se habían hecho más notables, pero no muy resultonas. Ahora era una mujer y no una simple adolescente.
Frente a ella, sentado en los otros asientos del carruaje, se encontraba Sesshômaru, que también había cambiado físicamente. Su cabello plateado, recogido como siempre en una cola alta, se había echo mucho más largo, era más alto y sus facciones se habían vuelto más duras, pero igual de delicadas que antaño. Su cuerpo había aumentado un poco de volumen y los fuertes músculos resaltaban más que antes, aun y así, no eran demasiado llamativos.
Pronto llegaron a su destino, la lujosa mansión de Sesshômaru. Cuando Kagome bajo y la vio, solo pudo exclamar "¡Oh!". Él le abrió las puertas, no tenia personal, pues apenas hacía tres días que vivía en ella, de forma que nadie podía difundir el rumor de que Kagome había estado allí.
La condujo a su habitación y cerró las puertas tras ellos.
Kagome solo miraba por la ventana las céntricas calles de un Paris en penumbras, solo iluminado por las luces de las fiestas, así que Sesshômaru decidió romper el silencio.
-Kagome..Yo...
-Seis años.
-¿Como?
Ella volteo con los ojos cargados de lágrimas.
-¡Has tardado seis años!
Sesshômaru bajo la mirada.
-Lo siento.
-No lo sientas, ¡¿sabes como me sentía?!Cada día rezaba para no recibir noticias tuyas, por miedo a que fueran las que anunciaran tu muerte!! ¡Nunca contéstasete a ninguna de mis cartas y mande cientos de ellas! ¡¡Tenía mucho miedo y tú no venías!!
El sentimiento había regresado y con el, toda la angustia, la desesperación, el dolor y el miedo. Kagome lloraba sin cesar, de alivio, de rencor, de dolor y sobre todo, de amor.
Sesshômaru no podía dejar de mirarla y tampoco podía reaccionar, cuando ella trataba de secarse las lágrimas inútilmente con la manga de su vestido. Su corazón estaba echo pedazos y seguramente, el de ella no estaría mejor. Todo era su culpa, debía de haberse quedado con ella, pero su maldito orgullo lo había impulsado a irse en busca de fortuna y poder.
Se acerco a ella lentamente, Kagome intento rechazarlo, apartarlo de su lado, pero apenas tenía fuerzas, de manera que Sesshômaru pudo rodearla con sus brazos sin demasiada resistencia.
-Te odio.
Los ojos de él se abrieron de puro terror, ¿sería cierto?
