Bueno chicos, aquí va el capítulo 9, elaborado por Crazy Aristocrazy:
Capítulo 9: Complicaciones
Tren rojo:
Cuando Karin y Karon trajeron de vuelta a Gotsumon con sus herramientas, Miles todavía no había despertado. Fue el sonido del martillo de Gotsumon contra las vías lo que finalmente lo sacó de su sopor. Después de un rato corto, pudieron continuar con su travesía, montaña abajo. Lara se estiró en su asiento.
- No nos faltan enemigos, al parecer...
- Ogremon, Ginkakumon, y también esa cosa de los ojos rojos... – añadió Miles.
Michel se quedó pensando en este último, ya que todavía no sabían quién era. Las gemelas estaban algo confusas: ellas no estaban cuando Ginkakumon atacó. Decidieron callarse y escuchar. Ana habló, para variar.
- Ginkakumon parece más fuerte que Ogremon...
- Miles se ha librado de él más rápido, pero sí... – continuó Kalvin – Parece que le ha dado más guerra que Ogremon.
- No tanta – Miles sintió la necesidad de intervenir.
- Lo que tú digas – contestó divertido el delincuente.
Hugo se levantó, mirando al suelo, y se le ocurrió mirar por la ventana. Cuando lo hizo, sus ojos casi salieron de sus órbitas y su boca se torció en una mueca de horror. Un montón de gigantes caracoles verdes estaban pegados a los cristales. El golpe que se dio contra el asiento al caer hacia atrás alertó a los demás. Los caracoles, de ojos saltones, tenían una concha espiral de un color arenoso con rayas violáceas. Su aspecto viscoso hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Michel. Phoenix empezó a dar golpes en el cristal, pero no se movían.
- ¿Qué son estas cosas? – murmuró, más para sí mismo que para los demás.
Intentó abrir la ventana, pero sólo se abrió un poco. Uno de los caracoles se inclinó hacia la apertura, como para hablar, pero antes de poder decir nada Hugo ya había cerrado la ventana de golpe. Miró incrédulo a Phoenix.
- ¿Qué demonios haces? No abras tan a lo loco.
Phoenix quería volver a abrir la ventana, pero no quería problemas. Se encogió de hombros, sin saber qué decir y preparado para apartarse de los demás. Sin embargo, Ana se acercó.
- Quizás... No sea mala idea – su voz era muy débil al principio, pero adquiría fuerza según hablaba – No parecen peligrosos, e intentar hablar con ellos es mejor que no hacer nada...
Con paso vacilante Ana se dirigió a la ventana. Nadie hablaba y sólo se escuchaba levemente la maquinaria del tren. Abrió y el sonido se intensificó.
- Bueno, no se ha muerto nadie...
El comentario de Lara hirió un poco a Hugo, que se lo tomó como algo personal. Frunció el ceño, pero nada más. El caracol intentó hablar de nuevo, esta vez con éxito.
- Disculpen, no queremos molestar, pero necesitamos ayuda.
- Si no queréis molestar, ya podéis ir despegándoos... – dijo la pelirroja.
- He dicho que no queremos, no que no lo vayamos a hacer. Necesitamos ayuda.
Todos se miraron entre sí. Miles preguntó lo que todos estaban pensando.
- No os vais a mover a menos que os ayudemos, ¿no?
- Por ahí va la cosa. Pero tenemos comida que estamos dispuestos a compartir a cambio de ayuda.
- Bueno, entonces el trato no está tan mal... – se giró a sus compañeros - ¿Qué decís?
- ¿Acaso tenemos alguna otra opción? – Lara fue la que respondió – Además, tengo hambre.
- ¿Dónde está la comida? – Ana también parecía tener hambre.
El caracol pareció ponerse algo nervioso.
- Precisamente con eso necesitamos ayuda. Nos la han robado y queremos recuperarla.
- ¿Quién es el objetivo? – inquirieron al unísono las gemelas. Ese lenguaje tan profesional hizo que algunos se estremecieran.
- N-No hace falta matar a nadie... Sería impensable librarse del guerrero de la tierra. Solamente es infiltrarse en su guarida y coger la comida.
- Dejemos los detalles para más adelante. Por ahora, hay que intentar parar el tren.
Phoenix finalmente preguntó lo a que todos se les había olvidado.
- Mm... ¿Quiénes sois?
- Somos los KaratsukiNumemon de la montaña.
Sabiendo por fin qué eran, el grupo intentó entender cómo funcionaba el tren. Fueron a la cabina del conductor y discutieron sobre quién se encargaría de frenar. Michel, jugueteando con su pelo en sus dedos, se acercó al panel de control sin decir palabra ni mirar a nadie. Averiguó fácilmente el funcionamiento del tren y fue capaz de pararlo. Para él fue un juego de niños. Gotsumon se quedó en el tren. Fuera, los KaratsukiNumemon llevaron a los humanos a la guarida del espíritu de la tierra. Fue un camino algo más largo de lo que les habría gustado, pero valdría la pena si podían conseguir comida.
Cuando llegaron a la guarida, una cueva, los KaratsukiNumemon se negaron a entrar. Con llevarlos allí ya habían hecho suficiente.
- Esperadnos fuera – indicó Kalvin – Conseguiremos la comida.
Los humanos se adentraron en la cueva, Kalvin liderando, agachados y silenciosamente. La cueva, terrosa, era muy amplia y algunos orificios en la bóveda permitían que la luz entrase; era completamente diferente a la cueva en la que estuvieron antes con el misterioso enemigo de ojos rojos. Se escondieron detrás de un gran trozo de lo que parecía arcilla, y Kalvin empezó a dar instrucciones.
- Quedaos aquí – su voz transmitía seguridad – Voy a buscar la comida; cuando la encuentre la traeré en varios viajes. Os necesito aquí para que os ocupéis cada uno de un poco.
Todos asintieron y Kalvin empezó a moverse con sigilo por la cueva. En poco tiempo encontró la comida. No era lo que esperaba: parecían lechugas, marrones y rojizas principalmente. Estaban en sacos, lo que facilitaría la misión.
Cogió un saco y volvió a donde estaban los demás, que no pudieron evitar sentirse algo decepcionados al ver la comida. Michel puso cara de asco. Pero bueno, algo es algo. El primer saco se lo dio a Ana.
Kalvin siguió haciendo viajes a la comida, dándole un saco a cada uno. La comida que había era justo la comida que podían llevar. Cuando por fin tuvieron toda, se prepararon para salir.
En la entrada de la cueva no había rastro de los KaratsukiNumemon. En su lugar se encontraban dos figuras conocidas: Ogremon y Ginkakumon. El grupo, al que miraban de manera desafiante, se preocupó. Era la primera vez que se enfrentaban a dos enemigos a la vez.
Tren azul:
El traqueteo del tren llegó a sus oídos cuando éste se puso en movimiento. Dalia se había sentado y miraba hacia la pared, algo ausente. Apollo, de pie, empezó la conversación.
- Debe haber sido difícil...
El sonido de su voz hizo que Dalia saliera de su trance y se fijase bien en quién la acompañaba.
- Puedes ahorrarte tu compasión – [/COLOR]"o falta de ella", pensó.
Se había dado cuenta de que Apollo siempre se comportaba de una manera cordial, y nunca perdía la compostura. Demasiado cordial para ser verdad, en realidad. Podía adivinar que no era tan amable como aparentaba, aunque en ese momento no sabía hasta qué punto eran ciertas sus suposiciones.
- Estoy preocupado, eso es todo. Un equipo eficiente debe llevarse bien...
A Apollo alejarse un poco de su rutina le había ido bien: su mente seguía completamente en forma. Para Dalia, sin embargo, los efectos de todo este cambio repentino habían sido negativos. No había estado pensando con toda claridad, pero ya se estaba estabilizando.
- ¿Equipo? Me temo que los demás miembros del equipo no confían en mí.
Al ser la única capaz de transformarse en Digimon, Dalia era la más poderosa de todos. Lo mejor, pensaba Apollo, era tenerla de su parte, y con el miedo que debió pasar con Nohemon, seguramente no resultaría tan difícil ganarse su confianza. Sólo tenía que tocar las teclas adecuadas, como siempre hacía.
- Dales tiempo. Todavía no entendemos cómo te transformas y, al fin y al cabo, sólo son un montón de críos perdidos en un lugar que no entienden.
Dalia notó cómo Apollo se había excluido de tal grupo. ¿Estaba insinuando que el sí confiaba en ella? Hasta ahora, por su estado, Dalia había descuidado mucho la imagen que los demás pudieran tener de ella, pero la máscara con que habitualmente se presentaba ante los demás se estaba volviendo a formar.
- ¿Significa eso que tú si entiendes este mundo?
- Sólo aun nivel muy básico. Esto es todo digital.
Probablemente por su relación con las máquinas, Apollo era uno de los que más fácilmente aceptaron este nuevo mundo de monstruos digitales. Dalia era más de biología, así que...
- Sabes mucho de eso, ¿verdad? – durante toda la conversación había tenido la cabeza ladeada, pero ahora lo miraba directamente a él. Presentaba un aspecto más maduro que los demás. Siendo un profesor de universidad, no era de extrañar.
- Lo suficiente - respondió Apollo, notando un cambio de comportamiento en la chica.
La mirada de Dalia había cambiado. Ya no era una mirada indiferente cargada de desdén; brillaba intensa con el fulgor de la ambición. Al igual que Apollo pensaba ganarse su confianza, Dalia había decidido que le convenía tener control sobre él. Aunque seguramente tendría que esforzarse; con él, no le valdría cualquier burda pantomima.
En el otro vagón, los demás seguían preocupados por el estado de Erika. La chica sudaba y luchaba por mantenerse consciente. Sonia había estado sujetándole la mano desde que se desmayó hace unos minutos.
- Estoy bien – insistió.
- No, no lo estás – respondió secamente David – Y tú debes saberlo mejor que nadie, doctora.
- ¡No digas eso! – En la voz de Sonia se notaba tristeza mezclada con ira - ¡Te vas a poner bien!
David frunció el ceño.
- Yo no he dicho que no vaya a ponerse bien, pero... Esperemos que en la próxima ciudad puedan ayudarnos... Mis conocimientos de medicina son mínimos.
- Quizás Apollo sepa qué hacer – intervino Amadeus - Todavía está con Dalia.
Samuel se mostró visiblemente molesto. Dalia, sin duda, no encajaba con la idea que él tenía de ser buena persona.
- Esa chica... ¿Cuál es su problema?
- No sabemos mucho de ella, – comentó Jack – pero por ahora no hay mucho que podamos hacer – continuó, tocando el hombro de Samuel – Quizás con el tiempo se vuela más amigable.
Entonces pudieron escuchar cómo paraba el tren. Yoshi, que había estado en silencio, apoyado en un rincón, fue el primero en salir. Cuando los demás salieron, Jack llevando a cuestas a Erika, él abrió la boca por primera vez en mucho tiempo.
- Hay un hospital – dijo, con su cara impasible de costumbre.
Todos se sintieron aliviados. Apollo y Dalia todavía no habían salido, y deberían darse prisa, así que se dirigieron a la puerta del vagón en el que estaban. Antes de llamar, no pudieron evitar escuchar un poco de su conversación. Sus voces se oían débiles desde fuera, pero era suficiente.
- No somos tan diferentes, a fin y al cabo - se oyó decir a la voz femenina.
- Puede que menos de lo que podamos imaginar - decía la voz masculina.
Preocupados por Erika, finalmente llamaron a la puerta, interrumpiendo la conversación. No sabían exactamente de qué habían estado hablando, pero lo que ellos habían oído sonaba algo extraño. Cuando salieron, algunos no pudieron evitar dedicarle miradas de desprecio a Dalia, aunque ésta pretendió no darse cuenta.
Las chozas del lugar no eran nada del otro mundo y parecían algo viejas. El hospital parecía más moderno; era pequeño, pero no se diferenciaba mucho de algo que podrían haber encontrado en su mundo. A diferencia de uno de estos, este estaba vacío. Cuando entraron tumbaron a Erika en una camilla y se separaron para buscar medicinas; Apollo y David dieron instrucciones a los demás referentes a qué debían buscar. Sonia quería quedarse a acompañar a su amiga, pero acabaron convenciéndola de que, por si pasaba algo, el encargado de vigilarla debía saber al menos un poco de medicina. A regañadientes aceptó que fuese David el que se quedase junto a la enferma.
Unos minutos después, todos se reunieron.
- ¿Ha habido suerte? – preguntó David.
Apollo suspiró. El suspiro fue suficiente para adivinar la respuesta.
- No mucha. Hay vendas y algunas medicinas, pero nada perfecto... Podemos hacer algún apaño.
Otro suspiro. Se ocuparon de las heridas de Erika lo mejor que pudieron y esperaron un rato para dejarla descansar y para que las medicinas surtieran efecto. Erika se despertó unos cuarenta minutos después, una eternidad para sus compañeros, y parecía sentirse mejor. Casi parecía sana, pero se notaba que no estaba completamente recuperada.
Habían entrado directamente al hospital, así que este parecía un buen momento para explorar el resto del pueblo. Se sintieron un poco abrumados por la cantidad de Digimon diferentes que había. Parecían pacíficos, aunque algunos los observaban curiosos. Entre una multitud como esta sería muy posible que, si alguien como por ejemplo Nohemon o Thunderballmon decidiera acecharlos, no se dieran cuenta. Eso era precisamente lo que estaba ocurriendo.
Unas calles más allá del hospital había lo que parecía ser un mercadillo. Parecía improvisado, mantas sobre el suelo más que nada. Lo llevaban tres Digimon iguales, con capuchas marrones, y cada uno de ellos con un libro bajo el brazo.
- ¡Bueno, bonito!
La mercancía era variada, desde objetos cotidianos como cacerolas hasta extraños objetos, como partes de armadura, algunos a precios desorbitados.
- ¡Y barato!
Uno de estos últimos, una especie de orbe rosa con la imagen de una flor o una estrella, llamó momentáneamente la atención de Dalia. Lo que realmente le interesó fue otra cosa: un conjunto de frascos. Con algo así podría guardar muestras vegetales sin temor a que se contaminen La atención de otros menos egoísta fue hacia un par de zapatos que parecían ser de la talla de Erika.
- Tengo una idea – le dijo Nohemon a su compañero Thunderballmon.
- Espero que no la pifies.
- No, te gustará.
Apollo intentó negociar con uno de los dependientes, que decía ser un Wisemon, pero éste dejó bien claro que solo aceptaban bits. No tenían ni idea de lo que eran los bits, claro está, y se alejaron un poco, formando un corro, para decidir lo que iban a hacer.
- ¡Al ladrón! – se escuchó decir al Wisemon que los había atendido. Los estaba señalando a ellos.
Los humanos se sintieron desconcertados, ahora con todas las miradas sobre ellos. Por supuesto, en corro como habían estado no habían visto a Nohemon hablando con el Wisemon. Ni las otras cosas que había hecho...
- Faltan unos zapatos y unos frascos – señaló el segundo Wisemon.
Sonia miró con furia a Dalia. Y no fue la única.
- ¿Has robado algo? – la voz de Sonia fue casi estridente.
Dalia la observo tranquila, con cierto aire divertido. Algo incrédula.
- Me veis como a una madrastra de cuento de hadas: envenenando manzanas, robando zapatos... Pero no, no he robado nada.
Dos nuevos Digimon llegaron: la policía. Eran robustos robots marrones que se hacían llamar Guardromon. Los humanos corrieron, por instinto, pero en poco tiempo los Guardromon los alcanzaron. Los registraron, pero no encontraron nada... hasta llegar a Samuel. Dentro de su bolsa de deporte estaban los dos objetos desaparecidos. Si hubiese estado más atento, habría visto a Nohemon meterlos ahí. Pero no lo había visto, y sus ojos se abrieron como platos.
- ¡Yo no lo he hecho! – sentía las miradas de los demás, acusándolo.
Erika se mordió el labio. En cierto modo apreciaba que se molestase en conseguirle unos zapatos, pero la forma de hacerlo no era para nada adecuada.
- Un momento. No faltan sólo los zapatos y los frascos – dijo el tercer Wisemon – También falta un libro.
- ¿Qué libro? – preguntó el segundo.
- "Cómo conquistar a tu amada en tres sencillos pasos"
La mirada que Thunderballmon lanzó a Nohemon no fue agradable, pero éste estaba demasiado inmerso en la lectura para darse cuenta.
- "Dile palabras bonitas" – decía uno de los consejos del libro.
Los humanos, de nuevo, intentaron correr. Los Guardromon los persiguieron lanzando pequeños mísiles desde sus muñecas, que por suerte no alcanzaron a nadie. Nohemon también los persiguió, o más correcto sería decir que persiguió a su amada, y empezó a proferir "palabras bonitas".
- ¡Diván! ¡Crisantemo! ¡Falacia!
Thunderballmon no tardó en llevarse a rastras a su compañero. Los humanos no tuvieron tanta suerte.
- Quedas detenido en el nombre de la ley – dijo uno de los Guardromon, mientras arrestaba a Samuel.
¿Se iba a pudrir entre rejas el más pequeño de los humanos?
"Por una vez, estoy contento con el trabajo que han hecho mis espíritus. Han trabajado en equipo, y al final, han obtenido buenos resultados. ¿Podrán los humanos superar estas complicaciones?"
