Super Paper Mario: El nacimiento de un Corazón del Caos

Escrito por: Megaman Trigger 2.0

Traducido por: Amidala Granger

CAPÍTULO 3, ACTO 3: La búsqueda de Pistina

El Conde estaba sentado en solitario bajo un árbol leyendo el Pronósticus Nigérum. Cada página le llenaba de melancolía, pues todas le recordaban a Pistina. Daba igual lo que hiciera; era incapaz de quitársela de la cabeza. Se levantó y caminó hacia un retazo de hierba quemada.

—Solo… vuelvo a estar completamente solo… —El Pronósticus Nigérum le siguió flotando hasta ponerse a su lado y empezó a revolotear—. ¿Qué quieres? —le preguntó el Conde mientras el libro lo miraba.

—Puedes cambiar este mundo, ¿sabes? —dijo una voz tenebrosa, una que supuso que era la del propio libro.

—¿Qué?

—Este mundo es un lienzo en negro… ¡utiliza tus poderes para cambiarlo! ¡Conviértelo en tu propio mundo!

El Conde Cenizo sonrió. Su propio mundo de paz y amor. Un mundo sin guerra, totalmente pacífico… El Conde cogió su bastón y dibujó una montaña al este… ¡y la montaña apareció justo donde la había dibujado!

El Conde empezó a dibujar todo tipo de cosas en su mundo. Árboles, ríos, montañas… y entonces dibujó un enorme castillo que se alzaba tan alto como el cielo. Solo había un problema: todo estaba en blanco y negro. Suspiró, se sentó y admiró su trabajo. Las montañas eran perfectas, el río amplio y el castillo tenía un estilo gótico. Todo era blanco y negro, muerto como su corazón.

El Conde se giró hacia el libro una vez más y habló con él:

—Pronósticus Nigérum… ¿puedes mostrarme a Pistina? —El libro se sacudió de un lado a otro.

—Por desgracia soy incapaz, pues solo puedo mostrar cosas que sé dónde están.

El Conde Cenizo suspiró de nuevo y se levantó, admirando su mundo mientras empezaba a pensar.

¿Dónde podría estar Pistina?

De repente tuvo una idea y cogió el libro con ambas manos.

—Quiero que me enseñes a viajar entre mundos y dimensiones. ¡He de encontrar a Pistina! —El libro pareció sonreír.

—Muy bien… —Una nube de energía oscura envolvió al libro y al Conde. Por encima de ellos volaba un murciélago, mirando los acontecimientos, y después se fue hacia el castillo.


Merlón estaba sentado al borde del asiento. La chica ya no existía; en su lugar había un pixelito en forma de mariposa. La dueña de la posada, que estaba junto a Merlón, suspiró.

—Entonces… ¿crees que así sobrevivirá? —Merlón tosió y miró a la dueña antes de coger a la mariposa y hacer el amago de marcharse.

—Estará bien una vez despierte.

Merlón se llevó al pixelito a su casa y la dejó encima de la mesa para que descansara. Tras un buen rato el pixelito se estiró y se elevó ligeramente en el aire.

—Hola —saludó Merlón.

—Hola… ¿dónde estoy? —Merlón le hizo una reverencia al pixelito.

—Mi nombre es Merlón, querida, y estás en la ciudad de Villacara —El pixelito sonrió y miró a su alrededor.

—… ¿Quién soy yo? —preguntó al rato. Merlón se limpió la frente y volvió a sentarse en la silla.

—Oh, cielos…


—¡Es inútil! ¡Tus estúpidos poderes no funcionan! —exclamó Cenizo mientras lanzaba el libro contra la pared. Este rebotó contra la pared justo antes de golpearla y generó una barrera a su alrededor. El libro ascendió en el aire.

—No soy yo quien tiene problemas con la magia más sencilla, Conde Cenizo —El Conde miró al libro y le lanzó el bastón.

—¡CÁLLATE!

Cenizo suspiró y se dejó caer en la silla. Se sentía débil, cansado y solitario.

—Libro, por favor… concédeme la manera de encontrar a Pistina —El libro pareció pensárselo durante un momento antes de volver a hablar.

—Muy bien… dime dónde quieres ir y allí te llevaré —Bleck saltó de la silla y corrió hacia el libro.

—¡Llévame a algún lugar verde, donde las plantas y las personas sean felices! A Pistina le encantaba ver a la gente feliz— El libro desapareció de repente, y el Conde con él, pero también llevaron con ellos a otro… a un pequeño murciélago.

El Conde apareció en una enorme área que parecía un pantano, preciosa con la puesta de sol.

Miró a su alrededor en busca de gente. Fue entonces cuando vio una gran mansión al final del camino. El Conde Cenizo desapareció en una vuelta de capa, su manera de teletransportarse, y reapareció en otra, en frente de la gran mansión. El conde llamó a la gran puerta y una mujer abrió.

—Hola cariño, pareces asustado. ¿Puedo ayudarte? —El Conde Cenizo hizo una reverencia con el sombrero y sonrió a la mujer.

—Hola, Madame. Busco a una mujer, lleva un vestido azul y tiene el cabello largo y rubio. Se llama Pistina. ¿Ha visto a una chica así? —La mujer soltó una risita.

—Por supuesto, cariño —El conde Cenizo casi se desmayó de la emoción, pero se limitó a sonreír a la mujer.

—¿Dónde, si me perdona la indiscreción?

—En mi bola de cristal, por supuesto. Oh, cómo ansía ser tuya, joven apuesto. Está herida y aguarda tu llegada. Te espera, mas está bastante asustada —El Conde Cenizo empezó a enfadarse con las rimas de la mujer.

—¿DÓNDE ESTÁ? — exclamó. Su tono de voz se fue tornando temible. La mujer retrocedió.

—Me temo que a salvo no está…

—¡QUIERO SABER DÓNDE ESTÁ! ¡DÍGAMELO! —bramó el Conde. Cada palabra parecía sacudir la casa.

—La oscuridad de ti se ha apoderado… Curarte puedo, si preguntas sin miedo.

—¡DÍGAME DÓNDE ESTÁ! —El libro flotó por encima del marco de la puerta y le habló en un susurro apresurado:

—Marchémonos… no sabe nada… —El Conde maldijo y se alejó. Una vez más, desapareció en un giro de capa, en busca de Pistina.

Verdes campos y flores los rodeaban cuando reaparecieron en un nuevo mundo.

Los árboles coloridos se alzaban orgullosos, las flores sonreían al sol y el agua fluía por las rocas.

—¿Dónde estamos? —le preguntó Cenizo al libro.

—Tierra Lineal —contestó el libro, sin rodeos.

Bleck caminó hacia una gran casa que vio a su derecha y llamó a la puerta. Un hombre la abrió y le sonrió a Cenizo.

—Hola, señor, ¿puedo ayudarle? Parece afligido.

—Bastante… ¿Ha visto a una mujer con un vestido azul y cabello rubio? —El hombre pensó durante un buen rato.

—Pues sí… eso creo.

—¿Dónde?

—Lo lamento, pero me temo que está muerta…

El hombre cerró la puerta. El Conde Cenizo dio un paso atrás y calló al suelo.

Las lágrimas corrían por su rostro. Pistina estaba muerta… se había ido de todos los mundos… se había quedado solo para siempre…

El odio y la pena ahogaban al conde. Se levantó de un gruñido y alzó su bastón al aire.

—«¡TODOS LOS MUNDOS SERÁN DESTRUIDOS, PUES LA HABÉIS MATADO», BRAMÓ EL CONDE CENIZO!