Aviso legal: Sailor Moon y todos sus personajes son © de Naoko Takeuchi.

Ecos de otras vidas

Por

Dr Facer

Capítulo Nueve

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Sólo ten un poco de confianza

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Usagi tenía a Luna arrinconada sobre la cama y no pensaba dejarla escapar. Durante los últimos tres días la muchacha había intentado sacarle información a la gata acerca del sueño que había tenido, en especial sobre el hombre que encontró y el artefacto que supuestamente tenía que buscar: La Llave de Plata. Pero Luna se las había arreglado para evitar contestarle usando evasivas o escapándose de Usagi con algún pretexto. Pues ya no más, la rubia no permitiría que su felina consejera continuara esquivando sus preguntas.

— ¡Suficiente Luna, basta ya!— demandó Usagi en un tono serio—. Necesito que me digas lo que sepas sobre la Llave de Plata. ¡Y no intentes decirme que no sabes qué es, la manera en que reaccionas cada vez que menciono este asunto indica todo lo contrario!

La gata se apretó contra la almohada de la cama y miró a ambos lados para tratar de encontrar una forma de salir de la habitación, pero no había ninguna así que suspiró al darse cuenta que estaba vencida y decidió que era hora de hablar.

—No es que no pueda decirte lo que deseas, Usagi. Es sólo que no me parece conveniente.

— ¿Por qué no?

—Porque no tengo toda la información— admitió la gata—. Hay cosas que ni siquiera yo sé.

—Pero necesito saber el significado de ese sueño— murmuró intranquila ella—, cualquier cosa que puedas decirme será de utilidad, Luna. Por favor.

— ¡Muy bien, muy bien! — se rindió la gatita, que no soportaba ver triste a la joven Tsukino—, la Llave de Plata es algo de lo que sólo escuché rumores, es por eso que no quería hablar de ello, no me parece adecuado darte información poco confiable, Usagi. Además, siempre pensé que no existía ya que nunca la vi.

— ¿Podrías al menos decirme esos rumores?— pidió la rubia—, tal vez me den una pista importante.

—Muy bien. Lo que se decía en la corte era que la reina Serenidad usaba la Llave de Plata para abrir un cuarto secreto que sólo ella conocía. Es todo lo que sé. Lamento no poder decirte más.

—Gracias Luna. Creo que con eso bastará por ahora— comentó pensativa la muchacha—. ¿Qué hay de ese hombre que vi en mi sueño, te suena familiar?

—Me temo que de él no puedo decirte nada— indicó Luna con firmeza—. Lo siento, pero no tengo información al respecto.

— ¿Sabes? lo que ese hombre me dijo fue de lo más extraño— dijo la rubia levantándose de la cama y caminando pensativa hacia la ventana—, y me hizo sentir bien cuando estaba cerca, eso fue lo más extraño.

—Desearía poder decirte más— se disculpó sinceramente apenada la gatita.

—No te preocupes Luna. Descubriremos qué significa todo esto— le aseguró Usagi, volviendo a la cama para sentarse junto a la gata y poder acariciarle las orejas—. Además, creo que conocemos a alguien que nos puede ayudar mucho.

— ¿Setsuna?— adivinó Luna.

—Sí, ella sabe muchas cosas y tal vez pueda decirnos algo más— confirmó Usagi mientras se levantaba de la cama y sacaba una chaqueta de mezclilla de su armario, la cual sacudió un poco antes de ponerse—. Iré a verla de inmediato.

La gata suspiró y siguió a la rubia, los eventos del centro comercial aún estaban recientes y le parecía que las Sailor Exteriores no estarían particularmente receptivas a una solicitud de ayuda, por lo que a Luna no le quedó más remedio que acompañar a Usagi a fin de facilitarle su plática con Setsuna—. Espera, será mejor que vaya contigo.

Una hora y un viaje en tren más tarde…

—Perdona que no tenga algo más fresco para ofrecerte— se disculpó Setsuna luego de servirle un poco de té a Usagi y sentarse frente ella en la pequeña cocineta del Centro de Investigaciones en donde había comenzado a trabajar unos meses antes—, pero casi nadie toma otra cosa aquí que no sea té o café.

Luna observaba todo esto desde la ventana abierta, a la que había tenido que escalar puesto que simplemente no le permitieron acceder al edificio. Para sorpresa de la gata, Setsuna se había mostrado mucho más accesible de lo que esperaba, y al parecer esta reunión llegaría a buen término sin que ella tuviera que intervenir, lo cual le agradaba.

—El té está bien, Setsuna, no hay ningún problema— aseguró la joven Tsukino mientras tomaba la taza que le ofrecía la otra mujer—. ¿Cómo está Hotaru?

Setsuna bajó la mirada, obviamente un poco triste al recordar a su pequeña—. No tan bien como Haruka, Michiru y yo quisiéramos. Aún no habla mucho con nosotras y estoy segura que no lo hará hasta que no arregle sus… asuntos inconclusos con ese hombre.

La rubia asintió, pero prefirió no hacer ningún comentario al respecto, pues no tenía muchas ganas de hablar sobre Sarnath.

—Dime, Usagi… ¿en qué puedo ayudarte?

—Hay algunas cosas que me gustaría preguntarte— inició la rubia—. Necesitamos información acerca de un artefacto conocido como La Llave de Plata.

—Pensamos que tal vez tú sabrías algo—agregó Luna desde el alfeizar.

La joven Meioh se cruzó de brazos y miró a Luna primero y a Usagi después. Cerró los ojos un momento con una expresión pensativa en su rostro y luego de un instante de silencio la mujer finalmente habló—, Jamás había escuchado sobre algún artefacto conocido como La Llave de Plata.

La bella rubia miró a Luna buscando asistencia y la gata asintió—, será mejor que le cuentes tu sueño Usagi.

Minutos más tarde, cuando su invitada terminó su relato, Setsuna suspiró y permaneció callada por un largo rato, meditando esta nueva información—. ¿Tienes idea de quién era el hombre que viste, Usagi?

—No, la verdad no— dijo la joven Tsukino—. Pensé que tal vez podrías decirme… quizás es mi imaginación pero… creo que ese hombre era el esposo de la reina Serenidad. ¿Crees que haya sido mi padre en el Milenio de Plata?

—Lo siento, pero no conocí al Rey en esa época y en cuanto a ese extraño con el que soñaste, honestamente no sé quién podría ser— dijo la morena lo más tranquilamente que pudo—. Esta es la primera vez que escucho algo como esto. Desafortunadamente no sé más de lo que Luna ya te contó.

—Entonces no hay nada que hacer— murmuró Usagi algo decepcionada.

—Tal vez sí podamos hacer algo— intervino Luna, que había tenido una idea de repente—. Durante el Milenio de Plata, la Reina Serenidad le entregó al Reino de la Tierra varios artefactos que se perdieron cuando Beryl comenzó su guerra.

—Eso significa que existe la posibilidad de que la Llave de Plata esté en este planeta— dijo Setsuna pensativa—. Si es un artefacto que perteneció a la Reina Serenidad, seguramente tiene alguna propiedad especial que Usagi puede detectar con el Cetro Lunar, aunque tal vez necesite ser modificado un poco, ¿no es verdad Luna?

—Sí, pero hacer eso no es difícil— comentó la gata—. Lo puedo hacer hoy mismo en el Centro de Comando.

— ¡Pues vamos de una vez!— pidió animada la rubia—, ¡gracias Setsuna, te contaremos en cuanto descubramos algo!

Setsuna asintió y luego de despedirse de Luna, que se descolgó de la ventana con precaución, se dedicó a terminar su té mientras meditaba sobre esta nueva información—. Así que nuestra Princesa Serentiy al fin tuvo un sueño en el que apareció su padre, pero… ¿por qué ahora?

La morena se sirvió más té y miró pensativa las figuras que formaba el humo que ascendía desde la taza. En realidad el que la princesa hubiera visto a su padre en un sueño no era algo que le preocupara, ya que algo así tendría que pasar tarde o temprano, pero eso otro que le habían dicho sí la desconcertaba—. La Llave de Plata… ¿qué será? Nunca escuché a la Reina Serenidad mencionarla y por lo que me ha contado Usagi es obviamente un objeto de gran importancia. ¿Qué es lo que se puede abrir con esa llave, y en dónde podrá estar oculta?

Luego de terminar su segunda taza de té, Setsuna decidió que sería necesario obtener información sobre esa llave perdida, y para lograrlo tendría que entrar al Flujo del Tiempo una vez más. Sólo que esta vez no buscaría "ventanas" al pasado en dónde mirar esperando que la casualidad le mostrara lo que deseaba. No, en esta ocasión tendría que visitar el castillo de su padre, el dios Chronos, y allí buscar a Tempus. La joven Meioh deslizó la punta de su dedo índice por el borde de su taza y suspiró, la idea de ver de nuevo al Guardián del Flujo del Tiempo le resultaba un poco incómoda, en particular porque no sabía qué esperar de él. Tempus siempre había sido un misterio para ella, y a Setsuna le molestaban en cierto modo los enigmas.

—Parece que tendré que ir a verlo— suspiró la morena, que entonces decidió esperar hasta tener noticias de Usagi. A fin de cuentas, si ella encontraba la Llave de Plata por su cuenta le ahorraría el viaje al Castillo del Tiempo, y eso le parecía algo estupendo.

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Sarnath se hundió hasta el cuello en la fuente llena de Aqua Vita y trató de relajarse. Desde su enorme fracaso en el Centro Comercial Soran, el soldado no se había atrevido a presentarse ante el Gran Necromante debido al temor que le provocaba pensar en el castigo que recibiría por no haber podido eliminar a las Sailor Scouts. Alejando ese lúgubre pensamiento de su mente, Sarnath logró finalmente relajarse mientras sentía como la magia del dorado líquido sanaba nuevamente la herida en su pecho, que aún no estaba completamente curada. El sentir la energía curativa remendar su cuerpo le recordó entonces los momentos que había pasado con Hotaru. Su mente divagó hasta que encontró el recuerdo del calor de la suave piel de su hermosa Princesa. Su mente no se conformó con eso y trajo de vuelta el momento en que posó sus labios sobre el bellamente esculpido y esbelto cuello de la joven Tomoe. El soldado se recargó en la orilla de la fuente y echó la cabeza hacia atrás mientras recordaba lo que siguió después, el momento en que Hotaru le había permitido besarla…

¿No te has cansado de seguir ordenes que en el fondo no quieres obedecer?— preguntó una voz que sacó a Sarnath de sus románticos recuerdos.

Al escuchar el comentario, el soldado se incorporó y miró a su alrededor pero no vio ni sintió a nadie. La única persona en el Cuarto de Curación era él—. ¿Quién está allí?

Tu vida y tu lealtad ya no le pertenecen a este oscuro sitio— agregó una voz diferente—, lo sabemos.

— ¿Por qué no se muestran?— preguntó Sarnath mientras salía de la fuente en la que había estado sumergido—, ¿Tienen miedo de enfrentarme?

No, no te tememos. Simplemente queremos ayudarte a entender que ya no necesitas seguir aquí— contestó una tercera voz

—Quizás tengan razón, pero no puedo escapar; el precio a pagar por abandonar al Gran Necromante es muy alto— respondió él, intentando ubicar a los intrusos invisibles que lo molestaban.

Sólo dices eso porque piensas que no tienes un hogar a donde ir, pero muy en el fondo sabes que eso no es verdad— dijo una cuarta voz.

Tal vez pronto entiendas por qué te hemos dicho esto— indicó la primera voz, regresando repentinamente a la conversación—. De cualquier modo, tan sólo queríamos agradecerte por liberar nuestras almas.

— ¿Liberar sus almas?— murmuró el soldado, confundido por esta extraña conversación. En silencio, esperó una nueva respuesta durante un largo rato, pero las cuatro voces ya no regresaron.

Cuando se convenció de que estaba solo una vez más, Sarnath tomó una túnica blanca y envolvió su cuerpo con ella. Intrigado por lo que le había sucedido, salió del Cuarto de Curación y comenzó a andar hacia sus aposentos, pero antes de que pudiera llegar a ellos para así meditar su reciente experiencia, un parásito lo interceptó y le entregó la orden de presentarse ante el Gran Necromante.

Minutos después…

El soldado no pudo evitar ser invadido por una oleada de pánico cuando entró al salón donde esperaba el Amo de la Fortaleza. Estaba seguro de que recibiría un castigo y de que no saldría vivo de allí. Frente al trono, arrodillado ante el fuego esmeralda que iluminaba la estancia estaba Kernath, aparentemente tan asustado como él. Pensando que al menos podría compartir su miseria y temor, Sarnath se colocó al lado de su compañero y también se arrodilló, concentrándose en no temblar mientras esperaba el juicio del Amo de la Fortaleza.

—Ninguno de los dos ha tenido un desempeño favorable— dijo el Gran Necromante una vez que sus dos vasallos estuvieron frente a él—. En especial tú Kernath. ¿Qué ha pasado contigo? Eres un soldado del más alto nivel y sin embargo unas niñas idiotas te han vencido en dos ocasiones. ¿Cómo puedes explicar semejante humillación?

—Mi especialidad son los campos de batalla, mi señor— respondió Kernath sin atreverse a levantar la mirada—, realizar ataques en pequeña escala como estos no es lo mismo a estar en medio de una guerra total.

—Buena excusa, lo tomaré en cuenta más adelante— contestó el hechicero, que entonces dirigió su atención a su otro siervo—. ¿Y tú Sarnath, cómo explicas tu repentina estupidez? Es obvio que tus sentimientos por una de esas miserables mujeres te han convertido en un total imbécil.

—Le aseguro que mi deseo de cumplir con nuestra misión permanece intacto— mintió Sarnath, quien tampoco se atrevió a levantar la vista—, y mis sentimientos siguen un propósito definido. Si consigo convencer a la mujer que me interesa de unirse a nosotros, nos haríamos de un aliado muy poderoso.

—Esa también es una buena excusa— concedió el maligno ser—. Tu idea me parece interesante, espero que consigas que esa mujer se una a nosotros… por el bien de ambos.

—Si no consigo que sea parte de nuestro ejército, aceptaré cualquier castigo— se apresuró a decir Sarnath.

—No olvidaré que dijiste eso. Kernath, tú eres quién más me ha decepcionado— dijo entonces el Gran Necromante con su armoniosa y bella voz mientras levantaba su mano, provocando que el suelo bajo los pies del aterrorizado monstruo se quebrara, tomando la forma de una enorme tenaza de roca que se mecía peligrosamente sobre su posible víctima.

— ¡Tenga piedad!— pidió Kernath—. ¡Deme una oportunidad más de servirle!

—… Tal vez sea conveniente permitir que intentes redimirte— decidió el Necromante después de un largo silencio durante el cual Kernath no dejó de temblar debajo de la ominosa garra—, tendré piedad contigo sólo por esta ocasión.

¡CRUUNNNCH!

Kernath no pudo reaccionar, pues la tenaza de roca se cerró de golpe, aplastando y destrozando por completo su brazo derecho, reduciéndolo a manchones irreconocibles esparcidos por todo el salón, para luego tomarlo por la cintura y lanzarlo violentamente contra la pared.

—Le destrozó el brazo— murmuró Sarnath—, ¿por qué…?

—Era necesario castigarlo, su desempeño ha sido mediocre. Y sin embargo le he tenido misericordia y no lo he matado— dijo el Amo de la Fortaleza—. Tendrá una oportunidad más para demostrar que puede seguir siendo útil a mis propósitos lo cual es mucho más de lo que se merece.

Kernath, que trataba de detener la terrible hemorragia que surgía a borbotones del muñón destrozado que había sido su brazo, gemía de dolor lo más calladamente que podía mientras se recargaba en la pared a fin de poder levantarse. A pesar del pánico y el terrible dolor que sufría, no podía sino estar agradecido por aún seguir con vida.

—Ve a que te arreglen ese brazo— ordenó el Gran Necromante—. Después irás a Tokio y no volverás hasta que me traigas la cabeza de la niña que te venció esta última vez.

Kernath asintió y sin separarse del muro a fin de no caer de bruces logró salir de la habitación, dejando tras de sí un abundante rastro de sangre.

—La efectividad de las colmenas ha bajado. ¿Alguna idea de cómo remediar esto?— Preguntó el hechicero, olvidándose de su otro siervo y concentrando su atención en el que aún estaba entero.

—…No lo sé… no he pensado en esa situación estos días…

El Gran Necromante giró su mano y el suelo bajo Sarnath tembló—. Si no piensas en una solución ahora mismo, me temo que terminaré bastante decepcionado de tu capacidad.

— ¡Podemos dejar de concentrarnos en Japón!— se apresuró a decir el soldado—. ¡Si las otras dos colmenas no han enviado su parte de Luz Blanca es porque no las hemos supervisado adecuadamente, yo mismo podría ir a evaluar a Mongoro en las colmenas de América!

— ¿Supongo que piensas que esta sugerencia te permitirá mantener a salvo a esa niña que quieres tanto?

—Ella no tiene nada que ver en esto. Usted me pidió una opinión y yo le respondí.

El Gran Necromante consideró la idea de Sarnath y finalmente bajó su mano, con lo que el suelo bajo los pies de Sarnath dejó de vibrar—. Muy bien. Irás a ver qué es lo que sucede en las colmenas de Mongoro. Tienes doce horas para prepararte. No regreses si no has enviado la Luz Blanca antes.

Sin una palabra más, el temible Amo de la Fortaleza se desvaneció detrás del velo que cubría su trono.

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En el Centro de Comando, Usagi esperaba impaciente a que las modificaciones a su Cetro Lunar estuvieran terminadas; Luna había llamado a Ami para que ayudara con los ajustes que deberían de realizarse y la joven Mizuno había estado trabajando junto a la gata durante ya bastante rato, lo cual sólo lograba que la rubia se sintiera más ansiosa debido a la larga espera.

—Un último ajuste en el sensor y… ¡ya está listo!— anunció Ami luego de terminar con su trabajo. Hecho esto, la muchacha de ojos azules sonrió y le entregó a Usagi su bastón—. Con esto podrás hacer lo que nos pediste.

—No se ve distinto— mencionó la joven Tsukino, sosteniendo el cetro con curiosidad, girándolo un par de veces en sus manos para intentar sentir algún cambio en el artefacto y notando que ni siquiera estaba más pesado.

—Es debido a que ahora está programado para responder cuando algún artefacto del Milenio de Plata que no sea uno de los que ya tenemos esté cerca, fuera de eso no se le realizó ningún cambio— explicó Ami.

—Y no le hicimos ninguna modificación que afectara su peso o su tamaño— agregó Luna.

—Ami… ¿crees que los Guardianes existan?— preguntó Usagi entonces, la rubia ya había guardado su cetro y quiso saber qué opinión tenía la más inteligente del grupo sobre ese asunto—. La persona que apareció en mi sueño los mencionó, pero aún no hemos visto a ninguno.

—Estoy convencida que los Guardianes de Cerefai existen— contestó la otra muchacha—. Aunque no puedo asegurarte que estén en Japón o que estén activos, al menos eso es lo que yo pienso basándome en lo poco que sabemos de ellos. De todos modos, me parece que sería interesante encontrarlos… ¿no lo crees?

—Honestamente no lo sé— respondió Usagi, recordando cómo Sarnath había mencionado las gemas de los Guardianes cuando la atacó unos días antes—. Supongo que sí, tal vez ellos podrían decirnos algo sobre lo que está pasando.

—Eso es muy posible. Pero no deberías de preocuparte mucho sobre si existen o no, ya nos preocuparemos de los Guardianes si alguna vez nos topamos con ellos. Pienso que por el momento lo más importante es encontrar la Llave de Plata para poder investigar lo que viste en tu sueño.

— ¿Alguna idea de dónde buscar primero?— Preguntó la rubia.

—Tal vez tengas suerte y la encuentres en algún lugar de la ciudad.

— ¿No vendrás conmigo?

—No puedo, tengo que regresar a la biblioteca— respondió Ami algo apenada mientras terminaba de guardar las herramientas que había usado para modificar el Cetro Lunar—. Lo siento Usagi, pero Kuro sufrió un resfrío y aún no está completamente recuperado. No puedo dejarle todo el trabajo así nada más.

— ¿Kuro?— la rubia notó de inmediato la manera en la que el tono de voz de Ami se había suavizado al mencionar a ese muchacho, lo cual era muy raro en la joven Mizuno—. ¿Quién es él? No recuerdo que hubieras mencionado antes a un chico que se llame así.

— ¡E-es un c-compañero de trabajo en l-la biblioteca… n-nada más!— tartamudeó Ami, que se dio cuenta de la manera en la que su amiga la estaba mirando y no pudo evitar sentirse bastante nerviosa. La joven Mizuno se reprendió a sí misma; había olvidado que Usagi (y Minako también) tenían un detector de posibles romances integrado y nunca dudaban en usarlo—. Ha e-estado a-algo enfermo y… y no sería a-apropiado dejarlo sólo mucho tiempo. Pero si quieres puedo acompañarte, sólo necesito llamar por teléfono y avisar que ya no regresaré por el día de hoy y…

—No es necesario— dijo Usagi, que no pudo contener una pequeña sonrisa al ver el sonrojo en el rostro de Ami. La rubia decidió que sería mejor dejar que su amiga volviera a la biblioteca con ese tal Kuro; ya después se encargaría de obtener algunos detalles más interesantes acerca de este nuevo y misterioso muchacho de la biblioteca que había logrado poner a Ami tan nerviosa—. ¿Pero mañana sí podemos hacerlo juntas? Así podremos platicar un poco a solas, hace mucho que no hacemos eso tú y yo.

—Sí… eso me parece bien. Así podré pedir permiso y arreglar las cosas para tener el día libre. Te veré mañana— prometió la joven Mizuno, ya más tranquila, mientras recogía sus cosas; una vez hecho eso, salió del Centro de Comando.

La joven Tsukino se quedó sentada en silencio durante varios minutos—. Luna… ¿no sientes que estamos como cuando nos conocimos?

—No entiendo qué tratas de decir Usagi— contestó la gata sin dejar de mirar la información en la pantalla principal del Centro de Comando

—Ami, Rei, Makoto y Minako… las cuatro han estado muy ocupadas últimamente y no hemos hecho muchas cosas juntas durante las vacaciones. Esto me recuerda cómo al principio sólo éramos tú y yo.

—Entiendo que esta vez no ha sido como en los años anteriores. Pero eso no significa que las chicas te retirarán su amistad o que dejarán de ayudarte, Usagi.

—Lo sé, y supongo que no debo ser tan egoísta con ellas— contestó la linda rubia, recordándose que sus amigas siempre la apoyarían—. Muy bien, basta de lamentaciones. Vamos a ver si logramos encontrar esa Llave de Plata en algún lugar de Juuban.

Varias horas después…

Usagi, cansada de veras, se sentó en una banca justo frente a las escaleras que bajaban a la estación del metro. En todo el tiempo que ella y Luna llevaban caminando no habían encontrado nada, ni siquiera habían logrado que el Cetro Lunar mostrara alguna reacción, lo cual desanimaba un poco a la rubia, quien había esperado tener éxito de manera casi instantánea.

—Ya basta por hoy— anunció Usagi, estirando las piernas para intentar relajarse un poco.

— ¿Estás segura?— preguntó la gata—, ¿no quieres buscar más?

—Ya tenemos horas caminando sin ninguna respuesta del Cetro Lunar— indicó Usagi—. No me estoy dando por vencida, pero la verdad tengo hambre, estoy cansada y preferiría ir a comer algo antes de pensar si vale la pena continuar hoy o no. Y no me digas que tú no tienes hambre Luna, que ya escuché gruñir tu estómago.

La gata se sonrojó—. Creo que algo de comida sí nos caería bien.

— ¡Por supuesto que nos caería bien!— reafirmó Usagi—, y ahora que lo pienso, no estamos muy lejos de la escuela de Mamoru y ya casi es su hora de salida. ¿Qué tal si le hacemos una visita sorpresa y lo dejamos que nos invite a comer?

—No lo sé— dudó Luna—, ¿sería conveniente? Recuerda que está ocupado con su trabajo de tutor.

— ¡Claro que es conveniente!— contestó Usagi con una sonrisa—. ¡Además, esto nos dará oportunidad de explicarle qué es lo que estamos buscando, estoy segura de que nos ayudará a cubrir más terreno con su auto!

Una vez que Usagi tomó esa decisión ya no hubo más que discutir y tomaron rumbo directamente a la Universidad Ko, llegando allí poco después de que los tutores salieron de una junta con el rector de la facultad. Mamoru, como siempre, se alegró de ver a su novia, pero su felicidad disminuyó un poco luego de escuchar el relato de la rubia. Claro, aceptaría invitarla a comer algo, y por supuesto que la llevaría a buscar esa Llave de Plata que estaban buscando, no podía hacer otra cosa. El resto del día Usagi y Mamoru lo pasaron juntos, recorriendo algunos lugares en los que recordaban haber enfrentado a los sirvientes de Beryl. Desafortunadamente, el Cetro Lunar de Usagi no detectó nada y al final, la joven Tsukino decidió intentarlo de nuevo con Ami al día siguiente, pues esperaba que su inteligente amiga pudiera tener ideas que les permitirían encontrar lo que buscaban con mayor facilidad.

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En otro lugar, varias horas antes…

Naru Osaka, sentada en la azotea de la Escuela de Talento, se entretenía mirando como sus compañeras, tres pisos más abajo, salían de clases y se perdían entre la multitud. El curso de verano terminaría pronto y las alumnas recibirían un diploma que les ayudaría a conseguir empleo en alguna agencia si así lo deseaban. Naru había escuchado que la mayoría de las clases en la escuela de talento serían interrumpidas durante el periodo escolar, ya que sólo se especializaban en cursos de verano y el resto del año la escuela sólo impartiría diplomados de arte no enfocados a estudiantes, sino al público en general. Pero las clases ya habían cumplido su objetivo: ese mismo día, varias de sus compañeras habían recibido ofertas de trabajo como coristas o bailarinas de alguna de las muchas cantantes de música pop que inundaban Japón y otras tantas, buenas ofertas de un grupo de ballet clásico que necesitaba bailarinas para su nueva temporada. Naru había recibido seis ofrecimientos, entre ellos, una oferta de trabajo para modelar ropa de una agencia extranjera. No había sido sorpresa que Minako Aino, la alumna estrella de la escuela, hubiera recibido quince ofrecimientos para diversos trabajos, muchos más que cualquier otra de las estudiantes.

Pero esa no era la razón por la que Naru estaba en ese lugar. La joven Osaka esperaba a la directora de la escuela, Sara D'Neige, para discutir cierto asunto relacionado con una fuerte premonición que había tenido esa mañana. Un sonido detrás de ella le alertó que a la persona que necesitaba ver había llegado al fin.

—Ya estoy aquí Naru… ¿qué deseabas decirme? Espero que sea relacionado con los demás Guardianes.

—De hecho sí, es sobre eso— contestó ella—. Tuve una premonición esta mañana antes de venir aquí… normalmente sólo veo cosas en sueños que se relacionan con el pasado de mi bisabuela, pero en esta ocasión fue diferente y tal vez no sea nada pero pensé que sería mejor comentarlo contigo.

Sara se mostró extremadamente complacida—, parece que tu guantelete se ha integrado bien contigo y está empezando a mostrarte los murmullos del viento, y eso es algo que casi nunca sucede. ¿Qué fue lo que viste?

—Vi a un muchacho que llevaba una de las gemas colgada al cuello. Era una gema de color gris— Naru hizo una pequeña pausa—. Creo que sé en dónde va a estar hoy.

— ¡Una gema gris! Perfecto, eso significa que el Guardián del Trueno pronto estará con nosotras. ¿En dónde lo encontraremos?

—Lo vi entrar al Club Techno Spider, por la noche— Naru hizo una mueca de desprecio—, es un lugar que tiene muy mala reputación… dicen que allí venden drogas y que es controlado por los Yakuza. No sé si eso es verdad, y aunque nunca he ido a ese club, sí sé en dónde está.

— ¿Estás segura de que ese muchacho que viste tenía una gema gris?

—Sí, muy segura— dijo la joven Osaka, que entonces guardó silencio, aunque era obvio que tenía algo más que decir.

— ¿Qué sucede?— le preguntó la directora.

—Es sólo que… creo que necesito más entrenamiento— suspiró Naru—, recordar los ataques especiales de la Guardián del Viento es una cosa, pero saber usarlos en combate… eso es algo muy distinto.

— ¿Quieres entrenar?— preguntó Sara, quien no creyó que Naru desearía volverá hacerlo tan pronto después de su experiencia con el cofre de hielo—. Muy bien, lo haremos luego de encontrar al siguiente guardián.

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Minako Aino se sentía feliz, satisfecha y muy orgullosa de sí misma; no sólo había conseguido ser nombrada la mejor estudiante de la Escuela de talento, sino que le habían asegurado que recibiría una mención especial junto a su diploma y además, le habían llegado muchas ofertas de trabajo. Pero lo más especial de todo era que al fin dejarían salir a Wakagi del hospital y que ella lo acompañaría hasta su casa. Le molestaba un poco que él no hubiera podido salir antes, pero los doctores detectaron restos de una sustancia tóxica en su sangre y decidieron no darlo de alta hasta que esos residuos desaparecieran. Pero eso no importaba ya. El joven detective ya estaba recuperado y Minako estaría allí para acompañarlo y por supuesto, para asegurarse de que cumpliera su promesa de invitarla a salir.

Sin embargo, los planes de Minako quedaron totalmente anulados cuando, mientras atravesaba el jardín cercano a su escuela, se encontró con Makoto Kino esperándola.

La expresión en el rostro de Makoto denotaba una fuerte inquietud y era fácil ver que la joven Kino se sentía terrible por alguna razón que obviamente estaba atormentándola sin descanso. Ver a su amiga en ese estado consiguió que Minako dejara de sonreír al instante, su buen humor siendo inmediatamente remplazado por honesta preocupación.

—Hola Minako— saludó Makoto sin esforzarse por sonreír—. ¿Dónde está Artemis? Normalmente está contigo.

—Hola Makoto— contestó Minako, alarmada por el tono de temor presente en la voz de su amiga—, Artemis se quedó en casa. Pensaba salir a patrullar con él hasta esta noche.

—Ya veo. ¿Te molesta si camino un poco contigo?

—No, para nada— luego de andar un poco, y cansada de esperar a que la joven de cabello castaño compartiera sus preocupaciones, Minako perdió la paciencia y finalmente preguntó—. ¿Qué te sucede? Te ves terrible y ya no puedo soportar verte así.

—Lo sé… la verdad es que necesito que me ayudes— respondió Makoto, sus ojos fijos en los de su amiga.

—Pide lo que sea— contestó la rubia—, ¿qué necesitas?

La joven Kino suspiró y se recargó en un árbol cercano; guardó silencio por un instante, organizando sus pensamientos hasta que se sintió capaz de compartir su problema con Minako—. Alguien muy importante para mí está en problemas con los Yakuza, y no sé cómo ayudarlo… tú tienes experiencia enfrentando criminales, así que pensé que tal vez sabrías qué hacer.

— ¿Es el muchacho que mencionaste de pasada cuando fuimos al Centro Comercial Soran?— preguntó Minako pensativa—. ¿Qué es lo que hizo para meterse en un problema tan gordo?

Makoto asintió y dejó escapar un triste suspiro—. Sí, es ese muchacho. Se llama Carlos. No estoy segura de qué hizo para que lo busquen esos criminales, pero lo han retado a una pelea en un club nocturno. El problema es que no puedo ayudar porque eso pondría en peligro a sus padres, los matarán si alguien interfiere.

— ¿Y él sabe que tú te enteraste de todo esto?

—No, no lo sabe. ¿Y tu amigo detective?— preguntó Makoto, recordando entonces a Wakagi—. ¿No crees que él podría ayudarnos?

—Toshio apenas saldrá hoy del hospital. Sé que ayudará si se lo pedimos, pero no quisiera que se agitara si aún está débil— respondió la rubia—. Pero estoy segura de que él podría pensar en un buen plan. Bien, ya está decidido, ven conmigo.

— ¿A dónde iremos?

—Al hospital en donde está Wakagi. Será mejor que le contemos todo— indicó Minako, que tomando a Makoto por el brazo, la llevó a ver al joven detective.

No mucho después…

Las dos amigas se sentaban frente a Wakagi Toshio en una mesita en el rincón más discreto del restaurante del hospital. Wakagi ya se había cambiado de ropa y llevaba su habitual traje marrón, ya estaba listo para salir cuando las chicas llegaron, pero a petición de Minako aceptó escuchar lo que Makoto tenía que decir y ahora se sentía bastante interesado en lo que le habían contado, pues significaba una buena oportunidad de ver cómo arrestaban a varios miembros de un grupo de Yakuza bastante peligroso.

—Esto será complicado— opinó el joven detective mostrándose pensativo—. Tu amigo se metió con un grupo criminal de los peores en la ciudad. Tenemos un par de opciones pero todo depende de algo que necesito saber. Dime, Minako… ¿tu amiga también es una Sailor Scout?

—Sí, ella es Sailor Júpiter— contestó Minako de inmediato.

Makoto miró entonces al detective, ansiosa por saber cuál sería el plan que había trazado—, ¿qué es lo que vamos a hacer para ayudar a mi… a Carlos?

Toshio se recargó en su silla y terminó su café con lentitud, sabía que las Sailor Scouts preferían evitar arrastrar a las autoridades en sus asuntos, por lo que no estaba seguro de que les gustaría la idea que pensaba proponerles—. Haremos esto: Los tres entramos al club Techno Spider a la hora indicada y evitamos que maten a tu amigo. Si todo sale bien, será posible apoyar para que capturen a buena parte de la banda.

—Lo siento, pero no me agrada ese plan, Wakagi— intervino Minako, inclinándose hacia el joven detective con una expresión de apuro—. ¡Te acaban de dar de alta, no puedes arriesgarte!… Si ese es tu plan, entonces nosotras podemos hacerlo sin problemas.

—Yo tengo más experiencia cuando se trata de criminales que ustedes dos, y soy el único que podría conseguir que la policía nos apoye— discutió Wakagi, quien ya esperaba que Minako respondería de esa manera—. ¿Por qué no quieres que las acompañe?

— ¡Porque no quiero que te vuelvan a herir como la última vez que trabajamos juntos!— dijo Mina con firmeza, la cual logró transmitir a sus palabras aun cuando mantenía baja la voz—. ¡Casi te matan frente a mí, Toshio!

Al mirar la expresión de angustia en el rostro de la hermosa rubia, Wakagi no pudo encontrar ningún argumento para discutir e incluso ni siquiera notó que ella había usado su nombre en lugar de llamarlo por su apellido, como siempre hacía—. Bien, no entraré con ustedes al club, pero estaré cerca y listo para llamar a la policía en cualquier momento. Sólo que ustedes dos deben prometerme que tendrán mucho cuidado y que no se arriesgarán más de lo necesario, y es que yo tampoco deseo que a ti te pase nada Minako… me importas demasiado como para que alguien te haga daño.

Un silencio cayó entre las dos chicas y Wakagi; ninguno de ellos podía encontrar la manera de continuar la conversación, pues Minako simplemente estaba muy feliz al saber que él se preocupaba por ella lo bastante como para decir algo así, mientras que el joven detective sólo se limitaba a esperar para saber qué es lo que la rubia respondería. Makoto, por su parte, no pudo evitar sentir cómo la invadía una ola de angustia pues sabía bien que si algo malo le pasaba a Carlos, ya no podría volver a experimentar algo tan dulce como la escena entre Wakagi y Minako que se desenvolvía frente a ella.

—Creo que será mejor que nos veamos a las nueve de la noche afuera de la casa de la familia Gokai— dijo el detective luego de aclarar su garganta y darse cuenta que nadie más diría nada.

—Estoy de acuerdo— comentó Makoto mientras se levantaba y se despedía con una débil sonrisa; a pesar de su preocupación por su querido Carlos, la joven Kino entendía que su amiga y el policía se merecían un poco de tiempo a solas y además, tenía ya el consuelo de que ambos estaban dispuestos a ayudarla, lo que en realidad la hacía sentirse un poco mejor—. Les agradezco mucho que hagan esto. Te enviaré a tu celular la dirección de los Gokai, Minako. Los veré allá por la noche.

Y sin decir más, Makoto salió del hospital.

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La espera no era agradable, Makoto caminaba en círculos por todo su departamento, pensando qué hacer para terminar con su ansiedad y por más que se esforzaba no podía pensar en nada. Sí, había conseguido la ayuda de Minako y Wakagi, y los padres de Carlos seguramente no estarían en peligro pero eso no le parecía suficiente, en especial porque no tenía la seguridad de que Carlos no haría alguna estupidez antes de que pudieran llegar a ayudarlo, y eso era lo que más la preocupaba. A pesar de eso, no se atrevía a llamar a las demás, pues temía que pedirles ayuda en esta situación les parecería una pérdida de tiempo, en especial considerando las cosas que habían estado sucediendo últimamente, como el ataque que sufrieron en el Centro Comercial Soran. Fue por eso que a Makoto le había costado mucho trabajo atreverse a pedirle asistencia a Minako, y sólo lo había hecho debido a que pensaba que su amigo detective podría ayudarle a poner fin al grupo de Yakuza que molestaban en el vecindario de la familia Gokai.

—Creo que será mejor que vaya de una vez a verlos— murmuró ella para sí, pensando en que valdría la pena ir a visitar a los padres de Carlos, sólo para asegurarse de que estarían bien. Tomando esa decisión, la muchacha de cabello castaño tomó su bolsa y salió rápidamente de su departamento.

No mucho después, la joven Kino tocaba la puerta de la familia Gokai.

— ¿Makoto?— preguntó asombrada la señora Gokai al abrir la puerta—. Es un poco tarde pero no deja de ser una agradable sorpresa que nos visites. ¿Carlos te invitó a cenar?

—No señora Gokai, nadie me invitó a cenar, pero estaba cerca y pensé que podría venir a saludar— respondió Makoto, sonriéndole abiertamente a la señora Gokai, feliz de verla a salvo—. ¿Puedo hablar con Carlos?

—Por supuesto, está en su habitación. Puedes esperar en la sala mientras voy a avisarle que estás aquí.

Makoto se adelantó un poco para detener a la otra mujer—. ¿Le molestaría si voy yo misma a buscarlo?

La mujer sonrió y puso su mano en el hombro de la joven Kino, era la primera vez que hacía algo como eso pero a la señora Gokai le agradaba mucho Makoto, e incluso le parecía que estaba empezando a sentir un honesto cariño por la muchacha—. Por supuesto que no hija, ve y habla con él. Su recamara es la tercera después de subir las escaleras.

—M-muchas gracias— contestó Makoto inclinándose ligeramente, un poco asombrada ante la amabilidad de la mujer, pero más que nada por la manera en que la había llamado hija, y es que a la joven Kino nadie la llamaba así desde hacía muchos años, y le sorprendió lo mucho que le gustaba escuchar a esta mujer usar esa palabra para dirigirse a ella—. No se preocupe, no tardaré mucho.

—Toma el tiempo que quieras— le respondió la señora Gokai con un guiño antes de regresar a su cocina.

Luego de subir las escaleras y mientras recorría el pasillo del piso superior, Makoto aún intentaba decidir qué iba a decirle a Carlos acerca del problema con los Yakuza. Esperaba con todas sus fuerzas ser capaz de convencerlo de lo peligroso que sería asistir al desafío.

— ¿Carlos, puedo pasar?— llamó ella cuando estuvo fuera de su recamara, sintiéndose muy pequeña de repente a causa de la angustia.

—La puerta está abierta, Makoto. Entra por favor.

Ella obedeció y se encontró a Carlos sentado en una banca junto a su ventana, sus ojos fijos en su guitarra, sus manos hábilmente trabajando en las cuerdas del instrumento. Esta aparente tranquilidad no hizo más que incrementar la preocupación que sentía la muchacha de cabello castaño. El buen humor que había tenido luego de la bienvenida de la señora Gokai terminó por extinguirse en cuanto la joven Kino pensó en lo terrible que sería ver a Carlos lastimado.

—Esta es la primera vez que entras a mi habitación. De haber sabido que vendrías habría puesto todo en orden.

Hasta ese momento la joven de cabello castaño no había notado que sí había un poco de desorden: revistas de música y algunas partituras podían verse desordenadas en un escritorio, algunos libros de artes marciales estaban sobre la cama, una segunda guitarra estaba en el suelo cerca de él y había dos chamarras amontonadas en la única silla de la habitación—. No es tan grave y eso no importa, Carlos. Estoy aquí porque necesito hablar contigo sobre lo que piensas hacer hoy por la noche.

El muchacho, que había dejado lo que estaba haciendo para poder mirar a Makoto, se incorporó al escuchar lo que ella acababa de decir y la miró con una expresión de inocencia fingida—, ¿de qué hablas? Hoy no tenía pensado hacer nada especial.

Makoto se acercó a Carlos y luego de rebuscar en su bolso, le mostró la nota que accidentalmente había dejado caer afuera de su departamento—. Eso no es lo que dice aquí.

El joven Gokai suspiró derrotado y caminó por su recámara hasta dejarse caer vencido en su cama—. Ahora entiendo por qué no podía encontrar ese estúpido papel por ningún lado.

— ¿De qué se trata esto?— preguntó Makoto acercándose a él, pero sin atreverse a sentarse a su lado—. ¿Qué tienen contra ti los Corbatas Blancas?

—Nada, no tienen nada en particular en contra mía— el muchacho desvió la mirada sin agregar más.

Makoto se sentó junto a Carlos y tomó sus manos entre las suyas, lo cual logró que él finalmente la mirara de frente—. Puedes decírmelo… ¿no confías en mí?

—Claro que sí, confío en ti completamente— el joven Gokai hizo una pequeña pausa y entonces comenzó su relato—. Hace poco me encontré con un grupo de Yakuza molestando al señor Sung dentro de su tienda, no podía permitir eso así que… bueno, digamos que hubo una pelea, pero al final logré sacarlos del negocio. Fue de ese modo que me enteré que esos criminales cobran protección a los comerciantes de la zona… tú sabes que la mayoría de ellos no pueden permitirse ese tipo de chantaje. Al poco tiempo de ese pleito, los Yakuza me interceptaron en la calle y me dieron la nota que encontraste.

—Lo entiendo, y estoy de acuerdo en que tenías qué hacer algo para detenerlos, pero ya hiciste demasiado. Podemos llamar a la policía, y ellos…

—No serviría de nada. Los Yakuza vendrían otra vez— interrumpió él—. Ya ha pasado antes, me lo contó el señor Sung. Ganar esta pelea es la única forma de conseguir que se larguen de aquí.

—Creo que estás equivocado. Si asistes a ese desafío sólo conseguirás que las cosas empeoren— discutió Makoto.

—Es posible— contestó él—, pero esta es la mejor oportunidad que tengo para detener a los Yakuza y no puedo dejarla pasar.

—Quédate aquí, Carlos, no te arriesgues de este modo— pidió ella, esperando poder hacer que cambiara su decisión—, si vas al club nocturno podrías salir herido.

—Eso lo sé, pero tengo que ir— respondió el muchacho mientras se levantaba y se acercaba una vez más a la ventana. El muchacho hacía girar entre sus dedos el cuarzo gris que pendía de su cuello, pues hacer eso lo ayudaba a tranquilizarse—. Como quisiera que no te hubieras enterado, Makoto.

La joven mujer se puso de pie y se acercó a Carlos, dudó por un momento y finalmente, lo abrazó por el costado—. Por favor, quédate aquí conmigo.

—Te aseguro que nada me gustaría más— dijo él, girándose para poder tomar a Makoto en sus brazos.

La muchacha se relajó casi de inmediato al sentirse abrazada por Carlos, y se permitió un respiro mientras disfrutaba la sensación de tener a la persona que había comenzado a querer, quizás demasiado, cerca de su corazón. Dejándose llevar, la joven de cabello castaño subió lentamente sus manos por su pecho hasta que llegaron a enmarcar su rostro. Makoto sonrió al notar que a él le gustaba esa caricia, y no se sorprendió cuando Carlos cerró el espacio entre ellos y la besó. Fue un beso más profundo de lo que esperaba y al sentir cómo los labios de Carlos se abrían, ella siguió su ejemplo y abrió también los suyos, dándole acceso a su boca, permitiendo que le mostrara un tipo de calor que jamás había experimentado, una pasión más adulta, más completa, capaz de proporcionarle un placer que ella nunca imaginó posible. Las manos de Carlos le recorrieron la espalda con suavidad y la apretaron contra él a medida que el contacto se hacía más y más apasionado. Finalmente, y con el sabor de Carlos ahora firmemente guardado en su memoria, el beso terminó y Makoto respiró profundamente, luchando para recuperar el aliento luego del ardiente beso que acababa de terminar. Al mirarlo, la joven Kino pensó que Carlos le diría que se quedaría a su lado, pero la mirada en sus ojos la hizo comprender que el delicioso momento que acababan de compartir había sido una despedida.

—Tenme confianza, te prometo que volveré contigo— juró él, que sin decir más saltó por la ventana.

Makoto no pudo reaccionar de inmediato, y ya no pudo hacer más que mirar cómo su… ¿novio? escalaba el alto muro que rodeaba el jardín con facilidad y alcanzaba la calle. La muchacha dejó escapar un suspiro de angustia y bajó las escaleras. Luego de despedirse lo más cortésmente que pudo y sin decirle a la señora Gokai nada sobre Carlos, salió a la calle y caminó hasta el lugar en donde había acordado encontrarse con Minako y Wakagi. Al mirar su reloj, notó que no faltaba mucho para las nueve de la noche.

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El Club Techno Spider era un centro nocturno muy popular entre cierto tipo de jóvenes adinerados de varios distritos de Tokio debido a razones muy particulares tales como el que allí era fácil conseguir distintos tipos de drogas, realizar apuestas bastante ilegales y disfrutar de ciertos eventos fuera de la ley que eran presentados en ocasiones, entre los cuales se destacaban las peleas clandestinas en las que era posible apostar por un vencedor. La música que se tocaba en el club siempre era la más moderna del género electrónico, y en ocasiones había presentaciones de DJs populares. El club había comenzado a ser usado para actos criminales solo un par de años antes, cuando la banda de Yakuza conocida como los Corbatas Blancas consiguió el control del lugar y decidieron utilizarlo como su centro principal de lavado de dinero. Desde entonces Tarántula, el alto y musculoso líder de los Corbatas Blancas, quien era un fanático obseso de las artes marciales, había, en varias ocasiones ya, convertido la pista de baile del Techno Spider en una arena de pelea para él y sus hombres cada vez que necesitaba reafirmar su liderazgo o simplemente destrozar a algún tipo que se creía muy valiente, lo cual pensaba hacer esa misma noche.

Tarántula, bebiendo pensativo en la barra del club, esperaba impaciente la llegada de Carlos Gokai. El Yakuza había memorizado el nombre del muchacho, pues era el único que había estado lo bastante loco en los últimos dos años como para enfrentarse a sus hombres. En realidad le parecía muy divertido que un mestizo Latino-Japonés había sido el que al final volvería a darle una oportunidad para pelear sin preocuparse de no matar al oponente y mientras bebía y pensaba en esto, observaba atentamente una fotografía que se había conseguido esa mañana y que mostraba a ese Carlos junto a una muchacha. Tarántula tenía que admitir que la adolescente de la foto no estaba nada mal.

—Tu mujer es muy atractiva, mestizo de porquería— murmuró Tarántula luego de un largo trago de cerveza—, pero sobre todo tiene unas tetas enormes, justo como a mí me gustan.

El maleante sonrió con malicia, deseando que el tal Carlos fuera lo bastante idiota como para traer a su novia con él, pues de ese modo podría usar a la muchacha para divertirse un rato después de la pelea. Quizás incluso dejaría mirar al estúpido mestizo mientras violaba a su mujer, esa sería la mejor manera de enseñarle a no meterse con los Corbatas Blancas. Terminándose su cerveza, Tarántula miró ansioso hacia la entrada de su club, sabía que su presa ya no tardaría, y la anticipación por la pelea le hacía hervir la sangre.

Y mientras el Yakuza urdía esos horribles planes, dos figuras ocultas en el techo del Club Techno Spider se mantenían ocupadas vigilando la entrada del antro con gran atención, y esperaban pacientemente el momento más adecuado para cumplir con lo que habían venido a hacer a este lugar.

Abajo, un joven alto de cabello castaño oscuro y profundos ojos verdes miraba con atención las puertas del club. Extrañamente y a pesar de la terrible situación en la que se encontraba, Carlos no podía dejar de pensar que la enorme telaraña hecha con alambre de púas que adornaba la entrada del club era un adorno bastante estúpido y de un muy mal gusto. Acomodándose la chamarra y dejando de mirar el horrible adorno de la entrada, el muchacho finalmente se dirigió a las puertas del club, pasando junto a la larga fila de personas esperando turno para entrar hasta llegar frente al cadenero, quien le dedicó una mirada de extrañeza que no duró más de un segundo, pues inmediatamente reconoció al tipo que se había atrevido a enfrentar a sus compañeros de la banda. Sabía perfectamente qué hacer y no pudo evitar sonreír divertido al imaginar el modo en que ese muchacho engreído terminaría aplastado por los puños de Tarántula.

—El jefe te está esperando— comentó el Yakuza levantando la cadena que controlaba el acceso al club para permitirle entrar al joven Gokai—, y no le gusta esperar.

—¿Y eso a quién carajos le importa?— respondió secamente Carlos mientras entraba al bar, ignorando la irritada mirada del Yakuza y las quejas de la gente que aún estaba esperando turno para entrar mientras caminaba por el pasillo bañado de luces de neón que conducía hasta la pista de baile.

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—Ya pasa de las nueve. ¿Creen que lleguemos antes que él al club?— Preguntó Makoto desde el asiento trasero del auto de Wakagi Toshio. La joven Kino se había encontrado con Minako y el detective poco antes, y no podía dejar de sentirse cada vez más preocupada con el pasar de los minutos; la idea de que en ese momento Carlos podría estar en peligro mortal no le permitía ni un momento de tranquilidad.

—No lo sé, espero que sí— le contestó Minako, girándose para poder mirar a su amiga—, hay mucho tráfico, Makoto.

La muchacha de cabello castaño se limitó a asentir y guardó silencio, haciendo un gran esfuerzo por no perder la calma mientras Wakagi hacía lo mejor posible para avanzar entre el pesado tránsito que inundaba la calle.

—Ya llegamos— anunció unos minutos después, deteniendo su Nissan rojo en la esquina de la calle donde se ubicaba el club Tecnho Spider—, como acordamos, me quedaré cerca de aquí y las ayudaré en caso necesario. Voy a llamar a la policía, mis contactos ya me aseguraron que estarán aquí lo más pronto posible. Vayan y tengan cuidado.

—Lo tendremos— prometió Minako—, todo saldrá bien.

—O al menos espero que así sea— murmuró Makoto, que sin más salió del auto y se quedó de pie sin moverse ni un milímetro, esperando a que su amiga la alcanzara mientras sufría rumiando su ansiedad. Minako la alcanzó casi de inmediato.

El auto del detective se alejó, aunque ambas jóvenes sabían que Wakagi estaría alerta sólo una calle más adelante, a espaldas del club nocturno, listo para prestarles apoyo si notaba algo extraño.

—Toshio ya estaba marcando a la estación de policía— informó la rubia—, estoy segura de que pronto habrá bastantes policías aquí cerca.

—Está bien, Mina— respondió Makoto sin dejar de mirar angustiada en dirección del bar Techno Spider.

—En ese caso, pongamos manos a la obra— dijo Minako, caminando hacia el centro nocturno, sólo para detenerse un par de pasos más adelante al darse cuenta de que Makoto no caminaba junto a ella—. ¿Vamos a hacer esto o te piensas quedar parada allí toda la noche?

—No, por supuesto que no… entre más pronto terminemos, mejor— respondió Makoto saliendo del estupor en el que su preocupación la había metido, decidiendo que no podía permitirse que el amor que estaba empezando a sentir por Carlos Gokai la convirtiera en una niña indecisa y débil. Con pasos firmes, la alta adolescente comenzó a caminar junto a su amiga, pero a pesar de su nueva determinación, no pudo dejar de estudiar atentamente el club nocturno, de mirar sus paredes grises sobre las que habían pintado telarañas de diversos colores y de sentirse completamente repelida por el bar y por las personas haciendo fila mientras esperaban entrar. La joven Kino descubrió que el lugar le desagradaba cada vez más, y deseó con todas sus fuerzas que todo este lío terminara rápido y sin grandes complicaciones para poder alejarse de ese antro controlado por criminales. Al menos no tendría que temer por los padres de Carlos, gracias a que Wakagi había conseguido que dos policías amigos suyos se quedaran montando guardia frente a la casa de los Gokai, algo que le permitiría concentrarse por completo en la tarea que tenían por delante.

—Será mejor si primero intentamos entrar por la puerta principal— opinó Minako, tomando el control de la situación a fin de evitar que en su preocupación Makoto hiciera algo que echara a perder las cosas—. Somos las chicas más lindas de por aquí, creo que nos dejarán entrar sin problema.

—Yo pienso que no nos dejarán acercarnos a la puerta— dijo la joven Kino, notando la estrafalaria vestimenta de los muchachos en la fila—, no con esta ropa.

Minako golpeó ligeramente el brazo de Makoto y le sonrió confiada cuando su amiga la miró sorprendida por lo que había hecho—. ¡Al contrario! Esto nos favorece, con nuestra ropa podremos resaltar y así podremos entrar más rápido.

—Espero que tengas razón— murmuró la joven Kino, reanudando la marcha hacia la entrada del club al lado de su amiga.

El Yakuza encargado de vigilar la entrada del Techno Spider no tardó en notar a Makoto. Había visto la foto de Carlos y su novia, y Tarántula le había ordenado estar atento en caso de que la chica del joven Gokai se apareciera. También le había dejado muy en claro de que si veía a la muchacha, la hiciera pasar de inmediato.

— ¡Oye, tú, la chica de suéter amarillo!— Makoto levantó la mirada y se encontró con que el cadenero la llamaba. Apuntándose incrédula a sí misma con el dedo índice, dudó si debía avanzar o retirarse y tratar de entrar por la parte de atrás.

— ¿Es conmigo? — preguntó ella, avanzando incierta hacia la entrada.

— ¡Sí, te hablo a ti!— Insistió el cadenero— ¡acércate!

— ¡Vamos!— la animó Minako—. Si quieres entrar a buscar a Carlos esta es la mejor oportunidad que vamos a tener; sí, quizás sea una trampa, pero hemos estado en peores situaciones así que… ¡haz lo que te dice!

— ¡Ya voy, no me empujes!— respondió Makoto, que comenzó a abrirse camino entre la multitud. Cuando las dos muchachas llegaron hasta la puerta, el cadenero las hizo pasar de inmediato y sin preguntarles nada.

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El interior del club Techno Spider era bastante impresionante. El centro nocturno tenía un techo muy alto cruzado por vigas de las que colgaban cientos de luces de neón y arañas de utilería cubiertas de aluminio que refulgían de cuando en cuando mientras giraban. La gran pista de baile, extrañamente vacía en ese momento, era de forma circular y el piso había sido decorado con mosaicos blancos y negros que formaban una telaraña. Alrededor de la pista había varias mesas que quedaban separadas de la zona de baile por un desnivel y un barandal de metal, y al otro extremo de la entrada se podía ver la bien surtida barra del bar. Fuerte música electrónica mantenía el ambiente del lugar al máximo, y los muchachos y adultos jóvenes que comprendían la clientela del lugar estaban pasándola bastante bien, ya fuera bailando entre las mesas o conversando a gritos y carcajadas. Lo cierto es que el ambiente no le sentó nada bien a Makoto, mientras que a Minako no pareció afectarle demasiado estar en una discoteca tan animada como esa.

—Pensé que el lugar sería distinto— opinó Minako mirando la decoración—, ¿dónde está tu novio?

Makoto ignoró el comentario de Minako y simplemente se abrió paso entre la gente a empujones hasta que llegó el barandal que rodeaba la pista de baile—. ¡Llegamos tarde!

La joven Aino siguió con no poca dificultad a su amiga y cuando estuvo junto a ella, siguió su mirada y se encontró que la pista de baile era ocupada sólo por dos hombres que sin duda alguna estaban por empezar a pelear—. ¿Carlos es el que lleva esa chamarra gris?

—Sí, él es— contestó Makoto, que en ese momento perdió la calma que había logrado conservar con tanto esfuerzo—, ¡tenemos que ayudarlo ya!

— ¡Espera un poco y contrólate!— pidió Minako mientras detenía a su amiga por los hombros— ¡si hacemos algo ahora pondremos a Carlos en desventaja!

—Pero...

—Escúchame bien, Makoto y hazme caso. Carlos no sabe que estás aquí, si te apareces de repente, lo distraerás y eso lo pondría en peligro. Es mejor ayudarlo sólo si comienza a perder la pelea— explicó la rubia—. Todos estarán distraídos viendo el combate, eso nos permitirá entrar a los baños y transformarnos sin llamar la atención, justo como acordamos con Wakagi.

Haciendo un gran esfuerzo, Makoto logró controlarse una vez más—, de acuerdo, haremos eso.

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Carlos miró su reloj discretamente, ya casi eran las diez, la hora en la que tendría que pelear con el jefe de los Corbatas Blancas. El muchacho estaba consciente de que ganar esta pelea no cambiaría mucho las cosas en el distrito, pero confiaba que si lograba derrotar a Tarántula se ganaría al menos un poco de respeto de los otros Yakuza, lo cual le permitiría, como mínimo, evitar que molestaran en los comercios de la zona y aunque sabía bien que quizás ni si quiera con esto lograría su objetivo, sí sabía que deshacerse por un tiempo del jefe de la banda podría permitirle a la policía hacer algo con mayor facilidad, lo cual, a final de cuentas, era algo que sí valía la pena. Carlos miró de nuevo su reloj. Las diez al fin. La pista de baile fue vaciada por varios de los hombres de Tarántula y una vez que terminaron con esto, uno de ellos fue hasta la mesa en donde lo habían hecho esperar y lo invitó a seguirlo. Carlos obedeció y entró a la pista, avanzando hasta el centro, mirando a su alrededor buscando al jefe de la banda sin éxito; no lo había visto todavía y eso no le gustaba, le hacía pensar que tal vez le harían trampa. Respirando profundamente, el muchacho tensó y relajó sus músculos un par de veces para calmarse y poder volver a concentrarse en lo que debía hacer. Fue entonces que la gente que se agolpaba frente a él fuera de la pista de baile se hizo a un lado y el barandal se abrió para que Tarántula pudiera entrar.

En cuanto Tarántula entró en la pista, arrojando su saco negro al suelo y desanudando su corbata blanca mientras caminaba hacia su oponente, la estridente música electrónica cesó, dejando que sólo las voces de la multitud reunida en el centro nocturno llenara el ambiente con un sonido que a Carlos le recordó al zumbido de un avispero. De haber mirado a sus espaldas en ese momento, el joven Gokai habría visto cómo Makoto se abría paso con dificultad hasta llegar a la orilla de la pista baile, pero no lo hizo. La atención del muchacho estaba completamente concentrada en el mafioso que se le acercaba.

—No esperaba que vinieras, muchacho; creí que te quedarías llorando en tu casa— se burló el Yakuza al tiempo que se desabrochaba la camisa negra a fin de quedar más cómodo para la pelea—. Admito que tienes agallas, y si hubieras llegado antes hasta te habría invitado una cerveza. Pero llegaste tarde, y ahora tendré que conformarme con simplemente romperte los brazos.

—Pareces muy confiado— observó Carlos, que imitó a su oponente y se quitó su chamarra gris, la que arrojó a un lado sin dejar de mirar al criminal—, ¿has pensado que podrías perder hoy?

—No hagas bromas estúpidas, nadie me ha vencido jamás— rió el Yakuza.

—Siempre hay una primera vez para todo— contestó Carlos, que simplemente adoptó su pose defensiva, preparándose para enfrentar al mafioso.

Tarántula ya no respondió y se arrojó sobre Carlos a gran velocidad, lanzando un poderoso puñetazo.

El joven Gokai casi fue sorprendido pero logró bloquear el primer ataque y, ya recuperada su concentración, esquivar todos los siguientes. Al estudiar los movimientos de su adversario, Carlos tuvo que admitir que Tarántula era muy hábil, quizás demasiado hábil. El mafioso no sólo exhibía una excelente técnica, sino que era muy rápido, bastante fuerte y no tenía, hasta donde Carlos podía ver, ningún agujero en su defensa que le permitiera encontrar una oportunidad para atacar. Hacía años que el joven Gokai no se encontraba con un peleador tan fuerte, y por primera vez en la noche comenzó a pensar en que si no tenía mucho cuidado, la derrota sería una verdadera posibilidad. Este lapso en su confianza tuvo consecuencias terribles, pues Tarántula aprovechó para pasar sobre las momentáneamente bajas defensas de su oponente, atinándole con un fuerte golpazo en la cara que lo derribó como un árbol talado.

Fuera de la pista de baile, Makoto se mordió los labios para contener un grito; estaba ardiendo en deseos por saltar y ayudar a Carlos, pero logró contenerse apretando las manos en el barandal con todas sus fuerzas. La joven Kino se obligó a recordar que él le había pedido su confianza y ella decidió hacer justo eso: confiar en él. Un poco más tranquila, volvió a concentrarse en la pelea, esperando que las cosas no llegaran al punto en que definitivamente tendría que intervenir como Sailor Jupiter.

Minako, que ya estaba considerando sugerirle a Makoto que era momento de ir a transformarse para poder poner fin a la pelea se extrañó de que su amiga no hubiera intentado nada todavía—, ¿quieres hacer algo?

—Todavía no, Mina. Todavía no— respondió ella sin girarse para mirar a la rubia—. Carlos me prometió que volvería conmigo y me pidió que le tuviera confianza, sé que puede ganar y si no es así, yo estoy aquí para ayudarlo. Esperemos un poco más.

—Muy bien, como tú digas— aceptó la joven Aino, ligeramente sorprendida por el cambio de actitud de su amiga, aunque el lado romántico de Minako notó de inmediato que no sólo había una honesta y profunda preocupación en la mirada de Makoto Kino, también había amor; amor dirigido al joven mestizo que enfrentaba valientemente a uno de los Yakuza más temibles de la ciudad. Descubrir ese sentimiento en los ojos de Makoto sorprendió a Minako de verdad. Ella había compartido enamoramientos fugaces con Makoto muchas veces, cuando las dos se topaban con algún chico guapo y atractivo, pero en ninguna de esas ocasiones había visto el resplandor del amor en los ojos de su amiga como podía hacerlo ahora. Darse cuenta de que Makoto honestamente quería a este muchacho fue lo único que necesitó la rubia para decidir que la ayudaría sin dudar en todo lo que le fuera posible.

En la pista, convertida en una poco convencional arena de combate y entre los gritos del público y las burlas de Tarántula, Carlos por fin se levantó, moviendo la quijada un par de veces para evitar que se le entumiera la mandíbula. No estaba totalmente listo y en guardia cuando volvió a incorporarse, lo que permitió que Tarántula pudiera atinarle con un puntapié directo al costado que lo hizo doblarse y retroceder tosiendo varios pasos. Las costillas le protestaron cuando se enderezó, y sabía perfectamente bien que lo resentiría bastante al día siguiente. Pero no importaba mucho, ya había conseguido lo que necesitaba y era el momento de pelear en serio. Carlos, aunque reconocía la habilidad del Yakuza, ya se había hecho una estimación de la fuerza y velocidad de Tarántula, y por lo tanto sabía algo muy importante: podía ganarle. Cierto, no sería fácil y tendría que aplicarse por completo, pero podía ganar.

— ¿Es todo lo que tienes?— preguntó Tarántula con una expresión de enfado—, ¡esto no es divertido!

—No vine a divertirte— dijo el joven Gokai que sin decir más comenzó su propio ataque, sorprendiendo al Yakuza con una combinación de golpes que lo hicieron retroceder hasta el otro extremo de la pista.

— ¡Eso estuvo bien, muchacho, muy bien!— sonrió Tarántula, limpiando un hilo de sangre que le escurría de la nariz—. ¡Hace años que nadie me obligaba a pelear en serio, prepárate!

Al terminar esta advertencia, el jefe de los Yakuza se lanzó contra Carlos con tal rapidez que el joven Gokai no pudo hacer nada más que bloquear una patada y dos golpes, pero se confundió con una finta y bajó la guardia esperando la rodilla del criminal sólo para recibir un poderoso codazo en el mentón, el cual fue seguido por un puñetazo en el estómago que nuevamente lo hizo tambalearse.

Carlos no se movió, necesitaba despejar su cabeza o se desmayaría; ¡no podía creer que este criminal fuera tan fuerte! Estos últimos golpes casi lo habían noqueado. ¿Cómo lo vencería? Tarántula, seguro de una victoria fácil, se acercó a Carlos y lanzó un nuevo golpe. Fue entonces que Carlos recordó la frase fundamental sobre la cual estaba sentado el estilo de combate de su familia. Su padre se lo había dicho desde que era un niño y sólo ahora comprendió su verdadero significado:

'La fuerza y la habilidad no son las que determinan al vencedor de un combate. No se puede obtener la victoria tratando de igualar o sobrepasar la fuerza y la habilidad del adversario. El verdadero camino hacia un triunfo indiscutible sólo se encuentra cuando se supera en inteligencia al oponente'.

El joven Gokai sonrió un poco más confiado. Había sido un idiota al olvidar esa lección pero no importaba, ya la recordaba y gracias a ella sabía cómo ganar.

Justo antes de recibir un nuevo golpe del criminal, Carlos se hizo a un lado y aprovechando la fracción de segundo que consiguió, estrelló con todas sus fuerzas la palma de su mano justo en medio de los ojos de Tarántula. El jefe de los Yakuza se llevó de inmediato las manos a la cara y dio un par de pasos hacia atrás completamente desorientado. Sin darle tiempo al Yakuza de recuperarse, Carlos le golpeó la garganta con el filo de la mano, obstruyéndole la tráquea y desorientándolo aún más. Tarántula seguía en pie, pero entre la tos y el dolor en la frente y nariz no distinguía bien la izquierda de la derecha. De repente, recibió un golpe en la boca del estómago que lo hizo tambalearse y le sacó el aire. El mafioso lanzó unos cuantos golpes más, que Carlos esquivó sin problema.

—Ya está decidido— dijo Carlos mientras se acercaba por la derecha y le torcía el brazo a Tarántula, arrancándole un grito de dolor—, esta pelea la vas a perder.

Y sin decir más, aprovechando al máximo su recién obtenida ventaja, el joven de cabello castaño golpeó a su oponente con todas sus fuerzas en el abdomen tres veces y terminó con un potente puñetazo en la sien del mafioso, dejándolo en el suelo con pocos deseos de levantarse.

—Estás vencido— anunció el joven Gokai—. ¡Ahora dejarás a todos los comerciantes del distrito en paz!

—En tus sueños— respondió Tarántula, que a pesar del daño sufrido y el dolor que sentía, se las arregló para sentarse. El Yakuza no imaginó que tendría que usar su as bajo la manga, pero ya no tenía otra opción así que decidió usar la información que había recibido justo antes de que comenzara la pelea—. ¡Muchachos, agarren a la novia!

En los barandales, un centenar de manos cayeron sobre Minako y Makoto, sujetándolas con fuerza y manteniéndolas inmóviles. Las dos muchachas habían estado tan emocionadas con la victoria de Carlos que honestamente no habían esperado que algo como esto pudiera sucederles, y ahora lamentaban bastante haber bajado la guardia.

— ¿Makoto?— Exclamó asustado Carlos girándose al escucharla gritar y descubrir que ya estaba en las manos de un grupo de Yakuza— ¿por qué has venido?

— ¡No pude evitarlo!— contestó ella, forcejeando para soltarse—, tenía que asegurarme de que estarías bien.

—Qué lástima que tu novia sea tan estúpida como para meterse en lo que no le importa— se burló Tarántula, que había por fin conseguido ponerse de pie—. ¡Qué lástima para ti!

— ¡Si tocas un solo cabello de Makoto te juro que terminarás en el hospital!— amenazó furioso Carlos, pero antes de que pudiera hacer algo más, tres Yakuza lo inmovilizaron, tomándolo por los brazos y cuello.

—El mestizo me molesta— le indicó Tarántula a uno de sus hombres— hazlo callar.

El maleante obedeció y golpeó a Carlos hasta que lo hizo escupir sangre.

Arriba, sobre una de las muchas vigas de las que colgaba la estrafalaria y brillante decoración y las luces del centro nocturno, las dos figuras que antes habían estado en el techo vigilando la entrada del club, observaban todo esto con mucha atención.

— ¿No deberíamos ayudarlo?— preguntó la que iba vestida en verde.

—Todavía no— respondió la que iba vestida de blanco—. Necesitamos esperar hasta que él mismo despierte su gema de poder, es la única manera.

Abajo, Carlos estaba hecho puré, su nariz y boca sangraban, ya no podía abrir uno de sus ojos y sólo podía toser cada que intentaba hablar; los Yakuza no se habían contenido al golpearlo. Tarántula, ya más recuperado pero aún bastante adolorido, se levantó frente a él y lo obligó a levantar el rostro.

—Admito que tienes buen gusto— dijo mirando a Makoto—. Tu mujer tiene una bonita cara, y también unas tetas fantásticas. ¿Qué tal si me la llevo a mi oficina y le enseño lo que puede hacer un hombre de verdad?

— ¡Vete al infierno, desgraciado!— Gritó Makoto al sentir la lujuriosa manera en la que el criminal la miraba. Cuando el delincuente intentó tocarle el busto, la furia de la joven Kino finalmente estalló y con un codazo logró que uno de los Yakuza que la sostenía la soltara. Makoto siguió esto lanzando a los otros dos a un lado. Una vez libre, la muchacha intentó golpear a Tarántula con todas sus fuerzas, pero cinco Yakuza se arrojaron sobre ella y lograron someterla.

Minako, por su parte, no había podido hacer nada para ayudar, pues era mantenida inmóvil por cuatro criminales bastante fuertes que la sostenían de modo que no pudiera moverse.

— ¿Qué hacemos con la rubia, jefe?— Preguntó uno de los Yakuza que sostenían a Minako.

—Lo que se les antoje, así que lárguense ya— contestó Tarántula, su atención enfocada sólo en Makoto.

Los Yakuza, muy complacidos ante el prospecto de poder divertirse con una atractiva rubia como Minako la arrastraron, entre los gritos y amenazas de ella, hasta la bodega detrás del bar. En ese momento, y mientras se revolvía con todas sus fuerzas, lo único que la joven Aino pudo pensar fue que esto era totalmente injusto, y sin poder evitarlo sus pensamientos se dirigieron a Wakagi, deseando que la salvara, que viniera a protegerla.

Minako no pudo saber hasta más tarde que en ese preciso momento, cuando era cargada violentamente hacia una oscura bodega, Wakagi Toshio, que estaba sentado esperando en su auto, sintió una terrible angustia que lo obligó a llamar una vez más a la policía. El detective terminó insistiendo con tanta fuerza que consiguió que las seis patrullas que reportaron estar cerca prometieran llegar al Techno Spider en menos de tres minutos. Sin quedarse a esperar, el angustiado joven tomó su revólver, salió de su auto y se echó a correr, la única idea en su mente, por alguna extraña razón, era que Minako estaba en problemas y lo único que le interesaba era ayudarla, nada más.

Makoto, que no estaba dispuesta a dejar que un cerdo como Tarántula la tocara; volvió a sacar fuerzas de su desesperación y logró quitarse de encima a dos de los hombres que la sostenían. Moviéndose rápido, la joven Kino trató de hacer un lado a los otros pero no logró su cometido, pues los mafiosos la empujaron al suelo, derribándola frente a los pies de Tarántula.

—No deberías ser tan impulsiva— le dijo el jefe de los Corbatas Blancas a la joven caída—, muy pronto iremos a mi oficina y le daremos un buen espectáculo a tu novio. Espero que seas virgen, robarle tu primera vez será una buena compensación por los golpes que se atrevió a darme en la pelea.

Terminando estas palabras, Tarántula se incorporó con la intención de dar la orden de que llevaran a la muchacha a sus oficinas en el segundo piso del club, pero algo que pasó en ese momento detuvo al criminal y lo hizo sentir incluso algo de miedo. Makoto lo sintió también mientras recorría todo su cuerpo: una fuerte carga eléctrica que hizo cimbrar todo el centro nocturno. En un principio pensó que ella lo había hecho sin darse cuenta, pero pronto descubrió que no, el poder que cargaba el aire con estática provenía de muy cerca pero no podía identificar su origen con exactitud.

En la bodega trasera del bar Minako ya había sido arrojada a un espacio vacío entre las cajas de cerveza y otras bebidas alcohólicas. Frente a ella estaban cuatro Corbatas Blancas que a juzgar por su expresión se proponían hacerle cosas bastante desagradables. Afortunadamente para la rubia, un extraño temblor se sintió de repente en todo el centro nocturno y esto distrajo a los criminales, que se agolparon en la puerta para saber que sucedía. Sin perder tiempo, Minako se levantó discretamente y…

— ¡Venus Cristal Power, Make Up!

Los Yakuza ni siquiera tuvieron tiempo de darse la media vuelta para atestiguar el cambio que había realizado su presa, ya que Sailor Venus, preocupada de lo que pudieran hacerle a Makoto, dejó a los criminales fuera de combate con una descarga de muy baja intensidad de su Crescent Beam. Sin perder más tiempo, Venus salió del cuarto sin dejar de preguntarse qué había causado el temblor que poco antes había recorrido el club aunque pensaba que Sailor Jupiter había sido la responsable.

Lo que Venus presenció al regresar a la pista de baile fue cómo una mujer joven, completamente vestida de blanco y que ocultaba su rostro tras un antifaz se había dejado caer del techo y tocó piso justo frente a Makoto. La Sailor Scout se apresuró y saltó sobre la sorprendida multitud que ya estaba saliendo a toda prisa del Techno Spider, llegando así hasta donde estaba su amiga. Venus miró con desconfianza a la desconocida, ya que el poder que podía sentir emanando de ella era bastante extraño. No era un poder maligno, pero sí muy diferente a cualquier otra cosa que hubiera encontrado antes.

—Esto ha llegado demasiado lejos— comentó la hermosa mujer mientras se alisaba su abrigo, revelando así el brillante guantelete en su mano derecha. Justo entonces un par de Yakuza intentaron atacarla, pero la mujer sólo suspiró con desinterés—. Por lo visto es hora de enfriar sus ánimos, muchachos.

Dicho esto, la recién llegada giró la mano derecha y desató una onda gélida que salió despedida por todo el centro nocturno. El poder congelante expulsado fue tal que los Yakuza a su alrededor cayeron al suelo cubiertos por escarcha, quedando incapacitados por el terrible frío que los había asaltado.

—No te preocupes por este muchacho, te garantizo que no le haremos ningún daño— dijo la mujer que acababa de congelar a los criminales dirigiéndose a Makoto. Antes de que la joven Kino pudiera responderle, la extraña de blanco ya había pasado un brazo del muchacho por sobre sus hombros para ayudarlo a levantarse. Carlos estaba tan lastimado por los golpes que no pudo ni siquiera protestar; de hecho ni siquiera sabía quién lo estaba ayudando.

Una segunda mujer, más joven que la primera y que también llevaba un guantelete en su mano derecha en el que brillaba una hermosa esmeralda descendió elegantemente desde una de las vigas del techo y se limitó a observar sus alrededores con curiosidad. Algo que llamó poderosamente la atención de Makoto y Sailor Venus fue que esta nueva desconocida llevaba un uniforme casi idéntico al primero que usó Sailor Moon; las únicas diferencias notables eran que el de la recién llegada era todo en distintos tonos de verde y que ella usaba un antifaz que le cubría casi todo el rostro.

— ¿Quiénes son ustedes?— preguntó intrigada Sailor Venus, que había decidido colocarse frente a Makoto para protegerla en caso de que algo malo pasara.

— ¿Y qué quieren con Carlos?— agregó la joven Kino mientras se ponía de pie—, ¡no pueden llevárselo, está lastimado y necesita ayuda!

—Somos Guardianes, y les aseguro que no somos sus enemigas— les respondió la mujer de blanco—. Wind Guardian, usa tu poder para borrar la memoria de todos aquí. Te esperaré en el punto de reunión.

— ¡Pero ella es Sailor Venus!— discutió la otra Guardián—. ¡No puedo hacerle algo así a una Sailor Scout!

—Entonces no afectes a la Sailor Scout ni a su amiga— sugirió la Guardián de Hielo mientras desaparecía junto a Carlos en medio de una nube de vapor gélido.

— ¡Espera!— gritó Makoto, pero la mujer de blanco ya se había ido, y la joven de uniforme verde se interpuso en su camino para obligarla a detenerse.

—Por favor no hagas esto más difícil—, pidió la Guardián del Viento.

— ¡Quítate de en medio ahora mismo!— exclamó furiosa la joven Kino, no muy contenta de que esta aparente Sailor Scout de imitación se pusiera en su camino— ¡Tengo que ayudar a Carlos!

—En realidad lamento mucho que tengamos que hacer esto, pero te aseguro que si tu amigo no tiene lo que necesitamos lo dejaremos ir o si es necesario lo llevaremos a un hospital— respondió la Guardián verde, que entonces se dirigió a Sailor Venus—. Me habría gustado conocerte en mejores circunstancias; sé que es difícil de creer por lo que acaba de pasar, pero en realidad admiro mucho a todas las Sailor Scouts; espero que pronto podamos trabajar juntas.

—Aun así no pueden llevarse a…— comenzó Venus.

—Les prometo que él estará bien— insistió la Guardián del Viento, que entonces levantó ambas manos y convocó el nombre de su técnica especial—, ¡Void Wind!

Siguiendo esta invocación, todas las personas que aún estaban en el club a excepción de Makoto y Venus fueron envueltas en una tibia brisa que no sólo los hizo caer dormidos, también les haría olvidar todo lo sucedido esa noche. Justo entonces, el sonido de sirenas comenzó a escucharse.

—La policía ya no tardará en llegar, quizás deberían irse— advirtió la Guardián verde—, estoy segura de que no querrán pasarse la noche contestando preguntas.

— ¡Un momento!— llamó Makoto—, ¿cómo sé que no lastimarán a Carlos?

—Porque nosotras somos como ustedes, y creo que pronto se darán cuenta de eso— respondió la Wind Guardian que, sin agregar más explicaciones, se desvaneció en medio de un viento cálido.

—Tenemos que irnos— advirtió Sailor Venus—, no queda mucho que podamos hacer aquí, y le causaremos muchos problemas a Wakagi si estamos dentro del bar cuando lleguen los otros policías.

—Pero...— Makoto no quería moverse, y miraba alrededor con desesperación como si al hacerlo se encontraría con Carlos sentado en alguna esquina.

—Será más fácil buscar a tu novio sin la policía en nuestros talones— dijo Venus—. Ven, la puerta trasera está por acá, de allí podemos buscar a Toshio y explicarle lo que sucedió.

Luego de un instante de duda, Makoto aceptó seguir a Sailor Venus y corrió detrás de ella hasta la esquina, en donde ambas se cruzaron con Wakagi. El detective se mostró bastante feliz de ver a Minako a salvo, y se lo demostró con un abrazo que obviamente Venus hubiera deseado fuera más largo, pero ni ella ni Wakagi podían disponer de más tiempo. La Scout tenía qué ayudar a Makoto a buscar a Carlos, y el detective tenía que realizar labores de apoyo a los policías que llegarían al Techno Spider en pocos minutos. Acordando llamarse por celular para decidir en dónde encontrarse cuando todo terminara, la Scout y el ex-policía finalmente se separaron.

Poco después, Sailor Venus y Sailor Júpiter buscaban en las azoteas de los negocios que rodeaban el centro nocturno del que acababan de salir buscando pistas o indicios que les permitieran encontrar a Carlos o a las dos Guardianes.

—Esto es inútil— se quejó Sailor Venus una vez que ella y Jupiter llegaron hasta la siguiente avenida—Ya recorrimos cuarenta calles y no hemos encontrado nada. ¡Es como si esas dos se hubieran hecho completamente invisibles!

— ¡Pero tenemos que seguir buscando!— insistió Júpiter— ¡Así nos tardemos toda la noche!

—Aquí haría falta Sailor Mercury— opinó Sailor Venus, cruzándose de brazos mientras miraba a los autos que recorrían la avenida a su izquierda, varios pisos más abajo—, seguro podría usar su computadora portátil para encontrar algún rastro que nosotras no podemos ver.

— ¿Insinúas que debemos dejar de buscar? — Sailor Jupiter no sonó nada feliz cuando dijo esas palabras.

—Claro que no, continuaremos buscando— respondió la otra Scout—, sólo digo que con Mercury aquí todo sería más sencillo. En fin, volvamos a recorrer la zona, quizás encontremos algo que pasamos por alto.

-0-

El cuerpo le dolía peor que si hubiera decidido saltar desde un barranco, y sabía que al día siguiente sería mucho peor. Al menos ya no estaba en el Techno Spider rodeado por esos malditos Yakuza y su cabeza estaba ya más despejada y podía pensar con claridad. Una mirada rápida a su alrededor le permitió notar que se encontraba en la azotea de algún lugar bastante alejado del centro nocturno, ya que no podía ver ningún edificio que le resultara conocido. Fue entonces que, entre su confusión, recordó que Makoto había sido capturada por Tarántula. Carlos no necesitó más, alarmado por lo que el criminal le haría a su novia, se levantó y caminó lo más rápido que su adolorido cuerpo le permitió hacia la puerta que indicaba que allí estaban las escaleras, pero en cuanto su mano estuvo por tocar la manija, esta se congeló, al igual que toda la puerta.

— ¿Qué demonios pasa? — se quejó el muchacho, quien sin entender que sucedía miró a sus espaldas, encontrándose con dos mujeres que lo observaban con lo que parecía ser un gran interés.

—No puedo dejarte ir aún, Thunder Guardian— dijo la mujer que vestía un inmaculado traje blanco—. Al menos no hasta que recuerdes quién eres en realidad y cuál es nuestra misión.

— ¿De qué hablas?— preguntó molesto—. ¡Yo no te conozco y no soy un guardián o lo que sea de lo que estás hablando!

La mujer de uniforme blanco caminó hacia él y le extendió la mano—. Muy bien, entonces me presentaré. Me llamo Sara D'Neige y mi compañera es Naru Osaka. Las dos somos Guardianes y estamos seguras de que tú eres parte de nuestro equipo.

—Bastante seguras— intervino Naru, que también se acercó al muchacho—, la verdad ya casi perdíamos la esperanza de encontrar otro Guardián.

—Pues yo aún creo que ustedes dos están equivocadas— respondió irritado Carlos, a quien no le interesaba escuchar más tonterías acerca de guardianes. Lo único que le interesaba era ir a buscar a Makoto—. Gusto en conocerlas, pero yo ya me voy.

— ¿En dónde está la piedra gris que llevabas al cuello?— Preguntó Sara.

Por instinto, Carlos buscó con su mano su collar, pero no lo encontró—. ¡Mi amuleto, ya no está!

—Revisa tu mano derecha— indicó Naru.

— ¿Qué tiene de especial?— dijo Carlos mientras miraba su mano, sólo para encontrarse con que su amuleto, la piedra gris que había encontrado en un río cuando era niño, estaba ahora empotrada en un guantelete de brillante metal gris— ¿Pero… qué es esto?

— ¿Recuerdas lo que pasó cuando ese Yakuza amenazó a tu novia?— preguntó Sara—, ¿ese temblor que recorrió todo el centro nocturno?

—No… espera, sí… recuerdo que algo sucedió. Recuerdo cómo sentí una corriente eléctrica recorriendo mi cuerpo y entonces… entonces llegaron ustedes dos… eso es todo… pero, no entiendo. No entiendo nada.

Sara suspiró un poco desanimada. Habría deseado que su nuevo compañero ya hubiera recordado todo, pero como no era así, tendría que tomar medidas un poco más directas, lo cual no le agradaba en lo absoluto.

—Tomaría mucho tiempo aclarar tus dudas, y como todavía no recuperas tus recuerdos estoy segura de que no nos creerías… lo siento mucho, pero tendré que hacer esto de la manera difícil.

— ¿Q-qué va a hacer maestra Sara?— preguntó Naru preocupada—. No me diga que…

—Es la única opción— interrumpió Sara, que sin decir más, lanzó otra ráfaga de viento helado hacia Carlos, que estaba distraído tratando de sacarse el guante gris y sólo notó que lo habían atacado cuando fue arrojado de espaldas por la fuerza congelante de la Guardián blanca.

— ¿Estás loca o algo?— se quejó el muchacho, que a duras penas pudo volver a levantarse, sacudiéndose la ropa para quitarse la escarcha producto de la fría descarga.

—Defiéndete entonces si no quieres que eso vuelva a pasar. ¡Porque no voy a tener consideraciones contigo!— le advirtió Sara—, ¡esta vez te atacaré de verdad, Ice Wave!

Con esta invocación, la Guardían Blanca se inclinó hasta que casi estuvo de rodillas y estrelló su puño derecho en el piso, liberando una ola de frío que se extendió con rapidez, crujiendo mientras hacía crecer enormes púas de hielo en su camino. El ataque se dirigía directo hacia Carlos y él no pudo moverse a causa del miedo, incluso ya se daba por muerto cuando algo sucedió; fue como un jalón en su brazo derecho que se extendió por todo su cuerpo con la velocidad de un rayo. Entonces, la ola de hielo se estrelló contra él pero en lugar de congelarlo, se deshizo en una nube de vapor. Después de unos segundos, la figura de Carlos apareció tambaleándose; sus ropas habían cambiado por un elegante uniforme militar en color gris con líneas azules en los costados de su camisa y pantalón. Pero lo más sorprendente era que todos los moretones y heridas que había recibido en la pelea contra Tarántula habían sanado por completo gracias a su transformación.

—No era necesario que hicieras eso— se quejó él luego de toser un par de veces para liberarse del molesto vapor de agua en su garganta—, en Cerefai nunca me trataste así.

— ¡Éxito!— exclamó Sara alegremente—, ¡bienvenido de vuelta, Thunder Guardian!

Naru sonrió, feliz de que nadie había resultado lastimado y volvió a acercarse a su nuevo compañero—, Hola otra vez, me da gusto conocerte.

Carlos miró a Naru con curiosidad y luego se dirigió a Sara—. Ella no es la Guardián del viento que recuerdo aunque se parece mucho. ¿Es su hija?

—Su bisnieta— corrigió Naru, no esperando a que la Guardián del Hielo respondiera por ella—. Te explicaré en otra ocasión que tengamos más tiempo.

— ¿Este horrible dolor de cabeza es parte de comenzar a recordar?— Preguntó el joven Gokai mientras se sentaba en el suelo y se masajeaba la frente.

—Me temo que sí, a nosotras también nos pasó lo mismo— dijo Sara—, ¿qué tanto recuerdas de Cerefai?

—Estoy seguro de que no recuerdo todo aún… pero sí lo suficiente y sé que la única razón por la que me han hecho buscado es porque los Antiguos han vuelto.

—Sé que juntos los venceremos— dijo Naru tratando de consolar un poco a su compañero—. Yo al principio también les tuve miedo, pero la idea de enfrentarlos ya no me asusta tanto.

—No es eso— comentó él bajando la mirada—, es sólo que ahora tendré que dejar a Makoto.

—Eso no es conveniente. Si la dejas comenzaría a sospechar de ti. Tu novia es amiga de una Sailor Scout y no quiero que ellas se involucren todavía— comentó Sara pensativa—, ¿quieres seguir con ella, Carlos?

— ¡Por supuesto que quiero seguir con ella!— respondió él como si fuera lo más obvio del mundo.

—Entonces creo que puedo ayudarte— empezó Sara—, qué te parece si…

-0-

Minako estaba preocupada pero no encontraba las palabras adecuadas para dirigirse a Makoto, quien nuevamente viajaba en el asiento trasero. Cuando ella y Minako finalmente decidieron abandonar la búsqueda, acordaron volver con el detective y de allí ir a la casa de la familia Gokai, para ver si Carlos ya había regresado. Tuvieron que esperar un poco ya que Wakagi estaba presentando declaración mientras la banda completa de los Corbatas Blancas era subida a tres camionetas de la policía, Tarántula incluido. Para el departamento de policía de Juuban era un arresto histórico, y el detective estaba muy feliz de haber podido ser parte de tan importante captura. Todo eso tomó casi media hora, y cuando por fin pudieron partir y llegaron a la casa de los Gokai, fue Wakagi quien habló con los policías que habían estado vigilando desde su patrulla la casa de la familia de Carlos, descubriendo que no había llegado nadie. Makoto se desanimó por completo en ese momento y lo único que pudo hacer fue pedirle a Minako que la llevaran a su casa. De eso habían pasado sólo unos pocos minutos y ahora, mientras conducían hacia su departamento, la joven Kino seguía sin hablar, simplemente iba en silencio, con una expresión de derrota en el rostro.

—Makoto, ya llegamos— avisó Minako.

—Oh… gracias por traerme— respondió ella mientras bajaba del automóvil con movimientos lentos y apesadumbrados—. Te agradezco haberme ayudado, Minako, y perdón por haberte mantenido despierta hasta tan tarde.

—No tienes qué pedir perdón y tampoco tienes que darme las gracias— respondió Minako saliendo del auto, evidentemente preocupada por el estado de ánimo de su amiga—, quisiera haber podido ayudarte más.

—…Hiciste más de lo que cualquier otro hubiera hecho— contestó la joven de cabello castaño sin levantar la mirada—, te veré después, Mina.

—Makoto, espera un poco— llamó la rubia, una fuerte preocupación evidente en su voz—. ¿Estarás bien sola? Puedo quedarme contigo si quieres.

La otra muchacha se giró y sonrió débilmente—. Gracias, aprecio mucho que te preocupes por mi… pero no es necesario. Estaré bien. Mañana llamaré a Carlos y estoy segura que no le habrá pasado nada.

Dicho esto, la joven Kino se despidió de nuevo y comenzó a subir las escaleras hasta su departamento.

— ¿Por qué siento que no te dijo la verdad?— comentó Wakagi luego de que Minako regresó al vehículo.

—Porque no lo hizo— respondió Minako sin dejar de mirar el departamento de su amiga—. No la había visto tan triste en mucho tiempo.

— ¿Quieres regresar?— ofreció el joven detective—. Tal vez sí acepte tu compañía.

Minako suspiró—. No, es mejor que no lo haga. Conozco a Makoto y creo que en este momento desea estar sola. Si regreso, lo único que lograría sería hacerla sentirse peor.

—Entiendo— el joven investigador encendió su auto y avanzó, respetando el silencio de su acompañante mientras se dirigía a la casa de la familia Aino.

—Desearía haber podido ayudarla más— se lamentó Minako de repente, mirándose las manos con una mueca de frustración— ¡Soy Sailor Venus, maldita sea! Tengo más experiencia que todas las otras Scouts en este tipo de cosas y al final… ¡al final no pude hacer nada!

—Hiciste tu mejor esfuerzo— le dijo Wakagi, deteniendo el auto en una esquina para poder consolar a la joven Aino—, y estoy seguro de que Makoto lo aprecia. Mina… mañana volveremos a visitarla y le ofreceremos otra vez nuestra ayuda si es que aún la necesita, porque estoy seguro de que ese otro muchacho ya está en su casa en estos momentos. Todo estará mejor mañana, ya lo verás.

— ¿En verdad lo crees, Toshio? — preguntó ella sin atreverse a mirarlo, pues todavía le resultaba un poco extraño que el gruñón policía que siempre la regañaba y detestaba a Sailor V estuviera junto a ella intentando hacerla sentirse mejor de una manera tan honesta. Era algo a lo que la linda rubia le gustó mucho, y supo entonces que podría acostumbrarse muy fácilmente a escucharlo decir ese tipo de palabras de apoyo.

—Sí, en verdad lo creo— le respondió él, pasando su brazo por sobre los hombros de Minako y atrayéndola hacia él a fin de ofrecerle un poco de apoyo—, en verdad lo creo, Mina.

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Makoto se sentó en su cama y por primera vez desde que murieron sus padres se sintió verdaderamente sola. El departamento le parecía increíblemente grande, vacío, frío, muy frío. Se sentía igual que la primera noche que había pasado allí: sola y sin nadie con quién poder conversar, sin nadie que le hiciera compañía. La muchacha se dejó caer sobre sus almohadas y se quedó mirando al techo hasta que se dio cuenta que no podía escuchar el canto de los grillos o algún automóvil pasando por la avenida. No había ningún ruido. Era como si todo el mundo se hubiera separado de su departamento para envolverla en un manto de soledad del que no podía escapar. Makoto pensó entonces en Carlos, en cómo había fallado en encontrarlo luego de que esas dos estúpidas guardianes se lo llevaran, en cómo había fallado aún con la ayuda de la más capaz de las Sailor Scouts de su grupo. Nunca imaginó que este fracaso la haría sentirse tan mal. Tan sola. La muchacha se incorporó un poco y sintió sus ojos húmedos, sin poder contenerlas, un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Ella las secó, pensando que no podía dejarse vencer por la soledad y la angustia. Pero las lágrimas regresaron de inmediato cuando una imagen de Carlos, golpeado y herido en algún callejón cruzó por su mente. Convenciéndose de que esa idea era ridícula, se obligó a dejar de llorar y se acostó boca abajo, sintiendo su cama fría y enorme, algo que no le había pasado en muchos años. No era justo que esto le pasara cuando por fin había encontrado a alguien bueno y que la quería, no era justo que el amor doliera tanto, no era justo que…

*¡PIIIIING!*

*¡PIIIIIING!*

Makoto abrió lentamente los ojos y miró el reloj que tenía sobre su mesa de noche, eran casi las diez de la mañana. No era muy temprano, pero no tenía ganas de ver a nadie y sus amigas casi siempre llamaban por teléfono antes de visitarla. Pensando que sería un vendedor o algún vecino que quería molestarla con alguna tontería, la muchacha se giró y cubrió su cabeza con una de sus almohadas para intentar volver a dormir.

*¡PIIIIING!*

*¡PIIIIING!*

¿Acaso la persona tocando a su puerta no se rendiría nunca? Makoto apretó la almohada contra sus oídos para detener el ruido, pero no sirvió de nada. Era claro que quien fuera que estuviera abusando de su timbre no pensaba irse. Muy bien, le abriría la puerta pero si no era alguna de sus amigas, esa persona se llevaría un buen escarmiento. Levantándose de la cama con una expresión de enfado, la muchacha se acomodó sus sandalias y se preparó para enviar al carajo a su indeseable y enfadoso visitante.

— ¿No sabe que hay quien necesita dormir?— Exclamó la joven al abrir la puerta de golpe, solo para toparse de narices con un ramo de claveles—. ¿Qué es esto?

—Al parecer no fue buena idea venir a saludarte sin llamar antes.

Makoto conocía la voz de la persona que sostenía las flores, y escucharla consiguió aliviar de inmediato toda la angustia que había estado apretando su corazón—, ¿Carlos?

—El mismo— dijo él haciendo a un lado las flores, saludándola con una sonrisa—, ¿Acaso pensaste que rompería mi promesa de regresar contigo?

La bella muchacha de cabello castaño no respondió, simplemente siguió su primer impulso y abrazó a Carlos con todas sus fuerzas, quedándose así hasta que estuvo convencida de que él en realidad estaba allí, a su lado.

—Me da mucho gusto verte otra vez— dijo Makoto sin separarse de él—, estuve muy preocupada por ti… no podía pensar en otra cosa. Cuando esas dos mujeres te llevaron, temí que pasaría lo peor.

El joven Gokai se separó de Makoto y dejó que ella se quedara con el ramo de flores—. Las Guardianes, sí… lo único que hicieron fue llevarme a un parque y me quitaron mi cuarzo gris. Aún no entiendo para qué querían ese viejo cuarzo, es muy raro.

—Sí, es algo raro— aceptó Makoto, almacenando la información para compartirla más tarde con las otras Sailor Scouts, aunque en realidad hizo esa información a un lado casi de inmediato. Lo único que le importaba era que su Carlos estaba de nuevo con ella. Fue entonces que notó algo sorprendente—, tu cara…

— ¿Qué tiene mi cara?— Preguntó él.

—Cualquiera diría que no tuviste una pelea brutal anoche— dijo Makoto, pasando sus dedos por las mejillas, completamente limpias de moretones, del muchacho—, ¿cómo es posible?

—Las Guardianes me curaron— sonrió Carlos, que en realidad no mentía; él era un Guardián a fin de cuentas y su transformación lo había restablecido—. No sé cómo lo hicieron pero te aseguro que no me quejo. Lo que menos quería es estar adolorido y con la cara hinchada por días. ¿O acaso quieres verme todo amoratado?

Carlos dijo esto último hinchando las mejillas y entrecerrando los ojos, ganándose con ello una honesta risa de la adolescente frente a él.

—No. Me gustas más así— dijo, Makoto sintió la necesidad de agregar "mi amor" al final, pero se contuvo.

—Salí a conseguirte las flores y luego vine directo a tu casa— continuó él—, no podía estar un momento más sin verte. No eres la única que pasó la noche preocupándose, Makoto.

— ¿Te preocupas por mí?— preguntó Makoto ocultando su sonrisa detrás de los claveles. Saber que él se preocupaba por ella le había gustado mucho.

—Sí, me preocupo y mucho— dijo él, acercándose a ella—, ¿qué clase de persona sería si no me preocupara por mi hermosa y querida novia?

— ¿Novia? — Tartamudeó ella, sus mejillas encendiéndose con un sonrojo total—, pero… ¿de verdad quieres que seamos novios?

—Sí, nada me gustaría más… ¿me aceptarías como tu novio, Makoto Kino?

—Con una condición— dijo Makoto sin poder ocultar el alegre tono en su voz—, que tú me aceptes a mí como novia.

—Condición aceptada— sonrió él—. ¿Puedo invitarte a desayunar?

—Mejor permíteme prepararte algo. Soy buena cocinando, estoy segura de que te gustará— le respondió Makoto con un guiño—, después podremos hablar con calma en la sala… ¿qué opinas?

—Opino que suena fantástico.

Feliz al sentirse invadida por una alegría que había sentido pocas veces antes, Makoto tomó la mano de su novio y lo hizo pasar al departamento, dispuesta a prepararle el mejor desayuno de su vida.

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Notas:

Para este capítulo se incrementó un poco la participación de Wakagi, y se expandió la participación de Naru y Sara en sus escenas, la revisión del texto terminó cambiando casi todo el capítulo de principio a fin, pero me parece que ahora se lee bastante mejor que antes.