Capítulo 10.
Sentía como si no hubiese dormido absolutamente nada, a pesar de que, después de la media hora en la que Elieth me abrazó, me metí a darme un baño y de ahí directamente a la cama. Por fortuna, mi mente estaba tan bloqueada que no soñé nada esa noche, al menos, aunque me desperté más cansada que cuando fui a dormir. Tenía la esperanza de que lo ocurrido en Forense hubiese sido una mala pasada de mi cerebro, pero bien que sabía que no lo era. Así pues, como si fuera un robot que sólo recibía órdenes, me vestí y arreglé y salí rumbo al sitio que se había convertido en la escena del crimen de dos asesinatos ya. Por fortuna, o quizás no, el hospital y el servicio médico forense no podían ser cerrados por mucho tiempo, ya que evidentemente eran sitios que podían permanecer mucho tiempo cerrados al público. Así pues, mis turnos seguían iguales, al menos por el momento, aunque yo tenía la secreta esperanza de que al llegar, Wojkiewicz me mandara directo a casa. ¿Quién querría trabajar ahí, en semejantes circunstancias?
Sin embargo, eso no pasó, obviamente, así que tuve que soportar estar ahí, en mi área de trabajo, la cual me había parecido de lo más tranquila e inocente hasta hacía unas cuantas semanas, a pesar de ser un lugar como ése. Realmente, nunca entendí el por qué la gente se histerizaba cuando sabían que trabajaba en el Servicio Médico Forense, pues ahí sólo había muertos, y de quien había que cuidarse, era de los vivos.
- Te ves fatal.- me dijo Otto, evitando que diera una cabezada.- Se nota que no has dormido bien.
- Creo que ése se ha convertido en el saludo oficial.- repliqué, bostezando.- Se lo he escuchado decir a varias personas el día de hoy.
- Será porque todos nos vemos fatales.- musitó Otto.- Yo no puedo dormir por las noches, sabiendo que por la mañana tengo que venir a este patíbulo, y todos estamos igual, me parece.
- Pues sin duda alguna.- asentí.- ¿Cómo fue que las cosas pasaron de lo simple a lo complicado?
- No lo sé, y te confieso que jamás pensé que fuese a detestar venir aquí algún día.- suspiró Otto.- La verdad es que siempre me ha gustado trabajar aquí.
Eso lo sabía perfectamente, Otto amaba su trabajo, pero las muertes de Helga y Kohl habían cambiado muchas cosas para todos. Ahora, hasta el mismo doctor Wojkiewicz, quien siempre había lucido una sonrisa de serenidad todo el tiempo, ahora se veía bastante demacrado y preocupado, casi fuera de sí. ¿Qué más habría de pasar?
- Dicen que Zimmerman intentó renunciar.- soltó Otto, de repente.- ¿Te enteraste?
- No.- me sorprendí tanto que casi me caigo de mi silla.- ¿Cómo es eso?
- Después de lo de Helga, mucha gente intentó renunciar.- explicó Otto.- De hecho, hoy en la mañana varios entregaron sus cartas de renuncia, incluido Zimmerman, pero Wojkiewicz se la rechazó.
- ¿Y eso?.- quise saber.- No me digas que no lo dejó porque según es el mejor forense de todo el planeta y sus alrededores.
- Qué va.- Otto soltó una risa seca.- No lo dejó porque no quiere que él se lave las manos en el caso de Daisuke Wakabayashi. Sigue de necio, a querer llevarnos la contraria a Jean y a mí.
- Qué raro.- bufé.
Otto volvió a reír, pero se calló súbitamente al ver que Wojkiewicz hacía guardia por los alrededores, como si con eso evitase nuevos asesinatos. Al menos, era el capitán que no abandonaba su barco, si yo hubiese estado en su lugar muy seguramente habría sido de las primeras en querer renunciar.
Por fortuna, no hubo más eventos ni sorpresas ese día, así que saliendo me fui directamente a una cafetería más o menos conocida en la ciudad, en donde quedé de reunirme con Genzo para comer. Siendo sincera, no tenía muchas ganas de verlo para que me preguntara sobre el tema eterno, pero insistió mucho en que teníamos que vernos por 3 cosas: la primera, porque yo tenía que comer algo y él estaba seguro que yo no estaba comiendo adecuadamente, la segunda porque sabía que estar con Elieth en esos momentos hubiese sido más perjudicial para mí porque, con tal de no preocuparla, no me desahogaría de momento con ella, y la tercera porque decía que no debía estar sola a ninguna hora del día. Así pues, tras mis vanos intentos por refutar sus argumentos, dejé que me invitara a comer, pero me negué a que pasara por mí al instituto. Ya había tenido mucho de espectáculos por un buen rato.
De tal manera que ahí me encontraba yo, esperando a que Don Tenis Caros hiciera acto de presencia. Frente a mí, había un estudiante de medicina comiendo con dos compañeras, y los 3 lucían esos uniformes blancos clásicos en los médicos y que son como un tiro al blanco para las palomas y pajarracos que gustaban de cagar en las personas. Las chicas se veían normales y charlaban entre sí, y aunque el muchacho comentaba de vez en cuando, tenía su mirada clavada en mí, esa mirada que tan bien les conocía a los hombres médicos: "Mírame, estoy estudiando para ser médico, mejor partido no te puedes encontrar. Anda, ven y confiesa que te mueres por estar conmigo". Ese tipo de comportamientos me parecían de lo más idiotas, más porque yo también soy médico y no me resulta para nada impresionante el estar con otro médico. Desvié la mirada y la fijé en un punto en el horizonte, para ver si así desanimaba a mi fastidioso pretendiente, pero no fue así. Tenía ganas de que Elieth estuviera ahí, ella lo hubiese mirado con desdén y comentado en voz bien alta que no sabía qué demonios me estaba viendo ese tipo. Yo no me atrevía aun a hacer esa clase de cosas, me daba pena aunque agradecía que mi mejor amiga interviniera por mí.
- Buenas tardes.- me saludó Genzo, sonriendo levemente.- Te ves mejor de lo que esperaba.
- Ah, ¿se supone que eso es un halago?.- bufé, fingiendo sentirme ofendida, al tiempo que me ponía de pie para saludarlo.
- Lo es.- él sonrió aun más y se acercó a mí para saludarme.
Entre mis amigos más cercanos, yo usaba la moda latinoamericana de saludar con un beso en la mejilla, ya que me incomodaba un poco el contacto físico y la costumbre alemana de dar 3 besos me avergonzaba un poco. Con Genzo, había llegado en un par de ocasiones a saludarlo a la manera latina, la mayoría de las veces sólo nos dábamos la mano, pero en esa ocasión él me saludó con los 3 besos de la costumbre germana y al final, me abrazó. Yo me puse colorada, lo sentí, pero fue más por la sorpresa que por la cercanía, aunque para sorpresas estaba la del estudiante de medicina, quien nos miraba muy azorado, quizás pensando que Genzo era mi novio y que él había estado intentando coquetear con la novia del mejor portero del país.
- ¿Y eso?.- traté de serenarme.
- Pensé que lo necesitabas.- la sonrisa de él era todo un misterio.- No me vayas a decir que no te gustó.
- No se trata de eso.- no sé por qué me incomodó la idea de que el estudiante de medicina creyera que Genzo era mi novio y creo que fui muy obvia.
Genzo siguió mi mirada y vio al estudiante, quien estaba muy azorado y no sabía en dónde meterse, mientras sus dos compañeras no dejaban de mirar a Genzo y de cuchichear entre sí, evidentemente emocionadas. Wakabayashi volteó a verme y yo también tuve ganas de meter la cabeza en la tierra. Tanto escándalo por meras suposiciones.
- Veo que ocupas bien tu tiempo.- él tenía ganas de reírse.
- ¡No te burles de mí!.- protesté, sintiéndome como una idiota.- Yo no tengo la culpa de que ese tipito se crea el mejor partido del planeta y quiera conquistar a cuanta chica se le pone enfrente.
- Bueno, no lo puedes culpar, yo habría hecho lo mismo.- Genzo me miró de arriba abajo, de una manera que me hizo ponerme más roja de lo que ya estaba.
- ¿Qué quieres decir con eso?.- mi voz se escuchó muy aguda, de la vergüenza.
- Pues… Una mujer hermosa y sola, vestida de manera provocativa siempre es una tentación.- me respondió él, sonriendo.
- ¿Cuál mujer hermosa vestida provocativamente?.- me reí, pero muy falsamente.- No hay ninguna por aquí.
Y era cierto. Jamás me había considerado hermosa, y era además muy tímida como para siquiera intentar ser provocativa. Mi guardarropa era, a mi parecer, bastante común y nada fuera de lo normal, con excepción de dos o tres blusitas que me hacían sentir sexy. ¿Nada más porque traía falda y botas altas ya era ser provocativa? Si Genzo supiera que la razón por la que me puse botas fue porque no quería mancharme los pies por si tenía que abrirme paso a través de charcos formados con la sangre de mis compañeros muertos, no habría dicho nada. Y si me puse falda fue porque no noté que todos mis pantalones de mezclilla estaban sucios. Pero en fin, que no era ése ni el momento ni el lugar para decir burradas como ésas.
- Muchos no pensaríamos lo mismo.- me contradijo Genzo.
- Pues muchos estarían equivocados.- repliqué, queriendo zanjar la cuestión, pero aun me sentía apenada.
- Al menos te volvió el color a la cara.- Genzo bajó el tono de su voz.- Me da gusto.
- Vaya manera de hacerlo.- protesté.
- Funcionó, ¿no?.- él tomó la carta que el camarero me había llevado a mí.- Y mira que sólo dije la verdad.
- ¿Podemos cambiar de tema a otro que no sea la ropa que llevo puesta?.- pedí.- Creo que ya me dio hambre.
Genzo me miró por un momento, de una manera extraña que me hizo sentir incómoda. Parpadeé varias veces y después desvié la mirada, esperando que él hiciera lo mismo, pero sentí que seguía viéndome y quise saber qué era lo que tanto me veía. Afortunadamente, el camarero llegó pronto a tomar las órdenes y yo pude respirar al fin. El hombre tomó las órdenes, muy sonriente, como si pensara que éramos una pareja más de las tantas que los visitaba a diario. ¿Qué le pasaba al mundo?
- ¿Cómo te fue hoy?.- preguntó Wakabayashi, en cuanto el hombre se marchó.- Supongo que las cosas siguen muy mal.
- Si no te molesta, preferiría hablar de otra cosa.- por fin después de un buen rato había conseguido tranquilizarme y ahora no quería volver a hablar de cosas terribles.
- Por supuesto.- asintió Genzo.- Hablé con Leo antes de venir, quizás nos alcance a comer.
- Qué bien, últimamente no lo he visto.- dije.- Ha estado muy ocupado en el hospital.
- Yo creo que no es precisamente el hospital lo que lo tiene ocupado.- Wakabayashi sonrió con malicia.- Si no la doctora Gwen.
- Jajaja, no me digas que tú también te diste cuenta.- me reí con ganas.- ¡Son tan obvios!
- La doctora Gwen es agradable, me ha caído muy bien.- comentó Genzo.- Se ha mostrado muy comprensiva con lo de la muerte de mi abuelo y me ha dicho muchas veces que el día que lo desee puedo hablar con ella sobre el tratamiento que le dio. Y estoy seguro que no lo hace por temor a una demanda, como piensa Eriko, si no porque en verdad desea que yo me sienta más tranquilo.
- Así es Gwen, es una gran doctora.- sonreí.- Tiene un corazón muy grande y piensa no sólo en el bienestar de su paciente si no también en el de los familiares. No muchos doctores hacen eso.
- Lo sé.- asintió Genzo.- Me hubiera gustado haberlo sabido antes y tratarla con menos rudeza el día en que murió mi abuelo. Pero hasta eso, Gwen me ha dicho que no piense más en eso, que no necesito disculparme.
- Así es ella, no es rencorosa.- expliqué.- Te lo digo, es una gran chica y excelente doctora.
- No me sorprende que Leo esté enamorado de ella.- dijo Genzo, con una sonrisa maliciosa.- Puedo verlo cuando está con ella, es alguien completamente diferente. La expresión le cambia, los ojos le brillan, y su buen humor se hace presente.
- Todos cambian cuando se enamoran.- sonreí.- Así es la vida.
- ¿Y tú también cambias?.- me preguntó Genzo, lanzando otra flecha en terreno peligroso.
¿Yo? ¿Qué podía decir yo de mí misma? Mi historia amorosa había sido un completo asco hasta ese momento. El único hombre que había amado en mi vida con locura y que me había correspondido de la misma manera era casado, así que ni hablar de pensar en estar con él alguna vez, hacía mucho tiempo que había dejado atrás esas ideas estúpidas y me había concentrado en lo que sí era mío: mi carrera, mi vida, mis amigos, mi familia. Y hasta ahí había llegado. Como ya había dicho antes, soy demasiado tímida y reservada, y cada que un hombre me sonríe o me guiña el ojo, yo miro en otra dirección, dándole a entender que no estoy interesada. ¿Qué podía decirle a Genzo? Ni siquiera el hombre que había amado me había hecho cambiar. Mi cara debió decir algo, porque Wakabayashi cambió su expresión.
- Quizás no debí preguntar eso.- se disculpó. Se veía desilusionado.- Lo siento, creo que es meterme demasiado en tu vida.
- No es eso.- le resté importancia al asunto.- Más bien es que no hay nadie que me haya hecho cambiar a ese grado, no como Gwen ha hecho cambiar a Leo. ¿Se entiende?
- Perfectamente.- él volvió a sonreír.
Nos trajeron nuestros pedidos y comimos y hablamos de otras cosas sin importancia, de las cosas simples de la vida. A media comida, Leo hizo acto de presencia y se dejó caer en una silla junto a nosotros, al tiempo que tomaba un pan y se lo devoraba en cuestión de segundos.
- Vaya que tienes hambre.- dijo Genzo.- Diré que te traigan la carta.
- Cualquier cosa es buena.- dijo Leo.- Lo que quiero es comer.
- ¿Por qué no viniste antes?.- pregunté.- ¿Mucho trabajo?
- Estaba ayudando a Gwen.- confesó.- Salí hace casi 40 minutos pero pues ella tenía trabajo y pues yo…
- Como buen caballero de armadura brillante, te ofreciste a ayudarla.- completé, riéndome.
- Más o menos.- Leo le pasó su orden al camarero y continuó devorando el pan.- Ya sabes, Gwen nunca pide ayuda, todo hace y los demás se aprovechan de ella y yo nada más quise aligerarle un poco el trabajo.
- Sería más fácil que dijeras que lo haces porque quieres mostrarle lo importante que es para ti.- dijo Genzo, riéndose también.
- No es eso que tú crees.- Leo frunció el ceño.- Más bien lo que pretendo es… Ah, demonios, ¿soy tan obvio?
- Mucho.- respondimos Genzo y yo al unísono.
- Y aún así, ella ni por enterada se da.- suspiró Leo, algo decaído.- Me muero de ganas de estar con ella, de abrazarla, de besarla, de llevarla a cenar, a bailar y después llegar a acostarme con ella en su cama.
- ¡Leo! Contrólate.- me reí de la vergüenza.- No seas tan pornográfico.
- ¿Qué? No seas tan puritana que eso ni tú te la crees.- protestó Leo.- Sólo digo la verdad y lo que a cualquier hombre le gustaría hacer con la mujer que ama. ¿Por qué Gwen es tan despistada y tímida? Cualquier otra mujer ya habría caído desde mucho antes, o sea, soy joven, soy guapo, soy cirujano, pero a Gwen eso no le impresiona y quizás por ser diferente a las demás es por lo que me tiene vuelto loco.
- Soy guapo, soy cirujano.- repetí, muerta de la risa.- Al rato lo vamos a escuchar como lema de los cirujanos.
- ¿Qué quieres? ¿Qué mienta? No puedo, no se me da.- replicó Leo, atacando la comida que el camarero le llevó.- Lo único que me consuela es que Gwen no tiene novio ni va a tener a menos que sea yo. A estas alturas todo el hospital sabe que ando tras sus huesitos.
- Y tú no tienes novia, ¿cierto?.- cuestionó Genzo.- Conociéndote, andas con otra y ella ni enterada que estás enamorado de otra.
- Oye, me ofendes.- Leo se mostró ofendido.- Ese comportamiento era de mi inmaduro yo, de hace algunos años.
- Pues yo te conocí esas mañas hace poco menos de un año.- repliqué.- Y también cuando estábamos en la Facultad de Medicina y…
- Toma Lily, come pan.- Leo me metió un pedazo de pan en la boca.- Calladita te ves más bonita.
Iba a protestar, pero con pan en la boca no me fue posible, y Genzo se rió, no supe si de mí, si de Leo o de los dos. Lo más probable es que haya sido de esto último.
- ¿Y tú, Genzo?.- quiso saber Leo.- ¿Estás con alguien?
- No.- negó él.- Ninguna desde Aki.
- Ya tiene bastante tiempo de eso.- comentó Leo.- Se me hace raro que no hayas andado con alguien más.
- Me conoces, soy hombre de relaciones más serias y las últimas candidatas solo querían un famoso con quién pasar el rato.- respondió Genzo, con toda naturalidad.
- Sí, que tú eres más de relaciones estables.- bufó Leo.- Qué aburrido eres.
- Ja, pues tú estás por entrar a ese mundo, mi amigo.- replicó Genzo, mordaz.
- Touché.- dije, sonriendo.
- ¿Y tú?.- Genzo me miró.- ¿Estás con alguien?
- Touché.- dijo Leo, riéndose.
- Cállate.- lo miré con ojos de pistola.- Y la respuesta es no.
- ¿Nadie?.- insistió Genzo.- Me cuesta creer que no tienes pretendientes.
- Pretendientes sí tiene, otra cosa es que les haga caso.- replicó Leo.- Había varios en el hospital que… ¡Ouch! ¡Eso era mi pie!
- Cállate.- era mía la bota que se había estampado en el pie de Leo.- Mi vida amorosa no es un chisme público.
- ¿Cuál público, si solo estamos Genzo y yo?.- protestó Leo.- Y por lo que veo, aquí a mi amigo le interesa saber si estás disponible.
Me atraganté con el té helado que estaba tomando y tosí por espacio de algunos minutos, que me parecieron muy pocos.
- No es para que te ahogues.- Leo no podía aguantar la risa.- Mira, Genzo, aquí la señorita doctora, así como la ves de linda, es bien babosa y le huye a cualquier hombre que parezca estar interesado en ella. Sí tiene pretendientes, pero a todos los ha mandado al carajo o más lejos, por lo que no, no tiene novio, ni creo que tenga porque con ese carácter que se carga…
- No me digas.- era obvio que Genzo también tenía ganas de reírse.- Entonces, es bueno saberlo.
- ¿Y eso por qué?.- lo confronté.- ¿Qué más te da mi vida amorosa?
Genzo me volvió a ver con esa mirada extraña que ya le había visto varias veces, mientras que Leo me veía como yo solía ver a Gwen cuando ella no se daba cuenta de las cosas más obvias. O no, no, no. Seguro que estaba alucinando. Quizás Eriko tenía razón, y Kitagawa estaba interesado en mí y mandó a Genzo a investigar. Lástima que no se le iba a hacer.
Después de la comida, Leo decidió llevarle de comer a Gwen, y Genzo quiso llevarme a casa, pues según sus propias palabras, me hacía falta dormir un rato. Yo le agradecí la invitación a comer y sus atenciones y dejé que me llevara en el Mustang rojo hasta mi departamento, y traté de pensar sólo en el paisaje que me rodeaba y no en lo sucedido en los últimos días. Al llegar, le agradecí a Genzo una vez más su cortesía e hice el intento de despedirme, suponiendo que las cosas no pasarían de los tradicionales y ya mencionados 3 besos alemanes. Sin embargo, sucedió algo de lo más extraño: él se detuvo frente a mí, mirándome fijamente a los ojos, con esa miradita que no sé por qué los hombres creen que a una la conquista, pero quizás en esta ocasión Genzo no estaba tan equivocado… Puso su mano en mi mejilla y acarició mi cabello, que a estas alturas ya debía parecer estropajo usado de cocina.
- Espero que ésta sea una mejor noche para ti.- me dijo, suavemente, para después besarme en la mejilla, muy cerca de la comisura de la boca.
Y como buen hombre que era, él se marchó sin voltear a verme o saludarme, perdiéndose con su Mustang rojo en la distancia. Fue en ese momento cuando noté que Elieth estaba parada junto a mí, con ambas cejas enarcadas y una mirada interrogante en sus ojos grises.
- ¿Qué fue eso?.- me preguntó.
Me metí al edificio sin responder. Ni siquiera yo estaba segura de lo que acababa de pasar.
