Parte 10: La sangre y la luna
Caminaban por los prados de aquel monte inmenso contemplando en la noche la belleza del lugar. Los tonos coloreados de las flores se apreciaban gracias a la luz de luna llena que brindaba la madre Selene. Algunos árboles partían del suelo altos, erigidos por el tiempo, ahora detenido.
Finalmente, ante Sila y Alecto, apareció una pequeña laguna de aguas cristalinas.
-Este es el sitio al que le quería traer…- La chiquilla corrió veloz por el campo hasta sentarse sobre una roca que ella conocía bien. -¡Acércate!- gritó. Sila andó despacio deleitándose con el escenario que les rodeaba. Todo era naturaleza, paisaje que recordó al védico un encuentro antiguo con un espíritu del bosque que le prometió algo.
-¿Una promesa incumplida?- susurró al viento.
-¿Decía algo, Sila?- cuestionó la niña con interés. Tras permanecer unos segundos en silencio, ella comprendió que no obtendría respuesta.
-Le he guardado el mejor sitio en esta roca a la orilla. Venga, por favor.-
-¡Oh, sí…! perdona. He sido muy desconsiderado contigo.- aquello fue dicho en un tono bromista más que serio. El caballero del deseo se sentó al lado de la joven. Desde el lugar se contemplaba la laguna en todo su esplendor. Al horizonte, un gran bosque nacía para internarse en la montaña.
El cielo estaba bastante iluminado por el astro madre, pero a pesar de todo, un gran número de estrellas brillaban. Sila se tumbó ante los ojos de Alecto y contempló el firmamento. La chiquilla, tras observarle cerca de un minuto muy minuciosamente, le imitó. Ahí estaban los dos tirados en medio de la naturaleza aprovechando la belleza que se les presentaba.
-¿Por qué mira el cielo tan detenidamente?- preguntó Erinia sin apartar sus ojos de la luna.
-Me gusta ver las estrellas. Mira un poco a tu izquierda y estate atenta por un minuto.- La chiquilla obedeció sin rechistar. Al cabo de lo dicho, una estrella emitió un último resplandor, aumentando su tamaño por unos segundos para luego, desaparecer en la infinidad del cosmos.
-¿Qué ha pasado, señor Sila?-
-El cosmos de un guerrero se ha apagado.- mientras Sila señaló donde estaba la estrella antes de desaparecer, seguía hablando. -aunque en realidad, estaba apagado desde hace miles de años…-
-¿Cómo es eso posible?- Alecto no comprendía bien lo que el calmado joven decía.
-Es el destino. Ya había sido escrito. La luz de esa estrella ha viajado hasta aquí para despedirse. Su despedida fue la muerte de aquel guerrero.-
-¿Conoce usted a ese guerrero?-
-Creo que su nombre era el del valor.- tras hablar, sonrió. Alecto se incorporó y desde una posición entre sentada y tumbada, contempló la cara de Sila mientras hablaban.
-Pero qué cosas dice… ¡Siempre es así!- la pequeña no podía evitar sonreír.
El viento mecía los prados y árboles del lugar, y Sila tenía sueño. A pesar de todo, no podía quedarse dormido sin hacer lo que se había propuesto. Erinia se puso de rodillas sobre la roca para mirar por encima la cara del védico. Desde donde estaba ahora, tenía un primer plano excelente, aunque no le resultaba muy cómoda la posición.
-Señor Sila…- La dulce voz de la chiquilla flaqueó.
-¿Qué sucede?- Los ojos de Alecto brillaron como nunca para revelar una lágrima a punto de caer a la cara del joven.
-Lo siento.-
-¿Por qué dices eso ahora?- el védico estaba desconcertado.
-Por el dibujo que hice de la historia que me contó. Sé que aquello no le gustó nada.- Sila pudo sentir el aliento de vida de la niña rozar suave su cara.
-No te preocupes. Ya es tarde para arrepentirse.- dijo el muchacho mientras acariciaba con dulzura la cara de la pequeña. -Aquello ya pasó.- añadió bajando su mano hasta rozar la roca.
Por culpa del viento, el pelo que tan bien tenía recogido Alecto resbaló y acabó rendido ante la gravedad. La ventisca mecía sus débiles rizos. A pesar de todo, ella no se atrevía a moverse de donde estaba. Seguía mirando a su adorado Sila boca abajo.
-¿No te incomoda esa posición tan forzada?-
-Es que quiero ver tu cara…-
-¿Y por qué no me dices que me siente en vez de estar medio tumbada ahí?-
-¡No importa!- A pesar de todo, el joven se sentó en la roca. La chica le imitó nuevamente y a los segundos entreabrió su boca para tratar de hablar, pero se quedó en silencio.
-¿Ibas a decir algo?- Ella no respondió, pero la afirmativa era evidente.
-Dilo… no me dejes con la intriga.-
-Pues… quería saber para qué quería verme, pero da igual, yo estoy a gusto.- Sila sonrió y la miró con profundidad.
-Lo que tengo que decirte puede ser algo confuso para ti…- La pequeña comenzó a imaginar escenas de su agrado mientras asintió con timidez.
-Sabes que ayer estaba un poco cansado, verdad.-
-Sí…-
-¿Recuerdas a aquel caballero con el que peleé en la segunda torre?-
-¿El dorado?-
-El mismo. Alguien estaba reteniendo mi energía.- El rostro del védico tomo un gesto siniestro y serio a la vez. -Me di cuenta en el santuario de Atenas.-
-¿Qué dice? ¡No es posible!-
-Alecto, me enfrenté a uno de los nuestros en aquel lugar.-
-No…- la pequeña se resistía a creer lo que aquello suponía.
-Las órdenes de ese caballero venían de mis superiores…-
-Señor Sila, usted sólo tiene a cinco personas por encima en este santuario…- El susurro de la chica sonó más fuerte que su misma voz.
-Pues sí. Letheus, Tú, Euralia, Egaria y Soma. Ni Letheus ni tú habéis sido…-
-¿Mis hermanas? ¡Pero si Euralia está enamorada de usted!-
-Pues ya sólo quedan dos personas de quien sospechar.- El rostro de la dulce Erinia se convirtió en pura incredulidad.
-¿Me está diciendo que una de mis hermanas…- Ahora la niña no pudo acabar de hablar, y además, se le saltó una lágrima.
-Alecto… Tanto tú como yo sabemos quién no me quiere en este lugar. Nunca caí bien a tu hermana, y el Dios Soma ha sido de siempre su Guía. No sería de extrañar que todo esto sea obra de ambos…-
-¿Y qué pasará si nos peleamos entre nosotros ahora que el santuario está siendo atacado?- la chiquilla parecía triste y preocupada.
La niña que hasta ahora era la más feliz en compañía del amor de su vida rompió a llorar desconsoladamente, aunque lo hizo en silencio. El védico acarició de nuevo su faz, esta vez para limpiar las lágrimas que le resbalaban por ambas mejillas.
-Tranquila. Yo ya tomé mi determinación hace tiempo… Desde que me diste fuerza para derrotar a Salicio…-
-¿Qué determinación?- preguntó ella con interés y voz quebrada por las lágrimas.
-Sabes lo que me pasó hace siete años, ¿no?-
-Tu… hermana…- Erinia posó su cara en el regazo de Sila y la tapó con sus manos. Ahora ya no podía ni reprimir el ruido de su llanto.
-Así es… Mi padre traicionó la confianza de Soma días antes de convertirse en el caballero védico que debería ser hoy. Como consecuencia…-
-¡Mataron a tu familia!- interrumpió la pequeña mostrando su tristeza. Sila sentía un calor terrible en sus piernas, donde ella lloraba. Sin prestarle atención, acarició la cabeza de la chiquilla y removió su pelo mientras suspiraba, también tratando de contener sus lágrimas.
-Estallé mi séptimo sentido, acabé con mi padre y con aquel caballero y tras eso, intenté reanimar a mi hermana con la cosmoenergía que rebosaba…-
Alecto se incorporó para abrazar a Sila. Le susurró al oído que no continuara, pero sin embargo, el védico no le hizo caso.
-… ella estaba muerta. Se me quebró el corazón tras besar sus labios… tan fríos como el hielo.-
-Por favor, Sila. No sigas haciéndote daño…-
-He venido a eso, Alecto. A contarte la verdad. Tú me has traído a este sitio.-
-¿Qué pasa en este sitio?-
-Lo que yo te conté fue una historia, pero en realidad, todos estábamos justo aquí cuando el caballero de justicia apareció.-
-¡¿Qué!- La cara de la niña no podía estar más atenta.
-Mi hermana estaba muerta, pero yo podía sentirla todavía. Guardé en mi corazón el ataque que aquel asesino le asestó para congelarla…-
-¿Qué pasó después?-
-Esta laguna está hechizada, como la luna…- Sila miró las cristalinas aguas de la superficie y siguió hablando.
-Desde este momento, y ante la tumba de mi hermana, yo juro que no volveré a servir a Soma aunque me cueste la vida…- El joven levantó y asustando a Alecto involuntariamente, clavó sus ojos en los de ella llegando incluso a herirla por todo lo que expresaban. Alecto comprendió todo cuando contempló el brillo untuoso de los ojos del caballero.
-Desde ahora, Erinia, yo seré tu caballero y guardián. Tú serás mi diosa.- Sila dio media vuelta. -¡y esta vez nada podrá impedirme que consiga tu felicidad!-
Alecto levantó y saltó para abrazar a Sila. El joven volvió a girarse para corresponderla. Sus brazos apretaron fuerte, y firmes, la levantaron hasta que en su opresión, pudo rozarle la cara y sentir la humedad de las lágrimas de la niña, que en ese momento le susurró al oído.
-Sila, te quiero.-
Todo quedó en silencio, como si alguien hubiese muerto. Una pequeña chica lloraba a los brazos de aquel que le acababa de jurar lealtad ante la tumba de su propia hermana. Un hombre acababa de dar sentido a su vida tras que creyera todo perdido… Pasaron más de cinco minutos hasta que dejaron de abrazarse.
-Has negado a Soma…- la chiquilla comprendió la gravedad de la situación. -Nadie debe saber esto…-
-Alecto, Soma no quiere nada bueno para este mundo.-
-…- ella no sabía qué decir. De toda la catedral védica era seguramente la que menos sabía con certeza lo que pasaba.
-Disculpe lo que acabo de decir. Sería mejor que nos calmásemos tras todo esto…-
-Ya no hay vuelta atrás… El conjuro del sol ha empezado.- Sila sabía qué iba a suceder. Algo le iluminaba y le daba ese conocimiento.
-Hagamos que todo siga igual hasta que se nos brinde una oportunidad, ¿vale?- La chiquilla asintió.
-No voy a permitir que te pase nada, Sila.- la determinación de Alecto era soberbia. El caballero de Alecto, se tumbó entre las flores y siguió mirando al cielo como hacía un rato.
-Llevo un día sin dormir y estoy agotado…- Viendo el cambio tan radical de tema, la niña comenzó a reír mientras agachada lavaba su cara tras haber estado llorando.
-Es mejor que volvamos a la catedral…- Por primera vez en años, el renovado caballero del deseo se sentía con ganas de vivir, aunque aletargado por el cansancio.
Seiya corría veloz por una de las calles de la ciudad mientras esquivaba las bolas mágicas que su desconocido enemigo le arrojaba. La armadura dorada que portaba le confería gran velocidad. En uno de sus movimientos, giró mientras saltaba para ejecutar sus meteoros, pero antes de tener tiempo fue golpeado por el ente que le perseguía cayendo al suelo.
-¡Ríndete!- una voz femenina dio una idea de quién era su enemigo al dorado.
La segunda atalaya era visible desde donde estaba, pero aquella guardiana estaba protegiéndola con saña. Sagitario levantó casi sin esfuerzo.
-¡Maldición! ¡No me impedirás llegar a esa torre!- El joven arrojó un puñetazo contra aquella persona, todavía oculta tras una perfecta túnica gris. El golpe impactó en el pecho, aunque su efecto no fue el esperado. La mujer seguía en pie.
-¿Quién eres? ¿Por qué no te hago daño?- El cabalero de Sagitario estaba desconcertado.
-Mi nombre es Lys. Soy caballero de la segunda atalaya, y domino las técnicas narcóticas más terribles. Lys de la dormidera.-
La mujer hizo un gesto tan rápido que arrojó de su cuerpo la túnica, revelando así su cuerpo. Ella era baja, pero bastante bella. Su cabello ondeaba con el viento en matices azulados y negros. A pesar de su gran beldad, los ojos de la joven, que oscilaría entre veinte años, estaban tan apagados como su propio color indicaba: gris. Una vestimenta parda cubría su cuerpo entero a excepción del estómago, que lucía sin protección. La armadura era tremendamente puntiaguda, hasta tal punto que golpearla en un lugar indebido como brazos o piernas podía conllevar a auto herirse.
Seiya no estaba por la labor de entablar conversación con aquella mujer, pues había asegurado a su compañero Milo que conseguiría la esmeralda sin dificultades, pero a pesar de todo, su fuerza estaba mermada.
-¡Meteoros de Pegaso!- Cientos de golpes, veloces a los ojos de Sagitario, fueron a golpear a Lys, pero esta iluminó su mirada para ralentizarlos.
-¡Es inútil! Ya has sido contagiado por mi espora soñolienta… Tus ataques no surtirán el más mínimo efecto sobre mí.-
A pesar de sentir su cuerpo pesado como una roca, Seiya consiguió repetir sus meteoros con un efecto nulo. Lys avanzó hasta él despacio, caminando entre sus golpes y esquivándolos sin dificultad. Su técnica había ralentizado al antiguo Pegaso.
La joven señora del sueño pateó el estómago de su enemigo y cuando tuvo la oportunidad, golpeó su barbilla ferozmente con un puño que lo lanzó al aire, donde aprovechó para encadenar otro golpe más, las zarzas hirientes, que se enredaron en el cuerpo del aliado de la diosa para aprisionarlo. Seiya gritaba de dolor suspendido en el aire por las ramas mientras sus espinas de le herían los brazos, muslos y faz. Cuando el caballero dejó de moverse, los zarzales dejaron de aprisionarle dejándole caer al suelo. El golpe sonó seco.
-Esa es mi técnica, caballero. ¿Me dirías tu nombre?- aquella mujer preguntó con serenidad a Seiya, que consiguió erguirse otra vez más. Su muslo derecho dejaba ver un arañazo rojizo y su frente sangraba por el impacto contra el suelo.
-Yo… ¡soy Seiya de Sagitario!- Apenas sí podía hablar el caballero de lo pesado que se sentía.
-No tengas miedo, Seiya. No sufrirás en tu muerte.- Aquella mujer movió los brazos para después gritar al aire con su femenina voz. -¡Sueño fluyente!- Un líquido viscoso envolvió el cuerpo del dorado haciéndole caer finalmente dormido.
-Ya todo se acabó…- Lys encendió su cosmos para asestar un último ataque contra Sagitario. -¡Explosión terrestre!-
La tranquila ciudad de Parnase comenzó a vibrar, finalmente tembló violentamente agrietando el suelo. Alrededor de Seiya, todo el piso estallaba y se resquebrajaba para tragar su cuerpo. Los desniveles en la superficie de tierra se iban notando cada vez más, e incluso aparecían estalagmitas que cerca se quedaban de atravesar el cuerpo del frágil dormido. Cuando ya parecía que todo iba a acabar para Sagitario, abrió sus ojos y saltó para esquivar aquel seísmo caníbal.
-Sorprendente. Has despertado de mi sueño fluyente…-
-Lys, no puedo morir aquí…- Un aura dorada envolvía al caballero. Era su cosmos, como siempre para ayudarle.
-¡Meteoros de Pegaso!- La guardiana de la torre comprobó el aumento de poder y velocidad de su supuesta presa. Varios golpes encajaron en ella, que cayó al suelo con violencia en una pequeña plaza que abría el camino para llegar a la torre. Seiya continuó caminando unos metros hasta que en el centro de dicha plaza, miró la segunda torre, exacta a la primera salvo en su inscripción, que decía: "Segunda atalaya: Dormidera". Sobre el grabado brillaba la esmeralda buscada en un verde untuoso.
Lys se fijó en aquello que miraba Seiya e hizo una mueca de impotencia. La joven estaba herida y magullada.
-¿Así que quieres las esmeraldas?- preguntó ella.
-Así es. Nuestra diosa ha sido envenenada por uno de tus compañeros y las necesitamos para conseguir un remedio.-
-¿Envenenada? ¿Y crees que estas esmeraldas sirven para curar?- Seiya quedó en silencio.
-Las esmeraldas sirven sólo para abrir el camino a la vía santa, donde de llegar, te esperaría el mismísimo infierno.- la joven explicó a Sagitario mientras descansaba.
-La vía santa fue una ciudad en la que vivieron las musas. Hoy sólo quedan sus templos y guardianes. Diez.-
-¿Y para eso necesitamos las gemas…? Escucha, no tenemos tiempo… entrégamela, pues como ya has comprobado, mi poder es superior al tuyo.- Seiya decía la verdad.
-Haremos una cosa. Tú me darás tu mejor golpe y yo te lanzaré el mío. Si logras herirme, te entregaré la esmeralda.- Seiya asintió. A pesar de todo, no podía odiar a su enemigo. Al menos no era como ese clásico modelo de crueldad.
Sagitario se concentró y abrió los ojos bruscamente. Cogió su arco con velocidad y cargó una flecha de cosmos en él. Desde que era un caballero dorado, había inventado más ataques.
-¡Flechas de Sagita!- De su arco, miles de flechas puntiagudas buscaron el cuerpo de Lys, que abrió sus manos y conjuró sus esporas soñolientas. Los ataque lucharon, pero sólo una gran explosión iluminó el lugar. Todo se inundó en humo, pero el cosmos de la guardiana había casi desaparecido.
-¡Lys!- Seiya corrió hasta la joven, que yacía tumbada en el suelo.
-¿Ya está? ¿Ese es tu poder, Sagitario?- La mujer no hablaba con cinismos. Aunque débil, ella agarró la mano de Seiya.
-Caballero, estoy segura de que llegaréis a lograr lo que queréis, pero por favor…- la joven señaló a la luna. -hacedlo antes de que la luna sea totalmente roja o no tendrás posibilidad…- Tras acabar de hablar, tosió. Una de las flechas de cosmos la había atravesado por el pecho.
-Lys… gracias…-
-Al menos espera a… que te de la esmeralda, ¿no?- Con su otra mano, hizo entrega de la joya al guerrero victorioso.
-Pero prométeme, que tú sí protegerás lo que más amas. No falles como…- antes de decir la última palabra, el brillo de sus ojos se esfumó como el humo de la explosión de ambos ataques. Seiya guardó la piedra preciosa en su armadura y tras cerrar los ojos de la interfecta Lys, caminó en busca de Milo, aunque tan sólo fue dar tres pasos y caer al suelo. El sueño de las esporas había sido el verdadero ganador a pesar de que la joven acababa de morir.
Un estrepitoso temblor agrietó la segunda atalaya. En breves segundos, esta se estaba desmoronando sobre el caballero de Sagitario, que fue rescatado antes de que le sepultaran los escombros. Lejos de donde se derrumbó la segunda atalaya, Saga sentó al todavía narcotizado Seiya apoyado contra el muro de una casa.
Levantando, el caballero de Géminis tomó la esmeralda del interior de la coraza de su amigo y le dejó durmiendo. De momento podían prescindir de él. En busca de otra atalaya, Saga salió a una de las calles más anchas de la ciudad donde alzó su cabeza para ver la luna. Ya se podía ver cómo un pequeño hilo rojo con forma de luna creciente iba tomando el gris habitual del astro.
Había pasado más de una hora desde que Seiya, Milo y Saga abandonaron el santuario. En la oscuridad de aquella noche provocada, la casa de Leo reunía a todos los caballeros dorados que quedaban. Máscara mortal acababa de entrar ayudando a Cletus y Estela.
-¡Máscara mortal! ¡Vuelves a ser tú!- Camus estaba sorprendido.
-¿Qué esperabas? ¡Estos críos me abrieron los ojos, así que por esta vez les perdoné la vida!- El dorado recién purificado recuperó el juicio tras el potente golpe que le había dado Cletus una hora antes. Cáncer les había ayudado a bajar para comprobar que estaba sucediendo.
Las ráfagas de viento se hacían más gélidas, y la temperatura en el templo en que todos estaban descendió. La diosa Atenea estaba tumbada en el suelo, y el dorado de Acuario sentado junto a ella. Mu miró con detenimiento a Camus.
-Sigamos hablando.- Sugirió.
-Máscara mortal, toma asiento…- tras respirar profundo, el dorado siguió hablando.
-Cuando llegué a la sala del patriarca, Atenea fue herida por una daga. Al parecer estaba envenenada.-
-¡Sé de qué habláis!- Cáncer les interrumpió.
-¿Y bien?- preguntó Mu.
-Esos caballeros planeaban herir a Atenea con eso. El veneno al parecer es el elixir de Soma.-
-¿Cómo sabes todo eso?- cuestionó un escéptico Shura.
-Cierto. ¿Y si nos vuelve a traicionar, Camus?- apoyó Aldebarán. Cletus, que se había sentado, levantó de un salto.
-¡No! Sé que ahora es de los nuestros. ¡Lo que sabe nos puede resultar útil para salvar a Atenea!
-¡Pues que hable, maldición!- Aioria estaba tan malhumorado que parecía que iba a pegar a Cáncer en cualquier momento. -¿Qué demonios le han hecho a Atenea?- añadió.
-Atenea ha sido envenenada con el elixir de Soma.-
-¿El elixir de Soma?- Mu puso una cara de interés.
-¿Qué sucede, Mu?- Shaka era ahora el que tomó la palabra. El santo de Aries caminó unos pasos hasta agacharse al lado de la diosa.
-Como de la estirpe de los alquimistas que soy, sé qué es el elixir de Soma.-
-¿Qué es?- preguntaron todos los caballeros menos Cáncer y Virgo, los cuales parecían saber también algo del tema, pero el que más se interesó fue Piscis. Tenía su orgullo herido y necesitaba saber más para salvar a su diosa.
-¡Dinos lo que sabes, Mu!- Ordenó el bello Afrodita.
-Pues supongo que todos habéis oído hablar de la ambrosía, ¿cierto?- nadie respondió, pues el interés era alto. -Veréis, según la mitología Hindú, Soma es el dios védico de la luna y también el elixir de los dioses. El elixir de Soma es como una variante de la Ambrosía. Tras el paso de los años, parece haber habido un notable interés por ocultar la verdadera historia.-
-¿Verdadera historia? ¿De qué se trata, Mu?- Camus seguía agotado, pero con gran interés por saber la verdad.
El dorado Aries levantó y notó cómo el viento mecía su larga cabellera morada. Dando la espalda a sus compañeros, miró detenidamente la luna desde las columnas de la casa de Aioria.
-En un principio, Soma era hermano de Zeus, el todopoderoso. Durante años, formó una religión, el vedismo, y desafió a los dioses con su poder. Tras una guerra santa, quedaron en tablas. Aunque Soma fue sellado, el védico también bloqueó el poder de los dioses de modo que no pudieran atacarle. Entonces, estos tuvieron que encarnarse en personas para que intentaran acabar con él. Era la única forma de poner punto a la corrupción de Soma.- Mu se expresaba impecablemente.
-Pero entonces, ¿estás diciendo que las encarnaciones de dioses en este mundo están sólo para derrotar a ese tal Soma?- Afrodita estaba perplejo. Negaba con su cabeza en signo de confusión.
-Pues así es. A pesar de que también se hayan reencarnado por otros motivos, como por ejemplo, la guerra contra Hades, las encarnaciones de dioses se comenzaron a producir por eso.- Shaka tomó la palabra demostrando que también sabía de qué hablaba.
-Yo sólo sé que Atenea tiene las horas contadas a menos que hagamos algo.- añadió Cáncer con su cinismo habitual.
-Pero no sabemos dónde está el santuario de ese Soma. Además, ¿no estaba sellado?- objetó Shiryu. Sus compañeros Shun e Hyoga asintieron.
-No es así muchachos.- Mu se giró dejando de mirar la luna. -¿Sabéis dónde tuvo lugar la gran batalla entre los dioses y Soma?-
-¿Dónde?- preguntó Shun con su amanerada voz.
-El Parnaso. La patria de las musas.- respondió Mu sonriendo.
-Mu, ¿has pensado en cómo curaremos a Atenea?- preguntó Camus.
-Creo, y sólo creo que con que beba unas gotas de ese elixir de Soma sería suficiente. Es el contacto con la sangre lo que envenena.- mientras hablaba, Aries señaló el costado de la diosa, donde se podía ver cómo un pequeño cerco morado rodeaba el corte.
Un temblor leve sacudió el santuario. Todos los dorados se miraron entre sí sin saber qué pasaba.
-¿Qué sucede?- preguntó la joven Estela.
-El espíritu del santuario se debilita por la ausencia del cosmos de Atenea. Debemos llevarla allá donde esté ese elixir de Soma.- contestó Shaka.
-¿Y cuánto tiempo tardaremos en llegar?- Aioria miró de nuevo al caballero de Virgo, que parecía saberlo todo.
-No más de una hora si partimos ya.-
-¡Yo quiero ir!- gritó Cletus. Estela se apuntó también, aunque ambos temieron una negativa por parte del alto mando del santuario.
-Odio decir esto, pero creo que nos harán falta.- Leo comprendió que para la batalla que les esperaba no había que escatimar en nada. Todos los caballeros debían unir sus manos para derrotar al malvado Soma, aunque ninguno de ellos sospechaba nada del conjuro del sol todavía.
Tras que fuera Aioria el que cargara con el cuerpo de Saori, todos caminaron apresurados y descendieron rumbo a la casa de Cáncer, la más macabra de todas. Su destino era llegar hasta los dominios de Aries, desde donde Mu podría concentrar su cosmos de tal forma que con suerte les llevaría a todos con su telequinesia sin necesidad de tener que gastar demasiada energía. Cuando Afrodita miró la luna detenidamente, gritó de espanto.
-¿Habéis visto ese cuarto creciente rojo que está saliendo en la luna?- preguntó.
-No sé que es, pero seguro que tiene que ver con Soma y su santuario. Amigos, debemos cuidar los unos de los otros. Ya habéis visto lo inútiles que fueron tanto mis combates como el de Afrodita.- comentó Camus.
En silencio, todos tenían una esperanza. Salvar a Atenea, la cual les acompañaría al Parnaso tal y como los védicos habían planeado. No había otra forma de llegar a ese supuesto antídoto en el que todos confiaban.
