Disclaimer: La trama le pertenece a G. Showalter y, los personajes, como todos sabemos, son exclusivamente de Meyer.
Bueno, aquí estoy nuevamente, mañana comienzo clases así que no tengo claro cuando actualizaré. Ojalá disfruten este capítulo que es muy importante para la historia, se podría decir que desde aquí comienza la verdadera trama. Sé que muchas descubrirán quien es este Alto Señor Demonio y, espero con ansias sus opiniones al respecto.
Muchas gracias por su apoyo, los quiero.
CAPÍTULO NUEVE
—¿Cómo está mi chica?
—Bien, bien, ssse lo asssseguro... sssi no le importa que esssté con el ángel, uh, bueno... Jasssper. —El miedo y el temor rezumaban del nombre.
Sonriendo, el Alto Señor Demonio el Imperdonable se reclinó en su trono hábilmente erigido con los huesos de los muchos Ángeles Guerreros que había matado a lo largo de los siglos. El cambio de expresión hizo que su cuadrúpedo siervo se echara a temblar. Por lo general, cuando él sonreía, era porque estaba a punto de matar a alguien.
Pero, claro, esto era casi igual de bueno. El hecho de que Isabella estuviera con Jasper emocionaba a Imperdonable hasta lo más profundo de su podrida alma negra. Era por eso que la había marcado después de todo... para llamar la atención del guerrero.
Había empezado a preguntarse si el guerrero alguna vez la encontraría y a lamentar no haber cedido a su deseo de torturar a Isabella cuando había tenido la oportunidad. Ahora se alegraba de haberse contenido.
Ahora podría torturarla a ella y a Jasper.
Ensanchando la sonrisa, Imperdonable se frotó la mandíbula con dos garras de punta roma. Cada día tenía que limarse las uñas para evitar matar a su presa antes de que estuviera listo para ello. Porque, cuando la sed de sangre caía sobre él, perdía de vista el entorno, las ambiciones y simplemente se atiborraba. Olvidaba que la comida sabía mejor si se dejaba reposar durante unos meses, con el terror interminable como adobo perfecto.
—¿Requiere usted algo más de mí, sssseñor? —Le preguntó el siervo, todavía acurrucado en medio de las escaleras al estrado.
—Sí.
—¿Q-qué?
—Te arrodillarás ante mí y te cortaré la cabeza. Tu hedor me ofende. —Como lo hacía el hecho de que hubiera demostrado tal admiración por Jasper.
Un sollozo se escapó de los demasiado delgados labios del siervo, pero no se negó a la demanda de Imperdonable. Hacerlo le habría costado un buen tormento antes de su inevitable muerte.
—Ssserá un placer... mi ssseñor.
Él asumió la posición.
Imperdonable cogió la espada y la balanceó. La cabeza del siervo cayó rodando por los escalones.
Y ni siquiera tuve que ponerme de pie.
Devolvió la espada a su lugar contra el brazo del trono y les hizo señas a varios siervos más para que se adelantaran. Estos se alineaban contra las paredes de la cámara, unos altos, otros bajos, pero todos feos y estaban aquí para servir cada uno de sus retorcidos deseos.
—Tú, limpia la sangre. Tú, alimenta a mi ejército con el cuerpo. Tú, tráeme un bocado para comer. Uno bueno esta vez o te unirás a tu amigo sin cabeza.
Ellos se precipitaron a obedecer. Casi deseó que uno -o todos- se atreviera a desafiarlo. Eso seguro que aliviaría el aburrimiento del día. O más bien de los siglos. Aunque sólo fuera un ratito.
Imperdonable estaba atrapado aquí. Sólo cuando un humano lograba convocarlo podía marcharse, y después, sólo podía permanecer sobre la tierra durante el tiempo requerido para completar cualquier tarea impía por la que el humano lo hubiera convocado... o hasta que el humano muriese, lo que ocurriera primero. Y, para ser honestos, algo que él nunca era, el humano por lo general moría.
Eso había empezado a aburrirle también... hasta que finalmente se había tropezado con la compañera de Jasper. Oh, sí. Había reconocido lo que era y a quien estaba destinada al instante. Quizás se le diría a Jasper... o quizás no. De una u otra forma, Jasper, el ángel guerrero que no tenía nada que perder, el soldado que no amaba nada ni a nadie, tendría algo por lo que merecía la pena luchar.
Entonces, la verdadera diversión comenzaría.
Por fin Jasper pagaría por enviar a Imperdonable aquí.
Los Altos Señores Demonio fueron ángeles caídos que habían dado la bienvenida al mal en sus corazones. Sí, Imperdonable había acogido con satisfacción el mal por decisión propia, pero no había tenido intención de hacerlo así. ¿Cómo podía él haber sabido que la más mínima pizca, recibida sin proponérselo, provocaría que el mal se derramara dentro de él hasta que no le quedara nada de bondad?
Una vez que se había dado cuenta de lo que estaba sucediendo, había luchado, había intentado salvarse a sí mismo. Pero el mal era insidioso, una enfermedad que crecía dentro de ti, a veces tan despacio que no tenías ni idea de que estaba allí, sin embargo estaba, listo para golpear, y al final, te hundías bajo su peso.
Oh, podías llorar cuando cometías tu primer asesinato, pero el segundo, el tercero y el cuarto eran más fáciles, y pronto, ya no derramabas ninguna lágrima en absoluto, ya no preservabas la vida de ninguna forma. Pronto, simplemente, eras una cáscara de tu antiguo yo.
Pero Jasper sabía todo eso y podría haberlo salvado. Debería haberlo salvado. En cambio, Jasper lo traicionó.
—Sssu bocado, ssseñor.
La voz del siervo mezclada con los malditos sollozos de una mujer humana le trajo de vuelta.
Imperdonable parpadeó para enfocar. La mujer fue empujada por las escaleras y obligada a arrodillarse entre las piernas extendidas. De unos veinticinco años, con el pelo castaño y un rostro delicado, le recordó a Isabella.
Cada Alto Señor mantenía a unos pocos siervos en las puertas de infierno. Cuando la carne fresca era escoltada dentro, aquellos siervos luchaban para apropiársela. Aquí abajo, la fuerza equivalía a la justicia. Imperdonable quería a los hombres y mujeres más duros y crueles y los tenía. Nadie desafiaba a sus siervos, porque nadie quería tratar con él. Pero de vez en cuando descubría una belleza morena como ésta.
Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Tenía los ojos de color avellana, de un verde oscuro salpicado con un dorado marrón.
Capturó una de esas lágrimas con la yema del dedo y ella se estremeció y se alejó. Él esperaba la reacción, incluso la disfrutó. Una vez, había sido un discípulo de la magnificencia. Las mujeres lo habían observado maravilladas. Ahora, con sus escamas carmesí, los colmillos manchados de sangre, los cuernos demasiado afilados y la cola con pinchos, era un discípulo del horror.
—Ya puedo saborear tu miedo —dijo él.
Los sollozos sacudieron toda su silueta.
—Por favor. No me haga daño, se lo ruego.
Ella carecía del fuego y el valor de Isabella. Que decepcionante. Pero... sólo pensar en el nombre de Isabella lo llenó de emoción.
¿Cuán desesperadamente la querría Jasper?
¿Qué haría para salvarla?
¿Qué estaría dispuesto a hacer para salvarla?
Los siervos que Imperdonable enviaría para buscarla no tendrían permitido violarla o matarla. Imperdonable tendría ese privilegio. Y Jasper lo observaría todo, antes de que, por fin, lo matara.
Bueno, matara el cuerpo, porque Imperdonable no concedería a Jasper la muerte real: La de espíritu, alma y cuerpo. No, quería al ángel aquí, transformado en un Alto Señor Demonio; sus acciones, una película de ácido sobre su piel; la pérdida y el fracaso, sus compañeros para toda la vida.
—Por favor —dijo la humana, devolviéndolo al presente.
Una mente errante conseguiría que lo mataran. Imperdonable curvó los dedos alrededor del cuello de la mujer e impulsó su cara hacia la suya.
—¿Por favor qué?
—Déjeme ir —se atragantó ella.
Los labios se le rizaron en otra sonrisa, esta vez lenta y oscura como su alma.
—¿Por qué haría yo eso? Debo mantener mi fuerza alta. ¿Y sabes cómo mantengo mi fuerza alta, preciosa?
Temblor, temblor.
—N-no.
Quizás no, pero lo sospechaba.
—Bien, será un placer para mí mostrártelo.
