Capítulo 9

Terry dijo a su cochero que se detuviera en el primer claro que encontraran junto al camino, y Candy suspiró aliviada.

Habían viajado sin parar desde la comida y ella deseaba dar un paseo y desentumecerse un poco. Su marido, sin embargo, parecía sentirse cómodo y relajado en el interior del coche. Tal vez, decidió ella, porque llevaba una ropa mucho más práctica que la de ella.

Terry se había puesto un pantalón de color beis, lustrosas botas marrónes, y una camisa de estilo campesino de anchas mangas con una abertura en el cuello. Aquel atuendo era más adecuado para un largo viaje que el de ella. Candy llevaba tres enaguas debajo de la ancha falda del vestido de viaje de color amarillo y una blusa de seda blanca bajo la chaqueta ceñida, también amarilla, con adornos trenzados de color azul marino. Cubria su cuello una bufanda a rayas amarillas, blancas y azules, llevaba guantes también amarillos y un sombrero de paja con cintas de seda amarillas y rosadas que lo sujetaban sobre los rizos de la melena dorada en la nuca. Tenía calor, se sentía atrapada y bastante molesta al pensar que a las jóvenes elegantes se les exigía vestir de una forma tan estúpida, mientras los caballeros elegantes, como su marido, al parecer podían vestirse como quisieran.

En cuanto el coche se detuvo en un lugar amplio del camino y se desplegó el estribo, Candy cogió a Enrique en brazos y tropezó con Terry en su prisa por salir. Este, en lugar de precederla, como hubiera hecho normalmente, le dirigió una mirada comprensiva y siguió relajado en el asiento.

Después de dejarla un rato prudente para que satisficiera sus necesidades personales, pues imaginó que aquel era el motivo de su prisa, bajó hacia el claro que se abría junto al camino.

—A que aquí se está de maravilla, Enrique?

Se estaba desperezando con los brazos extendidos por encima de la cabeza mientras el cachorro permanecía a sus pies. Por segunda vez, Terry deseo que un artista captara aquella imagen en una tela. Con aquella fina ropa de color amarillo, rodeada por las colinas en las que despuntaban las flores silvestres amarillas y blancas, era la viva imagen de la juventud, la gracia y la energía contenida: una alegre ninfa de los bosques vestida a la última moda.

Soltó una risita ante el giro poético de sus pensamientos y se metió en el claro.

—Ah, es usted! —exclamó ella, bajando rápidamente los brazos aunque con aire aliviado.

—A quién esperaba, pues?

Aprovechando el tiempo antes de volver a encerrarse en el coche, Candy se agachó para cortar una larga y delgada rama de un árbol muerto.

—A nadie, pero cuando una viaja con dos cocheros, dos postillones y seis escoltas, nunca sabe quién aparecerá. Todo un ejército! —dijo riendo, y luego, con la velocidad del rayo, ejecutó un saludo de esgrima con la rama, que empujó luego contra el pecho de Terry.

—En garde! —exclamó, bromeando, luego apuntó hacia el suelo con el pretendido sable, colocó la mano encima de éste y con desenvoltura cruzó un tobillo por delante de la pierna opuesta con el aire de un joven espadachín realmente encantador.

Ejecutó la estocada con el «sable» de madera con una técnica tan impecable que Terry comprendió que no estaba simplemente imitando algo que había visto. Pero por otra parte, le pareció imposible que tuviera conocimientos sobre aquella técnica.

—¿Practica usted la esgrima? —le preguntó, frunciendo el ceño, sin dar crédito a lo que había visto.

Candy asintió mientras se ensanchaba su sonrisa.

—¿Quiere que se lo demuestre?

Terry vaciló, consciente de que el sol no tardaría en ponerse, pero la fascinación venció enseguida al sentido común. Además, se había cansado de estar tanto tiempo encerrado.

—Podría planteármelo —respondió, pinchándola deliberadamente—. ¿Lo hace bien?

—Sólo hay una forma de descubrirlo.

Aceptando el reto con aire divertido, se dispuso a buscar una rama adecuada. Cuando hubo encontrado la que tenía la longitud y el grosor correctos, Candy se había quitado ya el sombrero y la chaqueta. Terry contempló, embelesado, cómo se desanudaba la bufanda del cuello, se la quitaba y luego se desabrochaba unos botones de la falda de seda. Al oír que él se acercaba, Candy se dio la vuelta provocando un remolino de seda amarilla, el color de las mejillas se intensificó y los ojos esmeralda soltaron un destello de emoción.

—Quisiera quitarme las enaguas y los zapatos —dijo. Se levantó la falda dejando al descubierto unas espléndidas pantorrillas mientras hacía girar sus delicados pies y finalmente contemplaba, arrugando la frente, los torturadores zapatos amarillos—. Supongo que voy a romperme las medias, si me los quito, ¿verdad?

Se lo preguntó para pedirle consejo, pero Terry tenía en la cabeza el adorable aspecto de ella en aquella pose concreta y otra cuestión de la que no era del todo consciente: el deseo. De repente sintió nacer en él una desenfrenada pasión, inesperada, inoportuna pero innegable.

—Milord?

Sus miradas chocaron.

—Por que me mira usted con tanta furia?

Haciendo un esfuerzo, Terry se planteó el apuro de la muchacha, aunque en el fondo cada vez veía más claro que no podría contenerse durante todo el viaje.

—Si le preocupan las medias, quiteselas —dijo.

Apartó luego de su cabeza lo que pensaba cuando vio que Candy le daba la espalda y empezaba a quitarse las medias, permitiéndole entrever sus finos tobillos y sus blancas pantorrillas. En cuanto acabó, recogió el improvisado sable y se lo acercó a la frente en un garboso saludo formal.

Terry se lo devolvió, aunque no veía más que el embrujador brillo de aquellos fascinadores ojos verde y el rubor de sus finas mejillas.

Le llevaba ya dos puntos de ventaja y le había demostrado que era un digno adversario cuando Terry consiguió por fin concentrarse en la improvisada liza. Si bien le faltaba fuerza, lo resolvía con unos movimientos rápidos como una centella y sorprendentes juegos con los pies. Pero por fin fueron estos los que le arrebataron la victoria. Candy le había ido acechando hacia el interior del claro con avances rápidos, sin ceder terreno, sin retroceder excepto cuando Terry se imponía con su superioridad física. Cuando quedaba solo un punto para decidir el resultado, ella vio de pronto una oportunidad y entró a fondo. Por desgracia, al arremeter contra él tropezó con el dobladillo del vestido y perdio el equilibrio.

—Ha perdido usted —dijo él con una risita al cogerla entre sus brazos.

—Sí, pero usted no ha vencido por su destreza con la espada sino gracias a mi larga falda —replicó ella riendo. Se apartó de sus brazos, retrocediendo e intentando recuperar el aliento. De todas formas, el rubor de sus mejillas procedía más de aquel último contacto que del agotamiento—. Podía haber conseguido unos puntos más de ventaja al principio—le recordó ella—. Al fin y al cabo, tiene usted muchísima más fuerza que yo.

—Tiene razón —admitió él, sonriendo a pesar de todo—pero no me he aprovechado de la fuerza fisica. Además, llevo más años de práctica que usted.

Riendo, Candy puso los brazos en jarras.

—Es usted una auténtica antigualla, Excelencia. El año que viene o el otro estará ya en las últimas, con una manta sobre los hombros y Enrique dormitando a sus pies.

—Y dónde estará usted? —preguntó él adoptando un aire solemne, deseoso de abrazarla.

Candy retrocedió con una maliciosa sonrisa.

—En la habitación de los niños, jugando con las muñecas, como corresponde a mi tierna edad.

Terry soltó una carcajada al pensar en que pensarían los aristócratas si vieran a aquella mocosa tratarle con tan poco respeto.

—¿Dónde podría estar —siguió ella, riendo— si no es en la habitación de los niños?

En mi regazo, pensó él. O en mi cama.

La sonrisa se desvaneció del rostro de Candy cuando él le colocó las manos sobre las mejillas mientras ella miraba por encima de su hombro.

—¡Santo cielo!

Terry se volvió bruscamente para ver lo que la habiía sobresaltado y se encontró ante los seis miembros de la escolta, los dos cocheros y los dos postillones plantados allí, hombro contra hombro, con aire avergonzado, la prueba fehaciente de que habían presenciado la liza de esgrima y también el juego de palabras entre el duque y la duquesa.

Su mandíbula en tensión y su firme y helada mirada les dispersaron con mayor efectividad que cualquier palabra.

—¡Qué impresionante! —comentó Candy, agachándose para recoger todo lo que se había quitado—. ¡Lo que consigue usted con una mirada! —le aclaró luego, buscando a Enrique—. Una mirada fulminante. Usted no necesita espada. ¿Es algo con lo que nace la nobleza o se trata de una técnica que se adquiere posteriormente, como corresponde a su rango? —Encontró a Enrique husmeando bajo un arbusto y lo cogió—. Su abuela tiene el mismo don. Me tiene aterrorizada. ¿Me sujeta esto, por favor? —Antes de que Terry comprendiera que se disponía a hacer, dejó el sombrero, la chaqueta y el cachorro en sus manos—. ¿Me hará el favor de volverse para que pueda ponerme las medias?

Terry hizo lo que le pedían, pero no se quitaba de la cabeza a toda la aristocracia contemplando horrorizada a Terry Graham, duodécimo duque de Grandchester, dueño de las mayores propiedades y la más importante fortuna de Europa, plantado en un claro del bosque con un montón de ropa femenina en la mano y un perrito horrible decidido a lamerle la cara.

—Quién le enseñó a practicar la esgrima? —preguntó él cuando volvían hacia el coche.

—Mi padre. Le dedicábamos horas y horas cada vez que venía a casa. Y cuando él se marchaba, practicaba con los hermanos de Annie Ellen, o con quien estuviera dispuesto a hacerlo, para que cuando mi padre volviera de nuevo quedara admirado con mi destreza. Imagino que, ya que opinaba que no iba a convertirme en una belleza de mujer, pretendía convertirme en su hijo. O tal vez le gustara la esgrima y practicara conmigo para pasar el tiempo.

Candy no tenía idea de que su voz dejaba traslucir el dolor y el desdén que sentía por su padre.

—¿Candy?

Ella apartó la vista del paisaje que contemplaba a través de la ventana. Desde el simulacro de duelo que habían organizado dos horas antes, el duque la observaba con una mirada extraña e inquisitiva que la empezaba a incomodar.

—¿Sí?

—Me ha dicho que su padre aparecía poco por su casa, ¿Dónde vivía, pues?

Una sombra oscureció el brillo de los ojos de la muchacha, pero se desvaneció acto seguido tras la sonrisa que se apresuró en esbozar.

—Venía dos o tres veces al año a pasar unos quince días con nosotras. El resto del tiempo vivía en Londres. Era más bien como una visita.

—Lo siento —respondió Terry, disculpándose por haberla obligado a hablar de alguien que al parecer le había hecho daño.

—No hace falta que se disculpe, pero si fuera capaz de ver a mi madre con mejores ojos se lo agradecería. Ella se mostró siempre alegre y encantadora, pero después de la muerte de mi padre... no sé... se desmoronó.

—Y la responsabilidad de la casa y del servicio recayó en una niña de catorce años —concluyó Terry tristemente—He estado en su casa y he conocido a su madre y a su tío. Imagino lo que habrá sido para usted.

Candy notó en su voz el enojo y la compasión, lo que aumentó el afecto que sentía por él al comprobar hasta que punto la tenía en cuenta, pero no quería aceptar la lástima.

—No fue tan horrible como parece usted pensar.

Le resultó tan agradable, le dio tanta seguridad que alguien se preocupara por ella que incluso le costó no manifestar la ternura y la gratitud que sentía. Incapaz de expresar sus sentimientos, hizo lo primero que se le ocurrió: cogió el bolsito amarillo que hacia juego con el vestido y la chaqueta y extrajo con cuidado un sólido reloj con su cadena. Para Candy era algo sagrado: el objeto más valioso del hombre al que ella había adorado. Se lo tendió a Terry y, al ver que él lo tomaba con una expresión burlona, le precisó:

—Perteneció a mi abuelo. Se lo había regalado un conde escocés que le admiraba por sus conocimientos filosóficos.—Se le humedecieron los ojos al verlo en la ancha palma de la mano de Terry. Con la voz tomada por los conmovedores recuerdos, añadió—: A él le hubiera gustado que lo tuviera usted. Le habría caldo muy bien.

—Lo dudo —respondió Terry, convencido.

—Estoy segura! Me dijo que debería amar a un hombre noble.

—Él le sugirió que amara a un noble? —repitió Terry, sin dar crédito a lo que oía.

—No, no. A un hombre noble. Lo que es usted.

Sin pensar que a Terry le habían regalado ya muchos relojes de oro más bonitos que aquel, Candy prosiguió:

—Mandé a uno de sus lacayos a mi casa y Flanagan se lo dio. Su abuela no puso inconvenientes.

La mano de Terry se cerró sobre el reloj.

—Gracias —se limitó a decir.

Candy pensó que le había entregado las dos cosas más preciosas que poseía: su amor y el reloj de oro. Y él a cambio cada vez había respondido con un incómodo «gracias». Sin duda, sus regalos le hacían sentir incómodo.

El violento silencio que se desencadena cuando alguien comprende que se ha confiado excesivamente se apoderó de la atmósfera.

Al cabo de un rato, el suave balanceo del vehículo y la digestión de la copiosa comida de antes adormilaron a Candy. Pero a pesar de la lujosa tapicería no encontraba una posición cómoda para dormir. Lo probó apoyando la cabeza a un lado, pero cada vez que el coche daba una pequeña sacudida, se despertaba. Por fin se incorporó, cruzó los brazos e intentó apoyar la cabeza hacia atrás, en el respaldo del asiento. Las ruedas se metieron en un surco y su cuerpo se desplazó hacia la derecha. Tuvo que agarrarse al asiento para no quedar tumbada.

Terry, frente a ella, le indicó con un gesto que cambiara de asiento.

—Con mucho gusto le ofreceré mi hombro como almohada, milady.

Candy aceptó la invitación con ojos somnolientos y se trasladó a su lado, pero él en lugar de ofrecerle el hombro, levantó el brazo para rodear sus hombros, de forma que pudiera apoyar la cabeza entre su pecho y su axila. Milady, pensaba Candy, amodorrada. Qué bien había sonado dicho por él. Se quedó dormida casi en el acto.

Se estaba poniendo el sol cuando se despertó y quedó horrorizada al ver que estaba casi tumbada sobre él. Durante la siesta, en algún momento, Terry habría cambiado de postura de tal forma que su espalda estaba contra uno de los lados del coche y las piernas estiradas en diagonal sobre el asiento. Candy estaba tumbada de lado, entre los brazos de él, con las piernas enredadas con las suyas, el brazo flexionado junto a su cintura.

Aterrada al pensar que él podía despertarse y encontrarla tendida sobre él de aquella forma tan indecorosa, levantó poco a poco la cabeza de su pecho. Intentó apartarse sin despertarle, vigilándole por debajo de las pestañas. Le conmovió ver que el sueño dulcificaba los rasgos de su rostro y los contornos de la cuadrada mandíbula. Visto desde aquel ángulo, Terry parecía mucho menos adusto, tenía un aire casi infantil, y... estaba despierto!

Terry abrió los ojos y bajó la cabeza para mirarla. Durante una fracción de segundo el desconcierto marcó su semblante, como si no la reconociera, pero poco después le dirigió una sonrisa languida, deliciosamente cálida.

—Ha dormido bien?

Candy demasiado avergonzada para moverse, asintió con la cabeza e intentó apoyar el brazo en el asiento. Los brazos de él la retuvieron.

—No se aparte —susurró y, con los ojos entornados, miró sus suaves labios un buen rato antes de dirigir la vista a los abiertos ojos verdes de ella—. Quédese aquí conmigo.

Quería que ella le besara, comprendió Candy con una sensación en la que se mezclaba la alegría y el temor. Aquellos ojos azules, cálidos y seductores la invitaban. Con timidez primero, Candy acercó sus labios a los de él y notó la mano de Terry en la cintura, acariciando su espalda, con gesto reconfortante y estimulante. Los labios de él se movieron junto a los suyos, en un roce de exploración, una invitación a que ella hiciera lo mismo, y cuando Candy captó la idea, la mano de él se situó en su nuca, acariciándosela con gesto tentador, mientras la otra seguía con las sensuales caricias en la espalda.

Terry la iba besando sin parar, se unía a ella con unos embriagadores besos que la hacían temblar hasta lo más profundo de su ser y le hacían pedir más y más. La lengua de Terry dibujó una línea entre los labios de ella incitándolos para que se abrieran, deslizándose luego hacia su interior, acariciando la boca, avanzando y replegándose en ella, excitándola y atormentándola, hasta que por fin Candy, deseosa de comunicarle el ansia que sentía por él, con su propia lengua rozó sus labios. Entonces estalló el beso. Terry la estrujó entre sus brazos, atrajo la lengua de ella hacia el interior de su boca y empezó a acariciarla con la suya. Hizo descender la mano por la parte inferior de su espalda, para que todo su cuerpo estuviera en contacto con el de él mientras la lengua entraba y salía de su boca a un ritmo desenfrenadamente excitante que enviaba oleadas de placer a todo el cuerpo de ella.

Hasta que Candy no notó que la mano de él le acariciaba el pecho y se iba deslizando por debajo de la blusa de seda, no salió del torbellino de salvaje placer en el que se había sumergido por voluntad propia. Fue entonces cuando la hizo retroceder la sorpresa y el sentimiento de culpa, más que el rechazo.

Apoyando los brazos contra el pecho de él intentó recuperar el aliento, levantar la cabeza y dirigir una mirada de apuro a los azules y encendidos ojos de él.

—La he asustado —murmuró él con la voz tomada.

Era verdad, pero Candy vio el humor en aquellos seductores ojos y se negó a admitirlo. Aceptando el desafío formulado por él en silencio, juntó de nuevo los labios con los de él y en está ocasión hizo deslizar la lengua entre ellos y su cuerpo se amoldó al de Terry. Él soltó un sonido que tenía algo de grunido y algo de risa, pero cuando Candy optó por apartarse, los brazos que la sujetaban la apretaron con más fuerza y la boca de Terry se hizo más insistente. Se rindió ante la exigencia de la pasión de aquellos labios, de aquellas manos, devolviéndole los besos y notando que el deseo volvía a apoderarse de ella.

Cuando por fin él la soltó, respiraba casi con tanta dificultad como Candy. Acarició su encendida mejilla con los nudillos de su mano.

—¡Qué suave! —murmuró—. Terriblemente inocente...

Candy pensó que al decir «inocente» se refería a «inocentona» y se apartó de él con gesto brusco.

—Supongo que debo de ser una lata para una persona tan experimentada como usted.

Las manos de Terry le sujetaron los brazos y la volvieron a atraer hacia él.

—Era un cumplido —respondió, con el rostro a unos centímetros del de ella, y la tensión que adivinó Candy en su tono le hizo pensar en cómo hablaría cuando estaba realmente enojado. Con un leve zarandeo, Terry le aclaró lo que había querido decir—. No es usted nada consentida, no tiene mácula, artificio o pretensión, ¿lo comprende ahora?

—¡Perfectamente! —saltó Candy, reaccionando más ante el tono que ante las palabras, pero enseguida aquella absurdidad le hizo soltar una carcajada—. ¿Nos peleamos por saber hasta que punto soy encantadora?

Aquella sonrisa irresistible hizo desvanecer la exasperación momentánea de él y devolvió la sonrisa a sus ojos.

—Eso parece —respondió suavemente y, resignado en el fondo, se enfrentó por fin al hecho de reconocer que no podía seguir negando que existiera aquel insistente deseo que sentía por ella. Candy apoyó de nuevo la mejilla en su pecho, él fijó la vista en su cabeza y fue repasando las razones lógicas que le demostraban que sería un error acostarse con ella aquella noche:

Ella era joven, ingenua e idealista.

Él no estaba lejos de lo uno y lo otro.

Ella quería ofrecerle su amor.

Lo que él quería era su cuerpo.

Ella quería que él la amara.

Él solo creía en el «amor» que se hacía en la cama.

Ella se había encaprichado con él.

A él no le interesaba cargar con una niña encaprichada.

Por otro lado:

Ella le deseaba.

Él la deseaba.

Una vez tomada la decisión, bajó la cabeza.

—Candy? —Cuando ella levantó la vista, intrigada, Terry le dijo con voz tranquila y la máxima naturalidad—: Sabe como se hacen los hijos?

Aquella pregunta inesperada desencadenó una tímida sonrisa y el rubor en las mejillas de ella.

—¿Te... tenemos que hablar de esto?

Los labios de Terry dibujaron una mueca de burla de sí mismo.

—Ayer habría dicho que no hacía falta. Hace una hora habría mantenido lo de ayer. Ahora me temo que no tenemos más remedio.

—¿Qué le ha hecho cambiar de parecer?

Fue Terry quien puso cara de no entender nada entonces.

—Los besos —dijo él sin más preámbulos tras reflexionar un instante.

—¿Y eso qué tiene que ver con los hijos?

Terry apoyó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos y suspiró, divertido y también exasperado.

—No sé por qué me temía que iba a responder esto.

Después de estudiar su curiosa expresión, Candy se incorporó y se arregló la ropa con gesto tímido. Un par de años atrás, Annie había intentado convencerla de que los hijos se hacían de la misma forma que los perritos, pero la despierta mente de Candy había rechazado aquella solemne estupidez. Sabía que los seres humanos nunca se comportaban de aquella forma, y que solo una cabeza hueca como la de Annie podía creer algo tan absurdo. Claro que Annie también creía que cuando uno se volvía de espaldas al arco iris tenía mala suerte y que las hadas retozaban bajo las setas en el bosque. Razones por las que Annie andaba siempre al revés cuando llovía y jamás comía setas.

Candy miró de reojo a su esposo y decidió hacerle una sencilla pregunta sobre algo de lo que no se informaba a las niñas pero ella creía tener derecho a saber. Su abuelo decía a menudo que la ignorancia era una enfermedad que tenía un único remedio: las preguntas. así pues, con sincero y profundo interés, preguntó:

—¿Cómo se hacen los hijos? —Sobresaltado, Terry abrió la boca para responder, pero por una razón u otra las palabras no salieron de sus labios. Al principio, aquel involuntario silencio sorprendió a Candy pero luego comprendió la razón. Moviendo la cabeza, suspiró, comprensiva ante el problema que afrontaban los dos—. Tampoco lo sabe, ¿verdad?

La carcajada de Terry sonó como un disparo. Echó la cabeza hacia atrás y siguió riendo hasta que no le quedó aire en los pulmones.

—Sí lo sé, Candy.

Se daba cuenta de que había reído más aquella semana, desde que la había conocido, que en un año entero.

Un poco molesta por su reacción, Candy siguió:

—¿Cómo se hacen, pues?

El brillo de las lágrimas que había derramado riendo fue desapareciendo al poner su mano en la mejilla de Candy y acariciarle luego el pelo. Por fin dijo con voz ronca:

—Esta noche se lo demostraré.

Acababa de decir aquello cuando el cochero dejó el camino y entró en el patio de una posada en la que se veían lámparas en todas las ventanas.

Continuara...