Disclaimer: ¡Nada me pertenece! Los personajes pertenecen a Yamane Ayano y la historia a FayeC (esta es una traducción).


Capítulo 10

La habitación estaba oscura y silenciosa. Parpadeó un par de veces y trató de respirar profundamente liberando la presión que sentía en su pecho. Algo estaba a su lado, algo extremadamente cálido. Cuando volteó a mirar, vio a Tao acostado a su lado, cabeza en el colchón, profundamente dormido.

«¿Por qué Tao está aquí?».

Tao nunca antes le había vigilado mientras dormía, ni siquiera cuando estaba enfermo. Nunca había sido necesario, nunca antes se lo había solicitado.

Poco a poco y silenciosamente se obligó a sentarse, asegurándose de no despertar al niño dormido profundamente a su lado.

Miró a Tao con una expresión dulce en su rostro. Dormía tan bien.

Poder dormir sin preocupaciones era algo completamente ajeno para él. Se preguntó cómo podía sentirse el ser capaz de dormir sin preocuparse porque algo malo pudiera suceder a la mañana siguiente, o porque las cosas que amaba todavía estuvieran ahí.

A sus ojos el chico parecía tan inocente. A veces se preguntaba si alguna vez hubo un tiempo, aunque fuera solo por una pequeña fracción de su vida, en la que él poseía tanta inocencia. ¿Antes de llegar a estar tan sucio y manchado, alguna vez se sintió despreocupado y pudo dormir tan bien?

Tao era como él, un niño abandonado que tuvo la suerte de ser acogido por una familia rica. Solo que él no había contado con tanta suerte como Tao. En el momento en que había tomado al niño bajo su protección juró que Tao sería más afortunado. Todo lo que a él le había faltado se lo daría a Tao, todo: inocencia, seguridad, calidez y afecto. Si era capaz de criar a un niño con todas estas cualidades, quizá, solo tal vez, después de todo no sería un completo fracaso. Tal vez ante los ojos de los demás podía parecer como el salvador de Tao, pero ante sus ojos, Tao era su santuario.

Por esa razón, su corazón se enternecía cada vez que miraba al niño. Aunque el dolor continuara ahí, siempre podía sacar la fuerza necesaria para seguir adelante solo por tener a Tao a su lado.

Dolor. Sería una mentira decir que su dolor alguna vez se había ido. No hace mucho pudo sentir lo que significaba no sentir dolor. En ese cálido abrazo pudo olvidarse de todo, en ese tierno beso se podía perder, y por un breve momento había ganado algo que nunca había tenido.

Pero todo fue una mentira, una ilusión que el mismo debió crear. ¿Realmente no había nadie en quien pudiera confiar a excepción de Tao? ¿Nadie en absoluto?

—¿Fei-sama?

La voz de Tao lo sobresaltó. Seguramente hizo algún ruido que pudo despertarlo.

Tao se frotó los ojos unas cuantas veces y sonrió.

—Ahora te ves mejor, Fei-sama. Me alegra.

—¿Cuánto tiempo has estado aquí, Tao?

—Oh, desde que te quedaste dormido, Fei-sama. El doctor Quan dijo que alguien debía estar a tu lado y asegurarse de que tomes estos medicamentos. —Le mostró las píldoras en la mesita de noche.

Fei Long le dio un vistazo a los nombres en aquellas píldoras y cerró los ojos. Antidepresivos ¿Quan de verdad pensó que las tomaría?

—Las tomaré más tarde.

Miró su reloj: 9:00 pm. Ya era hora de que Tao estuviera en la cama. ¿Qué demonios le había dado Quan para hacerle dormir durante tanto tiempo? Cuando cayó dormido todavía era de día.

—Debes ir a la cama. Estaré bien. No necesito que me vigilen —dijo en voz baja.

—Pero, Fei-sama. —Tao sabía que no debía cuestionar a su maestro, pero no podía soportar ver a Fei Long en tal agonía de nuevo. Sin importar lo que fuera que hubiera sufrido. Parecía ser demasiado doloroso.

La mirada de preocupación en el rostro de Tao le inquietó. Sin importar por lo que estuviera pasando, no era justo dejar que esto afectara al niño.

—Si estás tan preocupado, entonces ve a buscarme a Yoh.

Una sonrisa apareció en el rostro de Tao que alivió su corazón.

—Sí, Fei-sama.

Observó en silencio mientras Tao salió de la habitación ¿Qué demonios le había ocurrido esta tarde? Puso su mano en su pecho y lo frotó lentamente. Aún podía recordar la intensa presión en su pecho. Por primera vez en su vida pensó que iba a morir. Si Quan le había dado solo antidepresivos debía ser psicológico. Ese tipo de síntomas como resultado de un problema psicológico solo podía significar una cosa...

Cerró los ojos y apretó los dientes. Qué patético. El poderoso Liu Fei Long de Baishe sufriendo un ataque de ansiedad. Hizo una mueca ante el aumento de la presión en su pecho mientras trataba de levantarse de la cama. En ese instante hubo un golpe en la puerta. Debía ser Yoh.

—Adelante.

Vio la puerta abrirse lentamente mientras se levantaba de la cama. Debió haberse movido demasiado rápido, era eso, o el vértigo que sentía era más grave de lo que creía para hacerle perder el equilibrio. Yoh corrió a su lado.

—Tenga cuidado, Fei Long-sama. No se levante tan rápido.

La cabeza le daba vueltas. Se aferró a los hombros de Yoh mientras luchaba por recuperar el equilibrio. Con una mano en su brazo y la otra sosteniendo la parte de atrás de la cintura, Yoh lo levantó y lo mantuvo así, esperando a que Fei Long recuperara el control en sus miembros. No fue intencional, pero en esa posición estaba prácticamente en los brazos de Yoh. Estaban tan cerca que podía escuchar el corazón de Yoh latiendo contra sus costillas. Por extraño que parezca, al momento de sentir el calor de aquel cuerpo, la presión en su pecho desapareció. Conocía ese sentimiento. Aquel calor lo había sentido antes, pero en otra persona, no con Yoh.

Cerró su puño y trató de borrar ese pensamiento de su mente mientras se apartaba del fuerte abrazo.

—Gracias, Yoh —dijo simplemente antes de apartarse.

Fei Long se paró en silencio frente a la ventana, observando hacia el cielo nocturno. Tan silencioso, tan oscuro. Justo como su corazón.

—No se ha tomado las píldoras. —La voz de Yoh estaba llena de preocupación.

—No voy a hacerlo. Quítalas de mi vista —dijo sin mirar atrás.

—No.

Sorprendido por la respuesta, Fei Long se volvió lentamente, sus ojos resplandecieron enrojecidos.

—¿Qué dijiste? —Esta era una respuesta que nunca antes le habían dado. Nadie en Baishe se hubiera atrevido. Ni siquiera su guardaespaldas más cercano.

Yoh se paró a unos cuantos pasos de distancia, mirando desafiantemente a Fei Long a los ojos.

—He estado a su lado durante más de siete años. No le tengo miedo. Tómese estas píldoras. No toleraré verlo sufrir así.

—¿Te atreves a darme órdenes?

A pesar de los esfuerzos de su maestro por mirarlo fijamente, Yoh se mantuvo firme.

—Estoy haciendo esto por usted. Si eso le molesta entonces máteme, adelante. Pero aquí a parte de Tao no hay nadie más fiel a usted que yo, lo sé, y sé que usted también lo sabe.

Para su sorpresa, Fei Long comenzó a reír. Una risa sarcástica dirigida más que todo para sí mismo que a su comentario. Cuando se calmó le dio a Yoh una triste sonrisa.

—¿Qué estás haciendo a mi lado, Yoh? Ni siquiera estoy en condiciones de dirigir Baishe. Tu maestro no es más que una vulgar puta, y sin embargo todavía me quieres servir.

Ciertamente él debía saber lo que había pasado. Yoh sabía lo que Mikhail era para él. Y hoy estaba ahí, a su lado, cuando el hijo de puta le envió el mensaje. Era difícil para él estar frente a Yoh después de todo lo que le había hecho al hombre. Ahora que su precioso maestro había sido reducido a nada, ¿qué pensaría Yoh de él?

Verlo así era más que doloroso. El orgulloso Liu Fei Long de Baishe, la hermosa flor que él nunca pudo tener había sido arrancada y reducida a esto por un hombre. Debía estar lo suficientemente furioso como para matar al mafioso ruso, pero algo le decía que había más en esta historia. Algo no estaba bien. El afecto que había visto en aquellos ojos azules no era una mentira. A si estaba en lo cierto, la única manera de ayudar a Fei Long era aclarando esto, sin importar lo doloroso que pudiera ser para él mismo.

—Él te ama. —Fei Long necesitaba saberlo, si ya no era suficientemente claro.

—¡SE FUE!

No lo dijo en voz alta, gritó. Y ese grito sacudió toda la habitación así como el corazón de Yoh. Nunca olvidaría la expresión en el rostro de Fei Long. El dolor en aquellos ojos era aterrador. Parecía como si fuera a romper en llanto en cualquier momento. ¿O tal vez lo hizo? Aquellos hermosos ojos estaban secos pero él podía ver lágrimas contenidas rodando por sus delicadas mejillas. Fei Long no estaba hablando con él. Se gritaba a sí mismo, tallando en su propio corazón la verdad que no quería creer.

¿Por qué debe alguien tan hermoso sufrir de esta forma? Aquellos impresionantes ojos color amatista no habían sido hechos para llorar. Esos labios perfectos habían sido creados para ser besados, no para pronunciar palabras tan crueles. La bondad en su corazón no había sido creada para ser escondida bajo una apariencia fría. Fei Long había sido creado para ser amado y apreciado. Y aun así no tenía a nadie. Cada vez que confiaba era traicionado. A quienes amaban le abandonaban.

Este era el gran dragón de Baishe, temido por los hombres y maldecido por Dios.

Yoh se acercó y extendió su mano para secar aquellas lágrimas invisibles. Podría matarlo por hacer esto, pero ya no le importaba. Fei Long merecía más que esto. Mucho más. Merecía ser amado. Amado de verdad. En algún lugar dentro de ese cuerpo de hombre había un niño, abandonado, escondido solo en una esquina, esperando a alguien que llegara por él.

—Estoy aquí, y siempre estaré aquí —le dijo Yoh dulcemente, acariciando aquellas suaves mejillas con el dorso de su mano.

Él te ama.

Aquellas palabras le atravesaron el corazón como una espada afilada. Si era cierto, no lo sabía. Lo único que sabía era que cuando estaba en presencia de Mikhail podía respirar. En aquellos brazos podía llegar a quererse a sí mismo. La vida era mejor con él que sin él. Después de todo ese tiempo había pensado que sentían lo mismo. Que a Mikhail le importaba esto tanto como a él. Pero todo era una mentira. Ahora lo único que le quedaba era la ira y el dolor. Tanto dolor que no sabía cómo manejarlo. Tanto dolor que sentía que quería gritar por ayuda.

Se encontró presionándose en el contacto de Yoh. De alguna manera disminuyó el dolor en su corazón. Era lo que necesitaba, todo lo que necesitaba, alguien que pudiera ayudarlo a salir de esa oscuridad, alguien que le quita el dolor. Alguien.

Se inclinó hacia delante, jalando a Yoh más cerca por la corbata, tan cerca que sus labios casi se tocaron.

—Júrame —dijo en voz baja—, que nunca te irás de mi lado. Júralo con tu vida, Yoh.

Yoh tragó saliva mientras trataba de controlar su respiración. El objeto de su deseo estaba justo en frente de él, buscando su abrazo.

—Lo juro con mi vida. Nunca lo dejaré.

Por un momento creyó ver una sonrisa en aquel hermoso rostro. Sin embargo fue breve, tan breve que podría haber sido su propia imaginación. Fei Long lo besó. Se encontró resistiéndose en un primer momento, sin saber si era real o uno de sus sueños. Sin embargo, ningún sueño podía ser tan dulce. Ninguna ilusión podía ser tan cálida. Fei Long realmente le estaba besando. Aquel cuerpo esbelto y elegante que tanto había deseado estaba entre sus brazos.

Fei Long se presionó en el abrazo de Yoh, buscando desesperadamente la solución para poner fin a su sufrimiento. Alguien que le diera de nuevo esa calidez, justo como Mikhail se la había dado. Alguien que lo hiciera sentir amado y apreciado, como Mikhail le había amado y apreciado. Simplemente alguien, cualquiera, que le quitara este dolor.

Yoh pudo sentir la sangre corriendo por sus venas. Un hambre insaciable se deslizó por cada centímetro de su piel, el hambre que había encerrado en su corazón durante siete años. Se presionó más fuerte en la suavidad de aquellos labios que tanto había deseado, que Fei Long aceptó sin vacilar. Aquí mismo, en sus brazos pudo tocar lo intocable. Ahora mismo, pudo tener lo que nunca pensó que podía tener. El final de siete largos años de incesante tortura estaba solo a un brazo de distancia. Solo tenía que tomarlo.

Pero, ¿podía hacerlo?

Cerró los ojos y reunió todas sus fuerzas para controlarse a sí mismo y liberarse de aquel beso. Sin importar cuán absolutamente doloroso fuera, tenía que contenerse. No podía hacerle esto a Fei Long. Lo que Fei Long necesitaba no era su amor ni su abrazo. Eran los de otra persona. No sería capaz de llenar ese vacío. Aprovecharse de él en su estado más vulnerable solo lo convertiría en otra escoria. Eso era lo último que Fei Long necesitaba, alguien que lo usara y abusara de él de nuevamente. Él no sería esa persona. Para él Fei Long significaba mucho más que eso. Más que sus propias necesidades egoístas.

—¿Yoh?

Aquellos hermosos ojos color amatista se llenaron de preguntas cuando miraron los suyos. Yoh volvió el rostro mientras se disculpaba en voz baja.

—No puedo hacer esto. Lo siento.

El silencio llenó la habitación e hizo el aire pesado. Unos pocos momentos después, Fei Long comenzó a reír en voz baja. Yoh lo miró y se dio cuenta que aquellos ojos no reían en absoluto.

—Durante siete años me has estado mirando, desnudándome con los ojos. ¿Creías que no lo sabía? Ahora tienes mi permiso y no puedes hacerlo —habló lentamente, con un tono de voz que no era ni sarcástico ni sincero—. ¿Reamente soy tan patético, Yoh? ¿Estoy tan mancillado que ni siquiera puedes tocarme?

—No hay una sola parte de mi cuerpo que no quiera tocarle en este momento y usted lo sabe. —Yoh lo miró a los ojos para demostrarle la sinceridad de sus palabras—. No es a mí a quien quiere, y solo se arrepentirá de esto.

—¿Arrepentirme? —repitió la palabra familiar con una sonrisa sarcástica en su rostro. Luego la sonrisa desapareció bajo una expresión triste y nostálgica que desgarró el corazón de Yoh mientras le preguntaba tranquilamente—: ¿Crees que me arrepentiría, Yoh? ¿Tú lo harías?

—Yo no. Pero usted sí.

Arrepentirse. ¿Todavía era capaz de arrepentirse por algo? ¿De qué le servía arrepentirse? ¿Acaso no servía para comprender y corregir un error que pudiera afectar el futuro? No había futuro para él. No en este tipo de relaciones. Ser traicionado dos veces era más que suficiente. No habría una tercera vez. No, no se arrepentiría. Había perdido la capacidad de amar a algo o a alguien lo suficiente como para lamentarlo o arrepentirse.

—No hay nada más por lo que pueda arrepentirme, Yoh.

Solo necesitaba a alguien allí, y todo que le quedaba era Yoh.

—En este momento lo que necesito es compañía, y te la estoy pidiendo. No me la niegues.

Normalmente esas palabras lo pondrían de rodillas, y no estaba seguro de si lo habían hecho. Lo único que quería era saltar por esa oportunidad y cumplir con el deseo de su corazón. Le tomó una enorme cantidad de coraje y disciplina no tomar aquello que se le estaba ofreciendo, sobre todo cuando lo deseaba tanto que incluso no le hubiese importado morir por ello.

Lo que estaba a punto de decir lastimaría a Fei Long, pero no más de lo que ya le dolía a él.

—En este momento usted es mi maestro y yo soy su subordinado. —Hizo una reverencia—. Liu Laoban.

Fei Long sonrió para sí mientras Yoh salía de la habitación sin decir otra palabra. No pudo ser más claro. La elección de Yoh de dirigirse a él de esa forma fue como una bofetada en el rostro.

«Todo lo que le quedaba era Yoh».

Tenía ganas de reírse de ese pensamiento. ¿A quién quería engañar? No había nadie allí... nadie en absoluto. La habitación estaba vacía, justo como su corazón. Podría acurrucarse en un rincón y llorar, pero no habría nadie que limpiara sus lágrimas. Sin importar lo mucho que le doliera, no habría brazos para consolarlo. Él estaba ahí, pero a nadie le importaba.

Yoh se paró en silencio con la espalda contra la puerta. Cerró los ojos y trató de no imaginar lo que estaba sucediendo en esa habitación desde el momento en que se marchó. Fue el peor momento para dejarlo, pero si se hubiera quedado más tiempo hubiera sido incapaz de contenerse. Fei Long estaba solo en esa habitación soportando la crueldad de la vida en su más viciosa intensidad, encerrado junto con todo el dolor y el vacío de su corazón. El único hombre que le importaba más que su propia vida estaba sufriendo al otro lado de esa puerta, y era incapaz de ofrecerle ayuda. Una sola lágrima rodó por su mejilla. Solo una. El dolor en su corazón era incomparable con lo que Fei Long estaba sufriendo. No se atrevió a llorar por su propio dolor.


11:00 pm. La puerta se abrió. Fei Long salió de la habitación silenciosamente con una expresión vacía en el rostro.

—Necesito un coche.

El corazón de Yoh se detuvo por un momento mientras admiraba a su maestro. Fei Long llevaba puesta una camisa de seda negra que parecía abrazar cada una de sus curvas, con los tres primeros botones sin abrochar. Como si eso no fuera suficiente para enloquecer a cualquiera, se había puesto un par de pantalones negros tan ajustados que uno podía ver el tono muscular de aquellas largas y elegantes piernas. Su cabello estaba recogido hacia atrás ligeramente, mostrando el escote perfecto que podía seducir a cualquier persona en su camino. Habían pasado meses desde la última vez que Yoh le había visto con aquella ropa, pero recordó de inmediato el significado de semejante apariencia. Fei Long iba a salir a cazar.

Respiró profundamente y trató de controlar el intenso dolor creciendo en su pecho.

—¿Puedo preguntar a dónde va?

Aquellos ojos amatista se tornaron fríos como el hielo mientras hablaba.

—Tu trabajo no es hacer preguntas. Trae el coche, me voy solo.