Por Dios, los reviews me han hecho morir de la risa xD Les juro que no había pensado que lo que dijo Astrid había quedado en plan friendzone, pero ahora lo volví a leer y fue como: ¡oh, es cierto! jfsdk ay, pobre Shion.
Marde State: Querida, ¡no te disculpes! Lo entiendo perfectamente, tú tranquila, aunque me alegra verte de vuelta por aquí. Muchas gracias por dejar reviews en todos los caps que no leíste a pesar de haber actualizado varios, me agrada conocer tu opinión en todos :3 y me gusta que hagas suposiciones también, eso me demuestra que te interesa la historia y te está gustando. ¡Gracias infinitaaas!
britzy: ¡Graciaaas! A ti también te he visto antes, me alegra verte otra vez :3
zryvanierkic: Tranquila, tranquila, no le tengas mucha pena a Asmita, que no soy mala y no va a sufrir :) Además todos conocemos su actitud, igual nos sorprende con algo :o hfdjss y con respecto al PD jaja me encanta burlarme de ellos, no sé xD ¡Gracias por tu review!
Bueno, aquí les traigo el siguiente capítulo. Creo que ya me estoy acostumbrando a publicar una vez por semana y me está gustando dejarlo así, igual quizás suba dos a veces -como hoy, aprovechando que estoy enferma hsdfjk-, eso depende del tiempo que tenga y lo que me demore en editar. ¡Muchas gracias por el apoyo! ¡El siguiente se viene el domingo!
Capítulo 9: Dolor.
— ¡Esto es una mierda! ¡Odio levantarme tan jodidamente temprano!
Astrid abrió los ojos lentamente, recordando inmediatamente que Aldebaran le había dicho la noche anterior que Kardia iba a andar gritando en la mañana, y vaya que no se había equivocado. Ella no era una persona muy amiga de las mañanas, y que la despertaran tremendos gritos no le gustó en absoluto, sobre todo considerando el mal sueño que había tenido la noche anterior, que más bien era un recuerdo. «Qué molesto es este hombre», pensó, para luego gritarle:
— ¡Gracias por despertarme, idiota!
El escorpión no tardó en aparecer en la puerta de la habitación, la cual había quedado abierta en la noche. Se rió al ver a la muchacha tapándose los oídos con la almohada, y fue a moverla para que lo mirara.
— Pensé que eras de sueño más pesado.
— Cállate —bostezó, quitándose la almohada de la cabeza—. Yo pensé que eras más sutil gritando. Ahora ni ganas tengo de ir con ustedes.
— ¿Ir a dónde? —preguntó. Ella se estiró en la cama y lentamente se incorporó.
— Al Coliseo. Aldebaran me invitó anoche.
— ¿Vas a ir con nosotros? —La menor asintió—. ¡Estupendo! Por lo menos no me voy a aburrir tanto.
— No voy a hacer nada por ti, te aviso ahora —aclaró. Kardia se llevó una mano al pecho fingiendo estar ofendido.
— ¿Me crees capaz de pedirte algo así?
— Pues Aldebaran me lo pidió. Por algo lo dice, ¿no? —Se levantó de un salto de la cama y entró al baño. Salió en unos minutos, peinada y limpia—. Anda, vamos.
— ¿Y piensas salir a...? —Se calló cuando Astrid convocó su armadura, la cual en poco tiempo la vistió—. Mejor me callo.
Los dos salieron del templo de Géminis, conversando de trivialidades y cosas en común que tenían. Al llegar a Tauro, Aldebaran los estaba esperando en la entrada y los recibió con una sonrisa... Bueno, en realidad le sonrió solamente a Astrid. A Kardia lo miró como si ya estuviera harto de él.
— Que ni se te ocurra pedirle que haga las cosas por ti —le advirtió, indicando a Astrid. Kardia fingió ofenderse.
— ¿Por qué todos piensan eso de mí?
Y los tres se fueron, Kardia quejándose de la poca confianza que le tenían sus compañeros y los otros dos ignorándolo. Llegaron después de unos minutos y vieron que ya habían aprendices peleando entre ellos en el Coliseo, algunos con santos que los supervisaban y otros solos, pero con sus maestros sentados en las gradas. Cuando los tres santos dorados llegaron, el Coliseo se quedó en silencio e hicieron espacio para que pasaran al centro de la arena. Astrid se sentía incómoda, pues todos la miraban indiscretamente al no tener máscara y no pudo evitar sonrojarse un poco. Kardia lo notó y se acercó más a ella, esperando que el gesto fuera suficiente para que dejaran de mirarla.
— Me gustaría presentarles a nuestra nueva compañera —dijo Aldebaran luego de saludar—. Esta chica que está a mi lado es Astrid, la nueva portadora de la armadura de Géminis. Va a estar supervisando los entrenamientos el día de hoy con nosotros, así que espero que le den una buena bienvenida.
— Y más les vale no faltarle el respeto, eh —agregó Kardia, apuntando con un dedo a todos. Aldebaran rodó los ojos y Astrid se llevó la palma de la mano a la cara.
— Mejor comencemos de una vez por todas.
Kardia inmediatamente arrastró a Astrid con él mientras que Aldebaran se fue hacia el otro lado a ver a otro grupo. Ella miró a los aprendices, que ya habían vuelto a lo suyo, y se preguntó qué es lo que hacían Aldebaran y Kardia.
— ¿Qué se supone que hacen ustedes? —le preguntó al escorpión.
— Supervisamos los entrenamientos y evaluamos a los aprendices y a sus maestros con esto —contestó él, sacando de quién sabe dónde una ficha con espacios por rellenar. Astrid arrugó la nariz.
— ¿No deberían haberle dado esa labor a alguien más... responsable?
— Y ya vamos de nuevo. En serio, ¿qué demonios tienes contra mí? —Kardia suspiró, pero luego siguió hablando—. Antes era Sísifo quien se encargaba de esto, pero él mismo fue el que me propuso para ocupar su puesto. Hasta el día de hoy pienso que lo hizo para sacarse el peso de encima, o quizá porque secretamente me odia.
— ¿Por qué te odiaría? Él no parece una persona rencorosa.
— No lo sé. Me conoce desde que era pequeño, tal vez se está vengando indirectamente por todas las veces que estuvo a cargo de mí.
— Kardia, no creo que...
— ¡Señor Kardia!
Un grito interrumpió la oración de Astrid. Ambos se dieron vuelta y una persona chocó contra la muchacha, quien casi se cae de espaldas de no ser por Kardia, que la sujetó antes de caer.
— ¡Ten más cuidado, Yato! —le gritó mientras estabilizaba a la geminiana—. Casi me la matas.
— Di-Disculpe, señorita Astrid —murmuró, para luego levantar la mirada. Los ojos le brillaron cuando miró a la chica frente a él—. Y-Yo soy Yato de Unicornio.
— Encantada —dijo ella sonriendo.
— ¿Qué pasa? ¿Por qué venías gritando? —preguntó Kardia. Yato pareció por fin recordar a qué había venido.
— Oh, nada muy importante. Es sólo que Tenma y Yuzuriha querían saber si la señorita Astrid era la que había peleado con usted y el señor Manigoldo el otro día, y me mandaron a mí a preguntar debido a que está usted con ella y, pues, ya sabe...
— Es la primera vez que escucho a alguien hablarte con tanto respeto —se burló Astrid. Kardia se cruzó de brazos y apartó la vista—. Sí, Yato. Fui yo la que peleó con los dos.
— Asombroso. En ese caso, mis amigos dicen que la...
De un momento a otro, Yato fue derribado por otra persona. Involuntariamente, Astrid se alejó un paso y se acercó a Kardia, temerosa de que volvieran a empujarla. Estos santos eran bastante violentos entre sí.
— ¡Que la admiro! —completó el muchacho sobre Yato—. Sí, eso.
— Um... gracias, creo —susurró Astrid por lo bajo—. ¿Y tú eres...?
— Tenma de Pegaso —se presentó mientras se apartaba de su pobre amigo. Astrid abrió los ojos con sorpresa.
— ¡Tenma!... Mi hermano me habló de ti. Fuiste a entrenar con él hace un tiempo, ¿no?
— Un momento, ¿es la hermana del demonio de la isla Kanon? —preguntó asombrado. Ella se rió; hace tiempo que no escuchaba aquel sobrenombre.
— Sí, es mi hermano mayor, y se llama Deuteros —aclaró—. Por supuesto... Te recuerdo, Tenma. Fuiste muy perseverante y valiente, en pocos días lograste cosas que yo recién pude en unos meses.
— ¿De verdad? —El muchacho se sonrojó—. No diga eso. Usted es notablemente superior a mí...
— Fue entrenada para ser un santo dorado, ¿qué esperabas? —obvió Kardia, quien desde hace rato se sentía excluido de la conversación.
— Solamente digo que lograste hacer algo en menor tiempo que yo —continuó Astrid—. Deberías sentirte elogiado.
— G-Gracias —murmuró, mirándose las manos con una sonrisa—. Me gustaría hacerle un par de preguntas, si no está ocupada.
— Pues voy a ayudar a Kardia con la supervisión, pero ya que veo que Aldebaran no ha comenzado... —Se encogió de hombros—. Hazlas si lo deseas.
— Bueno, quiero comenzar por...
— ¡Así que aquí estaban!
Una muchacha con el rostro descubierto se acercó a Tenma y Yato, quienes intentaron advertirle con la mirada que volviera a colocarse la máscara, pero ella los pasó por alto. Astrid la miró: era una muchacha de piernas largas y con muchas curvas, no como ella, que no era muy alta y su contextura era más bien delgada; tenía el cabello rubio y largo tomado en una coleta alta, los ojos de un color que no pudo descifrar a simple vista y, lo que más le llamó la atención, es que era lemuriana.
Pertenecía a la misma raza de Shion... y era más joven que ella.
«Tienen el ideal de que debemos mantener nuestra especie para que no nos extingamos, y por eso debemos casarnos entre nosotros» oyó la voz de Shion en sus pensamientos. Sin darse cuenta, frunció el ceño al mirarla y sintió una molestia en su interior.
— ¿Cómo se atreven a irse de ese modo? —les reclamó la chica, aún sin percatarse de la presencia de los dos santos dorados—. ¡Me hicieron correr desde la otra punta del Coliseo sin máscara! Suerte que los santos dorados andan en otro...
Tenma y Yato le estaban indicando desde hace rato la posición de Astrid y Kardia, y la joven se volteó con horror a verlos. Se colocó la máscara rápidamente y agachó la cabeza.
— Disculpen mi descortesía —murmuró—. No me di cuenta de que estaban aquí.
— Tranquila. Ver rostros femeninos no es novedad para mí —dijo Kardia. Astrid lo miró solamente para evitar mirar a la muchacha, que tal vez advirtiera la molestia en su mirada.
— Usted... —Genial, ahora la niña le estaba hablando a ella—. ¿Por qué no ocupa máscara?
— La perdí en batalla —contestó simplemente, para luego agregar—: y estoy autorizada por Athena a no usarla.
— Ah, es la nueva integrante de la Orden —recordó, extendiendo una mano hacia ella—. Mi nombre es Yuzuriha, santo femenino de la Grulla.
— Y yo... bueno, supongo que sabes mi nombre —dijo estrechando su mano. Intentó no sonar tan seca, pero el tono le salió sin poder evitarlo. Kardia lo notó y contuvo una risa, pero se compadeció y decidió llevársela de ahí.
— Bueno... Nosotros tenemos una labor que cumplir —avisó, tomando de la mano a Astrid y alejándola de los menores—. Ya le harás las preguntas en otro momento, Pegaso.
Ambos se alejaron del trío, Kardia prácticamente arrastrando a Astrid, que permanecía de brazos cruzados y con mala cara. Una vez que estuvieron lo suficientemente alejados, se paró frente a ella y le preguntó:
— ¿Qué tienes? ¿Ocurrió algo?
— No es nada —contestó. Kardia sonrió y se cruzó de brazos, como ella.
— Te pusiste así cuando llegó Yuzuriha. Déjame decirte que no tienes nada que envidiarle. —Esto hizo sonreír a Astrid, quien le dio un golpe en el brazo.
— Nada de eso, pero gracias por decírmelo.
— ¿Qué es, entonces? —insistió, pero al ver que seguía sin responder, suspiró—. Oye, sé que tal vez no sea la persona más confiable del Santuario, pero soy bueno escuchando. Me agradas, y me gustaría ayudarte si te pasa algo.
Astrid volvió a sonreír y esta vez se acercó para darle un corto abrazo a Kardia. Él se sorprendió, pero la recibió con los brazos abiertos.
— Está bien. Te lo voy a decir, pero necesito que me guardes bien el secreto —le dijo cuando se separaron.
— Hasta la tumba o hasta que me digas lo contrario —acordó.
— Es que... creo que algo me pasa con Shion.
— ¿Uh? ¿Crees? —repitió—. ¿Por qué solamente "crees"?
— Porque cuando llegó Yuzuriha, recordé que Shion me dijo que los de su raza se casaban entre ellos y, no sé por qué, pero verla me molestó... siendo que él no me interesa de forma romántica.
— Me parece que te estás engañando a ti misma. Aun así, para que te quedes más tranquila, no dejes que Yuzuriha te intimide. Podrá ser de su misma raza, tener un gran par de... —No completó la frase al ver la expresión de Astrid—. Pero Shion nunca la ha visto como una pareja, la mayoría del Santuario lo sabe. Además, creo que ella está de novia con Yato.
— Aun así... —Bajó la vista—. Maldición, ¿por qué me interesa tanto?
— No le des tantas vueltas al asunto y arriésgate. Está bien si el niño te gusta, y ya si no reacciona, pues hay muchos peces en el mar para escoger. Excepto yo, claro, porque estoy ocupado.
— Qué marica —se burló—. Pero ¿qué tal si...?
— Creo que te estás llenando la cabeza porque sí. Esa niña está con Yato, y en el remoto caso de que le guste Shion, él nunca se ha dado cuenta y la tiene en la zona más alejada del noviazgo que puede haber. Deberías tener más confianza y seguridad en ti misma. —Le dio dos golpecitos con el dedo en la frente y luego le pasó un brazo por los hombros—. Ahora, vas a dejar de preocuparte y vamos a hacer nuestro trabajo.
Astrid sonrió y dejó que se la llevara con él, pero la duda permanecía en su cabeza. No quería admitirlo —menos frente a Kardia—, pero sí se sentía insegura y quizá un poquito celosa de Yuzuriha. La chica era muy linda y tenía un cuerpo deseable; ¿cómo Shion podía ser indiferente a eso? Astrid nunca se había relacionado mucho con los hombres, pero los conocía lo suficiente como para saber que eran débiles frente a esa clase de mujeres.
Pasaron las siguientes dos horas supervisando los entrenamientos. Kardia le enseñó a llenar las fichas y a tomar notas sobre las fallas que viera o si quería destacar algo, y descubrió que le gustaba esa labor. A veces el escorpión le pedía que combatiera con algunos aprendices, por lo que terminó un tanto cansada, pero con la satisfacción de nunca haber sido golpeada. A Aldebaran lo habían perdido de vista hace rato; el Coliseo no se veía muy grande por fuera, pero la verdad es que era bastante grande por dentro y uno fácilmente podía perder de vista a alguien. Después, una vez que completaron todas las fichas, se fueron a sentar a las gradas para descansar un poco.
— El sol está fuerte —comentó Astrid. Kardia estuvo de acuerdo.
— ¿Y? ¿Qué piensas de todo esto? —le preguntó él.
— Me ha gustado. Y puedo ver que a ti también te gusta esta labor.
— Uno se termina acostumbrando a los aprendices, me recuerdan a mí cuando era niño. En ese tiempo la Orden Dorada no estaba completa; Aldebaran, Sísifo y Aspros eran adolescentes y aun así los mandaban a llenar fichas.
— ¿Mi hermano tenía este trabajo?
— Sí. Recuerdo que era de nuestros favoritos, porque siempre nos animaba a mejorar y jugaba con nosotros. Manigoldo y yo le decíamos "papá Aspros" de cariño.
— Pues pasó más tiempo con ustedes que conmigo —murmuró Astrid con tristeza. Kardia la miró.
— También recuerdo que tenía algo extraño, algo... misterioso. Era como si estuviese siempre mirando algo que lo seguía a todas partes.
— Ese seguramente era Deuteros —recordó con un suspiro—. Aspros aún estaba cuerdo en ese entonces, me imagino.
— Debió haber sido muy duro para ti vivir todo su cambio. —Kardia acercó su mano a la de ella, esperando que contestara.
— Fue más duro para Deuteros. Yo nunca pude convivir tanto con Aspros. —Astrid calló cuando comenzó a sentir sus ojos aguados—. No hablemos de eso, ¿sí? ¿Por qué no vamos a ver qué hace Alde?
— Como quieras.
Ambos bajaron de las gradas y caminaron por la arena buscando a Aldebaran. Lo encontraron al otro extremo del Coliseo, con un niño y un adolescente que estaban peleando —o jugando— entre ellos. El santo de Tauro, al verlos, se levantó de donde estaba sentado y se acercó a ellos.
— ¡Hasta que al fin aparecen! —exclamó—. Kardia no te hizo trabajar por él, ¿o sí, Astrid?
— Me pasó unas cuantas fichas y me enseñó a llenarlas, pero la mayoría las hizo él —contestó, dándole unos golpecitos en el hombro al escorpión como felicitación.
— Me sorprende. Tal vez necesitabas de alguien que mantuviera un ojo en ti todo el tiempo para trabajar —se burló. Kardia frunció el ceño y se cruzó de brazos como un niño pequeño.
— No entiendo por qué me odias tanto, grandulón.
— Quiero presentarte a mis aprendices, Astrid —continuó, ignorando el berrinche de Kardia—. ¡Teneo! ¡Saro!
Los chicos que peleaban a unos cuantos pasos de ellos se detuvieron al escuchar la voz de su maestro. Se limpiaron un poco las sucias ropas y se acercaron al grupo de dorados.
— Chicos, esta es Astrid —la presentó, indicándola—. Astrid, estos son mis aprendices, Teneo y Saro.
— Encantada —dijo la peliazul. Los muchachos sonrieron.
— Eso deberíamos decirlo nosotros —murmuró Teneo en un tono que Astrid encontró sugerente—. A Saro le gusta.
— ¡No es cierto! —replicó el menor, sonrojado—. ¡Yo no fui el que dijo que estaba para d...!
— ¡Cállate! —Teneo le tapó la boca y se envolvieron en una pelea nuevamente. Aldebaran suspiró e intentó disculparse con la mirada.
— Pueden irse si quieren —les dijo—. Hemos terminado ya.
Escorpio y Géminis asintieron y se retiraron del Coliseo. Una vez afuera, Kardia apoyó pesadamente la cabeza en el hombro de Astrid y soltó un suspiro dramático.
— Por Athena, qué cansado estoy.
— ¿Cansado? ¡Pero si yo fui quien tuvo que pelear con los aprendices para que pudieras llenar tus fichas!
— Estar mucho tiempo bajo el sol me hace un poco mal —murmuró, llevándose una mano al corazón. Astrid entendió y lo miró preocupada—. Creo que será mejor que vaya con Dégel. Aunque no sin antes darte las gracias, también.
— ¿Por qué?
— Suelo acabar peor al ser yo quien a veces tiene que pelear con los aprendices. Me has aliviado un poco el trabajo.
— En ese caso, me alegro.
Astrid ayudó a Kardia a caminar hasta la casa de Aries. Una vez allí, antes de entrar, quitó el brazo del escorpión de sus hombros y abrió una dimensión que lo llevaría hasta Acuario.
— Entra. Prometo que vas a aparecer en Acuario y no en otro mundo —bromeó. Kardia le sonrió y le agradeció con la mirada antes de entrar—. Aunque no te garantizo que vayas a aterrizar de pie.
El escorpión alcanzó a escuchar lo último, pero la dimensión se cerró y ya no pudo volver. La geminiana sonrió y entró a la casa de Aries riendo, cosa que su guardián escuchó desde la cocina. Al reconocer la risa de Astrid, salió casi corriendo de la cocina y aparentó normalidad al acercarse a ella.
— ¿De qué te estás riendo? —le preguntó al verla con semejante ataque. Ella lo miró y se limpió una lágrima que se le escapó.
— Kardia venía conmigo y lo mandé a Acuario usando una dimensión, pero se espantó cuando le dije que no le garantizaba llegar de pie. Debiste haber visto su cara; ahora debe estar tirado en el piso del templo. —Lentamente calmó su ataque y terminó esbozando una sonrisa—. Buenos días, Shion.
— Buenos días —le respondió él con nerviosismo. No sabía cómo comportarse luego de la charla de la noche anterior, prácticamente se había humillado al pensar que ella se le estaba declarando en cierta forma.
— Espero no haberte interrumpido en algo.
— Para nada. Sólo estaba por... —Se le ocurrió una idea que podría remediar su error—. ¿Ya desayunaste?
— No. Iba a hacerlo luego de darme un baño, de hecho...
— Desayuna conmigo si quieres —ofreció—. Puedes ir a bañarte después.
— ¿No te molesta que esté toda sudada y sucia? —le preguntó divertida. Shion sonrió.
— Aun así, me sigues pareciendo linda —dijo, para luego darle la espalda—. ¿Vienes?
— S-Sí... voy al baño primero.
Antes de que el ariano la viera, Astrid desapareció en el baño y se miró en el espejo. Tenía las mejillas rojas y la cara le ardía; ¿qué demonios le pasaba?
—o—
Asmita se dirigía a la casa de Géminis con un sobre en las manos. Había enviado la carta a Deuteros hace ya algunos días y la respuesta llegó más pronto de lo normal, lo cual sabía que pondría feliz a Astrid. Le gustaba sentirla alegre, ya que él también se ponía así, así que esperaba que estuviera en su casa. Aún no podía sacarse de la cabeza la imagen de ella durmiendo en completa paz, e imaginarla con una sonrisa en su rostro lo llenaba de emoción.
Cuando llegó a la casa de Géminis, se encontró con Astrid recién entrando desde la casa de Tauro. Por lo que pudo percibir, venía un poco perturbada, lo cual le hizo sentir un poco de duda. ¿Por qué vendría así desde abajo?
— ¿Te pasó algo allá abajo? —le preguntó. Astrid levantó la vista y sonrió al verlo.
— Buenas tardes, Asmita. ¿Por qué piensas que me pasó algo?
— No necesito tener el sentido de la vista para ver la expresión en tu rostro —aclaró—. Por ejemplo, sé que en este momento tienes la armadura sucia, al igual que tu cabello.
— Me sorprendes. No me dijiste que podías hacer eso. —Ella se acercó un poco más a él—. ¿Qué traes ahí?
— Una carta de tu hermano —contestó, alzándola. Astrid ahogó una exclamación y tomó la carta.
— ¡No puedo creerlo! ¿Cómo llegó tan rápido?
— Digamos que se permitió violar el correo del Santuario y me envió esta carta a través de una dimensión. Me va a traer problemas con el Patriarca, así que supongo que abogarás por mí, ¿no?
— Dalo por hecho. —Examinó el sobre y luego abrazó al rubio—. ¡Gracias, Asmita!
El santo de Virgo se sintió un poco sorprendido, pero luego rodeó a la muchacha con sus brazos y la apretó contra él. ¡Se sentía tan bien abrazarla! Tenía la cabeza de ella apoyada en su pecho, así que seguramente debía estar sintiendo los fuertes latidos de su corazón. Asmita sentía que en cualquier momento le daría un ataque.
— No me dijiste qué te pasa —recordó. Astrid se separó de él.
— Es que estoy muy confundida... —Se pasó una mano por el cabello—. Creo que algo está mal conmigo
— ¿Contigo? —repitió, sintiéndose repentinamente inseguro. La muchacha asintió y lo tomó de las manos para alejarlo del pasillo.
— Necesito un consejo. ¿Puedes ayudarme?
— Claro. —«No sé si me gustará esto», pensó.
— Algo... algo me pasa con Shion. No lo sé, no sé como describirlo... pero me interesa y la verdad es que no sé de qué forma.
Asmita sintió que su corazón detenía su latido. Un desagradable sentimiento de molestia y decepción se instaló en su lugar, pero se contuvo de expresarlo. Bien, a ella le interesaba Shion, pero nada indicaba que él le correspondiera.
— ¿Shion?
— Sí. —Se sonrojó—. Y él me dijo que también le intereso, pero no sé de qué...
Ahora sí, Asmita se dejó caer en el abismo de la decepción. ¡El jodido borrego si le correspondía! ¡Y no podía hacer nada para impedirlo, pues eso le haría daño a Astrid! Se soltó del agarre de la joven y se echó hacia atrás, provocando que ella lo mirara sorprendida.
— ¿Asmita? —Intentó acercarse de nuevo—. ¿Qué pasa?
— Me siento... me siento mal —murmuró, llevándose una mano al pecho. No sabía que era lo que estaba sintiendo.
— ¿No quieres sentarte? Puede darte un... Oh. —Soltó un suspiro cuando comprendió lo que quería decir—. No te sientes mal porque te vaya a dar algo, ¿cierto?
— Me siento... no, estoy molesto —gruñó, dándole la espalda a Astrid—. Tengo que irme de aquí.
— ¡Asmita! —Intentó tomarle del brazo para detenerlo, pero él se soltó.
— No puedo estar aquí ahora —se excusó—. Debo irme.
— ¿Volverás? —le preguntó. Asmita no respondió, y por alguna razón, Astrid sintió que las cosas no volverían a ser iguales entre ellos.
Virgo se dirigió a toda prisa a su templo. Bueno, no tan de prisa, porque se fue caminando. Era la primera vez que sentía celos, y lo peor es que los sentía por un compañero. Asmita nunca fue muy cercano a Shion, pero sí le tenía respeto y lo que menos quería era tener problemas con él. Tenía el presentimiento de que no iba a pasarla bien.
Por otro lado, Astrid se sentía mal. La alegría que sintió por la carta de Deuteros se desvaneció como el aire, dando paso a una profunda tristeza. No entendía qué pasaba con Asmita, y no quería preguntarle por miedo a confundirse todavía más si era posible. Se sentía como la protagonista de un mal libro de romance. Decidió calmarse e ir a su habitación para despejar su mente. No iba a salir de su casa en lo que quedaba del día.
Sé que dije que Asmita no sufriría... pero hoy sí :D y no se preocupen que el drama romántico no durará mucho -de hecho me cuesta mucho escribirlo, considerando que no soy fan del drama xD- a no ser...
Kardia se calienta más de lo normal (if you know what i mean e.e), y al igual que la explicación que di con Regulus, se debe a la guerra santa. Recuerden que varios quedaron con secuelas.
Bueno, espero que les haya gustado. Gracias por seguir conmigo, ¡nos leemos en el siguiente!
