Holaa! -hago una reverencia- He tardado mucho en actualizar, yo lo sé, pero esto de no tener computadora en casa es una verdadera lata. El caso es que aquí les traigo el capítulo diez. Yo sé que muchas de ustedes se estarán preguntando cuando van a arreglar por fin las cosas entre nuestros amados protas, pues puedo adelantarles que eso sucede en el capítulo once sin duda alguna. Bueno, quisiera dedicar este capítulo a todos mis lectores por tenerme tanta paciencia. Sólo espero que me disculpen por demorarme tanto. Aún así yo sé que ustedes seguirán apoyandome! Un beso!


Naruto y todos sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto


The New Guy

Capítulo Diez: AnUnknownLetter.

Habían pasado escasos cinco minutos desde que se encontraron en ese pasillo, pero para ellos el tiempo se había detenido, al igual que el resto del mundo. Aunque ninguno quisiera aceptarlo, se necesitaban tanto como necesitaban el aire para respirar. Por eso, perdidos en una maraña de sensaciones indescifrables, ninguno percibió a la alta figura de cabello rojo que los miraba incrédula desde la escalera.

Kushina dejó las palomitas con mucho cuidado en el suelo y bajó corriendo las escaleras, olvidando por completo que el ruido de sus pasos delataría su presencia. Naruto desvió los ojos en el momento justo para ver como una estela rojiza desaparecía en cuestión de segundos. Su madre los había visto de nuevo, esta vez en una situación mucho más comprometida que la anterior. Se separó bruscamente de Sasuke, intentando controlar los desbocados latidos de su corazón.

Al moreno aquel inesperado rechazo le tomó por sorpresa. Se suponía que por fin, después de tantos intentos inútiles, había conseguido lo que más quería, pero parecía que ese algo todavía se debatía entre lo que sentía y lo que consideraba correcto. Miró fijamente a Naruto, quien con los ojos clavados en el suelo, volvía a respirar con normalidad. Tenía los labios hinchados y rosados, y parecía incapaz de articular palabra.

Él no había visto a Kushina, por eso no comprendía absolutamente nada de lo que estaba sucediendo. Hacia tan sólo un momento estaban de maravilla, pero ahora una especie de muro se alzaba inquebrantable entre ellos, reacio a desaparecer. Entonces sintió algo frío caer en su estómago, y una ligera rabia comenzó a crecer dentro de él. Estaba decidido a obtener una explicación así tuviera que sacársela a golpes, pero las palabras que llegaron flotando a sus oídos lo dejaron completamente paralizado.

-Será mejor que te vayas.

El rubio tardó un momento en levantar la cabeza, pero ni bien su mirada se chocó con el desencajado rostro de Sasuke, se arrepintió de haberlo hecho. Su intención no había sido molestarlo, pero muy tarde se dio cuenta de ello. El moreno le dedicó una rígida cabezada antes de bajar lentamente las escaleras. Cuando llegó a la puerta de entrada la cerró de un portazo, haciéndole saber a Naruto que ya se había marchado.

-

-Eso es interesante.

Estaban sentados en la mesa más alejada de una vieja cafetería a dos cuadras del colegio. Naruto había salido de su casa tras las tres horas más incómodas de su vida, atrapado entre las cuatro paredes de su habitación, sentado en el suelo, con los ojos fijos en la pantalla del televisor. Cuando Gaara y su primo se marcharon, sintió una especie de alivio, pero esa sensación desapareció de golpe, pues su madre, con renovadas fuerzas tras la larga conversación que mantuvo con Minato, irrumpió la soledad de su miseria para pedirle disculpas por haber interrumpido algo tan personal.

-No es interesante, es desesperante.

Hinata chocó con Naruto al salir de una tienda de ropa bastante conocida. Cargada de unas cuantas bolsas repletas de sus compras, insistió en acompañarlo a dar un paseo, pues notó en su apagado tono de voz que algo no andaba bien. Tras media hora de caminar por las abarrotadas calles del centro, decidieron descansar un poco. Ella tenía una idea de que era lo que aquejaba a su amigo, así que después de obligarlo a beber dos tazas de café bien cargado, le pidió que le explicara lo que le pasaba.

-Claro que no –Hinata se pasó una mano por el largo cabello negro-. Lo que pasa es que todavía te cuesta aceptarte a ti mismo que eso que sientes no es malo. Estar enamorado de un hombre es algo normal en ésta época, así que te recomiendo que pienses bien las cosas antes de que tomes la decisión equivocada.

-¿Dé que hablas?

-En el supuesto no consentido de que por alguna loca razón se te ocurra cortar todo lazo con Sasuke sin motivo aparente, cosa que dudo que él permita, te des cuenta de que cometiste un error garrafal –tomó aire-. Y decidas pedirle perdón, él no te escuchará, por qué es demasiado orgulloso. Preferirá quedarse completamente solo a dirigirte la palabra otra vez.

-Supongo… –dijo en voz baja-. No debí haberle dicho eso…

Hinata sonrió de medio lado, al mismo tiempo que negaba enérgicamente con la cabeza. Metió la mano en su bolso, sacándola casi al instante, sujetando una tarjeta morada entre los delicados dedos enguantados, la cual dejó sobre la mesa, junto al móvil del rubio. En pocas palabras le dejó claro que no podía decirle a Ino nada sobre la fiesta, por que era una sorpresa, y que si se le escapaba algo, Sakura en persona se encargaría de matarlo.

-Entendí –dijo Naruto guardando la invitación el bolsillo de su chaqueta-. Pero hablando de otra cosa, ¿qué llevas ahí? –Señaló las bolsas blancas a su lado-. Parece que asaltaste un centro comercial.

-Es ropa para la fiesta –sacó un vestido de una de las bolsas-. Sakura insistió en que nos vistamos de verde, pero como a mí no me gusta, tuve que comprar esto de urgencia.

Naruto pidió la cuenta, pues se estaba haciendo un poco tarde. Una vez en la calle, acompañó a Hinata hasta su casa, que resultó ser un templo japonés en toda regla, con un gigantesco árbol de cerezos asomando su copa por encima del alto muro de piedra que rodeaba el lugar. La muchacha se despidió del rubio con un beso en la mejilla, antes de desaparecer tras la puerta de madera tallada.

Se quedó contemplando el vaivén de las hojas del cerezo hasta que recordó que debía regresar temprano a su propia casa si no quería sufrir el primer round de interrogatorios del día. Caminó unas cuantas cuadras, llegando a la calle principal, donde se montó en un taxi que lo llevó directamente al otro lado de la ciudad. Al llegar, se sorprendió de ver todas las luces de la casa apagadas, cuando a penas eran las nueve.

-¿Kushina? –Preguntó en voz alta mientras subía las escaleras-. ¿Minato?

La puerta del cuarto estaba entreabierta, permitiendo que un débil haz de luz iluminara el oscuro pasillo. Pudo ver el brillante cabello de su madre desaparecer junto a la puerta del baño, desde el cual hablaba su padre. Kushina parecía molesta, más molesta de lo que nunca antes la había visto. Minato emergió de una nube de vapor, envuelto en un albornoz negro, tan negro como su expresión. Algo andaba mal, fue el primer pensamiento que registró su cerebro.

-¿Estás seguro de que no se puede hacer nada? –preguntó Kushina al mismo tiempo que se ponía una chaqueta blanca-. ¿Hablaste con el jefe de la constructora sobre esto?

-Sí –replicó Minato sentándose al pie de la cama-. Tenemos sólo hasta una semana después de que Naruto termine el colegio, pero ni un día más. La construcción de ese edificio no puede retrasarse demasiado, por que los proveedores de materiales podrían cansarse de esperar.

-¿Lo que significa…?

-Que perdería mi empleo ese mismo instante –se cruzó de brazos-. Pero por ahora no debemos preocuparnos por eso; cuando llegue el momento adecuado les contaremos a todos la noticia, aunque no puedo asegurar su reacción.

-Van a matarnos, simplemente eso –sonrió ampliamente-. Bueno, yo iré a terminar de preparar la habitación de huéspedes. Quiero que éste todo listo para cuando ella llegue.

Se alejó corriendo cuando la figura de su madre se acercó lo suficiente a la puerta como para verlo con facilidad. Recostado contra la puerta de su habitación, contemplando fijamente los faroles de la calle a través de la ventana, meditó cuidadosamente cada una de las palabras que había escuchado. No entendía absolutamente nada, pero la sensación de desasosiego que le embargó en ese momento le hizo comprender que fuese cual fuese el significado de esa conversación, no podía ser nada bueno.

-Buenas noches, jovencito –Kushina hablaba desde el pasillo-. La próxima vez avísame cuando llegues, no será que me preocupe por nada.

-Claro, lo haré –respondió un minuto después-. Hasta mañana, Kushina.

-Hasta mañana.

Pero en lugar de acostarse a dormir, decidió sentarse frente a su computadora recién instalada, que zumbaba ligeramente. Con una destreza que creía olvidada, activó el acceso directo a Internet, y rápidamente tecleó una página específica en el navegador. Unos momentos después estaba recorriendo su bandeja de correo electrónico, sorprendido por la cantidad de e-mails que había recibido en casi dos meses de ausencia en América.

-Parece que esto me llevará un poco de tiempo.

-

Faltaban todavía unas horas para que el avión aterrizara en el Aeropuerto Internacional de Narita, pero calculaba que llegaría a eso de las doce. Había leído más de la mitad de su libro cuando una bellísima azafata le ofreció algo de comer. A su lado, una señora recibió de buen grado un vaso lleno hasta el tope de leche caliente. Sin saber muy bien por qué, desvió la mirada, atisbando el cielo tachonado de estrellas a través de la ventana.

-This won't be the same without you, Colin –dijo en voz baja, variando ligeramente la posición de su cuerpo-. Pero que más da, es su culpa el haber reprobado tres materias.

Regresó su atención al libro, decidida a terminarlo antes de aterrizar, pues estaba segura de que no reanudaría su lectura hasta que se encontrara en un vuelo de regreso a California. Sonrió de medio lado, imaginando la cara de sorpresa de su primo cuando la viera a la mañana siguiente desayunando en la cocina. No podía esperar para abrazarlo e insultarlo hasta el cansancio. Todavía no podía perdonarle el que no se despidiera de ella antes de marcharse.

-Naruto, eres un soberano imbécil.

-

Kushina llegó justo a tiempo para ver como el avión dónde viajaba su sobrina aterrizaba en la pista, reduciendo la velocidad paulatinamente hasta detenerse por completo. Las puertas se abrieron al cabo de diez minutos, siendo ella la primera en bajar. Recibió una pesada maleta amarilla de uno de los cargueros y la arrastró con esfuerzo hasta donde estaba su tía, sonriéndole de medio lado.

-Por fin llegué –su japonés era perfecto, demasiado perfecto-. Hace tres años que estoy en una escuela de idiomas, Kushina, así que quita esa cara.

-Cuidado muchachita, que podemos ser familia pero sigo siendo mayor que tú –le planto un beso en la frente, revolviéndole el cabello rojo-. Me alegra que estés aquí, pero es una lástima que Colin no haya podido venir.

-Eso le pasa por irresponsable –gruñó levemente-. Le advertí que reprobaría si no se dedicaba a estudiar, pero fue como hablar con una pared: se pasó la semana de repaso plantado frente al televisor de mí sala.

-¡Que atrevido!

-Por si fuera poco, andaba por ahí presumiendo que pasaba a último año de preparatoria. Yo sé que somos menores a Naruto, pero no es para tanto. Pasar a último año es igual que estar en quinto, con la marcada diferencia que ni bien acabe el año no tenemos que regresar más al colegio –echaron a andar por el camino señalizado hacia la salida del aeropuerto-. Por cierto, tía, ¿por qué no le entregaste a Naruto la invitación a su fiesta de graduación? Todos sus compañeros esperaban verlo allí.

Kushina se detuvo de golpe, mirando fijamente el suelo con sus ojos verdes.

-Samantha, quiero pedirte un favor –la voz le temblaba ligeramente-. No le digas nada sobre esa invitación a tu primo. Él se olvidó por completo de la graduación por algunos problemas que ha tenido aquí, pero si lo llega a saber, no sé que va a pasar.

-¿De qué hablas?

-Yo jamás le mostré ese sobre a Naruto por que no quería enviarlo a los Estados Unidos, por qué sabía que ni bien pusiera los pies en Los Ángeles me pediría que lo dejara quedarse allá –se pasó una mano por la cara antes de guardar la maleta en él baúl del auto-. Te lo digo de nuevo, no le menciones nada a Naruto.

-Como digas, tía.

* * *

-Por fin te dignas a bajar, Namikaze Naruto.

Se paró en seco, con una mano congelada alrededor de una lata de refresco. Respiró profundamente, antes de voltear con rapidez. Para frente a él, una muchacha de brillante cabello rojo lo contemplaba fijamente, intentando, en vano, contener una carcajada. Lo que Samantha más disfrutaba hacer era asustar a todo el que podía, pero su presa favorita era Naruto, pues casi siempre caía. Se cruzó de brazos, e irguiendo la espalda a todo lo que daba, entró con paso majestuoso a la cocina, hasta quedar frente a frente con su primo, quién todavía no se recuperaba de la impresión.

-¿Es que no vas a decir nada? –le cacheteó débilmente-. Que maleducado. Pensé que mi tía te había enseñado a ser un caballero, Naruto.

Al escuchar su nombre por segunda vez, el rubio pareció reaccionar. Abrió la lata de refresco, bebió un trago largo, se sentó en una banqueta junto al mesón, y sonrió como sólo él sabía hacer. Samantha se sentó también, aclaró la garganta, y comenzó con el interrogatorio. Quería saberlo todo. Desde que comida había dejado de comer, hasta que resultados había obtenido en los exámenes. Cuando hacía eso le recordaba inevitablemente a su madre, pero no podía hacer nada por aplacarla. No pararía hasta que se quedara sin nada que contar, por más pequeño que fuese.

Tras sesenta minutos de preguntas, la pelirroja pareció considerar que tenía suficiente información para empezar, pero todavía sospechaba que su primo no le había contado todo, pues cuando le preguntó si tenía novia, evadió el tema rotundamente. Se pasó una mano por el cabello, alborotándose el cerquillo. No tenía sentido obligarlo a que le contara nada sobre la susodicha en ese preciso instante, pero lo haría de nuevo y no se rendiría hasta saber quien era la nueva novia de su primo.

-¿Mi mamá? –preguntó el rubio sacando otra lata de la refrigeradora-. Pasé por su habitación pero no estaba. ¿Salió?

-Se fue con mi tío a una reunión –replicó Sam con voz cansina-. Pero parece que en mi primera visita a Japón me voy a quedar sola, por que tú también vas a salir –añadió al notar la ropa que llevaba su primo-. ¿Se puede saber a donde vas?

-A la casa de un amigo.

-¿Puedo ir?

-Eso no se pregunta –le golpeó la frente con el dedo índice-. Ve por tu chaqueta.

Cinco minutos después caminaban por las abarrotadas calles de la ciudad, Naruto haciendo de guía turístico. Tardaron mucho más de lo planeado en llegar a un alto rascacielos en la zona céntrica de Tokio, construido frente a una famosa floristería, desde dónde la rubia dependienta lo saludaba con efusividad. Ino abandonó su puesto de trabajo un minuto, cruzó la calle antes de que un auto la aplastara y llegó sana y salva al otro lado.

-¡Naruto-kun! –El olor a flores era casi insoportable, pero gracias a que estaban al aire libre no era tan notorio-. Estaba a punto de llamarte cuando llegaste. Sakura me pidió que les avisara a todos que tenemos que estar en el colegio a las tres de la tarde para terminar los preparativos del festival –se volteó hacia Sam, quien la miraba fijamente-. ¿Y ella es…?

-Lo siento, déjenme presentarlas –dijo de inmediato-. Samantha, ella es Yamanaka Ino, mi compañera de clases.

-Es un placer –replicó la pelirroja-. ¿Es tuya esa florería?

-De mi familia –sonrió de medio lado-. Bueno, será mejor que regrese antes de que mi madre se de cuenta de que me marché. Hasta luego, chicos.

-Nos vemos.

Ni bien la rubia entró en la florería, los otros dos caminaron un poco más hasta llegar a la puerta del edificio, por eso ninguno vio a Ino sacar su móvil del bolso que reposaba sobre el mostrador.

-

-¿Una pelirroja? –preguntó Sakura, confundida-. No tengo ni la menor idea de lo que estás hablando.

Ino, fingiendo una paciencia que no tenía, repitió toda su explicación una vez más. Una muchacha pelirroja estaba con Naruto. Él las había presentado, pero no dio más información que el nombre de la chica. Por lo que pudo deducir no era japonesa, pero su japonés era perfecto.

-No sé quien es –se escuchó un pitido en la línea-. No cuelgues, tengo otra llamada –presionó un botón al azar, conectando la otra llamada-. ¿Hinata? No contesta por que está hablando conmigo; marca de nuevo para ponerlas en conferencia –con otro pitido, las tres estaban en la misma línea-. Listo.

-Hinata, menos mal que llamas, tengo que contarte una cosa –dijo la rubia de inmediato-. Después hablamos de mis colores favoritos, ahora escúchame con atención.

-Dime.

-¿De casualidad, tú conoces a una tal Samantha? –Recibió una negativa como respuesta-. Lo que pasa es que Naruto fue a visitar a Gaara, o al menos eso parecía, acompañado de una chica. Yo sé que eso puede parecer irrelevante, pero de la única chica que sabemos que tiene una amistad con Naruto es esa tal Madoka con la que nos encontramos en el Imago Mundi.

-Ya le dije yo que no se preocupara por eso, pero es una terca –intervino Sakura con voz cansina-. Si Naruto no nos cuenta toda su vida es por que quiere un poco de privacidad, aún así debo admitir que me da curiosidad.

-Chicas, tendremos que seguir hablando de esto luego, por que Neji acaba de llegar. Nos vemos en el colegio. Adiós –colgó.

Sakura se despidió también de Ino, y colgó. Dejó el móvil sobre la cama, mientras analizaba su aspecto frente al espejo. El festival era esa noche pero todavía no había escogido la ropa que usaría para la presentación. Ofuscada, regresó a su armario, buscando otra cosa que ponerse.

-

Se habían encontrado con el pelirrojo en el recibidor del edificio. Estaba arrimado a la pared junto a los ascensores, al parecer, esperando. Naruto se acercó con cautela, conteniendo la respiración. Le puso las manos en los hombros, sacudiéndolo con fuerza. Gaara, en lo calmado que era, se dio rápidamente la vuelta, pero no se había esperado ver a Naruto a escasos centímetros de distancia. Por un momento se dejó atrapar por esa marea de color índigo, pero algo más llamó su atención: una muchacha de cabello rojo que los miraba con atención.

-Ella es Samantha, mi prima; Sam, él es Gaara –dijo el rubio al notar la manera en la que su amigo la perforaba con la mirada-. Lamento haber venido sin avisar, pero no me apetecía pasar la mañana entera encerrado en mi casa.

-No te preocupes, puedes venir cuando quieras.

-¡Gaara!

Temari entró en el recibidor con una botella de agua en la mano, al mismo tiempo que se pasaba una toalla por la cara para secar la capa de sudor que le perlaba la frente. Saludó al rubio con un beso, le dedicó una sonrisa a Sam cuando se la presentaron, y por último, le lanzó las llaves del auto a su hermano, quien se las lanzó de regreso.

-Prefiero ir caminando.

-Como quieras.

Y se encerró en un ascensor.

-¿Quisieran acompañarme? –Recibió un asentimiento como respuesta-. Vamos, pues.

Salieron del edificio, calle abajo. Torcieron a la izquierda, metiéndose más y más en el centro de la ciudad. Mientras el rubio reanudaba sus deberes como guía turístico, Gaara escuchaba con atención su conversación. No le tomó mucho tiempo para convencerse de que ese par eran familia: los dos eran ruidosos, confianzudos, amables, pero lo que más los unía era la misma gigantesca sonrisa. Y ahora que miraba con más atención a la muchacha pelirroja que caminaba junto a él, se dio cuenta de que era exactamente igual a la madre de Naruto. Prácticamente una copa en miniatura.

-¿A dónde vamos? –preguntó Naruto contemplando la fachada de las tiendas.

-Le prometí a mi hermana que recogería unas cosas por ella –replicó con voz cansina-. Cosas de trabajo, supongo.

-¿En que trabaja? –Sam se pasó una mano por el cabello, revolviéndose el cerquillo-. Si es que se puede saber, claro.

-Es asistenta del dueño de una galería de arte.

El pelirrojo se detuvo un momento, observando con atención una tienda de aspecto antiguo. Con un vago gesto de la mano les indicó a sus acompañantes que entraran, y así lo hicieron. De las paredes colgaban caballetes, lienzos en blanco, y uno que otro cuadro. En las repisas reposaban pinceles, frascos de pintura, y más lienzos.

-Temari está aprendiendo a pintar –explicó Gaara, cargando dos pesadas bolsas repletas de materiales de arte-. El dueño de la galería es profesor, así que decidió enseñarle.

-Yo no tengo paciencia para eso –comentó el rubio quitándole una de las bolsas-. Una vez intenté entrar en un curso de arte, pero renuncié el primer dia. Me di cuenta de que se necesitaba mucho más que habilidad para dibujar.

Salieron de la tienda y deshicieron sus pasos. Cinco minutos después estaban encerrados en un ascensor de cromo, subiendo velozmente hasta la última planta del edificio. Temari, envuelta en una diminuta toalla de color verde, les abrió la puerta antes de que tocaran el timbre. Recibió las bolsas de papel, desapareciendo en el recodo del pasillo, rumbo a su habitación. Naruto se dejó caer cuan largo era en uno de los sillones de la sala, mientras que Sam ocupaba una mullida butaca forrada de cuero negro. Gaara regresó de la cocina con tres latas de refresco, las cuales dejó en la mesa.

-Muchas gracias –dijo Naruto antes de levarse la lata de refresco a los labios-. Moría de sed.

-Exagerado –musitó Sam bebiendo refresco ella también.

-

Naruto llegó a las tres y media de la tarde al colegio, en compañía de su prima. Sam, quien había insistido en regresar a la casa para cambiarse de ropa, sonreía con satisfacción al atraer las miradas de cuantos chicos pasaran junto a ella en los pasillos. Llevaba un pantalón tubo, bastante ceñido, combinado sabiamente con una blusa de color negro. Lo único que verdaderamente resaltaba de su apariencia era el brillante cabello rojo, que suelto, se mecía de un lado al otro, rozándole la cintura.

Aferrada al brazo izquierdo de Naruto, Sam contuvo la respiración un momento, entrando al salón. Los murmullos que habían salido flotando por el quicio de la puerta cesaron de inmediato cuando la puerta se cerró tras los recién llegados. Por lo que el rubio pudo notar, él era el único que faltaba por llegar. Paseó la mirada por el salón, clavando los ojos azules en Sasuke, quien contemplaba a Samantha con los ojos ligeramente entornados.

Gaara, al parecer nada consciente de la situación, les hizo señas con la mano para que se acercaran, pero en ese momento la puerta se abrió por segunda vez. Sam se volteó al escuchar el ruido de la puerta, su boca formando una radiante sonrisa. Olvidando por un momento a Naruto, corrió hacia Kakashi, quien no podía creer lo que veía. Permitió que la pelirroja casi le estrujara las costillas es un abrazo desmedido, correspondiendo su saludo.

-Naruto –llamó Sam a su primo, acallando los nuevos murmullos que se habían alzado ante la escena-. ¿Por qué no me dijiste que nuestro padrino era tu profesor? Debiste haber comenzado por ahí cuando hablamos esta mañana.

Si antes el silencio era pesado, ahora se había convertido en plomo. Naruto enrojeció levemente y agachó la cabeza, Kakashi clavó la mirada en el cielo azul enmarcado en la ventana, mientras que Sam, objeto de todas las miradas, comprendió que había metido la pata hasta el fondo del pozo.

Temari avanzó hasta el frente del salón, con una conciliadora sonrisa en los labios. Le pasó un brazo por los hombros a Samantha, y la presentó a todo el mundo, aliviando un poco la tensión en el ambiente. Una vez que quedó claro quien era la desconocida pelirroja, Kakashi explicó en pocas palabras que era un viejo amigo de la familia Uzumaki.

-¡A callar! –Ordenó Kakashi cuando todas las cosas regresaron a la normalidad-. El festival comienza a las siete en punto, pero todavía falta mucho por arreglar, así que quiero armen grupos de tres o de cuatro y vayan al patio.

Hinata, Ino y Sakura raptaron a Naruto, quien sin poder hacer nada, se vio arrastrado fuera del salón, dejando a Samantha completamente sola. Los hermanos Sabaku se ofrecieron a acompañarla hasta que su guía se viera libre de sus captoras. Sam asintió débilmente, esforzándose por contener una carcajada. Jamás se habría imaginado lo popular que era su primo entre las mujeres, hasta el punto de considerarla una amenaza a su soltería.

-Pobrecito –se lamentó mentalmente la pelirroja

-

-¡Eres impresionante!

Estaban desperdigados por el salón celebrando su tercer triunfo consecutivo en el festival, todo gracias a Sakura. Habían apagado las luces del pasillo del tercer piso, dejando que el haz de luz que escapaba por el quicio de la puerta fuera lo único que iluminara el oscuro exterior. Hinata, quien había hecho un trato con los estudiantes encargados de los puestos de comida, había conseguido para esa pequeña celebración una cantidad razonable de refrescos y frituras, completamente gratis.

-¡Increíble!

-No es para tanto –decía la muchacha, abochornada-. Hice mi mejor esfuerzo, nada más.

-Pues gracias a tu mejor esfuerzo conseguimos el primer lugar –Ino le revolvió los cabellos-. Y eso que al principio querías matarme por haberle dicho a Kakashi-sensei que te escogiera para que cantes.

-Eso fue por que no lo consultaste conmigo primero.

-No importa –intervino Temari, sonriendo de oreja a oreja-. Pueden discutir por eso después, ahora concentrémonos en celebrar nuestra victoria.

Aquellas palabras fueron recibidas con un grito de júbilo, que de no haber sido por la música que reventaba en el patio, se hubiera escuchado en todo el colegio. Algunos se juntaron en grupos para conversar un poco, mientras que otros se paseaban entre la gente sin nada mejor que hacer que escuchar el murmullo de las voces de sus compañeros. Sam, sentada junto a Gaara, hablaba a la mar de animada sobre algo que Naruto no alcanzó a entender, pues en ese momento la pálida figura de Sai llamó su atención.

-¿Por qué tan serio? –preguntó el rubio sentándose junto a él-. ¿No estás contento por que ganamos?

-Lo estoy, simplemente no lo demuestro –replicó el muchacho llanamente-. Peleaste con Sasuke –no era una pregunta, si no una afirmación-. Debes tener cuidado con las cosas que le dices, su orgullo es muy frágil.

-No fue mi intención hacerlo enojar –se defendió-. Pero estaba nervioso por que alguien nos había visto, eso es todo.

-Supongo que esa parte olvidaste mencionarla –sonrió falsamente, con los ojos negros entrecerrados-. Por ahora no le prestes mucha atención, por que hasta que no se le pase el cabreo no tendrá la cabeza fría para razonar.

-¿De que hablas?

-Tú simplemente has lo que te digo y todo estará bien.

-

-¿Puedo preguntarte algo, Naruto?

Sacó una manzana del refrigerador, a la cual le asestó un buen mordisco. Hacia media hora que habían regresado a la casa tras su pequeña celebración en el salón del tercer piso. Samantha estaba sentada sobre la encimera junto al microondas, jugueteando con el trapo que cubría la licuadora, mientras que Naruto hacia rodar una naranja sobre el mármol negro.

-Dime.

-¿Tienes novia?

Las manos de su primo se crisparon por un segundo antes de volver a relajarse. Estaba nervioso, lo notaba por su respiración ligeramente acelerada. Había cometido un error al preguntarle aquello, pero como en la mañana había evadido rotundamente el tema, decidió probarlo nuevamente en la noche.

-Si no quieres contarme, no importa.

-No es eso –clavó los ojos en la naranja que tenía entre las manos-. Es algo más complicado que tener o no tener novia.

-No entiendo.

Respiró profundamente, serenándose. Ya había dicho más de la cuenta, así que no le quedaba otra opción que contarle la verdad. En una escueta explicación, que de seguro no saciaría el hambre de curiosidad de su prima, le contó sobre Uchiha Sasuke. Para cuando terminó, los ojos verdes de Samantha relucían con fuerza y una sonrisa incrédula le adornaba la cara. Se arrepintió inmediatamente de haber abierto la boca.

-Are you serious? –era descabellado, pero precisamente por eso le creía-. ¿Estás enamorado de un chico? ¿Un hombre? ¡Vaya!

-¿Ahora entiendes por que no quise contarte nada?

-Lo entiendo, sí, pero de todas maneras debiste habérmelo dicho… ¿O es que pensaste que iba a burlarme de ti? –Se bajó de la encimera de un salto-. Eres más tonto de lo que creí, Namikaze Naruto. Eso es completamente normal, aunque inesperado.

-Dímelo a mí.

-¿Mi tía lo sabe?

-Fue la primera en enterarse.

-¿Minato?

-Todavía no.

-Ese es un problema.

Se quedaron un rato más en la cocina, antes de subir las escaleras a sus habitaciones. Naruto se recostó en su cama, con la mirada fija en el techo. La sensación de alivio que le flotaba en el estómago no se podía comparar con nada, por que sinceramente no había planeado contarle a nadie más sobre sus nuevas preferencias. Se cambió de ropa, apagó las luces, y se quedó dormido casi al instante.

* * *

-Llegas tarde.

-Lo lamento, pero necesitaba una buena excusa para salir de la casa.

-¿Averiguaste lo que te pedí?

-Eso creo.

Karin se acomodó el vestido con evidente nerviosismo. Madoka era una persona intimidante, más de lo que se imaginó en un principio. Una camarera dejó una taza de café en la mesa, apuntando discretamente a la muchacha de cabello castaño sentada frente a ella. Asintió débilmente, y bebió un sorbo. Estaba horrible.

-Muy bien, dime que descubriste.

-No estoy segura de si se refería precisamente a él, aunque creo que nadie más en el mundo podría llamarse así, pero hace dos días escuché a Sasuke gritar en su habitación –respiró profundamente-. Estaba furioso. Recuerdo que dijo algo sobre que Naruto era un imbécil, un estúpido, pero que él lo era más por que no podía odiarlo como quería.

Madoka estaba radiante. Había problemas en el paraíso, algo que a ella le convenía bastante. Sonrió ampliamente, llevándose un vaso de jugo a los labios para tener ocupadas las manos. Aunque a Naruto lo había visto una sola vez, eso había bastado para que se enamorara perdidamente de él.

-Eres de gran ayuda, Karin-chan –sujetó sus manos pálidas entre las suyas-. Ahora yo tengo que pagarte el favor.

-¿Cómo?

-Ven a verme mañana en mi casa y te lo explicaré con más calma –le entregó un pedazo de papel garabateado-. Tengo que darte algo que te ayudará a convencer mucho más rápido a Sasuke-kun de que tú eres la persona indicada para él.

-¿De qué hablas?

-Ya verás.

-

-¡A desayunar!

Bajaron en tropel las escaleras, saltándose algunos escalones. Kushina les sirvió la comida con desgana, se quitó el delantal lentamente, les dedicó una apagada sonrisa y se marchó a su habitación. Naruto se quedó mirando el lugar donde segundos antes había estado su madre, algo cortado por ese recibimiento tan antinatural. Samantha no parecía sorprendida para nada.

-Regresaron casi a las doce –comentó la pelirroja sacando una lata de refresco de la refrigeradora-. Me alegro que mi madre no esté aquí, o me mataría si me ve tomando refresco para el desayuno –bebió media lata de un trago, demostrando lo acostumbrada que estaba al metálico sabor de los colorantes-. Estaban hablando algo sobre una construcción detenida.

-La otra noche los escuché hablar sobre un contrato que no podía retrasarse –tenía los ojos fijos en los anaqueles cromados-. Minato dijo que tenía plazo hasta una semana después de que terminara el colegio.

-¿De que crees que se trata?

-No tengo la menor idea, pero no puedo evitar preocuparme.

-¿Es la primera vez que llegan tan tarde?

-Normalmente cuando Kushina lo acompaña al trabajo no regresan más allá de las diez, pero esta vez fue distinto.

-Entonces es algo muy importante, un asunto que tiene que liquidarse lo más pronto posible –se golpeó la mejilla con la cuchara-. Puedo preguntarle a mi madre de que se trata, ella de seguro lo sabe.

-Eso espero.

-

Con una última pincelada, terminó el cuadro que llevaba pintando por horas. Deidara observaba embelesado la pintura, absorto en los detalles. Si algo sabía apreciar verdaderamente en la vida, eso era el arte. Sai se limpió las manos con una toalla embebida en diluyente, analizando a fondo las reacciones del muchacho rubio a su costado. Estaba acostumbrado a que la gente se quedara mirando sus cuadros con una expresión indescifrable en el rostro, pero solamente algunas veces aquellas muestras de admiración llamaban verdaderamente su atención.

-Si quieres, te lo regalo –dijo mientras cerraba tarros de pintura-. A menos, claro, que no te gusten mucho las rosas.

-Esta es negra.

-¿Nunca has visto una rosa de color negro? -lo miró por encima del hombro-. Prefiero pintarlas de color negro por que el rojo es muy común. Digamos que el color de las flores depende de cómo tú las veas.

Deidara asintió débilmente con la cabeza, sus ojos todavía clavados en el cuadro. Sai continuó arreglando su estudio, indiferente al muchacho. Acomodó los frascos de pintura en las repisas, guardó los pinceles junto a unos caballetes nuevos. Al momento de organizar sus cuadernos de dibujo, una hoja garabateada cayó al suelo, casi rozando un charco de pintura negra. La recogió con cuidado, observándola atentamente.

-Deidara.

-Dime –por fin había regresado a la realidad.

-¿Puedes pedirle a Naruto que venga?

-¿Y eso para que?

-Para nada en especial, simplemente quiero hablar con él.

Deidara marcó el número de su primo con evidente recelo.

-¿Naruto? –Calló un momento-. ¿Quieres venir a visitar a tu primo? Conoces la dirección de la mansión, además soy yo quien siempre va a verte –arrugó la frente, esperando a que el alborozado rubio terminase de despotricar contra él-. No me importa que te hayas peleado con Sasuke, así que vienes en éste instante o ya verás.

Colgó.

-Listo.

-Muchas gracias.

-

-¿Qué nos falta?

Sakura se sentó en uno de los butacones de la sala, sosteniendo una botella de agua en la mano derecha, y el palo de una escoba en la izquierda. Hinata y ella habían pasado la mañana entera decorando el jardín del templo donde celebrarían el cumpleaños de Ino. La pelinegra estaba recostada en la alfombra, contemplando el techo con los ojos vacíos. Estaba exhausta.

-Tenemos que pasar por el Imago Mundi a recoger las bebidas y confirmar la ayuda de las meseras del bar –se incorporó sobre el codo, balanceándose ligeramente-. El auto está en la cochera, pero tendrás que conducir tú por que yo no sé hacerlo.

-¿El chofer?

-Está en Okinawa con mi papá. El doctor le recomendó que tenía que descansar lejos de la ciudad, y Akira es su hombre de confianza –se levantó de un saltó-. Vamos, tenemos que tener todo listo para esta noche. No quiero ninguna laguna en la fiesta.

-¿Las llaves? –Se levantó también, pero con desgano-. No pretenderás que encienda el carro con la mente.

-En el diván de la entrada.

-

-¡Deidara es un auténtico imbécil! –Gruñó el rubio mientras se cambiaba de ropa-. Juro que ni bien lo vea le arrancaré los ojos.

Llevaba diez minutos revolviendo el contenido de los cajones de su armario en busca de una camiseta que por algún motivo había decidido desaparecerse en ese preciso instante. Sam, por su parte, estaba frente a la pantalla de la computadora revisando su bandeja de correo electrónico, impresionada por la cantidad descomunal de correos que había recibido de Colin.

-Colin es peor que un imbécil –murmuró la pelirroja con desgana-. Tengo casi setenta coreos suyos en los que me ruega que regrese. ¡Ja! Tiene que acostumbrarse a la idea de que no siempre voy a estar ahí para salvarlo.

-Bueno, ya estoy –se acomodó la chaqueta negra-. ¿Estás segura de que no quieres venir? Me da cosa dejarte sola en la casa.

-Completamente segura –sacudió la cabeza en un asentimiento-. Cuando termine aquí me iré directo a la cama. Ayer me quedé despierta hasta muy tarde terminando de leer un libro que compré antes de venir.

-Como quieras, entonces -le besó la frente-. Nos vemos más tarde.

-Hasta luego, Naruto.

Se detuvo un momento en el pasillo, tranquilizando los latidos de su corazón. No quería ir a la mansión Uchiha por el simple hecho de que Sasuke estaría allí. Lo que más pánico le daba era que él le abriese la puerta, por que sabía que no podría aguantarse al tenerlo tan cerca. Caminó despacio, intentando retrasar lo más posible el momento en que saldría de su casa. Tan distraído estaba que no notó la puerta de la habitación de su madre, que dejaba a la vista uno de los cajones de la cómoda, del cual sobresalía un sobre de color perla. Entró en la habitación como empujado por una fuerza desconocida.

-¿Qué demonios…? –Estaba dirigido a él, marcado con el matasellos de la oficina postal de Tokio. Pero su asombro se convirtió en incredulidad cuando leyó el nombre del remitente-. ¿El director?

Abrió el sobre con precipitación, sintiendo como sus pulmones se vaciaban de golpe. Desdobló el papel con manos temblorosas, clavando los ojos azules en la pulcra y estilizada caligrafía del director se su antigua secundaria. Una especie de vacío le oprimía el pecho con una fuerza desmedida, como si quisiera ahogarlo allí mismo, pero en realidad, ahora le daba igual.

"Naruto:

Me imagino lo difícil que debe ser para ti el acostumbrarse a una nueva ciudad en donde no eres más que un extranjero, pero confío en que con tu fuerza de voluntad consigas sobreponerte. Todos tus profesores me han pedido que te envíe saludos, que te recuerde que ellos existen y que siempre piensan en ti aunque no puedan comunicarse.

De todas maneras, el motivo de esta carta es otro. Dentro de dos semanas será la graduación de tu promoción, así que quiero invitarte, por que a pesar de que ya no eres más alumno de éste colegio, yo te sigo teniendo en consideración. También quiero instarte a pensar en que la secundaria es la mejor época de la vida de una persona, pues allí es donde haces amigos para toda la vida, así que piensa en esos meses más que te quedan de clases como una oportunidad que no se les presenta a muchas personas.

Pero bueno, basta de melancolías. La invitación está en el sobre, así que espero verte dentro de dos semanas en el colegio con tu habitual sonrisa. Todos tus compañeros estarán esperándote en la puerta del auditorio, al igual que yo. Ahora, lamentablemente tengo que despedirme, pero te lo recordaré una vez más: tú recibiste una oportunidad única para prolongar una etapa crucial en tu vida. Aprovéchala.

Nicholas Clark"

Lo había olvidado. Era un verdadero idiota. No podía creer que había olvidado su propia graduación con la desmedida ilusión que le hacía. Sus amigos, su director, todos lo habían esperado, pero el nunca llegó. Ni siquiera lo sabía. Había estado tan centrado en los problemas que tenía con Sasuke que no se le había pasado por la cabeza el hecho de que se había marchado dos semanas antes de que se terminaran las clases en los Estados Unidos.

-Qué imbécil… –tenía la voz quebrada y los ojos acuosos-. Qué imbécil que soy…

Guardó la carta en el sobre, el cual a su vez, lo dejó nuevamente en el cajón abierto. Se secó las pocas lágrimas que le rodaban por las mejillas, pero estaba seguro de que ni bien pusiera un pie fuera de la casa el caudal se desataría. Tal vez no era tan mala idea pasar un rato en la nueva casa de su primo, con la mente ocupada en otras cosas en lugar de esa carta. Pero lo que todavía no entendía era por que su madre no se la había mostrado, pues estaba seguro de que ella la había recibido.

Se pasó una mano por los rubios cabellos enmarañados, desordenándolos más si es que aquello era posible. Compuso una falsa sonrisa, bajó las escaleras, agarró las llaves de la casa, y se marchó. No quería estar allí ni un segundo más.


Todavía no me gusta como quedó, pero después de muchos arreglos al capítulo original, decidí que ésta era la mejor correción.

Nos vemos en el siguiente!