Tras una cortina roja que resguardaba una sala con barras americanas para bailes de striptease, y unas mesas dispuestas en forma de U, se hallaban aquellas criaturas que hicieron las delicias y las torturas de los participantes en el torneo.

Una se alzaba entre todas las demás, por su belleza salvaje, su elegancia y su gracia, tanto al hablar como al gesticular.

Era una reina entre la plebe: un animal salvaje que llamaba la atención por su larguísima melena roja, su sinuoso y esbelto cuerpo, y su mirada: una increíble mirada llena de mares y cielos tormentosos. Era Karin, la Reina de las Arañas.

Todos los demás se congregaban alrededor de aquella hermosa mujer. Todos con sendas máscaras y antifaces, embelesados por su discurso y su savoir faire, ninguno reconocible, a no ser que estuvieran dispuestos a pronunciar su verdadero nombre.

Ino no podía dejar de admirar a la joven ama, tan reconocida dentro del mundo de la dominación y la sumisión. Saku le había contado lo sucedido en el torneo con Karin y, aunque tanto su hermana como aquella desafiante belleza habían tenido un serio encontronazo sexual, Saku le había dejado claro que, si no llega a ser por su intervención, ni Sasuke ni ella estarían juntos.

Karin la protegió cuando el juego de cartas les puso entre la espada y la pared. Entró en la mazmorra y jugó con Saku, cuando sabía que si llegaba a ser Suigetsu quien la poseyera por atrás habría destrozado a su amigo Uchiha y también habría roto el corazón de su hermana.

La Reina, magnánima, los cubrió a ambos.

Y, al parecer, también protegió su propio corazón, ya que Suigetsu y ella habían sido pareja, y, aunque ya no lo eran por algo turbio sucedido entre ambos, los sentimientos permanecían allí, entre capas y capas de rencor y decepción. A Karin tampoco le habría gustado que Suigetsu se hubiese tirado a Saku.

Del mismo modo que Sasuke habría matado a Suigetsu, un hombre lagarto, si hubiera tocado a su pelirrosa.

Los celos podían conseguir dos cosas: o destruían, o reconciliaban.

Saku y Sasuke se habían reconciliado.

Karin y Suigetsu no.

La curiosidad de Ino hizo que buscara a Suigetsu entre los demás, pero no lo encontró. Karin era fácil de reconocer por su presencia y su liderazgo, sobre todo porque no llevaba el rostro cubierto con un antifaz al uso. Solo portaba uno que cubría sus cejas y parte de sus pómulos, pero el resto de su cara y de sus facciones permanecía libre de camuflajes.

Itachi buscaba a Hidan entre los encapuchados, los enmascarados y los verdugos en general.

Trataba de encontrar a alguien con tatuajes en las manos, pero muchos de ellos llevaban guantes, como él, así que era imposible.

Era surrealista creer que Hidan estuviera ahí, del mismo modo que el mafioso no podía imaginar que el objeto del deseo del Drakon y el objeto de su venganza asistieran juntos a su fiesta BDSM.

—Ninguno de nosotros esperábamos que tras los villanos se escondiera gente de ese perfil — aseguró Karin jugando con su copa de Ron—. Los que estáis en este mundillo sabéis cómo de sanos somos todos en realidad. Sí, es cierto que tenemos gustos distintos respecto al sexo, pero, por lo demás, no somos sádicos ni psicópatas ni asesinos. Lo que pasó en las Islas Vírgenes no tiene nombre y debe condenarse... Sin embargo, no nos puede salpicar. Esto ha disparado todas las alarmas, pero

jugar tiene un riesgo. Igual que salir a la calle y hablar con un desconocido. Quien crea que el BDSM es más peligroso que la vida real, va muy equivocado. —Dibujó una sonrisa y parpadeó con coquetería —. Por tanto, el foro permanecerá en activo. Hemos prohibido los mensaje privados para evitar captaciones dentro del foro que luego nos involucren injustamente. Ya sabéis que hay amos de pacotilla sueltos que lo que buscan es castigar —dijo a modo de aclaración—, y nosotros no nos hacemos responsables de esos comportamientos enfermizos.

—Pero, Reina —dijo una mujer sentada sobre las piernas de su amo—, muchos de los amos que había en el foro han desaparecido. ¿Estaban también involucrados en el delito cometido?

Karin negó con la cabeza.

—No. Solo buscan limpiar su honor y desentenderse de nuestro juego. Nosotros no tenemos nada que ocultar. La liga de BDSM seguirá en pie con los originarios. Los más auténticos, o sea: nosotros.—Se dio un palmada en la nalga y todos la vitorearon—. Quienquiera seguir dentro lo hará. Quien no, ya sabe donde tiene la puerta. —Se acabó su copa de un trago y la dejó con un golpe seco sobre la mesa—. Y, ahora, ¿a qué hemos venido? A dejar dinero, ¿verdad? Cantidades desorbitantes e insultantes de dinero. —Sonrió con pillería—. ¡Pues eso haremos! Tengo aquí las cartas del torneo. Nuestros clientes, los que se van a dejar la pasta gansa, esperan un buen espectáculo tras todos y cada uno de los reservados y las cabinas. ¡Eso les vamos a ofrecer!

Itachi e Ino se miraron el uno al otro, y no hizo falta decirse nada más.

Hidan podría estar en una de las cabinas. Solo hacía falta averiguar detrás de cuál.

Naruto bebía de su lata de cerveza y seguía paso a paso los avisos de su programa de identificación. A él también le gustaría encontrarse con Hidan. El maldito Venger, si era tan narcisista y vanidoso como parecía, estaría haciéndose pajas mientras disfrutaba del espectáculo en el Temptations. Se acordó de Mei, su pareja en el torneo, que había muerto a manos de aquel villano.

Sin embargo, aquel espectáculo no sería de su agrado, pues los amos y las amas auténticos no estaban mal de la cabeza, como los miembros de la Old Guard y los sádicos que formaban parte de la noche de Walpurgis en las islas.

Hidan adoraba la violencia y del sometimiento. Era un psicópata que camuflaba sus ansias de hacer daño a través de lo que él creía que era BDSM. Pero un evento natural de BDSM no predicaba su ejemplo, por eso se aburriría. Esta vez no estaba en su torneo.

La misión había sido un despropósito. Pero ¿qué no lo era?

Su vida misma, la de Naruto, se había convertido en la comidilla del cuerpo. De la noche a la mañana pasó a ser el señalado, el chico del expediente manchado, el maltratador..., y todo porque Hinata se asustó. Su denuncia mancharía su historial de por vida.

Muchos miembros del cuerpo del FBI se habían reído de él, y si no lo hacían en su cara, se reían a sus espaldas.

Naruto se instruía como amo para el caso de Amos y Mazmorras. Le encantaba entender y practicar el rol de la dominación. Y aquella noche decidió jugar con su esposa, a la que tanto amaba y deseaba. Y se equivocó.

Simplemente, se equivocó.

Y no por el hecho de jugar a amos piratas y doncellas sumisas. Se equivocó por creer que Hinata le entendería, por creer que su esposa jamás le traicionaría de aquel modo. ¿Cómo iba a ser capaz de denunciarle? ¿Cómo iba a pedirle el divorcio y a quitarle la custodia de su hija?

Naruto pensó en Milenka. Estaba claro que Itachi no quería tener nada que ver con ella, y saberlo le molestó. Si él pudiera ver a su hija Himawari con normalidad, le estaría dando besos y abrazos a todas horas.

La cuestión era que ya no importaba que Hinata se arrepintiera de lo que hizo. La dulce Hinata echó por tierra todo el amor que sentía hacia ella y ya no podía hacer nada para remediarlo. Por mucho que se presentara en el torneo —y a saber quién la había instruido—, Naruto no podía olvidar que su hermosa mujercita había destrozado medio año de su vida y le había privado de su cama y de su niña.

Sonrió con pesar y clavó sus ojos dorados en la pantalla de su portátil.

Aun así, la sorpresa que se llevó al ver a Hinata allí, como Miss Hinatication, lo dejó sin palabras.

Estaba loca. Estaba muy loca. Siempre lo había estado, y eso era lo que más le gustaba de ella. Era impulsiva, aunque fuera eso mismo lo que los destruyó.

Su móvil se encendió. Tenía una llamada entrante.

Como siempre. Cuando pensaba en ella, como si ambos tuvieran telepatía, Hinata llamaba. Como si con ese gesto le dijera: «Eh, oye, que estoy aquí. ¿De qué quieres hablar, cariño?».

Naruto pensó en si debía cogerlo o no.

Al final, siempre lo cogía. No sabía todavía por qué. Tal vez porque le encantaba escuchar el tormento en la voz de Hinata. O puede que fuera porque le gustaba creer que estaba dispuesta a hacer todo lo que hiciera falta con tal de recuperarlo.

—¿Sí? —Siempre contestaba igual. Y eso que sabía perfectamente quién estaba al otro lado de la línea.

—Hola, Naruto.

—Ah, eres tú.

Un largo silencio invadió la comunicación.

—Claro que soy yo. Siempre soy yo.

—¿Ah, sí? No estés tan segura, princesa. —Le gustaba provocarla y hacerle creer que podía estar con otra persona.

—No lo estoy.

—¿Cómo está mi hija?

—Se ha dormido hace un rato. No suelta su oso panda de peluche. El que tú le regalaste, ¿te acuerdas? Dijiste que lo compraste en Japón. Pero supongo que era mentira, porque nunca fuiste agente comercial, ¿verdad? —dijo con voz afectada.

Sí, recordaba que lo había comprado mientras trabajaba en una misión, de incógnito. Hinata no sabía a lo que se dedicaba en realidad. Durante años, le había mentido, para protegerla y no asustarla con su trabajo. No era ni el primero ni el último que mentía al respecto.

—Ahora no tengo tiempo para hablar, Hinata.

—¿Tienes pesadillas? —preguntó de golpe—. Supongo que tú no, ¿verdad? Tú estabas acostumbrado a esas cosas... Eres agente del FBI.

Naruto se frotó la cara con la mano. Necesitaba despejarse, pero hablar con Hinata no lo ayudaría demasiado. La tristeza y la ansiedad en su voz lo dejaban inquieto y preocupado.

—Princesa... Nadie está preparado para ese tipo de cosas, aunque tenga placa.

—Ya no me gusta cómo me llamas «Princesa», como si fuera algo repulsivo y tedioso para ti.

—¿Y qué esperabas?

—No lo sé... —contestó ella, abatida—. No lo sé, Nicholas. Pensé que entrar en el torneo ayudaría a que volvieras a confiar en mí. Quería demostrarte que podía entrar en tu mundo y que quería...

—Ya, claro... ¿Puedes entrar en mis expedientes y eliminar la denuncia de malos tratos? —espetó con inquina.

—La he retirado, Naruto —contestó ella, llorosa.

—¿Y qué? Ya no importa. La mancha está ahí. Nunca se borrará.

—Naruto, por favor, si tan solo me dieras una oportunidad de...

—¿De qué? ¿Me la diste tú para explicarme? Me privaste de mi hija seis meses. ¡Seis! —gritó enfadado—. Me perdí sus primeros pasos, y cómo le crecían los dientes. Me perdí mucho por tu estupidez.

—No fui estúpida. Solo estaba asustada —replicó ella manteniendo la calma—. Naruto, tú tampoco has sido sincero conmigo... Llevábamos siete años casados y durante todo ese tiempo has fingido ser un maldito agente comercial. En el torneo me secuestraron, me golpearon, vi cómo degollaban a Mei y cómo te golpeaban... Me metí en un buen lío por recuperarte, ¿y así es como reconoces mi esfuerzo?

Él mantuvo el silencio. Hinata tenía razón, no se lo podía negar. Pero, en ocasiones, era mejor que la gente no supiera a qué se dedicaba. Como infiltrado, debía mantener el anonimato.

—Fuiste muy valiente —reconoció a regañadientes—. Pero muy tonta e inconsciente. No lo vuelvas a hacer.

—Lo volvería a hacer.

—Típico de ti. No escuchas. En fin, Hinata... ¿Por qué has llamado? ¿Qué quieres?

Hinata permaneció en silencio unos segundos.

—Yo... No sé a quién acudir.

—¿Qué te ocurre? ¿Necesitas algo? ¿Dinero para Himawari?

—¿Lo dices en serio? —preguntó ofendida—. Nunca te he pedido nada ni para mí ni para mi pequeña. No seas ridículo.

—Ah, sí. La niña rica de Luisiana, se me olvidaba —comentó él, sarcástico.

—Me he ganado cada centavo. ¿Sabes?, no me gusta cómo me hablas. Estás siendo desagradable.

—Supéralo. También fuiste desagradable cuando acudiste a la policía diciendo que yo había intentado violarte y que te había pegado.

—Dios... Lo siento. ¿Cuántas veces tengo que pedirte perdón?

—¿Cuántas veces? —Sonrió—. En fin —dijo sin paciencia—, ¿qué quiere la Princesita? Me llamas para algo, supongo.

Hinata soltó el aire como si estuviera acongojada.

—No puedo dormir bien. Y tengo miedo. Recibo llamadas extrañas y tengo la sensación de que me persiguen.

Naruto apretó los dientes con rabia. Su mujer sufría de estrés postraumático.

—Es normal, Hinata. Con el tiempo esos síntomas pasarán...

—¡No, Naruto! No son síntomas, no me lo imagino. Lo digo en serio.

Naruto negó con la cabeza. A muchas víctimas les sucedía, sobre todo después de experimentar algo realmente difícil de asimilar. Se sentían inseguras, acosadas, perseguidas..., entraban en una pequeña psicosis.

—Escúchame bien: la ansiedad pasará. Ve a tu médico de cabecera y que te recete unas pastillas.

—Odio las pastillas. Yo... Mira, me encontraría mejor si vinieras y estuvieras aquí con nosotras.

Contigo me siento a salvo.

—¿Cómo dices? ¿Ahora te sientes a salvo? ¿De verdad?

—No lo digo para presionarte, ni es una artimaña para que me perdones ni nada de eso..., pero estoy realmente asustada, Naruto. ¿Puedes coger un avión y venir a pasar unos días a Luisiana? Te lo pido por favor.

Hinata no tenía ni idea de que él estaba allí, para ayudar a Ino y a Itachi. Y mejor que no lo supiera, si no, no tendría excusa para negarse. Sus suegros le habían llamado infinidad de veces para disculparse por el vacío al que le habían expuesto después de la denuncia, pero él nunca les había cogido el teléfono.

No quería tener nada que ver con ellos, con nadie de la familia Hyuga. Aunque no era culpable de nada, le daba vergüenza hablarles de nuevo. Después de todo lo que había sucedido, ya no quería volver a relacionarse con ellos ni con nadie que pudiera mirarle con compasión o arrepentimiento.

—No puedo, Hinata. Lo siento. Estoy de viaje —contestó acercándose al monitor del portátil. El programa estaba reconociendo las facciones de uno de los bedesemeros. La barra estaba al cincuenta y cinco por ciento. Acababa de encontrar una coincidencia. ¿De quién se trataba?

—Naruto, te lo suplico... Sabes que no te pediría nada si no fuera porque de verdad creo que algo no va bien.

—Regresaré dentro de una semana —dijo acelerando el proceso de identificación—. Pasaré a veros entonces.

—¿No puedes venir antes?

—Hinata, ¡maldita sea! —contestó nervioso—. ¡Estoy trabajando! ¡¿Comprendes?! ¡Que tú me pidas cosas está fuera de lugar! ¡Te firmé el divorcio! ¡Tómate algo y déjame tranquilo! —le gritó.

—De acuerdo —contestó ella en medio de un sollozo.

Hinata colgó el teléfono inmediatamente.

Naruto se quedó mirando el iPhone. ¿Estaba llorando? ¿Hinata estaba llorando? La había visto llorar en contadas ocasiones. ¿Por qué se ponía a llorar ahora?

No era que no estuviera preocupado, porque lo estaba, y mucho. Pero sentía resquemor hacia ella por todo lo que había hecho y no le apetecía ayudarla.

—¿A ver? Itachi, acércate más —ordenó a través del comunicador.

En el Temptations, Karin repartía las cartas de Dragones y Mazmorras DS a todos los bedesemeros. A unos les tocaba la sala privada de la cruz de san Andrés; a otros, la sala del potro. A otra pareja le tocaba la silla de tortura. A varias parejas, sexo en grupo.

Todos, sin distinción, esperaban recibir su carta, sus objetos, su superficie, su modalidad, así como el tiempo y el número de orgasmos. La baraja tenía cuatro tipos de cartas que, combinadas, creaban una escena que debían llevar a cabo los amos y las sumisas. Con gag, sin gag, con palabra de seguridad o sin ella, tres orgasmos o ninguno... En el suelo o contra la pared.

Karin repartía a los bedesemeros por las salas tras cuyos cristales opacos se ocultaban los mirones que pagaban; clientes ricos y acaudalados, algunos de los cuales asistían por primera vez a una noche clandestina de ese tipo. Esos fondos se utilizarían para un bien institucional y benéfico en Nueva Orleans. Aunque el dinero procediera de un evento de esa naturaleza, la intención era lo que contaba, ¿no?

El juego de esa noche seguía la regla de la baraja de sumisión y dominación especial del torneo.

Amos y sumisos debían obedecer lo que saliera en sus naipes.

Karin se plantó frente a Ino e Itachi, y les sonrió diabólicamente.

—Se lo estoy preguntando a todos y vosotros no seréis menos. —Los miraba como si quisiera adivinar quiénes había bajo las capuchas de verdugos y las máscaras—. La cabina número tres ofrece quinientos mil dólares por una gang bang de cuatro contra una. Será el cliente quien dé las órdenes que deben ejecutar los amos.

Itachi entrecerró los ojos e Ino tragó saliva, incómoda.

Un gang bang era una especie de violación consentida en grupo. La chica tendría que dejarse someter por cuatro hombres que le harían todo lo que quisieran. Miró de reojo al mohicano, y este le devolvió la mirada. Se había oscurecido.

—Los demás a los que se lo he ofrecido no comparten a sus parejas —explicó la Reina de las Arañas—. Tal vez a vosotros os interese. —Arqueó una de sus rubias cejas y miró con abierto interés a Ino—. ¿Qué dices, preciosa? ¿Entras a jugar con los mayores? El cliente ofrece muchísima pasta.

Además, ha pedido que se aclaren los cristales para que veáis cómo os miran.

—¿Quiénes son los que pagan? —preguntó Ino.

—Eso no os importa —contestó Karin, frunciendo el ceño—. Lo único que nos concierne es que paguen de verdad —contestó ella—. ¿Te animas?

—No —dijo Itachi con un gruñido.

—Claro que sí —aseguró Ino. ¿Sería Hidan quien estuviera detrás del cristal?—. Soy la hermana de Lady Nala —añadió, esperando que eso alertara a la preciosa ama.

Karin se echó a reír con sorpresa.

—Nala y yo nos conocemos muy bien. —Le guiñó un ojo y la observó con intensidad—. Sí..., os parecéis. Tenéis ese deje rebelde que no pega en absoluto con una sumisa. A Sasuke le costó domarla.

—Sasuke no la domó —aclaró Ino.

—No esperaba menos de ella. —Sonrió con orgullo—. Pero eso es porque no se ha sometido al poder de mi fusta. Me encantan las chicas como ella. —Se relamió los labios—. ¿Alguna vez te has entregado a una mujer?

—No.

—¿Te gustaría? Es increíblemente doloroso y placentero —le aseguró, sonriendo con naturalidad—. Las mujeres conocemos nuestros límites y sabemos hasta dónde podemos empujar.

—Mi hermana me contó lo que hiciste por ella, Karin —la cortó de cuajo.

—Ya. —Karin se pasó la mano por la larga cola rubia de caballo y se encogió de hombros, como si no quisiera darle importancia a ese recuerdo—. Lo disfruté. Entonces..., ¿debo suponer que eres tan bedesemera como ella?

—Más o menos.

—Es decir, no lo eres. ¿Y qué haces aquí?

—Se supone que eso no debe importarte. —Este vez fue Itachi quien contestó, respondiendo lo mismo que Karin. La ama asintió con la cabeza e hizo un mohín disconforme con los labios.

—Esa respuesta no me gusta nada. Es típica, o de un matón, o de un madero. ¿Qué sois?

—Verdugos —contestó Itachi.

—¿Tiene esto que ver con lo de las Islas Vírgenes? —Karin se puso nerviosa—. No quiero problemas aquí, ¿de acuerdo? Si ha de haber alguna intervención, que sea fuera de este local.

—No te preocupes. Solo estamos buscando a una persona. —La tranquilizó Ino—. En esa sala... ¿Dices que podré escuchar las voces de las personas que están tras el cristal?

Itachi se removió inquieto. No quería meter a Ino en una cabina para que otros la manosearan a su antojo.

No le gustaba nada la idea, pero tendría que aceptar ese sacrificio si así podía ver quién había tras el mostrador. Si iba cojo o con muletas, ya sabía que era Hidan. Entonces no le haría falta nada más. Iría a por él, lo reduciría y lo mataría. Dos días después sería Ino quien esperara al Mago para torpedear la entrega de la mercancía.

Un mafioso traficante de personas y de droga, y un traficante de armas, los dos muertos de un solo disparo. No podía ser mejor.

—Sí. Lo han pedido así, y como ellos pagan, ellos mandan —contestó Karin.

—Entonces, accedo.

—Pero no eres un ama de verdad, ni tampoco una sumisa —objetó la mujer, incómoda—. No quiero que retiren el dinero si no les gusta lo que ven.

—Eso no fue ningún impedimento para que no le dieras por detrás a mi hermana, ¿verdad, Karin?—Ino tomó la carta de Dragones y Mazmorras DS que tenía el ama entre las manos y la miró. Era la carta switch, la que intercambiaba los roles de pareja—. ¿Sirve de algo esta carta ahora?

Un fulgor rebelde iluminó los ojos de Karin. Quería contestarle como sabía, sin diplomacia, pero respetaba a Ino, igual que había respetado a su hermana. Ellas no verían su lado arisco y cortante.

—No. Esta vez no hay cartas para vosotros. El gang bang es libre y no hay ni orden ni control.

¿Estás segura de que quieres entrar ahí? Los amos no se andan con tonterías. Te van a coger y van a hacer un ocho con tu cuerpo.

Ino no estaba segura de nada, excepto de querer ver con sus propios ojos si Venger era uno de esos clientes. Si era uno de ellos, haría lo posible por evitar que Itachi lo matara.

—Vamos a entrar —afirmó—. Pero quiero que él sea el líder de los cuatro —pidió Ino—Obedeceré sus órdenes.

Karin elevó las dos cejas y miró a Itachi.

—Así que eres el rey de la manada, ¿eh, guapo? Si la nena lo pide, tendrás que dárselo, ¿entendido?

Itachi asintió.

Karin guio a los dos agentes a través de la multitud, que los observaba con interés. Todos aplaudieron con ganas al comprobar que una mujer y su amo accedían a jugar en la gang bang.

—Aquí no hay palabra de seguridad —aclaró la Reina—. Esto es para valientes; sumisas que se entregan con todas las consecuencias, seguras de que los hombres le darán lo que desean. Ahora bien: no tienes por qué hacer todo lo que el cliente te pida. Siempre sano, seguro y consensuado, ¿recordáis? Si exige algo que amenace tu seguridad, detendrás el juego. —Miró a Itachi.

Ambos asintieron con la cabeza.

Karin se quedó más tranquila y después les abrió la puerta para que entraran en la sala privada.

—Adelante.

Cuando pasaron a la salita circular percibieron un olor a cerrado.

Ino tenía la garganta seca. A Itachi se le aceleró el corazón, preocupado por ella.

Tres hombres encapuchados, con arnés cruzados de piel, hombreras metálicas y pantalones de cuero largos, esperaban con solemnidad a su presa. Y cuando vieron lo hermosa que era, los tres se sonrieron. Uno de ellos se frotó las manos.

—¿Estás preparada, muñeca? —le preguntó.

Los demás se echaron a reír.

—No tan rápido, guapos. —La voz de Karin retumbó en las paredes oscuras de la sala y cayeron con solemnidad en la moqueta roja del suelo—. La nena viene con amo, y ha pedido que él sea el jefe. Obedeceréis sus órdenes y las de nuestro cliente —ordenó sin inflexiones. Los tres hombres asumieron el rol y Karin añadió—: ¡Que empiece el juego!