Un capítulo de transición, un poco más tranquilo, algunas cosas caen en su lugar de a poco. Si esperaban revelaciones, o grandes novedades, no las encontrarán aquí, pero es necesario ajustar los tornillos antes poner el máquina en marcha…
Un par de avisos:
Para Bia: actualizo cuando puedo, generalmente el fin de semana, pero no es exacto… depende de muchas cosas, pero entre viernes y sábado generalmente puedes esperar novedades mías. ¡Muchas gracias por tus comentarios!
Para M.L.: tu cuenta otra vez no acepta mensajes privados… te respondo en cuanto puedas arreglarlo.
Ahora sí, los dejo con el capítulo.
.
Capítulo Nueve: El primer día del resto de mi vida
.
Habla Vampirella
Ver a Edward dormir era fascinante. Yo lo había visto aburrido, divertido, enojado, feliz, relajado, preocupado… pero nunca profundamente dormido, por razones obvias. Ahora, ver su pecho subir y bajar rítmicamente, oír el latido lento y estable de su corazón, era una experiencia increíble. Yo nunca había entendido cómo Edward no se aburría de observarme dormir a mí, pero después de esta noche, comprendí un poco mejor su fijación.
Un rato después de dormirse, él se giró sin llegar a despertarse, y quedó acostado boca arriba. Suspiró profundamente, entreabrió la boca, y… roncó.
Tuve que contener un ataque de risitas. ¡Yo había hablado en sueños, pero Edward roncaba! ¡Y cómo roncaba este hombre! Parecía que quería recuperar todos los años en que no había sido capaz de hacerlo de una sola vez.
Si Emmett pudiese oírlo ahora, las bromas que le gastaría por la mañana…
Detuve mi pensamiento ahí, preocupada. Ojalá Emmett estuviese bien. Rosalie había estado fuera de sí en el momento en que le había dicho todo eso, y debía estar arrepintiéndose… pero eso no bastaba para borrar todas las cosas hirientes que había dicho. Yo estaba bastante segura que ella no creía en realidad que Emmett fuese menos que ella o que sólo lo había tomado como consuelo a falta de alguien mejor, pero al decir todo eso sin duda lo había lastimado mucho, por más que no fuese cierto.
En la planta baja, Esme y Carlisle habían terminado de hablar sobre el llamado del hospital y la decisión unilateral de Esme sobre que Carlisle no podría asistir, con el consecuente enojo de Carlisle. Él había reconocido que no hubiese ido de todos modos y que su enojo había sido desmedido con respecto a Esme sólo porque ella le había respondido enseguida a la recepcionista. Ella había admitido que tendría que haberle preguntado, pero que en el momento ella había reaccionado casi por instinto. Los dos se habían pedido perdón el uno al otro, se habían besado en reconciliación (un poco demasiado apasionadamente para mi comodidad, incluso con varios pisos separándonos), y luego habían ido a ver a Alice.
Eso nos dejaba a Rosalie, que había dejado de llorar hacía un rato, a mí y al dormido (y roncador) Edward a solas en la casa. Yo no estaba preocupada por que Rosalie me atacara o que lastimara a Edward; de algún modo yo sentía que ella ya no tenía energías para hacer nada más esta noche.
Por una parte, Rosalie me daba un poco de lástima. Tener tanto rencor y tanto dolor dentro debía ser horrible. Yo no estaba segura de cuándo había sido convertida Rosalie, pero debía hacer ya un par de décadas. Imaginarme a alguien viviendo a lo largo de años con tanto enojo, tanto dolor, era tristísimo.
Otra parte de mí no sentía ni pizca de lástima por Rosalie, sino que estaba furiosa. Las cosas que les había reprochado a Emmett, Carlisle y Esme, además de crueles, habían sido injustas. Ella se había comportado como una persona horrible al decir todo eso sin detenerse a pensar ni un poco en que estaba pegándoles justo donde más les dolía a cada uno de ellos: a Emmett, al decirle que era poca cosa para ella; a Carlisle, al decirle que preferiría estar muerta; a Esme, al decir que era una mala madre.
Edward seguía profundamente dormido, tanto que me arriesgué a levantarme sigilosamente. Yo no había visto el área de demolición en que se había convertido el dormitorio de Emmett y Rosalie, y aunque sabía que fisgonear era incorrecto, la curiosidad era más fuerte que yo.
Con el sigilo de una sombra, gracias a mi nueva forma y figura, me deslicé por el pasillo hasta la puerta entreabierta y eché un vistazo. Por muy poco no se me escapó un jadeo.
No había luz eléctrica, pero gracias a mi vista superior pude reconocer lo que había en la habitación, que parecía una zona de desastre. Los muebles, frazadas y almohadas estaban rotos en miles de pedazos. Una de las cortinas había sido arrancada de cuajo, mientras la otra se bamboleaba todavía lastimosamente, medio caída y con un gran rasgón en el medio. Una de las ventanas estaba rota, pero entre los trozos partidos de vidrio que estaban todavía en el marco reconocí, aunque apenas, un hilo pegado con cinta adhesiva del que colgaban unas cuantas grullas de papel. Otros muebles estaban tan destrozados que no pude adivinar en todos los casos lo que habían sido.
Había tirados contra una de las paredes algunos trozos muy grandes de lo que debió ser el tocador, con el espejo roto, y un puñado de aserrín y astillas encima, como si a parte del mueble Rosalie lo hubiese reducido a polvo mientras que a otra parte se había limitado a romperla. La puerta de la habitación tenía marcas como si alguien hubiese arrojado cosas contra ella, lo que sonaba bastante posible; las paredes también tenían huecos y raspones. La elegante lámpara que hasta entonces había colgado del techo estaba, rota y aplastada, sobre los restos de la cama.
De la cama quedaban el cabecero, que estaba intacto, y un montón de metal retorcido y aplastado, que debía ser el resto. Del colchón no quedaban más que unos pedazos de gomaespuma, y unos jirones de lo que debieron ser las sábanas. Una de las mesitas de luz estaba tumbada, de la otra no quedaba más que un montoncito de pedazos de madera barnizada. Las puertas del ropero–habitación de Rosalie estaban abiertas, dejando ver el caos del interior; una de las puertas estaba fuera de sus goznes.
Aunque quizás más impresionante que toda esta destrucción eran las centenas de grullas de papel que estaban por todos lados. Muchas estaban enteras, pero otras habían sido pisadas o desgarradas. Esme había tenido razón: a ojo de buen cubero, yo hubiese dicho que ahí había por los menos unas siete mil, siete mil doscientas quizás. Muchas de las grullas parecían haber sido hechas con papel blanco común, el que se compraba por resma. Pero la gran mayoría estaba hecha de lo que parecía papel de revistas, libros, periódico, hasta me pareció reconocer parte de un plano en las alas de una de las grullas que estaba en el rincón entre la ventana rota y los restos del tocador.
Me retiré en silencio, lo más rápido posible. Lo único que me faltaba era que Rosalie saliera del baño y me descubriera allí. Volví junto a Edward, tan pacíficamente dormido como antes, y roncando con tantas ganas como hasta entonces. Me senté con cuidado en el borde de la cama y le acaricié la cara, colocando un mechón rebelde de cabello que le caía en la frente de nuevo en su lugar.
-Te amo -le susurré-. Vamos a salir adelante. Voy a protegerte, si hiciera falta. Mientras yo era humana, me protegías; ahora es mi turno de cuidarte.
.
Habla Humanward
Mis vacaciones humanas eran interesantes por decir lo menos, pero de a ratos yo ansiaba con mucha fuerza volver a ser vampiro. Por ejemplo, cuando desperté el sábado casi sobre el mediodía, porque todos los miembros de mi familia se habían complotado para dejarme dormir hasta tardísimo, sólo para encontrarme con que Alice había ido de compras. Eso por sí solo era medianamente aterrador, pero al ver todo lo que había comprado, su expedición me resultó completamente aterradora.
Alice me había comprado tres cepillos de dientes, cinco pomos de dentífrico, dos máquinas eléctricas de afeitar, una decena de afeitadoras descartables, crema de afeitar para dos meses, cinco tipos de desodorante, seis colonias y otros tantos perfumes, dos tipos de talco, dos jabones de glicerina, una crema para la piel seca y una para la piel con exceso de grasa, una loción para limpieza de cutis, y nueve botellas de champú y otras tantas de crema de enjuague, además de crema de peinar, crema restauradora de cabello dañado y gel para el cabello.
La llamé por teléfono en cuanto vi todo ese despliegue en el cuarto de baño. Yo ya había estado de mal humor por haber perdido casi la mitad del día durmiendo, y encontrar el baño convertido en una perfumería sólo me hizo rabiar más.
-¡Buenos días, dormilón! ¿O debería decir buenas tardes? -rió ella, atendiendo al primer timbrazo.
-Alice, hasta yo sé que los odontólogos recomiendan cambiar el cepillo de dientes cada tres meses -gruñí-. ¿Por qué, en nombre de todo lo que es santo, yo tengo tres?
-Para que puedas elegir -respondió ella con toda naturalidad, como si fuese algo elemental-. Había tantos modelos distintos que me costó decidirme. El de mango azul es para encías sensibles, el verde es para limpieza profunda por la forma de las cedras, y el rojo está especialmente diseñado para remoción de la placa bacteriana y el sarro. Bueno, pensándolo, creo que sería mejor que usaras los tres.
-¿También tengo que usar los cinco tipos de dentífrico? -le pregunté, al borde de mi paciencia.
-Son siete, en realidad. Hay dos que no cupieron junto a los demás, están en el botiquín -explicó Alice-, junto con el cepillo de dientes eléctrico.
-Oh, ¿a los dentífricos los tengo que usar consecutivamente, un día a la semana cada uno, o uno atrás del otro, a todos, todos los días? -pregunté sin poder ahorrarme el tonito de curiosidad-. ¿Con los tres cepillos de dientes a cada uno, o no hace falta? ¡Qué digo tres, los cuatro cepillos de dientes! ¿Y los perfumes? ¿También tengo que usarlos todos a la vez? ¿Qué hay de los desodorantes, también los tengo que usar todos? ¿Y las colonias?
-El sarcasmo no es lo tuyo, Edward -chascó la lengua Alice-. Los desodorantes son para que veas cuál es el más cómodo, si el en aerosol, el líquido roll–on, el en barra, el antitraspirante o el desodorante perfume. Los perfumes y colonias, bueno, depende de cómo huelan según tu nuevo sentido del olfato y qué opina Bella al respecto.
-Alice, ¿por qué hay unas cremas de aspecto sospechoso y ni hablar de los jabones y la crema de peinar? -inquirí, casi más asustado que enojado-. Dime que son para Bella…
-Las cremas son para el rostro esencialmente, dependerá de cómo se comporte tu piel -explicó Alice con paciencia-. Los jabones son contra el acné. Y la crema de peinar, es para hacer más fácil el peinarte y darle forma y brillo a tu pelo.
-No pienso ponerme nada de eso en la piel, recuerdo cómo olían para mí cuando mi sentido del olfato era mejor que ahora. En cuanto a mi pelo, no necesita más forma de la que tiene, muchas gracias por tu interés -le gruñí.
-Vamos, no dirás lo mismo cuando estés luchando contra los nudos.
-No tengo el pelo lo suficientemente largo para eso -repliqué-. Y por lo visto tengo un arsenal de cremas de enjuague que se ocupan del mismo tema. Alice, en serio, ¿no te das cuenta que no voy a ser humano el tiempo suficiente como para que valga la pena?
El silencio que siguió a mi declaración no me gustó nada.
-Bueno, siempre puede usarlas alguien más -respondió Alice distraídamente-. Hum, ¿por qué no te vistes con tu suéter verde?
-No tengo un suéter verde -le dije, confundido por el cambio de tema.
-Sí, ahora sí -fue la respuesta-. Me tengo que ir, hablamos después -y con eso, me colgó.
Resultó que además de todo lo anterior, Alice me había comprando una montaña de nuevas prendas, muchas de ellas color verde. Cuando la llamé de nuevo para preguntarle qué significaba eso, la respuesta fue: "¡con esos ojitos tuyos te quedarán perfectas!".
Cuando bajé a la cocina, vestido con mi nuevo suéter verde, Esme y Bella estaban dando los toques finales al tercer plato de una comida gourmet digna de un restaurante cinco estrellas, y para no despreciar, tuve que comer una porción abundante de lasagna, una de carne asada con papas y una de pescado al roquefort. Si no me volvía vampiro otra vez antes que terminara la semana, saldría rodando.
Cuando por fin terminé el pescado Carlisle, que había estado estudiándome como a un microbio especialmente interesante, anunció que iríamos a Seattle para hacerme unos análisis complementarios.
-¿Por qué? -protesté-. Creí que estaba todo bien con los controles que me hicieron en el hospital. Me siento bien, no me duele nada, dormí como un tronco y comí hasta la última migaja. ¿Qué más quieren?
-No se trata de que queramos nada más -intentó explicarme Carlisle-, y si bien todo parece estar bien, los análisis que te realicé aquí son superficiales. Unas cuantas revisiones en profundidad me dejarían mucho más tranquilo.
No sirvieron ni protestas ni pedidos ni súplicas. Carlisle estaba decidido a llevarme, Esme estaba segura que era por mi bien, y Bella rodó los ojos diciéndome que no me comportase como un niño malcriado.
Como Carlisle conducía, y él era tan amigo de las altas velocidades como yo, llegamos rápido al hospital de Seattle, en mucho menos de lo que nos hubiese llevado en circunstancias normales. Una vez allí, al enterarme de todo lo que mi padre adoptivo había programado para mí, surgió en mí un intenso deseo de desvincularme de la familia. Se supone que un padre puede desheredar a su hijo, pero ¿puede un hijo renunciar a su padre? Decidí que lo consultaría con un abogado en cuanto saliera de ese maldito hospital.
Perdí la cuenta de todas las cosas y aparatos por los que pasé. Tomografía computada, electrocardiograma, resonancia magnética, electroencefalograma, ecografía, arteriografía y no sé cuántos otros términos y sus variantes pasaron por mí, que si con contraste o simple, axial, especial, etcétera, etcétera. Fui desvestido, embardunado, pinchado, apretado, medido, pesado, acribillado a preguntas y dejado sin ni una respuesta a mis propias preguntas. Otra vez me sacaron sangre y me hicieron orinar en otro de esos malditos frasquitos.
Por fin, horas más tarde, me liberaron. Cansado, enojado, hambriento y humillado, volví hacia donde Carlisle estaba firmando unos papeles, Esme completaba un cheque, y Bella esperaba ansiosa.
Durante el viaje de regreso averigüé que, después de ser atendido fuera de turno gracias a una generosa donación para el hospital, el equipo médico estableció exactamente lo que ya sabíamos: que yo era humano (aunque ellos no sabían que existía la posibilidad que no lo fuese) y que estaba sano y saludable. Todo en mi cuerpo estaba entre los parámetros considerados normales: mi presión sanguínea, el tamaño de mi bazo, la longitud de mis pulmones, las ramificaciones de mis venas, la curvatura de mi espalda, hasta la circunferencia de mi cabeza y la apariencia de mi hígado. Intenté no comportarme como un llorón, pero la verdad era que después de horas de tener mi cuerpo analizado del derecho y del revés, invadido por personas y máquinas escrutándolo, yo estaba al punto de ponerme a gritar si alguien quería medir mi temperatura (cosa que también habían hecho en el hospital, por supuesto).
-Creo que Edward se merece un descanso y un premio por haber soportado todo eso sin intentar estrangular a nadie -me sonrió Bella, que sentada junto a mí en el asiento trasero era quien más simpatía sentía por mi reluctancia a los análisis-, y tengo una idea que le va a encantar.
La idea de Bella consistió en comprarme un cuarto kilo de helado, de tres variantes del sabor a chocolate. Estaba delicioso y me confortó un poco, debo reconocerlo, tanto o más que su apoyo y promesas que no habría más horribles análisis ni hospitales a menos que me rompiera un hueso o dos. En el asiento delantero, Carlisle y Esme asintieron con un poco de vergüenza, mi padre sobre todo.
De vuelta en casa, Jasper nos recibió con la noticia que Emmett estaba en el bosque.
-Físicamente está bien, pero no quiere regresar todavía. Dice que necesita algo de tiempo a solas para pensar, y ya volverá en unos días -explicó Jasper-. Alice, por su parte, vio que Edward va a cortarse al afeitarse, y nos advierte que será mejor que los demás no estemos demasiado cerca -Jasper dudó un momento antes de seguir hablando-. Rosalie sigue acuartelada en su habitación y a juzgar por los sonidos, diría que no se movió desde hoy de mañana.
Los demás intercambiaron miradas respecto a esta última información.
-Muy bien, dejémosla -determinó Carlisle con una dureza poco habitual en la voz-. Le encanta sentir lástima de sí misma, y yo no soy quién para interferir con su vida. Dejémosla regodearse en su miseria, si eso es lo que quiere.
Esme parecía menos convencida, pero no contradijo abiertamente a Carlisle. Adiviné que tenía sentimientos encontrados respecto a Rosalie: si bien su primera reacción era confortarla, después de cómo Rosalie la había tratado la primera vez se la veía menos entusiasta por ir a consolarla.
El resto del sábado consistió en Esme y Bella cocinando cantidades industriales de comida para mí. Por lo visto Alice había ido de compras mientras estábamos en el hospital y, como de costumbre en ella, había estado completamente desmedida en sus adquisiciones.
-Hum, está muy bien, Alice, pero esto es comida para gatos -le explicó Bella, inspeccionando unas latas-, y esto es papilla para bebé -añadió, leyendo el rótulo de unas cajitas adornadas con caras de bebés sonrientes.
-¡Pero mira la cara de felicidad de esos bebés! -protestó Alice desde la pantalla de la computadora-. ¡Tiene que ser una comida deliciosa!
Jasper había instalado, partiendo de una idea de Alice, un sistema inalámbrico de Internet que interconectaba una computadora portátil que había en la cabaña de Alice y Jasper con otra que teníamos en la casa principal. Vía webcam, podíamos ver a Alice y ella nos podía ver a nosotros: era la misma idea del teléfono, pero llevada un nuevo nivel.
-Es publicidad, Alice -suspiró Bella-. Estoy bastante segura que para desayunar Edward preferirá tostadas con mermelada o cereales con leche antes que avena arrollada con manzana y miel fortificada con hierro, vitaminas A, B1, B12 y C, fibra y ácido fólico.
-Definitivamente -intercalé.
-Oh, bueno, como quieras. ¿Las otras compras están bien? -quiso saber Alice.
-Sí, aunque no hacía falta que compraras doce cartones de leche de una sola vez -sonrió Bella, revisando los gabinetes de la cocina-, además de cinco kilos de leche en polvo. Las papas están bien, pero son muy pocas: cuatro papas de tamaño mediano alcanzan como mucho para dos porciones. Zanahorias, cebollas, pepinos, tomates, batatas, lechuga, espinaca, peras, manzanas, bananas, uvas… ¿por qué hay tanto ajo? Esto debe ser como medio kilo…
-Compré más o menos medio kilo de cada fruta y verdura -se defendió Alice.
-No importa, está bien. Gracias por los cuatro litros de aceite de girasol y los tres litros de aceite de oliva, alcanzarán para un tiempo largo, eso seguro… casi tanto como los doce kilos de arroz. Doce kilos de harina y diez de azúcar… supongo que siempre podemos cocinarle un bizcochuelo a Edward si no le gusta ninguno de los cinco tipos de cereales que le compraste…
Bella leyó con mucha atención el rótulo de un frasco que contenía unos bultos de aspecto sospechoso.
-En cuanto tenga una receta que ocupe berenjenas en escabeche, voy a utilizarlas -prometió, volviendo a dejar el frasco en su estante-. Eh, Alice, realmente, un kilo de cada tipo de fideo deshidratado existente es un poquitito exagerado. Veo que compraste media góndola de enlatados… ya veremos después… ¿cuatro frascos de café instantáneo? ¿Acaso quieres que Edward no duerma nunca? Oh, y dos kilos de café en grano… té en hebras, té en saquitos, té saborizado, té de hierbas, té en hojas… bueno, más te vale que te guste el té… cacao en polvo, muy bien.
»Hum, no hacía falta que compraras un queso de ocho kilos sólo para Edward, al igual que tres docenas de huevos quizás sean un poco mucho… -mencionó Bella, que estaba revisando los productos refrigerados-. Compraste un lechón [puerco] entero congelado -sonrió Bella con una mueca-. Bueno, va a alcanzar para unas cuantas veces, al igual que el pavo congelado y los tres pollos. Las hamburguesas son buena idea, pero falta la mayonesa. Ajá, muy bien por el chocolate, pero habrá que dosificarlo, porque si Edward se comiera todo esto de una vez acabaría con un ataque de hígado por lo menos. Helado, excelente… gaseosas, todavía tiene que probarlas… ¿Ostras? ¿Pulpo congelado? ¿Cómo se cocina eso? ¿Calamar entero?
-Leí que es muy nutritivo -informó Alice.
-Alice, ¿cuánto tiempo crees que voy a ser humano? -medio me le reí y medio la reprendí-. No hay forma que yo me coma todo eso en unos días.
-Lo dicho, siempre puede comerlo alguien más si dejas de ser humano de pronto -respondió Alice en un tono que de tanto restarle importancia sonaba muy sospechoso.
-Alice… -empecé en el que había sido mi mejor tono amenazador, aunque no es como si hubiese intimidado mucho a Alice antes-… ¿hay algo que quieras compartir con la familia?
-No, la verdad es que no -respondió ella en un tonito petulante que me irritaba profundamente, y eso ella lo sabía.
-¿Viste algo interesante últimamente? -insistí, extrañando mi don como nunca antes en las últimas cuarenta y ocho horas-. ¿Algo referido a mi futuro?
-Hum, sí -admitió Alice, acomodándose las puntas de su cabello, que aparentemente no estaba lo suficientemente peinado de punta antes-. Veo que seguirás siendo humano.
-¿Hasta cuando? -quise saber, mirando fijamente a la pantalla. Algo me decía que estábamos llegando al meollo de la cuestión.
-Eso es lo interesante -reconoció Alice, arreglando cuidadosamente un mechón que volvía a caerse-. Veo que seguirás siendo humano… y luego eres neófito, según mis visiones. No vuelves a ser el vampiro 'maduro', por usar el término muy libremente… -le gruñí y ella me sacó la lengua-… que habías sido hasta ahora. Serías la primera persona convertida dos veces -completó, mirándome con seriedad.
-¿No vuelvo a ser vampiro? -pregunté en un hilo de voz, todo lo que me permitió mi espanto ante las noticias.
-¿No me escuchaste, tontuelo? Claro que vuelves a ser vampiro… después de que alguien te muerda -añadió Alice con una débil sonrisa.
-¿Y Bella? -pregunté en voz baja, asustado.
-Bella… seguirá siendo vampiro. No la veo volviendo a ser humana -reconoció Alice en voz calma y seria-. Estuve revisando docenas de futuros distintos mientras dormías: qué pasaba si destruíamos las grullas, si las desdoblábamos, si no hacíamos nada… y todo conduce a lo mismo: sigues siendo humano y Bella sigue siendo vampiresa. Probé con todo lo que se me ocurrió, desde consultar a los Vulturi hasta ir a ver a adivinos y curanderas, y no hay nada que hacer. No hay forma de revertirlo. Ninguna. No es siquiera un futuro posible, no hay ni atisbos de que pueda llegar a pasar.
Me tomó unos momentos calmar lo que debía ser un ataque de pánico en ciernes; necesité calmarme y respirar lenta y profundamente por unos segundos antes de volver a hablar. Mis nervios humanos tenían un límite, por lo visto, y esas noticias estaban a punto de sobrepasarlos. Una vez que asimilé las noticias y estuve seguro que no iba a desmayarme, gritar ni llorar si abría la boca, la siguiente cuestión lógica abandonó mi boca por sí sola:
-Conviértanme ahora.
Lo dije sin pensarlo y oí las palabras como si las hubiese dicho otra persona, pero en cuanto las oí comprendí que era el siguiente paso más razonable.
-¡De ninguna manera!
Como yo seguía mirando la pantalla, me llevó un segundo comprender que Alice no había abierto la boca y que era Bella, a mis espaldas, quien había hablado. Me giré para encontrarla mirándome con severidad, los brazos en jarras y el ceño fruncido.
-Ni lo sueñes -casi silbó por entre los dientes apretados-. Nada de convertirte ahora.
-Es la mejor solución -repliqué, un poco intimidado por la hermosa y severa vampiresa Bella ante mí-. Alice y Jasper podrán volver a casa, a nadie le llamará la atención mi cambio de aspecto, los Vulturi no tendrán ni que enterarse…
-Eres consciente de que si te convertimos te llevará al menos un año volver a ser capaz de estar en presencia de seres humanos sin atacarlos -dijo de pronto Carlisle, que debía haber entrado en la habitación en algún momento durante la conversación, pero me pegó un buen susto porque con mis miserables sentidos yo no había notado nada-. Sacarte de la escuela ahora llamará la atención… sin mencionar que tendríamos que mudarnos, aquí no estamos lo suficientemente aislados como para contener a un neófito.
-Espera hasta después de la graduación por lo menos -sugirió Esme-. Podemos decir que fuiste a la universidad. Desaparecerás discretamente y nadie tiene por qué saberlo.
-Aunque me gustaría regresar a casa, aquí no se está nada mal -intercaló Alice-. Sobre tu cambio de aspecto, bueno, la gente se lo explicará de alguna manera -ella se encogió de hombros-. Siempre lo hacen. Respecto a los Vulturi, a menos que vayas corriendo a Italia a contarles, no veo cómo irían a enterarse de nada. Ni siquiera te conocen. ¿Hace cuánto que Carlisle no sabe nada directo de ellos? Un par de siglos -preguntó Alice y se respondió ella misma-. No me parece que debiéramos preocuparnos por ellos.
-¿Qué hay de Victoria? -pregunté, empezando a preocuparme al ver que Esme, Carlisle y Bella asentían en aceptación a todo lo que decía Alice.
-¿No era que Victoria no era alguien de quien preocuparse, "somos siete contra una" y todo eso? -me recordó Bella con voz cantarina impregnada de ironía.
-Sí, claro, pero… -empecé.
-Pero nada -me interrumpió Bella-. Humano eres y humano te quedarás… hasta la graduación por lo menos.
La miré fijamente. Aparentemente el cambio no sólo había borrado la suavidad humana de Bella, sino también su empatía y comprensión.
-¿Esto es algún tipo de venganza, una revancha? -le pregunté con seriedad-. Como yo no estuve de acuerdo en transformarte, te opones a que yo sea convertido, ¿es eso?
-Tengo una larga lista de excelentes razones por las que deberías seguir siendo humano -siseó Bella, decididamente furiosa, tanto que hasta Esme y Carlisle retrocedieron medio paso.
Yo me quedé quieto, no por valiente, sino porque estaba paralizado de miedo e idiotizado por sus ojos clavados en los míos que no me pude ni mover. El fuego que ardía en sus ojos ahora dorados era tan intenso que sólo pude quedarme inmóvil escuchándola y recordándome que debía respirar.
-Primera razón: salvo casos absolutamente excepcionales, no hay una segunda oportunidad para ser humano, y todas las experiencias que sólo es posible tener como ser humano deber aprovecharse en esa única ocasión -comenzó Bella en un tono forzadamente calmo, sin quitar sus ojos de los míos-. Fíjate que ésas son tus palabras, sólo estoy citándote. ¿Renegarás de tus propios dichos, Edward?
»En tu caso particular añadiría que tu vida humana fue forzosamente breve a causa de la enfermedad que casi te cuesta la vida. Tienes muchas cosas que vivir y experimentar todavía; ahora que tienes una nueva oportunidad de ser humano, estás sano y en un tiempo y lugar con curas o al menos tratamientos para prácticamente todas las enfermedades. Serías un estúpido con mayúsculas si no aprovecharas esta oportunidad -añadió en un tono severo, cortante-. Toda tu familia, en mayor o menos grado, daría casi cualquier cosa por volver a ser humanos, pero ellos no tuvieron opción de volver a convertirse en humanos, no, sólo uno de los Cullen tuvo ese privilegio, y si vas a tirarlo todo por la borda después de unos días a causa de tus miedos eres un cobarde incapaz de enfrentar lo que lo atemoriza -bufó Bella.
»Eso me lleva a la Segunda Razón para Permanecer Humano -siguió, severa e implacable, dando un paso en mi dirección-: si te convirtieran ahora, toda tu familia tendría que mudarse, y eso, aunque podría llegar a explicarse, implicaría desarraigarlos a todos justo ahora que están a punto de terminar con el suplicio que es la escuela secundaria una vez más. Eso sería muy egoísta, sin mencionar que la mudanza los obligaría a dejarme atrás, ya que no hay ninguna buena razón de por qué yo me mudaría con mi novio y su familia en lugar de quedarme viviendo con mi padre -de pronto desapareció el tono cortante en su voz, y Bella hasta dejó caer los brazos a ambos lados de su cuerpo. Cuando volvió a hablar su voz era más suave, más similar a cómo solía ser, y más amable-. Edward, aunque no lo aparente, yo tengo tanto tiempo de vampiresa como tienes de humano, y tengo montañas de cosas por aprender; no puedo hacerlo sola y también estoy asustada.
»La Tercera Razón, relacionada a las otras dos, es que entiendo que estés asustado por sentir como humano, por tener reacciones humanas, en sentirte débil e insuficiente. Lo sé y lo entiendo bien porque es así como me sentía yo -explicó Bella, y ahora sus ojos dorados irradiaban simpatía-. Pero tienes una gran familia amorosa dispuesta a ayudarte, por no mencionar que yo estoy a tu lado para todo lo que quieras o necesites. No tengas miedo de volver a ser, a sentir, a abrazar a tu humanidad. Ya no existe el "mounstro" del que me hablabas, el que te pedía sangre y muerte; ya no tienes por qué atormentarte con pensamientos sobre si tienes alma o no; ya no hay pensamientos ajenos invadiendo tu cabeza a todas horas. Tómate un respiro de ser un vampiro centenario y sé, por una vez, un muchacho normal de diecisiete años. Tómalo como unas vacaciones, unas bien merecidas vacaciones después de noventa años de peregrinar por este mundo…
El silencio era casi completo en la cocina después de las palabras de Bella. Sólo mi ruidosa respiración y el zumbido del refrigerador se oían, y no por primera vez me sorprendió la falta de ruidos provenientes del bosque, el rumor de los pensamientos ajenos, los sonidos propios del edificio…
Ser humano era complicado unas veces, frustrante otras, y generalmente agotador. Pero también era una oportunidad única para experimentar por mí mismo todo lo que había estado tratando de vivir de segunda mano a través de Bella durante estos últimos meses.
-Sólo… prométanme un par de cosas, ¿sí? -medio supliqué-. Una, no más análisis ni controles en ningún hospital. Estoy sano y me siento bien, y si algo va mal prometo decirlo, pero por favor, no más máquinas y gente manipulándome, ¿sí?
Carlisle asintió con vergüenza en la cara.
-Otra, les aseguro que como todo lo que puedo, y si dejo algo en el plato no es porque no me guste, sino porque las porciones son gigantes -expliqué en dirección a Esme, que asintió con una sonrisa.
-Y… por favor, ténganme paciencia -murmuré en dirección a Bella, sin poder mirarla a la cara-. No sé cómo es ser humano, tengo que aprender, y resulta que no todas mis concepciones teóricas sobre cómo es ser humano son del todo ciertas, y estoy confundido, y la mitad del tiempo tengo hambre o sueño y no sé cómo reaccionar, y…
-Te queremos, Edward -dijo de pronto la voz algo metálica de Alice desde la computadora-. Estamos a tu lado… metafóricamente en mi caso… para lo que necesites.
-Excelente discurso, Bella -dijo Jasper, asomándose por sobre el hombro de Alice-. ¿Pensaste alguna vez en estudiar abogacía? ¿O dedicarte a la política?
-No, gracias… planeo vivir mi vida con honestidad -semi sonrió Bella.
Nos reímos del chiste, y el ambiente tan cargado emocionalmente se distendió un poco.
-Entonces, ¿es una decisión tomada? -preguntó Jasper desde la pantalla, mirando de mí a la dirección en que estaba Bella-. ¿Seguirás siendo humano hasta después de la graduación?
-Sí, hasta después de la graduación -asentí, convencido, antes de que se me escapara una sonrisa torcida-. Hablando de experiencias humanas que nunca tuve… nunca antes me había graduado de la escuela secundaria como humano.
-Hasta la graduación por lo menos -me corrigió Bella, sonriendo-. Estoy segura que tampoco fuiste a la universidad como humano…
-Ésa es una de las experiencias humanas de las que puedo prescindir -atajé, un poco preocupado por todo lo que Bella creería necesario que yo viviera. Yo no había sido tan determinante cuando la humana había sido ella… ¿o sí?
-Veremos, veremos -canturreó Bella-. Por ahora, tenemos nueve meses de Edward humano por delante… veo que toda esta comida si tendrá provecho después de todo…
Asentí, preguntándome para mis adentros si al cabo de esos nueve meses yo aún estaría dentro de mi peso ideal, como había indicado el análisis de esa tarde… o si me convertiría en el primer vampiro obeso (que yo supiera) de la historia cuando volviese a ser convertido… ¿o era una estrategia para obligarme a permanecer humano?
Sólo el tiempo lo diría.
¡Se aceptan comentarios, sépanlo!
En el capítulo siguiente: el regreso a clases el lunes, los cuchicheos, las teorías (¡Edward está enfermo de Spattergroit, obvio!), una justificación para Alice y un prolijo formulario de libros aprobados por los padres.
