Comisaría central de Boston. 15:28h

— Chicos, creo que lo tengo —dijo Reid en voz alta pero sin apartar la vista de las páginas del libro.

— ¿El qué? —Preguntó Morgan.

Prentiss y Hotch dejaron lo que estaban haciendo.

— Creo que ya sé que significa el último fragmento que ha dejado el sudes —Reid le tendió a Morgan una copia de la hoja que se había hallado en el último escenario. Éste la cogió—. ¿Qué ves?

Prentiss se acercó a Morgan.

— ¿Un fragmento de Romeo y Julieta? —Inquirió Morgan sin comprender.

— Olvídate que es un fragmento de Romeo y Julieta —sugirió Reid rápidamente.

Morgan y Prentiss volvieron a mirar la hoja de papel.

— "Tu pulso cesará; / no seguirá su ritmo, sino que cesará; / ni hálitos ni suspiros indicarán que vives, / tus sonrosados labios y mejillas / como ceniza palidecerán; se cerrarán ventanas en tus ojos, / como morir cuando apaga el día de la vida; / todos tus miembros, sin poder moverse, / han de tornarse rígidos y duros, fríos como la muerte" —Morgan releyó los versos en voz alta.

— Oh, dios mío... —murmuró Prentiss al comprenderlo.

— Es una amenaza de muerte —dijo Morgan, desolado—. Una amenaza de muerte hacia Samantha.

Hotch cogió el móvil de su bolsillo y empezó a marcar.

— ¿Cómo no te diste cuenta antes, Reid? —Quiso saber Hotch con severidad, mientras esperaba la señal de llamada.

— Porqué sólo veía un fragmento de Romeo y Julieta, como vosotros —se justificó éste. Miró a Prentiss y a Morgan—. Pero ese fragmento no encajaba con el escenario en el que lo encontramos. Ese escenario era del todo diferente al modus operandi habitual del sudes.

— Sólo había el cadáver de un chico, la rosa ocupaba el lugar de la chica, la nota estaba en el puño cerrado del chico... —enumeró Prentiss—. Todo era distinto.

— Y si todo el escenario era distinto, ¿por qué entonces no cambiaba el contenido de su nota? ¿Por qué siguió siendo un fragmento de Romeo y Julieta? —Dijo Reid. No dejó que ninguno de sus compañeros contestara a su pregunta y siguió hablando— Lo hizo; cambió el contenido y el destinatario de su nota. Los destinatarios ya no éramos nosotros, sino su "Julieta perdida", Sam. Y en cuanto al contenido de la nota... Conoce tan bien la obra de Shakespeare que no le hizo falta escribir la amenaza con sus propias palabras. Simplemente cambió el significado que dio Shakespeare a este fragmento en concreto por el significado que él quería transmitir. De ahí que haya tardado tanto en averiguarlo.

— Por eso la nota estaba en el puño cerrado del chico —dedujo Morgan—. Estaba furioso por habérsele escapado una de sus "Julietas".

— Y también que iba a por Sam —añadió Prentiss—. Para volver a tenerla en sus manos y matarla. El lugar donde hubiera de estar el cadáver de la chica es para Samantha. Todo el escenario señalaba a Sam y no hemos sabido verlo.

— No contesta —dijo Hotch, sombrío, mirando el móvil que sujetaba en la mano.

— ¿Quién? —Preguntó Morgan, preocupado.

— JJ no coge el teléfono —respondió Hotch.

Se miraron unos a otros, pensando lo mismo: era demasiado tarde.

* * *

Habitación de hotel. 16:15h

Cada equipo de asalto estaba en cada extremo del pasillo. Uno se quedó en la retaguardia, cubriendo todas las salidas posibles, mientras que el otro, encabezado por Hotch, Prentiss, Morgan y Reid se acercaba rápida y sigilosamente a la puerta de la habitación donde habían alojado a Sam. Hotch y Reid se colocaron a un lado de la puerta cerrada, y Morgan y Prentiss en el otro. Hotch le hizo una señal a Morgan. Éste se puso delante de la puerta y la abrió de una patada. Entraron en tropel dentro de la habitación con las armas listas.

La habitación estaba en penumbra, con las persianas medio bajadas y las cortinas echadas; no había ninguna luz encendida. Hotch les hizo un gesto con la cabeza a Prentiss y a Reid para que miraran cerca de la cama y en el baño. Morgan fue a rodear el sofá por el lado más alejado de la puerta pero se detuvo de golpe.

— ¡JJ! —Exclamó Morgan agachándose.

Hotch, Reid y Prentiss corrieron hacia el sofá. Hotch fue el primero en llegar y se agachó al lado de Morgan, que estaba apartando la mesilla que había frente al sofá para que hubiera más espacio.

— ¡Avisad a una ambulancia! —Gritó Hotch sin apartar su atención de JJ, que permanecía inconsciente. Se oyeron pasos apresurados en el pasillo—. JJ... —musitó preocupado.

JJ estaba tumbada boca arriba, con la cabeza ladeada y el pelo enmarañado. Uno de los hombres del equipo de asalto subió un par de persianas. La habitación quedó inundada de luz.

— JJ, ¿me oyes? —Inquirió Morgan, angustiado, zarandeándola suavemente.

— La ha arrastrado hasta aquí —señaló Reid fijándose en la ropa mal puesta.

— Seguramente la atacó en la puerta de la habitación; tiene sangre en el nacimiento del pelo —dedujo Prentiss—. ¿Cómo pudo atacar a JJ por sorpresa si estaba sobre aviso?

En ese momento entraron dos sanitarios. Los agentes se apartaron de JJ. Los sanitarios se arrodillaron al lado de JJ y le buscaron las constantes vitales y todas las posibles heridas. Los cuatro agentes les observaron unos momentos en silencio.

— No lo sabemos —dijo Hotch en respuesta a la pregunta de Prentiss—. Ahora la prioridad es Sam. Hay que encontrarla cuanto antes.

— Y hay que suponer que está armado —añadió Reid—. Le ha quitado el arma a JJ.

El móvil de Morgan empezó a sonar. Éste lo descolgó, poniéndolo en manos libres.

— Creo que he encontrado el nombre de nuestro sujeto —dijo García por saludo—. Se llama Alan Doyle. Tiene estudios de electricidad y electrónica y trabajó en una fábrica de componentes electrónicos; la empresa cerró hace cuatro años y medio. Después de eso, Doyle entró a trabajar en la universidad de Harvard como empleado de mantenimiento.

— Como empleado de la universidad tenía acceso a los laboratorios y pudo robar el arsénico de allí —dedujo Prentiss.

— Y tenía todo el derecho a apuntarse al grupo de teatro —terció Reid.

— ¿Qué hay de la fábrica? —Inquirió Hotch con impaciencia.

— Está a las afueras de Boston, cerca de donde encontraron a Samantha —respondió García—. Por lo que veo en las fotos del satélite, la fábrica es grande. Además, he encontrado los planos de la fábrica y se ve que aprovecharon parte de la estructura del almacén que había allí antiguamente; era un almacén de pólvora y munición.

— Será un maldito laberinto —apuntó Morgan—. Doyle podría esconderse en cualquier rincón.

— ¿Sigue cerrada? —Preguntó Hotch.

— Sí —contestó García.

— Es ahí donde las ha estado escondiendo todo este tiempo; conoce el lugar —dijo Prentiss—. Y es allí donde habrá vuelto a llevar a Sam.

— ¿Sam...? ¿Samantha? —Repitió García, asustada— ¿Se ha llevado otra vez a Samantha? ¿Y JJ? ¿No estaba con ella? ¿También se la ha llevado? Oh, JJ, JJ...

— Eh, eh, preciosa... Tranquila, Penélope, tranquila —intentó calmarla Morgan—. Doyle no se la ha llevado; sólo quería a Samantha. Le ha dado un golpe en la cabeza.

— ¿Y está bien? —García seguía angustiada.

— Ahora la están examinando para ver que no tenga nada grave.

— Gracias a Dios... —suspiró García.

— García, dinos la dirección de la fábrica —le pidió Prentiss. Ésta no respondió—. ¡García!

— ¿Qué...? —García parecía un poco desubicada— Ah, sí, sí... La dirección.

— Voy a llamar al inspector Mattson —dijo Hotch mientras García les facilitaba la dirección de la fábrica cerrada.

* * *

Fábrica cerrada. 16:22h

El vaivén irregular de aquello que la rodeaba la devolvió al mundo real. Había estado soñando otra vez con la misma pesadilla; siempre era la misma. Estaba en una habitación grande, oscura y sin salida. Él estaba allí, buscándola sin cesar. Ella estaba hecha un ovillo en un rincón, oculta entre las sombras, sin posibilidad alguna de huir y sabiendo que tarde o temprano él la encontraría. Y cuando la encontrara... Trató de no pensar en ello.

Le reconfortaba saber que estaba a salvo con aquella agente del FBI, pero no podía evitar recordarse que el hombre que la había tenido secuestrada durante tanto tiempo, el mismo que aparecía en sus pesadillas, todavía seguía suelto, quizás tratando de capturarla de nuevo. Pero confiaba en aquellos agentes del FBI, sobretodo en el agente Hotchner. Tenía que hacerlo, no le quedaba más opción, porque... ¿en quién iba a hacerlo, sino?

Muy cerca de ella, chirriaron unas ruedas. "¿Qué?", pensó, sorprendida. Casi inmediatamente, un frenazo hizo deslizarla por una superficie fría y metálica que nada tenía que ver con el mullido aunque incómodo sofá de la habitación del hotel. "¿Qué está pasando? ¿Dónde estoy?"; cada vez estaba asustada. Trató de moverse pero sintió que sus movimientos eran limitados; algo le sujetaba los tobillos y las muñecas. Un escalofrío de terror le bajó por la espalda y el aire se enardeció en sus pulmones, dejándole la boca seca.

La pesadilla se había vuelto real, muy real.

Oyó unas pisadas sobre gravilla y una pequeña puerta que se abría a sus pies. Entonces, un olor llegó hasta ella. Le olió a él, con su particular mezcla de lejía, agua sucia, sudor y maldad que recordaba con demasiada claridad. La bilis le subió por la garganta, provocándole nauseas y ahogándole un grito de terror. Trató de alejarse de él, arrastrándose por esa superficie metálica que ahora sabía que era una furgoneta. No pudo llegar muy lejos: él la cogió por los tobillos atados y la arrastró hacia él. Trató de resistirse pero su mano cerrándose alrededor del cuello, haciéndole crujir las vértebras y cortándole el riego sanguíneo hacia la cabeza la hicieron desistir. Oyó como abría la otra puerta trasera de la furgoneta. Acto seguido, él la empujó fuera con una fuerza desmedida. Con los tobillos inmovilizados no pudo equilibrarse y cayó de bruces. El suelo era de burdo cemento con una fina capa de tierra arenosa, cosa que le provocó varias heridas superficiales en la piel. No tuvo tiempo de sobreponerse de la caída porque él se abalanzó sobre ella para colocarle con malos modos una bolsa de ropa en la cabeza. Después, le puso una rodilla encima de su hombro, como si quisiera asegurarse que no intentaría ninguna estupidez. Escuchó un ruido metálico que le hizo estremecerse y luego sintió el frío tacto del acero afilado en su piel, deslizándose lentamente desde los muslos hasta llegar a los tobillos. El filo del cuchillo se quedó quieto un momento antes de cortar limpiamente las ataduras de sus tobillos, que sonaron como tela plastificada. Le arrancó los restos todavía adheridos a su piel con un tirón brusco.

Más brusco fue el modo en que la obligó a levantarse, cogiéndola por debajo de la axila y por el cuello, y empujándola hacia adelante sin soltarla. Ella trastabilló y volvió a caer. Él no dejó levantarla de nuevo, sino que la arrastró sin contemplaciones. Ella intentó incorporarse de nuevo pero las prisas de él le impidieron mantener el equilibrio más de dos o tres pasos antes de caer de nuevo. Se mordió el labio para acallar el grito que pugnaba por salirle entre dientes.

Y así continuó, él arrastrándola, ella trastabillando, hasta que la vastedad de la nave vacía los tragó a ambos.

* * *

Zona industrial. 16:37h

Los coches de policía y los todo terrenos se detuvieron a una manzana escasa de la dirección de la fábrica. Hotch, Morgan, Prentiss y Reid se apearon de sus vehículos y se pusieron los chalecos antibalas con movimientos precisos y acostumbrados mientras el inspector Mattson coordinaba las patrullas para crear un perímetro alrededor de la fábrica; después, se acercó a los agentes del FBI.

— ¿Cómo entramos? —Preguntó Mattson.

— Que sus hombres cubran todas las salidas de la nave —dijo Hotch con autoridad—. Entraremos cuando estén en posición.

Mattson asintió y empezó a dar órdenes por radio.

— No sabemos dónde habrá llevado Doyle a Samantha —dijo Morgan—, pero lo más probable es que la haya llevado a algún lugar que él pueda controlar. Samantha habló del sótano; puede que la haya llevado allí, pero no hay que descartar nada. Esta nave es enorme.

— Sabe además que estamos tras su pista, por lo que no tardará en matar a Samantha —añadió Prentiss—. Tenemos que entrar ya.

— Reid, Morgan, id por la entrada de mercancías del otro lado —les ordenó Hotch—. Prentiss y yo entraremos por la este lado. Inspector, usted entrará con sus hombres por la puerta de acceso a las oficinas. Entraremos todos a la vez: no podemos dejar nada sin registrar ni ninguna vía de escape. Avisad cuando estéis en posición.

Todos asintieron y fueron rápidamente hacia sus posiciones.

* * *

Un sótano oscuro. 16:38h

Habían tardado más de lo previsto en llegar. Esa chica era más lista y atrevida de lo que pensaba; ya se lo había demostrado al conseguir escaparse de allí. Pero no pensaba que pudiera llegar tan lejos otra vez...

"Mientras bajaban las escaleras, la chica puso mal un pie en el escalón y cayó a trompicones. Doyle la soltó y se apartó a un lado para evitar caer él también. Vio como se desplomaba al final de la escalera. Bajó los escalones restantes tranquilamente, pero sin apartar la mirada de la silueta de la chica: no se movía en absoluto. Llegó a su lado; seguía sin moverse. El pasillo en el que se encontraban estaba sumido en una penumbra difícil de traspasar por la tenue luz que se colaba a través del hueco de la escalera. Se agachó para volver a cogerla por el cuello y por debajo del brazo cuando sintió una fuerte puntada de pie en el tobillo que le hizo desequilibrarse. Vislumbró fugazmente como la chica se removía velozmente para levantarse, le empujó para que cayera al suelo y se alejó de él lo más rápido que pudo, internándose en la oscuridad.

'Doyle se levantó de un salto al tiempo que se recuperaba de la sorpresa. Siguió la chica con pasos rápidos y silenciosos. Escuchó como la chica tropezaba y caía al suelo. Aceleró para evitar que llegara más lejos y, con la oscuridad casi total que imperaba en el ambiente, a punto estuvo de tropezar con ella. Intentó cogerla de nuevo pero la chica se defendió con ganas, descubriendo que había logrado soltarse las manos, por lo que tuvo que emplearse más de lo acostumbrado: le retorció un brazo hacia la espalda, haciendo que ella soltara un aullido ahogado de dolor bajo la bolsa de ropa; aún así, trató de soltarse. La agarró del pelo desde atrás para obligarla a estarse quieta; luego, la levantó del suelo tirando del pelo al tiempo que le retorcía aún más el brazo, demostrándole quien tenía el control allí. La chica volvió a ahogar un chillido de dolor.

'Empezaron a retroceder por aquel pasillo, volviendo sobre sus pasos, ella delante, tratando en vano de detener el avance, y Doyle justo detrás, empujándola hacia delante con su cuerpo. Podía sentir el temblor de su cuerpo, cual hoja de otoño frente al frío viento del norte. Se permitió el capricho de tirar su cabeza hacia atrás, lentamente pero con firmeza, para aspirar de su cuello la tibia fragancia de su piel. Un escalofrío le recorrió el cuerpo de pies a cabeza, tensándole los músculos de pura excitación. Notó un repentino golpe en su estómago; no le hizo mucho daño, pero sí le sorprendió. La chica le había dado un codazo aún sabiendo que no tenía nada que hacer contra él. No tuvo ni que pensarlo: sin soltarla de la presa en la que la mantenía, la estampó contra la pared del pasillo. La chica gimió de dolor con un leve repunte de llanto. Terminó de inmovilizarla aplastando su cuerpo entre el suyo y la pared. La chica se convulsionó de terror. Una oleada de calor le inundó todas las terminaciones nerviosas, casi provocándole un delirio tan extremo que por poco no suelta a la chica.

'Al cabo de poco, algo más calmado, reprendió la marcha, medio arrastrando a la muchacha delante suyo, ya que oponía toda la resistencia que era capaz para ralentizar el avance, sintiendo que aquel calor, si bien no había remitido, era menos intenso que antes. Se sintió satisfecho que la chica estuviera a la altura de sus expectativas, tal como había imaginado. Lo único que lamentaba era que no tendría tanto tiempo para disfrutar de su compañía como le hubiera gustado; tener a la policía rastreando su paradero le obligaba a actuar antes de lo previsto. Pero no por eso no iba a gozar de su premio, su Julieta más apetecible."

Doyle arrojó la chica al medio del sótano, en el punto donde confluían todas las cadenas. Los eslabones resonaron estrepitosamente cuando el cuerpo de la chica impactó contra ellos; profirió un velado chillido de dolor. Vislumbró de refilón que las otras dos chicas se encogían de miedo en sus rincones respectivos. Se acercó al centro de la sala casi con parsimonia, pero atento a cualquier nueva jugarreta que pudiera hacerle. Se agachó para coger las cadenas que hacían de grilletes con una mano mientras que con la otra agarraba con fuerza las muñecas de la chica. Pasó las cadenas varias veces por las muñecas de la chica de tal modo que no pudiera liberarse de ellas; por si acaso, añadió un pequeño pero resistente candado al resultado final. Le quitó la bolsa de tela de la cabeza. Se puso junto a ella y la sujetó del pelo.

— No deberías haber huido —dijo Doyle en un susurro tan tenue que sólo la chica podía oírle—. Ya ves que no te ha servido para nada —hizo que mirara en dirección a las otras chicas, para que comprendiera bien lo que iba a decirle a continuación—. Ellas contemplarán tu final, el encuentro con tu Romeo, gracias a ti y a tu desobediencia. Y eso no es algo que se vea todos los días.

La chica se revolvió con tal violencia que casi lo echa al suelo, al tiempo que lanzaba un alarido ahogado de rabia. Doyle recuperó el equilibrio en un momento y le golpeó con el puño cerrado en la mejilla. El impacto debió de ser tan fuerte que la chica no fue capaz de emitir ningún sonido de queja o dolor; lo único que se escuchó fue su cabeza chocando contra las cadenas que reptaban por el suelo. Doyle se inclinó hacia ella.

— Voy a preparar tu tumba, que será tu lecho nupcial, Julieta —murmuró—. No tardaré en regresar.

Se levantó y salió de la sala.