Capítulo 10

Durante el espacio de un par de latidos erráticos, Bella no pudo creer haber escuchado correctamente. Pero a medida que la realidad penetraba en su mente, en un acto reflejo rechazó la vergonzosa propuesta.
-¡No seas ridículo, Edward! –espetó-. ¿No has escuchado ni una palabra que te he dicho? No quiero que este matrimonio continúe -«al menos no como está ahora», se dijo-. He especificado que quería.
-Ah, pero eso era antes de que te enteraras de lo que figuraba en el testamento de mi abuelo. Pensé que conocer la verdad podría haberte ayudado a ver las cosas con un poco más de claridad.
-Pues te has equivocado. Nada de lo que he oído o averiguado me ha hecho cambiar de parecer. Pero sí me ha ayudado a ver una cosa con un poco más de claridad ¡y eres tú! He descubierto que eres un canalla manipulador e intimidador. Alguien que solo piensa en lo que quiere y que no tiene reparos en pisotear a otras personas con tal de conseguirlo.
-¿De modo que no crees que adoptar la decisión de tomar la píldora sin contarme nada fue un poco manipulador? -preguntó con sarcasmo, exhibiendo una ligera sonrisa cínica.
Bella abrió la boca para negar la acusación, pero un aguijonazo incómodo en su conciencia hizo que se lo pensara mejor. La vergüenza, el reconocimiento de que era culpable, le impidió continuar.
-Te lo iba a contar -fue lo único que pudo decir.
-Oh, ¿sí? -repuso con escepticismo-. ¿Y cuándo pensabas hacerlo? ¿Cuándo te cansaras de lo que te aportaba nuestro matrimonio o cuando hubiera muerto mi abuelo y te hubieras dado cuenta de que no había tanto para ti como habías creído en un principio?
-¡Sabes que no es así!
-¿No? ¿Piensas contarme cómo es o prefieres que lo adivine?
Ella se quedó paralizada por el miedo y fue incapaz de emitir una sola palabra.
-Claro que no -continuó él con cinismo-. Lo cual nos deja justo donde comenzamos. Te toca mover a ti, encanto.
¡Mover ella! Si ni siquiera era capaz de pensar con coherencia, y menos aún formar una respuesta razonable.
-Te daré cinco minutos para decidir. Te quedas o te vas. Tendrás que decidir qué es lo que quieres de este matrimonio y de nuestro futuro.
-¿Tenemos uno? -tuvo que esforzarse para levantar la voz más allá de un murmullo y repetir-, ¿Tenemos un futuro?
Edward fingió que analizaba la pregunta, luego alzó los hombros en otro de esos gestos de indiferencia que expresaban lo poco que le importaba lo que ella pudiera decir o sentir.
-Eso depende de ti. Ya te he expuesto mi postura, quiero un hijo. Y no dispongo de tiempo que perder en eso. Porque mi abuelo no es precisamente un hombre paciente. A menos que le informemos pronto de que esperamos un hijo, creo que me dejará al margen de su testamento. Y entonces los dos estaremos sin nada. Y en este momento la única candidata que tengo para ser madre de ese hijo eres tú.
-Después de lo que ha pasado, imagino que no pensarás que ahora quiera acostarme contigo -con un gesto indicó la chimenea, donde los últimos restos del estuche de las píldoras se convertían en ceniza negra-. Sería como jugar a la ruleta rusa con mi futuro.
-Ya sabes lo que se siente. Tenías una pistola metafórica apuntando a mi cabeza cuando decidiste tomar la píldora y mentirme al respecto.
-¡Jamás te mentí! -exclamó consternada.
-Oh, no, claro que no -bramó Edward-. Lo siento, no mentiste solo descuidaste contarme la verdad. Es la misma diferencia. En ambos casos, me quitaste mi futuro de las manos para conseguir tus propios fines. Pero ahora lo he recuperado. Así que depende de ti. Te quedas o te vas pero créeme, encanto, si sales por esa puerta será para siempre. Jamás podrás regresar.
-¡No puedo quedarme!
-Entonces vete -dio media vuelta, se dirigió a la puerta y la abrió, esperando-. Vamos, Bella no hay nada que se interponga en tu camino. Desde luego, yo no te detendré.
Se preguntó si estaba loco. Ya había decidido que quería que Bella se quedara. Que la quería allí, con él, sin importar cómo. ¿Y en ese momento le ofrecía la oportunidad de marcharse? ¿Acaso iba a quedarse quieto, mirando cómo atravesaba la puerta y abandonaba su vida? Pero la verdad era que no se iría.
No se iría porque si lo hacía perdería mucho. Si se había casado con el solo por su dinero, el dinero que creía que iba a dejarle su abuelo, entonces no le quedaba más opción que quedarse. De la otra manera, no obtendría nada.
Pero si se iba, significaría que el dinero no era su única motivación. Y si se quedaba, sabría exactamente el terreno en el que se hallaban o sea, ninguno. Ninguno salvo como banco particular. Una manera de mantener a su codiciosa esposa en el estilo al que felizmente ya se había acostumbrado.
Diablos, podía vivir con eso. Tendría que hacerlo. De hecho, había vivido con ello ese último año y se había sentido bastante satisfecho. Pero eso había sido antes de permitirse la posibilidad de considerar que podía haber más. Antes de haber empezado a meditar en la realidad de compartir una vida con Bella, un futuro, un hijo.
-¿Y bien? Dijiste que querías irte. ¿Te vas?
Quizá, en lo más hondo, quería que lo pusiera a prueba, que lo desafiara, que pasara a su lado y se adentrara en la noche. Porque eso significaría que en su interior había algo más que la codicia que él sospechaba, que motivaba todas sus acciones.
Si se marchaba en ese momento, lo esperaría una dura batalla. Debería dejarla ir, dejar que lo odiara un tiempo, al menos hasta que solucionara algunas cosas. Hasta que encontrara a Alice y la reuniera con su bebé. Por ese entonces, tal vez Bella se habría calmado y escucharía. Podrían empezar a hablar de verdad.
Podría contarle lo que sentía al pensar en su hijo, en la idea de que ambos lo criaran. En proporcionarle un futuro al tiempo que labraban un futuro para los dos. Que podría haberlo tenido con cualquier mujer, pero que había llegado a comprender que era ella la única mujer que deseaba que fuera la madre de su hijo.
Y se lo habría dicho si el temor a ser estéril no se hubiera interpuesto en su camino.
En ese momento agradeció no haber hablado. Porque en ese instante sabría, según la elección que ella tomara, lo que de verdad sentía por él.
-Ya casi se te ha agotado el tiempo, encanto. Te quedan cincuenta segundos.
Bella casi lo hizo. Fue de camino a la puerta, había hecho acopio de valor para avanzar. A pesar de las lágrimas que le quemaban los ojos, que le emborronaban la visión, supo que no podría soportar quedarse. No era capaz de aguantar más. Debía irse, estar un tiempo sola, recuperarse, lamerse las heridas en paz, esconderse.
Pero entonces un leve murmullo procedente de la cuna improvisada llamó su atención y la contuvo.
Podía irse. De hecho, sabía que lo mejor sería marcharse sin mirar atrás. Todas las reglas de la supervivencia lo exigían, y su propio sentido común la instaba a tomar la única acción positiva que podía. Incluso podía alejarse de Edward, aunque ello le desgarraba el corazón. No podía darle lo que quería, no podía ser la esposa dócil que buscaba. No lo haría feliz, de modo que lo mejor era no permanecer en un sitio que no le pertenecía.
Pero Nessie era algo muy distinto. ¿Podía marcharse y dejar a la pequeña sola? De acuerdo, tendría a Edward. Pero así como estaba segura de que este haría lo máximo que estuviera a su alcance, que cuidaría a la pequeña lo mejor que supiera, eso no liberaba lo suficiente su conciencia como para darle libertad para marcharse.
Hasta en las pocas horas que había pasado con la pequeña, había desarrollado un vínculo con el bebé que no se le pasaba por la cabeza romper. No hasta que pudiera devolver a Nessie a los brazos de su madre. El bebé necesitaba una presencia femenina en su vida. Bella había jurado que hasta que encontraran a su madre, le proporcionaría el amor y la seguridad que necesitaba.
Además, si no se quedaba, ¿quién cuidaría de ella con el fin de que Edward dispusiera de libertad para ir a buscar a su madre, tal como dijo que haría en cuanto amaneciera?
-Vamos, encanto -la voz burlona de Edward atravesó el velo de tristeza que llenaba su cabeza-. ¿Qué estás esperando?
-No, no me voy.
Fue una respuesta baja, abatida, apenas un susurro, y él dio la impresión de que tuvo que esforzarse para oírla. Pero no supo si la repetición se debió a que le restregaba la victoria por la cara. Su sensación de derrota se acrecentó.
-¿Qué has dicho, encanto?
-¡Que no me voy! -le costó no derrumbarse y admitir que la tenía atrapada-. ¡No me voy! No puedo ¡No lo haré! Me quedo.
-Estaba seguro de que se impondría el sentido común. De que te darías cuenta de quien untaba tú tostada.
-¡No! No es eso. ¡No es eso! -repitió con énfasis al ver la mirada de incredulidad que le lanzaba-. No me quedo por mí o por ti, sino por el bien de Nessie.
-Por supuesto -murmuró Edward, y cada silaba daba a entender su incredulidad.
-¡Por supuesto! -recalcó ella con vehemencia-. No me quedo porque desee estar contigo, ni por la posibilidad de heredar. El único motivo por el que me quedo es porque Renesmee me necesita. De modo que si albergas la esperanza de que pueda volver a tu cama, te sugiero que la destierres de tu pequeña y sórdida mente. Nuestro matrimonio se ha acabado. ¡No volvería a acostarme contigo ni aunque me ofrecieras la fortuna de tu abuelo en bandeja!
-¿No?
-¡No!
-Bueno, ya lo comprobaremos -se estiró con gesto perezoso, flexionó los hombros y se mesó el pelo-. Verás, me temo que no puedo prometerte mantener tus términos. Quizá tú pienses que nuestro matrimonio se ha terminado, pero yo no estoy de acuerdo.
Alargó la mano y volvió a cerrar la puerta. El sonido resultó ominoso a los oídos sensibilizados de Bella. Fue un sonido de decisión, de freno total, que marcaba el fin de una fase y el comienzo de otra de la que no existía la posibilidad de dar marcha atrás; sin importar lo mucho que lo anhelara.
-Me casé contigo porque te deseaba más de lo que nunca he deseado a otra mujer en toda mi vida, y nada ha cambiado. A pesar de todo lo que ha pasado, aún te deseo más que nunca, si eso es posible. Palpito solo con mirarte.
-Bueno, pues entonces tendrás que seguir palpitando.
Bella intentó una actitud desafiante que se evaporó en cuanto él avanzó hacia ella, arrogante como un felino al acecho. Y ella era su presa. La garganta se le contrajo en un temblor de aprensión temerosa.
Sonrió y ella odió esa sonrisa. No mostraba calidez, gentileza o expresión amable. La luz fría y cruel en sus ojos se había fortalecido y la tenía paralizada como si fuera un conejo pequeño y aterrado atrapado ante los faros de un coche en marcha.
-Oh, no, cariño, nada de «tendrás que». Tú has estipulado los términos y yo he elegido soslayarlos. A pesar de todas tus protestas, volveré a tenerte.
-¡No! -lo miró a los ojos, vio la intención implacable que ardía en sus profundidades azules y el miedo le atenazó el estómago-. No estarás pensando… ¡No puedes!
-No, no puedo -convino, y la sonrisa malévola le dio a entender que entendía perfectamente la protesta de ella-. Pero tendré que hacerlo. Créeme, encanto, ni siquiera me hará falta pensar en tomarte a la fuerza. No será necesario.
No podía creer lo que oía y apenas fue capaz de repetir sus palabras.
-¿Necesario?
-Somos marido y mujer -murmuró Edward con mortífera suavidad, y para sorpresa de ella alargó una mano y le tocó la boca con un dedo-. Marido y mujer -repitió, observando cada reacción ínfima que aparecía en el rostro de Bella mientras le acariciaba los labios con infinita ternura.
-Puede que seamos marido y mujer -logró, decir-. Pero eso no significa que puedas exigir tus…
-¿Mis derechos conyugales? -inquirió con voz sedosa cuando a ella le fallaron las palabras-. Oh, Bella, ¿eres incapaz de ver que no me refiero a eso?
-¿No? -una diminuta llama de esperanza titiló en su corazón al ver que él negaba con un gesto de la cabeza, pero murió en cuanto contestó la pregunta.
-No necesitaré exigir nada. No habrá motivo. Lo que quiero me lo entregarás por propia voluntad, todo lo que quiero y más. Vendrás a mí por tu libre albedrío.
-¡Jamás!
-Oh, si que lo harás, cariño.
Nunca antes había odiado tanto la palabra «cariño» como en ese momento.
-Vendrás a mí porque no podrás evitarlo. Porque estamos hechos el uno para el otro. Porque yo soy el hombre para ti como tú eres la mujer para mí.
-No -movió la cabeza con desesperación-. ¡No!
«¡El hombre para ti!». Si tan solo supiera. Si se diera cuenta de todo lo que sentía por él. Que era su alma gemela, el amor de su vida. Pero como reconociera eso, entonces tendría un poder sobre ella que utilizaría de forma despiadada. Lo volvería contra ella, lo usaría para sus propios fines y cuando terminara…
Cuando terminara, ¿la descartaría sin más miramientos, la tiraría a un lado como un juguete roto del que un niño caprichoso se ha cansado y buscaría uno nuevo? No lo sabía. Solo sabía que si tomaba su amor y lo utilizaba para conseguir lo que deseaba, entonces existía la posibilidad de que la olvidara en cuanto hubiera obtenido lo que quería. De todos modos, no quedaría nada de ella, solo un caparazón vacío al que le hubieran extraído todo su contenido.
-Sí -insistió Edward con voz risueña.
Pero era una risa que no contenía ninguna calidez, ninguna diversión real. Se reía de ella, no con ella, y al mirarlo otra vez, le sonrió de nuevo con maligna gentileza.
-Vendrás a mí, encanto. Sé que lo harás. ¿Y cómo lo sé? Porque somos marido y mujer y lo hemos sido durante los últimos doce meses. Te conozco, mi dulce esposa. Conozco todo sobre ti cuando estás en la cama conmigo. Sé cómo cierras los ojos cuando te beso -Inclinó la cabeza oscura y le tomó los labios en un beso lento, largo y seductor. Sabiendo que la miraba, Bella luchó por desafiarlo. Intentó desesperadamente mantener los ojos abiertos, pero justo cuando creía que había tenido éxito, él ajustó la boca un poco, pasó la punta de la lengua por la ligera apertura de sus labios, y con un gemido de derrota cerró los párpados-. Sé cómo tu cuerpo responde al mío -susurró sobre su boca al tiempo que le acariciaba la espalda y la acercaba a él. Luego, subió una mano para sostenerle uno de los pechos bajo el suave jersey de color lavanda-. Sé lo que te excita, cariño. Y lo usaré. Somos amantes, Bella.
-Fuimos amantes -graznó ella, pero ni a sus oídos sonó convincente-. En pasado, Edward.
-¿En pasado? -repitió con incredulidad-. Cariño, sabes que no hablas en serio. ¿Cómo quieres que te crea cuando tu beso me afirma todo lo contrario, cuando tu corazón está desbocado, cuando tu pecho encaja en mi mano como si hubiera sido hecho para ella cuando se inflama ante mi contacto?
-¡No! -con una violencia que le contrajo el alma tanto como el cuerpo, se apartó de la seductora tentación del abrazo y la fuerza del movimiento la hizo retroceder hasta el centro de la habitación-. ¡No! No dejaré que… ¡no va a suceder! No puede suceder.
El horror último fue la absoluta falta de reacción de Edward, la calma relajada, impasible. Con la mirada le decía que le importaba un bledo su reacción, que no lo preocupaba. Que sabía que estaba asustada y que no tenía que hacer nada más para probarlo. Ella misma lo había hecho.
-Sucederá, encanto. No hay duda al respecto. La única pregunta es cuándo. Pero no tengo prisa. Después del banquete que disfruté anoche, aún no tengo hambre. Puedo tomarme mi tiempo. Puedo esperar a que vengas a mí, que me lo pidas. Consideró que será una espera que valdrá la pena.
-Entonces esperarás hasta el fin del mundo.
-No lo creo, encanto -movió la cabeza como apesadumbrado por lo poco que se conocía a sí mismo-. Si quieres, puedo hacerte una apuesta. Pasado mañana es Nochebuena. Te apuesto que antes de que pase la medianoche para anunciar la llegada de la Navidad, vendrás a mí y me suplicarás que te tome. Y yo estaré encantado de complacerte -la boca hermosa se curvó en una sonrisa amplia-. Lo consideraremos mi regalo de Navidad, ¿te parece?