DEMONIO DE CARNE Y HUESO

—Capítulo 10—

Los gritos de Akira cesaron cuando el niño se desplomó frente a sus ojos. Nadie, ni siquiera la gente que observaba desde sus casas, podían dar crédito a lo que acababa de pasar. El pueblo entero quedó hundido en un silencio aplastante.

Sai fue la primera en reaccionar. Se abrió paso entre los piratas, corrió hasta donde estaba el niño y lo acunó entre sus brazos. El chico soltó un suave quejido y entreabrió los ojos, pero pronto volvió a quedar inmóvil. «Al menos sigue vivo», pensó aliviada.

La mujer lo observó con detenimiento. Sus ojos, de un verde intenso, eran igual a los de Akira y su cabello conservaba el brillo cobrizo que distinguía a los miembros de su familia. El pobre estaba en los huesos y casi todo su cuerpo estaba cubierto por tremendas cicatrices que dejaban en claro las múltiples batallas que había librado durante todos esos años.

—No lo entiendo…

Sai apretó al pequeño contra su cuerpo, estaba ardiendo en fiebre. —Hazuki… dijo… que se había ahogado en el río... —volvió a mirarlo, como si quisiera convencerse de que no se trataba de él, sin embargo, la edad, el aspecto físico, todo coincidía. Miró a su hermano, quien tenía los ojos abiertos como platos—. Akira, ¿tú sabías algo? —el alcalde no se movía, simplemente seguía ahí, con la mirada fija en un punto perdido.

—¡Habla de una vez!, ¡contéstame! —le insistió enfurecida, pero no obtuvo respuesta. El alcalde estaba catatónico.

—Haru, mi pobre Haru —susurró la mujer con un tono de voz lastimero. Escucho a su alrededor como varios de los habitantes del pueblo comenzaban a acercarse, curiosos.

Alzó la vista en busca de Kano, el médico de su pueblo, pero el cobarde no parecía estar por ninguna parte. Necesitaba ayuda médica, pronto.

—Hay que rematarlo, no podemos arriesgarnos a que se recupere —escuchó que susurraban algunos mirones—. Trae tu arma, no hay que perder más tiempo —contestaron otros.

Sai sintió temor y apretó al niño contra su pecho, protegiéndolo. Lobo o no, ese pequeño era su sobrino. Se sintió impotente, no había mucho que pudiera hacer. Recorrió a los presentes con la mirada, pasando varias veces por su hermano, quien parecía incapaz de ayudarla. Finalmente, desesperada, clavó su atención en el grupo de piratas.

—Por favor...

Hizo una pausa y tragó saliva, no sabía ni siquiera cómo pedirlo.

—Sé… que él les ha hecho mucho daño, y no tengo ningún derecho a pedirles nada, pero, por favor, ayúdenme a salvarle la vida... es sólo un niño.

A su alrededor la gente enfurecida comenzó a quejarse y a soltar amenazas contra la mujer. Un hombre que traía entre las manos un palo quiso acercarse, pero se detuvo en el instante en que Luffy dejó caer a Akira y se puso en pie.

Todos retrocedieron con miedo al ver que ese extraño sujeto se acomodaba el sombrero y sacudía su pantalón. El joven mugiwara avanzó hasta Sai, se puso en cuclillas e inesperadamente le esbozó una enorme sonrisa.

—No te preocupes —le dijo mientras cargaba entre sus brazos al chiquillo—, tenemos el antídoto en el barco ¿no es así, Torao?

El ojigrís dio un respingo al escuchar su nombre. —Así es, todavía estamos a tiempo para salvarlo —le había costado bastante lograr que el tono de su voz sonara convincente. Simplemente no había logrado asimilar lo que estaba sucediendo.

—Entonces, ¿qué estamos esperando? —exclamó el Mugiwara. Pasó a un lado de Akira, ignorándolo por completo y se reunió con el resto—. Vámonos.

Ambas tripulaciones obedecieron.

Sanji se acercó a Sai y la tomó del hombro —Sai-chan, será mejor que nos acompañes —señaló discretamente a la gente del pueblo que la veía con un intenso odio. La mujer asintió sin rechistar. Solo se detendría en su casa para recoger a Mei y sus pertenencias más importantes. Miró a su alrededor y se encogió de hombros, ella no era muy querida en el pueblo, pero después de lo que acababa de hacer estaba segura de que no podría volver jamás.

• • •

En cuanto entraron al barco Bepo, que ya se encontraba en la cubierta al lado de Chopper, corrió a abrazar a su capitán de manera efusiva. Law simplemente no supo qué hacer, se mantuvo quieto mientras el oso le frotaba las mejillas con su blanco pelaje.

—¡Capitán! ¡Me alegra que se encuentre a salvo! exclamó contento, pero al ver que no recibía respuesta se separó—. Eh, ¿capitán?

Ladeó la cabeza al notar que Law no se atrevía a mirarlo a los ojos. Penguin le señaló discretamente al joven que traía el Mugiwara entre los brazos. El oso se estremeció al notar que estaba envenenado.

—Bepo-ya —finalmente el médico articuló palabra—. En el almacén del submarino tengo guardadas un par de esposas de kairoseki, tráelas. En cuanto estabilicen al chico las van a necesitar.

—¿Capitán, se siente bien? —insistió al notar la ausencia de toda emoción en su tono de voz.

—Por favor, solo hazlo —evadió su pregunta. Se dio la media vuelta y empezó a caminar hacia la biblioteca. Pasó a un lado de Zoro, quien lo tomó del brazo para detenerlo. —Ahora no —le dijo mientras se soltaba de su agarre y continuaba su camino.

Chopper, al ver que Law no planeaba quedarse, tomó el control de la situación. Para él era un alivio volver a ser de utilidad.

—¡Luffy, llévalo a la enfermería, rápido. Hay que administrarle el antídoto cuanto antes!

Pronto, el bullicio se concentró en la parte trasera del barco, donde todos buscaban una manera de poder ayudar.

• • •

Law entró en la biblioteca y colocó el seguro en la puerta. Se acercó a uno de los grandes sillones, tomó asiento y agarró su cabeza con ambas manos.

«Soy un completo idiota». Apretó los labios, la culpa comenzaba a carcomerlo.

Había atacado de una manera cruel a aquel pequeño niño. ¿Por qué no se había detenido? ¿Por qué cuando lo escuchó hablar no buscó otra manera de razonar con él?

Los ojos de ese pequeño se veían tan vacíos, tan desesperados, que no pudo evitar sentirse identificado con él. ¿Cómo podría perdonárselo? Además, había visto la reacción de Bepo, ¿Qué iba a pensar cuando se enterara de lo que había hecho?...

Tocaron a la puerta, pero no contestó.

—Law, sé que estás ahí, ábreme —la voz de Zoro llamaba desde el otro lado.

—No tienes nada que hacer aquí —respondió de mala manera, lo único que en ese momento deseaba era estar solo y hundirse en su miseria.

—Abre de una maldita vez —insistió el espadachín.

Al darse cuenta de que el médico no pensaba ceder empujó la puerta y rompió el pasador. Al verlo soltó un suspiro lleno de pesar. Ahí estaba una vez más, el orgulloso capitán ocultando su expresión.

—Vete, Zoro-ya, ¿tanta prisa tienes por cobrar tu parte del trato? —soltó el ojigrís con sarcasmo—. No tengo ánimos para hacerlo.

Zoro se rascó la cabeza y soltó un bufido, le había molestado bastante el comentario.

—Sabes que no vine a eso, pedazo de idiota —caminó hasta el sillón y se sentó a su lado. Movió los dedos de su mano en forma nerviosa, no era muy bueno con las palabras—. Law, entiendo como te sientes, pero lo que hicimos fue para poder sobrevivir —le colocó una mano sobre la rodilla y le hizo una suave caricia—. Mírame —le pidió, pero el ojigrís se negó a hacerlo. Law, tú no tienes la culpa de nada.

El médico apretó los puños y se giró completamente, dándole la espalda. No quería que mirara su lastimera expresión —gracias por decirlo, ya puedes irte —soltó poco convencido.

El peli verde sonrió de lado al ver su actitud tan infantil y lo rodeó por la cintura, pegándolo contra su cuerpo.

—¡Hey, suéltame! —se quejó el ojigrís, pero los fuertes brazos no cedieron. Zoro se recostó con él.

—¡Suéltame! —insistió el ojigrís. Sintió como la nariz de Zoro se acercaba a su oreja y con suavidad le hacía una leve caricia.

—Este ha sido un día duro —exclamó el peli verde sin ceder ni un ápice. Lo único que quiero en este momento es dormir un poco, así que deja de moverte.

—¡Si tan cansado estás lárgate a otro lado y déjame en paz! —exclamó el médico molesto. Peleó un poco más y se vio tentado a usar su habilidad para escapar, pero al final terminó por rendirse. Estaba exhausto, tanto física como mentalmente. Resignado, se recargó sobre el hombro de Zoro y se cruzó de brazos.

La suave respiración y el calor del cuerpo que lo tenía apresado comenzó a arrullarlo. Cerró los ojos y respiró profundo. Tenía que aceptar que aquel cálido contacto diluía bastante su pesar.

• • •

Cuando Akira finalmente reaccionó se dio cuenta que estaba rodeado de un sin fin de mirones. Se puso en pie como pudo.

—¡Akira-sama!

Escuchaba su nombre por todas partes.

—Akira-sama ¿en verdad era su hijo?

Escuchó que alguien preguntaba detrás de él. El alcalde se dio la media vuelta y tomó de la camisa a un hombre que lo miraba sorprendido.

—Mi hijo está muerto.

Contestó.

Lo dejo caer y sin decir más, se dirigió directo a su casa. Subió las escaleras con las botas llenas de lodo, importándole una mierda ensuciar la madera. Cuando llegó a su recámara se detuvo frente al tocador de su esposa.

Tomó el cepillo del cabello y en un arranque de intensa furia lo aventó al piso. Hizo lo mismo con el alhajero y el resto de sus pertenencias. Cuando agarró el diario quebró con violencia el sello que tanto tiempo había evitado y buscó entre las páginas la información que tanto necesitaba.

La verdad de aquel horrible día estaba escrita con la misma letra de molde, pulcra y perfecta, que Hazuki siempre utilizaba. Para su esposa sólo se había tratado de otra descripción habitual, pero para Akira marcaba el inicio de su infierno, diez años atrás.

—Regresaré a la hora de la comida.

Akira le dio un suave beso a su esposa y frotó la cabecita de su hijo antes de abandonar la casa. Hazuki, como siempre, se paró en la puerta con el pequeño Haru entre sus brazos para verlo partir.

—Despídete —le susurró al niño, quién alzó su manita.

—A..diós.

Eran pocas las palabras que decía, pero ya comprendía casi todo con suficiente claridad.

La mujer, altiva como siempre, miró atentamente a las personas en la calle. Todos le daban reverencia a su esposo y a ella. Eran por mucho la pareja más respetada y admirada del pueblo. Se irguió pomposa y cerró la puerta tras de sí. Estaba de humor para un paseo; el día era soleado y seguramente podría presumir a su pequeño como tanto le gustaba.

Había que estar presentables, le dio de comer al chiquillo, llenó su tina y se dispuso a bañarlo…

Pero no pudo evitar pegar un grito cuando, al sumergirlo, el niño se dejó de mover.

Espantada lo sacó y lo sostuvo en el aire hasta que lo vio reaccionar nuevamente.

¿Qué, qué significa esto?

Soltó con el rostro lleno de pánico.

Haru, desnudo y mojado, se enfrió rápidamente. El pequeño estornudó, y de repente, un par de orejas lobunas aparecieron sobre su cabeza. La mujer lo dejó caer sobre la cama y ahogó un grito de terror, el pequeño comenzó a llorar.

Hazuki se mordió la mano hasta hacerla sangrar. No había duda alguna, su pequeño había sido tocado por el espíritu del Ōkami. Era la primera vez que veía uno tan de cerca.

Empezó a caminar de un lado a otro de la recámara, nerviosa. No entendía qué podría haberle pasado, hasta esa mañana parecía ser normal. Había jugado un rato en el jardín ¿acaso se había comido algo mientras no lo vio? ¿lo había visitado algún desconocido? No tenía idea.

El niño lloraba a todo pulmón mientras estiraba sus bracitos sin encontrar consuelo. Entre más lloraba más partes de su cuerpo cambiaban de vez en vez.

Finalmente Hazuki se dejó de mover cuando comprendió que su perfecta vida estaba arruinada. —¡¿Qué va a pensar Akira cuando se entere?!

Se tomó el cabello con violencia. Sabía que su esposo se jactaba de que jamás había aparecido un animal como ese entre los suyos, seguramente se convertiría en el hazmerreír de todos, y ella, perdería todo el estatus que tenía.

De pronto, se tranquilizó.

Solo había una cosa por hacer. Esbozó una sonrisa macabra.

Soy joven todavía, puedo tener más hijos.

Miró a ese pequeño mestizo, ya no era más su bebé, ahora era una bestia. Un híbrido que no merecía ser su hijo.

Envolvió a la criatura en una gruesa cobija, cuidando que su rostro quedara lo suficientemente cubierto para que nadie lo viera, salió por la puerta de la cocina y emprendió el camino.

Se detuvo sobre el puente del río, que delimitaba el pueblo. «Lo mejor será lanzarlo». Evaluaba la posibilidad cuando, de repente, un hombre que pasaba la saludó con amabilidad. Ella meció al niño entre sus brazos y nerviosa le regresó el saludo. «Aquí no, todavía hay muchos testigos». Se adentró en el bosque a sabiendas de que estaba prohibido, caminó unos cuantos kilómetros y ahí lo abandonó, esperando que algún animal salvaje lo devorara.

A su regreso y con sólo la cobija entre los brazos se dejó caer en el río, fingiendo que se había resbalado. Unos campesinos escucharon sus gritos y corrieron a socorrerla,

—¡Ayúdenme! ¡a Haru se lo ha llevado el río!, ¡por favor!

Gritó con tal desesperación que difícilmente se podía dudar de ella. Varios hombres comenzaron la búsqueda, siguiendo el cause del río sin poder dar con la pobre criatura.

Su coartada había sido perfecta.

...

Las horas pasaban y Haru, que apenas caminaba, comenzó a avanzar en círculos sin saber por qué se había ido mamá. Estaba cansado de llorar y los ruidos a su alrededor lo tenían aterrado. El miedo provocó que su transformación avanzara hasta convertirlo por completo. Ya en cuatro patas sintió que podía moverse mejor, su cuerpo se sentía más ágil, más seguro y calientito. Escuchó algo que se movía detrás de él y su aguda vista lo distinguió justo a tiempo. Desde los arbustos apareció un enorme oso que pretendía devorarlo y el lobezno empezó a correr lo más rápido que pudo. Descubrió lo ágil que eran sus patas y pronto notó que dejaba atrás a aquel temible animal. A la mitad de su huída pisó mal y cayó hasta lo más profundo de una gruta.

Aquel lugar se convirtió en su nuevo hogar.

Conforme pasaban los días no le quedó más que entregarse a su instinto. Su olfato y su oído le permitían encontrar pequeños bichos y lagartijas que, de alguna manera, le amenizaban la terrible hambre que sentía. Poco a poco fue olvidándose de cómo volver a su forma humana. Aprendió a cazar presas cada vez más grandes y a defenderse de terribles depredadores a los que poco a poco fue superando. Su vida, antes humana, se disolvió casi por completo.

Una noche había perseguido a un ciervo hasta las afueras del pueblo. No pudo reconocer del todo aquel lugar, pero le parecía conocido. Estaba por darse la vuelta cuando un extraño aroma llamó su atención, era un aroma familiar.

Se acercó hasta una de las casas y empujó la puerta de daba al jardín, ésta cedió con facilidad ante su fuerza. Entró sigiloso y se dirigió al dormitorio donde no pudo creer lo que veía.

Era ella, era él.

Sonrió, podía reconocer el vínculo tan fuerte que tenía con aquel par. —Ma…má, pa..pá

Las palabras no sonaron muy bien, hacía tiempo que no intentaba hablar.

Pero las cosas no salieron bien.

Tras decir eso, lo único que recibió fue un grito, y luego, un disparo.

El pequeño entró en pánico al sentir el dolor de aquella bala. Su sangre comenzó a escurrir hasta llegar a su pata. Tenía que huir, pero no quería seguir solo. Tomó de la pierna a la mujer de la que no quería despegarse y corrió lo más rápido que pudo de regreso al bosque.

Mamá estaba con él… mamá aliviaría el dolor que sentía.

En uno de sus saltos mamá se atoró con un tronco, sin querer tiró de ella tan fuerte que le desgarró la pierna. A pesar de eso la mujer no gritó, hace varios kilómetros que ya estaba muerta. Se acercó al inerte cuerpo y lo empujó con el hocico una y otra vez, a pesar de su corto entendimiento comprendía lo que era la vida y la muerte. Después de aullar por horas comprendió que mamá no volvería a moverse.

Días después volvió al pueblo. Mamá ya no estaba, pero podía olfatear a la otra persona que le quedaba. Intentó colarse nuevamente a la casa, pero esta vez no pudo entrar. —Pa..pá— se acercó a una de las ventanas y pegó con el hocico llamándolo, sin embargo, el hombre no salió.

—¿¡Pero qué mierda es esooo!?

Sintió un golpe en la cabeza, gimió con miedo. Un hombre completamente ebrio le acababa de lanzar una piedra.

—¡Shú, lárgate!

Gritó el tipo envalentonado por el alcohol, tomó una piedra más grande y lo volvió a agredir. El estómago de Haru gruñó, llevaba días sin comer y ese señor no paraba de lastimarlo.

Enojado, respondió al ataque y lo mordió.

El tipo soltó un chillido de dolor al sentir como sus huesos se quebraban, no sufrió por mucho tiempo, murió en ese mismo instante.

El sabor de aquella sangre, de aquella carne era muy parecido al de los conejos y los ciervos. Haru, que ya no podía aguantarse el hambre, comenzó a devorarlo hasta que sació su apetito. Escuchó gritos, así que emprendió nuevamente la huida.

Sin ser muy consciente al respecto, al pobre lobezno se le hizo un hábito ir a buscar a su padre y de paso, conseguir algo de alimento.

Diez años pasaron y el lobo siguió creciendo. Cada vez más poderoso, más salvaje, cada vez más hambriento.

• • •

Cuando Akira terminó de leer el relato, abrió al máximo los ojos sin poder dar crédito a las palabras que ahí aparecían. Encendió la chimenea y lanzó el diario al fuego. Nadie más debía enterarse. Tomó el relicario y se sentó a contemplarlo por un largo rato.

Finalmente, tomó una decisión.

Agarró su arma, la metió a su boca, y sin pensárselo dos veces, jaló del gatillo, llevándose a la tumba el horrible secreto que guardaba su mujer.