Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, la historia es de Sarah Morgan
CAPÍTULO 9
Bella estaba muy quieta, con los ojos cerrados. Había seducido a Edward.
Al principio, Edward no quería; lo había notado en su indecisión. Pero ella había hecho imposible que se negara.
¿Cómo iba a enfrentarse con él?
Era hora de levantarse y sabía que Edward estaba despierto. Y sabía que la estaba mirando.
—A menos que pienses pasar el resto de tu vida con los ojos cerrados, vas a tener que mirarme, Bella.
Ella se cubrió la cara con las manos. No sabía qué decir. ¿Cómo iba a aparentar que su relación era la misma después de lo que había pasado entre ellos?
—Mírame, tonta. Si no abres los ojos en tres segundos, te obligaré a hacerlo.
Respirando profundamente para darse valor, Bella se quitó las manos de la cara.
—Buenos días.
—Eso está mejor. Quiero mirarte mientras hablamos.
—¿De qué?
—¡Por favor, Bella! Después de lo de anoche, no se me habría ocurrido pensar que pudieras ponerte tímida —sonrió él.
¿Estaba de broma? ¿Ella, angustiada hasta el punto de ahogarse, y él estaba de broma?
Pero estaba claro que Edward había hecho eso muchas veces y no parecía avergonzado en absoluto.
Bella se obligó a sí misma a mirarlo. Estaba apoyado en un hombro, muy cerca, y sonreía de una forma...
—¿Por qué estás tan cortada? Anoche no lo estabas.
El recordatorio de lo que habían compartido hizo que se pusiera colorada hasta la raíz del cabello.
—Tú sabes por qué. Porque ahora... ahora no sé qué va a pasar.
—¿Tú qué quieres que pase?
¿Qué quería? Que le dijera: "Te amo Bella". Pero eso no iba a ocurrir. Edward no podía amarla porque estaba enamorado de otra mujer.
Pero era un hombre muy listo y si sumaba dos y dos... se daría cuenta de que estaba enamorada de él. Y eso no podía ocurrir. Bella no podía arriesgarse a perder su amistad.
—Quiero que sigamos siendo amigos —mintió.
Edward levantó una ceja. Obviamente, no la creía.
—¿Amigos? ¿Quieres que seamos amigos?
Bella tragó saliva. No había sonado muy convincente. Y tendría que serlo para salvar su amistad.
—¿Qué otra cosa podemos ser? —preguntó, intentando levantarse.
Pero Edward tiró de su brazo y volvió a tumbarla sobre la cama.
—Tú no vas a ninguna parte. No hemos terminado de hablar.
Bella cerró los ojos, con el corazón acelerado. Aquello era una tortura.
—No hay nada que decir, Edward.
—Si vuelves a cerrar los ojos...
—Olvídalo, por favor. Nada ha cambiado entre nosotros.
Eso era lo que él quería oír, ¿no? No quería una declaración de amor.
Él la miró largamente a los ojos, como si quisiera leer sus pensamientos.
—¿Lo dices en serio? ¿Quieres que olvide lo que pasó anoche?
—Sí —contestó Bella, tragando saliva.
—¿De verdad es eso lo que quieres?
No. Pero era lo que quería él.
—Solo quiero que las cosas sean como antes —susurró, sabiendo que eso era imposible—. Quiero dar marcha atrás al reloj. Quiero que seamos amigos, Edward.
—Amigos —repitió él, con los dientes apretados—. ¿Y qué hacemos con lo que pasó anoche?
—Olvidarlo. Lo de anoche fue culpa mía. No habría ocurrido si yo... estaba muy sensible y... tú solo querías consolarme. Se nos fue de las manos, eso es todo.
—¿Estás diciendo que lo lamentas?
—Sí —mintió Bella. Debería lamentarlo, pero no era así. Guardaría ese recuerdo para siempre—. No deberíamos haberlo hecho.
—¿Hecho qué? Dilo.
—No deberíamos haber tenido... relaciones sexuales.
—¿Relaciones sexuales? Ya veo.
—Somos amigos y nada más, Edward.
—Nada más —repitió él, mirándola a los ojos. Después, saltó de la cama y tomó los calzoncillos, que estaban en el suelo—. Me alegro de haber aclarado el asunto.
Bella lo miró, ansiosa.
—Entonces, ¿estamos de acuerdo? ¿Seguimos siendo amigos como siempre?
—Claro que sí —contestó Edward, poniéndose una camiseta con tal violencia que Bella pensó que iba a romperla—. ¿Por qué una noche de... relaciones sexuales iba a cambiar nada?
—Claro que no. Pero si los dos estamos de acuerdo... ¿por qué estás tan enfadado?
—¡No estoy enfadado! —gritó él, tomando su reloj de la mesilla—. ¿Por qué demonios iba a estar enfadado?
—No lo sé. Solo quiero que las cosas sigan igual.
Edward se quedó en silencio, mirándola. Después, se pasó una mano por el pelo.
—Maldita sea, ¿por qué estoy haciendo esto? —murmuró, dejándose caer sobre un sillón. Parecía agotado—. Bella, no he sido sincero contigo. Y es hora de que lo sea.
Aquello fue como un jarro de agua fría.
Iba a decirle que no la amaba, que no podría amarla porque amaba a otra mujer. Iba a asegurarse de que no malinterpretaba sus sentimientos, como hacía con todas las mujeres para que no pudieran acusarlo de jugar con sus sentimientos.
Pero Bella no quería que fuera sincero. No quería oírlo. No podría soportar que le dijera: «No te quiero y no puedo quererte porque amo a otra mujer».
—No, Edward. No digas nada. Ya sé lo que sientes.
Edward se levantó del sillón.
—No lo sabes.
—¡No, por favor! No podría soportarlo.
—Bella...
—Lo siento, Edward. Lo siento mucho.
—Eso ya lo has dicho —murmuró él, abriendo la puerta del baño como si quisiera arrancarla de sus goznes—. No hace falta que vuelvas a decir que lo sientes. He captado el mensaje —añadió, cerrando de un portazo.
Bella se quedó mirando la puerta con los ojos llenos de lágrimas. ¿Estaba enfadado porque habían hecho el amor o porque ella no había querido oír que amaba a otra mujer?
¿Cómo iban a salvar su amistad después de aquello?
Bella fue a la clínica temprano paro no encontrarse con Edward y se encerró en la sala de enfermeras, con el corazón encogido. No podrían mantener aquella situación por mucho tiempo.
La mañana pasó sorprendentemente rápido y estaba dándole consejos a un turista con problemas de estómago cuando sonó el teléfono. Era Edward.
—Tengo un paciente de sesenta años con problemas respiratorios. ¿Puedes hacerle un electrocardiograma?
—Sí, claro. Mándamelo ahora mismo.
Bella contuvo el aliento al ver a Edward por el pasillo, sujetando a un hombre del brazo.
—Es el señor Fox —le dijo, sin entonación—. Estaré en mi consulta cuando termines.
—De acuerdo.
¿Merecía la pena haber arruinado su amistad por una noche de placer?, se preguntó. Porque iba a ser imposible recuperar lo que habían tenido durante tantos años. Lo que era tan preciado para ella.
Pero no había sido una noche de placer, sino mucho más. Mucho más.
—Quítese la camisa, señor Fox. Voy a ponerle unos cables en el pecho, pero no se preocupe, no va a dolerle.
—Espero que no sea nada importante —suspiró el hombre—. Todo el mundo se desmaya de vez en cuando, ¿no?
—Hay que averiguar las razones para ese desmayo. El electrocardiograma nos dará una idea de cómo anda su corazón. Tiene que relajarse, ¿de acuerdo?
—Lo intentaré.
—¿Qué estaba haciendo cuando se desmayó?
—Ayudando a mi hija a mudarse. Estaba cargando cajas y entonces sentí un dolor agudo en el pecho.
—¿Nunca le había pasado antes? —preguntó Bella, anotando las lecturas del aparato.
—Bueno, he tenido dolores en el pecho alguna vez, pero pensaba que era indigestión.
—¿Y nunca ha ido al médico hasta ahora?
—No. ¿Debería haberlo hecho?
—Yo diría que sí —sonrió ella—. Ya puede vestirse.
Bella esperó en la puerta de la consulta hasta que salió el paciente de Edward y después asomó la cabeza.
—Ya he terminado con el señor Fox.
—¿Y?
—Yo diría que tiene serios problemas de corazón. Toma, esta es la lectura.
Edward le echó un vistazo, con el ceño fruncido.
—Tiene un bloqueo en la aorta.
—¿Qué significa eso?
—Significa que no hay comunicación entre la aorta y los ventrículos.
—Pero eso no puede ser. Estaría muerto.
—No necesariamente. En su caso, la actividad ventricular es estimulada por un foco independiente entre los ventrículos. El cuerpo humano hace lo que sea para mantenerse vivo.
—Entonces, necesita tratamiento urgente.
—Desde luego.
Edward llamó al departamento de cardiología del hospital. Unos segundos después, colgaba el teléfono.
—Vamos a darle atropina antes de enviarlo al hospital, pero estoy casi seguro de que tendrán que ponerle un marcapasos. ¿Quieres decirle que venga?
—Sí, claro.
—Espera... ¿ha venido solo?
—Creo que su hija está en la sala de espera.
—Dile a su hija que pase. Y pide una ambulancia.
Bellay pidió a Tina que llamase a la ambulancia y después llevó al señor Fox y a su hija a la consulta para que Edward le explicara la gravedad de su situación.
Dos horas después, cansada, entró en la sala de personal para hacerse un café.
—Qué mañana —suspiró, dejándose caer en un sillón—. Hoy ha habido más pacientes que nunca.
—¿Te toca la consulta de geriatría esta noche, Bella? —preguntó Eleazar.
—Me temo que sí. ¿Sabes algo de Harry Clearwater?
—Fui a verlo anoche y el cardiólogo dice que está mucho mejor.
—Me alegro —murmuró Bella, acercándose a la cafetera.
Edward entró entonces y ella tuvo que sujetar la taza con fuerza para no derramar el café.
—Qué mañana —suspiró, cansado.
Claro, no había dormido la noche anterior, pensó Bella, nerviosa.
—Tengo que irme. Hasta luego.
—¡Bella! —la llamó Eleazar.
Pero ella se escabulló. No podía estar en la misma habitación que Edward. La ponía demasiado nerviosa.
Por la tarde, siguió con las vacunaciones y durante un descanso, se acercó á recepción para comprobar cuántos pacientes le quedaban.
—¿Qué tal con Emmett? —le preguntó a Rosalie.
—Muy bien. Anoche... durmió en mi casa.
—Ah, vaya.
—Te debo una disculpa, Bella —dijo Rosalie entonces—. No fui muy amable contigo cuando llegaste a la clínica.
—No tienes que disculparte —dijo ella, incómoda.
—Tengo que hacerlo. Yo sentía... algo por Edward, pero era una estupidez. No sé si sabes lo que me pasó y...
—Algo me han contado.
—Pues, de repente, pensé que estaba enamorada de Edward, pero no era verdad. Ahora lo sé.
—No tienes que disculparte.
—Supongo que tú estarás acostumbrada a eso.
—¿A qué? —preguntó Bella.
—A que todas las mujeres se enamoren de tu novio.
—Ah, sí, bueno... Ocurre algunas veces.
—Pero tú tienes suerte. Está loco por ti.
Si fuera cierto... Bella se obligó a sí misma a sonreír, pero decidió cambiar de tema.
—Entonces, ¿Emmett y tú...?
—Va a venirse a casa hasta que la suya esté arreglada.
Eso significaba que ella podía volver a su habitación. Era un milagro. Entonces, ¿por qué no se alegraba? Después de lo que ocurrió la noche anterior, debería estar encantada de tener su propia habitación.
Pero la verdad era que le horrorizaba haber roto una amistad de veinticuatro años por una noche de pasión.
Era culpa suya. Lo había seducido. Lo había tentado para que hiciera algo que no quería hacer. Y tenía que solucionarlo.
La consulta de geriatría estaba hasta los topes aquella noche. Varios de los pacientes se habían enterado de que Harry Clearwater estaba en el hospital y querían saber cómo estaba.
Después de la consulta, Bella volvió a casa.
Estaba vacía. Edward no volvió a casa hasta las doce.
Cuando oyó las llaves entró en el salón y se sorprendió al ver que él daba un paso atrás. ¿Edward tenía miedo de ella? ¿Cómo iban a volver a estar cómodos el uno con el otro?
—Quería hablar contigo —dijo Bella, ofreciéndole una copa de vino.
—¿De qué?
—Siento mucho lo que pasó...
—Sí, ya lo sé. Me lo has dicho esta mañana.
—Pero hay algo más.
—¿Qué, Bella?
—Tú querías hablarme de la mujer de la que estás enamorado y yo no quise escucharte.
Edward se quedó mirándola durante largo rato, como si no entendiera.
—¿Quieres que te hable de la mujer a la que amo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque soy tu mejor amiga. Porque... estoy interesada. Y porque tú quieres hablar de ello.
—No quiero hablar de ello.
—Pero esta mañana...
—Esta mañana quería hablar de muchas cosas. Pero ya no.
Nunca antes lo había visto así. Ausente, lejano.
—Pero, Edward...
—Olvídalo, Bella —la interrumpió él.
—Pero esta mañana...
—Déjalo, de verdad.
Bella sintió que algo se moría dentro de ella. No podía llegar a él. Ya no era su Edward.
—¿Qué nos ha pasado? ¿No podríamos volver a ser...?
—¿Lo que éramos antes de... las relaciones sexuales? —rió él, con amargura—. No lo creo, Bella.
De modo que ese era el final de su amistad.
Por tenerlo todo durante una noche, lo había perdido todo para siempre.
Hola de nuevo!
Chicas esto ya casi termina!, solo nos queda un capitulo y veremos que pasa con estos dos amigos.
Espero que lo disfruten, y ya saben, dejen sus comentarios.
