Déjate llevar

A pesar de esa pequeña intervención nostálgica, en la cual ambas dejaron bien claro que algo faltó en la infancia de las dos, continuaron hablando alegremente y bebiendo cada vez más.

Mucho más.

Anna ya sentía que los párpados le pesaban y que el inconsciente empezaba a hablar en vez de su cordura. Su hermana, por su parte, mantenía una estúpida sonrisa dibujada en el rostro.

—Y entonces, ese día que desobedecí a papá, ¡me lancé a la terraza del castillo! —Estiró el brazo dramáticamente— ¿Sabías que desde ahí se siente como si pudieses tocar la luna? Era como si estuviera encima de mí... ¡Debo mostrarte ese lugar!

—¿Acaso padre no te dijo que no fueras porque era muy congeloso? Digo, ¿peligroso? —Se insultó por dentro al no ser capaz de modular como correspondía—. No es una terraza, siquiera hay de donde agarrarse, Anna. —La señaló, elevando una desaprobada ceja.

La menor rió ante su tropiezo —Sabes bien que apenas escuché la palabra "peligro", no podía dejarlo pasar.

—Naturalmente. —Rodó los ojos.

—Obviamente. —Enfatizó.

Se miraron por unos mudos segundos y las risas no tardaron en estallar. Era como si se estuviesen conociendo de nuevo. Había tantas cosas que desconocían de la otra. Detalles, pero que cobraban importancia con cada historia de fondo.

Y así siguieron varios minutos, contando historias. Anna aprovechó para contarle paso a paso lo que sucedió cuando Elsa se extravió en Storybrook, y ésta última le contó su aventura en ese extraño pueblo. Antes no habían tenido la oportunidad de hablar de esa experiencia con lujo de detalles debido a las obligaciones de la mayor, y vaya que se habían perdido de interesantes relatos.

En medio de ellos, la reina soltó un gran suspiro que preocupó a la princesa.

—¿Elsa? ¿Qué pasa?

La nombrada se sostuvo la cabeza con la palma y cerró los ojos.

—... ¿Sabes? Todavía me parece tan irreal que podamos estar aquí juntas. —empezó a decir. Anna la observó, curiosa—. Y pensar que no hace mucho estuvimos separadas por treinta años... Realmente pensé que enloquecería. —confesó sin el permiso de su mente. Se sentía demasiado cansada como para ocultar sus sentimientos.

La menor le regaló una amable sonrisa al escucharla.

—Lo sé. Es como si el mundo se empecinara en separarnos... Pero como ves, ¡el universo nunca logrará su cometido! —exclamó, levantando el brazo triunfalmente— ¡Siempre estaremos juntas!

La reina le sonrió con cierto agradecimiento y entrecerró los párpados, nostálgica.

—De verdad, ha sido muy duro... estar tanto tiempo separada de ti.

—Elsa...

—Si supieras todo lo que traté de hacer para volverte a ver, Anna... Temí tanto perderte.

La pelirroja tragó saliva con fuerza, ruborizada. Su hermana estaba siendo inocentemente honesta. ¿Acaso era consciente del peligro que significaba mostrarse así?

El silencio invadió la sala en medio de sus delirios. Elsa, con una tenue sonrisa, pasaba un dedo alrededor de la copa, perdida en ella. La princesa la contemplaba con detenimiento, aún incapaz de modular palabra alguna.

Sus perfectos rasgos; su dorado cabello, sus ojos, sus labios... Quizás era lo que estaba consumiendo, pero creía que se veía más hermosa que nunca.

La reina se percató de aquella intensa mirada y le sonrió.

—¿Qué sucede? —inquirió con una dulce voz.

¿Qué sucede? ... Todo.

Anna sentía su sangre hervir como nunca. Una desconocida valentía comenzaba a domar a su cobarde interior. Y tal valentía estaba encerrando de una importante forma a la cruda realidad en un lugar donde no molestaría; donde le permitiría hacer lo que quisiese con su hermana mayor.

En otras palabras; estaba absolutamente ebria.

—¿Anna? —la llamó ante su extenso silencio.

—Acércate... —habló por fin con una apagada tonada. Elsa esbozó una socarrona sonrisa.

—¿Para qué?

—Vamos..., quiero decirte algo.

Riendo por lo bajo, se incorporó un poco y se fue hacia adelante hasta pasar el torso por encima de la mesa. Anna, complacida, la imitó y se dirigió a su oído.

—Mírame... —susurró, generando que su cálido aire le hiciera cosquillas.

La mayor volteó la cabeza con cautela y al instante abrió los ojos de par en par. Había quedado a escasos centímetros de sus labios, y eso era tanto una buena como una mala noticia.

Mala porque el autocontrol no estaba de su lado, y buena porque era un hecho que su hermana la estaba incitando, lo cual significaba que tal vez había esperanzas para ella.

Anna sonrió en la tenue oscuridad y empezó a acortar la distancia entre sus bocas. Elsa se humedeció los labios, tentada.

Anna, no... Si haces eso...

—... ¿Qué estás haciendo? —preguntó ya con la voz dos octavas por debajo de lo normal.

—Lo que deseamos. —musitó contra su boca, generando que tragara saliva con fuerza.

Quiso contestar, pero no pudo. Las ansias se estaban apoderando de ella, endureciéndole la garganta. Tan solo se limitó a descender sus celestes ojos y clavarlos en el objeto de su deseo, que cada vez se aproximaba más. Estaban tan cerca que podía oler su afrodisíaco aroma; la estaba corrompiendo.

Elevó la visión con lentitud y Anna le sonrió de un travieso modo. Ese fue su fin.

Ah... Ya no puedo más.

Exasperada, Elsa rompió esa maldita distancia que restaba y capturó sus labios con necesidad; una auténtica necesidad. Anna cerró los ojos y se entregó a esa boca que la devoraba sin pudor alguno, y a esa cristalina mano que se enredaba en su cabello, pasaba por el y sujetaba su cuello.

—Mh... —escapó de los labios de la reina, mientras los entreabría en un áspero jadeo y asomaba la lengua por ellos, impaciente. Su mente le rogaba que se detuviera, pero su alma estaba en contra de esa orden.

La princesa percibió su agitada y fría respiración sobre la suya, y le dejó el paso libre. Las puntas de sus lenguas se rozaron con cierta timidez. Sin embargo, no duró mucho aquello. Al sentir esa suave piel acariciándoles, no tardaron en comenzar un acompasado y frenético baile en el que ambas se enredaban, degustándose.

Las cosquillas que atacaban el estómago de la mayor eran insoportables. Deseaba más... Deseaba conocer más ese travieso lado que la menor le estaba mostrando.

Gracias a la falta de aire, entre roncos jadeos se despegaron lentamente. Fatigadas, sus ojos se encontraron. Ambas notaron la confusión y al mismo tiempo el deseo de proseguir ese acto.

Elsa, algo intimidada por esas esmeraldas que no le daban descanso, se alejó unos centímetros.

¿Qué estoy haciendo...?

Tenía que detenerse.

—Anna, escucha... Yo...

—Elsa.

Se sobresaltó por esa inesperada y diría que casi severa tonada. Ascendió la visión, que había decaído por la vergüenza, y captó el momento justo en el que una delicada mano sujetaba su rostro y la obligaba a contemplar a su hermana menor de frente. La reina se perdió en esos ahora, determinados ojos. Anna le sonrió de forma tranquilizadora y se inclinó hacia su oreja.

—Sígueme. —musitó, sujetando su mano.

La puso de pie y empezó a guiarla. Elsa, notablemente hipnotizada por ella, la siguió. Sabía a dónde se dirigían; a su habitación. Y sabía que no era una buena idea. Pero contrario a lo que pensaba, obediente, continuó siguiéndola sin oposición alguna.

Su cabeza daba vueltas; casi veía doble, no podía pensar bien. Creía que se encontraba en uno de esos húmedos sueños que la tomaban desprevenida algunas noches.

—¿Por qué... mi habitación? —Fue todo lo que pudo decir la reina cuando estacionaron frente a la puerta. Giró el rostro y miró a Anna, mientras pasaba una mano por detrás de su espalda y le sujetaba la cintura.

La princesa dibujó una provocativa sonrisa y atajó aquella mano que se empecinaba en no abandonarla.

—Siempre creí que era más adecuada que la mía...

—¿Adecuada? —inquirió, apegándola más a su cuerpo— ¿Para qué? Espera... ¿Siempre?

Anna rió por lo bajo y giró la perilla. Entró, arrastrándola consigo.

—La mía está llena de peluches y esas cosas... No es muy sensual que digamos.

—Me gustan tus peluches... —musitó, cerrando la puerta tras de sí. La menor rió.

—No sabes lo que dices, Els. —contestó de un inocente pero falso modo, poniendo las manos detrás de su espalda. Elsa arrugó el entrecejo, apretando los puños. Algo en esa confiada tonada no le gustó.

¿Anna estaba jugando con ella?

—Claro que lo sé —respondió por fin—. Y también sé... —Se frotó el rostro, tratando de despertar—... que deberías irte.

Sus acciones contradecían a sus palabras, ya que mientras más hablaba, más se acercaba.

—¿Por qué? ¿No me quieres aquí? —preguntó, acortando la distancia y enredando los brazos en su cuello—. Me seguiste tal como un cachorrito, Elsa. No creo que tu deseo sea que me vaya. —finalizó, bajando las manos por su nuca hasta atajar su espalda. La reina se sobresaltó cuando sintió y escuchó como el cierre de su vestido empezaba a a ser descendido.

—A-Anna, ¿qué haces?

Su cuerpo comenzaba a estremecerse. Hacía falta una sola caricia de su parte para desarmarla.

—Te desnudo —dijo como si nada, mirándola. Un travieso brillo se asomaba por sus ojos—, ya que veo que tú no tienes las intenciones de hacerlo. —Sonrió.

Elsa, sonrojada, volteó el rostro.

—Por supuesto que no. Eres mi... hermana. No debemos hacer...

—¿Esto? —la cortó, mientras comenzaba a bajar su vestido de una lenta y tortuosa forma. La reina, avergonzada, se cubrió el pecho al percibirlo desnudo.

—Anna, no... —Sujetó su muñeca, deteniéndola y quedando a medio vestir—. No es correcto.

Desconocía de dónde salía el valor para oponerse a tal manjar. Hacía años que la deseaba y ahora ahí la tenía, servida en bandeja. No obstante, no podía evitar pensar que era una abominación lo que estaban por hacer; que destruiría la vida de su querida hermana menor.

Anna negó lentamente con la cabeza, delineando una tenue sonrisa.

—Pero Elsa, ambas lo deseamos. Tú lo sabes. —Apoyó la cabeza en su pecho y rodeó su cintura en un cálido abrazo—. No es como si te fuera a violar o algo así, ¿verdad?

—¿V-Violar? —repitió, abrazándola también—. Soy la hermana mayor, así que en todo caso yo sería la violadora. —musitó contra su oído. La princesa rió en un murmullo sobre la helada piel de su pecho, y pasó sus delicados dedos por su desnuda espalda.

—Es imposible que sea una violación para mí, ya que quiero hacer esto. ¿Qué hay de ti?

—¿H-Huh?

—¿Te estaría forzando si decido... querer hacerlo contigo? —Levantó el rostro y la encaró. Su semblante se mostraba serio, absolutamente decidido.

Elsa abrió los ojos de par en par, conmocionada y entusiasmada. Una eléctrica sensación se estaba estableciendo en su pecho. No podía respirar con normalidad; la sentía pesada.

—Anna... —la llamó, entrecerrando los párpados. Mordiéndose el labio, se inclinó hacia ella y escondió el rostro en la curva de su cuello— ¿De verdad deseas hacer esto? —murmuró contra aquella sensible piel, reforzando el agarre en su cintura.

Inhaló su delicioso aroma. Como siempre, esa fragancia lograba hipnotizarla más que el mismísimo y mágico absenta.

La menor la espió de reojo y sonrió —Solo por hoy... no te cuestiones nada. Yo tampoco lo haré. —Se desprendió lentamente y tomó su mano. La guió hasta quedar parada y de espaldas a la cama.

Elsa se achicó en el lugar, nerviosa.

—Anna... —La miró profundamente, cada vez más perdida en aquellas esmeraldas.

¿Realmente estaba por pasar lo que había deseado por años?

La pelirroja sonrió de soslayo ante sus obvios nervios y sujetó sus hombros.

—¿Confías en mí? —preguntó.

—Siempre. —respondió al instante, y en recompensa consiguió una radiante sonrisa de oreja a oreja. Pero también, un leve empujón que provocó que su espalda se estampara contra el colchón.

Pestañeó, detallando como Anna la seguía hasta quedar sentada en su regazo. Se inclinó a su oreja y la besó.

—Te amo, Elsa.

Su corazón terminó en la garganta gracias a esa perfecta confesión.

—Te amo demasiado... No puedo tolerar más todo lo que siento por ti.

Y eso fue todo, el detonador de la reina se activó.

Casi con furia sujetó su mejilla y la atrajo hacia ella, para luego devorar sus labios en un desesperado beso que le quitó la respiración.

—Hm... —gimió Anna sobre su cuerpo, entreabriendo los labios una y otra vez; encontrándose y entrelazándose con esa deliciosa lengua que no le daba tregua alguna.

Elsa se reincorporó, quedando sentada también, y se desprendió de su boca, agitada, solo para comenzar a descender por su mentón hasta quedar asentada en su cuello. Ascendió la lengua por el y lo succionó, dispuesta a dejar su querida marca.

—Mh... —Cerró los ojos con fuerza al sentir los helados labios de la reina sobre su piel. Esa combinación de frío y calor la estaba enloqueciendo—. Els...

La nombrada volvió a su boca, exasperada, mientras empezaba a bajar el vestido de la pelirroja por los hombros. Sus adorables pecas hicieron acto de presencia; pecas que no pudo evitar la tentación de probar. Besó su hombro, para luego pasar la lengua por su clavícula, delineándola, grabando en su memoria cada parte su cuerpo.

Anna se retorció sobre su cuerpo, y enredó las manos en su desordenado cabello.

La situación era en demasía irreal. No podía creer que tenía a su querida hermana menor toda para ella, tal como siempre soñó.

Dejándola solo en ropa interior y sin perderse ningún detalle de su perfecto cuerpo, llevó la mano a su pecosa nuca y volvió a sus labios. Sus lenguas se entrelazaron, mientras descendía por la piel de su espalda con las yemas y atrapaba el gancho del sujetador. Anna parpadeó con debilidad.

—¿Elsa...? —pronunció sobre su entrecortada respiración. La reina le sonrió y lo desenganchó, para luego con su mano libre empezar a levantar el sujetador por delante. Sus pechos rebotaron frente a su opacada visión.

La princesa se tapó de inmediato, avergonzada. Ella había empezado ese fogoso juego, pero la reina lo estaba dando vuelta de un impecable modo.

—Déjame verte...—musitó, sujetando sus muñecas y apartándolas. Un complacido respingo huyó de sus labios al observar como las pecas se detenían antes de llegar a sus perfectos y simétricos pechos—. Dioses... Eres tan hermosa, Anna.

La nombrada se mordió el borde del labio, entre nerviosa y ansiosa, y detalló como Elsa atajaba la parte baja de su cintura, la impulsaba más hacia ella, apegando sus abdómenes, y agachaba un poco la cabeza.

—Tan... hermosa. —murmuró de una hipnótica forma, acercando peligrosamente los labios a uno de sus pezones.

Anna frunció los dedos contra su brazo cuando el agitado aire de la mayor le acarició esa sensible parte, generando que creciera. Elsa sonrió y se inclinó más.

—E-Espe... ¡Hm! —jadeó al sentir sus labios apresándola. La sujetó del cabello, tratando de no enloquecer, mientras la mayor comenzaba a rodear su pezón con la lengua, para luego succionarlo y atraerlo hacia ella, arrastrando su piel— ¡Ah!

La reina admiró, satisfecha, como sus intentos de mantener la calma resultaban inútiles; su cuerpo la dejaba expuesta.

—Anna... ¿Estás excitada? —inquirió con una áspera voz, regresando a su debilidad, en este caso a su gemelo, y succionándola con ímpetu—. Dime... —Se desprendió lentamente, dejando solo un pequeño hilo transparente conectado entre su pezón y sus labios.

La princesa descendió los párpados, agitada —¿Q-Qué estás diciendo? —Volteó el semblante, avergonzada— ¿Por qué me preguntas algo tan obvio? Tú... no eres así.

—Lo soy. —respondió, volviendo a sus labios— ¿Era esto lo que querías provocar? ¿Así querías verme, Anna?

Dio en el blanco. Por supuesto que quería verla así.

Bajó el rostro, ruborizada y sintiéndose bastante intimidada por la mujer en la que estaba sentada. Ésta elevó una picarona comisura.

—Ahora no tienes más remedio que aguantártela. —Amplió su ahora perverso gesto, y la tiró de espaldas contra la cama. Se sentó sobre su vientre al instante, sin dejarla reaccionar.

Anna la miró con detenimiento desde lo bajo, mientras Elsa llevaba las manos a su cintura y ascendía su vestido hasta quitárselo por completo, quedando en ropa interior también. La menor refregó las rodillas entre ellas, nerviosa, al detallar aquella seductora y oscura lencería que tenía puesta. Sin embargo, sabía bien que no era momento de ponerse nerviosa, sino de actuar.

Así que no pudo hacer otra cosa más que recuperar la compostura.

Elevó la visión, que seguía plantada en su firme abdomen, y le sonrió, arrogante.

—Por supuesto que puedo aguantármela, hermanita.

La reina sonrió al escucharla y se inclinó. Besó sus labios en un corto encuentro, para acto seguido deslizar la lengua sobre el superior, logrando sacarle un sofocado quejido. Sus manos, sin querer quedarse fuera del juego, comenzaron a navegar por los bordes de su cintura hasta elevarse por ella; atrapó sus pechos con cierta cautela, y comenzó una maquiavélica danza circular sobre ellos.

La princesa entrecerró los ojos, fatigada. No quería que tomara el control; no todavía. Estaba más sensible de lo que creyó. Trató de culpar al alcohol, pero era consciente de que no era culpa de ello.

Con un notable esfuerzo se incorporó y sujetó su espalda.

—Es hora de quitarte esto. —susurró sobre su helado y escaso aliento, desabrochándole el sujetador. Sus atributos rebotaron en su presencia, dejándola perpleja. Los había visto incontables veces, pero por alguna extraña razón quedó algo paralizada.

Elsa se tapó, sonrojada —¿Quieres imitarme? ¿Tienes que copiarme en todo? —bromeó.

—¿Imitarte? —Rió por lo bajo, mientras sus manos, tentadas, la destapaban y no se privaban de tantear sus pechos, encontrándose con una suave piel—. No, hermanita. No solo voy a imitarte, voy a hacer mucho más que eso. —sentenció, segura de sí misma. Y alzando una divertida ceja, se dio la vuelta rápidamente, dejándola debajo de ella.

Elsa se estampó contra la cama y la miró, curiosa.

—¿Anna? ¿Qué estás?... ¡Ah! —gimió, al notar como su lengua recorría su pecho en tortuosos círculos. Su mano no se quedó atrás, acariciando a su gemelo. La atacó de golpe sin compasión alguna—. A-Anna...

Mordió uno con sutileza, provocando que arqueara la espalda. Su mano libre ahora navegaba hacia abajo por su cintura en un peligroso camino que intuía cuál sería el final.

Llegó a su muslo y lo rodeó con la palma, para luego subir por el y rozar su entrepierna. La reina levantó un poco el rostro, ruborizada e impaciente.

—Deja de jugar...

—¿Jugar? —repitió, sonriente— ¿Te parece que estoy jugando? —susurró, dirigiendo los dedos a esa fina tela que cubría su intimidad. Comenzó a acariciarla de arriba hacia abajo, estremeciéndola.

—Ah... —Apretó los párpados—. A-Anna... ¿Qué es lo que... estamos haciendo? —dijo entre jadeos, empezando a sentir como el sudor la recorría.

La menor posó los ojos en ella al escucharla. La observó con una indiferente expresión que Elsa no comprendió.

—Creo que estamos haciendo el amor... Y estamos borrachas, así que no te preocupes.

La reina arrugó el entrecejo, enfadada.

—¿Acaso crees que me voy a olvidar de esto tan fácilmente?

Anna delineó una burlona sonrisa y agachó la cabeza hasta quedar de frente con su vientre.

—Me pregunto... ¿Cuántos habrán querido hacer esto contigo? —cuestionó, presionando los labios en su piel. Elsa, cada vez más con el corazón fuera de control, sonrió.

—Muchos. Pero solo a ti te dejaría llegar tan lejos.

La menor levantó la cabeza de golpe y la contempló con una apagada mirada. La desvió unos segundos, como si estuviera meditando si hablar o no, y se inclinó hacia ella.

—¿Por qué solo a mí? —preguntó en un hilo de voz sobre sus labios. Elsa bajó los párpados, pensante, y reposó la mano en su acalorada mejilla.

—¿Aún no lo sabes, Anna?

La nombrada entreabrió los labios dispuesta a contestar, pero no lo hizo. Una parte de ella estaba segura de la respuesta, y la otra no quería creer en ella. No quería escucharla porque aquello cambiaría todo.

No estaba para nada preparada para tal cambio.

Y como si sirviera para evadir la dura realidad, volvió a sus labios con desesperación, impidiendo que la mayor continuara hablando.

—A-Ann...

Estampó una mano a su costado, y la otra descendió por su abdomen hasta encontrar de nuevo su intimidad.

—No digas nada. No ahora. —dijo sobre su aliento y la besó otra vez, al mismo tiempo que con mucha cautela empezaba a sumir los dedos debajo de la tela que la cubría.

La mayor se sobresaltó y abrió los ojos, pasmada. Pero no fue la única.

—Elsa... estás...

Elsa cubrió su rostro con el brazo, sonrojada; sabía lo que iba a decir. Su humedad era notable y eso le avergonzaba en demasía.

Anna le sonrió con ternura —Eres hermosa...

Se destapó al oírla y volvió a ser prisionera de los carnosos labios de su hermana. Mientras, esos osados dedos jugaban con su centro; rodeándolo, presionándolo con sutileza. Gimió dentro de su boca y comenzó a danzar las caderas hacia ella de forma inconsciente, intensificando las sensaciones.

—Anna... Si sigues así...

Una presión tratando de entrar en ella detuvo a sus palabras en seco. Al instante atajó sus mejillas con ambas manos, agitada. Sus miradas chocaron, hambrientas.

—Anna, no sé si...

—Lo siento, Elsa. Pero no puedo detenerme... —musitó, empezando a adentrar dos de sus dedos en su intimidad. La reina frunció los suyos contra su rostro, mientras percibía a la perfección como los de la princesa se arqueaban en su interior.

Soltó un sofocado quejido que la menor no llegó a descifrar. Se detuvo en seco, alarmada.

—¿Duele?

La reina negó lentamente con la cabeza, cerrando los ojos con fuerza. Se aferró a su espalda como si su vida dependiera de ello, y llevó los labios a su oído.

—Continúa...

Anna sonrió de soslayo y besó su mejilla.

—Lo haré. —Se sumió aún más, estremeciendo cada parte de su ser.

—¡Ah...! —Arrastró las uñas por su espalda, rasguñándola sin querer. Las sensaciones eran tan profundas que apenas podía aguantarlas.

Sentirla tan dentro de sí... moviéndose acompasadamente, la estaba enloqueciendo. La pelirroja la observaba desde lo alto, ensimismada.

—Elsa...

Aceleró los movimientos, desesperándola. La reina estaba a punto de estallar, y su acompañante lo sabía. Su interior la estaba apresando sin piedad alguna.

Elevó sus verdosos ojos, perdida, al captar como la temperatura empezaba a bajar considerablemente. Copos de nieve revoloteaban a su alrededor.

—Anna... Y-Yo... —Siquiera podía hablar. Ni en sus más sucias fantasías se imaginó ver a su hermana así, poseyéndola por completo. Estaba a punto de culminar.

La pelirroja selló sus labios, acelerando aquel intenso acto.

Su cuerpo húmedo contra el de ella; embistiéndose. Sus pezones rozándose desaforadamente... No podía más.

Una última embestida bastó para que la reina frunciera los dedos contra la sábana, congelándola, arqueara la espalda y emitiera un largo jadeo. Su cuerpo comenzó a tiritar debajo del de Anna, que la contemplaba hipnotizada. Cayó de golpe sobre el colchón, agitada y sudorosa.

Los espasmos aún la recorrían, tornando su respiración dificultosa. Anna sonrió, realizada, y empezó a quitar lentamente los dedos de su interior, provocando otros pequeños espasmos en la mayor. Se sentó en su abdomen, percibiendo como el cuerpo de Elsa subía y bajaba velozmente. Con la visión oscurecida, pasó la atención a sus propios dedos, donde aún yacía el néctar de la reina, y los observó con hambruna. Los llevó hasta sus labios y comenzó a relamérselos, drenándose con su placer. Elsa la detalló, perdida en la lujuria que solo atinaba a aumentar.

Deseaba más... Deseaba probarla.

Una inesperada rodilla presionó la intimidad de la princesa, generando que se sobresaltaba. Ésta última bajó la mirada, pestañeando.

—¿Elsa?

Lo próximo que llegó a detallar fue como una cristalina mano atajaba su brazo y la jalaba hacia abajo. Cayó de espaldas en las ahora, heladas sábanas.

Desde ahí la miró, confundida.

—Els... —No pudo terminar su llamado. Un perfecto cuerpo gateando entre sus piernas se lo impidió. Elsa quedó a la altura de su rostro con una excitada expresión que la estremeció de pies a cabeza.

En ese momento pensó que la reina era realmente especial. Se sentía como si una criatura misteriosa y extravagante estuviese a punto de poseerla.

—¿Creíste que dándome placer evitarías tu castigo? —susurró en su oído, para luego lamer el borde de éste. Anna entrecerró los párpados con los latidos en aumento.

—¿Q-Qué castigo?

Elsa sonrió de una sombría forma que no reconoció.

—El castigo que mereces por provocarme de esta forma. —Mordió su oreja, provocando que emitiera un pequeño quejido. Su voz sonaba mucho más grave que de costumbre.

Entreabrió los labios para objetar, pero otros más hambrientos sellaron su futura habla; estos se encontraban más fríos que antes.

La reina sujetó su mejilla y la sumió más en ella, profundizando el beso; entrelazando sus lenguas con fervor. A los pocos segundos se despegó de ellos, dejándola con ganas de más, y elevó una sensual comisura.

—Quiero probarte, Anna.

Comenzó a bajar por su cuello en un húmedo recorrido de besos y lamidas. La menor entreabrió los labios una y otra vez en un intento de recobrar el ritmo normal de su respiración. No había caso; en especial porque en cada beso que le regalaba, dejaba heladas escarchas de hielo sobre su piel, generándole tortuosos pero placenteros escalofríos. Esas heladas gotas no tardaban en derretirse gracias al calor de su cuerpo, que solo atinaba a acrecentar.

—Ah... Elsa... Frío... —Se cubrió el rostro, sacudida—. E-Está frío... —moduló como pudo, tratando de detenerla con las manos. Pero la mayor, más astuta, atajó sus muñecas y las estampó a los costados de su ahora, perplejo rostro. Las congeló lo justo y necesario para que no pudiera moverse, dejándola más que suspendida.

El labio inferior de la pelirroja se desprendió —¿E-Elsa?

La nombrada le sonrió, perversa.

—De esta forma no podrás detenerme. —susurró con una oscura sonrisa y volvió a su gacha posición, desplazándose por su vientre y lamiéndolo en círculos, mientras la princesa trataba de zafarse del agarre, absorta en el placer y a punto de perder la cordura.

Ese acto estaba yendo demasiado lejos. Nunca pensó que Elsa tuviera un lado tan dominante. Una mezcla entre miedo y placer aparecía en su mente y cuerpo, deteniendo cualquier pensamiento alguno.

Bajó la mirada al percibir como la mayor descendía aún más sus caricias, estacionando en su intimidad. Abrió los ojos de par en par, tragando saliva con rudeza.

—E-Espera...

Elsa, conservando esa arrogante mueca, beso la tela que la separaba de su anhelo, para acto seguido navegar la lengua hacia arriba por esta, sofocando un ronco jadeo. Anna llevó el cuello hacia atrás, agitada.

—E-Els... —la llamó placenteramente, satisfaciéndola en demasía.

Y guiada por ese llamado, atrapó los costados de la prenda y empezó a descenderla por sus piernas hasta quitársela y dejar libre a su pureza. La admiró con una apagada visión y la boca entreabierta. Anna no pasó desapercibido aquello.

—No me mires así...

—¿Hm? —Elevó la vista con una falsa inocencia— ¿Por qué? —inquirió, posando un dedo en su centro y deslizándolo de arriba hacia abajo—. Si eres hermosa...

La pelirroja tiritó y antes de poder responder, percibió como acercaba con sigilo los labios a su intimidad y los entreabría; su entrecortado aliento le acarició.

—Elsa... ¡Hm!

Una voraz lengua navegando por su centro; tanteándolo, presionándolo, detuvo su habla en seco. La reina la lamía con desesperación, descubriendo cada parte de su ser, saboreando su néctar, que quedaba sostenído de sus labios.

Anna se mordió el suyo ante las intensas sensaciones. Pero por poco y se desangra cuando comenzó a sentir como esa intrépida lengua se animaba a resbalarse por su intimidad hasta quedar sobre su entrada.

Apretó los puños y tironeó las muñecas de nuevo en un fallido intento de liberarse.

—¡E-Espera! ¡Eso sí que no!

Solo consiguió que Elsa emanara una ligera risita y empezara a penetrarla cuidadosamente. Su espalda se arqueó, al igual que su cuello, debido a la fuerte sensación que sintió en su interior.

La sumió por completo dentro de ella y arrancó una perversa danza de adelante hacia atrás, sacudiéndola en demasía. Apenas podía tolerar los espasmos que la estaban recorriendo de pies a cabeza gracias a eso.

—E-Espera... V-Voy a...

—Hazlo. Quiero probar más... —Llegó a escuchar ya con delay, mientras percibía como Elsa emigraba de su ser, solo para reemplazar su lengua con dos de sus dedos. Los impregnó y devolvió los labios a su centro; Anna chocó los dientes al borde de enloquecer.

—Mh... Eres deliciosa, Anna... —musitó sobre esa delicada piel. Su cuerpo estaba por colapsar, y no podía permitir eso.

También quería sentirla.

En un rápido movimiento se incorporó, dejando a la princesa al borde del abismo. Atajó su pierna y la apoyó sobre su hombro, para luego entrelazarse con su cuerpo y apegar sus intimidades. La menor abrió los ojos de golpe; poco duraron así. Estos cayeron en picada cuando sintió como Elsa se mecía de adelante hacia atrás sobre su pureza, provocando que sus templos se frotaran.

—¡Ah!

—A-Anna... —Apagó los párpados, percibiendo a la perfección como sus pliegues se rozaban, estimulándola— ¡Ah!

Anna entreabrió los ojos con un esfuerzo sobrehumano y admiró cómo el firme vientre de Elsa danzaba hacia ella. Estaba a punto de sucumbir.

Solo ásperos y roncos jadeos se escuchaban en el aire en esa oscura habitación. La princesa perdía fuerza cada vez más, pero al mismo tiempo una vibrante energía se estaba estableciendo en su interior, amenazando con estallar. Elsa se encontraba en las mismas y debilitadas condiciones. Y siendo consciente de ello, se aferró más a su muslo y aceleró las embestidas. Anna apretó las mandíbulas; sus ojos le siguieron.

—¡E-Elsa! —Desgarró su nombre y empezó a temblar de pies a cabeza, extendiendo las piernas.

La reina, tiritando igual que ella, se fue hacia adelante y enredó una mano en su despeinado cabello, para luego acelerar la acción de una infartante forma, logrando que ambas culminasen.

Sus gemidos retumbaron en la habitación, mientras Elsa terminaba ese acto con otras leves y lentas embestidas más.

—A-Anna...

Se derrumbó sobre su pecho, agotada; tanto, que la magia que mantenía cautiva a la menor se derritió al instante. Ésta última, aspirando el aire reiteradas veces con tal de recuperarlo, rodeó con los brazos su húmedo cuerpo, protegiéndola. Sus verdosos se entrecerraron con lentitud; apenas podía mantenerlos en su lugar.

En medio del poderoso sueño que la estaba atacando, rogó en sus adentros no cuestionarse nada de lo ocurrido a la mañana siguiente.

Realmente imploró por ello.

Elsa alzó un poco la cabeza, debilitada, y la admiró.

—Anna... —Se inclinó y besó sus labios en un corto encuentro—. Te amo, Anna.

La princesa abrió los ojos con pesadez. No obstante, estos no tardaron en volver a cerrarse gracias al cansancio.

—Siempre te he amado.

Escuchó en un eco, antes de caer completamente dormida.


¡Y llegamos al esperado capítulo! (guiño, guiño)

¡Pero! Si piensan que los problemas terminaron, lamento decirles que están cometiendo un graan error. ¡Apenas empiezan! (ríe malignamente)

¡Gracias por leer y comentar! ¡Los veo en el próximo!

¡Saludines!