III

Miércoles 26 de octubre

Tercer día: Secretos del bosque

A pesar de no tener la capacidad de ver las auras, Rose comprendió casi a la perfección lo que Adrian sentía con la sobrecarga de emociones ajenas. Sentada en las bancas de la catedral de St. Vladimir, llevando el único vestido negro aceptable para un funeral que había hallado en su armario, sintió la necesidad de cubrir sus oídos y huir de allí. Imaginó que no sería visto con buena cara, así que permaneció sentada, tratando de bloquear mentalmente el sonido de llantos que llegaba de todas partes.

Rose oyó que el cuerpo de Vannesa había sido llevado a la Corte, donde la familia Boda tenía su residencia permanente, y que el próximo fin de semana iba a ser enterrada en el cementerio de la zona. Pero St. Vladimir había querido ofrecer su propio servicio a la muchacha, y algunos familiares cercanos, incluyendo sus padres, se acercaron a la escuela para honrar la vida de su hija.

Sus padres eran dos gotas de sustancias muy distintas. La madre no había derramado una sola lágrima desde su llegada. Rose la observó parada junto al improvisado altar de flores y velas en honor a Vannesa, desde donde aceptaba con una pasividad incomprensible los respetos de los compañeros de su hija y algunos maestros. Vestida tan impecable, con sus joyas y su producido peinado, a Rose le pareció una muñeca de porcelana: impávida, fría, e insensible. El hombre a su lado, un Moroi desconsolado que apenas podía mantenerse en pie durante la ceremonia, tenía la pinta de alguien muy joven que acababa de envejecer un siglo en las últimas horas. Su postura encorvada era evidencia de una derrota sin precedentes. Era como si su vida hubiese entrado en decadencia en algún momento de ese mismo día.

Rose trató de imaginar cómo sería perder a su bebé, pero su corazón dolía con aquella posibilidad. ¿Cómo sería para una persona saber que nunca volvería a ver el elemento más relevante de su existencia? No podía pensar en ese vacío eterno, en esa siempre faltante pieza del rompecabezas. Se imaginó en esa situación, en esa agonía permanente, y sintió compasión por aquellos dos seres que no conocía. Era tan absurda la idea de imaginarlos siguiendo su vida después de que todos los allí presentes se fueran a dormir. No creía posible que para un padre hubiese vida después de la muerte de un hijo.

Sarah, supo Rose más tarde su nombre, era la mejor amiga de Vannesa. Se pasó toda la tarde sentada en una de las filas del medio, pasando desapercibida, ignorando a todo aquel que intentaba acercarse a ella para consolarla. Sus lágrimas eran visibles, pero en sus ojos ya no estaba aquella nube de tristeza que Rose había visto en la oficina de Kirova la noche anterior. Su rostro estaba contraído con dureza, como si tratase ocultar sus emociones. Pero Rose lo vio, principalmente porque ella se había sentido igual después de la muerte de Mason; lo que veía allí, en Sarah, era culpa.

Rose no prestó mucha atención al resto de la ceremonia que el padre Andrew dedicó a la muchacha. Todas esas palabras le parecían un sinsentido destinado a confortar lo inconsolable. Estaba bastante segura que no eran consuelo para los padres de Vannesa, ni para sus amigos más cercanos.

Estaba el hecho que nadie parecía reconocer: que Vannesa no había muerto a manos de los Strigoi o causa de una muerte "natural". Suicidio. Nadie decía la palabra en voz alta, la rechazaban, la condenaban. ¿Y por qué reconocer algo tan incierto? Cómo si hubiese sido la elección de Vannesa. Todos sabían que a pesar de haberse ella provocado las heridas que llevaron a aquel fatal desenlace, era alguien más el que la había empujado a morir. Era una falacia decir que ella había elegido la muerte, cuando era evidente en su expresión lo aterrada que había estado en sus últimos segundos de vida. Rose sabía que no era importante quién había empuñado el arma, sino quién se la había colocado en las manos después de manipular su mente con drogas y fantasías paranormales.

Después del servicio conmemorativo Rose se alejó de la iglesia y de sus amigos. Dimitri estaba de turno por el resto del día, y con las clases suspendidas no tenía mucho por hacer o lugar al que dirigirse. Pero todavía no le apetecía la idea de pasar la "tarde" con sus amigos. Con Adrian de tan mal humor por ser incapaz de bloquear las auras que se le iban encima, con tanto temor y pesadumbre a su alrededor; y con Lissa, quien no dejaba de lanzarle, aunque sin intención, sus recuerdos sobre el hallazgo del cadáver de Vannesa, prefería quedarse a solas.

Así que atravesó el campus, apretando más contra su cuerpo el viejo suéter que le gustaba usar en aquella temporada. Su vestido para el funeral no era de los más cálidos, a pesar de las mangas largas, pero junto con la lana de su suéter era suficiente para atravesar la noche hasta el extremo opuesto del campus. En lugar de regresar a la cabaña, como le había dicho a Dimitri que haría, se adentró en el edificio central de academia, y antes de comprender lo que estaba buscando, sus pasos la dirigieron a la vieja biblioteca de St. Vladimir.

La biblioteca se encontraba en el corazón del edificio. A Rose le recordaba a una fotografía de la sala de lectura de la Abadía de Strahov, que había visto en uno de sus libros de historia del arte, sólo que como una réplica más siniestra y gótica que la antigua biblioteca de Praga. Enormes columnas de estuco negro coronaban la puerta de madera que daba la bienvenida a la habitación. Sabía que la biblioteca de la academia guardaba más de un millón de libros de literatura, historia universal humana y Moroi, ciencias y matemáticas. Pero los ejemplares más destacados ni siquiera estaban en los anaqueles de los cientos de metros de corredores, ni expuestos en las vitrinas de cristal reforzado, sino ocultos en el sótano de la biblioteca. Entre ellos estaba la primera biblia de St. Vladimir, el antiguo pergamino en el que se habían firmado los tratados con los alquimistas siglos antes, y los diarios de los gobernantes predecesores a Tatiana. La totalidad de las paredes de la biblioteca estaban cubiertas por precisos árboles genealógicos de la realeza, que no podrían llegar a ser leídos en una sola vida. Rose podría no ser la mayor fanática de aquel lugar, pero no iba a negar el valor histórico escondido entre sus paredes.

Por supuesto, aquel día la biblioteca se encontraba más vacía que de costumbre. Los estrechos pasillos de los libreros estaban despoblados, y ni un sólo alma se sentaba en la zona de lectura de la entrada.

La bibliotecaria fue el primer ser viviente en encontrar. Estaba parada detrás de un mostrador de madera de algarrobo oscuro, llevando a cabo la silenciosa tarea de registrar, lo que imaginó Rose, eran sus tesoros más preciados: los libros. Rose dudaba mucho que alguien en el mundo conociera cada uno de los polvorientos seres de papel y letras que dormían en las estanterías, vidrieras y cajas de aquella habitación, pero si alguien estaba al menos cerca de hacerlo, sin duda era aquella mujer. Todos la conocían, incluso aquellos que como ella no frecuentaban la biblioteca. Los estudiantes solían decir que ella llevaba más años a cargo de la biblioteca que cantidad de niños que hubiesen pasado por la academia. Era una mujer muy mayor, con cabellos blancos y la piel tan arrugada que a Rose le recordaba a aquellas ancianitas típicas que aparecían en los cuentos de hadas, sólo que la señora Admont no tenía ni un sólo hueso de bruja malvada, y a pesar de su vejez sus ojos traslucían la juventud e inocencia de un niño de cinco años.

— Señorita Hathaway— saludó la mujer con entusiasmo. A Rose no le sorprendía que supiera su nombre. A pesar de su resistencia a los libros y a los lugares calmos, aquella no era la primera vez que visitaba la biblioteca. Sus clases de literatura los últimos años, y de lectura obligatoria durante la primaria, la habían empujado hasta allí muchas veces antes. Y teniendo en cuenta que siempre era la niña del grupo que tenían que sacar por disturbios, era bastante comprensible que a la señora Admont le costara olvidar su nombre. Y claro, sólo había una estudiante embarazada en la academia, así que la mujer no tenía mucho margen para el error. — Que inesperada visita. ¿Cómo se encuentra hoy?

Demasiado grande y con ganas de quitarse aquella ropa de funeral que había soportado toda la "tarde", quiso decir, pero se limitó a asentir con una sonrisa y murmurar un inaudible «bien». La señora Admont era demasiado amable para el bien de cualquiera. Por muy impaciente que uno se encontrase al entrar por aquellas ornamentadas puertas de madera, responder mal a la vieja mujer parecía una idea poco sensata.

— ¿En qué puedo ayudarla hoy?— continuó con una sonrisa, mientras Rose se arrepentía de haber considerado la idea de ir allí en primer lugar.

— Estoy buscando algo de material para una investigación en literatura. ¿Tiene algo de Annahya Ivanova?— preguntó. No era su mejor momento, lo sabía, si había elegido hacer sus tareas por encima de una tarde de sueño y libertad. Pero estaba demasiado estresada con los recuerdos de Lissa, que la consumían como si se tratasen de los suyos propios. Necesitaba deshacerse de la imagen de Vannesa, y no parecía encontrar una solución más viable que aquella. Además, necesitaba los créditos para graduarse.

— ¿La señorita Lakert?— dijo la mujer con una expresión de conocimiento, mientras abría un enorme libro de catalogo y comenzaba a buscar en la "I"— Ivanova, Annaya. La sección trece, claramente. Puede ir por allí, a la derecha. La señorita Maestrano le ayudará a encontrar lo que necesita.

Conocía aquel nombre, así que cuando dobló a la derecha como le había indicado la Moroi, no se sorprendió de hallar el joven rostro de Jillian. La niña se encontraba absorta en sus pensamientos y su para nada envidiable tarea de quitar los libros de los anaqueles, limpiarlos con un trapo seco, y luego regresarlos a su lugar. — Hola, Jill.

— ¡Rose!— la Moroi sonrió con entusiasmo. Era evidente que la compañía de los más adultos del campus le agradaba mucho más estar rodeada de sus compañeros de clase. Por eso era común pasar las tardes libres con ella, Eddie, Adrian y Christian, que eran sus otras tres personas favoritas. Rose sabía también que tenía una especie de admiración con Dimitri, pero cada vez que el dhampir aparecía, Jill se sonrojaba y huía despavorida. A Rose le daba mucha gracia que su mentor, el padre de su bebé, tuviera aquel efecto en la niña de catorce años, pero no le sorprendía. Así también, sabía que Lissa no era la persona favorita de Jillian, porque incluso con sus intentos de caer bien, la Moroi más grande se había mostrado condescendiente y desagradable en su presencia. Lissa estaba convencida de que Jillian estaba detrás de Christian, incluso cuando Rose sabía que todo lo que buscaba de él eran consejos para la magia defensiva, y que su verdadero objeto romántico, idílico e inofensivo, era Adrian. Así como todos en el grupo sabían, incluso Adrian, que quién verdaderamente estaba enamorado de ella era Eddie.

— ¿Qué haces aquí?— preguntó confundida la Moroi. Rose sonrió, entretenida por la ingenuidad de todos los que la habían visto entrar en aquel edificio de antaño.

— Yo sé leer. Todo el mundo sabe eso, ¿cierto?

Saber y querer son dos cosas muy distintas, Rose— se burló, colocando un último libro en la estantería, y volteando para darle toda su atención.

— Pues, vengo a buscar un libro— dijo, como si fuera de lo más evidente. Para reforzar su afirmación hizo un ademán, señalando todo su entorno. — La señora Admont dijo que podrías ayudarme. Sección trece. Algo sobre Annahya Ivanova.

— Ah, ¡por supuesto!— sonrió con entusiasmo. Rose se río de la ironía. En ese momento Jillian le recordó a Lissa, aquella misma mirada de fascinación que adquiría cuando se acercaba a las estanterías de una tienda de ropa, joyería o maquillaje. Sólo que para Jill eran los libros. La llevó por una fila de corredores estrechos. A sus lados se levantaban las imponentes paredes de libros. Rose no entendía muy bien el sistema de organización de los ejemplares, pero Jill parecía estar en su territorio, comprendiendo a la perfección las etiquetas con números y letras que iba susurrando, mientras se inclinaba y se volvía a poner de pie, y analizaba y registraba cada zona de la estantería. — Sección 13. 13-I789, 13-I799, 13-I815. ¡Aquí!

— ¿Cómo haces eso?— preguntó con confusión, viéndola sacar un libro de la estantería.

— Es muy fácil. La señorita Admont me dice la sección, ésta es la de diarios y memorias, y luego buscas el nombre del autor— señaló una de las etiquetas, a lo que Rose respondió con una mirada de incredulidad. — Es un código de organización. Sólo conservas la primera letra del apellido del autor y reemplazas las siguientes tres con números. Cada grupo de tres letras del alfabeto está representado por un número. A, B, C para 1, D, E, F para 2, y así sucesivamente. Ivanova es I815. Muy sencillo.

Rose río, considerando que Jillian y ella no tenían internalizados los mismos conceptos de "sencillez".

— Oh, por Vladimir. Qué hago teniéndote de pie. Deberías sentarte— dijo, mirando su vientre como si acabara de reparar en él.

— En realidad puedo estar de pie— explicó Rose, como cientos de veces antes. Aunque siguió a la muchacha hasta una pequeña y privada zona de lectura. — Aunque si le preguntas a Dimitri, te dirá que no.

Tomando asiento junto a Jillian, Rose frunció el ceño cuando vio el antiguo libro de cuero marrón. Parecía en buen estado, pero al abrirlo, en lugar de encontrarse con la típica tipografía de imprenta, vio una escritura irregular de grades trazos, escrita, imaginó, con tinta y pluma varios años antes. Se encogió de hombros. Ya estaba acostumbrada a los libros de Anna y Vlad y sus viejas y amarillentas páginas.

— ¿Buscas algo en particular?

— Necesito saber cómo fue su vida antes de desaparecer. ¿Eso es ruso?— señaló una serie de enunciados indescifrables.

— Griego— sonrió Jillian.

— Pero era rusa— refutó con seguridad.

— No. En realidad nació en Grecia. Se casó con un ruso. Y finamente, se mudó a América— explicó Jillian. — Es lo único cierto que todo el mundo sabe sobre ella. Porque, ya sabes... lo más difundido es la parte sobrenatural.

— Pues, el resultado es el mismo. Sé de griego lo mismo que de ruso, es decir, nada— dijo, apoyando la cabeza sobre la mesa, mientras Jill pasaba con extrema delicadeza la primera hoja del libro. Observó la siguiente página. — Y parece que todo el libro está escrito en ese idioma. ¿Sabes griego?

Jillian río, mientras negaba con la cabeza. Volteó la hoja, y toda su expresión risueña se contrajo con incredulidad, impresión. Rose no sabía cómo juzgar su mirada. Así que levantó la cabeza, acercándose para ver lo que ella veía. En la parte superior del lado derecho de la página, se leía en números pequeños la fecha 18 de febrero de 1892. Debajo había una fotografía en blanco y negro de una mujer joven. Rose no conocía cómo había sido Annahya, pero de alguna manera supo que era ella. Tenía largos cabellos negros recogidos en un peinado alto, y llevaba puesto un vestido de aquellos que Rose sólo había visto en películas antiguas.

— Esto debería haber sido unos cinco años antes de su desaparición— dijo, olvidando la actitud de su compañera. — La señorita Lakert mencionó que fue en octubre de 1897 que no se supo más de ella. Eso fue cuando tenía veinte años, lo que significa que aquí tenía unos quince. ¿Estás bien?— preguntó, observando la serena conmoción de Jillian. — ¿Pasa algo?

Finalmente, la Moroi pareció salir de su estupor, y la miró. Negó con la cabeza, aunque parecía demasiado confundida y perturbada. Rose no insistió, recordando que la pequeña niña todavía estaba recuperándose de una mala experiencia siendo intoxicada con la misma droga que había llevado a Vannesa a la muerte.

Jill continuó pasando las fotografías. Había muchas de Annahya y una joven mujer fechadas entre los años 1892 y 1893. En las posteriores a ese año aparecía la muchacha acompañada de dos hombres, no mucho mayores que ella. Su esposo, supuso, y su guardián. Era muy poco convencional, por decir menos, que una dhampir tuviera un guardián, pero como protector de su esposo, no era una locura que el último pretendiera que ella también fuese protegida. Rose recordaba vagamente la clase de literatura. Lissa y la otra estudiante habían dicho que el guardián de la pareja murió la misma noche en que Annahya desapareció. Teniendo en cuenta que Annahya nunca volvió a aparecer y que su esposo se suicidó no mucho después, aquella fotografía de los tres juntos, fechada en septiembre de 1897, podría haber sido la última antes de sus prematuras muertes.

— Hay algo más acerca de ella, si quieres te lo puedo mostrar— susurró Jill. Rose seguía extrañada por el repentino cambio en el ánimo de la Moroi.

— ¿Tal vez mañana? Le prometí a Dimitri que regresaría no más salir del...— se detuvo. La idea de comenzar nuevamente a recordar a Vannesa o la desconsolada mirada de su padre le daba escalofrío.

Se despidió de la niña convencida de que algo le molestaba y volvió a atravesar en campus en dirección al bosque. La pequeña cabaña perecía menos inofensiva que de costumbre después de las últimas veinticuatro horas. Con la escasa luz de la luna que se filtraba a través de los arboles tenía un aspecto lúgubre y desolado. Negó con la cabeza, sabiendo que aquellas ideas eran producto de haber pasado la última hora viendo fotografías de una mujer que llevaba más de un siglo muerta; una mujer en torno a la cual giraban cientos de espeluznantes leyendas.

Pero al entrar en la cabaña se sintió cálida y protegida. Aquel lugar había sido su hogar y su escondite los últimos siete meses. No podía menos que sentir seguridad de encontrarse entre las cuatro paredes de vieja madera de la antigua construcción. El peligro no estaba allí, sino en los corredores y baños del edificio que fue su hogar por más de quince años. No eran los muertos, sino los vivos, los que la habían torturado los últimos meses.

Dispuesta a dejar todas esas historias estrafalarias de fantasmas y muerte detrás, por al menos un par de horas, se dirigió al cuarto de baño. Estaba acostumbrada a llevar a cabo el ritual de baño junto a Dimitri, sobre todo desde el "incidente" en los cuartos de servicio comunes del edificio principal. Pero él mismo le había dicho en la mañana que estaría de guardia hasta muy entrado el final del "día" Moroi, así que un lugar de esperar a que llegara, como hacía con frecuencia, comenzó a preparar todo lo que necesitaba para un necesario baño relajante.

Abrió el grifo de agua caliente y dejó que la bañera se fuera llenando antes de dirigirse a la habitación. Recogió algunas toallas limpias y una vieja camiseta para dormir, e hizo una última parada en el mueble junto a la puerta del baño, donde guardaban los elementos de aseo. Pasó sólo un segundo antes de hallar la llamativa botella de cristal roja de su loción de baño. Era un regalo de Dimitri. Él había confesado al dársela que le gustaba la forma en que el aroma de su piel se mezclaba con el cocó y las almendras del jabón de baño de la academia, así que se había encargado de buscar un producto similar, pero que fuera seguro para el embarazo. Con una sonrisa tomó la enorme botella y la cargó junto con el resto de sus cosas.

La bañera estaba casi llena al regresar. Dejó las cosas apoyadas sobre el lavabo, y permaneció unos segundos observando el agua caliente antes de acercarse para abrir la llave de agua fría. Hacía mucho tiempo que no tomaba un baño en soledad. El "incidente" en los baños comunes no había dejado heridas visibles gracias a la sanación del espíritu, pero habían sido necesarios grandes esfuerzos emocionales por parte de ella y de Dimitri para poder recuperar la escasa estabilidad que habían tenido antes de aquel suceso. Actividades tan cotidianas como tomar un baño o calentar el agua para un té se habían visto alteradas por aquel hecho. Deirdre lo había llamado ansiedad psicológica, y dijo que era muy común en las personas que sufrían lesiones graves como la suya. Pero todavía le molestaba haberse vuelto tan dependiente de Dimitri, haber tenido que modificar su vida en función de los miedos que surgieron a causa de aquel evento. Y la peor parte era que aún le aterraba enfrentarse a algo tan trivial como la hora del baño sin la compañía de Dimitri.

Negó con la cabeza, colocando tentativamente una de sus manos dentro de la bañera para asegurarse que el agua no estuviera demasiado caliente. Se cercioró que todas las llaves y conductos de agua estuvieran bloqueados y sólo entrecerró la puerta del baño lo suficiente para tener algo de privacidad. Finalmente, después de algún rato de oscilación, se desprendió de sus ropas y no sin cautela, se metió dentro de la bañera.


XxXxX


El bosque había sido su refugio muchas veces en el pasado. Los primeros años en América fueron muy difíciles porque sus expectativas de la vida matrimonial no se condecían con lo que Aleksander consideraba adecuado para una dama. Llegar a América no supuso la libertad que había anhelado en los días en casa de su padre. Y extrañaba mucho a Veronika, porque aún no había hecho las paces consigo por haberla dejado para cumplir con las imposiciones de la familia contra las que ella se había rebelado. Así que el bosque se volvió una tentación desde el inicio. Los sonidos de la vida salvaje que se escondía en los arbustos y árboles que rodeaban la propiedad emitían el aroma de liberación que tanto había codiciado.

Su enamoramiento por el bosque también le había producido muchas noches de insomnio y de miedos. Aleksander tampoco consideraba correcto que pasara tanto tiempo fuera de la casa. Decía que no era bien visto por la sociedad, incluso si estaban tan alejados que el alma más cercana tardaba al menos una hora en llegar a ellos. Pero las advertencias de su esposo no fueron suficientes para detenerla. Aún se escabullía por los senderos pocos visibles y se internaba en las zonas más profundas. Por mucho tiempo sólo había querido complacer a Aleksander, pero pronto descubrió que ir en contra de sus expresos mandatos era mucho más satisfactorio que pedir su permiso.

En una ocasión él había llegado temprano a casa, horas antes de que ella volviera de su paseo. Había estado tan enojado y obrado tan fuera de su buen juicio, que ambos se arrepintieron por mucho tiempo de las decisiones que habían tomado aquel día. Ella dejó de ir al bosque durante meses, y él no dejo recompensar su descontrol aquel día con flores y nuevos vestidos. No era la primera vez que perdía el juicio y la golpeaba, pero nunca antes lo había hecho hasta dejarla inconsciente.

El bosque representaba la autonomía que nunca le había pertenecido. En casa de su padre tuvo que ceñirse a las normas que no sólo regían su casa sino las ideas de la sociedad de la que formaba parte. Había nacido dhampir, y no podía sentir ni pensar como una mujer libre. Pero cuando Aleksander apareció aquellos roles se volvieron inestables. Él no quería que se interpusiera entre la muerte y él; era quien quería protegerla. Así que no fue muy difícil enamorarse de él. Y saber que a su padre no le agradaba el muchacho Moroi que había dejado prematuramente su casa para recorrer el mundo, que no tenía metas ni un lugar que lo atara, sólo sirvió para que se quedara prendida de él con más intensidad.

Pero aquella esencia aventurera de Aleksander que la había enamorado no tardó mucho tiempo en revelarse como una farsa. Él también tenía aquella necesidad conservadora de su padre por establecer las apariencias. Así que en lugar de mostrarle el universo, como le había sido prometido cuando le pidió que se casara con él bajo las estrellas del cielo de Rusia, acabó prisionera de un hogar vacío y eternamente silencioso.

El bosque fue testigo de las sonrisas soñadoras que acompañaron aquellos cuidados atentos que sólo duraron lo que habían tardado en evanecerse de sus labios las promesas vanas que él había proclamado. Vio con esperanza aquella nueva estrella que estuvo a punto de ser, pero que se despidió de ella incluso antes de haberse iluminado. Compartió sus sueños por un futuro prospero de felicidad y rebosante de emociones. Lloró junto a ella la primera vez que él la había decepcionado. Observó con horror cuando su cuerpo comenzó a bañarse de besos purpuras y caricias ásperas, al mismo tiempo que las ilusiones de los primeros tiempos de amor se iban desvaneciendo de sus ojos. Y la protegió entre sus brazos de ramas secas cuando buscó refugiarse del enojo y la muerte.

Cuando su amor no alcanzó para salvarla de la furia, el bosque le dio la bienvenida y susurró en el viento cantos de consuelo que sonaron día tras día, acompañando sus lágrimas y lamentos hasta llevarla al sueño eterno.


xXxXx


Salió de su extraño sueño y despertó envuelta en la sensación de estar flotando. Se estremeció al notar que se había quedado dormida y el agua de la bañera estaba comenzando a helarse. No fue hasta que Dimitri la estaba envolviendo con una toalla y la alzaba, que se dio cuenta que era él quien la había despertado. En lugar de bajarla cuando la vio abrir los ojos la sostuvo aún más cerca de su cuerpo y comenzó a caminar con ella hasta la habitación. Rose ahogó un bostezo, al tiempo que apretaba el rostro contra su pecho. — Puedo caminar, Camarada— murmuró somnolienta, estirando su mano en dirección al rostro de Dimitri y deslizando su dedo índice contra las arrugas que se habían acumulado en su frente por culpa de la expresión que cargaba aquel mismo instante. Rose frunció su propio ceño, pensativa. — ¿Está todo bien?

Dimitri la miró, ofreciéndole una sonrisa pequeña. Cuando llegaron a la habitación la apoyó sobre el extremo inferior de la cama. Rose esperó a que se levantara en busca de su pijama —una vieja remera de los días de estudiante de Dimitri en St. Basilio—, y volviera a ella, como cada noche, para abrigarla y obligarla a permanecer en la cama hasta que él tuviera la cena lista. Pero en su lugar, Dimitri sólo se quedó allí, mirándola durante demasiado tiempo sin decir nada. Rose lo miró de regreso, ladeando la cabeza mientras intentaba averiguar lo que estaba sucediendo con él. Estaba arrodillado junto a la cama, sus manos sosteniendo las suyas justo por encima de su vientre.

— ¿Camarada?— susurró, preocupada. El tono inquieto debió llamar su atención, porque de un segundo a otro su cuerpo pareció emerger de aquel estado de inercia. Rose lo miró por unos segundos, mientras él intentaba sonreír. Le dijo que no ocurría nada, que sólo estaba cansado, e inmediatamente comenzó a desenredar la toalla empapada de su cuerpo y a secarla, advirtiendo que no era seguro pasar mucho tiempo desabrigada y mojada con las temperaturas de ese momento. — ¿Seguro que está todo bien?

— Todo está bien, Roza— aseguró, indicándole que se metiera en la cama. Rose obedeció, arrastrándose por encima de las sábanas. Permaneció sentada, rodando los ojos como hacía cada vez que él la arropaba como si fuera una criatura. La miró nuevamente, sólo que esta vez había una expresión de determinación insegura en sus ojos. La tomó de las manos mientras tragaba. — Hay algo que debo decirte, pero tienes que prometer que permanecerás tranquila. Por el bebé, ¿de acuerdo?

Rose abrió los ojos, demasiado conmocionada por el rumbo serio que estaba tomando aquella conversación. En un segundo miles de ideas llegaron a su mente: ¿le había pasado algo a Lissa? ¿A alguno de sus amigos? ¿Dimitri estaba dejándola? ¿La doctora Olendzki había descubierto algo malo en su bebé después de todo? A pesar de su preocupación asintió.

— Hubiese preferido no tener que decírtelo, al menos por el momento. No quiero que estés estresada, no es bueno en tu estado. Pero no puedo mantenerte encerrada aquí, y allí en la academia acabarás por descubrirlo. Por eso elijo decírtelo yo— comenzó. — Hace unas horas una pareja de guardianes estaba dando un recorrido final antes de que acabara su turno. Encontraron a un estudiante... a Jason Anikov, en la zona lindante del bosque. En el otro extremo del campus. Él estaba... llevaba muerto varias horas. Fue un suicidio.

Rose sólo lo miró, sorprendida, acatando la información con tranquilidad. Asintió, haciéndole saber a Dimitri que no tenía que preocuparse por ella. La muerte de Jason era una conmoción, pero no se sentía particularmente cercana a él, a pesar de sentir su muerte. Más que el descenso del joven Moroi, lo que la extrañaba era la reiterativa escena que venía repitiéndose desde hacía setenta horas. Era la segunda muerte por suicidio de la semana, y por lo que ella sabía, la segunda muerte por suicidio en la historia de St. Vladimir.

No debería haberla perturbado tanto la idea. Después de todo, y ante la anormalidad general de la muerte, el suicidio de Jason luego de la muerte de su novia no debería haberla tomado de desprovisto. Esas cosas no eran normales, pero eran comunes.

— ¿Creen que fue una elección suya? ¿O también estaba influenciado por la droga?— preguntó con cuidado. No quería parecer insensible ante una situación tan delicada, sobre todo porque no le era para nada indiferente.

— No estamos seguros. La doctora Olendzki hizo algunos estudios, pero ya era demasiado tarde. La prueba dio negativa, pero no significa que no hubiese estado intoxicado al momento de morir.

Su mente se preguntaba cómo había ocurrido, si acaso su muerte había sido similar a la de Vannesa, pero la idea de que el escenario de su muerte se asemejase a aquel que invadían sus recuerdos ajenos la hizo desistir de indagar a Dimitri sobre la cuestión. No quería hablar de eso. Era insensato tal vez, pero por un minuto no deseaba estar preocupada por nadie más. Desde el momento en que se había enterado que estaba embarazada, no había tenido un sólo momento para ser feliz por ella, por Dimitri y por su hijo. Día tras día se vio envuelta en distintas tramas crueles de burlas, rechazo y preocupaciones... y ahora que las cosas empezaban a calmarse, el caos se desataba una vez más.

Miró a Dimitri, que continuaba mirándola con una expresión indescifrable. Antes de que pudiera preguntarle algo, vio cómo él dejaba que su rostro cayera sobre sus manos. Rose se movió en la cama tan rápido como no lo había hecho en mucho tiempo, aunque Dimitri no se encontraba muy distanciado. Se arrodillo en la cama a pesar de la dificultad, y colocó sus manos sobre las de él.

— ¿Camarada?— susurró frenética. Aquella era una actitud rara en Dimitri, verse tan derrotado. — Camarada. ¿Dimitri? ¿Qué tienes? Por favor, dime.

— Me asusté. Me asusté mucho. Cuando te vi... Y es que no acostumbras a bañarte sola— explicó, mirando de soslayo hacia el cuarto de baño. Rose lo miro confundida. — Estabas en la bañera. No te movías, ni me respondías y tus ojos... pensé...— volvió a tomar sus manos, esa vez con más fuerza. — Pensé que te había perdido.