Disclaimer: Muchos de los personajes y lugares pertenecen a J.K. Rowling (existen excepciones).
Capítulo 10:
- Rabastan ha preguntado por ti.
Laura se sentó al lado de Isabella y se sirvió gachas de avena. Esa mañana se había quedado un poco más en la cama, y sus compañeras de casa habían decidido adelantarse para desayunar con tranquilidad.
- ¿Ah, sí?
- Sí, pero ya le hemos dicho que se olvide hoy de quedar contigo – dijo Isabella -. Tenemos que hacer muchas compras en Hogsmeade.
Laura no pudo evitar sonreír radiantemente; un día sin tener que ver a Rabastan prometía mucho.
- Estás pensando en el disfraz, ¿verdad? – dijo Rosalie -. A Rabastan le encantará.
Laura dejó de sonreír y suspiró. Cuando se terminó el desayuno, las chicas se levantaron y fueron hacia la entrada del castillo. El señor Filch estaba en la puerta, pidiendo a todos los alumnos las autorizaciones. Se pusieron a la fila y cinco minutos después por fin llegaron ante Filch, quien acercó sus ojos pequeños a las firmas de cada una de sus autorizaciones, como si intentara descubrir alguna posible falsificación.
Cuando Filch decidió que todo estaba en orden, las dejó salir. El cielo estaba nublado y había mucho viento. Se ataron con más fuerza las bufandas y las capas y se pusieron en camino. Bajaron por el sendero que llevaba a la verja con cerdos alados y salieron de Hogwarts. Caminaron por un largo camino con el suelo empedrado hasta que llegaron a una indicación en la que ponía "Hogsmeade", la cual Laura no había visto nunca en su tiempo.
El pueblo estaba atestado de estudiantes de tercero para arriba, paseando por las calles del pueblo mágico, haciendo tintinear campanitas al entrar en las tiendas, charlando y riendo sin parar. Laura sonrió en cuanto se dio cuenta de algo; desde que habían llegado nadie había reparado en ella.
- Vamos primero a la Casa de las Plumas – propuso Millicent -. Quiero regalarle una a mi hermano por su cumpleaños.
Subieron por la calle pasando por delante de multitud de tiendas. Laura descubrió que había muchas diferencias con respecto a las tiendas que había en su tiempo. Todas estaban iluminadas por lucecitas de colores y pintadas por fuera con colores muy alegres. Un montón de carteles de diversos tamaños impedían la visión a través de las enormes ventanas.
- Ya hemos llegado – dijo Millicent, abriendo la puerta de una tienda.
En el escaparate había un montón de expositores mostrando montones de plumas de todos los tamaños y colores. En una esquina del cristal aparecían continuamente, como si fuera una pantalla de televisión, nombres de plumas y sus respectivos precios. Cuando entraron oyeron, en vez del tintineo de una campanita, algo parecido al aleteo de un ave. Ante el mostrador, cubierto y decorado con plumas, había una larga fila de alumnos.
Millicent se acercó a una vitrina llena de plumas de halcón.
- Creo que cogeré ésa – dijo, señalando una de las más caras de esa vitrina.
La cogió y se puso a la cola con sus amigas. Diez minutos después por fin llegaron al mostrador. Después de que una bruja bajita y vestida con una túnica roja con dibujos de plumas envolviera la pluma en un papel sedoso y le devolviera a Millicent el cambio, las chicas salieron de la tienda. El cielo estaba aún más nublado que antes; parecía que fuera a caer un aguacero de un momento a otro.
- La tienda Jatter & Moss nos pilla de paso hacia la tienda de disfraces – observó Chrystalle -. Me gustaría comprarme un vestido nuevo.
Caminaron en contra del viento durante cinco minutos hasta que por fin llegaron a la tienda. El escaparate estaba lleno de maniquíes que caminaban, exhibiendo sus vestimentas. Una campanilla tintineó, y un chico muy joven, tal vez sólo un par de años mayor que ellas, salió del almacén. Laura notó como Isabella se sonrojaba.
- ¡Chrys! ¡Cuánto tiempo, prima!
Chrystalle se giró hacia Laura.
- Te presento a Edward Jatter, mi primo. Ed, te presento a Laura Swan, una amiga.
- Encantado – dijo Edward, con una sonrisa -. Bueno, ya era hora de que me hicieras una visita, Chrys.
- Lo siento, no he tenido mucho tiempo últimamente… Por cierto, quiero comprarme un vestido.
- Recientemente he recibido unos cuantos vestidos que creo que te encantarán.
El chico apuntó hacia una puerta con su varita. La puerta se abrió.
- Pasad.
Las chicas pasaron a la enorme estancia precedidas por Edward. Había un montón de maniquíes con vestidos que tenían pinta de ser muy caros. Se detuvieron al llegar a uno rojo que parecía tener un tacto muy suave.
- Seda roja proveniente de Oriente. El producto de cinco meses de arduo trabajo. Es la última moda mágica en China.
- ¡Es precioso! ¿Cuánto cuesta, Ed?
- Pues son 27 galeones y 8 sickles.
- ¡¿Qué?
- Aún no ha salido a la venta – se defendió Edward, encogiéndose de hombros.
Chrystalle se mordió el labio.
- Bueno, me lo probaré. Si una vez puesto me convence, me lo llevo.
Edward y las chicas acompañaron a Chrystalle a los probadores. Después de unos minutos, Chrystalle salió radiante de felicidad con el vestido puesto.
- ¡Me encanta! ¡Me lo llevo!
- ¡Genial! – dijo Edward, que parecía muy contento, y se giró hacia las demás -. ¿Vosotras no queréis comprar nada?
- Me compré varios modelitos antes de empezar el curso – dijo Millicent.
- Yo no tengo dinero aquí – dijo Anastasia, suspirando -. Le tengo que pedir a mis padres que me envíen más.
- Yo tengo mi armario a reventar – explicó Rosalie, miró a Isabella y le guiñó un ojo -: ¿Y tú, Isabella?
Edward miró a Isabella, cuya cara hacía juego con el vestido rojo que llevaba Chrystalle.
- Eh… bueno… sí, necesitaría un… vestido.
Después de probarse un montón de vestidos de múltiples colores y precios, Isabella se decantó por uno azul muy ajustado y con bastante escote.
- A ver si vienes más a menudo a visitarme – le dijo Edward a Chrystalle.
- No te preocupes, Ed, vendré a verte en todas las visitas que haya a Hogsmeade.
Las chicas salieron de la tienda y siguieron subiendo por la calle.
- Lo has hecho aposta, Chrystalle – murmuró Isabella.
Chrystalle intentó contener la risa.
- ¿El qué?
- Ir a esa tienda sin avisarme de que tu primo trabaja ahí.
- Vaya… ¿no te lo había dicho? Sí que tengo mala memoria – Chrystalle se echó a reír.
- De todas formas, ¿de qué te quejas? – le preguntó Rosalie -. Tenías ganas de volver a ver a Edward; admítelo.
Isabella no respondió, pero volvió a ponerse roja.
- Edward salió de Hogwarts el año pasado – le explicó Anastasia a Laura -. A Isabella siempre le ha hecho tilín.
- ¡Eso no es cierto! – dijo Isabella, cruzando los brazos.
- Entonces, ¿por qué tartamudeas delante de él? – preguntó Rosalie, que parecía estar pasándoselo en grande -. ¿Y por qué te pones roja cada vez que lo ves?
- ¡Yo no me pongo roja!
Pero su cara contradecía lo que decía.
- Chicas, ¿me vais a decir ya cuál es ese disfraz que me quedará genial? – preguntó Laura.
Isabella le sonrió con gratitud por el cambio de tema.
- Todo llega a su debido tiempo – murmuró Rosalie.
Después de caminar varios minutos, Laura distinguió la tienda de disfraces. Aunque nunca había estado allí, era imposible no reconocerla; la puerta estaba constituida por unos pilares con jeroglíficos. Sobre la puerta, en un enorme tablón que parecía de piedra, unas letras formadas por trozos de tela de muchos colores anunciaba "Madame Janet Disguise". En la entrada el maniquí de una mujer vestida de forma árabe invitaba a los estudiantes a entrar. Los cristales eran de un color muy similar al del mar, y dejaban ver una maqueta a gran escala de una sirena.
El sonido de un gong, algo suavizado, resonó en la tienda cuando entraron. Un hombre disfrazado de armadura se acercó hasta ellas, haciendo resonar la armadura con cada paso que daba.
- ¿Qué es lo que buscan exactamente y para quién?
Todas señalaron a Laura. El hombre dio varias vueltas a su alrededor, apuntando cosas en una libreta que llevaba.
- El otro día le escribí – empezó Rosalie -. Le dije que me guardara un disfraz.
- ¿Cómo te llamas? – le preguntó el hombre.
- Di el nombre de mi amiga, Laura Swan.
- ¡Ah, ya! Si son tan amables de esperar aquí…
El hombre fue corriendo hasta el otro lado de la tienda, corrió una cortina y desapareció de su vista.
- Aún no me explico que vayas a ir con Potter a la fiesta.
Hermione suspiró. Lily llevaba toda la semana repitiendo lo mismo.
- Me invitó y yo dije que sí. ¿Qué necesitas explicarte?
Lily no respondió, y Hermione no insistió. Harry ya les había contado que sus padres habían empezado a salir en séptimo curso, así que seguramente Lily ya sentiría algo por él, aunque no quisiera admitirlo todavía.
- Pero sólo vais cómo amigos, ¿no? – dijo Ginny.
- Claro – respondió Hermione.
- Eso es lo que te ha dicho él – dijo Lily, bufando -. Seguramente intentará algo más contigo, ya lo verás.
Hermione, Ginny y Luna se miraron. ¿Por qué Lily era tan tozuda?
- Claro que no, y en el caso de que fuera así – dijo Hermione, con perspicacia -, ¿a ti qué más te da?
- ¿A mí? Me da exactamente igual lo que Potter haga con su vida.
- Sí, ya… - murmuró Hermione -. Pues yo más bien creo que te importa bastante.
Lily la miró con los ojos entornados.
- ¿Estás insinuando algo?
- No insinúo nada, lo afirmo – dijo Hermione -. Estás celosa.
Ginny y Luna le dirigieron a Hermione una mirada de advertencia. Lily se detuvo bruscamente, mirando a Hermione como si se hubiera vuelto loca.
- ¿Yo, celosa? ¡Claro que no!
Hermione alzó una ceja. Sabiendo que Lily no cedería por el momento, por lo que el futuro no cambiaría, Hermione decidió darle un consejo.
- Deberías ser más sincera contigo misma.
Hermione se adelantó y abrió la puerta de la tienda de disfraces, en la cual había bastantes estudiantes que preparaban sus disfraces para la fiesta de Slughorn. Lily, Ginny y Luna entraron detrás de ella sin decir una sola palabra.
- Chicas, el disfraz es muy… bonito, pero no sé si es apropiado…
Laura salió del probador disfrazada de Cleopatra. La tela, dorada, era muy fina y se ajustaba mucho a su cuerpo. La falda dejaba a la vista la mayor parte de sus bronceadas piernas, y el top dejaba ver su vientre plano. Entre el pelo llevaba cintas doradas muy finas, y en los brazos múltiples pulseras de oro.
- ¡¿Pero qué dices? ¡Por supuesto que es apropiado! – saltó Rosalie -. ¡Y te queda genial!
Para no llevarle la contraria a sus compañeras, Laura pagó el disfraz.
- Mirad quién está ahí… A una se le quitan las ganas de venir… - murmuró Millicent.
- Es lo malo de esta tienda… la gentuza que suele frecuentarla – dijo Rosalie, con gesto de asco.
Laura se giró y vio a Lily, a Hermione, a Ginny y a Luna cerca de la entrada, viendo unos disfraces.
- Vamos a saludar a Evans – dijo Chrystalle, sonriendo de una forma siniestra.
Las chicas fueron hacia Lily, Hermione, Ginny y Luna.
- Buenos días, Evans – le saludó Chrystalle.
Lily se volvió hacia ellas.
- ¿Qué queréis? – dijo Lily, en tono defensivo.
- Sólo queríamos preguntarte qué tal estás – dijo Chrystalle, en un tono inocente que no engañaba a nadie.
- Sí – asintió Millicent con la cabeza -, qué tal estás, y qué tal están tus padres.
Lily entornó los ojos.
- Tanto yo como mis padres estamos muy bien, ¿por qué no íbamos a estarlo?
- Tus padres eran muggles, ¿verdad? – murmuró Anastasia.
- Sí – dijo Lily, con la cabeza bien alta.
- Sé de muchos muggles a los que les están ocurriendo extraños incidentes – dijo Rosalie, sonriendo de forma maligna.
Laura notó como la rabia ardía en su interior, pero no podía salir en defensa de Lily.
- Y yo me sé de unas asquerosas Slytherins a las que también les ocurrirá un extraño incidente como no cierren sus bocazas.
Laura se volvió. Los merodeadores acababan de entrar por la puerta. James miraba a Rosalie como si fuera una molesta piedra que se le hubiera metido en el zapato.
- ¡Pero mirad quiénes están aquí, los traidores y el mestizo! – dijo Rosalie, riendo -. ¿Qué, buscando sangres sucias a los que defender?
- Más bien estúpidos sangres limpia a los que atacar – dijo Sirius, sacando su varita.
En ese instante, el dependiente se interpuso entre los dos grupos con las manos en alto, con intención apaciguadora.
- Haya paz, por favor…
- ¿Nos estás retando? – dijo Chrystalle sin hacer caso al dependiente, sacando también su varita.
- ¡Nada de varitas en esta tienda! – exclamó el dependiente.
- Sí, nos está retando – dijo Rosalie, riendo -. Y eso que Black es el menos adecuado para retarnos, dado que es el que mejor sabe a lo que se enfrentaría.
- Sí, a unas Slytherins cabeza-hueca – murmuró Sirius.
Chrystalle y Sirius alzaron las varitas a la vez. Laura se interpuso entre los dos. Dos haces de luz, uno amarillo y otro naranja, la golpearon. Lo último que Laura vio antes de que todo se quedara negro fueron los ojos grises de Sirius.
¿Cómo me quedó?
Besos
Laura
