HEY NIÑAS!
POR FIN VIERNES! ESPERO QUE LES GUSTARA LA SORPRESA DEL SABADO, PUES ESE DIA SUPERAMOS RECORDS DE VISITAS! Y TODO GRACIAS A USTEDES.
SIN VOSOTRAS, NO SOY NADA :D
También tengo que agradecer a mis amigas por defender mi fic, han saber que el sabado por la tarde alguien se dedico a predicar que este fic era una "mierda". Después de muchos insultos y faltas de respeto esa persona dejo de incordiar. He de admitir que me dio un fuerte bajon pero como ya he dicho, tengo grandes amigas que me defendieron a muerte.
ESPERO DE TODO CORAZÓN QUE ESTE NUEVO CAPITULO OS GUSTE Y SORPRENDA COMO LOS ANTERIORES.
LES RESPITO, QUE SIN USTEDES NO SOY NADA.
GRACIAS
*LIZZ*
CAPITULO 9
Después de casi tres horas de tortuosas compras creí que la cosa mejoraría. Me equivoqué.
Mis amigos me llevaron hasta la casa de los Cullen. Era enorme, parecía más una mansión que una casa. Su madre, Esme nos recibió en la puerta. Yo fui tímida a saludar pero ella se abalanzó y me dio un fuerte abrazo. Parecía alegrarse de verme. Cuando entré en la casa me quedé alucinada, era tan bella por dentro como lo era por fuera. Emmet y su mujer Rosalie esperaban dentro. El grandullón, como lo llamaba su familia, me agarró y me levantó del suelo. Yo supliqué que me bajara, pues como bien decía su mote, era grandioso y temía que si caía al suelo sufriría el golpe. Rosalie, una vez me dejó en el suelo Emmet, se me acercó dudosa y me dio un casto abrazo.
-Me alegro de que estés bien, Isabella.- me susurró al oído antes de soltarme.
-¿Y tu novio?- pregunté a Alice.
-Jasper está trabajando aún, no tardará en llegar. – me sonrió mi amiga mientras se sacaba el abrigo. Noté que faltaba un miembro en esa familia.
- ¿Y vuestro padre? Aún no lo conozco…- La expresión de sus caras me dijo suficiente.
- Papa murió hace cinco años, le dio un infarto…- dijo Emmet después de unos minutos de silencio incomodo.
- Lo siento, que inoportuna he sido…- dije con tristeza.
- Tranquila Bells, Carlisle te adoraba. – me sonrió Esme. Parecía una mujer con mucho amor en su interior. En ese momento deseé que ella hubiera sido mi madre.
- Muy bien, vamos a cambiarte Bells, los invitados no tardarán en llegar. – me extendió la mano Alice, yo abrí los ojos como platos.
-¿Qué invitados?- pregunté quedándome quieta en mi sitio.
- Alice ha montado una fiesta de bienvenida. Va a venir medio pueblo.- dijo Emmet riéndose de mi cara.
- No es cierto, medio pueblo no. Solo algunos conocidos. – se defendió Alice tirando de mi mano para que me moviera.
- ¿Cuántos conocidos? – me negaba a moverme.
- No muchos, unos veinticinco o treinta…- dijo como si fueran pocos.
- Que no son muchos… - susurré entre dientes.
- Vamos Bella, lo pasaremos bien ya verás.- me animó Esme, su apoyo me transmitió mucha confianza y cedí a subir con Alice a la planta de arriba.
Me enseño todos los cuartos hasta que llegamos al suyo. Me hizo escoger entre los dos vestidos que me había regalado aquella tarde y ella escogió los zapatos, que según ella, eran los más cómodos. Me di una ducha rápida en su baño, y ella me moldeó el pelo. Insistió en maquilarme ella, a mi me pareció bien, pues no recordaba cómo hacerlo. Cuando terminó, encontré exagerado lo que me había hecho. Me dio la sensación de ir arreglada para una cita más que para una fiesta con conocidos.
-Voy a darme una ducha Bells, ves a tu rollo. No tardare.- me dijo Alice antes de meterse en su baño.
- Vale.
Salí del cuarto a paso lento. Se oían muchas voces que venían del piso de abajo pero no me apetecía bajar aún. Me quedé mirando el gigantesco cuadro que había colgado en el pasillo. Me llevé los brazos detrás de cuerpo mientras observaba aquella preciosa obra.
-¿Te gusta? – oí una voz familiar al otro lado del pasillo. Giré la cabeza y vi a Edward mirándome, con las manos en los bolsillos, apoyado en el marco de la puerta de su habitación.
- Impresiona, más bien.- dije volviendo a poner la vista sobre el cuadro. Él se acercó hasta ponerse a mi lado y contempló el cuadro conmigo.
- Estás muy guapa.- me dijo sin mirarme.
- Gracias, aunque me parece algo exagerado lo que me ha hecho Alice. – dije mirándome el vestido.
-Alice hace así las cosas. Vete acostumbrando.- me miró y sonrió de manera dulce. No me di cuenta pero me quedé embobada mirándole. Se me pasó por el cabeza algo estúpido.
-Edward, ¿Sales con alguien?- le pregunté decidida.
-No.- respondió frió.
-Oh, quizás te parecerá una locura pero me preguntaba si querías salir algún día conmigo. Me refiero sin Alice. Ella es muy absorbente. – dije con carrerilla, ni siquiera sé de donde saqué el valor.
- ¿Me estás pidiendo salir?- frunció el ceño. Había sido mala idea.
- Sí, bueno algo inocente. Quiero decir, somos amigos…- intenté arreglarlo.
- Claro, porque no. – me interrumpió.
-Genial- sonreí.
- Mañana pasaré por ti a las once. Haremos una pequeña excursión.- me dijo de manera divertida.
- Chicos, hay que ir bajando la gente está empezando a llegar.- dijo Alice saliendo de su cuarto.
Mi amiga me agarró de la mano y me hizo seguirla escaleras abajo. Cuando llegamos al salón ya había más de una docena de personas esperando. Cuando entré todo el mundo se abalanzo sobre mí para saludarme. Iba pasando de brazos en brazos sin saber muy bien quién era el que me abrazaba. Justo en el momento en que me decían su nombre se me olvidaba el anterior.
Yo intenté ser amable y sonreía a todo el mundo. Al final cuando todos llegaron pude contar treinta y ocho. Alice se había pasado tres pueblos. Mi padre fue el último en llegar.
Alice me hizo sentarme entre ella y Jasper. Todo el mundo hablaba y hablaba sin parar. Intenté seguir alguna de las conversaciones pero no logré seguir el hilo. Al final desistí y empecé a jugar con mi servilleta. Levanté la vista un segundo y pude ver a Edward mirándome. Se me ocurrió hacer una llamada de socorro. – Sácame de aquí.- Vocalicé sin voz. Él me sonrió y se levantó de la mesa. Me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera. –Ahora vuelvo.- le dije a Alice que se extraño de que me levantara, ella me sonrió y se cambio de silla colocándose al lado de su novio.
Vi a Edward saliendo al jardín y me apresuré en seguirle. Él iba andando con las manos en los bolsillos, seguía el camino de piedra iluminado con pequeños farolillos de luz tenue. Eso hacía el jardín más hermoso a la luz de la noche. Siguió andando hasta que llegó a un banco de piedra blanca que había al lado de un pequeño estanque. Se sentó en el y me hizo un gesto con la mano para que me sentara a su lado.
-Gracias. – le sonreí.
- No es nada, además yo también me estaba aburriendo. – me devolvió la sonrisa.
-Tenéis una casa preciosa.- le dije después de un rato de silencio.
- Si, mi madre tiene un gran talento. Ella misma la decoro.- se echó hacia delante colocando los codos encima de sus piernas y cruzando sus manos entre sí.
- Edward, no quiero parecer pesada pero no puedo evitar notar que estas incomodo conmigo… - hice una mueca. El me miró por encima del hombro un momento antes de contestar.
-Es cierto, pero no es culpa tuya. Yo… no fui buen amigo Bells. Me siento culpable.- me dijo mirando a otro lado.
- No sé que me hiciste pero tranquilo ya está olvidado.- bromeé. No pareció hacerle gracia.
- Ojala pudiera olvidarlo yo. Pero no puedo. Obré mal. Fui un cobarde. – volvió a echar el cuerpo hacia atrás.
- Ed, no te comas más la cabeza… ¿Quieres contarme lo que paso? Quizás te sientas mejor. – quise indagar.
- No.- me sonrió levemente.- No me sentiría cómodo estando contigo y ahora que volvemos a tener contacto no quiero cagarla.
- Pero, ¿y si lo acabo recordando?- dije frustrada.
- Entonces, cuando ese día llegué, recuerda que te quise con locura. – Se levantó del banco y volvió a la fiesta. Yo me quedé ahí sentada algo sorprendida por sus palabras. Era la conversación más larga que había tenido con Edward y me había dejado peor de lo que estaba.
¿Qué me quiso con locura? ¿Y qué diablos significaba eso? ¿Ya no me quería entonces? Sabía que esos chicos me ocultaban algo y estaba dispuesta a llegar hasta el final del asunto. Odiaba esa sensación de ser la única que no se enteraba, estar tan confusa era molesto. –Quizás si me doy otro golpe recupere mi loca cabeza- murmuré para mi misma antes de volver a la fiesta. Cuando entré todo el mundo estaba en el salón, Esme estaba repartiendo cafés y bebidas.
-Bells, cielo te estaba buscando, ¿te apetece un café?- me pregunto de una manera muy dulce.
-¿Sabes preparar capuchinos?- le pregunté algo dudosa. Ella se echo a reír.
-¿Nata montada o espuma de leche?- me guiño un ojo.
- Nata. – sonreí feliz. El capuchino de aquella tarde me había encantado y me apetecía repetir.
Me senté en uno de los grandes sofás que tenían a tomarme mi capuchino tranquila. Por desgracia no me dejaron. Un tipo llamado Mike se me sentó al lado y empezó hablar como si le hubieran dado cuerda. Me contaba cosas del instituto, como si me importara.
Rosalie pareció darse cuenta de que me molestaba y se acercó para espantarlo.
-Muchas gracias.- le dije mientras ella se sentaba junto a mí en el sofá.
-Tranquila, Mike puede llegar a ser un plasta, perdía el culo por ti en el instituto. – me dijo dándole un trago a su copa.
-¿En serio? – Dije con algo de asco.- No parece mal chico pero es que no se calla. – dije llevándome con el dedo algo de nata que quedaba en la taza. Rosalie se rió a carcajadas, parecía que la bebida le estaba haciendo efecto, tenía las mejillas de un tono colorado.
- No has cambiado, eso está bien.- hizo una sonrisa torcida.
-¿Cuánto llevas con Emmet?- quise cotillear un poco, era la primera vez que Rosalie se sentaba a hablar conmigo.
- Casi doce años… - dijo orgullosa.
- Guau, no sé si yo sería capaz de estar tanto tiempo con alguien. Alice me ha dicho que no era de atarme…
- ¿Sabes? Yo creo que sí.- me sonrió antes de que Emmet se abalanzara sobre nosotras como si fuéramos una colchoneta. Si Alice estaba medio zumbada, Emmet lo estaba del todo. Estaba hecho todo un crio para tener casi treinta años. Hasta su físico parecía de adolescente. Tenía la cara fina y bien esculpida como su hermano, ni una sola arruga. A su lado yo parecía más mayor y eso que tenía entendido que yo era más pequeña.
La fiesta acabo casi a las dos de la madrugada. Yo me quedé en la cocina para ayudar a Esme a recoger. Emmet y Rosalie hacía rato que habían desaparecido, Edward no lo había vuelto a ver des de nuestra conversación y Alice se había marchado a dormir a casa de Jasper. Así que solo quedábamos mi padre y yo. Bueno, yo, mi padre se quedó dormido en el sofá, se había tomado demasiadas cervezas.
-Podéis dormir aquí Bella. No creo que tu padre este muy lúcido para conducir ahora.- me sonrió Esme mientras observábamos como roncaba mi padre.
- Gracias Esme, has hecho mucho esta noche. – Quise agradecérselo con un abrazo.
- De nada cielo. Es todo un placer. Después del susto que nos diste como no celebrarlo.- me acarició el pelo. Mi rostro se tornó triste ante sus palabras. – No estés triste mi niña.- me levantó el mentón con uno de sus dedos.- Todos te queremos muchísimo y estamos muy felices de que estés bien.- Hice una mueca apartando la mirada de su rostro.
-Bien del todo no…- dije con ganas de llorar.
- Eres nuestra Bella de siempre.- me sonrió- Con eso tenemos suficiente, de momento.- me guiño un ojo y me dio un pequeño empujón en la cintura para que subiéramos a dormir.
Esme colocó una manta a mi padre y después me dejo un pijama de Alice, yo dormiría en su cuarto. Era la primera noche que dormía fuera del hospital y estaba agotada. No tardé mucho en coger el sueño. Habían sido demasiadas emociones para un solo día. Las compras, la fiesta, tanta gente…
Cuando el sueño se apoderó de mí un vaivén de momentos me azotaron la cabeza. No sabía si era real o simplemente era un sueño. Los podía ver a todos. Alice, Edward, Emmet, Rosalie, Jasper, Esme, mi padre… De repente me vi a mi misma en un coche, todo estaba borroso, parecía que llovía. Un enorme coche blanco se abalanzaba sobre mí antes de volverse todo negro de nuevo. Me asusté muchísimo y me desperté de golpe con lágrimas corriendo por mi cara. – Ha sido un sueño…- me dije a mi misma para tranquilizarme. Aún tenía el corazón acelerado. Miré por la ventana, ya había salido el sol. Cuando logré recuperarme del susto bajé a la cocina. Mi padre aún dormía.
Al entrar me encontré a Edward cocinando. Llevaba el pelo húmedo e iba vestido con ropa distinta a la de la noche anterior.
-Buenos días.- dije des de la puerta aún frotándome los ojos.
- Buenos días Bells. – se dio la vuelta y colocó lo que estaba cocinando en dos platos. Me hizo un gesto para que me sentara en un taburete y me acercó uno de los platos.
- ¿Qué es esto? Huele genial- dije acercándome para captar mejor el aroma.
- Tortilla y beicon. Menos mal que te has levantado, me daba miedo tener que subir yo, no fuera que volvieras a pegarme. – bromeó sentándose a mi lado.
- ¿Despertarme? – le miré de manera extrañada.
- Si, habíamos quedado ¿no? – se metió en la boca un gran trozo de tortilla.
- Oh, sí. No me acordaba. – Exclamé frotándome la frente.- Un momento, ¿Cómo sabias que estaba aquí? – pregunté antes de probar mi desayuno. Des de luego le daba mil patadas a los desayunos del hospital.
- Yo también he dormido aquí esta noche. Te oí subir anoche. ¿Quieres zumo o café? – se levantó y fue hacía el refrigerador.
- Oh… Café. Desapareciste, creí que te habrías ido a tu casa… - dije alargando la mano para coger la taza con café que me puso Edward.
- No, en realidad, no tengo casa. Estoy viviendo aquí otra vez. – se puso zumo antes de volver a mi lado.
-¿Otra vez?
- Si, antes de tu accidente yo vivía en Ámsterdam, trabajaba en una central eólica. Deje el trabajo, vendí mi casa y volví. – se metió tres trozos grandes de beicon en la boca.
- ¿Por qué? No te iban bien las cosas allí…- le di un sorbo al café.
- Si… pero tú estabas en coma y yo… no podía estar tan lejos. No estaba tranquilo. – se acabó el desayuno y se bebió el zumo de un solo trago. – Vístete tenemos un buen trozo.- cogió mi plato vacío y el suyo para lavarlos.
- Si, voy. – dije cuando logré reaccionar. Si la noche anterior creí que no me quería, esa mañana mi opinión cambio. ¿Quién lo deja todo por una amiga?
Rebusqué entre las cosas de Alice, después de más de tres docenas de vestidos logré dar con unos tejanos y una camiseta de algodón. Dejé la ropa que llevaba el día anterior en una bolsa, a los pies de mi padre para que se la llevara a casa cuando despertara. Si no fuera porque roncaba hubiera jurado que estaba muerto, no se había movido ni un centímetro.
Edward me hizo subirme a su coche. Al principio me subí con miedo, conducía como un loco. Respiré tranquila cuando me percaté que esa mañana conducía más tranquilo.
-¿Dónde vamos? – le pregunté después de unos minutos en camino.
- Vamos hacer una excursión, ya te lo dije anoche. Ten paciencia, te gustara el sitio. – me sonrió levemente antes de pisar el acelerador. Ahí estaba el loco de Edward. Me agarré fuerte a mi asiento y recé para no matarnos.
UN BESO ENORME MIS NIÑAS!
*LIZZ*
-BadGirlsLA-
