Capítulo 10: La confrontación.

Luego de unas horas más de estar allí, por fin se acercaba el momento de partir de aquél deprimente planeta. Seguía lloviendo —como todo el tiempo que permanecieron allí—, pero el frío ya no era tan intenso. Sougo se las arregló con lo que tenía para no pasar demasiado frío, mientras miraba al vacío, pensando en todo lo que había ocurrido hasta el momento. Su ida del Shinsengumi, el tiempo en el que fue un asesino a sueldo, y ahora los días que había estado con la China. No entendía muy bien cómo llegó a semejante sucesión de cosas, tan sólo habían ocurrido.

Kagura dormía profundamente, posiblemente porque era consciente de que el sádico no la iba a abandonar en aquél lugar. No sabía si era una corazonada o qué, pero la chica estaba segura de que los poderes de venganza no iban a apoderarse de éste, al menos por ahora.

—Oye, China, ¡despierta! —exclamó Sougo desde lo lejos, ya que no tenía ganas de hacer un esfuerzo por levantarse; sus heridas aún punzaban, y si bien estaba algo mejor, prefería no arriesgarse.

Luego de un par de segundos, se empiezan a sentir ronquidos. Aquél grito había tenido el efecto contrario al que Okita quería, y la China se encontraba profundamente dormida.

—¡China! ¡Levántate, maldita! ¡Vamos, el jodido barco llegará el cualquier momento!

—Sí... Sí, ya voy-aru —respondió Kagura, quien de a poco empezaba a abrir los ojos—. Podrías hablarme un poco mejor al menos-aru.

—Si no hago eso no te levantas. Estabas roncando como una cerda —defendió Okita; Kagura se levantó y comenzó a estirar sus músculos, llevando sus brazos hacia arriba y largando algún que otro bostezo—. Oye, ¿me ayudas? —Estiró las manos hacia la pelirroja.

—Oh, lo siento, los cerdos no podemos cargar personas-aru —burló Kagura—. Además, pareces un bebé pidiendo que te carguen-aru, compórtate como un hombre.

—Bueno, si tuviera que comparar tus ronquidos con los míos, creo que te pareces más a un hombre que y... ¡Oye! Creí que habíamos dejado lo de los golpes a esta altura, China —quejó el sádico.

—Vamos, sabes que no fue mucho-aru —respondió Kagura—. Ven, supongo que tendré que cargarte hasta el lugar. Tan sólo que no sea como princesa, por favor-aru —finalizó, mientras le tendía la mano al chico de los cabellos claros. Aquél puso los ojos en blanco, pero aún así se dejó agarrar por la chica yato.


Luego de un largo viaje en aquél —algo viejo— barco volador, por fin llegaron al dichoso planeta. Kazu, como aquél se llamaba, era un pequeño planeta bastante aislado de todo, por lo cual poca gente lo frecuentaba. Kagura había conseguido un trabajo allí de pura casualidad: un cliente frecuente de ella la había recomendado como cazadora a un habitante de aquél extraño planeta, y la chica no iba a rechazar la propuesta. El problema venía de la mano de que estaba llegando unos días tarde de lo planeado por culpa de lo que le había ocurrido en la tierra, y no sabía cómo iba a reaccionar su nuevo cliente.

—Todo es tu culpa-aru —miró al sádico, con un leve desprecio. Aquél le devolvió la mirada.

—¿De qué tengo la culpa?

—Si no fuera por ti, habría llegado a tiempo-aru. Ahora de seguro el cliente no me pagará, o rechazará mi trabajo-aru.

—No creo que sea tan tonto. Si es una bestia demasiado grande, imposible que alguien se las arregle solo con ella. Aún así, sigue sin ser mi culpa, ¿no te parece? —defendió el sádico, mirándola de reojo.

La China se dedicó a seguir de largo, sin contestarle (aunque aún agarrándolo en sus brazos); en aquél momento, era inútil hacerlo, una pérdida de tiempo.

Kazu era un planeta gélido, en el cual predominaban los colores fríos por todos sitios. Casi no habían casas a la vista, y todo parecía bastante tétrico para alguien que nunca había salido de la tierra. Kagura apuraba el paso —con su abrigo puesto, por supuesto— lo más que podía. Sougo se veía algo fascinado con los alrededores, era fácil notar esto debido a su cara de asombro. Sin embargo, y a pesar de lo inusual que fuese el sitio, deseaba llegar a algún lugar cerrado cuanto antes: estaba muriendo de frío y la pelirroja se había apoderado del abrigo.

—Oye China, ¿cuánto falta para llegar?—dijo aquél, aferrándose al brazo de la yato con fuerza.

—¡No me apretes tanto-aru! Ya estamos por llegar... Creo —respondió, algo confusa.

—¡¿Crees?! —exclamó el sádico— Esto es algo serio China, tenemos que llegar cuanto antes, o sino moriré...

—No exageres-aru —rió—. Creo que era por aquí, en una casa cerca de un pequeño lago y aislada de todo, o al menos eso recuerdo...

—¿¡Recuerdas!? —volvió a gritar.

—Ya cálmate. Mira, creo que es aquella casa-aru.

Se apuraron lo más que pudieron, y entraron al sitio luego de que una persona les abriera la puerta. La casa era de madera y, si bien por fuera parecía bastante sombría, por dentro era increíblemente acogedora y cálida. Parecía la típica casa de una familia cazadora, debido a que estaba llena de cabezas de diferentes bestias que dejaron a Kagura perpleja por su rareza: nunca había visto nada similar.

—Pueden sentarse por aquí, mi esposo vendrá en un momento —dijo la aparente ama de casa. Vestía un abrigado traje de cuero, acompañado por botas de lo mismo. Aún así, por su cara se podía notar su natural color de piel azul, acompañado por un cabello rubio. Físicamente era rechoncha, y su marido, quien empezaba a entrar a la sala, se veía de igual manera, tan sólo que éste tenía el cabello negro.

—¿Tú eres la cazadora que se suponía debía venir hace tres días aquí? ¿Kagura? —preguntó el hombre, algo serio. De todas formas, no se lo notaba muy enojado tampoco.

—Sí-aru. Siento la demora, estaba de vacaciones en la Tierra y tuve unos percances al volver-aru —contestó la amanto, inclinando la cabeza y con los ojos entrecerrados—. Por la demora, no le cobraré la encomienda-aru. Y lamento la demora.

—Oh, no te preocupes, tan sólo está fingiendo ser duro contigo, pero la verdad es que hasta se preocupó de que no supieras dónde era la casa, no te preocupes querida —dijo la señora, mientras movía las manos aleatoriamente, en señal de despreocupación.

—Cariño... —respondió el hombre, poniendo los ojos en blanco, para a continuación largar un soplido— Está bien, aceptaré lo que no cobrar el pedido, pero ya no se ve casi nada allá afuera, ¿por qué no te... se quedan aquí y luego realizan el trabajo? ¿Él es tu asistente, no? —preguntó, refiriéndose a Okita, y mirándolo con desconcierto.

—Sí-aru, pero por ahora lo traje conmigo únicamente, no puede pelear porque está lesionado —justificó la China, colocando su mano en el hombro de Sougo.

—Oye, ya me puedo mover bastante bie... —intentó aclarar el sádico pero, antes de decir nada, Kagura le tapó la boca con la misma mano que antes se encontraba en el hombro de aquél.

—No puede pelear-aru, pero yo me encargaré de esto. ¿Me puede contar los detalles de la bestia y eso? ¿Qué es lo que quiere que haga con ella?

—Vamos, deja eso para mañana, deben estar cansados de semejante viaje desde ¡la Tierra! hasta aquí. Por hoy pueden comer algo y dormir como se debe —sonrió la señora a Kagura. Ésta le devolvió la sonrisa lo mejor que pudo.

—No creo que sea lo mejor-aru, hace varios días que había prometido venir y me atrasé, no siento que pueda aceptar eso-aru...

—Qué más da, Kuzune tiene razón, deberían descansar, luego para mañana tendrán el tiempo debido para dedicarle a esto y les contaré de qué va. Por ahora pueden ir al cuarto de huéspedes —el señor resopló y apuntó su brazo en dirección de un cuarto bastante pequeño que se encontraba en la esquina de la pequeña casa—. No les molesta dormir en la misma habitación, ¿no? Es lo único que tenemos aquí.

—Está bien-aru. Nos arreglaremos, y muchas gracias por la hospitalidad —Kagura hizo una reverencia, y se levantó del asiento.


Okita estaba bastante callado aquella noche, no había dicho mucha cosa en la cena —más bien Kagura había sido la que lideraba la conversación— y ahora estaba sentado en la cama del cuatro de huéspedes, con la parte de arriba del kimono doblada hacia abajo, para ver cómo estaban los cortes de su espalda. Quitó aquella venda que le había colocado la China esa noche en la Yorozuya, y luego colocó la mano en su espalda. Dolía menos que hace un par de días definitivamente, pero aún así estaba muy caliente la zona. Quería pelear, pero no podía aún, o al menos mientras Kagura se diese cuenta. Volvió a cubrir su cuerpo con la vestimenta que traía, y segundos después pudo sentirse la puerta de la habitación abriéndose.

—...sí, sí-aru, hasta mañana Kuzune-san —se podía sentir suavemente cómo Kagura trataba con la señora del lugar en el fondo, antes de entrar a la habitación por completo. Al cerrar la puerta, largó un soplido.

—No sabía que eras tan buena para tratar con gente mayor, China —dijo el sádico, mientras colocaba aquél pedazo de tela atrás de la cama—. Realmente no creí que habías madurado tanto en estos años.

—Siempre fui así-aru —Kagura también se sentó en su cama, aunque aquella traía puesto un piyama ahora, que parecía había salido de su bolso, el cual por algo estaban tan lleno de cosas. Tomó su paraguas y lo colocó al lado de su cama—. Al menos yo dije algo, no como tú.

—Es que te veías tan entusiasmada charlando con tu nueva amiga, que no quise interrumpir —defendió Sougo, y Kagura simplemente miró en otra dirección—. ¿Por qué colocaste el paraguas al lado tuyo? ¿Acaso desconfías de ellos?

—Es por seguridad más que nada-aru. Uno nunca sabe qué cosas pueden pasar mientras se duerme —replicó, para luego largar un bostezo—. Oye, ¿qué te ha pasado en todo el día? No has dicho casi nada.

—Nada en concreto.

—Mmm... Ah, sí, por favor deja de intentar hacerte el fuerte frente a los demás, aún no puedes luchar y yo lo sé-aru.

—¿Cómo que no? Ya estoy en buena forma.

—A ver, muéstrame tu espalda-aru.

—China, si quieres que me desvista no seas tan directa, me avergüenzas.

Kagura resopló, y se levantó de su cama, acercándose a la otra esquina de la habitación, donde se encontraba el sádico. Se cruzó de brazos frente a él.

—¿Qué?

—Vamos, quítatelo-aru.

—Oye, vayamos un poco más lento, qui...

—Te estoy hablando en serio-aru. Si no lo haces tú...

—¿Qué, me lo quitarás a la fuerza?

—Si me obligas a hacerlo-aru...

—Te dije que ya estoy bien.

—No me dejas remedio-aru... —Kagura bajó ágilmente, aunque el sádico se le adelantó, haciendo que ésta cayera en la cama.

—¿Ves? Ya me puedo mover bie... —Sougo tuvo que agarrarse la espalda luego de esto, no aguantaba el dolor. Sus ojos se pusieron algo brillosos, y Kagura se le adelantó de nuevo: agarró el kimono del sádico y lo bajó rápidamente, para encontrar una espalda completamente dañada y sin cicatrizar aún. Si superficialmente el dolor parecía profundo, era inclusive peor lo que le dolía la espalda a Okita en ese momento. Por unos segundos inclusive, algunos de sus cabellos se pegaron al rojo vivo de sus heridas. Kagura intentó quitarlos rápido para que no hubiese dolor, pero fue imposible evitar el dolor. La China no podía verle la cara, pero una clara lágrima estaba descendiendo por la mejilla de aquél chico, dada la magnitud del dolor.

—Eres un imbécil sin remedio-aru —comenzó la yato, y volvió a su bolso para romper un poco más de tela de su vestimenta—. ¿Por qué no me dijiste que había vuelto a estar así-aru?

—Quiero pelear, no quiero estar en cama por tres días seguidos. No lo entiendes.

—Ahora por tu culpa serán inclusive más de tres, por querer hacerte el ágil-aru. Deberías hacerme caso de vez en cuando —la China terminó de atar la tela con cuidado, y volvió a colocar el kimono donde estaba antes.

—Como si tú pudieras entender... —respondió el chico, acomodándose la ropa que traía puesta.

—¿Qué? ¿Qué es lo que no entiendo-aru? —curioseó la China, enfrentándolo esta vez, mirándolo cara a cara.

—Nada. Me iré a dormir.

—¿Sabes qué? Estoy harta de todo esto-aru. Estoy harta de que siempre seas tan cerrado conmigo. Estoy harta de que un día me molestes y al otro estés serio porque te digo algo. Estoy harta de no saber por qué siempre te pones así cuando te hablo de algo en serio. Estoy harta de nunca entender absolutamente nada-aru.

—Ajam —respondió con total indiferencia e ignorando la mirada de la China. Tan sólo quería dormir, después de todo, y supuso que ésta no hablaba muy en serio.

—¡Escúchame imbécil! ¡Más te vale que empieces a ser honesto conmigo-aru, sino ahí sí no podrás volver a pararte del dolor!

—China, exageras —resopló Sougo—. No entiendo por qué tanto enfado, la verdad. Si quieres saber algo, tan sólo pregúntalo.

—Ya te he preguntado todo mil veces-aru, pero nunca te molestas en contestar. Me pone bastante triste la idea de estar viajando con alguien que apenas conozco-aru, y que no tiene intención alguna de decir nada, sea por estupidez propia o por orgullo.

—Vamos, no te interesa saber nada sobre mí. Sé sincera.

—¿Crees que te preguntaría si no me interesara, idiota-aru? —contestó violentamente, agarrándolo del cuello de la ropa con fuerza. La China estaba harta de no enterarse de nada, y quería saber de una vez por todas qué le pasaba a su compañero.

—¿En verdad quieres saber? Podrías arrepentirte de eso.

—Sí. Y no, no me arrepentiré de nada-aru.

—Agradecería que me soltaras primero—solicitó el sádico, y la China quitó sus manos del kimono del cual lo estaba agarrando—. Bien, hasta mañana —dijo, y se acercó a la cama.

—¡Oye!

—Está bien, lo intenté al menos —se resignó, y volteó para verla a la cara. Ambos estaban parados en medio de la habitación, mirándose fijamente—. ¿Qué es lo que quieres saber?

—Emmm —Kagura buscaba en sus recuerdos, hasta que se le vino a la mente el día de ayer, el famoso juego creado por el sádico para pasar el tiempo—. ¿A cuánta gente asesinaste desde que... te volviste un asesino en la Edo-aru?

—¿Crees que cuento la cantidad de gente que mato?

Kagura permaneció en silencio, bajando la cabeza. La idea de que aquella gente que había matado podía ser inocente invadía su cabeza constantemente desde que mencionó haber matado dos mil quinientas personas aquél día. No sabía ni siquiera si sentirse decepcionada, debido a que ella sabía que de eso se trataba ser un asesino.

—No fue tanta como te dije ayer igual. Y la mayoría de ellos eran gente enemiga de la persona que me contrataba, nadie realmente inocente, por si te preocupa —respondió, a lo que la China volvió a mirarlo a los ojos.

—¿En verdad-aru?

—Sí, lo digo en serio.

—Y... ¿Me contarás por qué abandonaste el Shinsengumi?

—...

—Sabía que no dirías nada-aru. ¿Qué es lo que pasó? ¿Por qué siempre quedas así cuando te pregunto sobre eso-aru?

—...

—¿Me dirás algo siquiera-aru? —Kagura lo agarró de ambos hombros, y luego con una de sus manos agarró el mentón del sádico y lo levantó— No te estoy pidiendo que me cuentes todo con detalles, pero estas son cosas que merezco saber, ¿no crees-aru? Además, uno siempre se siente mejor cuando habla sobre sus problemas con los demás-aru.

—¿Crees que esa tonta filosofía funcionará conmigo?

—Tú eres el tonto aquí si crees que me rendiré tan fácil-aru. Tarde o temprano lo averiguaré, y haré que vuelvas con ellos, ¡ya lo verás-aru!

Sougo sonrió por reflejo. Mandó un soplido, y agarró todo el coraje que pudo en ese entonces para tomar la mano de la China, la cual se encontraba en su hombro en aquél momento.

—Supongo que podría contarte la versión superficial.

Kagura abrió los ojos de golpe, por fin tanta persistencia había servido de algo.

—¿En serio-aru?

—Podría intentarlo.

—Soy toda oídos-aru.

—Digamos que yo hice algo malo y por eso me fui a Edo. Esa es la historia.

—¡Pero eso ya lo sabía-aru!

—Ey, te dije que sería superficial. Deberías estar contesta de que pude decírtelo y no quejarte.

—...

—Bueno, está bien. ¿Qué más quieres saber?

—¿Qué fue lo que hiciste-aru?

—Digamos que... le hice daño a alguien.

—Y ese daño... ¿Qué tipo de daño fue-aru? ¿Emocional? ¿Físico?

—Eso lo dejaremos para otro día...

—...

—De acuerdo, de acuerdo. Dañé físicamente a alguien.

—¿Y por qué-aru?

—Porque así soy. Soy un tonto sin remedio alguno, que no ha aprendido nada en todos estos años.

—¿Fue al gorila-aru? —preguntó Kagura, algo asustada. Aquella vibra de humor que tenía el sádico se había ido, y sus ojos rojos la miraban con total seriedad.

—Nunca le haría nada a Kondou-san.

—Lo sé-aru. Lo siento por preguntar eso.

—Está bien.

—Entonces... ¿Toshi?

Sougo bajó la mirada. Asintió levemente, y la China pudo notarlo.

—¿Qué... qué fue lo que le hiciste-aru?

Kagura no sabía qué decir exactamente en el momento, temía que algo muy grave hubiera ocurrido con Hijikata y preguntar sólo para hacer que el sádico se sintiera inclusive peor, pero al mismo tiempo se sentía intrigada por la situación.

—Ya no puede utilizar la espada y es mi culpa.

—¿Q-qué? No creo que eso sea posible-aru.

—Por una tontería discutimos y todo se tornó demasiado serio, no quise hacerle nada grave pero todo se me fue de las manos... Por eso me di cuenta que no podía seguir allí. Debía irme y hacer algo que... No pusiera en peligro a más gente que me importa.

Kagura se sentía bastante desconcertada frente a todo. ¿Cómo que el sádico había hecho que Toshi no pudiera utilizar más la espada? ¿Cómo había pasado eso? ¿Por qué estaban discutiendo? Esas y un millón más de preguntas se le venían a la cabeza, pero sabía que no podía simplemente preguntar todo de una vez.

—¿Y tú crees que eso es una excusa suficiente para dejar el Shinsengumi-aru? De seguro te están buscando por todos lados, les importas mucho-aru.

—Sí, sí, lo sé... De hecho me estaban buscando por Edo, pero por suerte logré esquivarlos.

—Eres un tonto-aru.

—Lo sé.

—Ellos no te dirán nada malo si vuelves-aru.

—Lo sé.

—De seguro si simplemente te disculpas todo volverá a la normalidad-aru.

—También lo sé.

—¿Entonces? ¿Por qué no lo has hecho-aru?

—Me da vergüenza volver a verlos. Luego de, por una razón tan tonta, hacer semejante cosa, no puedo simplemente fingir que todo está bien cuando no lo está. Prefiero...

—¿Prefieres arruinarte la vida y terminar casi muerto-aru? ¿Eso prefieres?

—A estas alturas, s...

—Idiota —Kagura lo golpeó suavemente en el pecho—. Ni se te ocurra terminar esa frase-aru.

—Pero si ya sabes qué diré.

—Pero no quiero que lo hagas-aru.

—¿Por qué?

—No quiero que pienses en la muerte como algo tan simple, que simplemente ocurre-aru. No ahora. Tienes que estar centrado en esto-aru. Quiero que estés cien por ciento concentrado en ser mi ayudante, dejando todo esto atrás, y quiero que me prometas que no harás semejante idiotez de nuevo-aru. Si cumples con esto, te prometeré que voy a ayudarte a sacarte esa vergüenza que tienes de ver a los tontos policías, y volverás con ellos cuando te aburras de derrotar monstruos conmigo-aru.

—Como si fuera tan fá...

—Prométeme que lo intentarás-aru —Kagura extendió su mano, con el meñique como único dedo saliente de ésta: quería forjar la promesa como era costumbre en la Tierra. El sádico, si bien al principio estaba algo desorientado, terminó por estirar también su mano, y cerrar el puño, a excepción de su dedo más pequeño.

Ambos forjaron la promesa entrelazando sus dedos.

Aunque, segundos después, la fuerza del dedo de Kagura hizo torcer al de Sougo.

—¡Oye! —exclamó aquél.

—Para que cada vez que te duela, recuerdes que tienes una promesa por cumplir-aru.