Hola!
ya sé que me van a odiar, pero recuerden que este fic tiene categoría k+, a menos que quieran que la suba a T xD.
Disclamer: Todos los derechos para la increíble Akira Amano-sama
Hibari se encontraba organizando el montón de papeles que había sobre el escritorio del presidente del comité de disciplina, mientras Haru descansaba recostada sobre un suave sillón de tela azulada, observando al prefecto hacer su trabajo, a punto de quedarse dormida por aburrimiento.
—¿Qué hora es?—preguntó Haru por quinta o sexta vez en el día.
—Qué importa—Hibari dio la misma respuesta por quinta o sexta vez.
—Haru se cansa de solo ver a Hibari-san—suspiró ella revolviendose en el sillón hasta poder sentarse en él.
—Esto no es nada comparado con todo lo que tengo que hacer cuando me entregan antecedentes incompletos.
La castaña se sorprendió ante la indirecta que le había hecho Hibari, dejó escapar un suave "Hahi" de la impresión y luego se sintió culpable, ella sabía muy bien que Hibari tenía una obsesión enfermiza con la disciplina y ella había llegado a romper ese perfecto esquema de orden.
—¿Hibari-san? ¿Tienes la ficha de Haru cerca?—preguntó. Recibiendo un asentimiento por parte de Hibari, esta era la única forma que se le ocurría para enmendar su error—. La dimensión de Haru no es muy distinta a esta ~desu. Nací en Tokio, en Japón. Estudiaba en la academia Midori. Haru siempre tuvo problemas con el comité de disciplina de su escuela, su expediente estaba manchado por los atrasos y por que no siempre llevaba sus tareas.
La voz de Haru adquirió un tono melancólico cuando comenzó hablar sobre su vida, acercó sus piernas a su pecho y las abrazó para mantenerlas cerca, como si intentara protegerse de un enemigo inexistente.
—No tenía malas calificaciones ~desu, pero tampoco sobresalía mucho, tampoco tenía muchos amigos, aunque las amigas de Haru eran muy buenas, la ayudaban a entrar a clases siempre que llegaba tarde, lo que pasaba todos los días ~desu, porque Haru se quedaba viendo anime hasta muy tarde. Es un mal hábito que nació un día en el que esperaba a que su papá regresara a casa, él se la pasaba apostando y gastando dinero en drogas desde el día en que la mamá de Haru se fue. Ella está legalmente desaparecida, se presume muerta, trabajaba en un hospital como enfermera, un día le tocó el turno nocturno y no volvió más.
Un líquido cristalino brotó desde los ojos marrones de la joven, la realidad le había resultado tan dura mientras que este mundo de fantasía era tan perfecto para ella. Aunque sabía que nada era real aquí, todo era un invento, y aunque fuera algo más que mera ficción, ella continuaba sin pertenecer a este mundo.
—No tengo ningún otro apoderado—dijo Haru, intentando recordar qué más se pedía en las fichas—. Los padres de Haru se conocieron en un orfanato, su sueño era poder formar la familia unida que nunca tuvieron.
Haru recordaba esa sensación de soledad, estaba arraigada tan dentro de ella que no le costó salir a flote de nuevo, su mente regresó a esos días desolados, cuando su vida no tenía muchas motivaciones, su estómago se volvió un vacío al recordar esa horrible hambre que la seguía diariamente, esos días solitarios en los que no deseaba ni siquiera salir de su cuarto, pero asistía a clases por costumbre. Esos días en que el hambre era lo de menos, por que la tristeza le quitaba el apetito.
Intentó no llorar más, la primera lágrima ya se había deslizado, pero ella no quería que Hibari la viera llorar. El nudo que se formó en su garganta parecía ahogarla, lo soportó hasta que incluso la cabeza comenzó a dolerle, nunca había tenido la necesidad de ocultar sus lagrimas ante nadie, por que nunca nadie estuvo frente a ella cuando la tristeza la abrumaba, ella soportaba esos dolores en la paz del silencio.
Por su parte, Hibari nunca había visto a alguien llorar por algo que no fuera el dolor de haber sido golpeado por unas duras tonfas de metal, tampoco nunca se le presentó una situación en la que debiera consolar a alguien, por lo que no estaba seguro de qué se suponía que debía hacer.
Sabía de muchos comentarios que podían venirle a la situación, como por ejemplo: "estas ensuciando el sillón", haciendo referencia a los zapatos de Haru que se encontraban encima de la tela, mientras ella apretaba sus rodillas contra su pecho. Sin embargo, él no quería decir algo tan ofensivo como eso, por primera vez en su vida Hibari Kyoya deseó poder encontrar alguna palabra consoladora en medio de su diccionario de insultos.
El prefecto rápidamente notó que las palabras no eran lo suyo. Pensó que tal vez el contacto físico podría ayudarlo, un simple abrazo podría ser útil para mostrarle a Haru que él la apoyaba.
Desde siempre, él había odiado las lagrimas, nunca se las permitió, pero había algo en Haru que le causaba la misma ternura que sentía cuando veía a un animal pequeño, con la diferencia de que Haru más poseía la fortaleza.
No estaba seguro de cómo acercarse, la sensación que le producía la duda era algo que simplemente no soportaba, por eso cuando besó a Haru se dejó llevar por el impulso. Él la quería y punto.
Asique, tomando la misma determinación del momento, palmeó la cabeza de Haru, acariciando las suaves hebras marrones de la joven, pero no fue difícil darse cuenta que ese tierno gesto no era suficiente.
Con la misma confianza de siempre, las firmes manos de Hibari tomaron a Haru, levantando su cuerpo para que él ocupara el lugar de ella en el sillón. El prefecto se sentó con ella entre sus brazos, como si fuera una niña pequeña.
Si hasta entonces Haru había intentado contener las lágrimas, con eso ya no pudo soportar más y las dejó correr por sus mejillas e intentó ocultar su rostro de Hibari para que no la viera llorar.
El joven azabache levantó el rostro de la niña que tenía en sus brazos y con los pulgares secó las veloces lágrimas, acariciando el enrojecido rostro de Haru. Sus rostros se encontraban a una distancia tan reducida que a ninguno se le escapaba ningún detalle de la mirada del otro.
Haru se sorprendió al ver signos de amabilidad y preocupación en unos orbes grisáceos que generalmente hacían honor a su color, luciendo una mirada tan fría como el acero. Por su parte, los ojos achocolatados conservaban esa inocencia infantil de todos los días, esta vez humedecidos por las lágrimas.
El calor se traspasaba del uno al otro, a través de las delicadas telas de ropa que permitían a Haru sentir el bien formado pecho de Hibari, mientras que a él lo dejaban sentir esas peligrosas y tentadoras curvas femeninas.
El presidente del comité dejó que sus manos se movieran por el rostro de la joven, delineando sus finos labios y acariciando las mejillas color carmín. Sus toques eran tan seguros y firmes como todo lo que hacía, sin ni un temblor de duda o temor.
—¿Qué pasaría si a Hibari-san lo rechazaran?—se preguntó Haru en voz alta, al darse cuenta de la seguridad con la que se movía el prefecto no podía evitar preguntarse qué pasaría en caso de que alguien rompiera ese orgullo envidiable.
Hibari dibujó una suave línea en su rostro que intentaba asemejarse a una sonrisa. Realmente no esperaba que en un momento así ella le saliera con eso.
—No estoy interesado en herbívoras, y no veo por qué habrían de rechazarme—respondió.
—Eres demasiado orgulloso ~desu.
Hibari apegó más el cuerpo de Haru al de él, ejerciendo más fuerza en sus brazos, luego, suavemente se acercó y besó los párpados llorosos frente a él.
—No dejes que nadie más que yo seque tus lágrimas—pidió, sintiendose como un estúpido.
—Nunca nadie lo ha hecho—aseguró la joven castaña, provocando un sentimiento de superioridad en el prefecto al saber que este momento le pertenecía solo a él.
Hibari acercó sus boca al delicado cuello de Haru, las caricias que provocaban sus labios y su respiración le trasmitían fuertes impulsos nerviosos a la joven castaña, el prefecto buscó la vena que atravesaba el cuello de su presa y se deleitó al sentir el pulso descontrolado de la herbívora.
Disfrutó del momento, aprovechando cada minuto antes de abrir su boca para marcar a su presa, para advertirle a cualquiera que la mirara que ella le pertenecía.
Cuando de pronto, la puerta se abrió de golpe.
—Kyo-san, unos niños de primer año iniciaron una guerra de agua en el...—la agitada voz de Kusakabe se detuvo al ver la posición en la que se encontraba su jefe.
Haru notó como la expresión de Hibari volvía a adquirir esa dura mirada, fría como el acero. El hechizo había pasado.
La dejó sobre el sillón y miró con odio a Kusakabe.
—¿En dónde?—le preguntó sacando sus tonfas.
—En el pasillo del tercer piso—respondió Kusakabe.
El prefecto salió de su oficina sin mirar a nadie, listo para morder hasta la muerte a aquellos que lo habían interrumpido.
Kusakabe pidió permiso para retirarse y dejó a Haru sola en la oficina, con las piernas aún temblandole por lo que acababa de pasar.
Esperó a que su respiración volviera a su ritmo normal, antes de intentar ponerse de pie.
Su mente aún no lo lograba procesar todo, sus mejillas todavía le ardían producto de la emoción, arrastró su cuerpo hasta la puerta y salió al pasillo, directo al baño de damas, para intentar refrescarse el rostro.
El agua fría le ayudó a despertarse, o mejor dicho, darse cuenta de que todo lo que había pasado fue verdad, le costaba creerlo y su cabeza se preguntaba si Hibari la estaba usando para divertirse con ella o no, le costaba trabajo creer que el frío carnívoro de Namimori tuviera sentimientos.
Cerró los ojos e intentó pensar, pensar en Hibari como algo más que un personaje de anime. Como una persona, para ser más especifica.
La imagen de Hibird llegó a su memoria. Tal vez el presidente del comité de disciplina sí podía amar.
