Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.


Capítulo 9

—Chicas, ¿cómo supisteis que estabais enamoradas de vuestros maridos?

Isabella y Alice se miraron entre sí y luego a Rosalie. Luego le preguntaron a la vez:

—¿Qué?

—¿Perdón?

—Bueno, es que me estaba preguntando cómo supisteis con seguridad que estabais enamoradas de vuestros maridos.

—¿Por qué? —volvieron a preguntarle a la vez.

Rosalie se encogió de hombros.

—Curiosidad.

Isabella y Alice volvieron a mirarse suspicazmente.

—¿Hay algo que nos quieras contar, Rosalie? —le preguntó por fin Alice.

—Sí, no nos hemos visto mucho desde que te ocupaste del turno de noche de Jeannette —intervino Isabella—. ¿Qué has estado haciendo durante las últimas dos semanas? Además de hacer de niñera de la sobrina de Emmett McCarty.

—Lo que ya es bastante. Llevas desde hace tiempo diciendo que el buen doctor es como un grano en el trasero y, de repente, vas y le echas una mano con la niña.

—Ya os he contado la razón —les recordó Rosalie—, No he querido que Jules sufriera y se fuera a sentir luego no deseada. Quise que estuvieran cómodos juntos, eso es todo.

—Ya sabes que, al principio, esa nos pareció una buena explicación —dijo Isabella—, pero ahora no puedo dejar de preguntarme si tus intenciones no habrán cambiado un poco.

—¿Mis intenciones? ¿Qué demonios se supone que significa eso?

—Nada. Salvo que, tal vez empezaste con esto por Juliana, pero que en algún momento tus intenciones e intereses tomaron una dirección distinta.

Rosalie entornó los párpados.

—¿De verdad? Y, ¿qué significa eso?

Isabella miró a su hermana.

—Finalmente conociste al doctor McCarty, ¿no es así, Alice?

—Si, me lo presentaste en el hospital.

Isabella asintió.

—Eso es. Y, ¿qué piensas de él?

Alice sonrió.

—Creo que está muy bien.

—Eso es lo que yo creo también —dijo Isabella—. ¿Y tú, Rosalie? Se dice por el hospital que ya no soléis pelearos tanto como antes. Cooper Dugan, por ejemplo, incluso ha dicho que sois amigos.

—Cooper no tiene ni idea de lo que dice. Como siempre.

—¿De verdad? —le preguntó Isabella—. Entonces, esa historia de que has pasado dos noches en casa de Emmett es completamente falsa, ¿no?

Rosalie se sintió ruborizar y bajó la mirada. Maldita sea, ¿por qué le habría hablado a Cooper de que estaba haciendo de niñera para Emmett? No importaba que esas dos noches hubieran sido completamente inocentes, bueno, hasta cierto punto. Debía de haber sabido que Cooper no se iba a quedar callado.

—¿De verdad? —exclamó Alice—. Rosalie, ¿cómo has podido hacer algo así? ¿Cómo has podido pasar dos noches con ese hombre, casi un completo desconocido y no contarnos a nosotras, tus mejores amigas, todos los detalles interesantes?

—Porque no ha habido detalles interesantes.

Los detalles no habían sido interesantes, eso era cierto, habían sido tórridos, que era otra cosa. Y no había ninguna razón para que sus dos amigas los conocieran, ¿no?

—Además, Emmett ya no es un desconocido —añadió—. Llevo meses trabajando con él.

—Y odiándolo —le recordó Alice—. Por lo menos eso es lo que siempre nos has dicho.

—Porque era cierto.

—Era. Tomemos nota que has usado el pasado —afirmó Isabella—. Creo que eso puede ser significativo. Sobre todo en lo que se refiere al odio. Y, creo recordar que la conversación ha empezado con el tema del amor. Alice, parece que esto se está poniendo interesante.

Alice asintió.

—Bella, creo que tienes razón. Las dos hermanas miraron entonces a Rosalie. —De acuerdo, de acuerdo —dijo ella—. Pasé un par de noches en su casa, como os ha dicho Cooper, pero no fueron lo que pensáis

—¿Ni siquiera dormiste con él? —le preguntó Alice.

Rosalie volvió a ruborizarse y trató de contenerlo. Emmett y ella no habían dormido mucho, precisamente, la noche en cuestión. Así que negar lo que le estaba diciendo Alice no sería exactamente una mentira.

—Vamos, Rosalie —continuó Alice—. Bella nos contó cuando hizo el salvaje esa noche con Edward. Y lo mismo hice yo cuando me metí en la cama con Jasper la primera vez.

—Yo os conté lo mío con Edward porque insististeis mucho —intervino Isabella—. Y tú nos contaste lo tuyo con Jasper porque te quedaste embarazada y no tuviste más remedio que contarlo. Creo que nos habríamos imaginado algo cuando te pusiste como una bola.

—Sí, pero no habríais sabido nada de Jasper si no os lo hubiera dicho.

—Ya, recuerdo que nos contaste su identidad cuando ya estabas dilatada cuatro centímetros —afirmó su hermana.

—Eso no tiene ninguna importancia ya, Bella. Tenemos tanto derecho a saber lo de Rosalie como ella...

—De acuerdo, sí, me metí en la cama con él —la interrumpió Rosalie.

Sólo cuando las palabras le salieron por la boca se dio cuenta de lo que había hecho. Se tapó la boca con la mano, pero ya era demasiado tarde. Las dos la miraron fijamente y se percató de que no iba a poder escaparse esta vez.

—¿No me digas? —le preguntaron las dos a la vez, sonriendo.

Rosalie asintió.

—Lo hice. El viernes por la noche. Pero ha sido la única vez. Sinceramente, no lo había planeado, pero sucedió. No sé cómo. Realmente no lo puedo explicar, sólo...

—Hey, no tienes que contármelo —dijo Isabella—. Así fue también mi primera vez con Edward. Pero todo fue bien ¿no? Desde entonces a nosotros nos ha ido perfectamente.

—A mí también —intervino Alice.

—Sí, pero tu primera vez con Jasper no fue un accidente —le recordó su hermana—. La única razón por la que él apareció fue porque prácticamente le obligaste a ello.

—Esa no fue la única razón —le contestó Alice con un gesto de indignación—. Y además, también a nosotros nos ha ido perfectamente después.

Rosalie las miró a las dos detenidamente.

—Pero vosotras os casasteis con ellos.

—Por supuesto. Eso es lo que se suele hacer cuando te enamoras —le contestó Isabella.

—No necesariamente. No siempre.

—Bueno, no si eres estúpida —dijo Alice—. No si quieres dejar escapar algo increíblemente maravilloso.

Rosalie fue a protestar, pero no se le ocurrió cómo hacerlo. Lo que decía Alice tenía sentido. Cuando dos personas se enamoran, normalmente desean pasar el resto de su vida juntos. Entonces, lo que sentía por Emmett no debía ser amor, ya que no tenía ninguna gana de seguir con él para siempre.

—Y, ¿cómo supisteis vosotras que estabais enamoradas de vuestros maridos? —insistió de nuevo.

Isabella se lo pensó por un momento antes de contestarle.

—Creo que el momento exacto fue cuando me llevó a ese horrible bar de motoristas y me amenazó con hacérmelo encima de la mesa de billar —dijo por fin.

Alice asintió como si lo comprendiera perfectamente.

—Con Jasper creo que fue cuando me obligó a comer coles de Bruselas.

Rosalie agitó la cabeza.

—Vaya ayuda que sois.

Isabella y Alice le dieron unas palmaditas en la espalda simultáneamente.

—Eso lo sabrás en cualquier momento, Rosalie —dijo Isabella.

—Sólo háznoslo saber —le indicó Alice.

El martes Rosalie estaba limpiando biberones cuando Emmett llegó pronto del trabajo con una mujer a la que no conocía. La mujer en cuestión debía de tener unos veinte años más que él y tenía todo el aspecto de una matrona. Se la presentó como la señora Standard, un apellido que Rosalie encontró muy apropiado para ella, y le dijo que iba a ser la nueva niñera de Juliana.

Rosalie se quedó mirándolos en silencio por un momento y luego se obligó a sonreír.

—Por fin has encontrado a alguien —logró decir con tranquilidad.

Luego añadió:

—Encantada de conocerla. Soy una amiga del doctor McCarty, mi nombre es Rosalie Hale. Emmett, ¿puedo hablar contigo un momento?

—Claro, Rosalie —dijo él apartándose de la señora Standard.

—A solas.

—Ah, por supuesto. Perdone un momento, señora Standard.

—Esperaré en el salón —dijo la mujer antes de marcharse y luciendo una sonrisa que, en realidad, parecía bastante cálida y genuina.

La voz de esa mujer tenía un cierto acento sureño y Rosalie se dio cuenta que era bastante agradable. Maldita sea.

—Gracias —le dijo Emmett con otra brillante sonrisa.

Un momento después y, a pesar de que la señora Standard ya no estaba al alcance de sus voces, Rosalie le dijo en voz baja a Emmett:

—¿Estás seguro de que es la adecuada para el trabajo?

Emmett pareció desorientado.

—Por supuesto que lo es. Mírala. Es perfecta. Ha criado cuatro hijos propios y tiene doce nietos.

—Y, ¿no le ocupan demasiado tiempo?

—Ella y su marido se han venido a vivir aquí desde Tennessee, que es donde sigue viviendo el resto de su familia.

Rosalie asintió.

—En otras palabras, en cualquier momento volverá allí, seguramente abandonando a Juliana sin el menor remordimiento y pudiendo causarle con ello un daño irreversible en su desarrollo emocional.

Él entornó los párpados, pero agitó lentamente la cabeza.

—No, eso no va a suceder. Su marido nació en el sur de Nueva Jersey y se han retirado a su vieja casa familiar de Cherry Hill.

Ella volvió a asentir, esta vez más vigorosamente.

—Ah, dicho de otra forma, tienen bastante dinero, no necesitan trabajar y lo dejará en cuanto se pase la novedad, o se dará cuenta de lo exigente que es un trabajo a horario completo, marchándose luego sin preocuparse por lo que le pueda producir a Jules su cambio de opinión.

—No —le dijo él mientras se frotaba la barbilla pensativamente—. Empezó a trabajar a tiempo completo como niñera en cuanto todos sus hijos fueron a la escuela. Y eso fue hace más de veinte años. Y, dado que su esposo era trabajador por cuenta propia, no tiene pensión. Realmente necesita el trabajo.

Rosalie se mordió el labio inferior mientras pensaba otra objeción.

—¿Tiene referencias?

Emmett asintió.

—Por supuesto. Y las mejores. La única razón por la que sus antiguos jefes la dejaron ir fue porque todos sus hijos ya eran mayores.

—¿Y su salud? Afrontémoslo, ya no es una jovencita. En cualquier momento podría morirse de un infarto. Demonios, ¿y si le pasa teniendo en brazos a Jules? ¿Y si se muere con ella en brazos y al cabo del tiempo empieza a oler y a ponerse azul? Si Jules tuviera que enfrentarse tan pronto a la imagen de la muerte podría...

—La señora Standard sólo tiene cincuenta y ocho años —la interrumpió Emmett y Rosalie se dio cuenta de que estaba empezando a perder la paciencia—. Y no ha estado enferma en toda su vida.

—¿Cómo lo sabes? Puede haber tenido un montón de enfermedades contagiosas, hepatitis, cólera, enfermedades venéreas. Y, ¿has leído que el tifus vuelve a atacar? El tifus es algo que estoy segura que no te gustaría que tuviera Juliana...

—Soy médico, Rosalie. Mi trabajo consiste en saber si la gente está enferma, y la señora Standard no lo está. ¿Cuál demonios es el problema? Creía que estabas ansiosa por que encontrara a alguien apropiado para cuidar a Juliana.

—Si, alguien apropiado. ¿Cómo sabes que esa señora es apropiada? Puede ser que fume. Y ya sabes que eso puede hacerle daño a los niños. Estoy segura de que leíste ese artículo del mes pasado acerca...

—No fuma. Y, aunque lo hiciera, a mí no me importaría, siempre que fumara lejos de la niña.

Rosalie pensó alguna excusa más por un momento.

—¿Es, o ha sido en algún momento, miembro de alguna secta o de otra organización similar?

—¡Rosalie!

—Mira, es sólo que estoy preocupada por Jules.

—Bueno, pues no lo tienes que estar. Ya no.

Eso significaba que Emmett quería que ella se apartara de la vida de Juliana. Y de la suya. Pronto. Debería habérselo esperado. Emmett había conseguido de ella lo que quería el viernes por la noche y ahora quería que se marchara. Ya no la necesitaba más.

¿Qué le pasaba? Debería parecerle bien que Emmett hubiera encontrado a alguien que cuidara a Juliana. Debería estar contenta de no tener que estar atada día tras día a esa niña encantadora que sólo le traía recuerdos del hijo que había perdido hacía tanto tiempo. Y debería estar dando saltos de alegría por dejar de tener una obligación con un hombre al que siempre había considerado su enemigo.

Ahí tenía otro problema. Emmett ya no era su enemigo. Le gustara o no, se había transformado en su amante. Aunque fuera sólo por una noche. Y eso era lo que la preocupaba más.

—¿Va a pasar el día en casa? —le preguntó por fin.

Se dio cuenta de que esa pregunta le sorprendió.

—Sí. Pensé que lo mejor era que Juliana y la señora Standard se conocieran y se fueran acostumbrando la una a la otra. Luego le enseñaría la casa para que supiera donde está todo. Va a empezar el lunes por la mañana, justo cuando tú vuelvas con tu turno habitual de trabajo y tu vida normal. No sabes cómo te agradezco lo que has hecho, Rosalie. Me has salvado la vida. No me las podría haber arreglado...

Ella levantó una mano para hacerle callar. No quería su gratitud. No estaba segura de lo que quería, pero que no era su gratitud, eso estaba muy claro.

—Entonces, si vas a estar en casa ahora, preferiría marcharme, si no te importa. Voy a ver si duermo un poco.

—Pero yo pensé...

—Jules lleva durmiendo casi una hora, así que se despertará en cualquier momento. He preparado ya sus biberones hasta mañana por la mañana y toda su ropa limpia está en la secadora.

—Rosalie, tenemos que hablar.

—¿De qué?

—De Juliana. De nosotros.

—¿Qué pasa con Juliana?

—Me doy cuenta de que lo has hecho muy bien con ella.

—Es una gran chica, Emmett. ¿Cómo no lo iba a hacer?

Emmett se acercó a ella y se animó al ver que no se retiraba.

—Está claro que te adora y hay veces en que eres la única que la puede consolar. No creo que fuera una buena idea si te perdiera por completo.

Emmett se acercó más aún, hasta ponerse al alcance de la mano. Entonces se maldijo a sí mismo por forzar su suerte. Ahora ella parecía preparada para actuar, como si no quisiera oír el resto de lo que le tenía que decir.

Entonces se sorprendió cuando le preguntó:

—¿Qué quieres decir?

Fue a tocarla, pero se detuvo al recordar que cualquier contacto la hacía saltar. En vez de eso se metió las manos en los bolsillos de los pantalones.

—Quiero decir que me gustaría que jugaras un papel activo en la vida de Juliana, si te parece. He pensado que, tal vez, te gustaría verla de vez en cuando. Venir a casa. Llevarla a sitios...

Como ella no dijo nada, Emmett cedió a la tentación y, sacando una mano del bolsillo, le acarició un mechón de cabello. Rosalie entornó los párpados y tomó aire. Él lo tomó como una muy buena señal.

—También me gustaría que jugaras un papel activo en mi vida.

Rosalie abrió del todo los párpados y lo miró sorprendida.

—¿Por qué?

Esa era una buena pregunta, pensó Emmett, y se merecía una buena respuesta. Pero temía que, si le decía la verdad, Rosalie saldría corriendo, aterrorizada, y no la volvería a ver. Estaba más que seguro que lo último que Rosalie quería oír era que estaba enamorado de ella.

Se encogió de hombros.

—Porque... porque creo que hay algo entre nosotros que merece una investigación más profunda.

Ella se mordió el labio inferior pensativamente por un momento y retrocedió un paso.

—Si estás hablando de lo del viernes por la noche, creo que ya lo hemos dejado bien claro.

Emmett suspiró.

—No lo creo. Lo que me dijiste de que fue un error y no iba a volver a suceder sólo me ha afectado más de lo que ya estaba.

—¿De verdad? Bueno, pues lo siento si no puedes controlar la... la agitación, pero ese no es mi problema.

—Oh, sí que lo es —contraatacó él—. Porque no voy a permitir que te escapes de mi anzuelo hasta que no te enfrentes a unos cuantos hechos.

—¿Sí? ¿Cómo cuáles?

—Como el que tú y yo hayamos hecho el amor la noche del viernes y la sensación increíblemente satisfactoria que experimenté después no fue solamente el resultado de una simple gratificación sexual. Está también el hecho de que me importas, Rosalie, y yo sé que te importo a ti. Está el hecho de...

—Eh, eh, eh. Un momento. No te atrevas a suponer mis sentimientos. Lo que me hayas podido importar...

—¿Haya podido?

—Eso ha sido sólo porque he querido asegurarme de que no le fueras a hacer nada malo a Juliana. No tiene nada que ver con nosotros, conmigo.

—¿De verdad? —le preguntó él, ya enfadado—. Entonces fue por eso lo del viernes por la noche, ¿no? Llevabas veinte años sin hacer el amor con nadie y vas y lo haces conmigo porque te preocupas por el bienestar de la niña. ¿Te arriesgaste a quedarte embarazada de nuevo porque te preocupaba que yo no la pudiera criar bien?

Un músculo se tensó casi imperceptiblemente en la barbilla de Rosalie cuando apretó los dientes. Pero no dijo nada para contestarle.

Así que él continuó, bajando la voz hasta casi un suspiro.

—Puedes estar llevando un niño en tus entrañas ahora mismo, Rosalie. Un niño que, en parte sería mío. Si te crees que voy a dejar en el aire algo así, es que no me conoces nada.

Como ella siguió guardando silencio y Emmett pensó que le iba a volver a dar un rodillazo, deseó poner las manos protegiendo su parte más débil. Pero, en vez de eso, las puso sobre los hombros de ella y la atrajo hacia él, apretando luego su boca contra la de ella.

Inmediatamente Rosalie se fundió contra él. Toda la tensión, las peleas, la ansiedad, se esfumaron de ambos y se dejaron llevar por ese abrazo como si fuera el último que se fueran a dar en la vida. Rosalie le besó con toda su alma, mientras le acariciaba el cabello, saboreándole como si fuera un manjar que nunca antes hubiera probado. Y luego se apartó.

Sin mirar atrás y sin una palabra de despedida, salió corriendo de la cocina.

Emmett la vio marchar sin hacer nada. El beso lo había dejado sin energía. De alguna manera Rosalie Hale había entrado a formar parte de su vida y cabía la posibilidad de que él hubiera hecho lo mismo en la de ella. Física, si no emocionalmente. Rosalie no podía cambiar eso sólo marchándose de su casa. No la iba a dejar apartarse de él tan fácilmente.

De repente recordó que tenía esperando a la niñera. ¿Cuál era su nombre? Se preguntó por un momento. Standard. Eso era, la señora Standard; la nueva niñera de Juliana.

Pero tener una niñera no bastaba para la niña. Se merecía también una madre. Sus pensamientos volvieron de nuevo a Rosalie y en lo bien que le iría ese papel. Y, una vez más, empezó a trazar un plan. No era perfecto, pero tampoco era malo. Sólo esperaba que Rosalie le diera una oportunidad.

El viernes sería su última oportunidad. Ese día de una u otra manera, haría que Rosalie viera lo que ya estaba tan claro para él: que no podía vivir sin Juliana y él.

Por su parte, él estaba más que seguro de que no podía vivir sin ella.