Sherlock "depositó suavemente" el móvil en el suelo. Bueno, más bien lo tiró, tal vez con algo más de fuerza de la que pretendía en un principio. Porque estaba cabreado, estaba de mal humor, y su mal humor se concentraba en absolutamente toda la humanidad, desde su vecina la del gato hasta los chavales del monopatín de enfrente. Y ese señor que compra el periódico un domingo sí y otro no. Pero sobre todo, sobre todo, más que con nada ni nadie, estaba enfadado con su hermano. Escuchó los cinco mensajes siguientes, y sabía que eran de John, pero no le dio la gana contestar. El móvil vibró tres horas después, señalándole que había recibido un sexto mensaje e iluminando durante una centésima de segundo la habitación. Ignorar. Llevaba como mínimo tres horas ahí, sentado de piernas cruzadas sobre su cama. Si alguien le hubiese preguntado que qué coño hacía (¿yoga?), él habría respondido que "estaba apagado", y se habría callado la boca.
Sherlock Holmes era impulsivo; se saltaría las normas necesarias, sin importarle las consecuencias, con tal de conseguir lo que quería. Y era temperamental. A veces. Y lo sabía. "Deja la mente en blanco". Eso para él era definitivamente imposible; ¿qué clase de persona puede dejar su mente en blanco? ¿Dejar de pensar? Irrealizable. Eso equivaldría a estar muerto, o en algún estado incompatible con la vida. Bufó, exasperado, se miró las puntas de los pies, y aunque no las distinguía porque estaba a oscuras dibujó la silueta en su mente. Rojo. No, rojo no, granate. A veces asociaba estados de ánimo a colores; de color granate eran los calcetines de John cuando irrumpió delante de él con un café en la mano. También era de color granate la pluma estilográfica que guardaba con tanto mimo su padre en un cajón, bajo llave. Y Graham tenía un jersey granate. Y si acertabas con el día y te subías a lo alto de Primrose Hill a una hora precisa, el cielo se teñía de granate. Bueno, no era exactamente granate, pero algo así. Y estaba aquel viejo, bajando por la calle Adelaide, que vendía periódicos de vez en cuando y que si te parabas a comprarle uno te cogía del brazo y te narraba que ahí, en aquella colina, murieron dos amantes, y que por eso el cielo se disolvía en un color tan particular. Jamás mencionaba ningún nombre en su historia, ni el género de los protagonistas, ni siquiera el motivo de su muerte. Simplemente eran dos amantes. Sherlock le miró con desdén, le dio las monedas del periódico y se fue, procurando no pasar más por aquella calle.
Se sorprendió cuando un rayo de sol apareció a través la ventana, distrayéndole de sus pensamientos porque ¿ya ha amanecido?, y se levantó, a puntito de perder el equilibrio al notar sus músculos tan increíblemente agarrotados. Carraspeó, saliendo de su habitación con calma y preparando su garganta para…
-¡MYCROFT HOLMES!
El apelado se dio la vuelta, encontrándose con un hermano enfurecido, insomne crónico, que seguramente no habría comido nada en las últimas veinticuatro horas, y sintió un poco de miedo por su integridad física. Pero a ver, era Mycroft Holmes. No desvelaría su pavor aunque le fuese la vida en ello; potente base de orgullo concentrado.
-¿Qué?
-¿"Qué"? ¡¿Te dedicas a hurgar en mi móvil y en mi vida y te limitas a decir "qué"?!
-¿Algún problema con eso?
-¿Tan poca vida social tienes que te metes en la mía? ¿Pero a ti qué te pasa?
-Mi problema eres tú, Sherlock. Y, en lo que respecta a vida social, no creo que seas la persona más apropiada para habl…
-¿Qué, qué me vas a decir? ¿Qué tienes a Lestrade?
-Sí.
Sherlock esbozó una sonrisa que rozaba lo cruel, saboreando de antemano la victoria ante sus próximas palabras.
-Pues a ver si te centras más en él. Porque, creo que no te has dado cuenta, pero Lestrade tiene novia.
Golpe bajo. Alerta, abortar. Mycroft le miró con un odio profundo, buscando algo para contraatacar, o al menos negar lo que había insinuado, pero no encontró nada. Crisis. Le espetó su ira silenciosa, dándose la vuelta y saliendo de escena, derrotado.
El móvil de Sherlock vibró justo entonces.
"¿Me hablas ya?" –JW, 11:39
"Oye, no he desayunado, dame ideas." –JW, 11:40
John Watson, tan oportuno como siempre. Y desayunando a las doce, como siempre.
