Lo de siempre: Soul Eater no me pertenece. Es de un tal Atsushi Okubo, ese que nos hace sufrir cada mes con su prodigioso manga. Si fuera mío... en fin, sería un asco.

Hoooli. ¿Saben algo? Jugar al Bloody Roar (II) inspiiira. Y bastante. Ahora tengo una buena excusa para el vicio. Más aún cuando me tienen encerrada dentro de cuatro paredes, porque están llenando de pintura el resto de la casa.

Un enorme abrazo a: niixuiix; kuroneko-evans; Kasumi-Keiko11; Guest; Miyoko Nott; Bell Star; Furanshisuka-san; Leon Kagamine; Hoshi Miyuki. Sonará cursi, pero sus reviews son los que siempre consiguen sacarme sonrisas. Gracias por eso.

Si ustedes gustan...

¡Lean!


Invierno


Capítulo X

Eché una última mirada hacia arriba en cuanto cruzamos todos la calle que nos dividía de aquel edificio. Desde allí, claro, no podía ver ni saber sobre qué se estaría encargando aquel demonio, pero podía sentir su alma. La sensación era desagradable, incluso a la distancia. Cerré los ojos y pedí que hasta el momento no hiciera más que sembrar el pánico desde su sitio; sin herir a nadie.

A penas habíamos despertado a Kid y a las Thompson, no nos demoramos ni un solo minuto en decidir qué hacer. El plan era sencillo: ir directo hacia él y acabarlo. Kid y sus armas irían con la patineta para cuidar que no se moviera de aquel lugar; en cuando a Soul y a mí, iríamos por el edificio para retenerlo en caso que quisiera comenzar su caza por las personas que se alojaban en él.

Pero, resultó surgir un problema de por medio; la gente. No tuvimos que preocuparnos en romper las puertas para entrar al edificio, porque esta ya estaba abierta de par en par y una horda salía huyendo a través de ella. En pocos minutos se había formado un grupo que observaban curiosos y preocupados la azotea, pero unas personas de seguridad del hotel los dispersó y ocultó en distintos negocios aún abiertos, para mantenerlos a salvo.

Aún no anochecía, pero, las nubes que descargaban lluvia se extendían hasta el horizonte y opacaban el sol. Las calles no dejaban de mantenerse oscuras y comenzaban a lucir siniestras junto a la amenaza de un ser endemoniado que se desesperada por cenar una importante cantidad de almas inocentes.

A penas conseguimos ingresar a la recepción —y con mucho esfuerzo, he de admitir—, lo primero que se nos ocurrió fue subir directo por el ascensor, porque de intentarlo por las escaleras nos demoraríamos mucho más tiempo, a pesar de que aquella implicara ser una opción bastante peligrosa. Sin embargo, otro sujeto de seguridad se hallaba frente a ambas puertas de la cabina, e indicaba a las personas que avanzaran y continuaran saliendo.

Otro temblor azotó al edificio, y los chillidos de la gente amenazaron con dejarme sorda por unos instantes. "¡Terremoto!" gritaban las mujeres, mientras que la palabra se entremezclaba a su vez con la de "¡Terroristas!", por parte de ancianos y jóvenes. No sabía cuál de ambas opciones preferirían en cuanto supieran qué era lo que en verdad ocasionaba aquellas sacudidas. Aunque tenía fe ciega en que la amenaza de aquel ser no pudiera compararse con aquel otro par de situaciones de peligro.

—¡Niños! —exclamó el hombre que teníamos en frente. Lucía una placa de agente de seguridad, y se lo notaba contrariado al encontrarnos allí, de pie, sin intentar escapar—. ¡Deben salir de aquí, ahora! —gritó por sobre las demás voces que no dejaban de dañar sus propias gargantas.

Los sollozos parecían ser lo de menos dentro de todo ese caos.

—¡No podemos! —explicó Soul, aunque me pareció que el sujeto lo ignoraba o bien no llegaba a comprender qué decía. No se molesto siquiera en mirarlo. —¡Tenemos que subir de inmediato!

El hombre me tomó del brazo con fuerza, y comenzó a arrastrarme junto a la fila que marchaba veloz hacia el exterior.

—¡Vamos niña! ¡Tengo que seguir sacando a más gente de aquí!

—¡No! —grité, y me volví a mirar al albino que, sorprendido por aquel repentino acto del hombre, intentaba alcanzarme. Mas no lo conseguía. Eran tantas las personas que se habían estancado en la puerta al no poder escapar todas juntas, y las más desesperadas lo empujaban con codazos y manotazos para avanzar. A cada segundo la distancia entre ambos iba aumentando, y creí estar a punto de entrar en pánico—. ¡Usted no entiende...!

—¡Maka! —gritaba Soul.

De repente, la cantidad de personas que descendían comenzó a aminorar; un hombre que cargaba con chicos sobre los hombros pasó entre el sujeto y yo, de modo que mi mano se zafó de pronto de la suya. No me retrasé más, e indiqué a Soul que siguiera subiendo. Le alcancé enseguida. Nos salteamos varios escalones en cada vuelta que pegábamos, pero había sido al llegar al primer piso que me preocupé por ver una gran variedad de cuartos en ese único nivel. Habían más de seis puertas en aquel único pasillo.

Por un momento me dije a mi misma que las autoridades se encargarían de sacar a las personas —si es que aún quedaba alguna—, pero simplemente no había podido avanzar de tan sólo darme cuenta que no podría abandonar a nadie en tal caso. Me detuve en mitad del pasillo, con las paredes de un impecable color blanco, y exhalé hondo para poder percibir con mayor claridad cualquier presencia.

Tenía a una persona a tan sólo tres metros.

Me giré instantáneamente a mi lado izquierdo, y abrí con cierta dificultad una de las puertas. Un niñito de diez u once años estaba estático a tan sólo un par de pasos de mí. Su par de ojos llorosos eran grises, y llevaba una gorra de su equipo de béisbol favorito. Se aferraba a ella sobre su pecho, como si fuera su bien más preciado.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, con un hilo de voz.

Su expresión me había dejado pasmada, con un nudo en la garganta.

Soul vino a mi lado al notar que aún no subía, y al ver al chico, su expresión ceñuda se desintegró y se acercó sin vacilar al pequeño. De un tirón lo sacó de su trance, y lo llevó corriendo hasta abajo. Volvió a subir antes de que alguna otra persona le viera, e intentara de nuevo hacernos bajar a ambos.

—Sigamos —apuntó.

No había tiempo que perder.

En los siguientes pisos que teníamos por encima, no volví a sentir ninguna presencia humana. Lo cual resultó ser un alivio, y me dejó vació el cargo de conciencia.

—¡Más rápido! —gritó el albino, luego de quedarnos aferrados a la barandilla de la escalera cuando un nuevo temblor parecía querer derrumbar los escalones sobre los que nos hallábamos parados.

Los gritos de espanto se asemejaron a murmullos mientras que ascendíamos. Parecían ser ajenos a lo que estaba ocurriendo en el último piso: La azotea.

Finalmente, alcanzamos una última puerta metálica, y había un pequeño vidrio cuadrado en ella por el que se lograba ver qué sucedía: Kid volaba bajo la lluvia por sobre la cabeza del demonio, con ambas armas en sus manos, apuntando directo a su cabeza. Si este era consciente de ello o no, no pude saberlo. Me aparté al instante de la puerta, y fijé mis ojos en Soul. No fue necesario decir nada; su figura desapareció en un rayo de luz deslumbrante, y al salir afuera, ya cargaba con una guadaña reposando entre mis dedos. Me sentí bastante segura tanto de mi arma como del equipo que formábamos con los demás, pero al ver de cerca a aquella cosa gigantesca, toda la valentía que sentía intentó escapar de aquel peligro que corría de ser tan solo aplastada por sus enormes y asquerosos pies.

El demonio no era muy alto a decir verdad, pero eran sus demás dimensiones las que me traían preocupada. Como el metro y medio de radio que ocupaba sólo su torso, y aquellos enormes músculos de tanto brazos como piernas. Su piel se veía áspera y fría como una roca... De hecho, más que un demonio, parecía ser una gran roca con brazos y piernas. Sus manos, en cambio, eran reemplazadas por lo que parecía ser un par de brocas, propias de los taladros, del tamaño de estalactitas y, para colmo, con abundantes pinches rodeándolas en espiral. Solamente un roce podía dejarte sin nada más que un vacío en todo el torso. Y cuando yo de pequeña creía que ya era bastante peligroso y temible un pirata con garfios por manos.

Me hubiera puesto a temblar de no ser que mi arma notó mis dudas y se apresuró en evitar que perdiera confianza.

"Maka, recuerda que debemos hacer rápido esta primer misión, si es que quieres encontrar a tu padre."

Mis ojos brillaron.

La primer misión.

No podía permitirme pensar en nada más que vencer a aquella mole, para hacer de esa una hazaña de la cual sentirnos más tarde orgullosos, y poder demostrarle así a Spirit que debía confiar en el equipo que éramos el albino y yo. La idea hizo que el corazón me latiera de emocionado, y bombeara adrenalina a lo loco.

En lo que duraron aquellos segundos bajo la lluvia, mi ropa se había empapado. Pero eso no me importó, siquiera el frío que me ponía la piel de gallina. Estaba centrada en mi objetivo, en detener al demonio con la ayuda de mis compañeros. Juntos, acabaríamos con él, a como diera lugar.

La bestia se giró al sentir nuestra presencia. Fue el primer momento en el que alcancé a ver su cara, y la verdad, no era algo de lo que sentirse gratificado. Tres líneas blancas recorrían uno de los lados de su rostro rocoso, tan finas como lo son las cicatrices. Por un brece momento, creí que tenía las pupilas dilatadas, pero pronto comprendí que sus ojos eran por completo de un color oscuro, negros como el carbón. También me hubiera encantado decir que eso lo convertía en un ser ciego, pero claro, nunca tendría esa suerte, porque en cuanto su par de orbes parecieron fijarse en mi, alzó uno de los brazos, dispuesto a atravesar —en comparación—, mi pequeño y frágil cuerpo.

Por suerte, aquellos días de entrenamiento habían sido algo eficaces. Corrí directo a él, acercándome peligrosamente, de modo que en cuanto dirigió su extremidad de acero hacia mi figura, logré esquivarla con un simple pero veloz salto hacia el costado, con el que rocé su brazo, y con otro giro, me frené a su lado. Clavé el filo de la guadaña en su codo, hundiéndola hasta poco más de la mitad.

Por más morbosa que suene la idea, me sentí feliz y aliviada. El aire me volvió a los pulmones como si hubiera pasado media hora con la cabeza bajo el agua. Porque, a decir verdad, no estaba muy segura de si era o no capaz de poder acercarme y atacarlo de esa forma, resultando esta la primera vez.

Sin embargo, toda aquella desesperación volvió de repente: el demonio soltó un bramido, que no tenía singularidad al aullido o rugido de ningún animal. Su voz era tan atronadora, que casi me dejaba sorda. Hice mal en haberme quedado allí, estática ante aquella expresión de odio que emergió en sus ojos, porque aprovechó a apartar el codo y desclavarse la guadaña, y con un sólo movimiento, me golpeó con el antebrazo el cuerpo entero, mandándome a parar a cinco metros de distancia.

Caí de culo, pero el efecto y la brutalidad del golpe me hizo pegar la espalda contra el suelo, sintiendo que por poco se me destrozaban los omóplatos.

Se agazapó. Iba a disparar corriendo directo hacia mí, pero Kid se interpuso entre ambos y, sosteniendo una sola pistola con ambas manos, comenzó a disparar al demonio, desfigurándole cada vez más el rostro, llenándolo de agujeros. No tardé en darme cuenta cuál de las dos Thompson faltaba de entre las manos del shinigami; Liz vino corriendo a mi lado, y junto a Soul —que había vuelto a su cuerpo humano—, me ayudaron a levantarme del suelo. El golpe bien pudo haberme matado, pero por alguna bendita razón, sólo sentía un horrible dolor en todo el cuerpo.

—Maka, ¿estás bien? —dijeron Liz y Soul a la vez.

Asentí, e inspiré hondo. No podía quedarme allí, sin hacer nada. Debía ayudar.

Le indiqué a ambos que en serio me encontraba en buen estado, y con un poco de suerte, logré sostenerme sola sobre el suelo gris. Supongo que ver a aquella enorme bestia me incentivó a poder seguir moviéndome.

Iba a correr hacia el demonio, cuando de repente, el ser pareció cambiar de idea. Miró con desprecio a Kid, e intentó herirlo con uno de sus mortales ataques. Pero él logró esquivarlo, siendo que aún permanecía sobre su magistral patineta. Se elevó a tiempo suficiente de sobrevolar su brazo, y desde allí disparó a su hombro.

La criatura de tamaño bestial emitió una especie de gemido de dolor y, con el semblante propio del enfado, hundió sus zarpas en el mismo suelo. Me quedé congelada, viendo como destrozaba con la veloz rotación de sus brocas al concreto, y no dejaba más que un hueco bajo su cuerpo. Era como si no hubiera necesitado nada de fuerza, como si aquel acto no le significara el más mínimo gasto de esfuerzo.

Alzó la cabeza, y por un momento, creí que se estaba mirando con burla a Kid. Y sin más, se lanzó de cabeza, con los brazos extendidos igual que si estuviera a punto de hacer un clavado en una piscina, y desapareció de mi campo visual.

Kid apretó la mandíbula, y masculló algo que no logré oír.

Finalmente, me miró. Sus ojos parecían refulgir pura rabia.

—¡Va tras las personas! —me hizo entender.

El corazón se me detuvo.

Estaba segura de que no había quedado nadie, que había rastreado con mi percepción cualquier presencia que podía estar corriendo peligro de tan sólo mantenerse allí, oculta y atemorizada. Sin embargo, la duda estuvo a punto de aniquilarme. ¿Y si me había despistado en un pequeño rincón? ¿Y si había quedado otro niño como el que habíamos visto, atrapado entre los escombros que formaron luego los temblores, y yo me había visto incapaz de sentirlo?

La culpa no me dejaría nunca en paz. Mucho menos si no actuaba en ese preciso instante.

Sólo bastó con que nuestro par de miradas de técnicos se encontraran para captar ambos que teníamos la misma idea: Echamos a correr, directo a las escaleras.

Si la subida antes se me había dificultado un poco, ahora no me preocupaba. El descenso siempre era lo más fácil, aunque claro, con los saltos y trompicones que dábamos ante cada temblor (que ahora eran más constantes), bien podíamos partirnos la frente si no teníamos cuidado.

Nos habíamos olvidado por completo de nuestras armas, que corrían detrás nuestro con la diferencia de más de una vuelta entera. Oí la maldición que soltó Soul entre los gritos que me pegaba, diciendo que era un suicido que vaya sola. Y no se lo negaba. Sola frente a aquel demonio, no tenía ninguna de las probabilidades que podrían llegar a existir de que yo siguiera con vida tras aquel encuentro. Pero era como si me hubieran puesto en automático; bajaba y bajaba, ignorando a mi compañero, con el mismo objetivo que antes, aún entre mis prioridades del momento.

De hecho, la solución que le encontró Soul a mi actitud, casi me hizo partir de la risa, de no ser porque aún me encontraba enfrascada en seguirle el ritmo a Kid. Se detuvo y paró en una de las barandillas sobre las que, al asomarse, se veía por debajo la planta baja, donde podrías acabar con todos los huesos rotos por el simple hecho de tirarte desde allí, en un acto de suicidio. Claro que lo que hizo Soul no fue intentar de llamar mi atención de ese modo; sino que saltó y, mientras caía y giraba, se transformó en arma. No había ni alzado la cabeza, que de un momento a otro lo cogí con simpleza al estirar el brazo para sujetarlo del mango, y para luego seguir bajando, como si nada.

Pronto caí en lo que había sucedido, y me costó reprimir una sonrisa. "Sincronía." Ni más ni menos.

Liz imitó al albino, y cayó en la otra mano del shinigami. Quizás Kid estaba a punto de darle una crisis nerviosa por eso de no tener a ambas pistolas con él, rompiendo por completo la sincronía de la que se encarga casi siempre de mantener.

Tras girar voltear varias veces y bajar por lo menos cinco pisos (casi la mitad del edificio), la presencia del kishin era tal que no era muy difícil de imaginarse que estaba allí mismo, en el mismo nivel que nosotros. Fuimos acercándonos en silencio, cruzando casi sin hacer ruido con nuestros pasos por todo un pasillo, hasta que llegamos a una de las esquinas y lo vimos. Era uno de los pasillos laterales, por donde los cuartos que teníamos a la derecha eran los que tenían un balcón que asomaba al jardín trasero del edificio, o lo que fuera que hubiera en aquel lado.

La mole estaba al final del corredor, y no era detalle menor el hecho de que había arrasado con las paredes para poder caminar sin quedarse atorado. Pensé en lo precioso que lucía antes, tan prolijo y cuidado de suciedad. Me pregunté cómo se tomaría todo aquel desastre el dueño del hotel. ¿Con un infarto, quizás?

El demonio se metió en la última habitación del pasillo, y la imagen pareció por un momento surrealista. ¿Cómo había hecho para pasar por la puerta, así, sin derribarla? En cuanto nos acercamos al cuarto, mis dudas se vieron aclaradas en un instante: los últimos rastros de puerta que quedaban, eran trozos de madera desparramados por el suelo. La pared había sido previamente derrumbada, casi por completo, de hecho. Como había ocurrido con el resto del sitio. A pesar de ello, lo que nos sorprendió en verdad fue que no hubieran rastros del demonio entre aquellas cuatro paredes, cubiertas hasta el suelo del polvillo que había dejado con cada agujero que hizo. Era como si el ser hubiera desaparecido por arte de magia, en una columna de humo que se lo había llevado a quién-sabe-dónde. Sin embargo, con lo que había en medio del cuarto, nos negamos a creer en una cosa así.

Kid y yo nos cubrimos boca y nariz con nuestra propia ropa, para no ahogarnos con aquel polvo que trataba de colarse hasta nuestros pulmones. Rodeamos y examinamos lo que había a nuestros pies: una perforación de por lo menos un metro de radio. Abajo estaba oscuro, porque la luz se había ido en todo el edificio entero, y nosotros recibíamos luz de otra abertura que había sido hecha en diagonal, destrozando por completo la ventana. En el cuarto de abajo, sin embargo, parecía que no sólo la pared se había salvado de algo así, sino que además los postigos debían haberse mantenido firmes y cerrados, dejando a nuestros ojos observando una absoluta oscuridad.

—¿Y si saltamos? —sugerí, aunque la idea bien podía hallarse al final de las cosas que me hubiera gustado hacer en ese momento.

—No —Kid rechazó la propuesta. Tenía el ceño fruncido, como si estuviera intentando de hacer encajar algunas piezas dentro de su cabeza—. Podríamos volver y bajar por las escaleras, pero temo que el tiempo que perdamos en eso lo aproveche para escabullirse hacia otro sitio.

Entendía como debía sentirse. No se podría perdonar si, por culpa de una elección así, alguien acabara herido a menos de aquella máquina demoledora.

Nos mantuvimos allí, parados, tratando de escrutar en la oscuridad. Pero no oímos ningún ruido, hasta que algo me preocupó. ¿Por qué de repente me había olvidado de mantenerme concentrada en que siguiera allí la presencia del monstruo? Sabía porqué; yo no resistía tanto como Kid si usaba aquel don sin cesar, pero... ¿y él? ¿Había parado?

—Kid... —dije. Y, como si hubiera comprendido lo mismo que yo en una fracción de segundo, alzó la cabeza, y de pronto, me empujó hasta hacerme llegar a una de las esquinas del cuarto.

—¡Cuidado!

El demonio descendía en picada, justo por donde antes habían estado nuestra cabezas. Con un simple roce, pudo habernos destrozado el cuello. La idea me aterró, y miré con la respiración agitada por el miedo a mi compañero de grupo. Kid estaba tan sorprendido como yo, pero no se reflejaba ni la más mínima muestra de miedo en su rostro.

El demonio habría bajado por lo menos dos pisos más, por lo que nos hallábamos fuera de peligro, pero sólo en aquel momento, luego de habernos percatado de su trampa. Una trampa. ¡Nos había engañado! El pensamiento parecía no caber dentro de mis conocimientos y en la idea que tiene uno sobre la realidad. Aunque, claro, esta está totalmente distorsionada por el mundo en el que debía vivir. Había subestimado al demonio al no creerlo capaz de una cosa así. Y había sido despistada.

Un simple y diminuto error podía significar la muerte en nuestro caso. Y no solo la nuestra, sino también la de todos los habitantes de la ciudad que estábamos protegiendo.

—Gracias —le dije a Kid, luego de haber salido del trance en el que estaba tras haber sido consciente de lo cerca que me había hallado de morir, allí mismo. Lejos de casa, y con un objetivo aún también por cumplir. Encontrar a Spirit, y a Stein. —Kid... —murmuré. Y sin ser capaz de evitarlo, pregunté—: ¿tú también dejaste de fijarte en su presencia?

Pensé en que tuve que haberme guardado la idea por la mueca que hizo. Estaba serio, y disgustado consigo mismo. Tanto como yo.

—Fue una estupidez —masculló, y se levantó del suelo, para ayudarme a mi también. Salimos de la habitación, y corrimos por el pasillo hasta la escalera, sintiendo nuevamente cómo la presencia del ser resultaba más cercana cada vez que dejábamos detrás nuestro una hilera de escaleras que ya habíamos recorrido—. Al verlo entrar creí que no tenía más escapatoria, pero olvidé de lo que era capaz de hacer. No puedo creerlo —se insultó a si mismo—, ¡lo tenía justo encima!

Quise que se callara. Porque, no era sólo su culpa, sino también la mía. Era un grupo, y si uno se equivocaba, el otro se veía inmediatamente obligado a enmendar aquel error. Pero no fue así. La equivocación había sido por parte de ambos, y en consecuencia, la culpa mutua.

—Fue mi error —dije, cuando nos detuvimos en el quinto piso. El kishin estaba cerca, y esta vez, no podíamos permitirnos de nuevo un segundo de respiro con lo de la percepción de almas.

Kid examinó mi expresión, pero aparté el rostro, simulando que intentaba divisar al demonio con la mirada. La verdad, estaba roja de vergüenza. Me sentía muy tonta, y responsable de lo que había ocurrido. Porque... ¡por el Shinigami, había vidas en riesgos, y yo con lo inexperta que era, no estaba teniendo el cuidado correspondiente en aquella situación!

Por un momento, me arrepentí de que Kid me hubiera apartado del camino de las zarpas de aquella cosa.

Volví a recordar que Soul era capaz de intuir cómo me sentía, no sólo porque en aquel momento nuestras almas estaban conectadas, sino también por el semblante que debía llevar y por el dolor expuesto en mis palabras. Acabó hablándome con palabras que simplemente yo fui capaz de oír.

"Maka, no te eches la culpa. Entiende la situación. De todas formas, no es momento para ponerse testarudo y comenzar a sentir cargo de consciencia."

Sus palabras sonaron frías, toscas en mi mente; pero luego comprendí que, a pesar de ello, lo que decía era cierto. Estábamos en medio de una batalla. Los sentimientos no podían interferir y distraerme. Así que, alcé mi cabeza, y avancé detrás de Kid, cubriendo su espalda.

Me concentré más que nunca en hallar la ubicación exacta del demonio.

—¡Derecha! —gritamos con mi compañero al unísono.

El saltó y yo me aparté, dando un traspié por lo repentino del ataque.

El kishin se apareció en el corredor, desmoronando un cuarto entero que había a nuestro lado, pero siguió de largo. Intentamos cuanto pudimos con Soul de hacerle daño, pero no llegamos a conseguirlo por la distancia. Kid, sin embargo, acertó a unos cuantos tiros en su pantorrilla. Sin embargo, el demonio no se detiene. Sigue corriendo, y al llegar a otro pasillo que había en paralelo al que nos hallábamos, penetró en el suelo y desapareció. Pero esa vez corrimos detrás suyo, y no dudamos en lanzarnos por el mismo sitio que él.

Había descendido al piso de abajo. Quizás aún buscaba el alma de algún humano. Quizás quería tendernos otra de sus trampas. A decir verdad, prefería lo segundo, siempre y cuando no significara que alguien más saliera herido, incluyendo a mis propios compañeros de equipo. Por mí, me daba casi igual.

Tuvimos suerte, porque los disparos que Kid le había lanzado lo dejaron cojo, y no se había movido de donde estaba. Sin siquiera pensarlo, nos lanzamos sobre su cabeza, y con toda la fuerza que tenía y la que compartía con Soul, le clavé la guadaña en el cuello, hasta atravesarle por completo. ¿Si sangró y todo eso? No pude saberlo, porque aparté mi vista por las dudas, pero no dejé de ejercer presión al sostener la guadaña. Mientras tanto, Kid no había dejado de llenar su cuerpo de balas, evitando que acabara conmigo del mismo modo que lo había hecho con muros y pisos de la edificación.

Ambos sentimos como el alma del kishin luchaba por mantenerse con vida, pero pronto todo su cuerpo se estremeció, y al momento justo en el que saltaba y aterrizaba en suelo, una luz rojiza lo envolvió y comprimió, dejando nada más que su alma, flotando sobre la alfombra rojiza (cubierta de pequeños escombros y polvo) del suelo.

La última vez que había tenido un alma frente mío, había sido la vez que Stein había acabado con aquel mago-zombie, de nombre Wald. No me dejó examinarla demasiado, ya que la tomó entre sus manos, y la destrozó hasta que acabó por evaporarse como el agua hervida de una olla. Su flama envolvente llameaba, y me asusté al ver que Kid la tomó sin cavilar con su mano. Pero luego recordé que no hace daño, porque no era fuego realmente. Era su luz... una luz roja, oscura, que rodeaba a aquel alma pura de maldad y locura.

"Locura..." Stein nos había advertido que debíamos de tener cuidado con ella, pero la verdad no entendía a qué se refería. Quizás nunca llegaría a comprenderlo realmente.

—¿Qué hacemos con ella? —Era la voz de Patty, que miraba con la misma expresión de duda que el de cabello azabache al alma de huevo de kishin.

Kid aún pensaba, pero me miró a los ojos, y sonrió.

—Toma —dijo, y depositó la mini-esfera en mi mano libro.

Al segundo me estremecí, porque creía que, nuevamente, iba a quemarme. Pero volví a caer en cuenta de la realidad. Sin embargo, sentía una extraña sensación, como si aquel alma no contuviera nada más que maldad (lo cual era cierto, pero eso ya no podía hacerme daño). Me dieron ganas de arrojarla al piso, aunque sabía que flotaría. Pero, es que la sensación era tan desagradable...

Recordé lo que había hecho Stein, y la duda me obligó a preguntar.

—¿Por qué me la das? —inquirí, con el entrecejo fruncido—. ¿Quieres que la destruya...?

Comencé a ejercer más presión con mis manos, pero Kid gritó "¡NO!", y me detuve de inmediato, mirándolo atónita.

—Es lo que hizo Stein la otra vez... —dije con un hilo de voz, tratando de explicar porqué pensaba que era lo que se hacía.

Soul volvió a su figura humana, y no tardó en explicarme lo que hacía que aún no entendiera nada.

—El alma en realidad es para el arma, Maka. Es aquel quien luego acaba de convertirse en Death Scythe, ¿recuerdas?

Asentí, y admito que jamás me había sentido tan idiota como en aquel instante. "¡Claro! —me digo—, sino, ¿cómo irás a hacer para tener las cien almas si es que partes a todas en miles de pedacitos? Si serás boba..."

—El profesor hizo eso porque él es un técnico —continuó Kid—, y no puede conservar dentro de su organismo las almas como lo hacen las armas. Y si la hizo añicos, es porque en realidad el alma es como un... un premio, para aquella persona que haya vencido al kishin. Nunca se las da a aquellos que no se la merezcan, porque es de quien la haya obtenido y punto.

Con lo que me decían, todo iba adquiriendo mayor sentido. Las piezas encajaron por completo, y cuando conseguí unir la última, me di cuenta de un pequeño detalle que no se había discutido.

—Un minuto —dije—, entonces, ¿estás diciendo que este alma es para nosotros? Es decir, ¿para Soul y para mí?

Kid lo meditó un segundo.

—Más bien para Soul, pero... sí, es eso lo que quiero decir.

No hacía falta más charla. Ya sabía lo que tenía que hacer.

—Entonces, no podemos aceptarla —concluí, extendiendo el alma al shinigami.

—¿¡Qué? —preguntaron todos. Incluso Soul, y al oírlo a él, no pude evitar mirarlo de mala forma.

Se suponía que él más que nadie debía comprender porqué decía aquello, y estar de acuerdo en lo que decía. Pero por su expresión, debía estar pensando que me había vuelto loca.

—Es que, no es justo —expliqué—. Kid, si no fuera por ti y por las chicas, el demonio aún seguiría vivo. Con Soul no nos hubiéramos visto capaz de derrotarlo solos.

—Sí —admitió, y por un momento pensé que iba a aceptar el alma y fin de la historia. Pero no. —Lo mismo digo de ustedes. Fue su primera misión, y lo hicieron de maravilla. Y sin su ayuda, quien sabe si lo habríamos detenido o no.

Eso último que dijo era una completa mentira. ¡Por supuesto que lo habrían detenido! ¡Era un shinigami, y con dos armas! Pero me guardé el comentario, porque supe que era su modo de halagarnos.

—Era su misión —insistí.

—Es la primera de ustedes.

Comenzaba a verme sin más remedios que decir lo que en verdad pensaba, cuando de pronto los gritos de la gente volvieron a oírse a lo lejos, junto a las sirenas de los coches policíacos, las ambulancias, y los autobomba. Me pregunté si seguían allí a pesar de que nosotros nos encargamos del trabajo para realizar trabajos de rescate y demás, o si aún no habían sido del todo conscientes de lo que ocurrió en verdad. Pero presté importante atención a las personas que chillaban, y me di cuenta de algo horrible que me hizo temblar.

—No puede ser —murmuré.

Kid al instante comprendió a qué me refería, y ambos corrimos hasta atravesar una de las habitaciones y llegamos al balcón. Ya no hacía falta asomarse para asegurarnos de nuestras dudas, porque estaba allí, delante de nuestros ojos: Un dúo de kishins, con la misma forma corpórea que la de aquel con el que nos acabábamos de enfrentar, pero con la diferencia de que ambos sí tenían manos. Pero por eso, no resultaban menos temibles. Uno llevaba una enorme espada de por lo menos tres metros de largo, que refulgía bajo los postes de luz. El brillo no sólo era propio de su filo, sino también de las gotas de lluvia que corrían hasta la empuñadura.

El segundo, en cambio, no cargaba ningún arma. Casi me resultó un alivio ese detalle, hasta que fui testigo de lo poco que le costaba levantar un auto, y lanzarlo contra el camión de bomberos.

"Bien —pensé—, hasta aquí has llegado, Albarn."

Kid, sin embargo, me miró y vi como la lluvia empapaba su cara. El cabello le caía de a mechones sobre los ojos, y por un momento creí que era eso lo que le hacía parpadear en el ojo izquierdo. Hasta que, claro, recordé que tiene una obsesión con estar en perfectas condiciones constantemente, y me di cuenta de que era un tic. Sin embargo, no se molestó en peinarse ni nada. Después de todo, resultaba en vano.

—No te dan miedo las alturas, ¿verdad? —preguntó.

Asomé de nuevo la cabeza, y vi que en verdad no estábamos tan alto. Aún así, no me hubiera gustado caerme desde allí.

—No —dije por fin.

—Entonces —Sacó su patineta (que de un ser diminuta e invisible, crecía hasta su tamaño original)—, sostente con fuerza.

Teníamos a las chicas y a Soul detrás nuestro, que comprendieron al instante cuál era el plan esta vez, y actuaron de forma inmediata. Las hermanas fueron a parar a las manos de Kid, en su forma de pistolas idénticas, y Soul cayó en las palmas de mis manos, como una guadaña de filo negro y rojo.

Me sostuve de uno de los hombros de Kid, mientras que él se encargó de que descendiéramos sin problemas. Dimos una vuelta sobre las cabezas del par de demonios, y conseguimos llamar su atención, de modo que dejaran de lanzar cosas y amenazar a los ciudadanos aterrados.

Oí como uno de los policías nos decían que lo que hacíamos era peligroso, pero otro lo detuvo, y le explicó que éramos de Shibusen.

—Ellos saben lo que hacen —concluyó, con total confianza en nosotros.

"Ellos saben lo que hacen." Ojalá fuese así.

—Yo me enfrentaré al de la espada, Maka —dijo Kid, que había comenzado a dispararle. Tuvo que dar un giro brusco porque no había calculado que el arma del demonio bien pudo habernos partido en dos de aquella distancia. Siguió disparando, pero tomando a su vez precaución de la distancia que tomaba. —Voy a dejarte en la cabeza del otro, ¿te parece?

Le eché un vistazo, y con cierto temor, me arrepentí de ver cómo esta vez se cargaba una motocicleta.

—¡No temas! —me animó—. Es sólo cuestión de rebanarle la cabeza y estará acabado.

A pesar de que le había hecho dos importantes cortes a nuestro contrincante anterior, esta vez la idea me hizo revolver el estómago, y opté por nuevamente cerrar los ojos o apartar la vista en cuanto fuera a hacerle una especie de corte.

—Vale —dije, con la voz temblando.

Ambos sabíamos que no nos quedaba otra, así que tomó velocidad, y me dejó caer sobre la tercer cabeza del día. Salió pronto disparado (y disparando) hacia su oponente. "Es más alto que el anterior", pensé, mientras que aterrizaba sobre su rocosa cabeza. Sin embargo, el aterrizaje nunca llegó, porque el demonio agachó la cabeza, y en cuanto mis pies rozaron su cuello, resbalé y caí sobre el pavimento.

El demonio volteó, y me pareció que, como el otro, me dirigía una mirada burlona con su par de ojos negros, completamente contrarios a la cal. El mensaje resultó claro: "A mi no me vengas con esos truquitos".

Genial. Era mucho más listo.

Rodé por el suelo justo cuando aplastó la moto contra el sitio en el que me encontraba, y me pareció ver que hundía un poco el suelo. Una fuerza descomunal. Ese era su arma. No necesitaba de nada más para acabar conmigo, si así lo deseaba.

Me levanté del suelo, y miré por el rabillo del ojo a Kid. Su situación no era nada fácil, a decir verdad. Porque, si bien tomaba distancia, el kishin no era lo suficientemente tonto como para no saber lo que se proponía, y que si aquellos metros que lo separaban eran quebrados, lo tendría en donde querría. El demonio no dejaba de arremeter contra él, una y otra vez y, para colmo, desviaba la mayor cantidad de balas con la hoja de su espada. Kid comenzaba a perder los estribos.

Supe que me había permitido demasiado eso de echar un vistazo, porque un golpe que no hizo el suficiente daño me dejó una marca en la frente más tarde.

Miré al frente mio, y vi como caía una lluvia de latas a mi alrededor. Parecían vacías, de esas que junta la gente en una misma bolsa para reciclar, y en efecto lo eran. Pero se me hicieron miles, y con la guadaña, comencé a apartarlas de mi camino, a medida que me acercaba más a la mole.

Si Kid aún se esforzaba luchando, yo también lo haría. No iba a permitir más daños a los inocentes.

Cuando ya estaba demasiado cerca, me vi arrastrada en dirección opuesta por mis propios pies que, actuaron por inercia. El demonio de la nada había tomado un auto entre sus manos, y formó una barrera entre nosotros; la pateó, y de no haber saltado en el momento justo, habría acabado sepultada, tragando combustible.

El demonio retrocedió, buscando qué más lanzarme, pero, al notar que no tenía nada cerca, decidió atacarme con sus puños pesados. Creí que así sería más sencillo, pero, por enésima vez, me equivocaba.

El kishin alzó un puño, y lo enterró con todas las fuerzas que había dirigido en el sitio en el que me encontraba. Yo ya había saltado, por fortuna, y venía preparada para esquivar el segundo. Pero, aquel puñetazo que le lanzó al suelo emitió un temblor, que aunque no se expandió hasta más dos metros, llegó al sitio donde me encontraba, y me hizo perder por instantes el equilibro. No sé cómo logré esquivar el segundo golpe.

—¡Cambio de planes! —gritó Kid, y de la nada, salí disparada por el aire, un momento antes de que la mole se lanzara con intenciones de aplastarme bajo su propio peso.

Con cierta dificultad, Kid me ayudó a sentarme en la patineta. Tuve que aferrarme con fuerza, porque los giros que pegaba para esquivar la espada del otro kishin eran para darme náuseas.

—Maka —dijo—, confío en ti y en Soul para que retengan al demonio con el que vengo luchando.

—¿¡A ese? —chillé, espantada.

¿Cómo Kid podía encomendarnos algo como eso a nosotros?

Sin embargo, no pareció dispuesto a discutirlo, porque de un momento a otro me lanzó de vuelta al suelo, y voló directo a mi anterior oponente.

—¡Cuando te dé la señal...! —Sin embargo, pensé que nunca sabría qué debía suceder en cuanto la diera, porque ambos al instante somos atacados por nuestro respectivo oponente.

De hecho, ni siquiera sabía de qué señal hablaba.

Y, aún así, sin ninguna esperanza, arremetí con Soul en mis manos directo al demonio.

Me sentía cansada, agotada. Necesitaba un respiro. La ropa me pesaba una tonelada por tenerla toda empapada, y de seguro volvería a enfermarme con el frío que hacía. Pero mantuve firme en mi mente el rostro de mis seres queridos, y de las caras de temor de las personas que tenía detrás. Era lo único que me animaba a seguir atacando en aquellas instancias, a pesar de que mis movimientos resultaran iguales a los de un inexperto. Aunque, eso es lo que era, si se tenía en cuenta mi escaso historial de batallas.

La espada de doble filo vino directa hacia mi, cortando el viento con su movimiento en diagonal. Lo paré con la guadaña, y por un momento, creí que la hoja de esta se partiría en miles de fragmentos, como si fuera de vidrio. Pero no. Mi arma era resistente, y de hecho, noté la sorpresa que se llevaba el kishin.

No quise mirar a Kid, pero me dio la sensación de que así tuvimos que luchar desde un principio.

Alentada por lo buena que había resultado mi defensa, decidí probar cómo me iría atacando; giraba y giraba, desviando golpes, estocadas y mandobles. En un momento logré cortarle tres dedos de su mano izquierda, lo que volvió un poco más burdos sus ataques con la espada. Pero claro, era diestro, así que comenzó a usar esa mano para los siguientes golpes que mandó.

En un momento me patiné por el suelo mojado, justo cuando daba otra vuelta, por lo que caí de espaldas. Aún así, seguí. Lancé sin más la guadaña, y creí oír la exclamación de sorpresa del albino por dicho acto. Sin embargo, dando vueltas, acabó clavándose en el pecho del demonio.

La criatura soltó la espada para poder tomar mi arma, y supuse que para hacerla trizas, de paso; pero fui mucho más veloz, tomando ventaja de mi súbito ataque. Tomé la guadaña por el mango, al segundo que oía la voz de Kid acercándose, gritando "¡Cambio!".

—¿Cambio? —pregunté alzando la voz, desconcertada.

Kid volvió a secuestrarme en medio de la pelea, y por un momento me dieron ganas de que se caiga de la patineta, porque... ¡me estaba yendo tan bien! Aún así, Kid me dejó con el otro kishin. Comencé a oír nuevamente sus disparos, y los quejidos de mi anterior oponente.

Por un breve instante, creí que se estaba aprovechando de lo magullado que lo había dejado, pero luego vi en el estado que se encontraba mi nuevo-viejo oponente, y noté que estaba moribundo, lleno de balas por todo el cuerpo, y es allí cuando me di cuenta de que era su espalda lo que tenía delante de mí.

Fácil. Sencillo.

No tardé ni cinco segundos; tal cómo me había dicho Kid anteriormente, fue sólo cuestión de rebanarle la cabeza (y, como me había advertido a mi misma para evitar arcadas y todo lo demás, aparté la mirada justo antes de ver cómo caía su cabeza, rodando por el pavimento).

Fue el último sonido de una bala el que me avisó que Kid también había acabado con el otro kishin.

Me permití abrir los ojos sólo cuando pude percibir una luz roja que me llegaba a los párpados. Para ese momento, sólo flotaban dos almas de huevo de kishin frente a cada uno.

La calle se mantuvo en silencio, sólo se oían las sirenas de los coches y el ruido de la lluvia y de sus gotas cayendo sin cesar. Miré a los que habían sido testigos de nuestra batalla, y la mayoría se mantenía boquiabierta, con la cara pasmada, pidiendo en silencio que los pellizcaran para saber si, lo que había ocurrido delante de sus ojos, no era alguna especie de ilusión óptica. Pensaba igual que ellos.

Aún así, del espectáculo desagradable que han presenciado, y de ver de cómo una ciudad entera pudo haber acabado siendo engullida por seres como los que habían estado caminando por esa misma calle en la que se encontraban, comenzaron a aplaudir. Con timidez en un principio, pero a su tiempo con admiración y maravilla. Los gritos llegaban en un idioma que no entendía, aunque algunos eran en inglés, pero eran tantos, que costaba saber qué nos decían.

Soul volvió a su forma corriente, y comprobé que no era la única que se había quedado sin saber cómo reaccionar ante aquel apoyo de la gente. Ninguno de los dos, nunca, había recibido aquella clase de trato. Podía imaginármelo por lo que me había contado.

Patty y Liz aparecieron a nuestro lado, y me rodearon ambas en un abrazo conjunto. Quedé en el medio; estaba siendo aplastada, pero no me importó. Recibí el afecto con una sonrisa, y rodeé a ambas como pude con mis brazos.

Kid se nos acercó, y parecía mucho más satisfecho que nadie. Después de todo, estábamos ahí gracias a él. Lo que me recordó...

—Kid —sonreí—, ahora tenemos tres almas. Una para cada arma. Aunque, no recuerdo dónde habrá quedado la otra...

Volví a sentirme una idiota por no haberla aceptado en su momento.

—¡No te preocupes! —dijo Patty, con su voz infantil. Se acercó a mí, y abrió la boca, tratando de mostrarme algo que yo no alcanzaba a ver o a saber qué era. —Yo ya me encargué del alma del primer demonio, así que...

—¡Patty! —exclamó Kid, quien por poco parecía a punto de amenazarle con dejarle sin dulces por un mes de la rabia que había escrita en su par de ojos ámbar—, ¡se suponía que era para Soul!

La rubia estuvo a punto de replicar, pero me interpuso entre ambos; parecía a punto de echarse a llorar. Lo mejor era calmarlos.

—Kid, no tiene caso que te enojes. De todas formas, da lo mismo. Queda un alma para Liz y otra para Soul, ¿no?

A pesar de que lo pensó por un rato, mis palabras le habrían hecho comprender que estaba en lo cierto. Que daba lo mismo, y que sólo sería un problema si se enojaba en aquel momento con la menor de las Thompson.

—Tienen razón —dijo, y Patty comenzó a saltar de alegría, porque se vio salvada de recibir un sermón de su técnico. Sin embargo, él la frenó y soltó una advertencia—: Pero la próxima vez, harás caso a lo que te digo, ¿de acuerdo? No puedes ir comiendo cualquier alma que te encuentres por el camino, y lo sabes.

Patty asintió, un tanto avergonzada, pero sonriente. Sabía que Kid no era ni cruel ni injusto. Todos lo sabíamos. Era por eso que le teníamos tanto cariño, a pesar de los ataques que solían darle.

—Bien —dijo Liz, que tomó entre sus manos una de las almas que pendían a un metro del suelo. —No sé tú, Soul, pero hace tiempo que no pruebo un alma.

Nunca lo hizo, adiviné que pensaba. Nos miramos, pero ambos decidimos guardarnos el comentario.

Miré con suma atención cómo harían para sumar a su cuerpo el alma de un kishin y, sinceramente, me llevé una enorme decepción por lo que hicieron: La engulleron. Sólo eso. Como si acabaran de mandarse un caramelo a la boca.

¿¡Eso era todo?

A pesar de lo decepcionante que pudo haberme resultado el acto de ambos, parecían realmente disfrutar de su textura. ¿Tendrían sabor, acaso? Según había oído, era más bien la sensación de júbilo lo que te satisfacía. Pero para mí eso era como si me dijeran que devorara un chocolate sin quitarle el envoltorio: la satisfacción existiría en el hecho de que sabes que es un chocolate por dentro, e ignoras el pobre sabor que le sientes a lo que en verdad pasa por tu paladar.

En fin, a ellos se los veía la mar de contentos por su recompensa.

—¿Cómo... te sientes? —le pregunté a mi arma.

—Bien —admitió. —Pero no diferente.

—Eso ocurrirá cuando consigan todas las almas —nos aclaró Kid, quien sonreía, contento porque, por fin, conseguimos nuestra primer alma, en la primer misión. La idea por un momento me alegró, pero, como había parecido volverse costumbre, la angustia volvió en cuanto tuve que oír las siguientes palabras—: Ahora, Maka, deberíamos ir a buscar a tu padre y a Stein. Sólo espero que no estén en aprietos.

Me mordí los labios, sin importarme si sangraban o no. Tal cual nuestras armas habían hecho con las almas, quería tragarme mis palabras, para que no tuvieran escape: "Lo mismo espero, Kid. Te lo juro."


Quiero contarles algo. No, no se ilusionen. Es simplemente que, tuve que borrar como miles de verbos en este capítulo, porque, luego de pasarme leyendo Los Juegos del Hambre (voy por el primero, pero ya lo amo), me salía todo en tiempo presente, cuando yo escribo siempre en pretérito. Era un fastidio, lo juro, pero me reía de mi misma xD Pido disculpas si ven algún error como ese, o cualquier otro.

Bueno, eso. Ojalá hayan disfrutado del capítulo que, siendo sincera, es uno de mis preferidos. Coman arroz, y pastas. Cuídense. Mucha suerte.

Geko~