Los estudios apenas me han dejado tiempo para coger el ordenador, y el poco que tenía, lo dedicaba a otras cosas. Lo siento mucho, lo comprenderé si no consigo más reviews. U.U He hecho esperar demasiado.

Espero que os guste, aunque yo creo que no es muy bueno…y es más cortillo.

¡Muchos besitos y gracias a abydo y Anni por los comments!

P.D: Si lo leéis, por favor, dejar comments! Necesito saber cuánta gente lo lee…

Capítulo 10: No todo está perdido

-Muy bien, Emma, vamos a ver si has aprendido algo hoy…- Ross cogió en brazos a la pequeña, sacándola de la bañera - ¿Qué hacíamos mamá y yo?

- 'Omadse u' nescanso…

-¡Muy bien! Otra semana más que no se te ha olvidado. Y ya van treinta y dos.

Rachel entró en el cuarto de baño con la ropa de Emma.

- ¿Qué decías?

-…'nescans…

Ross tapó la boca de su hija. Su futura esposa lo miró extrañada. Él tragó saliva y sonrió nerviosamente.

-Iba a decir otra de las "palabras de tía Phoebe", ya sabes…- hizo un gesto significativo.

-Ah, oh, vale. Espero que las olvide pronto, porque no podemos taparle la boca cada vez que venga alguien…

-Bueno, te aseguro que la única forma de que no se le olvide algo es enseñárselo durante ocho meses seguidos – contestó Ross, pensando en lo que había pasado antes.

-¿Qué?

-No. Nada…

Se quedaron unos segundos en silencio, mirándose el uno al otro. Rachel sentía un pleno sentimiento de bienestar cada vez que pensaba que dentro de pocos meses iba a convertirse en la mujer de Ross. Y Ross lo mismo, y esta vez, iba a ser definitivo. Porque eran medias langostas, hechos el uno para el otro. Se acercó a ella lentamente, aún con Emma en brazos, clavando sus ojos oscuros en los de Rachel con una serenidad que sólo podía prometer un beso. Rachel sonrió y se dejó besar, suavemente primero y cada vez más pasional después, con los labios como una única parte del cuerpo que se rozaban. Ross se separó con una sonrisa divertida.

– ¿Crees que está bien que Emma esté aquí al lado? – susurró.

– Pues…- Rachel lo pensó unos segundos – ¡Bah! ¡Sólo tiene año y medio! – gesticuló con las manos – ¡Ni siquiera lo entiende!

Ross meneó la cabeza y sugirió que era mejor que terminaran de vestir a su hija y acostarla ya. Después de hacer eso, quedándose embelesados como dos tontos viendo como la pequeña iba durmiéndose en su cuna, comenzaron a cenar.

– Oh, Ross…– Rachel miró su ensalada con desánimo – ¿Sabes que me encantaría?

Ross levantó la vista de su plato.

– ¿El qué?

– Verás, justo a una manzana de aquí hay una tienda dónde venden una salsa buenísima, y si se la pones a la ensalada…– dejó los ojos en blanco, indiciando que el sabor era increíble – ¿Te importaría…?

– ¿Ahora? –protestó Ross.

– Por favor…– Rachel puso su mejor cara de cordero degollado – me harías tan feliz – él no pareció del todo convencido – Vale, tendrás recompensa.

Ross arqueó una ceja y sonrió, tentado favorablemente por la palabra "recompensa". Soltó una risita tonta.

– ¿Harás lo de que tú eras una cavernícola y yo un arqueó…?

Rachel lo pensó unos segundos. Aquella salsa estaba demasiado buena. Qué remedio.

– Claaaaaro, Indiana. – le guiñó un ojo.

A los dos minutos, Ross estaba en la calle, muerto de frío, a las ocho y media de la noche, caminando hacia la tienda indicada por su prometida para comprar la dichosa salsa de ensaladas. En fin, pensando en lo que vendría después, merecía la pena. Se echó aliento en las manos, ya que con las prisas se había olvidado los guantes, y empezó a caminar más rápido para entrar en calor. No tardó mucho en divisar la tienda, y entró en ella haciendo que la campanilla de la puerta soltara un alegre tintineo. Echó una ojeada de forma general, pero no divisó lo que quería, así que se acercó al dependiente, un sexagenario de apariencia asiática.

– ¿Perdone, las salsas?

El dueño de la tienda respondió con tono furioso en lo que él consideró coreano o japonés. Lo único que sacó en claro es que no estaba de muy buen humor.

– ¿Sal-sa? – repitió, lentamente, acentuando cada sílaba con exageración.

– ¡Yo no sé! ¡No sé salsa! – respondió enérgicamente el otro.

– ¿No sabe…? – Ross parpadeó varias veces – ¿Cómo se las apaña Rachel para comprar aquí?

– ¿Ra-chel? ¿Tía buena castaña? – preguntó el asiático, súbitamente interesado. Parecía que conocía a la mencionada. – Buenos pechos.

– ¡Es mi prometida! – exclamó Ross, ceñudo.

El dependiente se quedó un segundo en silencio.

– Yo no saber significado "pro-metida"– sentenció al fin, con cara de circunstancias.

– Ya, claro…– Ross hizo una mueca y se giró, ignorando el murmullo enfadado del anciano – Voy a dar una vuelta por la tienda, a ver si encuentro la salsa…

Caminó entre los estantes de comida con marcas extrañas, pero mucho más baratas que las habituales, con los ojos en constante movimiento para ver si encontraba la botella verde y amarilla que le había descrito Rachel. Entonces, oyó de nuevo el tintineo de la puerta, y la voz de una mujer hablando por el móvil, iracunda con un marcado acento británico.

–¡¡No!!...¡¿Cómo?! ¡¡No, no voy a perdonarte!!...¡Claro que me lo pensado bien!! ¡Durante dos meses!...¡¡Quiero el divorcio!!...¡¿Qué por qué?! ¡¡Estaban tus dos secretarias, a la vez!! ¡¡En nuestra propia cama!!...¡¡Todavía no comprend…!!...¡¿Qué porque soy sosa?!...¡¡Te odio!!...¡¡No vuelvas a llamarme!! ¡¡Firma esos papeles de una vez y olvídame!!

Ross, picado irremediablemente por la curiosidad, se puso de puntillas para ver quién era la que había entrado, pero la mujer estaba de espaldas y sólo veía una melena oscura y un abrigo de tweed gris. Ella fue directamente al dependiente, que para sorpresa y enojo de Ross, le habló en un perfecto inglés americano.

– ¿Problemas maritales?

– No es de su incumbencia – replicó la mujer, irritada. El asiático la miró ofendido – Lo siento, excúseme…no tengo un buen día. No desde hace mucho.

– No importa. ¿Qué va a ser?

–¿Tiene sándwiches preparados?

– Sí, junto a esa cámara frigorífica de allí – el dependiente la señaló. –¿Es usted inglesa? ¿Para qué ha venido a New York?

– Necesito empezar de cero – respondió ella, con un tono melancólico – Y creo…creo que aquí podría enmendar un error que cometí. Espero que no sea demasiado tarde – hizo una pausa – Creo que estoy hablando demasiado. Lo siento. Voy a por el sándwich

Y entonces fue cuando la mujer se giró, y Ross puedo verle la cara. El corazón se le paró, como si alguien lo estuviera estrangulando. No podía creer lo que veía. No se le hubiera pasado por la cabeza ni un millón de años. No en aquellas circunstancias.

– ¡¿Emily?!

– ¡La cabeza, Joey, la cabeza! – exclamó Sofía, viendo como él cogía a su pequeña – Ten cuidado.

– ¿Qué pasa? ¿Se le cae o qué? – Joey la cogió mejor – Ah, ya está. Heeeeey, pues no es tan difícil. Es que hace años que no tengo un nuevo sobrino y he perdido práctica…

– ¿Tu hermana no parió hará cosa de año y pico? – inquirió Sofía.

– ¡Yo que sé! ¡Ya he perdido la cuenta! ¡Son siete, y todas católicas! ¡Imagínate! – volteó los ojos – Siempre había una de ellas embarazada, tengo más sobrinos que tías con las que me he enrolla…–percibió la mirada de advertencia de Sofía – Je, no he dicho nada.

Sofía se limitó a sonreír. Joey era tan tierno e inocente…Era cómo un niño más al que cuidar, pero un niño bastante sexy. Y que sabía muy, muy, muy pero que muy bien lo que hacía dentro del dormitorio. Y con Carla en brazos, así sentado en su sillón preferido, haciéndole muecas verdaderamente extrañas, parecía tan futuro buen padre…

–Para de hacer esas caras – dijo riendo –la vas a asustar.

– No las estoy haciendo por ella…– gimió Joey – me pica…bueno, ahí atrás, pero como la tengo en brazos pues no puedo…

–¡Oh, vale! – aquello rompió un poco el encanto. Sofía cogió a su hija en brazos y se giró para que Joey pudiese despacharse a gusto.

– Aaaah, gracias – Joey terminó y se levantó para coger una bebida – ¿Quieres?

– No, gracias.

Joey destapó una botella de cerveza sin alcohol (Sofía le había obligado a pasarse a ellas, y oye, no estaban tan mal) y bebió un sorbo. La visión de Sofía con su hija le recordó vagamente a una imagen mariana, pura y bella a la vez. Esos pensamientos no eran típicos de él, pero es que Sofía le estaba haciendo cambiar. Sonrió y se apoyó en la encimera. No entendía como un hombre, cualquier hombre, podía haber dejado a aquella mujer.

– Sofía…

– ¿Sí, cielo? – estaban empezando a utilizar apelativos cariñosos.

– No contestes si no quieres ¿vale? Pero…¿quién es el padre?

Sofía le miró unos segundos, vacilando seriamente si contestar a aquello o no.

– Un ex-novio…no…no le quise decir nada porque no quería que tuviera nada que ver con Carla – se mordió el labio – Además, él se habría desentendido de todas maneras. Era un inmaduro que le tenía pánico al compromiso.

Joey entornó los ojos.

– ¿Chandler?

Sofía parpadeó varias veces.

– En serio, tienes que presentarme de una vez a ese tal Chandler.

– Oh, lo haré, te encantará. Pero no te extrañe si te responde haciendo ruiditos raros, se pone muy tímido con las chicas guapas.

Sofía sonrió.

– Vaya, gracias.

– Aunque su mujer está muy buena.

– ¡Joey!

– Pero no más que tú, cariño – puso su cara de "¿cómo va eso?"

Sofía rió ante la ocurrencia.

– Oye…¿no crees que tenemos que presentársela a tus padres?

Joey la miró de repente tan asustado como un niño pequeño ante un armario que se abre en la noche. Sus padres. Y Sofía era hispana. Sus padres. Hijo bastardo. Sus padres.

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Era ya el trigésimo (al menos) piso que veían, pero tampoco les llamaba la atención. No es que fueran caprichosos, sólo pedían algo normal: En el primero al parecer había muerto una…esto…"chica de calle" en extrañas circunstancias, y aún había manchas por la pared, en el segundo, junto a la cocina, habían descubierto una interesante familia de roedores, bastante grandes, y no muy agradables, ya que una de las ratas empezó a gruñir y echar extraños espumarajos por la boca mientras miraba a Phoebe y el tercero…bueno, en su único dormitorio no podías estirar completamente los brazos porque corrías el riesgo de atravesar la pared con uno de ellos (comprobado por Mike con ese resultado, por cierto)

–¿Qué hacemos? – suspiró Phoebe, dejándose caer en el sofá del Central Perk, dónde casualmente, sólo estaban ellos – ¡¡Llevamos toda la tarde viendo pisos y nada!!

– Aún quedan muchos pisos en New York – le tranquilizó Mike, dándole un beso en la frente.

– Ya, pero es que estoy cansada de buscar…¡A mí me gustaba el de las ratas! ¡Habrían sido unas mascotas muy monas! ¡Cómo Bob! – puso los ojos en blanco – Pero como el señor Hanigan es tan quisquilloso…

– ¡Phoebe, esas cosas con rabia eran más grandes que mi perro! – protestó Mike.

–Sí, lo que tú digas, miedica.

En ese momento, Mónica y Chandler también entraron en el café con los mellizos. Ya no tenían el aspecto tan deprimido de hacia unas semanas, gracias a que habían pactado hacer como que lo de los juzgados nunca ocurriría hasta el gran día. Sólo se concentraban en disfrutar de sus hijos el máximo tiempo posible. A Mónica le costaba muchísimo, pero sabía que si se derrumbaba, allí estaba Chandler para apoyarla y hacer aparece una sonrisa en su rostro (aunque fuera por contar un chiste tan malo que el gesto era más bien compasivo).

– ¡Hola! ¡Qué casualidad! – exclamó Mónica dándole dos besos a Phoebe – ¿Qué hacéis aquí?

– Buscamos piso – respondió Mike con aflicción – porque el nuestro se nos va a quedar pequeño cuando nazca el bebé, pero no encontramos nada. Son todos una mierda.

– El de las rat…– empezó a defender Phoebe.

– ¡Phoebe! – le cortó Mike – ¡Nuestro hijo no va a tener ratas que puedan arrancarle la mano de un mordisco por mascotas!

– ¡Oh! ¡Pues en mis tiempos hubiera dado lo que sea por tener aunque fuera una rata! Desde la muerte de mi madre…

– Phoebe ¿cuántas veces has usado hoy lo de tu madre? –peguntó Mónica.

– Uh… – Phoebe lo pensó un segundo – sólo dos veces, aún me queda una ¿no?

Mónica iba a empezar a decirle por enésima vez que aquello no era una excusa comodín, cosa que a Phoebe de todas maneras por un oído le entraba y por otro le salía, y abrir un monótono debate que duraría horas cuando Chandler, gracias a Dios, recordó algo.

– ¿Y el piso de Heckles? – sugirió. Mike le miró intensado, y añadió para explicar: – En todo el tiempo que vivimos en el edificio nadie lo compró, tal vez aún siga disponible. Viviríais en el mismo bloque que Joey y enfrente del de Ross y Rachel.

Mike hizo un gesto de aprobación, y todos miraron a Phoebe esperando su veredicto. Esta, como si no fuera con ella y con total parsimonia, bebió un sorbo de su café lentamente, saboreándolo y luego dejó la taza en la mesa, chasqueando la lengua con satisfacción.

–¡Phoebe! – explotó Mónica, impaciente.

– ¡¿Qué?! – se giró para mirarla – ¡Ah, lo del piso…! Sí, me parece bien – sentenció sonriendo, y luego como si ago rutinario se tratara, dijo: – Pero tendré que pedirle a Heckles que se vaya, me va a costar.

– Pheebs, no hace falta – dijo Chandler – De las seis a las ocho no dejan salir a los muertos del cementerio, así que si cierra el trato en ese tiempo, ¡no habrá problema!

Phoebe le lanzó una mirada escéptica.

– ¿Sabes que hace tiempo que dejé de fingir que me río con tus chistes? – la sonrisa desapareció de la cara de su amigo, dejando paso a una expresión confusa – No, en serio, sé que le tiene mucho apego a ese piso, y va a ser difícil convencerle de que debe dejarlo.

Mike le cogió la mano y le sonrió paternalmente, aunque había un leve fondo de miedo en su rostro.

– Cariño, ese señor murió…¿no? – miró a Mónica, que asintió – ¿De qué estas hablando?

–Oh, no me explicado bien, su cuerpo sí que dijo "¡Adiós!" – hizo el gesto con la mano –, pero como él tenía tanta vitalidad, se puede sentir su aura en el piso. De hecho yo la siento en todo el edificio. Si me quedo en silencio aún oigo: "¡Hacéis ruido! ¡Hacéis ruido! Uuuuhhh" – lo interpretó todo con voz fantasmal y mística – Pero con hablar un poco más fuerte ya no se escucha tanto.

– ¿Quieres decir que el fantasma de Heclkes…aún sigue por allí? – preguntó Mónica con cautela, un poco incrédula.

– Uy, sí, totalmente. No, pero es un buen fantasma, de eso estoy segura.

– No puedo esperar a ver la cara de Joey cuando se lo cuente – dijo Chandler sonriendo – Tenemos que llevar la cámara a arreglar.

Mónica frunció el ceño.

–¿No te dije que la llevaras la semana pasada?¡Me dijiste que lo habías hecho!

Chandler se quedó en blanco unos segundos, sin saber qué decir. Luego, luego lentamente giró la cabeza y observó a su hija.

– ¡¿Te has fijado en lo mona que está Erica hoy?! – Mónica siguió mirándole – Por favor, no me pidas el divorcio.

Mónica sacudió la cabeza con suavidad y cogió a la pequeña en sus brazos, apoyando la mejilla contra su cabecita.

– No…no quiero más líos de juicios…– besó el pelo dorado, y la melancolía comenzó a aflorar de nuevo en su rostro. Todos se dieron cuenta de ello y hubo un tenso silencio, en el que Chandler, Phoebe y Mike esperaban ansiosamente que Mónica no se echara a llorar, porque les partiría el corazón. Fue Mike el que pronunció las primeras palabras para romperlo.

–¿Tenéis ya abogado?

–Todavía no queremos pensar en eso – negó Chandler al cabo de unos segundos, con voz apagada, mirando a Jack – Sólo…queremos hacer como si nada hubiera ocurrido hasta que llegue el momento.

– Pero tenéis que estar preparados. Si va a haber un juicio, tenéis que estar seguros de que lleváis las de ganar. Si lo dejáis para el final, las cosas pueden salir mal. – Mónica le miró confusa y reacia – Quiero decir, sé que no queréis sufrir y todo eso, y que es doloroso. Pero si os esforzáis un poco ahora, el resultado del juicio será a vuestro favor.

Mónica suspiró y le miró con gravedad, como intentando leer en sus ojos. Mike se sintió un poco intimidado, pero su mirada también se mantenía fija. No podía haber un signo de flaqueza. Mónica era fuerte, pero en aquellos momentos también necesitaba personas fuertes a su alrededor.

– Pero los abogados…–comenzó ella, carente de emoción – sólo buscan dinero, y creo que a pocos les importará de verdad el caso. Y yo…yo necesito alguien que de verdad luche por nuestros hijos, y no creo que en toda New York haya alguien así.

A Phoebe se le abrieron de repente los ojos como dos pelotas de tenis.

– ¡Mike! – exclamó. Él la miró sorprendido – ¡Mike, tú eras abogado! ¡Tú podrías hacerlo!

Él parpadeó un par de veces, intentando asimilar la situación.

– ¿Yo…? – dijo, titubeante.

– ¡Sí! – continuó su mujer, cada vez más emocionada – ¡Vamos, cariño! ¡Eres competitivo, muy bueno en abogacía…! – Phoebe abrió y cerró las manos, intentando pensar algo más – ¡Y sexy! ¡Eso siempre ayudará si el juez es mujer…o gay!

Chandler se inclinó hacia delante y le miró.

– ¿Lo harías?

Mike boqueó como un pez. Estaba indeciso. Hacía demasiado que no había puesto el pie en los juzgados y tenía miedo de haber perdido práctica. ¿Y si las cosas no salían bien? ¿Y si les fallaba? Notaba un pinchazo de angustia en el estómago de sólo imaginárselo. No podía hacerles eso. Era demasiada responsabilidad. Eran los hijos de sus amigos. Pero allí estaban sus caras cargadas de esperanzas, los cuatro ojos brillantes clavándose en él como estacas, sus ánimos que necesitaban desesperadamente una mano amiga, firme, que pudiera ayudarles de verdad. Él podía. Era abogado. Podía hacer por ellos más que cualquiera de los otros cinco. Si se negaba…sería un tremendo error. Un acto egoísta Algo que ni él mismo llegaría nunca a comprender. Jack y Erica, los dos pequeños e inocentes mellizos que eran demasiados pequeños como para entender lo que pasaba; se merecían unos padres como ellos, que con tanta ilusión los habían esperado. No una adolescente irresponsable cuya primera opción fue deshacerse de ellos. Necesitaban a esas personas que realmente habían contado con impaciencia y emoción los días que faltaban para verles las caras. A aquellas personas que, aún enterándose de repente de que eran dos, y de que sus responsabilidades y deberes iban a aumentar el doble, los habían aceptado. No a quién aún creyendo que era sólo uno sentía que se había metido en camisa de once varas. Erica los quería…después de unos meses. Mónica y Chandler desde antes de que nacieran. Los mellizos iban a quedarse con quienes de verdad eran sus padres.

– Está bien – dijo al final – Lo haré.

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