Capítulo X
El último día
"Sigo recordando el mundo, desde los ojos de un niño.
Lentamente esos sentimientos fueron nublados por lo que sé ahora.
Dónde ha ido mi corazón, un injusto canje por el mundo real,
oh quiero volver atrás creyendo en todo y sin saber nada de nada.
Sigo recordando el sol siempre cálido en mi espalda.
De algún modo más frío ahora.
Dónde ha ido mi corazón, atrapado en los ojos de un extraño,
quiero volver atrás, creyendo en todo".
Evanescence – Field of innocence
Me elevé con fuerza, alejándome de la Ciudad de Cristal, necesitaba respirar, sentirme libre sólo un momento. Cerré los ojos y dejé que el aire fresco acariciara mi rostro, jugara con mi cabello y cosquilleara entre las plumas de mis alas, las que batí frenando mi ascenso, siempre disfruté con aquella sensación de vértigo que me inundaba al frenar de forma violenta. Alguna vez se lo enseñé a Kagome y ella siempre cerraba los ojos cuando lo hacía, luego negaba con la cabeza y prometía que jamás lo volvería a hacer. Me sonreí, siempre había una siguiente ocasión.
Me giré y observe desde el sitio en el que me encontraba, nuestro hogar en la Ciudad. Podía distinguirlo desde una gran distancia, para mí ese punto brillaba con una luz especial, más bien, el lugar en el que se encontraba Kagome, siempre brillaba con una luz especial.
Observé también, la zona desde la que venía, la alta torre de los mayores, un lugar al que asistías sólo cuando ellos decidían que tenían algo que informar. Una decisión tomada y que nosotros, los ángeles acataríamos con la más amplia sumisión, como debía ser viniendo de un espíritu angélico.
Entonces, ¿por qué me costaba tanto aceptar el destino que me habían impuesto? Mi semblante cambio, lo supe, sentí un resquicio de amargura en la garganta y respiré profundamente para poder controlar aquella emoción, demasiado terrena, para venir de un ángel.
Cerré los ojos recordando las palabras de mis mayores y en ellas encontrar la armonía que debían tener para mí.
El consejo angélico de los mayores, estaba compuesto por los principales ángeles encargados de la protección de las almas humanas. Los ángeles guardianes. Todos ellos decidían sobre nuestros destinos.
Me mandaron a llamar después de decidir el mío, junto con el de otros ángeles, todos nosotros habíamos sido escogidos para viajar al infierno a luchar contra los demonios e intentar rescatar a las almas humanas que habían caído en desgracia. Todas aquellas que creían merecer el infierno y que no habían logrado limpiar a su espíritu de la condena.
Uno de los mayores, sentado en una de las once sillas ocupadas por el consejo, número que era considerado de sabiduría y alto poder espiritual. Me habló.
- InuYasha – dijo Menadiel con su voz calma y su semblante amable, que le daban el aspecto de comprender al universo en toda su magnitud – has sido convocado ante nosotros, para concederte tu nueva tarea.
Asentí levemente, sin emitir palabra. No era el único que estaba en ese lugar a la espera de mi nueva tarea. Antes lo habían hecho algunos de mis compañeros en las prácticas de entrenamiento, al igual que algunos alfareros, sastres y cocineros, así como comandantes del ejército y soldados como yo. Y otros tantos lo harían después de mí.
- Hemos evaluado tu trabajo como soldado del ejército que defiende nuestra ciudad, así como lo que has hecho por las almas en la tierra – continuó hablando Menadiel – con ese conocimiento, creemos que estás preparado para bajar, junto a otros compañeros, al inframundo – mi primer pensamiento fue Kagome y sentí como se me helaba la sangre, apreté mi mano en un puño y miré al suelo – en ese lugar tu tarea será la de…
- Preferiría no hacerlo – interrumpí con determinación, sin alzar la mirada.
Noté sobre mí las miradas incrédulas de los miembros del consejo, así como de mis propios hermanos. Sentía el corazón latiendo con golpes profundos y fuertes contra mi pecho. Si me enviaban a combatir al infierno cumpliría con mi labor de ángel, sumiso y obediente, pero había una gran posibilidad de quedarme sin Kagome.
Sentí el nudo formarse en mi garganta y escuché la voz de otro de los mayores hablar. Era mi padre.
- Sabes que tienes una obligación – me dijo con serenidad, pero con firmeza.
Alcé la mirada hacía él, sus ojos tan dorados como los míos me miraban con determinación, probablemente la misma que él encontró en mi mirada.
- También tengo una obligación aquí – le increpé.
Los asistentes a aquella reunión parecían cada vez más estupefactos con mi reacción. Mi padre arrugó el ceño intentando escrutar mi oposición.
- Tu obligación, por sobre todas las cosas, es ayudar a las almas de tus hermanos menores – insistió.
Lo miré, y un sentimiento extraño, para mí entonces, algo que no había experimentado antes, asomó a través de mis recuerdos. Mi padre había aceptado que enviaran a mi madre a cumplir su tarea de ir al infierno, sin hacer nada para retenerla. Se había convertido en uno de nuestros hermanos mayores gracias a ese temple. Un temple que yo no poseía, porque no estaba dispuesto a aceptar mi destino, sin luchar.
- Preferiría no hacerlo – volví a insistir, esta vez sin dejar de mirar a mi padre, que tampoco evadía mi mirada. Podía notar la incertidumbre en los demás asistentes.
Hubo un silencio largo, durante el cual, los ángeles mayores parecieron estar deliberando sobre mi insolencia. No estaba seguro de hasta dónde podía llevar mi quimera, pero esperaba que me concedieran otra labor, que aceptaran mi pequeño acceso de rebeldía.
Finalmente mi padre asintió levemente y supe que la respuesta le había sido entregada a través de sus pensamientos.
Los mayores se comunicaban mentalmente, sólo emitían sonidos con su voz para dirigirse a seres inferiores a ellos, como lo éramos nosotros.
- Se ha escuchado tu petición y se ha evaluado su fuerza – dijo, el corazón se me arrebató – sabemos lo importante que es para ti tu equivalencia con el ángel con quien compartes tu vida… – mi respiración se hacía cada vez más agitada – esperamos y en nuestras oraciones lo mantendremos, que puedas regresar junto a ella, después de tu tarea.
Con aquellas palabras mi padre había sellado mi destino
- Además – silenció su voz un momento – tu equivalencia te está debilitando, debes centrarte en tu labor – me sentí alterado por el egoísmo. Yo quería estar con Kagome, sólo con Kagome – ya perdiste un alma humana – me recordó, y supe que hablaba de el último chico que ella y yo no logramos rescatar, pero… - así que lo mejor para ello es que combatas, para que recuerdes tu razón de existir.
Mi razón de existir.
Se quedó en silencio.
"Harás, como tuve que hacer yo"
Escuché la voz de mi padre en mi mente y luego sus palabras.
- Así sea – sentenció finalmente.
Yo sentía la sangre hervir en mis venas, creo que no había sido tan consciente de un sentimiento, a parte del amor que le tenía a Kagome, como de la ira que en ese momento comenzaba a expandirse por mi cuerpo. Las alas se me tensaron, pero use toda mi fuerza de voluntad en mantenerlas inmóviles.
Los miembros del consejo me observaban, esperando a que mi espíritu sellara la sentencia. Yo solo miré a los ojos de mi padre, que volvió a arrugar el ceño.
"Me estás enviando a la muerte"
Mi mente le habló, usando gran parte de mi energía angélica, aquello era algo que a mí, como ser inferior, aún me significaba un enorme esfuerzo.
Él sólo me miró. Y en el fondo de sus ojos dorados vi un destello que no comprendí entonces.
- Así será – sellé la sentencia.
Ahora, tenía que encontrar el modo de decírselo a Kagome. Mis pensamientos se llenaron de ella, mientras batía mis alas en el aire y miraba la luz de su existencia, esperándome en el hogar que hasta hoy habíamos compartido. Se me llenaron los ojos de lágrimas, una emoción tan humana me embargó, pero no quise reprimirla, deseaba llorar, al menos lo haría ahora y de esa manera le evitaría a ella la tristeza de ver mi desconsuelo. Debía darle fuerza, no abatimiento.
Sentí el líquido tibio bajar por mis mejillas. El infierno era un lugar doloroso, según había oído, cuando saliera a su encuentro, debía pensar en las almas a las que debía rescatar, debía centrarme en ser capaz de hacer mi labor y de volver junto a Kagome.
Mi amada Kagome.
Respiré profundamente el aire de aquella tarde, el aire fresco que no encontraría en el sitio al que iba. Miré hacía la Ciudad y me dejé caer en picado. Nuevamente el aire en mi rostro y cosquilleando entre mis plumas.
Cuando llegué a la puerta de nuestro hogar, Kagome me miró con ojos expectantes.
- Por favor… dime que seguirás aquí – suplicó.
Yo tragué con dificultad, no necesité responder, ella lo supo de inmediato. Sólo con mirarme.
- No, no… no – dijo con la voz apagándose poco a poco, mientras se giraba apoyando las manos en los cristales como si estuviera mirando la luz morir en el horizonte.
Avancé un par de pasos y extendí mi mano hacia ella para tocar su hombro, pero me sentí tan inepto. Si la tocaba no sería capaz de irme y sabía bien que estaban esperándome.
- Lo intenté – le dije – intenté que comprendieran que… que mi vida está junto a ti…
Sentía las lágrimas quemando en mis ojos. Arrugué el ceño porque no les permitiría salir, ella necesitaba que yo fuera fuerte por ambos ahora.
- Pero debes cumplir con tu tarea – aseveró.
Su propia voz sonaba congestionada por las lágrimas que no me quería mostrar. Sentí como la congoja se apoderaba de mí, iba a ser fuerte, pero no me iría sin abrazarla, no sin decirle lo mucho que la amaba.
Avancé los pasos que me faltaban para llegar a ella y la abracé, pegando su espalda y sus alas contra mi pecho. La noté rígida, como si intentara contenerse.
- Te prometo que volveré – le dije convencido de mis palabras.
- Sé que lo harás – me dijo, relajándose ligeramente – eres un gran soldado – acentuó.
La abracé con más fuerza y dejé que mi mejilla descansara en la suavidad de su cabello.
- Mi alma se queda aquí contigo – le dije susurrando muy bajito.
Kagome puso mi mano sobre su pecho y la apoyó con la suya.
- Cuidaré de ella – aseguró
Sabía que estaba llorando, y también sabía que no quería que la viera haciéndolo. La apreté contra mi cuerpo, sintiendo su calor, luego alcé su mano hasta mis labios y besé sus dedos intensamente, deseando transmitirle a través de ese beso todos mis sentimientos.
Respiré hondamente, embriagándome del aroma dulce de su piel. Acaricié sus dedos antes de liberarla.
Me separé de Kagome, esperando tener la fuerza suficiente para llegar a la puerta, caminé intentando que mi paso fuera firme. Entonces escuché sus alas agitarse fuertemente y me giré para mirarla. Kagome se había alzado ligeramente del piso y avanzó hacia donde me encontraba, me abrazo fuertemente y yo le respondí con el mismo ímpetu.
- ¿Qué haré si no regresas? – me preguntó.
Sus palabras se perdían entre los sollozos apenas audibles que emitía. Sabía que debía infundirle fuerza, quizás tranquilizarla diciéndole que algo así era imposible, pero también sabía, con una claridad dolorosa, que no podía mentirle.
- Trabajarás tu espíritu y seguirás ascendiendo – le expliqué – yo intentaré hacer lo mismo, y esperaremos hasta que nuestras esencias se unan nuevamente.
Kagome negó insistentemente, con el rostro hundido en mi pecho.
- No, no podré sin ti…- habló con desesperación – es tan duro pensar en no tenerte… una vida sería demasiado larga…
- Por favor, no hables así – intenté buscar su rostro, ella se negaba a que la viera entre lágrimas – volveré a ti… te lo prometo.
Kagome tomó mi rostro entre sus manos y se alzó hasta alcanzar mis labios. Su beso fue desesperado, angustiante, doloroso y profundamente dulce. En un solo roce de sus labios me habló de todo el amor que albergaba dentro de ella, para mí.
Me liberó y se dio la vuelta.
- Así sea… - sentenció
- Así será… mi hermosa Kagome – sellé la sentencia, ella se sacudió en un nuevo sollozo que yo no me quedé a consolar.
Mis propias lágrimas fueron arrancadas de mis ojos por el aire que cortaba con el vuelo raudo que había emprendido. A la distancia los ángeles que me esperaban, los que me escoltarían hasta la entrada al infierno y los que me acompañarían en el combate.
Cuando llegamos a uno de los lugares en los que se podría abrir un portal hacia el inframundo, todos unimos nuestras energías y creaos un gran halo de luz, invisible para los humanos, a no ser que nosotros deseáramos enseñárselo. Me costó muchísimo concentrarme en emanar de mí la energía, y a pesar de ello no fui el último.
Un torbellino se abrió bajo nuestros pies, todos sabíamos que una vez dentro de aquel lugar, salir sería una tarea demasiado difícil. Pero aún así, lo hicimos.
Cuando mis pies tocaron el suelo secó y desquebrajado, una fuerte sensación de angustia se echó sobre mí, era la presión que ejercía el infierno sobre nuestras esencias angélicas. Supe inmediatamente que mi batalla contra aquella persistente opresión, sería muy larga y muy difícil. Había bajado al este lugar como un soldado de la luz, pero parte de esa luz que poseía en mi interior, se había quedado con Kagome.
- Nos separaremos en parejas – dijo Bankotsu, uno de mis compañeros en esta travesía, el único de nosotros que había bajado a las profundidades del infierno y regresado a la Ciudad de Cristal – InuYasha, tú irás conmigo.
Asentí secamente, de Bankotsu sabía muy poco, pero siempre sería mejor ir acompañado que solo por los parajes extrañamente inquietantes que se vislumbraban ante nosotros.
- No deberíamos volar – dije, observando el silencioso paisaje.
- Buena observación – respondió mi compañero, junto a mí – no podemos ver a los demonios, pero están ahí, esperando por nosotros – continuó, lo miré con atención, me pareció que su voz sonaba divertida. Una leve sonrisa se marcaba en su boca, una sonrisa que no era angélica – los cazadores están mucho más adelante, ellos mantienen a las almas que aún pueden ser rescatadas, prisioneras – añadió – las que ya no pueden ser salvadas, ya son medio demonios.
Me mantuve en silencio escuchando sus palabras. El lugar era candente y luego frio, había temperaturas extremas que fluctuaban por momentos. Todo lo que crecía y se alzaba a nuestro alrededor, incluso el olor putrefacto del aire, parecía creado para la intranquilidad del alma.
Me sentía pesado y abrumado por una profunda tristeza. Los hermosos recuerdos de Kagome aparecían en mi mente claros y dulces, ayudándome a contener la amargura que comenzaba a sentir tanto física como emocionalmente. La boca se me secaba y me humedecía los labios con insistencia, sin conseguir aplacar la resequedad.
Caminamos un largo trayecto y nada parecía cambiar, el paisaje era el mismo a cada paso que dábamos.
- ¿Vamos en círculos? – pregunté con impaciencia.
- No – me respondió Bankotsu, poniendo una mano sobre mi hombro, con una familiaridad que no me resultaba grata, su mano pareció pesar mucho más de lo normal sobre mi cuerpo – es el infierno, que nos envuelve y nos engulle.
De pronto una sombra sobrevoló sobre nosotros, aplacando la luz constantemente anaranjada del lugar. Dos grandes alas se batieron en lo que vendría a ser el cielo, puse la mano en la empuñadura de mi espada, de forma casi instintiva, mientras miraba hacia lo alto a la figura que regresaba, volando más bajo que la vez anterior.
Se acercó tanto, que el aire caliente se agitó en mi rostro y en mi cabello cuando su cuerpo pasó vertiginoso a escasos metros de mí, obligándome a cubrirme para evitar las inmundicias secas que traía consigo.
- ¡Debes atacar!- escuché la voz de Bankotsu a un lado.
Lo miré y su espada ya estaba desenvainada y preparada para atacar. Yo aún no estaba seguro de qué era lo que nos sobrevolaba.
Escuché nuevamente el batir de las alas y observé el sitio desde el que venía, la figura abrió sus alas cuando pasaba por encima de nuestras cabezas.
Entonces lo vi, era un ángel. Un ángel de alas negras.
Se giró en el aire, con una maniobra que me pareció algo lenta, volvió hacía nosotros y esta vez su espada, que una vez había sido de hierro blanquecino, estaba oscuro por el fuego de las llamas del infierno. El metal chocó contra el metal y el ruido me pareció aún más intenso que en cualquier otra batalla en la que hubiera estado. Contuve el ataque con toda la fuerza que me fue posible. Miré a los ojos enrojecidos por la ira de aquel ángel, ojos que estaban llenos de sentimientos que me parecían imposible en un ser divino. Un fuerte escalofrío estuvo a punto de hacerme perder el equilibrio. Sus alas batieron empujando con fuerza, estaba avasallándome, me sentí de pronto presa del pánico, una sensación que jamás había experimentado en batalla, nunca.
De pronto una cálida humedad me calló en las mejillas, los brazos, el pecho.
Era su sangre. Bankotsu lo había atacado y el ángel se derrumbó con sus alas negras abiertas sobre mí. Sus ojos me miraron fijamente.
- Sálvate hijo de Inu Taisho – su voz fue un susurro apenas perceptible, tanto, que no estaba seguro de haber comprendido lo que intentaba decirme.
Bankotsu movió el cuerpo ya inerte del ángel, quitándomelo de encima. Extendió su mano hacia mí, la miré, luego miré a sus vivaces ojos azules y la tomé.
- ¿Qué te dijo? – me preguntó con despreocupación.
Acababa de matar a uno de nuestros hermanos y no había en su semblante el menor rastro de misericordia ni arrepentimiento.
- No le entendí… - respondí, bajando la mirada hacia el cuerpo sin vida de quién alguna vez había sido un ángel como yo.
Continuará…
Al fin salió el capí… he tenido un día complicadito, creo que estoy algo depre por mis "problemas de mujeres", sumado a otros problemas que parece que se acrecientan cuando una no se siente bien de ánimo… en fin… la vida misma.
Besitos mis niñas, esta chica se va a la cama con la neurona más cansada que de costumbre. Espero que el capítulo les guste y que me dejen mensajitos.
Muchas gracias por leer.
Su REVIEW es mi sueldo. Y aprovecho de contarles que aunque los fics estén completos, los reviews llegan igual!! !!
Siempre en amor.
Anyara
