Capítulo IX Danza de Caricias

Pasamos toda la tarde en su habitación, de momento el vaciado de las fotos no era importante; nuestra plática se terminó hasta las once de la noche cuando me quedé profundamente dormida sobre la cabecera, Terry se sonrió un tanto, me cargó hasta mi habitación y me arropó con unas frazadas, después salió y se dirigió al bar, ahí se encontró con el ingeniero de desarrollos, Robert. Era extraño, que estuviese aún ahí, si hace unas horas debería estar en aquel bar cerca del hotel con los demás.

Robert – ¡Hola Terry! ¿Cómo estás?

Terry - Robert, te hacía con los demás en el bar que está a dos cuadras.

Robert – No gracias, de verdad que estoy exhausto. ¿Y tú dónde andabas? ¿Y Candy?

Terry – Tienes razón, igual que tú, también estoy muy cansado así que me retiré a mi habitación, la sesión de hoy si que estuvo pésima, fue mucho tiempo; Candy…recordando que se había quedado dormida, está en su habitación supongo.

Robert – ¿Quién nos hubiera dicho? Candy ha hecho más amigos que nosotros, ¿cómo ves?

Terry – Por su carácter supongo, los muchachos han hecho lo imposible, la clase de Miss Harrison se ha tornado demasiado popular según Stephanie, nadie estaba muy entusiasmado de aprender español y ahora lo medio hablan.

Robert – Si también me comentó lo mismo, te llevas bien con ella, verdad.

Terry – Me cae demasiado bien si eso es lo que preguntas, tiene cada ocurrencia, es simpática y tiene pláticas interesantes.

Robert – Me imagino- mirándolo de forma inquisitiva.

Terry – No en ese sentido, no te aburres con ella, además habla hasta por los poros.

Robert – Sabes que mañana habrá un festejo en uno de los salones del hotel, por la noche, parece que es una cena baile de gala.

Terry – De verdad, señorita una cerveza por favor.

Señorita- ¿Clara u obscura?

Terry – Clara, gracias.

Robert – Mira estos son los carnets de baile de todas las chicas propuestas, me los acaban de entregar, veamos que podemos encontrar, como quién sería de tu agrado, le preguntó cansinamente.

Terry – Carnets, aún se utiliza eso…

Robert – De quién crees que surgió la idea, le miró arqueando una ceja.

Terry – Debí imaginármelo, quién será bueno, veamos el de Stephnie…mmhh casi no hay, solo tres.

Robert – ¡Wow! ¿Por qué será que no me extraña? Creo que vamos a tener que compartir a Candy tiene a toda la planta detrás de uno al que no le puso nombre.

Cuando Terry estaba tomando su cerveza casi se ahoga, el líquido se le fue por el conducto equivocado, tosió repetidamente.

Robert – Cuidado Terry, ¿qué pasa?

Terry – Nada, es que me precipité al tomármela.

Terry cuando se enteró se encontraba furioso, tuvo que aparentar que no había pasado nada y siguieron platicando superficialidades hasta que Robert se retiró a su habitación, Terry regresó a la suya, hecho una bestia, qué esperaba se preguntaba, casualmente a ella no le molestaba tener amistades varoniles, debido a que sus parientes más cercanos eran hombres y además igualaban su edad; algo que entendió más adelante era que a ella no se le dificultaba hacer amigos hasta con el poste, claro si este viviera y no fuese un ser inanimado. Se decidió ir a ver a Candy, entró a su habitación y a continuación abrió la puerta contigua, en la cama no se encontraba nadie, buscó entre la oscuridad y en el balcón divisó una botella de vino abierta y una copa sobre una de las mesitas.

Terry – Candy ¿estás aquí?

Candy - Presente…este aquí estoy. Este vino esta buenísimo, ¿quieres?

Terry - No gracias en el estado en el que me encuentro no sería buena idea que bebiera.

Candy - ¿Por qué? ¿Pasó algo en el bar con los muchachos?

Terry – ¿Sabías que hay un baile mañana por la noche?

Candy - ¡Ah sí! Me dijo Charles que si traíamos trajes de gala, creo que me quiere regalar un vestido. Pero no lo acepté.

Terry - ¡Si, claro! Me contestó sin darle mucha importancia al tema.

Candy - Aunque pensándolo bien tendré que ir de compras, es verdad que no traigo nada de gala no me dijiste que habría tal evento.

Terry - No lo recordaba como solo asisto para cumplir con el trabajo.

Candy - ¿Qué tienes? Te noto molesto.

Terry - Sabías que hay carnets de baile.

Candy - No, a menos que la hoja que me dieron sea un carnet- murmuro entre dientes, espera por aquí lo tengo. Sí aquí está, ve, ¿eso es?

Terry - No estoy molesto, solo un poco celoso, Robert me mostró tu carnet y tienes a casi toda la planta haciendo fila.

Candy - ¡Un poco! ¿Cómo será cuando sea mucho muy celoso? Se puede saber ¿por qué?

Terry - No que le tienes miedo a las alturas.

Candy - Pues sí, pero solo trato de no pensar que estamos en el vigésimo piso, además la noche esta espectacular, mira cuantas estrellas.

Terry - Candy ven, anda no tengas miedo.

Terry se encontraba recargado en la baranda del balcón de nuestras habitaciones, sabía que tan sólo concentrarme en su persona me sería más fácil no pensar en lo alto que nos encontrábamos, tomé aire repetidamente, tratando de tranquilizarme, además quería saber a qué le tenía miedo realmente, me tomó de una mano cuando me acerqué lo bastante para tener un primer contacto.

Candy - Terry, sabes que te amo y no tienes por qué estar tan celoso, además hay una cosa que aún no me has preguntado. Le tomé el rostro sonriéndole amigablemente.

No me dejó continuar, se alimentaba con el aroma de mi cuello, como si fuese un vampiro apunto de saborear una dulce presa, me daba besos tan ansiados como si fuese la última vez que fuera suya. Sus celos me lastimaban, traté de tranquilizarlo, quería estar con él, pero sin esa obsesión que me trastornaba tanto.

Terry - ¿Cuál? Preguntó sin reponerse.

Candy - ¿Para quién aparte el primer baile? Recuerdas que no tiene nombre.

Era verdad, se había olvidado de aquello. Me le quedé viendo a los ojos fijamente, con esa simple mirada supo que no debía de seguir dudando.

Terry - Entonces te regalaré el vestido, digo tiene que ser a mi gusto.

Candy - ¡Ah, sí! ¿Qué tanto de tela va a tener?

Terry - ¿Por qué preguntas eso? Pues claro que mucha.

Candy - O sea de monja.

Terry - No corazón de esos no, seguro que te va a gustar, pero si el primer baile es para mí y a los demás tendré que prestarte, eso no me gusta del todo.

Candy - Celoso, sabrás arreglártelas. Lo sé.

Terry - Ya no pudiste dormir, o ¿qué pasó?

Candy - No, solo que me levanté al sanitario y me topé con esa botellita.

Terry - Si el vino es tu debilidad entonces… ¿qué soy yo?

Candy – Alguna duda…le besé.

De pronto sacó un disco mientras le besaba, era tan romántico, el disco por supuesto, difícilmente aceptaría lo contrario, comenzó una tonada melodiosa como si no supiera las intenciones que tenía, había cosas de las que no hablaríamos hasta mucho tiempo después. Algo que deseábamos era sentir que estando juntos era como mejor nos iba, me recostó en el diván que se encontraba al lado de la cama y cerca de la ventana corrediza que daba al balcón.

Tenía su peso encima de mí, él me tomaba por la espalda con su brazo derecho y me besaba amorosamente, mi mano derecha le repasaba su cabello, le sonreí un poco, el calor iba en aumento y los nervios empeoraban a cada minuto que pasaba, me besaba el cuello en ese momento y soltó una risita.

Candy - ¿Qué pasa? – le pregunté.

Terry - Nada, sólo que a veces pierdo la cabeza cuando estoy contigo. No debería estar haciéndote esto.

Candy - No estamos haciendo nada grave ni que lamentar, pero si no quieres….me levanté furiosa.

Él se quedó mirando al piso, sabía que algo se había roto, se quedó pensando, antes de poderme retirar, me tomó de la mano, se sentó y me quedé parada mirando el más allá, sin ver nada exactamente.

Terry - Lo siento, no debí decir eso. Pero debo controlarme, no quiero arruinar nada…

Candy - Es más que notable que no me quieres como pensaba – le reclamé. Sí, estoy en lo correcto, más bien solo me quieres.

Terry - Candy ¿no vamos a discutir por eso o sí? Ven vamos a platicarlo, no me gustaría que te enfadaras conmigo por una tontería así.

Candy - A veces no te entiendo, no estamos haciendo nada que debamos considerar "malo". Le recalqué con los dedos.

Terry - Temo hacerte daño al perder el control, me conozco y no seré nada bueno contigo, pero si te amo de verdad, ¿me perdonas?

Candy - Con una condición, duerme conmigo.

Terry - Candy…

Candy - No seas mal pensado solo vamos a dormir, nada más. Ve, cámbiate y te espero aquí.

Terry - Siempre te sales con la tuya eh.

Candy - Tengo poder de convencimiento, nada más.

Terry - Me imagino.

Mientras me preparaba para dormir tomé mi pijama, eso si mis prendas de dormir eran todo lo mata pasiones que resultaba, un pants gris y una playera, era realmente cómodo, claro estaba que también no podría tener el atuendo de una sola forma, más bien que mi atuendo lo consideraba tan impersonal como el que me colocara calcetines para que mis pies no se congelaran, era mera costumbre yo creo, de cualquier forma amanecía sin uno de ellos. Después de un rato, Terry volvió con unos pants también en color gris y una playera azul marina, descalzo y cuando lo vi, me dirigí hacia la cama, me senté con las piernas flexionadas como flor de loto y le señale con la mirada el lado en el que quería dormir, él me señaló el lado derecho; entonces tomé el lado izquierdo y deshice la cama como cualquier niño pequeño, demasiado informal. Después acomodé mi almohada y esperé a que se decidiera a caminar hacia la cama, al lado de esta; lo miraba hasta donde estaba la almohada, un segundo después cuando se acostó a mi lado aún lo miraba y me dormí de lado, pasó una hora más o menos, esperaba realmente que me abrazara, pero como no veía ni siquiera el intento, me levanté y fui a mi equipaje, busqué la vaca que me habían regalado en mi cumpleaños número 26, hacia ya siete años.

Regresé cuando la hube encontrado, la traía de su pata y cuando la vio comenzó a reírse.

Terry - Candy, ¿para qué es eso?

Candy - No puedo dormir si no abrazo algo.

Terry - Pero, pensé que ya estabas dormida.

Candy - No, te equivocas.

Terry - No la necesitas, déjala sobre el diván y te abrazo.

Candy - Siempre funciona, soy muy buena en esto. Pensaba.

Me trepé a la cama como solía hacer cuando estaba pequeña, me acosté y me abrazó, era interesante lo nervioso que le ponía, su piel era suave, cuando me acomodé me olió el cabello, era un suave aroma a rosas, uno de los productos que hacía para mi familia, minutos después se bajó un poco más hasta quedar a la altura de mi rostro, me miraba con escrutinio tanto que sentía que alguien me observaba, no abrí los ojos, sentía su suave aroma a menta debido a que recién se había cepillado los dientes, pero no sólo ese aroma se desprendía de su boca, también un cierto aroma a hierbabuena, quizás fuese del enjuague bucal que utilizaba. Comenzó a besarme el mentón, dándome pequeñas mordidas a lo largo de él, después me besó los labios, muy despacio, pidiéndome que lo dejase entrar y profundizar más el beso, exigiéndome más y más cada vez, cuando sus manos tocaron mi espalda, sentí un suave ardor en mis pómulos, me indicaban que se habían enrojecido lo suficiente para ruborizarme con cualquier caricia, se colocó sobre mí, instintivamente dejé que su pelvis se posara en el arco que mis piernas producían, solo para que no se cansase demasiado, algo que noté así fue que intentaba bañarse con mi aroma y sus besos intentaban quitármelo, como si le robara a una ninfa su magia. Sus manos recorrían mi mejilla, robándome besos sin cesar, profundizándolos cada vez más, mi pulso se había descontrolado lo suficiente, de pronto se detuvo, miró el enrojecimiento de mis pómulos, esperando a que abriera los ojos, su aliento estaba duramente embravecido, ahora entendía de lo que me hablaba, resistirse a mi persona quizás era esto…lo dulce de sus besos eran volcanes de pasión, seguramente su voz no era la misma, lentamente fui dándome cuenta que lo que él me decía, no era el miedo a intimar conmigo sino el perfecto descontrol y desborde de pasión del que era presa, de un momento a otro caí en cuenta qué tanto me deseaba, cuál era el veneno por el cual su cuerpo me deseaba y más que el amor que me tenía era especial porque podría hacerle cualquier cosa menos despreciarlo ni mucho menos decirle que no me amaba ni dudar de él en ese aspecto.

Terry – Eres irresistible, no, no es cierto, toda tú te has vuelto irresistible, me dijo con voz ronca.

Candy – Ahora entiendo créeme, si quieres dormir aparte…entenderé.

Terry – Aunque no lo creas sé controlarme, solo quiero dormir ya, vamos acomódate, ven te abrazo.

No podía creer que fuera tan despreocupado de su actitud, pero comprendía que no dejaba de darle cierta importancia. Poco a poco nuestros ánimos se quedaron en la profundidad del sueño. Al otro día cuando desperté, mi brazo derecho pendía al lado de la cama, estaba acostada boca abajo, era tarde ya, una caja se encontraba en el diván junto con un alcatraz y una rosa, también una misiva.

Candy:

Ayer cuando fui a mi habitación a cambiarme hice una llamada telefónica, te regalo algunas cosas, espero que sean de tu agrado.

Besos

Terry

Dejé de lado las flores y la misiva, tomé la caja, deshice los lazos púrpuras que la envolvían, realmente era hermoso, nunca había visto un vestido negro tan bello, estaba bordado a lo largo con lentejuelas en el mismo tono, me quedé mirándolo un buen rato mientras me sentaba, era como si quisiera recordar que nuestro momento de anoche era tan maravilloso para él como lo fue para mí. Desde luego comencé por sacarlo, era largo con dos aberturas, una de cada lado con tirantes medianos y dos escotes, uno poco pronunciado al frente con caída y el otro era de espalda descubierta, sencillamente delineado y cubierto de tira bordada y canutillo, desde la espalda baja hasta los pies se encontraba un lazo de caída ligera hecha en seda a modo de cola, venía a juego de aretes de candelabro con diminutas piedras negras, una gargantilla, un anillo y una diadema; debajo del vestido se encontraba una chalina bordada y los zapatos bordados también con hilo de seda, todo estaba exquisitamente decorado.

Esa mañana tuve el presentimiento que ese regalo tenía un valor sentimental cargado de exquisito amor. En la tarde había oído que entraba a su habitación y salía al balcón, decidió entrar ahora por el mío, ya que se encontraba abierto.

Terry – ¿Candy, te encuentras aquí?

Candy – Estoy en el baño, salgo en unos momentos.

Terry – Esta bien, te espero en el balcón.

Salí en bata a su encuentro, sin darme cuenta de mi desnudez debajo de ella.

Candy - ¡Hola!

Terry – ¡Hola, eres un desastre! Paso por ti dentro en dos horas, como a las ocho de la noche. Está bien o te doy más tiempo.

Candy – Sí claro, está bien.

Me dio un beso rápidamente y regresó a su habitación.

Terry – Te veo al rato, se despidió con la mano en el aire.

Poco a poco me sequé y desenredé el cabello y unos minutos más tarde tocaron la puerta; al abrir se encontraba parada frente a mí una señorita, portaba un uniforme decorado con las insignias del hotel y debajo de estas las palabras "The L'Oreal Saloon", me indicó que era mi peinadora y maquillista y que estaba encantada de atenderme según las órdenes recibidas por el Sr. Grandchester, me sorprendí un poco, cuando me vestí supuse que habría llegado el momento de admirarme en el espejo no sin antes colocarme unos guantes con puntas de corazón que me dio Dorothy, así se llamaba la peinadora, los guantes eran igualmente negros y tenían flores en hilo de seda como adorno, me cubrían la mayoría del brazo; no me había dado cuenta que dentro del vestidor se encontraba un espejo de cuerpo completo, me miré esperando a ver a la misma Candy de siempre solo con un vestido de gala. Quedé realmente impresionada cuando levanté el rostro, quizás había visto mal no podría ser yo, no era más que una chica, sino una chica muy hermosa y sensual, el vestido era lo increíble en mí, pero ahora era que no me creía esa chica que se reflejaba. Oí que tocaron la puerta, Jenny fue a abrirla, todo para mí era nuevo, me di la vuelta y me encontré con los ojos de Terry, de alguna forma sabía que me vería así.

Terry - Lo sabía, sabía que te quedaría muy bien, estás simplemente encantadora.

Candy – Gracias. Me sonrojé un tanto.

Terry – Nos vamos, tenemos que llegar puntuales. Señorita, me haría el favor de acompañarme.

Candy – Está bien. Dorothy me dio la bolsa de mano que contenía: maquillaje en polvo, delineador y lápiz labial, un pequeño pañuelo y algunos dólares. Después me colocó la chalina en mis hombros y me deseó buena suerte.

Terry se dirigió hacia mí y me proporcionó su brazo, lo tomé y bajamos al lobby por el elevador, nos dirigimos hacia los pasillos de los salones que se encontraban del otro lado del hotel, estos eran pasadizos internos que servían para disfrutar más del paisaje veraniego de esa época, dimos exactamente ocho vueltas en ese corredor y al fin llegamos, Robert ya se encontraba ahí, sorprendido pues él estaba bailando con Stephanie, realmente la dueña no era nada provocativa, parecía más un robot que una mujer, pero era anfitriona y debería estar presente. Cuando entramos, todos se sorprendieron incluido Charlie que no me quitaba la vista de encima, fuimos a una de las mesas por unos aperitivos, pedí una copa de brandy y él un cognac, de pronto dieron el aviso para colocarnos todos en un círculo alrededor de la pista, estábamos tan atentos que no nos dimos cuenta de que en un extremo había aparecido Robert con los carnets, iba buscando a cada una de las presentes, había chicas de todos los departamentos, mi carnet estaba llenísimo, cuando me habría tocado respirar, pensaba. Una hora más tarde la música comenzó a sonar, era lenta nadie sabía a quién escoger y antes de que Charlie se le adelantara a Terry, este último me tomó de la mano dirigiéndome al balcón, al fin él ya sabía que era mi primer baile, cuando estuvimos fuera del barullo y en el balcón que daba a uno de los jardines que se encontraban alrededor del hotel, me volteó lentamente es decir, mi espalda se encontraba recargada en su pecho, así estuvimos admirando aquel bello cielo como el día anterior, la música apenas comenzaba pero tenía un gran deseo de que me besara, que lo vi de reojo, me volteé y admiré sus ojos, sin duda el aroma que despedía su camisa era inusualmente embriagante, comenzamos a bailar sin proponérnoslo; no nos dimos cuenta que Charlie espiaba desde el interior del salón, era sin duda una gran incógnita, no soportaba más, caminó rápidamente hacia nosotros pero se topó con una escena que no comprendía, Terry me besó apasionadamente en ese momento, mientras bailábamos y asociaba sus caricias acontecidas esa noche con la música que oía a lo lejos tanto que dulcemente dentro de mi corazón se formuló la misma frase que minutos después pronunciaron sus labios.

Terry – Te amo, quiero que recuerdes esta noche y la de ayer como si fuera una exquisita danza de caricias, me pidió fervorosamente.

Desde esa noche no tuve que pedir besos, caricias ni amor cuando él mismo deseaba proporcionármelo todo y más cuando todos quizás ya se habían enterado de nuestro secreto.

Continuará…

Hola chicas, ¡se alucinaron verdad!