Como ángel y demonio

Hay mil maneras de romper un corazón, pero no existe ninguna, para regresarlo a su estado original

Yo entendí a la perfección el significado de esa frase.

El corazón, está diseñado para resistir, tormenta tras tormenta, como si de un blindaje anti huracanes, se tratase, él se protege de todo.

De todo, menos de algunas cosas. Cosas que llegan a ser demasiado profundas, para tener sentido, y entonces, allí se rompe el corazón.

Se rompe en pocos pedazos, o a veces en muchos, todo depende. Lo único cierto, es que sin importar cuantos pedazos sean, duele, mucho.

El corazón, es el único órgano, que tiene la capacidad de continuar funcionando, a pesar de tener alguna fisura en su estructura muscular.

Antes de que mi vida se volviera un torbellino doloroso, me preguntaba porque el corazón era relacionado con los sentimientos.

El día que en ese aparcamiento, hace ya cuatro días, confesé mi mayor temor y me sentí más basura que nunca, entendí porque. Ese día, lo único en mi cuerpo que respondió, fue mi corazón, que latió desbocado y dolió como nada. Se sintió, como si alguien lo hubiese tenido entre sus manos y lo hubiese apretado sin piedad alguna.

Cada uno de mis sueños, cada uno de mis anhelos, estaban depositadas allí, en ese órgano, ese que se apretujo con fuerza cuando me abrazo.

Que se contrajo de dolor, como si fuera a detenerse, cuando el me aseguro que sufría.

Que se llenó de pequeñas fisuras, mientras le admitían, cuan hondo había sido el daño. Cuanto había dolido y cuanto podía seguir doliendo.

Afuera, mientras yo estaba tratando de superar mi etapa de ostracismo, el ruido del mar incesante contra la costa, rompía el silencio en el que se encontraba mi habitación de hotel.

Jacob, como nadie, entendió mi necesidad de salir corriendo, por primera vez, desde que me había divorciado.

Me había empecinado tanto en recuperarme, que ni siquiera lo había hecho bien. Tanto, que tres años después, me sentía como si hoy fuera el primer día.

Por eso, de camino a casa, sumida en llanto, convencí a Jake que me dejara ir al aeropuerto.

Me acompaño a casa a hacer maletas y mas tarde, espero paciente hasta que mi avión con destino a California, dejara la pista.

Si me preguntaran, porque razón ese destino, no tendría como explicarlo. Fue una simple atracción que sentí, por huir, al primer sitio cuyo nombre, la marquesina de alguna aerolínea mostrara.

Hace unos días, estaba bien, luchando y jurando que saldría adelante. Riendo en la sala de mi casa en compañía de una buena amiga. Disfrutando de los intentos de conquista de un hermoso hombre y burlándome de la desesperación de un idiota.

Ahora estaba como en el principio. Devastada. Volvía a estar cerrada y negativa. Había regresado a la Bella, que el día que en la sala de mi casa le admití a Edward porque le había dejado, me había prometido no ser nunca más.

Pero los sentimientos son extraños, y el orgullo dura poco. El corazón, a veces duele demasiado, como para negarlo. Tu fortaleza y capacidad se ven derrumbadas por un costal de dolor.

Solo había querido algo en mi vida: Un final feliz.

No deseaba absolutamente más nada. Pensé que tal vez lo tendría.

Me aferre como un trapecista de su cuerda, a un sueño. Uno que parecía salir de un cuento de hadas hermoso y brillante. Lleno de amor, dulzura y carisma. Con una príncipe y una doncella, dispuesta a ser su princesa.

Pero, no había que engañar a nadie, y yo cometí el error de hacerlo conmigo misma.

Yo nunca fui un doncella y mucho menos una princesa. Semejante cuento, no me pertenecía ni en sueños. Yo no encajaba en ninguno de los personajes del "felices para siempre" y tarde me di cuenta, que lo mejor era desistir.

Yo no era hermosa como una princesa. No era amable ni noble como una. No tenía una ascendencia humilde que se vería tapada por las diferentes cualidades humanas que poseía. No venia de vida de exceso trabajo, que produjera la lastima o el deseo de protección suficiente, como para creer que podía merecer mi propio cuento.

Yo era…Solo yo. Sin mucho dinero, sin muchas deidades ni cualidades. Solo yo, extraña, ermitaña, amarga, sola y poco agraciada, rayando en la fealdad.

A lo lejos, descansando sobre mi cama, mi teléfono celular zona incesante, y ya podía imaginar quien era.

El príncipe del no cuento de Bella Swan.

Después de haber pasado tres días de llanto a la orilla del mar, había terminado por entender, que él no tenía la culpa de mi desdicha.

Mi inseguridad vino conmigo mucho antes de Edward. Estaba en el simple hecho, de que nunca logre ser la hija que Renee quería. Ella era femenina, hermosa, voluptuosa y amada por la gente, yo en cambio, era asocial y flacucha, mas gris que rosa.

El único que parecía sentirse a gusto conmigo era mi papa y sin embargo, los momentos que compartíamos eran pocos, porque aunque yo no fuera femenina como Renee, no era lo suficientemente masculina, para llevar el ritmo de vida de cervezas, deportes y trabajos en la comisaria de Charlie.

Mis amigos, ellos siempre fueron únicamente los Cullen. Un gran error de mi parte, porque, tanto Rose, como Alice, se habían empeñado en hacerme creer que yo era la princesa de la historia. Ellas también me habían engañado, pero al igual que Edward, no las culpaba. Solo trataron de hacerme un bien, uno que en el fondo, me arrastro al mal.

Edward no tuvo la culpa de encontrar en otra mujer, lo que el destino, no me dejo tener a mí, para ofrecérselo. La ironía de la vida.

Yo lo amaba, pero el amor, no fue suficiente para las cosas marcharan.

Si amarlo hubiese sido suficiente, en este momento podría descansar entre sus brazos, escuchando y creyendo, como siempre, la mentira del día.

Había sido cobarde al huir, cuando me sentí presionada y perdí el control de más y más recuerdos. Habia sido cobarde, al dejar a Esme sola, después de que le prometí ayuda.

Pero por un momento, sentí la necesidad de serlo. De hacer algo que en el fondo, solo me hiciera sentir bien a mí. Sentí la imperiosa necesidad de correr hasta un rincón y lamer mis heridas, como si de una animal me tratase.

Esme tendría que perdonarme por no ser más fuerte. Y Alice y Rose, que sé que, sufría, también. Jake, que había avanzado mucho en las citas conmigo y que durante cuatro días, no había sabido nada mas de mí, aparte de la llamada que le hice, para avisarle que había aterrizado "bien".

Edward, él había aparecido en mi casa esa noche. Había aporreado la puerta, gritando suplicas durante todo la noche, hasta la madrugada, cuando se cansó y abandono la lucha.

Durante todo ese tiempo, yo lloraba, debatiéndome entre, terminar su agonía, o terminar la mía. Si lo dejaba entrar, lo haría feliz, pero yo sufriría. Al final de la noche, decidí ser egoísta.

El vacío era algo característico de mi interior. A estas alturas me sentía estúpida y bipolar, de tanto que había cambiado de humor.

Me había convencido de enfrentar la situación en paz, luego, con indiferencia, y ahora, me había rendido, a sentir el dolor como única cosa.

No sentía absolutamente más nada. Ni frio ni calor. Ni hambre ni sed, solo dolor. Puro, simple, básico, ardiente y agonizante dolor.

Ese que sientes el primer día del incidente. Cuando el cuerpo a duras penas se está acostumbrando a la presencia de la herida, y absolutamente todo el entorno se ha empeñado en lastimarla.

Mi teléfono sono de nuevo y solo por morbo, decidí consultar la pantalla, aunque ya tenía una idea de quien era.

Era Edward.

Como guiada por un impulso de estupidez, decidí contestarle, solo para escuchar su voz, solo para saber, si sufría tanto como yo.

Oprimí el nefasto botón y la llamada entro al teléfono. No dije ni una palabra, esperando su reacción y previniendo un ataque de llanto en la línea.

-Bella.- mi nombre entre sus labios sonó a suplica y entonces, mi corazón, se estrujo un poco más.

-Bella amor, por favor no me cuelgues. Yo…No sé cuántas veces he tenido que llamar para lograr que me contestaras. Yo…Dios, quería que me contestara, pero no sé qué decir. Bella yo…No puedo dormir, ni comer, ni hacer absolutamente nada, estoy destruido. Yo necesito que me digas algo por favor. Prefiero que…Dios esto es demasiado para mi.- escuche como algo de vidrio caía al piso.- Bella, yo te amo. Te amo demasiado, te amo tanto, que el solo pensarte, me hace sentir que mi corazón se va a detener. Siento que voy a morir Bella, morir de tanto amor. Es como que no cabe tanto en el pecho. Bella, yo, no se cómo demonios he podido resistir el impulso de matarme. De lanzarme de una azotea, de cortarme las venas, de lanzarme a un carro, de lo que sea…Solo Dios sabe que el peor castigo que he recibido en mi vida, es haberte hecho daño amor. Yo…No tengo palabras para explicar nada de lo que hice, dije y permití que otros dijeran. Yo te amo, y para mi eres lo más hermoso que jamás he tenido…-no resistí mas y colgué.

El llanto regreso a mí como hace cuatro días cuando nos habíamos enfrentado cara por el mismo asusto.

No estaba dispuesta a volver a hablar sobre el tema de mi belleza y mis inseguridades con él, ya no, dolía demasiado.

Mi teléfono sonó de nuevo y no hizo falta ser adivina para saber quién era.

No le conteste, decidí no volver a cometer ese error.

El no me amaba, él no lo hacía. Nunca lo hizo, todo fue una ilusión. El creyó que como yo lo hacia el también, pero, en una relación, un solo corazón no puede latir por los dos.

Yo no merecía seguir escuchando más mentiras, que al cabo, más daño me hacían.

El no me amaba, no me creía hermosa, y en el fondo, sufría únicamente por la culpa. Una que cualquier persona es capaz de sentir, cuando por alguna razón, le hace daño a otra, consiente o inconscientemente.

No hacia falta que me amara para que la culpa le doliera. Tampoco hacia falta que me llamara, diciendo todas esas mentiras.

¿Qué pretendía ganar acaso con eso? ¿El cielo? ¿O que yo le dijera que también lo seguía amando para si exculparse de su calvario y volver a la normalidad?

Era eso lo que él quería, que yo admitiera que lo seguía amando, para volver a sentirse seguro. Que yo le dijera que lo perdonaba y que ya nada importaba, todo para que el, pudiera volver a comer, sin ese hoyo negro en el fondo del estómago.

Me recosté en la amplia y suave cama de hotel, no sin antes escribirle un impersonal mensaje de texto a Jacob para avisarle que seguía viva y apagar el celular, para acabar con la insistencia de Edward.

Abrace con fuerza una almohada contra mi pecho, antes de soltar un sollozo. A eso había dedicado mi escapa, a aprovechar para llorar todo lo que necesitaba, y todo aquello, que no estaba dispuesta a hacer en su propio hogar.

En estos momentos, cada minuto para mí, era como si de días se tratase.

Cuando extrañas a alguien, la vida se resume, en un antes y un después, con un gran vacío en el medio.

Yo extrañaba a Edward.

Tenía una necesidad enfermiza de encender el teléfono, responder sus llamadas y decirle donde estaba. Suplicarle que viniera y si era necesario, obligarle a que besara y me hiciera el amor. Estaba segura de que si en otras oportunidades pudo fingir también el deseo, en esta oportunidad, si ella se lo pedía como modo para absolver sus culpas, él no se negaría.

Él no se negaría a obtener su boleto directo hacia la paz mental, dado directamente de las manos de la estúpida de Bella Swan.

Sentía una necesidad imperiosa de sentir algo de amor. De sentir que para alguien yo era deseable, esbelta, bonita y femenina. Que era una persona y como tal, que tenía derecho a sanar.

Pero estaba segura de que nada de lo que deseaba, lo podría encontrar en Edward. El solo me diría una y otra vez la mentira que se había jactado de repetir tantas veces: "Eres hermosa". En este momento necesitaba algo más fuerte, convincente y ajeno, para que sus heridas cerraran un poco.

En este momento necesitaba de Jacob.

Prendió su teléfono y luego de esperar que cargara respectivamente, e ignorando las insistentes llamadas de Edward que luchaban por entrar, marco a Jacob

Luego de tres pitidos pudo escuchar su voz al otro lado.

-Hola.

-Hola Jake.- contesto con simpleza, tratando de esconder su llanto.

-Hola preciosa ¿Cómo te sientes?- "preciosa" solo Dios sabia, cuanto ella agradecía ese gesto inconsciente de Jake.

-Bueno, no moriré, pero al parecer, tampoco vivo.- le respondí.

-¿Regresaras pronto?- me pregunto Jake.

-¿Qué te parece venir tú?- dije deprisa, no sin arrepentirme después.

-¿Estas preparada para interactuar con el un mundo real?- no, pero era el momento de continuar, tres días era mucho.

-Se aprende sobre la práctica.- fue lo único que dije.

-No quiero que te sientas presionada a recibirme en tu vida Bells. Lo que está naciendo de mi hacia a ti, nunca será suficiente excusa, como para que tú te obligues aceptar lo que no puedes. Yo puedo entender.

-Gracias Jake, de verdad gracias por la paciencia. La que debería pensar así soy yo, que te estoy orillando a dejar todo tu trabajo para venir acá. No quiero que sientas que es tu obligación.

-Mi obligación, es que tu estés bien Bella, y esa obligación ni siquiera es contigo, sino con mi corazón. Si necesitas que este allá junto a ti, entonces lo estaré. No dudes nunca en que, yo estaré, en el exacto lugar, donde tú quieras que este. Mi puesto en tu vida me lo das tú, y donde sea que este, por mi estará bien.- me apreté con la mano libre el pecho, para contener el dolor que me producían sus palabras. Un dolor, que no me causaban literalmente su frase, sino, la agonía de saber, que a pesar de todo, quería que fuera otro quien me amara tanto.

-Yo….-no pude controlar mi voz. Respire profundo antes de continuar.- Yo solo….No quiero estar sola.- conteste antes de que un hipido dejara mi pecho.

-Esta bien pequeña, pronto estaré alla.-

Justo antes de conciliar el sueño, uno de mis ya frecuentes, ataques de llanto, me consumió. Abrace con fuerza una almohada contra mi pecho, tratando de prevenir la inminente ruptura en mi corazón. Fue imposible.

Cada vez que rememoraba a Edward, era como si un huracán nuevo barriera mi corazón. Mas y más destrucción a su paso, pero como la estúpida masoquista que era, no podía evitar recordar, comparar y llorar.

El amor podía a llegar ser tan hermoso, como destructivo. Por momentos, parecía servirte de sostén y para sobrevivir. Parecía ayudar a respirar. Pero también podía ser devastador. Transformarse en asfixiante y en asesino. En vez de sostenerte, te deja caer. Es como ángel y demonio, habitando en un mismo corazón.


Que tal? Otro capitulo en solo dos dias...Este esta escrito desde el mismo dia que estba escrito el anterior publicado, pero por un monton de cosas, no lo publique antes...

Comentarios?